Defensas ante la piratería inglesa en las costas del Nuevo Mundo: del encomio imperial a la vituperación jocosa






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Pedro Lasarte

Boston University
Defensas ante la piratería inglesa en las costas del Nuevo Mundo: del encomio imperial a la vituperación jocosa
El estudio de la compleja interacción entre la producción literaria administrativa u oficial y la sátira en los virreinatos americanos puede, a mi parecer, dar frutos históricos, sociales y literarios de importancia e interés. Es un lugar común, y no sin cierto mérito, el polarizar ideológicamente, por un lado, ciertos géneros considerados oficiales, como, entre otros, memoriales, gacetas, teatro, o poesía épica; y por otro lado, el género satírico. Los primeros, en cierto sentido son vistos como portavoces de lo que se viene pensando como discurso imperial, mientras que el segundo se puede visualizar como subversivo, o, si se quiere, en última instancia, anti-imperial. Ahora, si bien tal polarización a grandes pinceladas puede dar una visión no equivocada en términos generales, hay que advertir que una aproximación más detenida a tal tajante oposición más bien nos lleva a visualizar fisuras y contradicciones. Menciono esto para dejar constancia de que si en este ensayo me aproximaré a textos que parecen ser tendenciosamente unívocos, aclaro--como he escrito en otro lugar--que al ver las obras o los poetas en su producción más total, éstos más bien se escapan de lo que aquí parecerá bastante unidimensional y tendencioso--ya defensor, ya subversivo--hacia el poder.1 Como bien ha sugerido María Soledad Barbón, para el caso de la sátira tal comprensión conlleva «residuos de una historiografía liberal, iniciada en la segunda mitad del siglo XIX, que tras un primer rechazo de la época colonial construyó un esquema teleológico de la literatura cuyo punto final es la independencia política»2. A continuación intentaré abordar este asunto, acercándome primero a un poema satírico de fines del siglo XVI, anónimo, aunque atribuido a Mateo Rosas de Oquendo, La victoria naval Peruntina; y luego, dos poemas de Juan del Valle y Caviedes, satírico virreinal peruano de las últimas décadas del siglo diecisiete.3

El poema épico burlesco La victoria naval Peruntina es conocido, aunque poco, por su parodia de los elogios hechos por Pedro de Oña en su Arauco Domado a la participación de don Beltrán de Castro y de La Cueva en el combate naval que tuvo con el pirata Ricardo Aquines (Richard Hawkins) en las afueras del Callao hacia 1594. Precisamente, el 17 de mayo de ese año Don García Hurtado de Mendoza, Virrey del Perú, recibe noticia de la presencia del inglés y se encamina al puerto del Callao para preparar la defensa de las costas de la capital virreinal. Para el caso pone a su cuñado, don Beltrán de Castro y de la Cueva al mando de una flota de tres galeones y tres patajes para que salga a la caza del inglés. Después de doce días divisa su bandera en el puerto de Chincha, pero una inesperada tormenta le obliga a regresar al Callao. Luego de una rápida recuperación zarpa nuevamente, ahora al mando de sólo dos navíos, la Almiranta y la Galizabra, con los cuales logra darle alcance al inglés en las afueras de San Mateo, e inicia una batalla naval en la cual Hawkins resulta herido y llevado prisionero al puerto de Panamá. El 14 de septiembre, día de la «fiesta de la Cruz», llega la noticia a Lima y causa gran entusiasmo. Tal es así que en ese mismo año de 1594 se publica uno de los primeros incunables de la imprenta en Lima, una Relación por Pedro Valaguer de Salzedo, Correo Mayor del Perú, en la cual el triunfo de Beltrán de Castro recibe una hiperbólica celebración, sobre todo tratándose de la posible invasión de un hereje luterano--recordemos que la amenaza protestante ya era encarada fuertemente por la corona española--. Allí, es decir en la relación, leemos que el virrey Hurtado de Mendoza

fue al monasterio de sant Agustín donde visitó el Sanctisimo sacramento [. . .] dando gracias por tan célebre, y importante victoria, y por mas regozijarla, anduvo por las calles, acompañado de sus criados, y de otros muchos caualleros, y vezinos, que acudieron con sus hachas encendidas, y el viernes siguiente [. . .] se hizo vna muy solemne y general procession . . . y el sábado se corrieron toros, [y] se van haziendo otras fiestas y regocijos4.
Debemos reconocer que el acalorado júbilo que causó la derrota de Hawkins se daba no mucho tiempo después de la derrota de la llamada «armada invencible», en 1588 por los ingleses y también las múltiples incursiones de piratas, como las de Drake en 1579. El rey mismo, en carta congratulatoria a García Hurtado de Mendoza, la llama una importantísima derrota que pondrá fin a futuros intentos de piratería5. Cabe notar que la alabanza del evento hace escuela: la recuerda, por ejemplo, entre otros, Cristóbal Suárez de Figueroa en 1613, luego cruza el océano y es revisada por Lope de Vega en su comedia Arauco domado (c. 1618), y llega a ser exaltada aun en el siglo dieciocho por Luis Antonio Oviedo de Herrara, Conde de la Granja en su Vida de Santa Rosa de Lima6. Pero lo que nos interesa aquí es el elogio de la musa épica. En el Arauco domado de Pedro de Oña (1596), leemos que don Beltrán de Castro es «luz resplandeciente de la Cueva; / Aquél que por blasón y gloria nueva / Merece en vida estatua de alabastro, / Y en muerte, si la muerte al fin le llama / altares consagrados a la Fama»7. Y sobre su participación en la batalla naval, escuchamos que «Solícito a su bando solicita, / Al falto ya de espíritu conhorta, / Al sin sazón colérico reporta, / Al que parece inhábil habilita; / [. . . ] / Y estando todo en todo lo que importa, / [. . .] / colma las medidas de su cargo»8.

Ahora, a pesar de que la derrota de Hawkins sin duda fue un episodio importante, lo que deseo aquí es contrapuntear estos elogios con la sátira, elogios que sin duda exageraban el incidente, demostrando una actitud «monumentalizadora» del evento--por así decirlo--y algo que conllevaba un propósito ideológico deseoso de reforzar el poder, ya debilitado, de la corona virreinal y su dominancia marítima. El poema épico burlesco, La Peruntina, que sin duda circuló en forma manuscrita por esos momentos, habría hecho reír a más de un habitante del virreinato, a pesar de la aprensiones que podrían sentir ante la amenaza inglesa. No hay que olvidarse que ésta era real y causó estragos y muertes. Acerquémonos entonces a algunas instancias del diálogo paródico que este poema entabla con el Arauco domado y la ya vista exaltación de los hechos heroicos de Beltrán de Castro y de la Cueva.

Primero habrá que ver el acercamiento jocoso de La Peruntina a varias de las convenciones literarias utilizadas por Oña. Lo primero que se nota al abrir un texto épico son los «preliminares», páginas introductorias que, además de las necesarias aprobaciones, incluían varias composiciones en alabanza del autor. Para el caso del Arauco domado, Oña es elogiado por un número de representantes del sector letrado virreinal. A modo de ejemplo veamos una, del Doctor Jerónimo López Guarnido, «Catedrático de Prima de Leyes de la Universidad de Lima»:

Vuestro talento oculto, en lo secreto

Ha sido bien que en sí no se consuma

Sino que en otro gran Pompeyo Numa

Muestre (causando asombre) su consuelo

[. . .]

El censo os dan, que daros no se excusa,

Porque en la perfección de la poesía,

Oña divino, a todos váis sobrando9.
Lo que se nota aquí es que estos textos introductorios tenían un importante valor oficial, y no es casualidad, por lo tanto, que se he hallen parodiados, de una manera interesante, en La Peruntina. Aunque a primera vista la disposición del poema carece de composiciones preliminares como las del Arauco domado, una lectura detenida de sus primeros setenta y ocho versos trasluce una intencionada parodia de tales elogios de autor. Allí un narrador anónimo le entrega al lector la figura del poeta que ha de cantar la derrota de Hawkins. Éste, sin embargo, a diferencia de lo dicho sobre Oña, es un hombre «ocioso, pobre y mal contento / . . . / un poco libre, algo impertinente»10 (vv. 1-4) ; y sobre su integridad moral leemos que «entre los cortesanos es pasante, / entre los académicos novicio, / y entre los letrados mete su cuchara, / y no hay cosa de que no sepa un poco, / y todo junto viene a ser nonada» (vv. 13-17) . Por otro lado es importante notar también que la individualidad y privilegio de la voz poética, o épica, sufre una desarticulación, presentándose como voz popular normalmente excluida del habla oficial. En referencia al entusiasmo ante la derrota de Hawkins, el narrador de La Peruntina se presenta como testigo de «las fiestas, procesiones, luminarias, / parabienes, congratulaciones, / relaciones impresas» (vv. 39-41) . Él habría compartido con el pueblo un descontento ante los favores otorgados por la corona a raíz del triunfo naval: «encomiendas de repartimientos / a títulos de premios de guerra, / recibimientos de los capitanes / en forma de triunfal y aclamaciones / . . . / pareciéndoles para sólo un huevo / mucho cacarear de gallinas / y chico el santo para tanta fiesta» (vv. 47-54). Y de inmediato, a diferencia del poema épico inspirado por las musas, el narrador nos dice que él va a cantar más bien «llevado por las olas de la gente / y convencido de la muchedumbre» (vv. 56-57) . Hay que anotar aquí que, curiosamente, la historia parece quizás respaldar esta postura jocosa y paródica de La Peruntina. Como nos informa Ramiro Flores Guzmán, aunque más bien en relación a Francis Drake, «algunos individuos invocaron el apoyo de los piratas, pues se encontraban descontentos o enojados por haber sido postergados en el disfrute de prebendas»11.

Ahora, las referencias paródicas a la alabanza de la batalla contra Hawkins en Oña son múltiples, pero aquí escojo sólo un par a modo de ejemplo. En el canto XVII del Arauco domado la salida de Beltrán de Castro del puerto del Callao es enaltecida por la musa poética al recurrir al conocido tópico del amanecer mitológico:

Más ya que sobre el campo cristalino

el padre de Faetón su luz dilata,

Haciendo de las ondas fina plata,

Y al arenoso, de oro fino,

Veréis con un tropel tan repentino

Que el ánimo y sentidos arrebata12.
El amanecer no sólo sirve para enaltecer la empresa de Don Beltrán, sino a la vez para augurar el bien por venir: «¡Oh descuidado apóstata Richarte / Procúrate volver a quien te envía, / O toma, si pudieres otro rumbo, / Porque tu perdición está en un tumbo!»13. La Peruntina, al acercarse a ese mismo momento de la batalla naval, es decir la salida de Beltrán de las costas del Perú, en recuerdo de Oña, también acude a un amanecer mitológico, pero, claro, paródico y burlesco:

[. . .] en sabiendo

el alto presidente del Parnaso

la turbación confusa y sincopada

en que se halla, con la nueva horrenda,

el reino que produce las riquezas,

levantóse el cabello desgreñado,

bostezando, y fregándose los ojos,

y estando rascando no sé dónde,

soltóse uno sin maldito el hueso.

[. . . ]

Oyéndolo la noche tenebrosa

[. . .]

tapóse las narices con la mano

diciendo «pape ése la virreina».

Despachó luego Apolo su lucero

[. . .]

que con centelleantes ojos vivos

de la altura del cielo columbrase

si parecían ingleses por la tierra. (vv. 369-387)
Paso ahora a una segunda instancia paródica. El poema de Oña, típica y tópicamente acude a una profecía sobrenatural--o Providencial--sobre el triunfo de Beltrán de Castro sobre Hawkins. En el canto XVI cuenta la indígena Quidora un sueño enigmático, en el cual a Hawkins se le presenta como un «drago diabólico»:

Por una gruta negra y espantosa

Adonde luz escasa parecía,

Un drago forcísimo salía

Lanzándose en el mar con sed rabiosa;

[. . .]

Mas cuando se tornaba ya gozoso

El drago con el hurto y presa nueva

Salió tras él bramando de una cueva

Un bravo león de cuello vedijoso

[. . .]

Hasta que ya, cogiéndolo en sus brazos ,

Al ávido dragón hacía pedazos14.
Y es este vaticinio que le permite a Oña dar un salto temporal para confirmar con su canto la grandeza de la batalla naval: «yo que mientras todos han hablado / He solo sus razones atendido, / Por las de la zagala he colegido / Que lo que entonces fue profetizado / Es lo que agora acaba de cumplirse, / Si pudo bien tan grande predecirse»15. Lo que vemos, entonces, es que Oña inscribe el evento dentro de la conocida interpretación providencial de la historia, visión que estaría del lado de la conquista, justificando y alentándola. Hay que ver que la Providencia también le sirve a Oña para explicar el fallido primer intento de Beltrán de Castro. Nos dice que «vino la tormenta / Por especial favor del alto cielo / Para que don Beltrán acá en el suelo / Su mérito aumentase, si se aumenta; / Pues no fuera el vencer de tanta cuenta / Sino cubrir su lustre, al menos, del que digo, / Rendir con tal ventaja al enemigo»16. Es decir, muy curiosamente, Dios intervino para que el triunfo español no pareciese poca cosa por la desventaja de números. El segundo encuentro, en el cual capturan a Hawkins, sería mas parejo y, por lo tanto, el triunfo español más digno de ser cantado y alabado. Esto no se le escapa a La Peruntina ya que la Providencia es también parodiada jocosamente. La supuesta intervención divina para nivelar el combate es rebajada cómicamente. Allí hallamos a un cobarde y codicioso Beltrán de Castro quien, durante la batalla, llevado por el miedo, acude a Dios para pedirle que intervenga en su favor: «Vesme Señor aquí a tus pies rendido / y aun a los de este inglés si tu no ayudas. / Yo conozco señor, y lo confieso / que soy un tonto y mísero gallego» (vv. 533-536). Esta confesión de su cobardía y necesidad, invirtiendo el elogio de Oña, es respondida por la Providencia: «Dí mísero gallego de qué temes / de qué tiemblas y andas sin aliento / estando en un navío que pudiera / a dos ingleses abordar seguro. / Averguénzate puerco, y considera / la ventaja que tienes de tu parte: / tú tienes dos navíos contra uno» (vv. 595-601). Vemos, entonces, que La Peruntina, en su diálogo con Oña y con otros textos de carácter exaltadores del evento y así defensores del llamado proceso imperial y su poderío, rebaja jocosamente la voz de la autoridad, reflejando quizás, lo que habrían sido no pocas opiniones por parte de un lector limense crítico de la actitud propagandista de la corona.17

Doy ahora un salto, de bastantes décadas, para acercarme a otro momento en que la sátira se encara cómicamente con la realidad virreinal en torno a la amenaza inglesa, en este caso a través de la poesía satírica de Juan del Valle y Caviedes. Flores Guzmán nos recuerda que «a partir de la década de 1670, bucaneros y filibusteros de varias nacionalidades hacen su aparición en el Mar del Sur. Sus intenciones eran simplemente el robo y el pillaje a gran escala [. . .] [y conjetura] que esta época puede ser considerada como la más violenta en la larga serie de incursiones piratas durante la Colonia»18. Como he intentado mostrar en otro lugar, la sátira de Valle y Caviedes, por lo general sobre médicos, se halla entrelazada con la crítica jocosa del discurso oficial o autorizado, algo que sin duda nos recordará lo ya visto con La Peruntina19. Me traslado entonces a las últimas décadas del siglo XVII, época en que, como nos recuerda José Luis Romero, los memoriales de carácter oficial eran documentos de suma importancia y éstos circulaban--nos dice-- en una urbe o «ciudad hidalga» con un complejo mundo burocrático de «intrigas y falsificaciones»20. Hay que notar que los memoriales burlescos de Valle y Caviedes por lo general entrelazan dos voces: la del narrador del poema y la del sujeto al cual se le atribuye haber escrito el documento. La expresión crítica se entrega así en una suerte de tercera persona. Las burlas ironizan la importancia del memorial, entregándolo en un lenguaje callejero y popular que invierte su carácter letrado. Uno de estos poemas, que quiero ver aquí, es el «Memorial que le da la muerte al virrey en tiempo que se arbitrara si se enviarían navíos con gente de guerra para pelear con el enemigo inglés o si se haría muralla para resguardar la ciudad de Lima»21, poema que conlleva una burla del arbitrista, figura satirizada en la época y, curiosamente, ejercicio burocrático en el cual participó el mismo poeta Valle y Caviedes22.

Por esas épocas, sobre todo para el contexto peninsular, la proliferación de los proyectos de estos personajes, a ratos absurdos, era señal de la crisis por la cual pasaba el imperio español. En el poema de Valle y Caviedes la voz del arbitrista llega de ultratumba, algo que no sólo se mofa de su ineficacia, sino que también alude serio-cómicamente a la debilidad e ineficacia del poderío militar español y sus colonias ante la amenaza inglesa. Rubén Vargas Ugarte nos recuerda que la población de Lima se hallaba en estado de pánico ante la posible invasión de piratas, entre ellos Eduardo Davis, quien, hacia 1683, había entrado al Mar del Sur. De hecho, una escuadra española se enfrentó, triunfantemente, con los corsarios el 11 de julio de 1685, pero, y cito a Vargas Ugarte, «por diferencias entre los jefes y disputas que no tenían razón de ser, estando ya casi rendido el enemigo, éste pudo emprender la fuga, valiéndose de la mayor ligereza de sus barcos»23. Señala luego que en su relación oficial el virrey llega a reconocer que «fue un contratiempo serio el no haber destruido a los piratas, teniéndolos a la mano y dejándolos partir sin pérdida de un solo navío», pero no indica claramente la responsabilidad del suceso, atribuyéndolo más bien a «cambios imprevistos del tiempo»24. El miedo que sentía la población limeña se oye, por ejemplo, en las palabras de un «buen cura», quien repite una creencia que si las cosas seguían como estaban, «nombrarían Virrey y agasajarían a todos los indios y negros y en poco tiempo sería todo este Reino del Perú de Inglaterra»25. El cura expresa sus temores precisamente en un memorial al virrey:
No lo dudo, Señor, ni por acá se duda; si V.M. no se sirve embiar algunos navíos armados, porque el pavor que ha permitido Dios se infunda en los españoles es de calidad que, a la voz de que viene el inglés, raro es el que no tiembla, pues con aver sabido, sin admitir duda, que la gente que tiene no llega 200 hombres y que, dada la primera encarga, si los acometen, no tienen resistencia, no se an atrevido, huyendo vilmente [. . .] ¿Pues si con un número tan corto a hecho tales destrozos, que se podrá recelar si vienen muchos?26.
Guillermo Lohmann Villena, por su lado, nos muestra que la preocupación ante un posible avance inglés era compartida por todos, y que se había llegado a un acuerdo que amurallar la ciudad era quizás el medio más viable de defensa. «Era convicción general—nos dice—que constituía imprudencia temeraria arriesgar la suerte de la capital del Virreinato, con todas sus riquezas y su significado político, al albur de un choque armado. Sin reparar ni en desembolsos ni en las exacciones que hubiesen de asumir, todos se decidían por una obra de esa índole, y hasta en los sermones se exhortaba a las autoridades civiles a llevar a la práctica sin tardanza y a los fieles a cooperar económicamente sin regateos»27. Dice también Lohmann que «los vecinos, acobardados, estaban llanos a abrir sus bolsas»28. Y añade que el virrey, Duque de la Palata, «requirió en los primeros días de noviembre [de 1683] el parecer de los jefes de alta graduación más experimentados que tenía a su lado. En esa junta de guerra, los pronunciamientos favorables a la muralla constituyeron la mayoría absoluta, aunque cada diciente expuso matices personales»29.

Tanto el temor de los pobladores de la capital virreinal como las complejas andanzas burocráticas sobre el mejor procedimiento para combatir al enemigo fueron sin duda munición muy apropiada para la burla de Valle y Caviedes. Jocosamente, con su «memorial» parece unirse—paródicamente--al grupo de expertos consultados, aunque, en contra del consenso, prefiere el encuentro militar sobre la fortificación. La muerte, como arbitrista, ofrece su opinión para enfrentarse al peligro inglés: sugiere que sí se debe enviar una flota a guerrear con los piratas, pero esa flota, alegórica y jocosamente, debería componerse de los médicos de Lima, algo que al satírico le permite pasar revista a muchos de sus blancos favoritos. Se le avisa al «Excelentísimo Duque» que la sugerencia de la Muerte para «tan apretado caso», es que embarque
a todos los boticarios.

Médicos y curanderos,

barberos y cirujanos,

sin reservar a ninguno30.
Tales arbitrios de la sabia Muerte, que en cierto sentido se burlan del pánico de los limeños, sugieren un escuadrón alegórico; es decir un escuadrón de «matasanos» peligroso. ¡Qué mejor arma contra los piratas que los médicos de Lima! Se acude, por ejemplo, al doctor Francisco del Barco--de apellido muy apropiado--como una de las posibles soluciones:
¿Soldados son menester?

¿A dónde está un doctor Barco

que puede abordar a un

bajel de vidas cargado?31.
El lector coetáneo a Valle y Caviedes sonreiría aquí no sólo por reconocer el juego burlesco con el nombre del médico--Barco--sino también por estar al tanto de las discusiones y política, no solo sobre el peligro pirata, sino también sobre la asignación, poco transparente, de algunos médicos a puestos oficiales. A continuación, la Muerte también arbitra que el virrey ha de hacer uso de otro médico, Vázquez, como arma ofensiva. Allí se hace alarde de una burlesca y escatológica referencia que recuerda los ataques comúnmente dirigidos al hereje inglés como sodomita; pero ahora, inversamente, la burla se dirige al médico virreinal. Se trata de Vázquez, un «campeón moderno», nos dice, porque habría de ser un gran defensor ante la amenaza pirata ya que

[. . .] con jeringas y caldos,

por la retaguardia birla

escuadrones de hombres sanos32.
Luego, el final del texto burlesco de Valle y Caviedes hace suya una imagen que recuerda una suerte de «nave de los locos» en la cual se embarcan, o se destierran, todos los artificios usados por los médicos, los cuales son metaforizados como armas bélicas para combatir contra el inglés:
En fin, de todas aquestas

naves cargadas de emplastos,

de tientas, de postemeros,

de polvos confeccionados.

De diagridios, mechoacanes,

y todos cuantos petardos

y bombardas, las recetas

nos muestran en sacatrapos,

ballestas, machetes, flechas,

tridentes, lanzas y garfios33.
Y la petición, ante el peligro, es inmediata: «que luego, sin dilatarlo, / mande que salgan al mar / los campeones señalados»34. El poema, entonces, reitera su burla de la medicina, pero también pone en tela de juicio los intentos, dificultades y discusiones ante el deseo de combatir contra los piratas35.

Cabría ahora, según nuestra lectura de este memorial burlesco, sugerir un diálogo con otro poema de Valle y Caviedes, un romance que jocosamente regresa sobre la preocupación que se tenía ante la amenaza del «inglés». En cierto momento de este otro poema presenciamos un interrogatorio burlesco de connotaciones inquisitoriales. Leemos una serie de preguntas que el Protomédico de Lima, el Dr. Francisco Bermejo, le hace a un «inglés» que desea ser aceptado en la profesión médica. El lector de la época sin duda se reiría mucho de este examen ya que fue un requerimiento para ser aceptado como médico creado a instancias del mismo Bermejo. Éste lo había exigido en un memorial a la corona, acudiendo al hecho, algo olvidado, que así se estipulaba en la
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