Revista mensual de literatura y pensamiento






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títuloRevista mensual de literatura y pensamiento
fecha de publicación10.09.2015
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tipoLiteratura
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AEDO ISSN: 2341-0078. Depósito Legal: M-1016-2014. 31 de enero de 2014. Número 1.


aedo
Revista mensual de literatura y pensamiento
Número 1.

31 de enero de 2014.

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Aedo no pretende ser una gran revista. Es lo primero que hay que pensar a la hora de tomar una ruta, de ataviarse con tan conocida indumentaria: millones de personas ya lo hicieron antes. Porque una publicación periódica no tiene nada de especial. Hay cientos de miles, las ha habido y las habrá siempre. Las hay que duran un tiempo considerable, que desaparecen y luego reaparecen, pero por lo general muchas se pierden para siempre, y nacen constantemente otras nuevas.

Los que ahora emprendemos este trillado camino de las publicaciones no somos nuevos. Hace unos años participamos en un cuidado proyecto, bastante atrevido, con buena presentación y cierta aura dorada, llamado Periculum. Comenzó con toda la fuerza que aportaba la ilusión; y era ésta una ilusión incontrolada, imparable, que pretendía volar como Ícaro. Pero no contaremos penas aquí, baste con decir que el delirio de grandeza fue el mayor motivo de que se fundiera la cera de nuestras alas.

Por eso empezamos, esta vez, con modestia. No somos nada. No vamos a pelear con los grandes. En lugar de mirar tanto al cielo, vamos a mirar el suelo que pisamos. De hecho, lo primero que estamos haciendo es ponernos a trabajar, y el trabajo está presente en el lema que hemos elegido: labor omnia vincit. Y para remarcar que lo nuestro no es el cielo, sino la tierra, en la ilustración de este número aparece un labriego abriendo surcos en el suelo… con lo que para nosotros implica que “surco de arado” en latín se decía “versus”.

Un conocido soneto de E. Madrid decía “Trabajar es hallarse muerto en vida…”, que parece estar en contra de lo expuesto anteriormente. Se refiere a un trabajo indeseable y destructivo. Urge componer un poema que muestre la otra cara de esa moneda, porque también es cierto que el trabajo hace al hombre, como venía a decir Feuerbach, siempre que sea el trabajo que uno desea.

Así pues, hemos creado esta vía para construirnos. El escritor Ramón Carnicer, en un artículo suyo titulado “La Pensilogía”, juega con el apotegma cartesiano “pienso, luego existo” para afirmar que cuanto menos pensamos, menos existimos; y dejar de pensar es equivalente a morir. Pero las ideas hay que expresarlas, y ahí está el verdadero trabajo. Esto enlaza con el pensamiento del filósofo Wittgenstein, que se resume en que “la realidad de uno es tal como la enuncia”, y por tanto, si eres pobre en palabras, tu realidad es pobre.

Escribimos para sobrevivir, para que no muera lo que somos. Recordamos así a nuestros lectores que esto es una forma de vida, una manera de vivir y de sobrevivir. A vuestra disposición está esta pequeña llama que vamos a proteger y mantener encendida, para que todo el que desee prenda su propio cirio. El suyo. Porque lo que hay que buscar no está fuera, sino en nosotros mismos.

 


Apuntes para la lectura e interpretación de la poesía como un acto de habla

El lenguaje es el medio que poseemos los humanos para comunicarnos, para establecer relación con nuestros semejantes; y esto lo hacemos de forma natural y cotidiana cuando compartimos un mismo espacio y un mismo tiempo con otras personas. Se trata de algo tan habitual que apenas nos damos cuenta.

Entre los estudios que se han hecho sobre el proceso de comunicación, destaca la teoría de los actos de habla de Austin y Searle en la que distinguen tres actos distintos en toda emisión hablada: primero, un acto locutivo que consiste en la producción del enunciado; en segundo lugar, un acto ilocutivo, que es la intención del hablante a la hora de producir el enunciado; y, por último, un acto perlocutivo, que consiste en el efecto que produce en el oyente.

Esta teoría destaca en Pragmática por tener en cuenta las consecuencias que produce en el receptor la emisión de un enunciado. De esta manera, la reacción del oyente se sitúa en un plano semejante a la del hablante que lo emite.

Pero esta comunicación que se establece de forma directa y sincrónica, es decir, en un mismo espacio y en un mismo tiempo, se convierte en indirecta y diacrónica, es decir, alejada en el tiempo y en el espacio, en la comunicación literaria que se da entre el autor y el lector.

Ocurre a menudo (y aquí está lo interesante) que esta lejanía en el espacio y en el tiempo hace al lector olvidar que es el receptor de la obra literaria, oyente, a través del tiempo, en un acto de habla tan real y tan cotidiano como el que nos une a otros congéneres habitualmente.

En los tiempos que corren, la novela, que es la reina de la literatura, consumida de forma masiva por miles de personas, se ha convertido en la lectura preferida de estas últimas generaciones. Muy lejos quedan las publicaciones periódicas del siglo XIX en las que aparecían poemas. Desgraciadamente, la poesía no interesa y además no se entiende.

El lector de novelas disfruta de la narración de hechos y del placer que le producen las aventuras de personajes lejanos, o incluso cercanos, con vidas distintas, o a veces muy semejantes a las nuestras, como hace un espectador que pudiera elevar los techos de las casas o los palacios y observar las vidas ajenas. La narración nos lleva a los sueños, a los cuentos de cuna, al regazo consolador y tibio de las madres. ¡Cuántas veces nos hemos dormido con un libro entre las manos!

Acostumbrados y arrullados por el murmullo lento y pausado de la narración, caracterizado por el uso de verbos en pasado, de personajes ajenos a nosotros, de narradores que conocen los sentimientos de los personajes mejor que ellos mismos; acostumbrados, como digo, a que nos cuenten cuentos, hemos perdido la capacidad de entender la poesía.

La poesía no se caracteriza tan sólo porque destaca en ella la función poética del lenguaje, que consiste en un uso peculiar de éste, en el que abundan los recursos literarios, sino por el contenido actualizador que posee. La poesía es presente. Se presenta como un sentimiento actual; así lo emite el poeta y así lo debe recibir el lector, desde cualquier momento del tiempo, desde cualquier época de la historia; se actualiza en el lector u oyente, llega de forma directa al alma del receptor que escucha. Por eso, la poesía requiere una forma de lectura diferente a la que utilizamos en la narración, requiere una consecuencia, un efecto en el oyente.

Cuando tomamos el famoso poema de Catulo:
Vivamus, mea Lesbia, atque amemus,

rumoresque senum severiorum

omnes unius aestimemus assis…
(“Vivamos, Lesbia mía, amémonos y no nos importen un as todas las habladurías de los severos ancianos…” Catulo, Poesías, 5), el poeta se hace presente en el momento real en que joven y enamorado de Clodia escribe su poema a mediados del siglo I a. C. Está superando una distancia de veinte siglos para transmitirnos sus sentimientos directamente, como si hablase.

De esta forma, la creación poética consistiría en conseguir que un presente, que un instante se convierta en una realidad permanente, en una eternidad. Por eso, el poeta se siente envuelto en un halo misterioso, casi religioso y transcendente, porque logra convertir sus palabras, valiéndose de la métrica, del ritmo, de las repeticiones y de los diversos recursos literarios, no sólo en una forma bella, sino en un actualizador de instantes.

Tan sólo tenemos que colocarnos como lectores en el lugar que realmente nos corresponde dentro de un acto de habla, porque en poesía somos receptores directos de las palabras del poeta; de esta manera, lo resucitamos, le volvemos a dar la vida por un instante.

Bécquer nos lo muestra en su poesía en general, dirigida directamente al receptor que quiera vivirla, y nos da la clave en la famosa Rima XXI, que añado a continuación, y que tú, lector, debes leer, no como leerías una novela, imaginando unos personajes, sino abriendo la mente para recibir frente a ti, en tu propia habitación, a Gustavo Adolfo Bécquer, con su intensa mirada y sus ganas de vivir.

 

¿Qué es poesía?, dices mientras clavas

en mi pupila tu pupila azul.

¿Qué es poesía? ¿Y tú me lo preguntas?

Poesía... eres tú.

L.C.

El español en las empresas

 

¿Cómo es posible que las instrucciones de trabajo de una compañía aérea española estén escritas solamente en inglés, mientras que las de la que fabrica los aviones, que es extranjera, están en español primero, y luego también en inglés? ¿A qué se debe este prodigioso fenómeno de amabilidad y deferencia de esta empresa extranjera hacia lo nuestro, cuando el inglés es obligatorio y omnipresente?

Para quien no le importe esto, el primer síntoma es la degradación del idioma (hacer una prueba es ya para siempre hacer un “test”, un pasador de aletas es un “cotter pin”, etc.), con lo que supone esta pérdida en la identidad y la historia de un pueblo; pero además es mucho más grave el hundimiento del patriotismo y el sentimiento inconsciente de formar parte de un país sometido, pobre, a merced del imperio anglosajón.

A una empresa en manos privadas esto le interesa. Aparte de difundir entre miles de empleados el síndrome de la mansedumbre, de asumir que somos un rebaño dirigido desde inalcanzables alturas y de que pertenecemos a un país mediocre, hay un sustancioso ahorro económico en traductores.

¿Qué ocurriría si un dirigente benefactor en nuestra compañía aérea pretendiese emular este rasgo de las empresas fuertes, de ámbito nacional o internacional, y promoviese la lengua española? Pues que hallaría la oposición de los defensores de otras lenguas cooficiales del Estado español. Desgraciadamente aquí la riqueza cultural, la diversidad que bien utilizada produce una suma y no una fragmentación, se ha convertido en un problema. Para satisfacer a todos en la empresa (como intenta nuestro gobierno autonómico), habría que multiplicar los traductores, imprimir en distintas lenguas las mismas instrucciones de trabajo, y un sinfín de trabas creadas por el exponencial auge de los nacionalismos, que todo hecho lingüístico lo trasladan al terreno de lo político, creando debates y eludiendo así problemas más graves de nuestra sociedad.

Para curarse en salud, nuestra compañía aérea (que ya no es nuestra al haber sido malvendida a extranjeros) decidió hace tiempo insistir en la importancia de la lengua inglesa como vehículo de comunicación internacional, que es algo bueno y necesario, fomentando los cursos de inglés para empleados, diccionarios técnicos, etc. Sin embargo, los franceses saben el mismo o más inglés que nosotros y conservan considerablemente mejor su idioma.

Tienen que venir empresas de fuera, curiosamente, a enseñarnos que la lengua que nos une es el español. La más famosa compañía de bebidas de refresco, por ejemplo, con su campaña de nombres propios en latas y botellas, decidió enérgicamente, ante las quejas y peticiones de los nacionalistas, que sólo se imprimirían en los envases nombres españoles.

Nuestras líneas aéreas, y cualquier otra empresa “nacional”, podría hacer lo mismo y no pasaría absolutamente nada, si entendemos que la lengua es una herramienta para comunicarnos y así facilitar nuestro desarrollo. No se quita libertad a nadie, ni se pone un insoportable yugo a nadie. Catalanes y vascos ya aparecían en el Quijote hablando castellano sin que ello causase el menor trauma. En cada región española se habla cada lengua con total libertad, sin la menor posibilidad de abandono. ¿Qué más hace falta?

Creo, por el amor que tengo a todo rincón de la Península y todo territorio español e incluso Iberoamericano, que cada nación o región puede mantener plenamente su identidad pero ser lo bastante cuerda para cuidar el tesoro que tenemos, el castellano, que nos une y comunica a todos.

Lo que ocurre, sin embargo, en la dirección de nuestra empresa y en la del país entero es que hay una enorme cobardía y desgana por enfrentarse a los problemas. O eso o es que estamos en manos de indeseables tan egoístas, corruptos e inmorales que sólo buscan lucrarse a nuestra costa.
E. M.
Esta vez

 

Esta vez, cuando sonó de nuevo el despertador, Mónica golpeó suavemente a Álvaro en el brazo. Ya era demasiado tarde para permanecer en la cama. Pero, ¡qué temprano era! Se habían acostado tardísimo después del gimnasio, la compra, la cena… Para colmo, la madre de Mónica había llamado y estuvieron hablando cerca de hora y media, y todo porque estaban planeando las vacaciones de verano. Mónica quería salir al extranjero, coger un avión y volar muy lejos. Necesitaba olvidar el estrés de estos últimos meses, pero estaban todavía en diciembre y no se irían de vacaciones al menos hasta junio. Lo cierto es que Álvaro no soportaba a Mónica cuando se obsesionaba, en esos momentos se sentía arrastrado por ella y perdía totalmente las ganas de seguirla y, a veces, se rebelaba a aquel impulso obsesivo que ella tenía de llevar las cosas hasta las últimas consecuencias. Sin embargo, se reconocía cobarde, porque esa rebeldía tan sólo se reflejaba en una leve desgana por participar con ella en las tareas domésticas o consistía en molestarla un poco cambiando continuamente de canal cuando estaban frente al televisor. Ella protestaba sin demasiada fuerza entonces y Álvaro aprovechaba para refunfuñar algo entre dientes; finalmente, Mónica salía enfadada de la habitación hasta que se cansaba de esquivar su compañía por la casa y lo buscaba de nuevo. Entonces él sabía que la discusión había terminado, aunque estaba claro que el motivo real no se había aclarado, porque él no se atrevía a exponerlo claramente.

Mónica encendió la luz de la mesilla y Álvaro abrió los ojos despacio, no quería ver la hora. ¡Oh, Dios mío! Sólo tenía quince minutos para ducharse y vestirse, lo de desayunar lo dejaría para después. A media mañana se iba a ver con Mónica en el médico y seguro que tomaban algo entonces.

Cuando salió del dormitorio, ya vestido, encontró a Mónica en el pasillo, con un café en la mano para él.

–Muchas gracias -le dijo al tiempo que le daba un beso en la cara-. Pareces mi madre, nunca me dejaba salir de casa con el estómago vacío.

–Toma el abrigo, anda, que hace frío –contestó Mónica.

–Luego nos vemos.

De camino al trabajo Álvaro estuvo pensando en los últimos cinco años de convivencia con Mónica. Su vida en común parecía bailar a un ritmo estridente y contradictorio. Ella era muy sociable y luchadora, mientras él prefería en muchas ocasiones la soledad, y era, incluso, algo huraño y antipático en las reuniones con amigos o con la familia. Y ahora ella quería tener un hijo, cuando él se había cansado de pedírselo, y lo malo es que Álvaro ya no quería seguirla en este proyecto, pero no era capaz de decirlo. Mónica llevaba meses preparándose para ser madre, justo cuando él decidió no pedírselo más, porque se había cansado de esperar a que ella tuviera estabilidad en el trabajo, a que le subieran el sueldo, a que la hicieran jefa de sección, a que le volvieran a subir el sueldo y, por supuesto, tuvo que esperar a que terminaran de amueblar la casa, y ahora, en el momento en el que Mónica tenía el nido preparado, él ya no tenía ganas de nido ni de bebé, sino que volaba a su aire. “Seguro que no se queda embarazada porque yo no tengo ganas”, pensaba él, “¡menudo anticonceptivo he descubierto!”. Pero aquel día el médico descubriría su secreto, con mirar a su cara de aburrimiento, vería la falta de interés que ponía en el tema. “A veces pienso que Mónica no me ve, no ve mi desgana ni mi apatía”. Parecía imposible que una persona tan cercana a él no se diera cuenta de la realidad, pero la idea de que el médico le iba a descubrir le preocupaba desde hacía días.

En el banco donde trabajaba últimamente había ciertos movimientos y ajustes de personal, pero el puesto que ocupaba Álvaro parecía blindado y no le preocupaban demasiado los comentarios de agoreros y videntes sobre el futuro apocalíptico de la situación laboral. En realidad, no le importaba demasiado, estaba harto del trabajo de cara al público, de las quejas, de las preguntas absurdas y mil veces repetidas, de los chistes viejos de los compañeros y a veces hasta de Mario, su compañero de toda la vida, que se había separado hacía unos meses y lo tenía frito con los líos de faldas en los que ocupaba el tiempo libre. “No creo nada de lo que me dices”, llegó a decirle un día, asqueado de sus historias sobre chicas de veinte años.

Aquella mañana se lo encontró en la puerta del banco nada más llegar y no se libró de la historieta diaria sobre la universitaria de primero de filosofía aficionada al sado. La conversación acabó en una propuesta para salir con él y un grupo de compañeros de trabajo a los que había convencido para conocer esa misma noche un local en el centro donde podrían rifarse las chavalas.

Primero pensó que no iría, porque recordó la cara de Mónica la última vez que se lo propuso, pero hoy iban al médico para iniciar las pruebas de fertilidad y su rebeldía estaba a flor de piel, así que decidió no pedir permiso en casa. ¡Qué felicidad le produjo haber tomado esa decisión! El resto de la mañana la pasó pletórico pensando en la fiesta de aquella noche y en el gruñido de Mónica cuando supiera que no había contado con su opinión.

Cuando se encontró con Mónica en la clínica, Álvaro estaba algo nervioso, temía los ojos del médico observándole y haciendo preguntas incómodas; sin embargo no había nada que temer, si lo pensaba fríamente, nadie podría creer que, haciendo el amor a menudo con su chica, no la dejara embarazada, sólo porque no le apetecía, por llevarle la contraria, por hacerle la puñeta ahora que ella se había obsesionado. Pero lo cierto es que era ése el motivo, él lo sabía, aunque fuera inexplicable. “Seguro que mis espermatozoides bajan en vez de subir”.

Afortunadamente, la ginecóloga que los atendió no se dio cuenta de nada, eso sí, les hizo muchísimas preguntas, pero Mónica se encargó de contestarlas todas y él pudo, incluso, huir mentalmente de la situación, aparentar que prestaba atención, cuando en el fondo estaba felizmente dormido.

Cuando salieron de la consulta, Mónica estaba pletórica, la doctora le había resuelto todas las dudas y comenzarían en breve el tratamiento. Debían empezar con análisis y pruebas, así que la mente de Mónica se llenó de proyectos, objetivos y fechas. No dejaba de hablar sin parar y Álvaro la observaba en silencio, asintiendo de forma mecánica, como había aprendido a lo largo de los años.

–Tendremos que posponer el viaje a Tailandia –dijo de repente- Espero que no te importe demasiado, ayer te vi bastante ilusionado.

–No te preocupes, lo dejaremos para otro momento –contestó él secamente.

–¿Te molesta, cariño?

–No, es que es tarde y tengo que volver al banco. Por cierto, esta noche no cenaré en casa, unos compañeros van al centro a conocer un local de copas que ha recomendado Mario y me han invitado.

–¿Que sales esta noche? –la cara de Mónica delataba su enfado–. No me parece bien que salgas con ese amigo tuyo. Desde que se ha separado es un… bueno, me callo, haz lo que quieras.

–Eso haré.

Mónica se alejó refunfuñando. Álvaro la vio alejarse cabizbaja y enfadada. ¡Lo había conseguido! Podía marcharse contento de haber logrado molestarla, el enfado sólo le duraría una noche, en la que él además iba a dormir a pierna suelta después de la fiesta con Mario y sus amigos.

A la salida del trabajo se dirigieron directamente a un bar del barrio para “calentar” la garganta con unas cervecitas y el partido de fondo amenizó la charla. La noche parecía prometer, porque Mario estaba realmente inspirado en los chistes y las historietas que contaba.

Después de la cena y las risas se fueron al local que Mario les había recomendado y tontearon con chavalas hasta las dos. Álvaro ya llevaba varios cubatas y estaba pletórico y bastante borracho. A las tres de la madrugada decidieron salir de allí, había que trabajar al día siguiente, pero Álvaro no quería marcharse y abandonó al grupo cuando se dirigían de vuelta a casa.

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No conozco este lugar, pero me da la sensación de que no es la primera vez que estoy aquí. Es bello pasear en este bosque y no siento frío, a pesar de lo cercano que está el río. Desde aquí no veo las montañas, pero las intuyo por lo empinado del camino. Algo de niebla oscurece el camino, pero hay luz y un verde intenso brilla a lo lejos.

El crujido de mis pies al caminar rompe el silencio de este lugar solitario. Creo que ahora voy a tener que elegir de nuevo una dirección en este cruce de caminos. Esta vez seguiré hacia la izquierda, porque me aleja del río y del murmullo constante del agua al chocar con las rocas.

Entre estas piedras descansaré un momento. Parece que contemplo a lo lejos entre las copas de los árboles un ave rapaz. Imagino que tiene su nido en alguna cueva de las lejanas montañas. ¡Qué hermoso es su vuelo elegante y suave, parece hacerlo sin esfuerzo!

Si sigo caminando algo más hacia derecha, volveré a encontrarme de nuevo junto al río. Ya está cerca, oigo el rumor de las aguas. Dormiré de nuevo junto a esta fuente…

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Mónica esperaba nerviosa a que algún médico le diera noticias de Álvaro. En ese momento salió el doctor, se dirigió a ella y en un tono tranquilo le explicó:

–La policía ha encontrado a Álvaro en un pub del centro. Estaba dormido, parece ser que había consumido bastante alcohol, sin embargo no se trata de un coma etílico. Hemos comprobado a través de análisis que no hay restos de narcóticos ni somníferos, tampoco se trata de un caso de amnesia y no está inconsciente. No sabemos el motivo, pero su novio permanece dormido de forma permanente.

–Pero, doctor, ¿está bien? ¿Se recuperará, volverá a despertar?

–Todo depende de él, si se cansa de dormir…
Laura de Jesús Castro Pastor

26 de enero de 2014

 

labriego2


Labor omnia vincit”


Estéril

 

(Eduardo Madrid)

 

Querer tirar la vida por la borda

y quedarse dormido todo el día;

planear los detalles de la huida

y anegarse en el llanto que desborda.

 

Moverse ciego en la locura sorda

y sucumbir en la verdad vacía;

dar la razón a la razón tardía

y huir de nuevo a su insaciable horda.

 

Arrastrar un presente sin futuro,

volar en un futuro sin presente,

y del pasado estéril olvidarse.

 

Enamorarse y dormir, tocar un muro,

aprender y olvidar constantemente,

y así hallará quien busque lamentarse.

 

 

 

14 de enero de 2014

 

In memoriam David Gutiérrez Martínez

 

(Laura Castro)

 

Te has quedado, David, en el Camino

una tarde de enero oscura y fría.

Te has quedado por siempre, amigo mío,

entre los girasoles de septiembre.

 

No ha logrado la Parca, sin embargo,

borrar tu sonrisa dulce y sabia

que dibujas ahora eternamente

sobre el cielo estrellado de Santiago.

 

Por favor, no te alejes de mi lado,

necesito tu abrazo tierno y tibio,

tu palabra medida, tu cayado,

 

la certeza del sueño del encuentro,

y la fe de que un día nos veremos

en el Monte do Gozo con los nuestros.

 

 

 

12 de enero de 2014

 



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