Sin pinceles, sin paleta, sin papel, sin lápiz, Ricardo, poeta lírico incorregible, huyendo de las agitaciones y turbulencias, de las máquinas y de los fardos






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títuloSin pinceles, sin paleta, sin papel, sin lápiz, Ricardo, poeta lírico incorregible, huyendo de las agitaciones y turbulencias, de las máquinas y de los fardos
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- XLI -


     Otra hospitalidad de buen humor que me acogiera por esos días fue la del excelente amigo Rouquad. Allí rendíamos tributo a la gula, con platos suculentos que solía dirigir el dueño de casa. Allí llegaban, entre otros compañeros ya nombrados, un joven poeta de audacia y fantasía, que ha producido después libros muy plausibles. Se llamaba Américo Llanos, era de origen uruguayo y desempeña actualmente el consulado de su país en San Sebastián de España, con su verdadero nombre, Armando Vasseur. Iba también cierto ábate francés, de apellido Claude, que enseñaba su idioma al melodioso y elegante lírico de dorados cabellos, Eugenio Díaz Romero. Este ábate tenía una historia de las más escabrosas y que habría interesado a Barbey d'Aureville. Era sobrino de un cardenal. Había venido a la Argentina muy bien recomendado, pero al hombre le gustaban mucho los alcoholes, en especial la demoníaca agua verde del ajenjo. En una de las provincias colgó los hábitos, pues se había enamorado locamente de la mujer con quien tuvo varios hijos. Ella, atemorizada o arrepentida, le abandonó para casarse con otro; y poseyó al abate la mayor desesperación, y la desesperación y el veneno verde le llevaron casi a la locura. Volvió a Buenos Aires y entonces fue cuando le conocí. En La Nación he publicado una página en que narro cómo el general Mitre pudo socorrer una vez al infeliz religioso, en momentos de miseria y de angustia. Mucho tiempo después, se me apareció en París, el desventurado. Iba de nuevo vestido con sus ropas talares. Lo tenía recluido el arzobispo en un convento. Le dejaban salir muy de tarde en tarde y en compañía de algún otro sacerdote; pero esa vez llegó solo. Me contó sus horas de oración y de arrepentimiento, mas poco a poco se fue exaltando. -«Vamos, me dijo, a dar una vuelta». Yo le acompañé a la calle. Conversaba ya tranquilo, ya agitado, sobre todo cuando me recordaba a la mujer de quien estaba enamorado, y a sus hijos. Y como pasáramos cerca de un café: -«Entremos, me dijo, tengo mucha sed, tomaremos algún refresco». Por más que me opuse, vi que la cosa era irremediable. Entramos, y con asombro de los concurrentes, el abate, en vez de un refresco, ya comprenderéis que pidió su veneno. Yo me despedí más tarde. Al día siguiente llegó a verme de nuevo en un estado lamentable. Me dijo que todo aquello no era sino obra del demonio; que él estaba arrepentido y que para el mal de raíz, se iría a una cartuja que está en una isla cerca de Niza. Creí que todas esas promesas eran historias; pero el abate desapareció y a los pocos días recibía yo unas cuantas fotografías de la Cartuja y una carta en que el triste me anunciaba su definitiva separación del mundo. No volví a saber nunca más de él.

 

- XLII -


     En la redacción de Tribuna me relacioné, por presentación de Mariano de Vedia, con el doctor Lorenzo Anadón, con el general Mansilla, y los poetas Carlos Roxlo y Christian Roeber. Mansilla simpatizó mucho conmigo y publicó a este respecto un precioso y chispeante artículo. Le visité. En su casa me mostró cosas curiosísimas, entre ellas el mejor retrato que yo haya visto de su tío don Juan Manuel de Rozas. Alcancé a conocer también a su madre, doña Agustina, la belleza célebre que aún resplandecía en su ancianidad, y a quien, cuando murió, deshojé uh ramillete de rosas literarias. El poeta Roxlo era de trato suave y delicado y no adivinaba yo en él al futuro vigoroso combatiente de las luchas políticas. Publicaba sus versos impregnados de perfume patrio y en los cuales hay sollozos de guitarra pampera, melancólicos aires rurales, y la revelación armoniosa de un profundo sentir. Roeber era tipo romántico y legendario. Su novela vital se contaba en voz baja. Se decía que, por drama de amores, lo que menos le había pasado era recibir una bala en la cabeza, en duelo, por lo cual tuvo que estar un tiempo encerrado en un manicomio. Es lo cierto que tenía un conocido título español, con el cual publicó una serie de traducciones de las novelas de cierto alegre y ha tiempo pasado de moda autor francés. Mansilla me dio una comida a la cual invitó a algunos intelectuales. Tengo presente la larga conversación que allí tuve con el doctor Celestino Pera, y la interesantísima facundia de nuestro anfitrión, que narrara amenos sucesos y prodigara agudas ocurrencias, felices frases, con ese poder de conversador ágil y oportuno que se ha reconocido en todas partes.

     Fundé una revista literaria en unión de un joven poeta tan leído como exquisito, de origen boliviano. Ricardo Jaimes Freyre, actualmente vecino de Tucumán. Ricardo es hijo del conocido escritor, periodista y catedrático que ha publicado tan curiosas y sabrosas tradiciones desde hace largo tiempo, en su país de Bolivia, y que en Buenos Aires hizo aparecer un valioso volumen sobre el antiguo y fabuloso Potosí. Él y su hijo eran para mí excelentes amigos. Con Brocha Gorda, pseudónimo de Jaimes padre, solíamos hacer amenas excursiones teatrales, o bien por la isla de Maciel, pintoresca y alegre, o por las fondas y comedores italianos de La Boca, en donde saboreábamos pescados fritos, y pastas al jugo, regados con tintos chiantis y obscuros barolos. Quien haya conversado con Julio L. Jaimes, sabrá del señorito y del ingenio de los caballeros de antaño.

     Con Ricardo no entrábamos por simbolismo y decadencias francesas, por cosas d'annunzianas, por prerrafaelismos ingleses y otras novedades de entonces, sin olvidar nuestras ancestrales Hitas y Berceos, y demás castizos autores. Fundamos, pues, la Revista de América, órgano de nuestra naciente revolución intelectual y que tuvo, como era de esperarse, vida precaria, por la escasez de nuestros fondos, la falta de suscripciones y, sobre todo, porque a los pocos números, un administrador italiano, de cuerpo bajito, de redonda cabeza calva y maneras untuosas, se escapó, llevándose los pocos dineros que habíamos podido recoger. Y así acabó nuestra entusiasta tentativa. Pero Ricardo se desquitó, dando a luz su libro de poesías Castalia Bárbara, que fue una de las mejores y más brillantes muestras de nuestros esfuerzos de renovadores. Allí se revelaba un lírico potente y delicado, sabio en técnica y elevado en numen.

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