El apoyo primigenio del novecentismo estuvo en las revistas y en los periódicos; son los que ventearon las ideas de los novecentistas a través del artículo; el






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TEXTO 1. LAS REVISTAS
El apoyo primigenio del novecentismo estuvo en las revistas y en los periódicos; son los que ventearon las ideas de los novecentistas a través del artículo; el soporte principal partió de algunas revistas y el periódico El Sol, sobre todo. Ortega y Gasset se encargó de que saliera el semanario España. El escritor Luis García Blanco fue el que puso el dinero para que bajo el rótulo "Liga de Educación Política" se constituyeran las bases de una nueva publicación. El 29 de enero de 1915 ya estaba en la calle. En su primera página, Ortega escribía: "Nacido del enojo y la esperanza, pareja española, sale a este mundo este semanario España. (...) Todos sentimos que esa España oficial dentro de la cual o bajo la cual vivimos no es la España nuestra, sino una España de alucinación y de inepcia". De alguna forma, este pensamiento se entroncaba con lo que escribió Antonio Machado, también en este primer numero, con el título "A una España joven": "'El hoy es malo, pero el mañana... es mío'. Y es hoy aquel mañana de ayer ... Y España toda, /con sus sucios oropeles de Carnaval vestida /aún la tenemos: pobre, escuálida y beoda; /mas hoy de un vicio malo: la sangre de su herida". Se trata de una crítica a la política oligárquica española de aquel momento. Antonio Machado colaboró también en el número cinco ("Elegía a Giner"), en el seis (Héroes de la independencia de España. Agustina de Aragón"), en el nueve ("España en paz"), en el treinta y cinco ("La mujer manchega") y en el cincuenta y seis ("A Rubén Darío").


TEXTO 2. LA DESHUMANIZACIÓN DEL ARTE

A mi juicio, lo característico del arte nuevo, desde el punto de vista sociológico, es que divide al público en estas dos clases de hombres: los que lo entienden y los que no lo entienden. Esto implica que los unos poseen un órgano de comprensión negado, por tanto, a los otros, que son dos variedades distintas de la especie humana. El arte nuevo, por lo visto, no es para todo el mundo, como el romántico, sino que va, desde luego, dirigido a una minoría especialmente dotada. De aquí la irritación que despierta en la masa. Cuando a uno no le gusta una obra de arte, pero la ha comprendido, se siente superior a ella y no ha lugar a la irritación. Mas cuando el disgusto que la obra causa nace de que no se la ha entendido, queda el hombre como humillado, con una oscura conciencia de su inferioridad que necesita compensar mediante la indignada afirmación de sí mismo frente a la obra. El arte joven, con sólo presentarse, obliga al buen burgués a sentirse tal y como es: buen burgués, ente incapaz de sacramentos artísticos, ciego y sordo a toda belleza pura. Ahora bien: esto no puede hacerse impunemente después de cien años de halago omnímodo a la masa y apoteosis del "pueblo". Habituada a predominar en todo, la masa se siente ofendida en sus "derechos del hombre" por el arte nuevo, que es un arte de privilegio, de nobleza de nervios, de aristocracia instintiva. Dondequiera que las jóvenes musas se presentan, la masa los cocea.
José Ortega y Gasset: La deshumanización del arte

TEXTO 3A. LAS POLÉMICAS CON ORTEGA. PENSAMIENTO UNAMUNIANO
Es inútil darle vueltas, nuestro don es ante todo un don literario, y todo aquí, incluso la filosofía, se convierte en literatura... y si alguna metafísica española tenemos es la mística... ¿es esto malo, es bueno? por ahora no lo decido, sólo digo que es así. ... y como hay y debe haber una diferenciación del trabajo espiritual así como del corporal, tanto en los pueblos como en los individuos, a nosotros nos ha tocado esta tarea... en Suiza no pueden desarrollarse grandes marinos... Alemania, verbigracia, nos da a Kant, y nosotros le damos a Cervantes. Harto hacemos con procurar enterarnos de lo suyo, que su ciencia y su metafísica fecundará nuestra literatura, y ojalá nuestra literatura llegue a ser tal que fecunde su ciencia y su metafísica. Y he aquí el significado de mi exclamación, algo paradójica, lo reconozco, "¡que inventen ellos!", exclamación de que tanto finge indignarse algún atropellado cuyo don es el de no querer entender o hacer como que no se entera.

Miguel de Unamuno


TEXTO 3B. POLÉMICAS CON ORTEGA. MANUEL AZAÑA

Dos visiones de España
En un afiebrado mayo de 1932 las dos cabezas más brillantes de la II República, don José Ortega y Gasset («Ahí va la masa encefálica» decía de él Indalecio Prieto) y don Manuel Azaña (tenido como El Verrugas por la plebe), debatieron en las Cortes sobre el Estatuto catalán, no enfrentándose pero sí matizándose en profundidad.

Azaña, sin papeles, habló tres horas y no utilizó una sola vez la palabra nación ni para España ni para Cataluña. Ortega, también sin leer, fue pesimista, y eso que él sí que era un optimista antropológico, y sostuvo que el «problema catalán» había que conllevarlo sin intentar resolverlo.

Sólo dos años después Lluis Compayns le daría la razón proclamando la independencia de Cataluña y traicionando a la República. Ambos discursos han sido editados por Galaxia Gutemberg como Dos visiones de España y, por su rabiosa actualidad, su lectura incita a la melancolía, comprobándose que más de 70 años después los problemas y las palabras son los mismos y, entonces como ahora, pervive la Hacienda catalana, la maximización de competencias o la civilizada convivencia del idioma español y el catalán. 

Alivia la oratoria, hoy abandonada, de los dos intelectuales que fracasaron estrepitosamente en política, resultando Ortega condenado por desconfiado y Azaña perdido por confianzudo. 

TEXTOS 4. GABRIEL MIRÓ
"Se encerraban en la cámara del reloj para sentirse traspasados por el profundo pulso. Allí latían las sienes de Oleza. Luego, otra vez, torciéndose por la escalerilla, llegaban bajo la cigüeña de las campanas; y desde los arcos, entre aleteos de falcones y jabardillos de vencejos, veían el atardecer, que don Magín comparaba a un buen vecino que volvía, de distancia en distancia, al amor de su campanario.


(...)



Se distrajo con un pisapapeles de cristal lleno de iris. Poco a poco la tarde recordada por el prelado se le acercó hasta tenerla encima de su frente, como los vidrios de sus balcones donde se apoyaba muchas veces, sin ver nada, volviéndose de espaldas al aburrimiento. Todo aquel día tocaron las campanas lentas y rotas. Tarde de las ánimas, ciega de humo de río y de lluvia. La casa se rajó de gritos del padre. Ardían las luces de aceite delante de los cuadros de los abuelos -el señor Galindo, la señora Serrallonga-, que le miraban sin haberle visto y sin haberle amado nunca. Cuando el padre y tía Elvira se fueron, las campanas sonaron más grandes. Le buscó su madre; la vio más delgada, más blanca. Se ampararon los dos en ellos mismos, y entonces las luces eran las que les miraban...
"

El obispo leproso

Tierra de labranza. Olivos y almendros subiendo por las laderas; arboledas recónditas junto a los casales; el árbol de olor del Paraíso; un ciprés y la vid en el portal; piteras, girasoles, geranios cerrando la redondez de la noria; escalones de viña; felpas de pinares; la escarpa cerril; las frentes desnudas de los montes, rojas y moradas, esculpidas en el cielo; y en el confín, el peñascal de Calpe, todo de grana, con pliegues gruesos, saliendo encantadoramente del mar; una mar lisa, parada, ciega, mirando al sol redondo que forja de cobre lo más íntimo y pastoso de un sembrado, un tronco viejo, una arista de roca, un pañal tendido, y, encima de todo, el aliento de la anchura, el vaho de sal y de miel del verano levantino cuando cae la tarde. Y entonces Sigüenza percibe el grito interior sobrecogido: “¡Campo mío!” Ya se ve, sin verse, en el agua de los riegos que corría, que la cal de los cortinales, en el temblor de los chopos, en el azul, en todo lo que le rodeaba. Como en esa tarde vino en aquel tiempo. El olor de los viejos campos de la Marina, como el olor de su casa familiar en la felicidad de los veranos de su primera juventud. Pero no pareciendo que “fuese ayer”, o pareciéndolo precisamente porque entonces sentimos todo lo contrario. Y porque nos oprime la verdad del tiempo devanado tuvo más fuerza alucinante la emoción de esta hora que se había quedado inmóvil para Sigüenza desde entonces. Y hasta hizo un ademán suave de tocarla, de empujarla, queriendo que volviese a caminar a su lado. Una lente lírica le acercaba a sí mismo. En ese algarrobo desgarrado, en aquella quebrada, en un contorno de una colina, en una tonalidad, en un rasgo preciso, debió de dejarse más hincada su mirada, y ahora, entre todo, se le presentaba, no el recuerdo óptico y casuístico, sino la misma mirada, la sensación de su vida, que se había envejecido allí, y ahora le salía para verle pasar, a veinte años de distancia...

GABRIEL MIRÓ, Años y leguas. (La llegada)

La mirada de Gabriel Miró se asemeja al objetivo de una cámara fotográfica que va enfocando diferentes planos del paisaje, enmarcándolos sucesivamente en riguroso orden (A+B+B+D...+N elementos): tierras de labranza, olivos, almendros, girasoles, viñas, montes... Y su aguda sensibilidad recoge, en bellas palabras, las sensaciones que le llegan del campo de Calpe: sensaciones visuales (“las frentes desnudas de los montes, rojas y moradas”; etc.); sensaciones táctiles (los pliegues gruesos del peñascal de Calpe; etc.); sensaciones olfativas y gustativas (“el vaho de sal y de miel del verano levantino cuando cae la tarde”; etc.) Gabriel Miró es un maestro en la recreación de este tipo de estampas.


En una revuelta del camino surge todo Nazareth, crudo, recortado; sus casas desnudas, cuadradas, encendidas; los domos de las azoteas y de los aljibes, como pechos alzados al azul. Nazareth se hinca arrebatándose por los pliegues de la peña blanca. En seguida reposa al amor de un coro de colinas verdes.
Delante se tienden las eras; bajan los bancales de márgenes de pedernal y zarzas. Entre las vides y sembradura, en los terrenos de las almantas, en los claros de los algarrobos y de los almendros, crecen apretadamente, reventando de sucoso color, los gamones de oro, los iris morados, las escabiosas de matiz de fresa, los ranúnculos de púrpura...
Se hincha un ribazo; azulea la calina de un rastrojo; sube una senda, una palma, la bóveda de un sepulcro. Y Nazareth, blanco, vivo, luminoso, asomándose, escondiéndose en un tumulto de tierras frescas, grises, violetas, encarnadas...


  • domos: cúpulas.

  • aljibes: cisternas; "en este caso, se trata de las típicas construcciones que resguardan un depósito

  • subterráneo de agua.

  • almantas: franjas de-tierra entre las filas de olivos.

  • sucoso: jugoso (del catalán suc, jugo).

  • gamones: plantas herbáceas con tallo alto.

  • iris: lirio silvestre.

  • escabrosas, ranúnculos: otras plantas herbáceas.

  • calina: vapores de agua que enturbian el aire en los días calurosos.


¿Qué rasgos dominan en el paisaje? Ante todo, se observa como un amontonamiento de detalles concretos: casas, montes, campos, sembrados, plantas. Junto a esa riqueza, nos invade una impresión de movimiento, de vida; todo parece bullir ante nuestros ojos.
El texto nos descubre una verdadera avidez en la mirada del autor, como si toda la realidad fuera una fiesta.
En su desarrollo, el fragmento revela un "punto de vista" cambiante. Es decir, que el espectador (autor y lector) parece desplazarse, siguiendo el camino de la "caravana pascual" que avanza por entre los campos. En ese caminar, se vuelven los ojos atrás (el pueblo entre las colinas), se pasea la mirada por los sembrados (eras, bancales, vides, etc.), se mira de nuevo hacia el pueblo... Tal disposición es, en buena parte, lo que produce la impresión de movimiento a la que nos acabamos de referir.


TEXTOS 5. RAMÓN PÉREZ DE AYALA

- Lo afirma la ciencia, y es de sentido común. Suponga usté que tiene una mesa. Se le rompe una pata y usté la sustituye con otra igual y de la misma madera. Se le rompen después, una a una, a intervalos, las otras tres patas, que usté reemplaza idénticamente. Por último se le rompe el tablero, y usté pone otro, exacto al anterior. Todo esto ha sucedido a lo largo de cinco años. La mesa en todo momento, sigue siendo la misma mesa. Sin embargo, a los cinco años no conserva materialmente ni un átomo de su madera primitiva. Pues otro tanto sucede con nuestro cuerpo. Los elementos constitutivos de nuestro organismo se están renovando sin cesar. De tiempo en tiempo, un lapso de algunos años, no hay en nuestros tejidos una sola célula antigua. Hemos cambiado de cuerpo. Y sin embargo, el espíritu persevera en su unidad, con la memoria del cuerpo ya desechado y la conciencia del cuerpo flamante. Lo cual demuestra que el espíritu no es una función del cuerpo. Debemos habituarnos a considerar el cuerpo humano como una cosa que fluye y no permanece, al modo de un arroyo. No hay cuerpos puros de continuo, ni cuerpos para siempre impuros. El agua que corre, si hoy va turbia, mañana, o pasado, será inmaculada. No se diga: de esta agua no beberé.


Tigre Juan

Se observará que estas teorías son enteramente opuestas a las de don Amaranto. Para don Amaranto, el dramaturgo es el que penetra en el drama individual; y el filósofo, el que se aleja de él. Para Escobar, el que penetra en el drama es el filósofo, y el dramaturgo es el que permanece a distancia. ¡Desconcertante disparidad y contraposición de los humanos pareceres! La doctrina de don Amaranto es refutable, y no menos defendible; y otro tanto la de Escobar. Y en resolución, todas las opiniones humanas. El error es de aquéllos que piden que una opinión humana posea verdad absoluta. Basta que sea verdad en parte, que encierre un polvillo o una pepita de verdad. Cuando un buscador de oro dice que ha encontrado oro, no da a entender que se haya apoderado de todo el oro que guardan las entrañas de la tierra, sino eso, que ha encontrado oro, un poco de oro. Tan verdad puede ser lo de don Amaranto como lo de Escobar; y entre la verdad de Escobar y la de don Amaranto se extienden sinnúmero de otras verdades intermedias, que es lo que los matemáticos llaman el ultracontinuo. Hay tantas verdades irreductibles como puntos de vista.
Belarmino y Apolonio

TEXTO 6. WENCESLAO FERNÁNDEZ FLÓREZ

"Los pareceres de aquel vecino tan raro y solemne influyeron profundamente en los árboles. Las mimbreras se jactaban de tener parentesco con él porque sus finas y rectas varillas se asemejaban algo a los alambres; el castaño dejó secar sus hojas porque se avergonzaba de ser tan frondoso; distintos árboles consintieron en morir para comenzar a ser serios y útiles, y todo el bosque, grave y entristecido, parecía enfermo, hasta el punto de que los pájaros no lo preferían ya como morada. Pasado cierto tiempo, volvieron al lugar unos hombres muy semejantes a los que habían traído el poste; lo examinaron, lo golpearon con unas herramientas, comprobaron la fofez de la madera, carcomida por larvas de insectos, y lo derribaron. Tan minado estaba, que al caer se rompió. El bosque se hallaba conmovido por aquel tremendo acontecimiento. La curiosidad era tan intensa que la savia corría con mayor prisa. Quizá ahora pudieran conocer por los dibujos del leño, la especie a que pertenecía aquel ser respetable, austero y caviloso.


(...)



Aquel día el bosque, decepcionado, calló. Al siguiente entonó la alegre canción en que imita a la presa del molino. Los pájaros volvieron. Ningún árbol tornó a pensar en convertirse en sillas y en trincheros. La fraga recuperó de golpe su alma ingenua, en la que toda la ciencia consiste en saber que de cuanto se puede ver, hacer o pensar sobre la tierra, lo más prodigioso, lo más profundo, lo más grave es esto: vivir.
"



TEXTOS 7. JUAN RAMÓN JIMÉNEZ
Juan Ramón y los modernistas

A JUAN RAMÓN JIMÉNEZ

XI
¿Tienes, joven amigo, ceñida la coraza
para empezar, valiente, la divina pelea?
¿Has visto si resiste el metal de tu idea
la furia del mandoble y el peso de la maza?

¿Te sientes con la sangre de la celeste raza
que vida con los números pitagóricos crea?
¿Y, como el fuerte Herakles al león de Nemea,
a los sangrientos tigres del mal darías caza?

¿Te enternece el azul de una noche tranquila?
¿Escuchas pensativo el sonar de la esquila
cuando el Angelus dice el alma de la tarde?...

¿Tu corazón las voces ocultas interpreta?
Sigue, entonces, tu rumbo de amor. Eres poeta.
La belleza te cubra de luz y Dios te guarde.

Rubén Darío
Poema Al Libro Ninfeas,

del Poeta Juan Ramón Jiménez
Un libro de amores,
de flores
fragantes y bellas,
de historias de lirios que amasen estrellas;
un libro de rosas tempranas
y espumas
de mágicos lagos en tristes jardines,
y enfermos jazmines,
y brumas
lejanas
de montes azules…
Un libro de olvido divino
que dice fragancia del alma, fragancia
que puede curar la amargura que da la distancia,
que sólo es el alma la flor del camino.
Un libro que dice la blanca quimera
de la Primavera,
de gemas y rosas ceñida,
en una lejana, brumosa pradera
perdida…
Antonio Machado

A Juan Ramón Jiménez, por su libro Platero y yo
¿No eres tú, mariposa,

el alma de estas sierras solitarias,

de sus barrancos hondos

y de sus cumbres agrias?

Para que tú nacieras,

con su varita mágica

a las tormentas de la piedra, un día,

mandó callar un hada,

y encadenó los montes

para que tú volaras.

Anaranjada y negra,

morenita y dorada,

mariposa montés, sobre el romero

plegadas las alillas o, voltarias,

jugando con el sol, o sobre un rayo

de sol crucificadas.

¡Mariposa montés y campesina,

mariposa serrana,

nadie ha pintado tu color; tú vives

tu color y tus alas

en el aire, en el sol, sobre el romero,

tan libre, tan salada! ...

Que Juan Ramón Jiménez

pulse por ti su líra francíscana.
Sierra de Cazorla, 28 de mayo de 1915


A Antonio Machado de Juan Ramón Jiménez
¡Amistad verdadera, claro espejo

en donde la ilusión se mira !

...Parecen nubes

más bellas,más tranquilas.

Siento esta tarde, Antonio,

tu corazón entre la brisa.
La tarde huele a gloria.

Apolo inflama fraternales liras,

en un ocaso musical de oro,

como de mariposas encendidas ;

liras plenas y puras,

de cuerdas de ascuas líquidas,

que guirnaldas de rosas

inmortales decorarán, un día.

(…)
Antonio,

¿Sientes esta tarde ardiente,

mi corazón entre la brisa ?

Antonio Machado a Juan Ramón

Siempre pensé que Juan Ramón Jiménez, en España o fuera de España, allí donde se encontrase, estaría con nosotros, con los amantes del pueblo español, del lado de nuestra gloriosa República. Y deseaba --porque nunca faltan malsines que gustan de enturbiar la opinión sobre la conducta de los excelentes-- que esta convicción mía ganase la conciencia de todos.
Bien hizo el Servicio Español de Información en publicar, hace ya muchos días, las palabras de nuestro gran lírico, a su llegada a América:

«Madrid ha sido --dice Juan Ramón Jiménez--, durante este primer mes de guerra, yo lo he visto, una loca fiesta trágica. La alegría, la extraña alegría de una fe ensangrentada rebosaba por todas partes; alegría de convencimiento, alegría de voluntad, alegría de destino, favorable o adverso. Y este frenesí entusiasta, esta violenta unión con la verdad, habrían decidido desde el primer momento del triunfo justo del pueblo si la rebelión militar no hubiese sido amparada por codiciosos poderes extraños. Y España, la República española, democrática y legal, estaría hoy reorganizándose, completando su firme ejemplo ante el mundo».
Palabras son éstas de testigo presencial, algo más, de quien hizo suya y vivió con el pueblo, con su pueblo, la gran experiencia trágica de la España actual. «Yo he visto», dice Juan Ramón Jiménez, aludiendo sin la menor jactancia a ojos excepcionales, los suyos, de verdadero poeta, que ven en lo profundo. «Como una violenta unión con la verdad» nos define Juan Ramón aquel ímpetu popular que realizó el milagro de Guadarrama y obró, luego, tantas hazañas portentosas, que son hoy el asombro del mundo. En efecto, nuestro pueblo ha necesitado siempre de la violencia; del frenesí entusiasta para unirse con la verdad, con su propia verdad; tantos son entre nosotros los poderes sombríos que contra ella militan, tantos los enemigos de la más humilde como de la más egregia verdad española. Por suerte abundan ya los ojos que la han visto desnuda. Tal ha sido para muchos, para los mejores, la gran revelación de la guerra; la verdad española está en el corazón del pueblo como un arco tendido hacia el mañana, y es hoy una consciente voluntad de vivir en el sentido de la historia.
Cuando Juan Ramón escribió las nobles palabras transcritas, eran los días en que la contienda que ensangrienta a España nos aparecía con vagos caracteres de guerra civil entre dos categorías de españoles, o, si queréis, entre dos Españas: la España popular, ávida de nuevas experiencias humanas, España viva y, por ende, incapaz de vivir a retrotiempo, y la España desmayada y sombría, tantas veces cobarde ante la historia, que invoca vanamente una tradición de cultura que ella nunca hubiera contribuido a crear, y cuya tradición verdadera está hecha de renuncias, fracasos y traiciones: una España triste que alguien, no yo, llamará burguesa, con adjetivo sobradamente holgado para su mezquindad, una España de viejas infecundas, que compró al hambre africana los brazos que habían de defenderla.
La guerra civil, tan desigual éticamente, pero, al fin, entre españoles, ha terminado hace muchos meses. España ha sido vendida al extranjero por hombres que no pueden llamarse españoles: quien vende a su patria se desnaturaliza y ha de sobreentenderse que renuncia a su patria para buscar cobijo en la patria del comprador. De suerte que ya no hay más que una España, invadida, como otras veces, por la codicia extranjera y, como otras veces, a solas con su pueblo y con su destino, quiero decir con su razón de ser en lo futuro, para luchar sin tregua ni desmayo por su propia existencia, contra dos potencias criminales, tan fuerte como viles, que le han salido al paso en la más peligrosa encrucijada de su historia.
Mucho alienta escuchar las voces de los buenos --su claro timbre español--, en los momentos más trágicos, que han de ser también los más fecundos, de esta magnífica soledad española.
(Valencia, 12 de septiembre de 1937)

Antonio Machado, La Guerra. Escritos: 1936-39. Ed. por Julio Rodríguez Puértolas y Gerardo Pérez Herrero.

Juan Ramón y el 27
El carácter de nuestro poeta es gratamente generoso, aunque no menos rencoroso; es descrito por Cernuda, posiblemente con acierto, como un Dr. Jeckill y Mr. Hyde. El homenaje a Góngora, en que se negó a participar, y unos equívocos sobre la colocación de uno de sus poemas debajo de otro de Unamuno le trajeron fuertes desavenencias con un grupo que, no sin razón, consideraba “suyo”. Tras su famosa conversación con José Bergamín, en la que intenta insultar, ante el enfado de éste, a los componentes del 27 como “mariconcillos de playa”, el distanciamiento se acentúa. Otros hechos significarían la ruptura definitiva con el grupo. Uno de ellos fue el telegrama grotesco de Luis Buñuel y Salvador Dalí, enormemente cruel para un hombre tan sensible como Juan Ramón Jiménez: “Amigablemente. Te felicitamos por tu Platero y yo. Es el burro más burro de todos los burros que hemos conocido”. También la discusión sobre la poesía pura (tenida por él como única poesía posible) y los cambios políticos que trajeron una “impureza” a la poesía, concretada en el hecho de que sus antiguos “discípulos” tomaron en 1935 como nuevo maestro a Pablo Neruda para que dirigiera la revista “Caballo verde para la poesía”. Fue en esa revista donde el gran poeta chileno publicó su Manifiesto de la poesía impura, contrario a la poesía pura encabezada por Juan Ramón Jiménez.

Cernuda sobre Juan Ramón
Capítulo dedicado a JRJ para sus Estudios sobre Poesía Española Contemporánea, aparecidos en 1954 (4), y nada más comenzar, escribe no sin cierta acre ironía:
"... quien ha podido esconder en su casa a la poesía, o cree

haberla escondido, ¿qué le importa.la vida? Sobre todo cuando

ese quien estuvo siempre dispuesto a menospreciarla." (p. 371).

"Creo que seremos algunos ya los escritores de generaciones

más recientes que sientan cierta náusea al oírse llamar, con buena

o mala intención artistas de minorías. La denominación, es

sabido, tuvo origen en el propósito y en las palabras de dos grandes

escritores españoles contemporáneos: Juan Ramón Jiménez

y J. Ortega y Gasset."

(Ensayo y Crítica, p. 1.329).

"Hacia 1925, cuando cualquier poeta joven trataba de expresar su admiración hacia un poeta anterior, lo usual era que mencionase el nombre de Juan Ramón Jiménez (,..). Hoy, cuando un poeta trata de expresar su admiración hacia un poeta anterior, lo usual es que se mencione el nombre de A. Machado (...). Y es que los jóvenes, y aún más los que han dejado de serlo, encuentran ahora en la obra de Machado un eco de las preocupaciones del mundo que viven, eco que no suena en la obra de Jiménez.
("Antonio Machado" en Estudios..., p. 360).
"Si, Raúl Leiva: es lo de siempre: muchos escritores, en privado, coinciden conmigo en los juicios expresados sobre la obra de Jiménez, sin embargo se escandalizan cuando esos mismos juicios se publican. Para mí tanto Unamuno como Machado (Antonio), como poetas, son muy superiores al autor de Platero y yo."

(Conversaciones con Luis Cernuda, p. 1.454.)

LA TRAYECTORIA POÉTICA DE JUAN RAMÓN: ETAPAS
Vino, primero, pura,

vestida de inocencia;

y la amé como un niño.
Luego se fue vistiendo

de no sé qué ropajes;

y la fui odiando, sin saberlo.
Llegó a ser una reina,

fastuosa de tesoros...

¡Qué iracundia de yel y sin sentido!

...Mas se fue desnudando.

Y yo le sonreía.



Se quedó con la túnica

de su inocencia antigua.

Creí de nuevo en ella.
Y se quitó la túnica,

y apareció desnuda toda...

¡Oh pasión de mi vida, poesía

desnuda, mía para siempre
PRIMERA ETAPA: SENSITIVA
Adolescencia
En el balcón, un instante

nos quedamos los dos solos.

Desde la dulce mañana

de aquel día, éramos novios.

_El paisaje soñoliento

dormía sus vagos tonos,

bajo el cielo gris y rosa

del crepúsculo de otoño_.

Le dije que iba a besarla;

bajó, serena, los ojos

y me ofreció sus mejillas,

como quien pierde un tesoro.

Caían las hojas muertas,

en el jardín silencioso,

y en el aire erraba aún

un perfume de heliotropos.

No se atrevía a mirarme;

le dije que éramos novios,

...y las lágrimas rodaron

de sus ojos melancólicos.
ESTOY TRISTE, Y MIS OJOS NO LLORAN






Estoy triste, y mis ojos no lloran
y no quiero los besos de nadie;
mi mirada serena se pierde
en el fondo callado del parque.

¿Para qué he de soñar en amores
si está oscura y lluviosa la tarde
y no vienen suspiros ni aromas
en las rondas tranquilas del aire?

Han sonado las horas dormidas;
está solo el inmenso paisaje;
ya se han ido los lentos rebaños;
flota el humo en los pobres hogares.

Al cerrar mi ventana a la sombra,
una estrena brilló en los cristales;
estoy triste, mis ojos no lloran,
¡ya no quiero los besos de nadie!

Soñaré con mi infancia: es la hora
de los niños dormidos; mi madre
me mecía en su tibio regazo,
al amor de sus ojos radiantes;



y al vibrar la amorosa campana
de la ermita perdida en el valle,
se entreabrían mis ojos rendidos
al misterio sin luz de la tarde...

Es la esquila; ha sonado. La esquila
ha sonado en la paz de los aires;
sus cadencias dan llanto a estos ojos
que no quieren los besos de nadie.

¡Que mis lágrimas corran! Ya hay flores,
ya hay fragancias y cantos; si alguien
ha soñado en mis besos, que venga
de su plácido ensueño a besarme.

Y mis lágrimas corren... No vienen...
¿Quién irá por el triste paisaje?
Sólo suena en el largo silencio
la campana que tocan los ángeles.



EL POETA A CABALLO

¡Qué tranquilidad violeta,
por el sendero, a la tarde!
A caballo va el poeta...
¡Qué tranquilidad violeta!

La dulce brisa del río,
olorosa a junco y agua,
le refresca el señorío...
La brisa leve del río...

A caballo va el poeta...
¡Qué tranquilidad violeta!

Y el corazón se le pierde,
doliente y embalsamado,
en la madreselva verde...
Y el corazón se le pierde...

A caballo va el poeta...
¡Qué tranquilidad violeta!

Se esté la orilla dorando...
El último pensamiento
del sol la deja soñando...
Se está la orilla dorando...

¡Qué tranquilidad violeta,
por el sendero, a la tarde!
A caballo va el poeta...
¡Qué tranquilidad violeta!



¡QUÉ TRISTEZA DE OLOR DE JAZMÍN!




¡Qué tristeza de olor de jazmín! El verano
torna a encender las calles y a oscurecer las casas,
y, en las noches, regueros descendidos de estrellas
pesan sobre los ojos cargados de nostalgia.

En los balcones, a las altas horas, siguen
blancas mujeres mudas, que parecen fantasmas;
el río manda, a veces, una cansada brisa,
el ocaso, una música imposible y romántica.

La penumbra reluce de suspiros; el mundo
se viene, en un olvido mágico, a flor de alma;
y se cogen libélulas con las manos caídas,
y, entre constelaciones, la alta luna se estanca.

¡Qué tristeza de olor de jazmín! Los pianos
están abiertos; hay en todas partes miradas
calientes... Por el fondo de cada sombra azul,
se esfuma una visión apasionada y lánguida.







Pájaro errante y lírico, que en esta floreciente

soledad de domingo, vagas por mis jardines,

del árbol a la yerba, de la yerba a la fuente

llenas de hojas de oro y caídos jazmines...
¿qué es lo que tu voz débil dice al sol de la tarde

que sueña dulcemente en la cristalería?

¿eres, como yo, triste, solitario y cobarde,

hermano del silencio y la melancolía?
¿Tienes una ilusión que cantar al olvido?

¿una nostaljia eterna que mandar al ocaso?

¿un corazón sin nadie, tembloroso, vestido

de hojas secas, de oro, de jazmín y de raso?

EL VIAJE DEFINITIVO 

Y yo me iré. Y se quedarán los pájaros cantando; 
y se quedará mi huerto con su verde árbol, 
y con su pozo blanco. 

Todas las tardes el cielo será azul y plácido; 
y tocarán, como esta tarde están tocando, 
las campanas del campanario. 

Se morirán aquellos que me amaron; 
y el pueblo se hará nuevo cada año; 
y en el rincón aquel mi huerto florido y encalado, 
mi espiritu errará, nostálgico. 

Y yo me iré; y estaré solo, sin hogar, sin árbol 
verde, sin pozo blanco, 
sin cielo azul y plácido... 
Y se quedarán los pájaros cantando. 


De “Poemas agrestes” (1910-1911)


ETAPA INTELECTUAL
¡Intelijencia, dame
el nombre exacto de las cosas!
... Que mi palabra sea
la cosa misma,
creada por mi alma nuevamente.
Que por mí vayan todos
los que no las conocen, a las cosas;
que por mí vayan todos
los que ya las olvidan, a las cosas;
que por mí vayan todos
los mismos que las aman, a las cosas...
¡Intelijencia, dame
el nombre exacto, y tuyo,
y suyo, y mío, de las cosas!


De “Eternidades” (1916-1917)

***

En ti estás todo, mar, y sin embargo,
¡qué sin ti estás, qué solo,
qué lejos, siempre, de ti mismo!
Abierto en mil heridas, cada instante,
cual mi frente,
tus olas van, como mis pensamientos,
y vienen, van y vienen,
besándose, apartándose,
en un eterno conocerse,
mar, y desconocerse.
Eres tú, y no lo sabes,
tu corazón te late y no lo siente...
¡Qué plenitud de soledad, mar solo!

***
Te tenía olvidado,
cielo, y no eras
más que un vago existir de luz,
visto -sin nombre-
por mis cansados ojos indolentes.
Y aparecías, entre las palabras
perezosas y desesperanzadas del viajero,
como en breves lagunas repetidas
de un paisaje de agua visto en sueños...
Hoy te he mirado lentamente,
y te has ido elevando hasta tu nombre.


De “Diario de un poeta recién casado”

Poesía de corte popular
Arriba canta el pájaro,
y abajo canta el agua.
-Arriba y abajo,
se me abre el alma -.

Mece a la estrella el pájaro,
A la flor mece el agua.
-Arriba y abajo,
me tiembla el alma-.

Canción. De “Belleza” (1923)
***
El Otoñado
Estoy completo de naturaleza
en plena tarde de áurea madurez,
alto viento en lo verde traspasado.
Rico fruto recóndito, contengo
lo grande elemental en mí (la tierra,
el fuego, el agua, el aire), el infinito.

Chorreo luz; doro el lugar oscuro,
transmino olor; la sombra huele a dios,
emano son; lo amplio es honda música,
filtro sabor; la mole bebe mi alma,
deleito tacto de soledad.

Soy tesoro supremo, desasido,
con densa redondez de limpio iris,
del seno de la acción. Y yo soy todo.
Lo todo que es colmo de la nada,
El todo que se basta y que es servido
de lo que todavía es ambición.


 

De “La estación total” (1946)

ETAPA SUFICIENTE O VERDADERA
La transparencia, Dios, la transparencia
Dios del venir, te siento entre mis manos;
aquí estás enredado conmigo, en lucha hermosa
de amor, lo mismo
que un fuego con su aire.

No eres mi redentor, ni eres mi ejemplo,
ni mi padre, ni mi hijo, ni mi hermano;
eres igual y uno, eres distinto y todo;
eres dios de lo hermoso conseguido,
conciencia mía de lo hermoso.

Yo nada tengo que purgar.
Toda mi impedimenta
no es sino fundación para este hoy
en que, al fin, te deseo;
porque estás ya a mi lado,
en mi eléctrica zona,
como está en el amor el amor lleno.

Tú, esencia, eres conciencia, mi conciencia,
y la de otro, la de todos,
con forma suma de conciencia;
que la esencia es lo sumo,
es la forma suprema conseguible;
y tu esencia está en mí, como mi forma.

Todos mis moldes, llenos
estuvieron de ti; pero tú, ahora,
no tienes molde, estás sin molde; eres la gracia
que no admite sostén,
que no admite corona,
que corona y sostiene siendo ingrave.

Eres la gracia libre,
la gloria del gustar, la eterna simpatía,
el gozo del temblor, la luminaria
del clariver, el fondo del amor,
el horizonte que no quita nada;
la transparencia, dios, la transparencia,
el uno al fin, dios ahora sólito en lo uno mío,
en el mundo que yo por ti y para ti he creado.

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