Lo que pensó Juana, la Loca






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títuloLo que pensó Juana, la Loca
fecha de publicación09.09.2015
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Lo que pensó Juana, la Loca.
“Mi amor, no me gusta pensar ni hacer promesas antes de tiempo, pero cuando se trata de ti, Felipe, el único amor de mi vida, - sí, el único amor de mi vida, (no sonrías al leer esto, por favor), todo es de verdad. Es verdad que te quiero, te adoro, me acompañas en cada instante de mi vida y te hago la promesa siguiente: te seguiré amando hasta la muerte y después de ella. Si yo muero antes que tú, estarás a mi lado en el más allá y Dios aprobará el que estemos juntos. Si es al contrario, yo estaré a tu lado siempre besando tu boca aunque esté fría, cada vez más fría a medida que pase el tiempo y calentaré tus labios con los míos. Tu ataúd lo llevaré conmigo adonde quiera que vaya, lo abriré por un lado y en esa parte de la madera caída sobre una alfombra, me acostaré a tu lado para que pasemos las noches juntos. Tu ataúd lo llevaré conmigo dondequiera que vaya, insisto, y yo sola le acompañaré, te lo advierto. Solo a mí me pertenece tu cuerpo en vida y después de muerto. O quizás deje a esa vieja fea y repugnante que se ocupaba de hacer todos los bajos oficios en el Castillo cuando aún tú vivías. Que me despierte si llego a dormirme.
Si llegas a leer esta carta pensarás sin duda que estoy loca haciendo profecías de mal augurio. No y Sí, amor mío.

No quiero perderte nunca porque te amo demasiado. Sí, estoy loca de amor y de celos. El amor y los celos van siempre de la mano, además me gusta jugar con las palabras, como tú sabes muy bien.
El AMOR mueve el mundo y sin él la tierra solo tendría árboles y vegetación, sierras llenas de nieve, caminos solitarios, lluvias y tormentas sin casas donde guarecerse.
Seguirás pensando querido Felipe en una imaginación fecunda dentro de mi cabeza, pero admitirás después que

tengo razón; sin amor no hay familia, sin amor no se construyen casas, si amor no se riegan los barbechos…

Te llevaré con mi varita mágica a un Castillo construido expresamente para ti en la cima de una montaña, en Tordesillas, cerca de Valladolid; más que un palacio yo lo presiento como una fortaleza provistas de troneras, fosos y puentes levadizos, No te asustes, querido Felipe, de mis descripciones. Hablo de puentes levadizos porque cuando tú llegues al Castillo yo daré órdenes de levantar cualquier puente y así nadie podrá entrar y estaremos los dos solos cuanto tiempo queramos, amándonos, hablando de amor, el amor que resonará como una música en nuestros oídos.
Siendo tu Hada Madrina al principio por arte de magia, me convertiré en esa clase de mujer lasciva y pegajosa que tanto te seduce y puede seducirte como de costumbre para ofrecerte mi cuerpo desnudo y el tuyo completamente desnudo también, unidos los dos para procrear una numerosa familia en el tálamo nupcial, para estar orgullosos en un porvenir presente y futuro, salpicado y lleno y llenos de sonrisas infantiles, cuidados maternales como es lógico que así sea.

De esa manera, como te escribí antes, estaremos unidos eternamente mismo si la muerte nos separa. Si muero yo primero… No, esto no es mi testamento, perdóname mi amor, estas líneas son solo un carta basada sobre el amor loco, irresistible que siento por ti desde el primer que mis ojos te miraron y pude recrearme sin disimulos tontos en tu belleza tan varonil, tu apostura desafiante como la de un gladiador romano, alto, robusto, extremadamente ágil en todos los deportes de la época en que nos tocó vivir; por algo te llamaron Felipe, el Hermoso, pero sobre este apodo no quiero insistir porque fueron otras mujeres quienes lo impusieron en toda la península, ni sobre el rumor que llegaba hasta mis oídos sobresaltados sobre tus comportamientos veleidosos y alterados por cualquier mujer bella que encontrabas en tu camino.
Desde el primer momento que te vi supe que jamás pertenecería a otro hombre. Tú si podías tener a otras mujeres

entre tus manos, pero ese no era mi caso. Sé que tuviste muchas mujeres sobre edredones cómodos donde hacer el amor era un doble placer. Me volviste loca de celos incontrolables. De todas maneras no te los reprocho en esta carta. Solo la escribí para que supieras mis diversos estados de ánimo y comprendieras algunas de mis locuras.
La gente anda diciendo por ahí que he perdido la razón por culpa de ti y de mi madre, la poderosa Reina de Castilla que teme siempre por mi salud mental como corporal. Yo no les hago caso. El universo de las conquistas no me seduce de ninguna manera, Sus guerras contra los moros, mucho menos. Yo solo he participado en la conquista de un solo hombre: solo tú has sido mi caballo de combate, mi guerrilla de combate, mi guerrilla personal para que te enamoraras de mí.
La gente también dice por ahí que no te gusta vivir en España porque eres flamenco, de otro país, que hablas otros idiomas, francés, por ejemplo. Adoro escuchar estos comentarios de la plebe porque me convencen de que si estás entre los españoles se debe únicamente a mi presencia, a nuestro amor y eso me colma de satisfacción y orgullo.
Cuando regreses de Lyón, Friburgo y esas capitales de tan difícil pronunciación, te estaré esperando, como siempre debajo de ese Arco de Piedra donde nos besamos por vez primera, ¿recuerdas? Yo iba vestida de terciopelo rojo con bordados de oro y guarniciones de perlas, ese famoso vestido que tanto te gustaba.

Te adoro, te adoro, amor de mis amores, estoy y estaré siempre loca de amor por ti, mi hombre, mi querido esposo, mi marido ante Dios y los hombres, mi querido Felipe el Hermoso que llegó de Flandes para casarse conmigo.
No lo olvides nunca, estoy loca… de amor por ti.
De cualquier manera estaremos unidos eternamente, mismo si la muerte nos separa… No, no, estoy escribiendo no es mi testamento, perdóname, estas líneas son solo el contenido de una carta basada sobre el amor loco que siento por ti desde el primer día en que mis ojos te miraron y pude recrearme sin disimulos tontos en tu belleza varonil, tu apostura desafiante como la de un gladiador romano, alto, robusto, extremadamente ágil en todos los deportes de la época en la que nos tocó vivir – por algo te llamaron el Hermoso – pero sobre este apodo no quiero insistir porque fueron otras mujeres quienes lo impusieron en toda la península, ni sobre el rumor que llegaba hasta mis oídos sobresaltados sobre tus comportamientos veleidosos y alterados por cualquier mujer bella que encontrases en tu camino.
Desde el primer momento que te miré supe que jamás podría pertenecer a otro hombre. Tú si podías tener a otras mujeres en tus manos. De cualquier manera no te lo reprocho en esta carta. Solo la escribí para que supieras algunas de mis locuras. La poderosa Reina de Castilla teme por mi salud mental y corporal. Yo no la hago caso. Su mundo de de conquistas no me interesa; sus guerras contra los moros, mucho menos, Yo solo he participado en la conquista de un solo hombre.
La gente anda diciendo que no te gusta vivir en España porque eres flamenco, de otro país, que hablas francés. Adoro oír estos comentarios porque me convencen de que si estás entre españoles se debe únicamente a mi presencia y eso me colma de satisfacción y orgullo.
Tú eras ambicioso, con una cultura extraordinaria. Querías ser médico como tu padre, lo fuiste. Querías frecuentar las grandes escuelas, las Facultades de Medicina de categoría. Lo lograste

Tener títulos internacionales, los tuviste. Eras ambicioso.
Querido, te lo repito, yo estaba orgullosa de ti en todos los sentidos y con todos mis sentidos. El primer dinero que ganaste como médico principiante me los regalaste a mí y te aseguro que fue que fue un regalo maravilloso. Me tuviste pendiente de tus labios, de tus caricias, de tu pelo rubio, de tus ojos azules, de esas rosas rojas que ponías en los vasos azules de cristal en las habitaciones que alquilabas al azar tres veces por semana para lograr que nuestro amor se consolidara con la posesión de nuestros cuerpos.

¿Ves, amor mío? , no he olvidado nada de lo que se refiere a ti, a pesar del tiempo transcurrido. Te amé entonces, nos amamos locamente como se aman los jóvenes cuando encuentran el amor por vez primera.
Querido, en esta carta no te cuento nada que tú no sepas, pero la escribo con la esperanza de que la recibas pronto y me contestes enseguida, No sé por qué te la escribí, seguí un impulso, el de mi amor y espero que contestes pronto. No importa lo que pase, lo que estés haciendo a la hora actual. Contéstame por favor, amor mío.

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Los ojos en los ojos, las manos en las manos y así empezó la historia de nuestros corazones.

Eso no lo dijo un poeta hindú, o un poeta americano – según me dijo Su Real Alteza, mi madre -, te lo digo yo

.la mujer que nunca te olvidará.

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