Luis cernuda un hombre con su amor






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títuloLuis cernuda un hombre con su amor
fecha de publicación08.09.2015
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LUIS CERNUDA

Un hombre con su amor



  1. Presentación

  2. Contigo Canción

  3. Si el hombre pudiera decir (en medio)

  4. El viento y el alma / Sino Canción

  5. El prisionero (intro)

  6. Donde habita el olvido Poema – Danza – Voz Cernuda

  7. Un hombre con su amor Canción

  8. Te quiero (intro)

  9. País Canción

  10. Después de hablar (en medio)

  11. Jardín Antiguo Canción

  12. El amante divaga (intro)

  13. Ocnos (fragmentos)

  14. Quisiera estar solo en el sur Canción

  15. Un español habla de su tierra (intro)

  16. Málibu Canción

  17. Antes de irse (intro)

  18. La vida Danza – Poema – Canción – Voz Cernuda

  19. Despedida (después de un estribillo)


SI EL HOMBRE PUDIERA DECIR



Si el hombre pudiera decir lo que ama,

Si el hombre pudiera levantar su amor por el cielo

Como una nube en la luz;

Si como muros que se derrumban,

Para saludar la verdad erguida en medio,

Pudiera derrumbar su cuerpo, dejando sólo la verdad de

su amor,

La verdad de sí mismo,

Que no se llama gloria, fortuna o ambición,

Sino amor o deseo,

Yo sería aquel que imaginaba;

Aquel que con su lengua, sus ojos y sus manos

Proclama ante los hombres la verdad ignorada,

La verdad de su amor verdadero.
Libertad no conozco sino la libertad de estar preso en

alguien

Cuyo nombre no puedo oír sin escalofrío;

Alguien por quien me olvido de esta existencia mezquina,

Por quien el día y la noche son para mí lo que quiera,

Y mi cuerpo y espíritu flotan en su cuerpo y espíritu

Como leños perdidos que el mar anega o levanta

Libremente, con la libertad del amor,

La única libertad que me exalta,

La única libertad por que muero.
Tú justificas mi existencia:

Si no te conozco, no he vivido;

Si muero sin conocerte, no muero, porque no he vivido.

EL PRISIONERO



Atrás quedan los muros

Y las rejas, respira

La libertad ahora,

A solas con tu vida.
Como nube en el aire,

Como luz en el alba,

Mira la tierra toda

Abierta ante tu planta.
Mas libertad sin nadie

Ganaste, y te parece

Victoria desolada,

Figura de la muerte.


DONDE habite el olvido,

En los vastos jardines sin aurora;

Donde yo sólo sea

Memoria de una piedra sepultada entre ortigas

Sobre la cual el viento escapa a sus insomnios.
Donde mi nombre deje

Al cuerpo que designa en brazos de los siglos,

Donde el deseo no exista.
En esa gran región donde el amor, ángel terrible,

No esconda como acero

En mi pecho su ala,

Sonriendo lleno de gracia aérea mientras crece el tormento.
Allá donde termine este afán que exige un dueño a imagen

suya,

Sometiendo a otra vida su vida,

Sin más horizonte que otros ojos frente a frente.
Donde penas y dichas no sean más que nombres,

Cielo y tierra nativos en torno de un recuerdo;

Donde al fin quede libre sin saberlo yo mismo,

Disuelto en niebla, ausencia,

Ausencia leve como carne de niño.
Allá, allá lejos;

Donde habite el olvido.

TE QUIERO



TE quiero.
Te lo he dicho con el viento,

Jugueteando como animalillo en la arena

O iracundo como órgano tempestuoso;
Te lo he dicho con el sol,

Que dora desnudos cuerpos juveniles

Y sonríe en todas las cosas inocentes;
Te lo he dicho con las nubes,

Frentes melancólicas que sostienen el cielo,

Tristezas fugitivas;
Te lo he dicho con las plantas,

Leves criaturas transparentes

Que se cubren de rubor repentino;
Te lo he dicho con el agua,

Vida luminosa que vela un fondo de sombra;
Te lo he dicho con el miedo,

Te lo he dicho con la alegría,

Con el hastío, con las terribles palabras.
Pero así no me basta:

Más allá de la vida,

Quiero decírtelo con la muerte;

Más allá del amor,

Quiero decírtelo con el olvido.

DESPUÉS DE HABLAR




No sabes guardar silencio

Con tu amor. ¿Es que le importa

A los otros?

Callado, callado ahora
Sufre, pero nada digas.

Es el amor de una esencia

Que se corrompe al hablarlo:

En el silencio se engendra,
Por el silencio se nutre

Y con silencio se abre

Como una flor. No lo digas;

Súfrelo en ti, pero cállate.
Si va a morir, con él muere;

Si va a vivir, con él vive.

Entre muerte y vida, calla,

Porque testigos no admite.
EL AMANTE DIVAGA

Acaso en el infierno el tiempo tenga

La ficción de medida que le damos

Aquí, o acaso tenga aquella desmesura

De momentos preciosos en la vida.

No sé. Más allá el tiempo, según dicen,

Marcha hacia atrás, para irnos desviviendo.
Así esta historia nuestra, mía y tuya

(Mejor será decir nada más mía,

Aunque a tu parte queden la ocasión y el motivo,

Que no es poco), otra vez viviremos

Tú y yo (o viviré yo sólo),

De su fin al comienzo.
Extraño será entonces

Pasar de los principios del olvido

A aquel fervor iluso, cuando todo

Se animaba por ti, porque vivías,

Y de ahí a la ignorancia

De ti, anterior a nuestro hallazgo.
Infierno y paraíso

Los creamos aquí, con nuestros actos

Donde el amor y el odio brotan juntos,

Animando el vivir. Y yo no quiero

Vida en la cual ya tú no tengas parte:

Olvido de ti, sí, mas no ignorancia tuya.
El camino que sube

Y el camino que baja

Uno y el mismo son; y mi deseo

Es que al fin de uno y de otro,

Con odio o con amor, con olvido o memoria,

Tu existir esté allí, mi infierno y paraíso.


Llega un momento en la vida cuando el tiempo nos alcanza. (No sé si expreso esto bien.) Quiero decir que a partir de tal edad nos vemos sujetos al tiempo y obligados a contar con él, como si alguna colérica visión con espada centelleante nos arrojara del paraíso primero, donde todo hombre una vez ha vivido libre del aguijón de la muerte. ¡Años de niñez en que el tiempo no existe! Un día, unas horas son entonces cifra de la eternidad. ¿Cuántos siglos caben en las horas de un niño?
Hay destinos humanos ligados con un lugar o con un paisaje. Allí en aquel jardín, sentado al borde de una fuente, soñaste un día la vida como embeleso inagotable. La amplitud del cielo te acuciaba a la acción; el alentar de las flores, las hojas y las aguas, a gozar sin remordimientos.
Más tarde habías de comprender que ni la acción ni el goce podrías vivirlos con la perfección que tenían en tus sueños al borde de la fuente. Y el día que comprendiste esa triste verdad, aunque estabas lejos y en tierra extraña, deseaste volver a aquel jardín y sentarte de nuevo al borde de la fuente, para soñar otra vez la juventud pasada.
UN ESPAÑOL HABLA DE SU TIERRA
Las playas, parameras

Al rubio sol durmiendo,

Los oteros, las vegas

En paz, a solas, lejos;
Los castillos, ermitas,

Cortijos y conventos,

La vida con la historia,

Tan dulces al recuerdo,
Ellos, los vencedores

Caínes sempiternos,

De todo me arrancaron.

Me dejan el destierro.
Una mano divina

Tu tierra alzó en mi cuerpo

Y allí la voz dispuso

Que hablase tu silencio.
Contigo solo estaba,

En ti sola creyendo;

Pensar tu nombre ahora

Envenena mis sueños.
Amargos son los días

De la vida, viviendo

Sólo una larga espera

A fuerza de recuerdos.
Un día, tú ya libre

De la mentira de ellos,

Me buscarás. Entonces

¿Qué ha de decir un muerto?

ANTES DE IRSE



Más no pedí de ti,

Tú mundo sin virtud,

Que en el aire y en mí

Un pedazo de azul.
A otros la ambición

De fortuna y poder;

Yo sólo quise ser

Con mi luz y mi amor.

LA VIDA
Como cuando el sol enciende

Algún rincón de la tierra,

Su pobreza la redime,

Con risas verdes lo llena,
Así tu presencia viene

Sobre mi existencia oscura

A exaltarla, para darle

Esplendor, gozo, hermosura.
Pero también tú te pones

Lo mismo que el sol, y crecen

En torno mío las sombras

De soledad, vejez, muerte.
DESPEDIDA
Muchachos

Que nunca fuisteis compañeros de mi vida,

Adiós.

Muchachos

Que no seréis nunca compañeros de mi vida,

Adiós.
El tiempo de una vida nos separa

Infranqueable:

A un lado la juventud libre y risueña;

A otro la vejez humillante e inhóspita.
De joven no sabía

Ver la hermosura, codiciarla, poseerla;

De viejo la he aprendido

Y veo a la hermosura, mas la codicio inútilmente.
Mano de viejo mancha

El cuerpo juvenil si intenta acariciarlo.

Con solitaria dignidad el viejo debe

Pasar de largo junto a la tentación tardía.
Frescos y codiciables son los labios besados,

Labios nunca besados más codiciables y frescos aparecen.

¿Qué remedio, amigos? ¿Qué remedio?

Bien lo sé: no lo hay.
Qué dulce hubiera sido

En vuestra compañía vivir un tiempo:

Bañarse juntos en aguas de una playa caliente,

Compartir bebida y alimento en una mesa,

Sonreír, conversar, pasearse

Mirando cerca, en vuestros ojos, esa luz y esa música.
Seguid, seguid así, tan descuidadamente,

Atrayendo al amor, atrayendo al deseo.

No cuidéis de la herida que la hermosura vuestra y vuestra

gracia abren

En este transeúnte inmune en apariencia a ellas.
Adiós, adiós, manojos de gracias y donaires.

Que yo pronto he de irme, confiado,

Adonde, anudado el roto hilo, diga y haga

Lo que aquí falta, lo que a tiempo decir y hacer aquí no supe.
Adiós, adiós, compañeros imposibles.

Que ya tan sólo aprendo

A morir, deseando

Veros de nuevo, hermosos igualmente

En alguna otra vida.

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