Vista desde una acera (fragmento)






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fecha de publicación10.09.2015
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Vista desde una acera (fragmento).


"¿Qué es una mesa?", me dijo. "es un objeto sobre el que se ponen objetos", dije yo. "Sobre una vaca puedo poner objetos", dijo él. "Es objeto inanimado sobre el que se ponen objetos". "Sobre una bicicleta puedo poner objetos". "Bueno, entonces una mesa es, dos puntos: un objeto inanimado, con una superficie plana que tiene cuatro patas, sobre la que se pueden poner objetos". "entonces una mesa de tres patas no sería una mesa". "Maldición... Es un objeto inanimado con una superficie con algún tipo de apoyo sobre el piso, sobre la que se ponen objetos: ¡listo!", le dije. Y me sentí victorioso. "Mmm, psí. Pero tampoco sirve", me dijo Adrián.

–¿Y por qué no va a servir?

–Porque, qué es "un", y qué es "objeto" y qué es inanimado", y qué es "con", y qué es "algún", y qué es "tipo", y qué es "de", y qué es "apoyo". Definir es imposible, Fercho. ¿No ve que si usted utiliza diez palabras para definir una, necesita cien para definir las diez, y mil para definir las cien, y diez mil para definir las mil… así hasta el infinito?

¿Mmm…?

–Y entonces, ¿qué es una mesa?

–Esto –dijo él, muy sabido y muy inteligente, señalando aquella mesa donde estábamos tomando gaseosa.

–¿Y qué es poesía?

¡¡Y el muy maldito me lo preguntó así: a mansalva.

Y en toda la cara!!

Creo que me bebí unas… ¿dieciocho gaseosas antes de que él se empezara a burlarse de mí?

–¿USTED –me lo dijo así de subrayadito– no sabe qué es poesía?

–“Poesíaerestú…”. Pues no. Usted no. Usted que es el que estudia filosofía, dígamelo.

–No, es que… yo tampoco tengo… ni culo de idea, Fercho.

Casi nos da un ataque de risa, en serio. Era muy chistoso.

Imagínelo: nosotros habíamos leído a Shakespeare, a fray Luis, a Horacio; nos fascinaban Baudelaire, Verlaine, nos hacíamos la paja por Rimbaud, adorábamos a Whitman, Adrián vivía enamorado de Rilke, éramos devotos de Silva y de José Manuel Arango, le lamíamos los pies a Borges, le besábamos el culo a Wilde; podíamos decir algo de los clásicos, de los románticos, de los prerrafaelistas, de Wordsworht y de Coleridge y su lago, de las canciones de gesta, y de los zéjeles; y sabíamos de las liras y los sonetos y los romances y las canciones (¿hasta sabíamos qué era un párodo y un estásimo!), recitábamos de memoria cantidad de poemas, y éramos muy sensible y toda la pendejada… Y… NO… SABÍAMOS… QUÉ… ERA… LA POESÍA: muy triste, ¿no…? Además, estudiábamos para ser profesores de literatura (aunque tampoco teníamos idea de qué significaba ser eso): con qué chorro de babas le íbamos a salir mañana a un niño cuando nos preguntara (sobre todo en estos tiempos de la posmodernidad en que parecían haber caído en una especie de desprestigio las cosas humanas, como la poesía y el amor).

Más tarde, hacia mediodía, Adrián vino a decirme que ya sabía qué era la poesía. “¿Sí?”, le dije burlándome.

–Sí –me dijo–, lo busqué en el Larousse: “es el arte de componer versos”.

Casi nos sentamos a llorar. Adrián dijo que deberíamos asumir como un deber moral encontrar una definición con la que al menos pudiéramos salir de paso; pero sin decir mentiras ni hablar estupideces como hacen los que se creen poetas cuando se lo preguntan (porque los poetas verdaderos casi nunca se atreven siquiera a intentar decir algo al respecto: así de sagrada consideran la poesía). Y nos propusimos encontrar una definición que medio-sirviera para algo. Sabíamos que era una arrogancia, pero teníamos una excusa buenísima: uno nunca debe decirle mentiras a los niños. Y de todos modos sería divertido: así no sirviera para nada. Pasamos semanas y semanas discurriendo sobre la cosa.

Es chistoso, uno se pone a pensar en poesía y, ahí mismo, piensa en los poemas. Así que nos pusimos a buscar qué tenían de común los poemas para encontrar un universal que sirviera. Nos fuimos por el lado de los efectos, porque todos los poemas producían un efecto: eso lo sabíamos. Uno podía ser el de la sorpresa, el sentir descubrir algo nuevo, el maravillarse al sentir o entender algo que jamás se había visto ni sentido. Otro podía ser el de un reconocimiento: como cuando uno lee un verso y siente que aquello ya lo había sentido. Otro puede ser el de un encantamiento por su música, o por su forma, o por la placidez de sus imágenes. Otro, simplemente el divertimento con su gracia; o la seducción de su sencillez… Había tantos efectos que sugerían los poemas; pero ni todos estaban en uno, ni uno estaba en todos. Parecía como si en los efectos no hubiera un universal.

Pero, mirando esas cosas, un día nos pusimos a pensar que ellos, los efectos, no sólo estaban en los poemas; los mismos podían estar en las novelas, en los cuentos, en los dramas; pero también en los cuadros y en las esculturas, en los diseños de los arquitectos; y en las sonatas y en las sinfonías. Entonces pensamos que dentro de la poesía, dentro de lo que ella era, probablemente había un sinónimo de la palabra “arte”. Pero Adrián propuso que no sólo en las cosas artísticas había poesía; que ella, o efectos parecidos a los suyos, se sentían también en un enunciado matemático (dijo que él había escuchado una definición de infinito que le había sonado como un poema), o en un pasaje de un libro de historia, o de astronomía. Incluso creímos ver efectos poéticos en cosas que aparentemente nada tenían que ver con la poesía: en las cosas viejas, por ejemplo, esas que se consiguen por nada en el mercado de las pulgas (y aquí recordamos las Vejeces de Silva y todo). ¡Puf! La poesía cada vez parecía una cosa más inmensa que lo tocaba todo, y así buscar una definición de la poesía debería aparecer por alguna parte la palabra “artificio”; porque parecía como si la poesía estuviera siempre en las cosas hechas por los hombres.

Y justamente pensando en eso, descubrimos que sí había un universal entre los efectos; que había un efecto que aparecía en todos los poemas, y en todas las cosas que de alguna manera nos parecían poéticas: el de sentir que detrás de cada poema existía una persona, un alma semejante a la nuestra. Entonces Adrián se le ocurrió algo muy bonito: dijo que la poesía era como la huella de un alma puesta sobre las cosas. Y a mí me pareció que eso sonaba muy lindo; pero, sobre todo, sonaba verdadero.

Lo malo fue que a Adrián le parecía le parecía que como definición esa frase era insuficiente, porque dejaba incluir cosas que no eran poesía y que de todos modos mostraban la huella de un alma que las hizo: un cepillo de dientes, por ejemplo. También la bomba H. Un día se nos ocurrió pensar en que una definición podría contener la mención de para qué sirve la cosa. ¿Para qué sirve la poesía? Nos parecía que para todo y para nada. Uno, cuando gusta de la poesía, aunque no sepa lo que signifique, siempre piensa que casi no hay nada en la vida que pueda ser más importante; pero, puestos contra la pared, la verdad es que la poesía no parece ser muy útil. No en términos de que si podemos hacer algo con ella, o de que si me puede dar a cambio de su “valor”, como el que tiene este reloj que tengo puesto: si tengo hambre, puedo cambiar mi reloj por un almuerzo, pero ¿qué me darán por ese poema de Rilke que guardo en mi cabeza…? No, no se trata de ese valor mercantil, sino más bien del sentido que tiene hacer poesía. Es decir, ¿qué función tiene hacer un poema? ¿Para permanecer? Quién sabe, uno puede dejar su alma o un pedacito de ella en un poema, pero una vez muertos, ¿de qué demonios nos sirve esa alma que dejamos allí? Tal vez les sirva a otros; a uno ya no le sirve para nada. No, eso de la permanencia es una obra no es más que una elaboración retórica. Quizás, sólo hacemos un poema para reflejarnos, para mirarnos, para intentar comprender lo que somos. Sí, tal vez sólo de eso se trataba. Parecía una simpleza, pero creíamos Adrián y yo que de esa simpleza se trataba.

Creímos que la poesía era algo así como un intento por descubrir lo que somos, lo que nuestra alma es. Un intento fracasado, de todos modos, sencillamente porque somos efímeros. No porque vayamos a morir. O también. Pero somos efímeros, antes que nada, porque nunca dejamos de cambiar. Este amor que siento hoy, quizás mañana no lo sentiré; o lo sentiré de otro modo: más fuerte o más frágil; más transparente o más interesado. Esto en lo que hoy creo, mañana lo descreeré. Lo que pienso, lo pensaré de otro modo y no se parecerá a lo que una vez somos. Así que si un poema intentamos fijarnos, sólo un instante nuestro quedará allí, no nosotros (eso lo dijo Borges, ¿no?). Pero, con seguridad, será un instante verdadero que de alguna manera ata a ese poco de bruma que somos y que a cada momento se disipa, para mantenernos allí flotando (en la vida) sin dejar perdernos del todo. Mientras morimos. Algo así.

FERNANDO MOLANO

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