Resumen Una muchacha pregunta con angustia por el tipo de agua con qué se lavará. En contraste con otras, como las mujeres casadas, se siente muy desgraciada.






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títuloResumen Una muchacha pregunta con angustia por el tipo de agua con qué se lavará. En contraste con otras, como las mujeres casadas, se siente muy desgraciada.
fecha de publicación12.09.2015
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Comentario de un villancico.
Por Rafael Roldán Sánchez.
¿Con qué la lavaré

la flor de mi cara?

¿Con qué la lavaré,

que vivo mal penada?

Lávanse las casadas

con agua de limones:

lávome yo, cuitada,

con penas y dolores.

¿Con qué la lavaré,

que vivo mal penada?

Entra mayo y sale abril,

tan garridico le vi venir.

Entra mayo con sus flores,

sale abril con sus amores,

y los dulces amadores

comienzan a bien servir.
Tema
El desasosiego de una muchacha porque ansía ser amada.
Resumen
Una muchacha pregunta con angustia por el tipo de agua con qué se lavará. En contraste con otras, como las mujeres casadas, se siente muy desgraciada. Tras repetir la pregunta inicial, cuenta cómo abril deja paso a mayo, mes en que los enamorados cortejan a sus amadas.
Estructura
-Primera parte (vv. 1º - 10º): lamento de la muchacha.

-1ª subparte (vv. 1º - 4º): pregunta por su amor.

-2ª subparte (vv. 5º - 8º): se compara con las mujeres casadas.

-3ª (subparte (vv. 9º - 10º): se repite la pregunta de la primera subparte.
-Segunda parte (vv. 11º - 16º): la primavera incita a amar.

-1ª subparte (vv. 11º - 14º): llega el mes de mayo.

-2ª subparte (vv. 15º - 16º): triunfa el amor.

Comentario crítico
En este villancico, una muchacha expresa su desazón porque, a pesar de que ha llegado la primavera, ella no tiene aún ningún hombre que la haga feliz. Esta forma de manifestar el amor por una joven, en primera persona, es típica de gran parte de las composiciones de la lírica tradicional española. La hallamos en las jarchas y en las cantigas de amigo, además de, por supuesto, en muchos villancicos castellanos, similitud que se explica porque, muy probablemente, estos poemas escritos en distintas lenguas romances provienen de un género anterior de poesía que debió de cantarse en casi toda la Península.

También en el tratamiento del amor parece asemejarse este villancico a las jarchas y a las cantigas, puesto que en éstas predomina la queja de la amada por el retraso, la ausencia o la pérdida del amado. Pero, como decimos, esa semejanza sólo es aparente. En las jarchas y en las cantigas, las palabras de la joven enamorada desvelan una amargura inconsolable. Además, el objeto de tanto dolor, el “habib” de las jarchas o el “amigo” de las cantigas, es una persona concreta. En este villancio, sin embargo, la muchacha no lamenta la falta de ningún amante en particular, sino la falta del amor sin más.

Esta diferencia tiene una gran importancia, porque hace que el villancico sea, en realidad, un poema sobre la urgencia de ser amada. Las muchachas se desesperan, en las jarchas y cantigas, porque su amado no está con ellas; en el villancico que comentamos, porque aún no ha encontrado el amor. Si en aquéllos poemas, el amor es la causa de la aflicción de las jóvenes, pues sufre quien ama, en el villancico se espera al amor como fuente de felicidad, porque padece quien suspira por amar. Y, en efecto, los últimos versos del villancico destacan, mediante la anteposición del epíteto “dulce” a “amadores” y del adverbio “bien”, en este caso por un hipérbaton, al verbo “servir”, esa felicidad que se espera que traiga el amor.

Es cierto que el estribillo inicial del villancico, con la angustia que expresan las interrogaciones retóricas, apenas se distingue del comienzo de muchas jarchas y cantigas. Incluso la estructura de esos versos imita el “leixa-pren” de las cantigas, ya que el verso 3º repite íntegramente el 1º, “¿Con qué la lavaré”, mientras que el verso 4º, que completa la oración del 3º de la misma manera que el 2º completa la del 1º, es distinto del 2º. Pero en las jarchas y en las cantigas este tipo de preguntas se referían al amado ausente; en este poema, las preguntas aluden a un hecho cotidiano, pero que aquí parece carecer de sentido: los medios de que se servirá la joven para lavarse la cara.

¿Por qué le crea inquietud el no saber con qué se la lavará? ¿Y qué relación hay entre el hecho de no poder lavarse y la desesperanza que se desprende del verso 4º: “que vivo mal penada”? A los cuatro primeros versos, de una intensa emoción, siguen dos versos de un tono más sereno al que contribuye la tercera persona del verbo y el carácter narrativo de lo que se dice, opuesto a la viva expresividad de los versos anteriores: “Lávanse las casadas/ con auga de limones”. Esta aparente caída de la tensión sentimental es impropia de composiciones tan apasionadas como las jarchas y las cantigas, pero en este villancico resulta muy necesaria.

Al contrario que en las canciones gallegas y mozárabes, donde la enamorada no pensaba más que en preservar su amor y nada le importaba lo que ocurriera a su alrededor, en este poema la joven dirige su mirada hacia afuera y se compara con aquéllas que ya tienen el amor que ella anhela. El tono menos exaltado de estos versos se debe a que el lamento de la muchacha está originado por la soledad, no por el abandono del amante. No hay en el villancico una angustia profunda surgida del desamor. Encontramos el ansia de una muchacha que, al sentirse mujer, repara en la felicidad de las otras mujeres y se desespera porque la suya tarda en llegar, como se desprende de la atención que dedica al paso de los meses primaverales en los últimos seis versos.

La comparación entre la joven sin amor y las mujeres casadas, está realizada con una singular maestría, puesto que en esta comparación se aclara el simbolismo de los primeros versos. Al igual que los cuatro primeros versos, los cuatro siguientes se estructuran con otro paralelismo:
Lávanse (verbo) las casadas (sujeto)

con agua de limones (complemento circunstancial):

lávome (verbo) yo, cuitada (sujeto)

con penas y dolores (complemento circunstancial).
En el paralelismo, además, se ha recurrido al hipérbaton para posponer el sujeto en los versos 5º y 7º. El paralelismo y el hipérbaton se combinan para oponer, al final del verso, la muchacha a las mujeres casadas. El poeta ha puesto mucho cuidado en resaltar este contraste entre la protagonista y las casadas. ¿Por qué? Porque su causa, que se explica en los versos 6º y 8º con una nueva oposición (“con agua de limones” vs. “con penas y dolores”), adquiere un mayor relieve. En efecto, tras saber cómo se lavan las casadas, todo oyente o lector del poema anhela saber, por fin, con qué se va a lavar la joven para aliviar su padecimiento. Y nos encontramos con ese “con penas y dolores” que, opuesto a “con agua de limones”, resulta fundamental para desvelar el sentido de las interrogaciones iniciales del poema. Si las “penas y dolores” de la muchacha se deben a que carece de “agua de limones” para lavarse y, por otra parte, el “agua de limones” es con lo que “lávanse las casadas”, podemos deducir que “lavarse” tiene un claro sentido erótico. Se referiría a gozar de un amante. El “agua de limones” sería, en consecuencia, un símbolo del amante o, quizás, de la unión de éste con la amada.

Para ahondar más en este simbolismo, es necesario volver al 2º verso del poema. En él aparece una metáfora, “la flor de la mi cara”, que es el objeto de la acción de “lavaré”. Podría pensarse que esta imagen es un recurso simple y tópico para ensalzar la belleza de la joven. Pero su sentido más profundo se aclara en los versos finales, donde el poeta vuelve a servirse del paralelismo y del hipérbaton para situar el poema en un marco temporal muy concreto:
Entra (verbo) mayo (sujeto) con sus flores (complemento circunstancial)

sale (verbo) abril (sujeto) con sus amores (complemento circunstancial)
Sorprende, en estos versos, que las “flores” tengan que atribuirse necesariamente a mayo y los “amores” a abril, puesto que también podía haberse optado por lo contrario. El florecimiento de la primavera no se da en abril en menor medida que el nacimiento del amor en mayo. Además, si los “amores” son propios de abril, que “sale”, no hay un motivo claro para que en mayo “los dulces amadores” comiencen “a bien servir”, en lugar de consagrarse a esta actividad en abril, salvo que el poeta quiera establecer una relación entre las flores de mayo y el servicio de los “amadores”. En ese caso, las flores simbolizarían la madurez para amar de las muchachas.

La primavera del poema no es una estación elegida al azar: simboliza la edad de la joven. La primavera es la primavera de la vida en la que, como en el mes de mayo, la muchacha ha florecido, su belleza está en su esplendor y aguarda al amante que esté dispuesto a recoger las “flores” que ella guarda para él. “La flor de la mi cara” representa la edad en que la muchacha puede y desea ser amada, pero también alude al cuerpo que está en sazón para el amor. La personificación del mes de mayo como un galán al que contempla la muchacha, “tan garridico le vi venir” (v. 12º), evoca el posible encuentro entre ella y uno de los “dulces amadores” del verso 15º. En consonancia con esta imagen, y lejos de la triste incertidumbre de tantas jarchas y cantigas, el villancico termina con un verso que sugiere la alegría y ternura que los amantes emplearán para conseguir las “flores” de sus amadas: “comienzan a bien servir”.

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