El régimen político que en España se llamó Restauración comenzó con un golpe militar (pronunciamiento del general Martínez Campos en 1874) y terminó con otro






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LUCES DE BOHEMIA (LDB)

1. INTRODUCCIÓN
El régimen político que en España se llamó Restauración comenzó con un golpe militar (pronunciamiento del general Martínez Campos en 1874) y terminó con otro, el del general Primo de Rivera, en 1923. Luces de Bohemia se publicó por primera vez en 1920. Se restauraba la monarquía borbónica en la figura de Alfonso XII y el artífice de esa política fue Cánovas del Castillo, que rechazaba la democracia y la oponía a la monarquía. El rey tenía poderes (disolver las Cortes, formar gobierno…) y de hecho, Alfonso XIII, ya en el siglo XX, los utilizó. El voto era censitario (sólo votaban los propietarios, el 2% de la población). Este injusto régimen duró 50 años debido a la pasividad del pueblo español, a su escasa conciencia política. La oposición al régimen era minoritaria (los republicanos, el movimiento obrero y los carlistas). El sistema era la alternancia entre liberales (Sagasta) y conservadores (Cánovas). Las elecciones estaban amañadas y controladas territorialmente por los caciques. El dinero y el parentesco tenían una gran importancia en la clase política de la época. Uno de los políticos más citados y criticados en la obra es Antonio Maura, político muy impopular a partir de la Semana Trágica (1909): levantamiento contra la Iglesia y la Monarquía basado en el rechazo obrero, en Barcelona, al embarque de tropas de alistamiento forzoso para la guerra de Marruecos (véase el caso del preso en LDB). Este levantamiento fue duramente reprimido, de ahí la impopularidad. Su dimisión ese mismo año fue el inicio del fin del sistema. Mientras tanto, la clase trabajadora perdía poder adquisitivo a pasos agigantados y los obreros empezaron a organizarse, recurriendo incluso a la violencia. La situación era muy tensa y los obreros se fijaban en la revolución rusa de 1917: atentados, represión policial e incluso patronal (cierre de fábricas, listas negras, Acción Ciudadana, ley de fugas de 1921 –fusilamiento automático de quien intentara fugarse, etc.).

Aunque la deformación “esperpéntica” estaba ya en obras anteriores de Valle-Inclán a la primera que llama esperpento es a Luces de bohemia. Con esta palabra designa su autor a esas obras suyas en las que lo trágico y lo burlesco se mezclan, con una estética que quiere ser “una superación del dolor y de la risa”. Su mejor definición se hallará en la escena XII de Luces de bohemia.

La primera versión de Luces de bohemia apareció en 1920, publicada en una revista, por entregas, pero la versión definitiva, con tres escenas añadidas (II, IV y XI) es de 1924, ya en forma de libro. Está inspirada en la figura y la muerte del escritor (real) Alejandro Sawa. De fondo la España que va desde los acontecimientos de la Semana Trágica (1909), la revolución rusa (1917), hasta comentar aspectos de la España coetánea al autor.

2. TEATRO ANTERIOR A 1936
Hay una dicotomía entre:

  1. Teatro que triunfa porque goza del favor del público burgués y de los empresarios.

  2. Intentos de renovación que se estrellan contra los límites y los gustos establecidos (quiere renovar y a la vez sacudir conciencias).


Dentro del teatro que triunfa destacaríamos distintos tipos:

  • Comedia burguesa (tolerables atisbos de crítica social): Jacinto Benavente (Los intereses creados).

  • Teatro en verso, neorromántico, adscrito al Modernismo y de orientación ideológica tradicionalista. Eduardo Marquina y Francisco Villaespesa.

  • Teatro cómico: costumbrismo tradicional. Los hermanos Álvarez Quintero y Carlos Arniches.



Dentro de los intentos de renovación vamos a señalar sólo lo más destacable. Esto es a Federico García Lorca y a Valle-Inclán:
Valle-Inclán (1866-1936). Cultiva todos los géneros y en todos su evolución viene marcada por la evolución ideológica (del tradicionalismo conservador y aristocrático (A) a lo revolucionario (B)). Nos ocuparemos sólo del teatro:


  1. Comedias bárbaras: ambiente rural gallego, con toda su miseria, por donde se mueven personajes extraños, violentos o tarados. (Águila de blasón, Romance de lobos…)

  2. El esperpento: obras en que lo trágico y lo burlesco se mezclan, personajes que son fantoches, parodias de seres humanos. Se trata de una visión ácida y disconforme de la realidad que es degradada sin perdonar ni a personas, ni a instituciones ni a mitos. (Luces de Bohemia, Divinas palabras y la trilogía Martes de Carnaval).

La significación de Valle en el teatro contemporáneo es fundamental. Si en sus primeros tiempos compartió con Rubén Darío el caudillaje del Modernismo, su extraordinaria inquietud estética le llevó a fraguar “un arte de ruptura”, con un asombroso dominio del idioma que hace de él uno de los grandes creadores que ha habido en nuestra lengua, comparable al prodigio de Quevedo. Durante mucho tiempo se ha pensado que su irrepresentable teatro eran “novelas dialogadas”, aunque hoy en día se han llevado a la escena muchas de ellas. En el fondo lo que ha pasado es que fue un precursor, se adelantó a su tiempo y escribió un teatro que rompía con las convenciones teatrales, que era cinematográfico, que no se doblegó a los prejuicios estéticos y sociales de su tiempo. De hecho, cuando poco después de su teatro, se produjeron potentes y renovadoras experiencias, con concepciones escénicas nuevas, se le ha redescubierto como la máxima figura del teatro español de los últimos tres siglos y como un verdadero vanguardista que se anticipó a nuevas tendencias del teatro mundial.

Federico García Lorca (1898-1936).

  • Temática: Amores condenados a la soledad o a la muerte, casi siempre encarnados en mujeres. Se trata de la tragedia de la persona condenada a una vida estéril, a la frustración vital. Lo que frustra a los personajes se sitúa en dos planos: el metafísico (el Tiempo y la Muerte) y el social (prejuicios de casta, yugos sociales.

  • Cauces formales: Se sirve de tres:

  1. “Farsa violenta”: La zapatera prodigiosa.

  2. Drama surrealista: El público

  3. Tragedias de ambiente rural: Bodas de sangre, Yerma, La casa de Bernarda Alba.



3. VIDA Y PERSONALIDAD DE VALLE-INCLÁN
Don Ramón María del Valle-Inclán (Ramón Valle Peña) nació en Villanueva de Arosa, Pontevedra, en 1866. Abandonó sus estudios de Derecho para marcharse a Méjico (1892-93). Cuando regresa a Madrid lleva una vida bohemia y en 1899 en una disputa con un amigo periodista pierde el brazo izquierdo y su fama va creciendo, tanto por su arte como por las excentricidades de su vida. Pese a sus posibilidades (se le crea una cátedra en la Escuela de Bellas Artes, que abandonará por aburrimiento) prefiere pasar privaciones (y su familia también) para dedicarse íntegramente a la literatura. Entre otras cosas esto le llevará a la separación matrimonial en 1933. La República lo nombra director de la Academia Española de Roma, pero aquejado de cáncer regresa a Santiago de Compostela donde muere en 1936.

Debajo de su excentricidad bohemia se oculta un violento inconformismo y una entrega rigurosa a su trabajo de escritor en permanente persecución de nuevas formas.

En su trayectoria ideológica habría que destacar que lo único que se mantiene es su rechazo a la civilización burguesa que considera mecanizada y fea. Inicialmente su antiliberalismo le llevan a ensalzar los viejos valores de aquella sociedad rural arcaizante en la que se había formado, llegando incluso a proclamarse carlista, pero, a partir de 1915, dará un giro radical: sigue siendo antiburgués, pero desde posturas revolucionarias y sus declaraciones en ese sentido se hacen cada vez más frecuentes desde 1920. Se enfrentó con la Dictadura de Primo de Rivera y se adhirió a la proclamación de la República, pidiendo incluso una dictadura comunista y afiliándose al partido en 1933.

4. OBRA
Cultivó, prácticamente todos los géneros literarios y evolucionó en todos ellos de acuerdo con su evolución ideológica: de un Modernismo elegante y nostálgico a una literatura crítica, basada en una feroz distorsión de la realidad (de ahí que le llamen “hijo pródigo del 98”, aunque más bien le sucede lo que a Antonio Machado: son noventayochistas tardíos pero más radicales que los noventayochistas* primeros – Unamuno, Baroja, Azorín y Maeztu-). De todos modos sería demasiado reduccionista hablar de dos etapas: Modernista (las Sonatas) y los esperpentos (años 20). Habría que hablar más bien de “esperpentización”.
*(El concepto de «generación del 98»

Salvando algunos precedentes de poca monta, fue Azorín quien acuñó el nombre de «generación del 98» en una serie de artículos de 1913. Integran, según él, tal generación autores como Unamuno, Baroja, Maeztu, Valle-Inclán, Bena­vente, Rubén Darío... (no cita a Antonio Machado). Hoy se discutiría la pre­sencia en esa lista de Valle-Inclán, pero -sobre todo- sorprende que se cite a Benavente y a Rubén. Sin embargo, se advertirá que, según Azorín, las carac­terísticas que permiten agrupar a tales autores son, no sólo «un espíritu de pro­testa», sino también «un profundo amor al arte»; y, entre las influencias que reciben, señala las del parnasiano Gautier y el simbolista Verlaine. Así pues, tal «generación» no se presenta en Azorín como algo deslindado del Modernismo. Y, en efecto, el mismo autor aporta un testimonio decisivo de cómo, hasta en­tonces, no hubo más apelativo para aquellos escritores que el de modernistas. )

Cuatro autores (Unamuno, Baroja, Azorín y Maeztu) coinciden, pues, en profesar ideas muy avanzadas que, una vez más, nos remiten a la señalada «crisis de la conciencia bur­guesa». En efecto, se ha caracterizado a los jóvenes del 98 como intelectuales antiburgueses en la vanguardia ideológica de la pequeña bur­guesía. Procedentes de las clases medias, fueron «la primera generación de inte­lectuales [...] que, de la vanguardia de la burguesía, intentó pasarse al enemigo». Tal sería, pues, el sentido de aquel «espíritu de protesta, de rebeldía» de que habló Azorín.

. Hasta aquí, no han aparecido los nombres de Valle-Inclán y Antonio Ma­chado. Por aquellos años (antes de 1900), Valle -que sólo ha publicado una serie de cuentos de corte modernista- se inscribe en una ideología netamente tradicionalista. En cuanto a Machado, sólo se dará a conocer en 1903 con un libro, Soledades, de poesía intimista; sus ideas progresistas no pasan todavía a su obra. La evolución posterior de estos dos autores será también muy distinta de la de los otros.
El Modernismo
En el terreno de las artes, se motejaba de «modernistas» a una serie de tendencias europeas y americanas aparecidas en los últimos veinte años del siglo XIX. Sus rasgos comunes eran un marcado anti­conformismo y unos esfuerzos de renovación estética agresivamente opuestos a las tendencias vigentes entonces (Realismo, Naturalismo, etc.).

En su origen, además, el término «modernistas» (al igual que otros como «decadentistas», «novísimos» , «reformistas», etc.) era usado con un matiz rotun­damente despectivo en boca de los enemigos de tales intentos renovadores.

Sin embargo, hacia 1890, y ya en el ámbito de las letras hispanoamerica­nas, Rubén Darío y otros asumen con un insolente orgullo ese mote con el que se les vituperaba. Las distintas interpretaciones sobre su extensión y sus límites pueden agruparse en dos líneas:
1. La concepción más estricta considera al Modernismo como un movimiento literario bien definido, que se desarrolla aproximadamente entre 1885 y 1915, cuya cima es Rubén Darío. Su imagen más tradicional sería la de una tendencia esteticista y «escapista» (esto es, evadiéndose de los problemas de la sociedad), y hay quienes identifican, sin más, Modernismo y rubendarismo, e incluso quie­nes lo reducen a la época más ornamental de Rubén, la que va de Azul (1888) a Prosas profanas (1896).
2. A los anteriores se oponen quienes piensan que el Modernismo no sería un simple «movimiento literario», sino una época y una actitud. Así, «el Modernismo es la forma hispánica de la crisis universal de las letras y del espíritu que inicia hacia 1885 la disolución del siglo XIX y que se había de manifestar en el arte, la ciencia, la religión, la política y en los demás aspectos de la vida entera, con todos los caracteres, por tanto, de un hondo cambio histórico...». Siguiendo en esta línea, se llega a hablar de un «medio siglo modernista» (1880-1940).
Intentando conciliar, en lo posible, las diversas interpretaciones, cabría defi­nir el Modernismo literario como un movimiento de ruptura con la estética vi­gente, que se inicia en torno a 1880 y cuyo desarrollo fundamental alcanza hasta ­la primera guerra mundial. Tal ruptura se enlaza con la amplia crisis espiritual del mundo a finales del slglo XIX. Y, en algunos de sus aspectos, su eco se percibe en momentos posteriores, entrelazado con corrientes o movimientos ya distintos.

Examinaremos a continuación las principales características del Modernismo en cuanto a espíritu, temas y estilo, pero comenzaremos estudiando sus raíces históricas y literarias. El Modernismo hay que situarlo en en su momento, en aquella «crisis universal». En efecto, la crítica actual coincide en ver, en las raíces de esta literatura, un profundo desacuerdo con las formas de vida de la civilización burguesa.

El escritor, que procede (como es frecuente) de las clases pequeño-burguesas, «traduce» el malestar de aquel sector social, y expresa de múltiples modos su oposición o su alejamiento de un sistema social en el que no se siente a gusto. Del mismo Rubén Darío son estas palabras tan significativas: «Yo detesto la vida y el tiempo en que me tocó nacer.»

Se produce así la «crisis de la conciencia burguesa». Y de ello derivan las «acti­tudes», pues caben varias facetas del mismo malestar. Así, cabe la franca rebeldía política, de la que es ejemplo eminente el escritor y revolucionario cubano José Martí (parecida es la postura que adoptaron, como veremos, los «jóvenes del 98» en España). Sin embargo, es evidentemente más característica la de aquellos es­critores que -aun adoptando, a veces, posturas «comprometidas» como hom­bres- manifiestan literariamente su repulsa de la sociedad por las vías de un aislamiento aristocrático y de un refinamiento estético, acompañados no pocas veces por actitudes inconformistas como la bohemia, el dandysmo y ciertas con­ductas asociales y amorales.

Cabría concluir que, en todo caso, el Modernismo significa un ataque indi­recto contra la sociedad, al presentarse -en general- como “una rebeldía de soñadores” (Gullón). O, según la certera fórmula de Octavio Paz, “una rebelión ambigua”.
En cuanto a las raíces literarias:

Los signos de una renovación en la lírica de lengua castellana van siendo cada vez más visibles a partir de 1880, tanto en España como en Hispanoamérica. Pero es indudable la primacía de América latina en la constitución de un movi­miento literario como tal. En aquellos países, es capital la voluntad de alejarse de la tradición española, un rechazo de la poesía vigente en la antigua metrópoli (con la excepción de Bécquer, como veremos). Tal rechazo lleva a volver los ojos hacia otras literaturas, con especial atención a las corrientes francesas. Se advierte la huella de los grandes románticos franceses (Victor Hugo es uno de los ídolos de Rubén). Pero los modelos fundamentales proceden de dos corrientes de la segunda mitad del siglo: el Parnasianismo y el Simbolismo).
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