Generación del 27 en murcia






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fecha de publicación06.09.2015
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GENERACIÓN DEL 27 EN MURCIA

José Luis Martínez Valero
Desde el comienzo, generación del 27 y Murcia, aparecen unidos en el panorama nacional. ¿Qué pudo ocurrir para que una pequeña provincia del Sur de España, difícilmente clasificable, entre andaluza y valenciana, aunque en su día fue reino, fuera conocida? El tiempo y el espacio algunas veces se conciertan para producir algo hermoso, y lo hacen con nombre de ciudad, así Viena 1900 ha reunido músicos, filósofos, novelistas, pintores y poetas. Berlín, París, Nueva York, Londres, Madrid, nombres que tienen un peso en la cultura de nuestro siglo, tal como Roma y Atenas..., son patrimonio universal.

No creo que Murcia suene en el concierto mundial como estas ciudades, pero al menos una nota de la sinfonía del siglo XX le corresponde. Y ello porque en este lugar y en el tiempo que se conoce por el 27, coinciden unos hombres y unas mujeres dispuestos a ser ellos mismos, a leer y escribir unos, a pintar, esculpir, o hacer música otros, y todos como amigos a trabajar juntos, porque juntos somos más. .

¿Cómo era la Murcia de aquellos años? Apenas si ha modificado su aspecto del XIX, donde lo urbano y la huerta tienden a confundirse. Aún cada región tiene un carácter propio. En 1977, se publica por Chys, galería de arte, un homenaje a Verso y Prosa con motivo de su cincuenta aniversario, en primera página figura un artículo titulado Merced 22, firmado por Ramón Gaya, era la dirección de Juan Guerrero Ruiz, en el que rememora la ciudad que fue, comienza así: ¡Hace cincuenta años! ¡Medio siglo! Murcia era entonces, todavía Murcia, concentradamente Murcia. Cada lugar de España era entonces todavía él y ningún otro, es decir, cada sitio era un sitio único, singular, y no sólo por su carácter y fisonomía diferentes, sino por su…, por su solitaria sustancia. España, la invertebrada España, era, pues, entonces, como un tapiz muy rico, y muy apretado de…<>. Pero así como ser Córdoba -o ser Toledo, o ser Valencia- era una singularidad mucho más imprecisa, más misteriosa, más secreta, más fina (sí, más fina), más inefable, más indecible, más invisible. Eso, eso tan propio, tan recóndito, tan inexpresable en que consistía su ser, sencillamente Murcia, ser ella y ninguna otra ciudad o cosa, la verdad es que…no ha desaparecido, o no ha desaparecido del todo, pero cada día va siendo más difícil de percibir. Yo lo percibo aún, y cuando voy a Murcia voy a eso: a percibirlo, a sentirlo, aunque por otra parte, ignore en absoluto lo que pueda exactamente ser. Se trata de una ciudad interior, la realidad se hace invisible, no obstante bastaría con asomarnos a un plano de esa época, aún no se han abierto esas Vías que presumirán de grandes, el arco de la Aurora da a la huerta, y Torre de Romo es mitad calle, mitad huerta. Por lo años veinte llegan a Murcia Jan y Cora Gordon, pintores y viajeros ingleses. He aquí alguna de sus impresiones que pertenecen al libro La gente sencilla de España:

Hacía un día despejado y sin viento y en seguida nos dimos cuenta de que Murcia poseía una característica más acusada que ninguna de las otras ciudades españolas que habíamos visitado. Cada casa despedía su propio olor...

Una fila de carros cubiertos, tartanas, esperaban a la sombra de los árboles de una orilla del río. En la otra dos molinos de dos pisos, y tras ellos, la ciudad se abría en una extensión de azoteas, sobresaliendo de vez en cuando las torres de las iglesias. La ciudad estaba rodeada de verdes huertas, que se extendían por todo el valle hasta el pie de las colinas...

La Murcia que he podido contrastar por los recuerdos de mi infancia y las lecturas, era una ciudad de calles estrechas que desembocaban generalmente en pequeñas plazas, de casas con terrazas y palomares, donde continuamente sonaban las campanas, o se oían los pregones, y el transeúnte olía el pan de los hornos; calles donde la gente va de un lado a otros sin prisas y los hombres llevan su mano al sombrero para saludar. Una ciudad de dos puentes, el Nuevo y el de los Peligros siempre lleno de curiosos, atravesado por el tranvía que hace la línea Murcia-Alcantarilla-Espinardo-El Palmar.

Tras el trabajo de cada día, por las tardes, se hacen visitas, o se reúnen en el café, la barbería o la taberna donde tienen la tertulia, conjunto de amigos que opinan sobre el mundo, y tratan de política, arte, religión, y alguna que otra vez de los deportes que empiezan a aparecer, uno de ellos, el fútbol, conmoverá apasionadamente a las masas y, pronto, desplaza a los toros.

Los cafés están en el Arenal, frente al hotel Victoria, el Sol y el Comercial; en la Trapería se encuentra el Oriental. Una tertulia la forman siempre personas de diferentes profesiones, médicos, abogados, carteros, profesores, pintores, todos comprometidos en divertir las horas, no en matar el tiempo. Todos se conocen, todos hablan, las calles son un lugar tranquilo que atraviesan perezosamente carros, tartanas, más las imprescindibles bicicletas, apenas hay automóviles. Recuérdese que la distancia entre la Trapería y el Arenal es mínima, lo que significa que la vida de la ciudad transcurre en muy pocas calles, y todas a la sombra de la Catedral; aún no se ha producido el desplazamiento secularizador de los setenta, ni la barbarie de los cincuenta-sesenta ha roto la armonía urbana. Murcia es una ciudad del XIX que goza del XX, se lee la prensa, los aparatos de radio son escasos, suena la música en vivo, y en las gramolas, los vanguardistas, escandalizan a los vecinos con el tango y el jazz.

Aunque en aquellas fechas abundaba el sedentario, no escaseaba el paseante que buscaba partir la tarde con un recorrido por los alrededores, la tertulia entonces se volvía peripatética, ni el chandal ni el calzón corto eran vestimenta de andarín. Para éstos no hay lugar mejor que el Malecón.

¿Qué descubren en él? Todos conocéis el Malecón, un muro de defensa contra las avenidas, elevado sobre el terreno, lo que hace que quien allí está, domine un amplio panorama, se ofrece como un corte limpio sobre el verde de la huerta y los huertos y, desde él la vista alcanza más, llega hasta las montañas que circundan el valle, es un lugar privilegiado, porque de modo natural nos ofrece en abstracto el conjunto que forma Murcia: la ciudad dominada por la Torre, la vega y el secano. Siempre los murcianos se han negado a que este paseo se convirtiera en alameda, creo que se trata de un espacio propicio al concepto, y los árboles impedirían ver el bosque; semejante a la manera cubista, lugar desnudo, sin sombra, en fortísimo contraste con el verde laberinto de la Huerta. El que pasea por el Malecón siempre está bañado por la luz, sumergido en el aire. Y ya se verá la importancia de ambos elementos en la poesía del 27.

D. José Ballester, periodista, amigo de pintores y escritores, lo define así en su novela Otoño en la ciudad, 1936, la cita es larga, vamos a acompañar a sus personajes:

-Yo entro aquí cada día y respiro siempre una emoción entera, que no se me gasta con el hábito.

-Pues figúrate lo que será la primera vez. A mi me llena de curiosidad la presencia de los recién llegados...

Recuerdo a un muchacho recio y rubio, de aspecto sajón, que juntó las manos sobre el pecho y anduvo un gran rato lentamente, con los ojos muy abiertos, mirando a derecha e izquierda. Tenía unos sacudimientos nerviosos y últimamente cuando se encontró frente al ocaso espléndido de aquella tarde, abrió los brazos y parecía querer abarcar con ellos el panorama. Le seguí hasta que se marchó. Se le conoció que luchaba con la necesidad de irse, porque emprendió unos pasos acelerados, bajando la cabeza, como para sustraerse al sortilegio de lo que le rodeaba. Y al final, con el pie en el primer peldaño, volvió súbitamente y quitándose el sombrero hizo una cortesía larga y se le encendieron los cabellos de sol. Una cortesía de artista de circo o de loco, si no hubiera sido en este lugar. Había mucha gente y todo el mundo lo contempló con respeto.

Conviene saber que no es tanto el lugar donde vivimos, sino cómo nos sentimos viviendo en él. La perspectiva es un componente de la realidad, ahí está la diferencia. Un pequeño número de artistas, conscientes de vivir en una pequeña provincia del Sur, se esforzaron por ser ellos mismos y estar a la altura de los tiempos. Entienden que el espacio no es determinante, y que, la lectura de una revista, de un libro, una audición musical, la contemplación de un cuadro, constituyen un lugar que puede ser habitado.

Se reunían en un estudio de la calle Riquelme, muy cerca de la plaza de las Flores, paralela al callejón de las Mulas; el pintor Garay lo cuenta así:

Planes había regresado del servicio militar y nos propuso la conveniencia de montar un estudio. Acogimos con entusiasmo la idea y tuvimos la suerte de encontrar un caserón antiguo en la calle de Riquelme. Alquilamos el último piso, una azotea a propósito para estudio de artistas.

Allí coincidían Flores, Garay, Joaquín, Victorio Nicolás, Clemente Cantos, Gaya, Planes, Garrigós, el Paisa, era un lugar destartalado, desprovisto de muebles, con algunos libros, y habitaciones separadas donde todos trabajaban, allí acudían los amigos José Ballester y Juan Guerrero Ruiz con objeto de intercambiar noticias, ver la marcha de los cuadros, los hallazgos paisajísticos, o bien alguien leía y todos escuchaban, de este modo entraban en conocimiento de las últimas publicaciones de Juan Ramón, Miró y toda la nómina del 27.

También lo recuerda José Ballester:

La impresión que nos producía al entrar, el piso de la calle Riquelme, con aquellos aposentos vacíos en los cuales resonaban las voces juveniles del grupo de pintores y escultores que allí habían plantado un estudio colectivo, era de frialdad inhóspita. En una parte de él, sin embargo, que era el cogollo de nuestros coloquios, de nuestras lecturas, del trabajo de ellos, había calor y ambiente y espíritu.

Esta plácida ciudad del XIX ha entrado en el XX, y lo ha hecho de la mano de esos pocos jóvenes que nacidos alrededor de la última década pretenden estar al día. Quizá todo empezó cuando Juan Guerrero Ruiz, decide presentarse ante el poeta Juan Ramón Jiménez, de ahí nace una amistad que durará toda su vida y sobre todo se establece una relación que va a ser tan importante para la historia de la sensibilidad de Murcia.

El relato de estas afinidades aparece en Juan Ramón de viva voz, donde asistimos al proceso literario del XX. Si a ello sumamos que Guerrero tiene la capacidad de unir a todos los que escriben y trasladar a sus amigos lo que lee, conformaremos la imagen de este murciano universal, a quien García Lorca nombró Cónsul General de la Poesía.

Todos estaban vinculados a la Real Sociedad Económica del País, que aún sobrevive lánguidamente en la calle de su nombre, y que con raíces del XVIII ha conservado la fe en el hombre.

Apenas se ha abierto en Cartagena una escuela graduada, 1903, que trasformará la concepción de la enseñanza, cuando en Murcia se levantan cuatro grupos escolares: García Alix, Codorníu, Andrés Baquero y El Carmen.

Justo será en este último colegio, el del Carmen, donde se instale nuestra pequeña Universidad, curso 1915-1916.

En 1918 se otorga validez oficial a los estudios de música cursados en el Conservatorio, instalado en las graduadas de Santo Domingo. Estos centros más el Instituto de Segunda Enseñanza, junto al río, una Escuela Normal y la Escuela de Comercio, conforman el panorama académico oficial. Por otra parte, hemos de agregar el Seminario, para una diócesis más amplia que la actual, pues comprendía Murcia y Albacete, amén de la enseñanza privada impartida por los hermanos Maristas en los locales de la Merced.

Los diarios La Verdad y El Liberal informan sobre la región y pueden servir de orientación al recién llegado. La Verdad con su Página literaria, o con el Suplemento irá poniendo al día a los murcianos de lo que se escribe en el mundo.

Por tratarse de un acontecimiento afortunado, voy a centrarme en la presencia del poeta y profesor Jorge Guillén. Llega a Murcia el 1 de febrero de 1926, cuando acaba de ganar por concurso oposición la cátedra de Lengua y Literatura de la Universidad. Se instala por unos días en el Hotel Victoria y más adelante vivirá con su familia en la calle Capuchinas, hoy barítono Marcos Redondo, palacio de Marqués de Ordoño, donde encontramos una placa en bronce que lo recuerda.

Este joven catedrático ha nacido en Valladolid, 1893, el padre, empresario, acepta la vocación del hijo; de la madre será suficiente con que leamos la dedicatoria inicial de Cántico, su primer libro:

A mi madre en su cielo. A ella, que mi ser, mi vivir y mi lenguaje me regaló. El lenguaje que dice ahora con que voluntad placentera consiento en mi vivir, con que fidelidad de criatura humildemente acorde me siento ser, a ella, que afirmándome ya en amor y admiración descubrió mi destino, invocan las palabras de este Cántico. Si recorremos una a una estas palabras nos encontramos con toda su poesía, que se resume en afirmación, en existencialismo jubiloso.

Tras estudiar en Valladolid y Suiza, pasa a la Universidad de Madrid, donde vive en la Residencia de Estudiantes, lugar mágico que comparte con Juan Ramón y, en el que más tarde, coincidirán García Lorca, Buñuel, Dalí, Prados, entre otros; después Granada y por último Francia, como lector de Literatura castellana en la Sorbona, donde sustituye a Pedro Salina, con el que forma pareja en la generación, amistad esencial, encuentro entre dos personas que aspiran a ser; veamos la dedicatoria final del mismo libro, Cántico:

Para mi amigo Pedro Salinas, amigo perfecto, que entre tantas vicisitudes, durante muchos años, ha querido y sabido iluminar con su atención la marcha de esta obra, siempre en rumbo a ese lector posible que será amigo nuestro: hombre como nosotros ávido de compartir la vida como fuente. De consumar la plenitud del ser en la fiel plenitud de las palabras. Fin de este cántico.

Después de Murcia, será Oxford, Sevilla hasta 1938, y luego Canadá y Estados Unidos...Ocurre que para Europa y el mundo vienen tiempos difíciles, de los que la Guerra española no ha sido más que el prólogo. Cuando vuelve a España en los setenta fija su residencia en Málaga.

Tratemos de ordenar las impresiones que recibe, recién llegado a Murcia. Está casado, su mujer es una parisina de origen judío: Germaine Cahen, que deslumbrará a los murcianos por su elegancia y naturalidad, el matrimonio tiene dos hijos: Claudio y Teresa.

¿Cuál es su aspecto? Es alto, muy alto, como si hubiese crecido espontáneamente -dice Vicente Alixandre- habla con distinción, como excusándose, sonriendo con limpieza, poniendo aquí y allá la palabra nítida, señalando con la mano, idealmente un cauce fresco donde restablecer un sonido real.

El poeta aún no ha publicado su primer libro de versos, sin embargo ya es conocido como miembro del grupo del 27. Fundará en Murcia, junto con Juan Gerrero Ruiz la revista Verso y Prosa. En su primer número Melchor Fernández Almagro lo incluye en su artículo, Nómina incompleta de la joven literatura, dice de él: GUILLÉN, Jorge.- De Valladolid, pasado por el aire más fino de Europa. Material el suyo noble y frío: traslúcido. Por eso se le ve el fuego recóndito y distante en que él prende su selección de afectos. En su alambique de poeta destila poco a poco ese libro de muchos grados que algún día paladearemos todo, décima a décima. O romance a romance.

Una revista no es un libro, ni tiene sus compromisos, de ahí que posea un tono lúdico, permite más libertad y, sobre todo, mantiene una relación inmediata con el lector. Las revistas fueron fundamentales para esta generación, así Mediodía en Sevilla, Litoral de Málaga, Carmen y Lola en Santander,...

Verso y Prosa, Merced, 22, se convierte en el mejor exponente de la vida cultural de aquellos años, pintores, escultores, críticos y creadores literarios se dan aquí cita. Repasemos el primer número, en la primera página, junto al artículo antes citado, aparece el poema Guía estival del paraíso (programa de festejos), dedicado a Salvador Dalí, e Invierno postal (fragmento), ambos de Rafael Alberti, ambos en tercetos, con rasgos ultraístas, lo que nos permite conectar con el pulso vanguardista de los años veinte, más la Nómina incompleta a la que hemos aludido. En la segunda página: Molino de razón, aforismos de José Bergamín; Romances sin viento de Emilio Prados, que enlazan con el neopopularismo, tradición y originalidad, uno de los componentes generacionales; Balada del prisionero, de José María Quiroga Plá, vanguardista y lorquiano; Estampa de los siete años, por Josefina de la Torre, prosa poética. La tercera página está ocupada por José María de Cossío con un artículo ensayístico titulado: Intelectualismo poético, que muestra el interés de esta generación por los clásicos. Hay un fragmento narrativo de Juan Chabás: El amor anclado y aparecen varios poemas, a saber: Décima, de Jorge Guillén; En el alba de Vicente Aleixandre, Calma por José María Hinojosa y Poemas de Antonio Oliver Belmás. La cuarta página, continúa el texto de Chabás y recoge libros y revistas recibidos, o a punto de aparecer, que son fundamentales. Verso y Prosa, se interrumpe con el número 12, octubre de 1928, en su última página figuran una carta de Ramón Gaya, quien a sus dieciocho años muestra una madurez, una capacidad expresiva y una densidad de pensamiento envidiables, más Istmo de Carmen Conde, narrativa poética del 27.

Entre tanto, han aparecido en sus páginas, en lo que se refiere a murcianos, textos de Ballester, Andrés Cegarra, Rodríguez Cánovas, Sobejano, más la colaboración gráfica de Bonafé, Pedro Flores, Luis Garay, Ramón Gaya, quienes junto a Salvador Dalí, Cristoban Hall, Esteban Vicente, Gregorio Prieto, Vázquez Díaz, Gutiérrez Solana, Olasategui, Maruja Mallo, Pablo Picasso y Francisco Bores, conforman una nómina incompleta, pero suficiente para dar cuenta de la interrelación entre pintura y escritura. El estudio de esta revista es imprescindible para abordar el 27.

Pero volvamos al Jorge Guillén recién llegado... Guillén descubre en la luz y en el aire la felicidad atmosférica, y todo porque quiere, porque tiene fe en la vida, en estos términos escribe a su mujer, cuando llega:

Estoy contento. Venía a estarlo. Quería estarlo. Y lo estoy. Hay en ello, mucho de mi propia voluntad. Pero tú sabes qué poco pido yo a la realidad para modelarla a mi gusto. Obsérvese la repetición del verbo estar.

¿Qué le parece la ciudad?

Lo importante es que Murcia me gusta. Ciudad clara de colores calientes, de piedras tostadas, color de cacahuet tostado. Y notas deliciosas de luz; las calles estrechas y sin aceras, las (Salinas), las tiendas de los artesanos, el esparto, la cuerda. Y ahora en el crepúsculo, una luz maravillosa.

En otro texto ofrece esta visión:

Murcia tiene elementos de Naturaleza y elementos de Historia Urbana que le dan un encanto muy visible: la dulzura del clima, la claridad en el aire y en los muros, muchas iglesias y torres, muchos escudos, y caserones antiguos, en tonos calientes, sepias, ocres, canelas y la gama indefinible del rosa, del rosa al amarillo en esos mismos colores, según las horas. Plazas con hechizo becqueriano, apacibles, silenciosas. Grandes paredes con ladrillos soleados que dan a la ciudad una gran unidad. Hay palmeras, magnolios, grandes árboles, hay jardinillos. Hay un Malecón estupendo, y el campo inmediato y los montes grises y abruptos muy cerca. Y en medio, la torre de la Catedral -que ahora estoy viendo- ornada, graciosa, entre la ligereza y la robustez, y de un color admirable. Y tartanitas, aldeanos. Y cafés, casinos. Y señores en perpetua tertulia. Y la gente afable y acogedora...

De su trabajo como profesor nos queda el testimonio de Isidoro Martín, alumno de Guillén; por él sabemos que su aula con dos ventanas daba al jardín de Floridablanca, que venía siempre andando desde su casa, junto al actual edificio de Hacienda. Veámoslo en su recuerdo:

Traía Guillén a clase una amplia cartera con libros que había de comentarnos y, a diferencia de algún otro profesor explicaba sus lecciones siempre sentado de espaldas a las ventanas del aula. Su exposición era pausada, reposada, pero no lenta y premisa, fluida y en un tono que no había perdido su dicción a pesar de sus largas estancias en tierras de lengua francesa...

En su docencia practicó un método que resultó extraordinariamente eficaz y formativo. Cuando había tratado con cierta extensión un tema, nos exigía que redactásemos un trabajo para poner a prueba la asimilación de lo que habíamos escuchado y para fomentar los criterios personales...

No hay más poesía, para el poeta Jorge Guillén, que la que ha alcanzado el estado de poema, la forma se me vuelve salvavidas.

En la poesía que hace en Murcia abunda la luz y el aire, más el entusiasmo por lo que descubre, lo que después formulará con estos versos: Soy, más estoy. Respiro./ Lo profundo es el aire./ La realidad me inventa,/ Soy su leyenda. ¡Salve!

El mundo de Guillén podría resumirse en un Sí a la vida, de ahí que descubra maravillas concretas en cualquier realidad. Los objetos lo centran, lo limitan, lo sitúan en su condición de hombre, con eso le basta. Como existencialismo jubiloso ha sido calificada su poesía. Si a ello agregamos que por aquellos años, junto a los textos de Guillén, en la revista de Occidente, aparece la traducción de La metamorfosis de Kafka, donde lo cotidiano es mucho y feo, su voz, sin duda es distinta. Claro que esta manera de ser y de vivir es resultado de un querer ser, por tanto, importantísimo, es el amor consciente.

¿Cómo capta Murcia? ¿Cómo la traslada a sus versos? Hemos hablado antes de la ciudad al pie de la Catedral, leamos ahora Panorama, : El caserío se extiende/ Con el reloj de la torre/ Para que ni el viento enmiende/ Ni la luz del viento borre/ La claridad del sistema/ Que su panorama extrema./ Transeúntes diminutos/ Ciñen su azar a la traza/ Que con sus rectas enlaza/ Las calles con los minutos.

Su manera es la del pintor que selecciona los elementos esenciales, los colores sustantivos. Condensación y también, inmediatez y reflexión. Relata el poema una experiencia común: la contemplación de Murcia desde la Torre y, al mismo tiempo, sintetiza el ritmo urbano en abstracción geometría.

El Malecón es terraza, aire y luz, al mismo tiempo resumen de la ciudad y muestra de la naturaleza, todo ofrecido como unidad, de ahí que pueda servir de perspectiva inmejorable para contemplar su poesía, voy a elegir Cima de la delicia, texto que rehace en Murcia: ¡Cima de la delicia!/ Todo en el aire es pájaro./ Se cierne lo inmediato/ Resuelto en lejanía./ ¡Hueste de esbeltas fuerzas!/ ¡Qué alacridad de mozo/ En el espacio airoso,/ Henchido de presencia!/ El mundo tiene cándida/ Profundidad de espejo./ Las más claras distancias/ Sueñan lo verdadero./ ¡Dulzura de los años/ Irreparables!¡Bodas/ Tardías con la historia/ Que desamé a diario!/ ¡Más, todavía más! /Hacia el sol en volandas/ La plenitud se escapa./ ¡Ya sólo sé cantar!

Refiere aquí las sensaciones gozosas de alguien, que descubre un mundo tan maravilloso, que sólo se puede cantar. Momento de éxtasis terrenal, de exaltación de los sentidos y al mismo tiempo de reflexión. Leamos este fragmento que corresponde a una carta que Guillén escribe a Gabriel Miró:

Estábamos la otra tarde en el Malecón -en ese sublime Malecón, digo casi siempre- y olíamos los alhelíes de un huerto, porque eran muchos y el olor llegaba lejos. Y pasó una señora gruesa de la ciudad y dijo: <¡Huele a procesión de Miércoles Santo!>. Le recordamos a Vd. <¡Si parece Gabriel Miró!>, ya que hasta la voz del transeúnte, en estos días resuena a Oleza.

O bien este otro texto que resume lo que aquí llama felicidad atmosférica, carta dirigida a Federico García Lorca:

Hace un día espléndido. Venimos de un camino entre huertos, he vuelto a casa para escribirte. Cada día me penetra más agudamente lo que yo llamo la felicidad atmosférica: es que nos viene den el aire y en la luz del aire, cuya tranquila respiración, - solamente respiración- calma nuestra inseguridad de vivir. Sólo así estoy seguro de la totalidad de mi existencia: respiro luz.

No podía faltar la tarde, el crepúsculo, he aquí este fragmento del poema en homenaje al pintor Ramón Gaya: Ya se acortan las tardes, ya el poniente/ Nos descubre los más hermosos cielos./ Maya sobre las apariencias velos/ Pone, dispone, claros a la mente.

El poeta capta la esencia de la ciudad de esos años: huerta y calle al mismo tiempo, una ciudad que se asomaba al río, riberas que eran afueras y al mismo tiempo centro, recuérdese que en la margen izquierda estaba el parque Ruiz Hidalgo, del que aún son testigos los eucaliptos que se encuentran junto al puente Nuevo: Ved. La ciudad disfruta gracias a estas afueras/ Entre puentes: riberas/ Que el sol, de acuerdo con la espiga, dora./ Y yo voy divagando. No hay follaje sin pío./ Se inclinan las moreras con su verdor -intenso-/ Hacia el verde agrisado por las hora/ Flotante sobre el río. / ¡Manso curso! Tan sólo consigue en el descenso/ De unas presas Espuma. / Y yo, galán, sonrío/ -¡Vacación en las playas!- a ese amante de Estío.

Desde el exilio recuerda la calle de la Aurora: Así se llama: calle de la Aurora./ Puro el arco en el medio, cal de color azul./ Aurora permanente que se asoma/ -Sobre carro o motín- al barrio aquel del Sur./ Humilde eternidad por calle corta.

Poema escrito ya en América, y cuya realidad procede de las primeras experiencias que tiene en Murcia, en la frontera con la huerta. He aquí su testimonio:

Vengo de ver una calle preciosa: la calle de la Aurora, con un arco azul al fondo, y en el muro, entre dos aceras, una imagen de la Virgen, y más allá los árboles -ya verdes- y un comienzo de montañas lejanas. Calle que da a la Aurora -cuidado, no al Alba- azul, florida, alegre, pobre, extramuros de la ciudad, pero muy cerca de la calle de Capuchinas donde viviremos.

Si Verso y Prosa agrupó a escritores nacionales y locales, conviene recordar que podría deberse al trabajo previo de Andrés Cegarra, quien desde La Unión y su Editorial Levante, se convierte en el testigo del movimiento literario, al que poco después sucede su hermana María. Por otra parte, La revista Sudeste, Cuaderno murciano de literatura universal, 1930-1931, con tres números, continua esta misma labor, en la que destaca el aumento de los escritores regionales. Y no debemos olvidar que, cuando comienza la Republica, en Cartagena, Antonio Oliver y Carmen Conde, fundan la Universidad Popular que continúa ese mismo espíritu, donde la amistad, el trabajo en común, la alegría del conocimiento, conforman uno de los más hermosos proyectos que hemos heredado.

En 1951 visita Murcia Jorge Guillén, aquí reencuentra a los amigos que han sobrevivido, incluso a su compañero en la oposición a cátedra, el profesor Ángel Valbuena, reunidos otra vez en una fotografía sobre el Puente Viejo que tantas veces cruzara camino de sus clases. Nunca dejó una carta sin contestar y en ellas siempre expresó el grato recuerdo de la ciudad, que fue su primer destino. Las revistas, los diarios siempre han estado atentos a sus declaraciones, Monteagudo ha recibido sus colaboraciones, la revista Tránsito debe su título a uno sus los poemas escritos en Murcia.

Al producirse la diáspora, tras la guerra civil, ya no queda otra vía de unión que la correspondencia, quizá haya sido, el sombrerero Carlos Ruiz-Funes, su mejor representante. A través de las cartas mantendrá su voz en lucha con el silencio, en busca siempre del diálogo y de la amistad.
BIBLIOGRAFÍA

“Cuadernillo homenaje al poeta Jorge Guillén”, Publicaciones de la Sociedad Económica de Amigos del País, Murcia, 1956.

“Monteagudo, 46-48”, número extraordinario en memoria de Carlos Ruiz-Funes, Universidad de Murcia, 1967.

“Juan Ramón de viva voz, volumen I (1913-1931)” y Juan Ramón de viva voz, volumen II (1932-1936”, Juan Guerrero Ruiz, prólogo y notas de Manuel Ruiz-Funes, Pre-textos, 1998 y 1999.

“Juan Guerrero Ruiz”, José Antonio Torregrosa Díaz, Academia Alfonso X, Murcia, 1983.

“Juan Guerrero Ruiz y sus amigos”, Universidad Complutense, Madrid, 1982.

“Federico en persona”, Jorge Guillén, Emec, Buenos Aires, 1953.

“Murcia desde lejos”, José Mariano González Vidal, Almudí, 1991.

“Correspondencia 1923-1951”, Pedro Salinas/ Jorge Guillén, Tusquets, Barcelona, 1992.

“Verso y Prosa, boletín de la joven literatura”, edición de F. Javier Díez de Revenga, Chys, Murcia, 1976.

“Artistas murcianos 1920-1930”, Chys, Murcia, 1972.

“La gente sencilla de España”, Jan y Cora Gordón, Universidad de Murcia, 1980.

“Sudeste, cuaderno murciano de literatura universal”, Academia Alfonso X, Murcia, 1992.

“Otoño en la ciudad”, José Ballester, Museo Ramón Gaya, Murcia, 1992.


Objetivo de este trabajo:

Mostrar el espacio y el tiempo en donde sucede la Murcia del 27.

Como se puede ver no he pretendido ser exhaustivo, de modo que, si se quiere ahondar, basta con que se siga la pista a cualquiera de los nombres que aparecen. En algunos casos tales como: María Cegarra, en principio continuidad de su hermano Andrés. Su existencia nos lleva a Miguel Hernández y con éste, a su vez, alcanzamos a Raimundo de los Reyes.

Me he centrado en Jorge Guillén porque sus poemas y su correspondencia, más la colaboración con Juan Guerrero, constituyen un modelo de amistad y de trabajo. Y porque su estancia aquí nos permite enlazar con todo el movimiento del 27.
Cuestión de método:

Es conveniente disponer de diferentes planos de la ciudad.

Como se puede fácilmente ver todos están interesados por el espacio en el que viven, de ahí que a menudo la ciudad sea objeto de sus poemas, como consecuencia es recomendable visitar algunos lugares: Arco de la Aurora (contrastar carta y poema con el estado actual), palacio del Marqués de Ordoño donde se encuentra una placa en bronce que recuerda la estancia de Jorge Guillén, Malecón, Colegio del Carmen. Y, por supuesto, el museo Gaya, cuya vida encierra la trayectoria de casi todos los miembros del veintisiete.

Conjunción de artistas plásticos y la palabra. No es raro que los pintores escriban caso de Garay o la excepcional capacidad de Ramón Gaya o de Dalí. No es raro que algunos escritores del 27 pinten, caso de García Lorca y Alberti. La relación entre pintura y escritura fertiliza la creación.

Algunos textos:

Jorge Guillén: El arco de la Aurora, Variaciones, Las afueras, Carlos Ruiz-Funes, Juan Guerrero Ruiz, Ya se acortan las tardes. Presencia de la luz. Panorama. Luz sobre el monte. Alguna de las cartas que aparecen en Federico en persona.

Ramón Gaya: De pintor a pintor, en prosa De los huertos. Mas las cartas.

José Ballester, algún fragmento de Otoño en la ciudad.

María Cegarra: Textos de Cristales míos.

Algunos textos de Verso y Prosa y de Sudeste.

Carmen Conde y Antonio Oliver.


TRABAJO PARA OBTENER EL VISTO BUENO EN EL CURSO

LA REGIÓN DE MURCIA EN LA LITERATURA ESPAÑOLA”

DEL CPR MURCIA 1, CURSO 06/07
El trabajo consistirá en extraer todos los textos de citas, en prosa y en verso, del texto de José Luís Martínez Valero, y añadir, en tipo de letra distinto, un comentario personal, no necesariamente literario.






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