A la modernidad poética: de baudelaire al simbolismo






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BLOQUE VI LA MODERNIDAD POÉTICA

A) LA MODERNIDAD POÉTICA: DE BAUDELAIRE AL SIMBOLISMO

De la misma manera que se había agotado en la 2ª mitad del siglo XIX  la rebeldía y el idealismo romántico y  los novelistas se empezaron a dedicar  a la observación realista del mundo, en la poesía se llevó a cabo una transformación que dio paso a la poesía actual. Es a partir de entonces cuando surge lo que podría denominarse Literatura Moderna, es decir, un cambio radical en los planteamientos estéticos que habían servido de guía en la literatura de los siglos anteriores. Como indicadores de Modernidad hay que señalar, sin duda, a Baudelaire en Europa con la publicación de Las flores del mal y al norteamericano Walt Whitman con Hojas de hierba. En cualquier caso, hasta la aparición de los movimientos de vanguardia no se puede hablar de verdadera ruptura con el arte anterior.

Este cambio comenzó en Francia: los poetas se dedicaron a explorar su propia interioridad y a perseguir la belleza a través de la palabra, consiguiendo la superación del romanticismo. Muchos autores inicialmente románticos dieron el paso a un estilo que reivindicaba la libertad y la exigencia, se reclamaba la atención a lo material que revestía los sentimientos románticos, originando de este modo, un culto a la materialidad y a la sensualidad poéticas que muy pronto denunciarían tanto románticos como defensores del positivismo y del arte utilitarista. Frente a éstos, estos jóvenes poetas piensan que el arte no debe traducir los sentimientos, que el arte no debe estar subordinado a ninguna finalidad, pues el Arte no tiene más finalidad que sí mismo y a él se llega solamente tras cultivar un arte absoluto que se basta a sí mismo y que no existe para algo, sino que es por sí y para sí mismo: había nacido el concepto de l’art pour l’art (“el arte por el arte”). El poeta Téophile de Gautier aborda esta cuestión en el siguiente fragmento:

A los utilitarios, utopistas, economistas y otros que le pregunten al poeta con qué riman sus versos, él les responderá: el primer verso rima con el segundo, cuando la rima no es mala, y así sucesivamente.

- ¿Para qué sirve?

- Sirve para lo bello. ¿No es bastante? Como las flores, como los perfumes, como los pájaros, como todo lo que el hombre no ha podido depravar con su uso. En general, desde que una cosa se vuelve útil, deja de ser bella.

En líneas generales, en el último tercio del siglo XIX surgen una serie de tendencias que comparten las siguientes características:

● Oposición al sentimentalismo romántico

● Rechazo de la sociedad burguesa

● Afán de rebeldía individual y social

● Concepción no utilitaria del arte y de la literatura (Arte por el arte)

Entre los principales movimientos literarios de esta época son especialmente relevantes el parnasianismo, decadentismo y simbolismo.

El parnasianismo toma su nombre del Monte Parnaso, lugar donde, según la mitología clásica, habitaban las musas de las artes, por lo que la adscripción al mundo clásico es irrefutable. Entre 1860 y 1866 se constituyó en Francia el grupo de los poetas parnasianos que reaccionan contra el romanticismo sentimental y se declaran admiradores de Teófilo Gautier, convertido en el principal propulsor del arte por el arte. El movimiento se manifestó a través de El arte, revista dirigida por Leconte de Lisle, mentor del movimiento que pretendía la impersonalidad de la poesía frente a las confidencias románticas. Lisle asigna al arte las más alta misión: realizar la Belleza, de modo que éste se convierte en un lujo intelectual, reservado a una élite, y completamente independiente de la verdad, la utilidad o la moral. Además, los parnasianos defienden la perfección formal, creando una poesía serena, equilibrada, de líneas puras, a veces repudiada por su impasibilidad ante los problemas del hombre y un exceso de frialdad. De este modo, se convierte en una poesía capaz de eternizar las grandes emociones y los profundos pensamientos filosóficos del ser humano.

Pero sin duda la tendencia más innovadora de la época fue el Simbolismo, surgió como reacción contra el formalismo parnasiano, aunque enseguida fue considerado, no como una corriente más, sino como una expresión del espíritu que surgió en la Europa industrializada y continental a comienzos de la segunda mitad de siglo, en estrecha sintonía con la pintura. Fue en fecha clave de 1886 cuando el crítico Jean Moréas enunciaba en el suplemento cultural de Figaro los principios del movimiento con el Manifeste du Symbolisme, dando nombre a un fenómeno que ya había aparecido unas décadas antes. No obstante, los años que van de 1880 a 1910 fueron determinantes para su éxito y su internacionalización. Los simbolistas fueron separándose del parnasianismo porque no compartían la devoción de este por el verso perfecto. El Simbolismo se inclinaba más bien hacia el hermetismo, desarrollando un modelo de versificación más libre y desdeñando la claridad y objetividad del Parnasianismo. No obstante, varias características parnasianas fueron acogidas, como su gusto por los juegos de palabras, la musicalidad en los versos y, más que nada, el lema de Théophile Gautier del arte por el arte. Los movimientos quedaron completamente separados cuando Arthur Rimbaud y otros poetas se mofaron del estilo perfeccionista parnasiano, publicando varias parodias sobre el modo de escribir de sus más prominentes figuras.

Con la imaginación, el símbolo y la alegoría los simbolistas aportaron una estética decadente, con imágenes sublimes, oníricas y perturbadoras, basada en una iconografía mítica y una mitología del misterio del misterio y del ocultismo, así pues completamente ajena a inmediato y a lo visible, a la realidad, en definitiva. La premisa se resumía en que la poesía y el arte debían ocuparse de las ideas y no de la vida cotidiana, ideas que debían brotar de la imaginación humana. El simbolismo hunde sus raíces en el romanticismo literario, no hay que olvidar que ya el escritor Honoré de Balzac, en la fábula La obra maestra desconocida (1831) sentenció que la “misión del arte no es copiar la naturaleza, sino expresarla”.
La temática simbolista es muy heterogénea, pero casi siempre conlleva una interpretación, la imagen de la mujer, que y la aliteratura romántica ya había transformado adquiere un papel simbólico y decadente, tratada como algo perverso o inocente, una figura exótica y sensual, un ser fascinante pero muy peligroso.

En cuanto a la forma de expresión, los simbolistas crean su propio alfabeto, sus propios símbolos, tales como las heladas regiones, los glaciares, lirios, cisnes o diamantes, que representan el deseo de huir de un lugar muy desagradable para el espíritu poético. También son destacables los símbolos auditivos, que comunican por medio de veladas insinuaciones, como clarines, arpas, campanas o tañidos fúnebres.

En definitiva, el simbolismo fue una de las expresiones más decadentes, para buscar una alternativa diferente al realismo de las últimas décadas del siglo XIX. A través del mito y la leyenda intentaron expresar un estado mental y algo irreal, más allá de la realidad visible, resultando indefinido, inteligible y ambiguo. Los precursores del simbolismo fueron Stéphane Mallarmé, el teórico del movimiento, Paul Verlaine, que lleva la teoría a la práctica y Arthur Rimbaud, aunque éste en menor medida, pues se le considera precursor del Surrealismo.

Por último, el Decadentismo es definido como una cosmovisión desdichada de la vida, que sólo halla placer en los sentidos que, en cierto modo, anestesian a un grupo de poetas sumamente desgraciados. En el aspecto estilístico, supuso la antítesis del movimiento poético de los parnasianos y de su doctrina (inspirada en el ideal clásico del arte por el arte), a pesar de que Verlaine, uno de sus máximos exponentes del decadentismo, había sido en sus orígenes parnasiano. La fórmula pictórica y escultórica de los parnasianos (ut pictura poesis, según la norma de Horacio), se sustituye en el decadentismo por el ideal de la poesía, que tiende a la cualidad de la música. Su evasión de la realidad cotidiana, por otra parte, arremete contra la moral y las costumbres burguesas, exalta el heroísmo individual y desdichado y explora las regiones más extremas de la sensibilidad y del inconsciente. Se considera decadente a todo escritor ligado Baudelaire, padre espiritual del movimiento, mediante el contenido o la forma, en la correspondencia entre perfumes, sonidos y colores y la tenebrosa y profunda unidad de la naturaleza. Otro autor destacado en el movimiento es Rimbaud, para quien el poeta debe hacerse vidente a través de un razonado desarreglo de los sentidos. Se trata de registrar lo inefable y para ello es preciso una alquimia verbal que, nacida de una alucinación de los sentidos, se exprese como alucinación de las palabras, al mismo tiempo, esas invenciones verbales tendrán el poder de cambiar la vida. Para algunos, la alucinación de los sentidos a la que hacía alusión Rimbaud no excluía el recurso de lo que Baudelaire había definido como paraísos artificiales, es decir, las alucinaciones producidas por los estupefacientes. Aunque el poeta que mejor expresa el poema decadente es Verlaine (yo soy el imperio al fin de la decadencia), el cual estuvo durante algún tiempo a la cabeza del movimiento, especialmente después de la publicación de Los poetas malditos (1884).
1. BAUDELAIRE

Charles Pierre Baudelaire (1821-1867) poeta maldito a causa de su vida bohemia, de los excesos cometidos y de la visión del mal que impregna su obra, fue el escritor de mayor impacto en el simbolismo francés y quien posibilita el tránsito hacia la poesía moderna.

Su vida estuvo marcada por la desdicha, reflejada en su obra fundamental, Las flores del mal, obra en la que introduce el gusto por lo extraño, lo malsano, lo neurótico y la mezcla entre religiosidad y pecado. Su búsqueda moral y estética de una nueva realidad le llevará a la creación de un discurso poético del paraíso artificial; para combatir el spleen, propone el éxtasis de los sentidos a través de experiencias o estímulos exteriores como las drogas o el mal.

La poesía de Baudelaire presenta un doble aspecto de interés: por un lado como ocaso del Romanticismo, por otro, como puente hacia la literatura simbolista y precursor de la poesía del siglo XX. Su originalidad le sitúa al margen de las escuelas dominantes de la época, gracias a la búsqueda de la depuración del sentido poético, del misterio de los conflictos íntimos en una expresión poético cargada de múltiples significaciones y llena de infinitas sugerencias. En particular, rompe la diferencia entre poesía y prosa con sus Pequeños poemas en prosa, verdadera revolución en las formas líricas; en cuanto a la ruptura con el Romanticismo, lo hace porque no admite muchos de sus parámetros, como la imaginación, la inspiración o la improvisación, algo que le acerca al clasicismo pues concibe la poesía como un ejercicio, un trabajo sistemático equivalente al de un paciente artesano volcado permanentemente en pulir sus versos. Este esfuerzo se centra, sobre todo, en desembarazar la poesía de todo ornamento vano y en una proyección para alcanzar el ideal de pureza poética, prestando especial atención a la métrica y a los aspectos formales. Poseía un sentido clásico de la forma, una extraordinaria habilidad para encontrar la palabra perfecta y un gran talento musical.

Su obra ha dejado una aportación positiva, paradigma de verdad poética, de selección estética, de culto de la expresión simbólica y de nuevos acercamientos a la vida. A golpe de sinestesia, el poeta pule un nuevo universo lírico, una combinación de imágenes y sensaciones desajustadas de su normal producción en la naturaleza. La audición coloreada, la visualidad audible o multitud de otras combinaciones de sensaciones provenientes de todos los sentidos, se reúnen, como diría el propio Baudelaire, en “una metamorfosis mística de todos mis sentidos fundidos en uno solo”. De esta forma, la palabra adquiere un valor connotativo muy sugerente, gracias al juego de combinaciones que el arte hace posible con sonidos y sensaciones inesperadas. Todo esto pudo ser vislumbrado por los grandes exponentes de la poesía anterior, pero solo con Baudelaire comienza a adquirir una sugestiva formulación y un culto intensivo. Por eso se puede afirmar que es él quien abre la puerta a las realizaciones artísticas que significarán la larga transformación de la poesía.

Su estética literaria propone la desaparición del “Yo” en el poema, es decir, sustituye la presencia personal del autor por la pura lógica interna de la obra regida según su ley compositiva. A partir de Baudelaire ya no se hablará más del poeta, sino de la poesía misma. Es una estética dominada por el esencialismo y su gusto por la sinestesia también proviene del misticismo, el ocultismo y el sincretismo. Las sensaciones nos revelan lo oculto: la unidad de la naturaleza se demuestra en que a cada olor le corresponde un sonido y un color; de este modo, el poeta se convierte entonces en un decodificador del universo, un descifrador o intérprete visionario que ve allí donde los demás se encuentran perdidos, motivo por el cual también sufre más que los demás, de ahí que vea en Satán el prototipo de belleza dolorosa: vencido, caído, culpable, desterrado del universo.

Las flores del mal (1857)

El libro fue el resultado de un proceso creativo que abarcó toda la vida del poeta. Las primeras composiciones se remontan a 1840, y muchos textos fueron apareciendo en periódicos y revistas. Desde 1845 Baudelaire fue anunciando la publicación de un libro, primero con el título Las lesbianas, luego Los limbos, pero desde 1850 ya da el título de Las flores del mal a un grupo de poemas publicados en la Revue de Deux Mondes. El título era ambiguo y enigmático y en él se reunían dos conceptos: uno estético, las flores, pues remite a una idea de belleza, y el otro, moral, que implica las nociones de pecado, de sufrimiento y de dolor; “flores del mal” como “lo más granado de los pecados o males existentes”, como el mundo o la sociedad donde la poesía es la única “flor”, lo único bello que crece en él, como posibilidad de rescate ante tanta miseria.

La primera edición fue publicada en 1857 y fue condenada por inmoral, por lo que Baudelaire tuvo que eliminar una serie de poemas (fueron publicados más tarde con el título de Los desechos). En 1861 se publicó una nueva edición con más poemas, tal y como se puede leer en la actualidad.

La organización interna que el poeta dio a su libro responde a una intencionalidad clara. En primer lugar, el poemario tiene una estructura unitaria, pues Baudelaire lo concibió como una unidad textual, no como un conjunto de poemas. En su interior encontramos poemas perfectamente enlazados que dan un sentido último a todo el poemario. Dicho sentido responde a la visión que tiene el poeta del mundo, de su sociedad. Un mundo, como advierte en el prefacio “Al lector”, presidido por el mal, por Satán, que es quien mueve sus hilos, caótico, desolador.

Esa unidad textual está determinada por la presencia de un “yo”, el del poeta, que indaga en esa realidad, y cuya experiencia ofrece al lector, a todos los hombres. Las flores del mal constituyen un itinerario espiritual del propio autor, que trasciende lo individual y lo ofrece como ejemplo universal. Los poemas trazan el itinerario de un yo que oscila entre dos polos: el dolor, la amargura y la conciencia de la miseria de la condición humana, y la aspiración hacia una esfera superior, espiritual, que trascienda todo esto. En definitiva, lo que Baudelaire resumió en dos conceptos: Spleen e Ideal.

Spleen significa melancolía, tedio, en definitiva la angustia existencial provocada por la desoladora visión del mundo y especialmente por la acción del Tiempo, que todo lo destruye. Frente a ello, Baudelaire opone el Ideal, la esfera de lo absoluto, de la Belleza, donde materia y tiempo quedan anulados. Entre estos dos polos se debate permanentemente el hombre. Es un continuo debate, y a él responden el sentido, el ritmo y la estructura de Las flores del mal, en las que el poeta “desciende a los infiernos”, indaga todos los males y vicios del mundo para intentar remontarse, respondiendo a un ritmo interior ascenso/descenso que concluye con la incapacidad del poeta para resolver esta tensión; de ahí la rebelión final del poeta, la visión negativa de “una humanidad que camina hacia el abismo”.
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