Manual de espumas






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fecha de publicación05.06.2015
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GERARDO DIEGO

Gerardo Diego nació en Santander, en 1896. Estudió Filosofía y Letras en Deusto, en la Universidad de Salamanca y en la Central, donde hizo el doctorado. En 1920  obtuvo la cátedra  de Lengua y Literatura del Instituto de Soria, y años después enseño la misma asignatura en los Institutos de  Gijón y Santander. Finalmente en 1932 logró la misma cátedra en un instituto de  Madrid, jubilándose en 1966.
Unido a los demás poetas del 27, fue uno de los más activos organizadores del homenaje a Góngora que celebró su generación en 1927 con motivo de del centenario del poeta cordobés. Y ese mismo año fundó y dirigió la revista Carmen.
Realizó frecuentes estancias en Francia y viajes a Hispanoamérica y Filipinas. Era un excelente musicólogo -colaboró con Federico Sopeña y Joaquín Rodrigo en el libro Diez años de música en España-, Desde 1937 dio conferencias-conciertos que él mismo ilustraba tocando el piano, así como cursos por todo el mundo. Versos humanos le valió, al alimón con Alberti, el Premio Nacional de Literatura, al que han seguido otras recompensas, entre ellas el importante Premio March. Desde 1948 fue miembro de la Real Academia Española, donde ingresó pronunciando un discurso sobre Una estrofa de Lope. Finísimo crítico literario: su Antología poética. Contemporáneos es ya clásica. también se le debe una Antología poética en honor de Góngora,  estudios sobre Enrique Menéndez, Fernández Moreno, Concha Espina y Manuel Machado, una serie de versiones de poetas recogidas bajo el título de Tántalo y la pieza teatral El cerezo y la palmera (retablo escénico en forma de tríptico). 
Han sido muchos los premios que recibió, desde el Nacional de Literatura en 1925 al Cervantes en 1979. Murió en Madrid, en 1987.

Dentro de la generación del 27 Gerardo Diego ejerció un importante papel impulsor. De hecho, su Antología de los jóvenes poetas, publicada en 1932, es casi un manifiesto de aquel grupo. En ella se recogen muestras de la obra de todos ellos, junto a una selección de poemas de los que ellos consideraban sus maestros: los Machado, Juan Ramón, ...  

Obra poética


Sus dos notas sobresalientes son la versatilidad y el virtuosismo, arquitectónico y musical a la vez. Nadie ofrece tan vario registro de temas, metros, estilos, ten­dencias. En sus libros iniciales -El romancero de la novia, Soria- hay aún ecos románticos (de Bécquer, sobre todo) y modernistas, con influjos de Juan Ramón Jiménez y Antonio Machado Imagen y Manual de espumas son audaces muestras de creacionismo, de poesía deshumanizada. Un nuevo sesgo origina los Versos humanos. El entusiasmo gongorino de 1927, la barroca Fábula de Equis y Zeda y la Antología poética en honor de Góngora. Esta antología, la de Poesía española (1932) y la dirección de la revista «Carmen» hacen de Gerardo Diego uno de los teóricos y promotores, junto a Dámaso Alonso, de la nueva poesía. Ya cultive la más libre, ya la más tradicional, aunque siempre con acento moderno, y cualquiera que sea el tipo de verso elegido, la perfección formal es constante. Gerardo Diego no tiene rival en el dominio del soneto, con el que alcanza altitud cimera en Alondra de verdad, quizá su obra maestra. La técnica y la facilidad de este poeta son tales que le permiten tocar con igual acierto los temas más graves -por ejemplo, el religioso, poco cultivado en su época: Viacrucis, Versos divinos- y los más ligeros, como el tema de los toros: La suerte o la muerte. El propio Gerardo Diego nos ha explicado su polifacética disposición: «Yo no soy responsable de que me atraigan simultáneamente el campo y la ciudad, la tradición y el futuro; de que me encante el arte nuevo y me extasíe el antiguo; de que me vuelva loco la retórica hecha y me torne más loco el capricho de volver a hacérmela -nueva- para mi uso personal e intransferible.» Que una producción de tan sostenido nivel de belleza sea compatible con una rica fecundidad es testimonio seguro de que su autor no es sólo un artífice, sino un auténtico poeta.

Tiene una obra ingente que unas veces publicó, en su momento, y otras en Antologías sobre su obra que él mismo realiza a partir de 1941.

Es difícil clasificar su extensa obra por etapas, ya que coexisten en un mismo período lo vanguardis­ta con lo tradicional; lo viejo y lo nuevo; el humor y los tonos graves y severos.

Fue amigo y seguidor de Huidobro y de Larrea, pero también de los clásicos de la literatura española. De todas maneras, los libros experimentales abundan más en la primera época, mientras que al final, escribe más con moldes tradicionales.

Dado el gran número de libros que realiza, es lógico que existan unos de más altura que otros, si bien la obra, en general, es importante.

La variedad temática obedece a que en Gerardo Diego, más que existir un mundo poético propio, su poesía responde a una infinidad de emociones dispersas. No obstante, podemos establecer algunas notas comunes a su producción:

1.      Desvinculación de toda actitud y preocupación trascendentalista, lo cual le lleva a buscar el motivo de sus poemas en la realidad local, en episodios vividos o en personas conocidas.

2.      Destreza en el manejo del lenguaje y preocupación por los problemas formales.

3.      Tendencia a las formas clásicas.

4.      Ausencia del tema social, salvo en Odas morales, de 1966, en donde condena la violencia y canta a la libertad; tampoco aparece el tema político, excepto en unos poemas de guerra dedicados a José Antonio Primo de Rivera.

En cuanto a la clasificación de tan ingente producción poética, el propio autor propone dos orientaciones: la poesía relativa y la poesía absoluta. Pero se puede clasificar también como poesía inicial, poesía relativa y poesía absoluta.


Poesía inicial.


Donde se observa un claro influjo de Juan Ramón, así como tonos becquerianos, todo ello dentro de una marcada sencillez. Son obras donde se puede rastrear un modernismo intimista y un deseo de unir música y poesía como el que ya tuvieron los simbolistas y parnasianos del siglo XIX.

Aquí se insertan obras como:

  • El Romancero de la novia, de 1918 y publicado en 1920. Muestra huellas de Juan Ramón Jiménez y Enrique Menéndez Pelayo, poeta santanderino, a quien siempre ha considerado uno de los maestros de su juventud poética. La obra se inserta en una línea tradicional pero de acento moderno, y fue saludado con elogio por Antonio Machado en un artículo publicado en La voz de Soria




  • Imagen, aparecida en 1922, revelaba su adhesión al movimiento poético creacionista fundado por el poeta chileno Vicente Huidobro. 


A partir de entonces, ha seguido Gerardo Diego una doble línea poética: de un lado la poesía de cuño tradicional, continuadora de  corrientes poéticas clásicas; de otro la poesía experimental o de vanguardia, como el creacionismo irracionalista. A estos dos caminos -aventura y tradición, vanguardia y clasicismo- ha sido fiel, desde sus orígenes hasta el final la poesía de Gerardo Diego. Y a quienes le acusaron de haber traicionado la poesía tradicional para seguir caminos experimentales de la vanguardia, o de haber abandonado estos para volver a moldes tradicionales, contestó el poeta, en el prólogo a la Primera Antología de sus versos (1941), con las palabras ya citadas más arriba: «Yo no soy responsable de que me atraigan simultáneamente el campo y la ciudad, la tradición y el futuro; de que me encante el arte nuevo y me extasíe el antiguo; de que me vuelva loco la retórica hecha y me torne más loco el capricho de volver a hacérmela -nueva- para mi uso personal e intransferible.»

El propio Gerardo Diego ha señalado con otras palabras cuáles son los dos caminos poéticos que él alternativamente, o simultáneamente, ha recorrido: "...una poesía relativa, esto es, directamente apoyada en la realidad; y una poesía absoluta o de tendencia a lo absoluto, esto es, apoyada en sí misma, autónoma frente al universo real del que sólo en segundo grado procede."

Es verdad que esta segunda forma de poesía -creacionista, irracionalista- ocupa en la extensa obra de Gerardo Diego menos espacio que la integrada en moldes tradicionales, y ha sido recibida por la crítica y el público con menos entusiasmo. Pero ello no quiere decir que sea menos auténtica. En el prólogo a su Primera antología, se defiende Gerardo de una posible crítica que rechace por poco humana y demasiado abstracta esa poesía, afirmando que pocos poemas suyos de la línea tradicional "superan en acumulación y hondura de experiencia vital, en desgarro y temblor de alumbramiento a algunos de la corriente creacionista."

Lo que sí puede afirmarse es que, en el desarrollo de la obra poética de Gerardo, los libros de la tendencia irracionalista y experimental abundan más en la primera época de su poesía que en la última. Y así, a esa primera época, que pudiéramos fijar entre 1918 y 1932, pertenecen sus libros: Evasión, Imagen, Manual de espumas, Fábula de Equis y Zada, y Poemas adrede. mientras que en la etapa correspondiente a los años posteriores a la guerra civil de 1936, parece dominar la tendencia tradicionalista en su poesía. a esos años, además , pertenecen sus libros más conocidos y de mayor éxito, como Ángeles de Compostela y Alondra de Verdad.

  • Iniciales, libro de poesía escrito en 1918 y publicado en 1943.

  • Nocturno de Chopin, de 1918, publicado en 1963.

Poesía relativa


Se trata de una poesía apoyada en la realidad de forma más directa, y constituye el bloque poético más importante. Estamos ante una poesía de circunstancias, en donde no se trata de crear nuevas realidades, sino de expresar las ya existentes. Aquí podemos incluir distintos temas y obras:

-          Amoroso, con obras como La sorpresa (1944), Amor solo (1958), Canciones (1959), Sonetos a Violante (1962).

-          Religioso, con Vía Vía (1931), Versos divinos (1971)

-          Social, con Odas morales (1966).

-          De paisaje, La naturaleza, el paisaje, el mar, los pueblos y ciudades de España, han sido también constante fuente de inspiración de sus versos, y a dos ciudades españolas ha consagrado dos de sus mejores libros:  Soria (1923), Mi Santander, mi cuna, mi palabra (1961)

-          Taurino, con Égloga de Antonio Bienvenida (1956), La suerte o la muerte (1963), El Cordobés dilucidado (1966).

-          La muerte, en Cementerio civil (1966).

-          La música, en Preludio, aria y coda de Gabriel Fauré (1967)  

Como podemos comprobar, a la variedad y riqueza formal de la poesía de Gerardo Diego, se une la variedad temática, son muchos los temas en que se inspira. 

Con todo, las tres obras esenciales de esta etapa son Versos humanos (1925), Alondra de Verdad (1941) y Ángeles de Compostela (1936, pero ampliada en 1961).


  •        Versos humanos supone la vuelta a un neoclasicismo (canciones, glosas, sonetos...) apoyado en experiencias íntimas. Los sonetos de esta obra suponen un intento clásico de superación del modernismo.

  •         Alondra de verdad es una especie de libro de conjunto que supone la cumbre del neoclasicismo iniciado en el libro anterior. Al mismo tiempo, hay que anotar el influjo de este libro en el gusto por el soneto que se manifestará al inicio de los años cuarenta. El libro está compuesto por 42 sonetos, a los que se añaden los comentarios en prosa que realiza el propio autor, en donde se nos presenta a la criatura humana convertida, al igual que su belleza, en criatura poética de belleza permanente. En él se muestra la maestría de Gerardo en el arte del soneto, y algunas piezas como "Cumbres de Urbión" e "Insomnio", figuran entre los mejores sonetos de la poesía española contemporánea, junto a otro famoso soneto suyo, "El ciprés de Silos", de su libro Versos Humanos.

  •        Ángeles de Compostela es más bien un solo poema con clara aspiración mística frente al panteísmo del libro anterior. Es el misterio de la resurrección de la carne y del Juicio final, evocado por los cuatro ángeles anónimos -a los que el poeta da nombre- del Pórtico de la Gloria en la Catedral de Santiago. Pero al mismo tiempo es el poema de Galicia que evoca con emoción figuras y motivos gallegos.

Poesía absoluta.


     Aquí se incluyen las producciones vanguardistas del autor. Frente a la poesía relativa, ahora la poesía se apoya en sí mismo y solo en segundo grado depende de la realidad. Del conjunto de obras que podemos incluir aquí, las más significativas son aquellas que se inscriben dentro del creacionismo. El periodo creacionista lo inaugura con:

  •   Evasión, escrito en 1918-1919 y publicado en 1958; 

Si bien el mejor de este periodo, según la crítica, es Imagen, escrito entre 1918-1921 y publicado en 1922; aparece dividido en tres partes: “Evasión”, con 23 poemas del libro anterior, “Imagen múltiple” y “Estribillo”


  • Completan este grupo Manual de espumas, publicado en 1924,  Biografía incompleta, que empieza a escribir en 1925 y publica en 1953, aunque en la edición de 1957 añade más poemas. Es un periodo prodigioso en cuanto a imágenes y técnica y Gerardo Diego reconoce encontrar en estos poemas mucha seriedad, emoción junto a la línea experimental (imágenes irracionales, carencia de signos de puntuación, frases cortas, sin rima...)

     En este grupo de poesía habría que incluir otras obras como:

  •   Fábula de Equis y Zeta, publicado en 1932,  y Poemas adrede, publicado en 1932; de estos dos libros realiza una edición en Adonais en 1943, añadiendo poemas al segundo. Ambos suponen la utilización del arte gongorino (sextina real, décima, lira...) y del retoricismo barroco al servicio del creacionismo.  

 

     Por otra parte, es necesario destacar la importante contribución de Gerardo diego al estudio crítico de la poesía española: es autor, entre otras, de la Antología poética en honor de Góngora (1927), y de la más famosa Poesía española. Contemporáneos (1932, 2ª edición aumentada, 1934)

DÁMASO ALONSO

Nace en Madrid en 1898 y estudia Derecho y Filosofía y Letras en la Universidad de Madrid. También empezó la carrera de Ciencias Exactas, que abandonó más tarde por motivos de salud. Historiador literario, crítico, investigador, lingüista, filólogo, editor de clásicos, antólogo, traductor...

Acumuló cargos, honores y recompensas a lo largo de su fecunda  vida. Ha sido profesor conferenciante en las principales universidades de Europa y América.

Debe mucho su formación al Centro de Estudios Históricos, donde trabajó  junto a Ramón Menéndez Pidal, a quien sustituyó a la jubilación de éste, en la cátedra de Filología románica de la Universidad de Central, y desempeñó este cargo hasta 1968, año en que  fue elegido presidente de la Real Academia Española.

Dirigió la Revista de Filología Española. Fue miembro de las Reales Academias Españolas y de la Historia, doctor Honoris causa de varias universidades extranjeras, y posee el Premio Nacional de Literatura, el Fastenrath y el de Ensayo de la Fundación March.

En 1917 entabla amistad con Aleixandre y más tarde conoce a Gerardo Diego, García Lorca, Guillén, Salinas y Alberti. 

A los 23 años publicó su primer libro de poesía, Poemas puros. Poemillas de ciudad (1921), que refleja, aunque no muchas, alguna influencia de Juan Ramón Jiménez y Antonio Machado. Aunque pertenece a la primera fase de la Generación del 27, época de predominio de la poesía pura, sus poemas tienen poco que ver con la tendencia esteticista y abstracta de aquellos primeros años, y en ellos dominan la sinceridad de la emoción, las notas de ternura y de humor, y aparece uno de los temas centrales de la poesía de Dámaso Alonso: el dolor humano, del desvalimiento del hombre frente al mundo.

Después de aquel primer libro de 1921, pasaron muchos años sin que su autor apenas  publicara versos: sólo unos cuantos poemas agrupados con el título El viento y el verso, que Juan Ramón Jiménez incluyó en su revista poética . Las doctrinas estéticas de los años veinte -purismo, intelectualismo, deshumanización- congelaron su impulso creador, y necesitó la terrible sacudida de la guerra civil para volver a expresarse como poeta. En 1944 apareció su libro Hijos de la ira, obra de significación importante en la poesía española de la posguerra. Ese mismo año publicó Oscura noticia, y en 1955 publica Hombre y Dios,

En 1926 traduce a Joyce: Retrato de un adolescente, y al año siguiente publica una edición comentada de las Soledades de Góngora. Llevará a cabo sucesivos estudios sobre Góngora, sobre el que realiza la tesis doctoral. Entre los años 1931 y 33 es profesor en la Universidad de Oxford; después será catedrático de Lengua y Literatura españolas de la Universidad de Valencia. La guerra civil lo encuentra en zona republicana. En 1939 sucede a Menéndez Pidal en la cátedra de Filología Románica de la Universidad de Madrid. En 1942 publica un Estudio sobre San Juan de la Cruz, por el que recibe el premio Fastenrath. Elegido académico en 1945 y director en 1968, dimite en 1982. En 1978 se le concede el Premio Cervantes de Literatura. Tenía títulos de Doctor Honoris causa de numerosas universidades extranjeras. Muere en 1990.

- Obra poética

Su contribución más importante en el momento formativo del grupo de 1927 fue la revaloración de Góngora. Es Dámaso Alonso quien descubre a sus compañeros de generación el significado artístico del autor de las Soledades. También quien pone a algunos (a Alberti, por ejemplo) sobre la pista de nuestro cancionero tradicional. Como poeta se le deben los Poemas puro, Poemillas de la ciudad (1921), libro que, a pesar de la fecha y del título, no tiene nada que ver con la poesía «pura» de entonces, y muy poco con Juan Ramón Jiménez, cuya influencia era omnímoda a la sazón. El mayor interés de este libro consiste en ofrecernos en embrión los principales rasgos de la obra madura de su autor.

    La madurez poética de Dámaso Alonso es tardía: no llega hasta Hijos de la ira (1944), libro de poesía «desarraigada», que ha ejercido, por la forma y el contenido, amplio influjo en las últimas generaciones. La expresión prosaica, con ecos del surrealismo; el verso sincopado, violento; la preocupación religiosa, el pensamiento «existencial» de este libro, marcan un viraje en el rumbo de la poesía española. Lo que le importa al poeta no es la creación de belleza, sino la inmersión en el dolor del mundo, en la vida humana. Hijos de la ira es un diálogo del hombre con Dios, o quizá «sin Dios» en el sentido pascaliano o agustiniano: el hombre, sin Dios, se siente «miserable»; el hombre no buscaría a Dios si no lo hubiese ya encontrado. El diálogo, tan apasionado como el de Unamuno, discurre entre patéticas, desgarradas imprecaciones y ramalazos de humor grotesco. Sin Dios, este mundo es un contrasentido, un absurdo, una verdadera alucinación. El hombre es un «monstruo entre monstruos». Hijos de la ira representa el arranque de una obra que se mueve toda entre los dos mismos polos —Dios y el hombre—, aunque con distintas leyes de polaridad en cada libro: "Hombre sin Dios", en Hijos de la ira y en Oscura noticia; "Hombre y Dios", en el libro así titulado; "Hombre-Dios", en Gozos de la vista.

   La poética de Dámaso Alonso consiste en considerar que el fin de la poesía no es la belleza, sino la emoción y de ahí que toda la realidad se pueda verter en poesía. Se ha apuntado que con Dámaso Alonso, a partir de Hijos de la ira, renace la poesía realista en España. sin embargo, una cosa es que Dámaso incorpore cualquier tipo de vocabulario al lenguaje poético y otra muy distinta es que la aspiración del poeta sea la imitación fiel de la naturaleza. En efecto, Dámaso no pretende reflejar la naturaleza, la vida cotidiana, sino expresar con su dolor, con su esperanza la angustia o el anhelo del hombre. Es decir, expresar los problemas eternos del hombre, pero siempre desde la sinceridad humana y poética. En cualquier caso, lo cierto es que Dámaso Alonso es el gran innovador en el campo de la lengua poética en la medida en que dará cabida en poesía a la realidad en sí.

   La lengua de Dámaso Alonso evoluciona en torno a dos momentos:

     -        En su juventud, se siente atraído por la infinidad de movimientos vanguardistas, aun cuando él siempre consideró que si bien pertenecía al 27 como crítico, no así como poeta.

     -         A partir de la guerra civil, evoluciona de una consideración estética a considerar que lo fundamental de la poesía es el corazón del hombre.

La trayectoria de Dámaso Alonso es muy diferente a la de sus compañeros de generación, publica un primer libro en 1921 con el título Poemas puros. Poemillas de la ciudad. En la primera parte del libro sigue a Juan Ramón en Eternidades; la segunda parte del libro, representa una temática urbana y feísta, todo ello contado desde la melancolía. Es un libro de juventud, pero en él se puede rastrear el realismo y el estilo de Dámaso.

En 1925 publica en , revista que dirige Juan Ramón, una serie de poemas con el título El viento y el verso, que están en la misma línea que el anterior. En efecto en ambas obras encontramos el conflicto entre una visión idealizada de la vida y una visión realista, lo cual prefigura el choque entre un concepto religioso y un concepto existencial de la vida. El tema de una realidad ordinaria contraría a otra elevada es presentado mediante símbolos como la noche, que le permiten expresar exactamente su idea de perder la sensación de realidad. Por otro lado, el tema aparece en íntima relación con el paso del tiempo, de tal forma que se refleja como a medida que pasa el tiempo se va perdiendo el ansia de búsqueda de ese ideal. Además, el paso del tiempo incide sobre la pérdida de la belleza.

Luego sobrevendrán veinte años de silencio, que él explicó así:

Las doctrinas estéticas de hacia 1927... a mí me resultaron heladoras de todo impulso creativo. Para expresarme en libertad, necesité la terrible sacudida de la guerra española”.

Es cierto que a Dámaso Alonso siempre le pareció estéril lo puramente estético, pero al llegar la guerra, se solidariza con el dolor, la angustia y la miseria del hombre en un mundo mal hecho. Así surge Hijos de la Ira (su título procede de una cita de San Pablo a los Efesos): “Et eramus natura filii irae sicut et ceteri...” y Oscura noticia, cuyo título procede de San Juan de la Cruz, donde oscura equivale a amorosa, no intelectual. Ambos libros, publicados en 1944, abren lo que los críticos llaman poesía desarraigada y basada en un dolor existencial que le hacen mirar a Dios, sin desasirse de la realidad que le rodea.

  •        Hijos de la Ira, (1944) importante por su intento de ruptura con el formalismo retórico de la época y también por su  contenido moral de protesta contra la guerra y la injusticia. Es un dramático diario íntimo, una confesión de radical sinceridad, llena de imprecaciones contra sí mismo y contra la miseria e injusticia del mundo. Es una autobiografía espiritual; parte de hechos concretos, pero no se limita a contarlos, sino que protesta contra la soledad, el odio, la injusticia y se solidariza con los problemas de seres humanos. Cuando no encuentra explicación a tanto dolor, vuelve angustiado, la mirada a Dios, sin perder del todo la esperanza. El recuerdo de la guerra civil subyace en alguno de los poemas del libro, como "Insomnio", en cuyo primer verso -"Madrid es una ciudad de más de un millón de cadáveres (según las últimas estadísticas)"- parece sangrar aún el drama del Madrid de la guerra y de la postguerra. Pero el libro es también una indagación en la realidad, tantas veces injusta e inexplicable como la existencia misma que la sustenta. La meditación se resuelve en queja y en grito, y el poeta clama frenéticamente a Dios, invocando su ayuda, en la misma línea de poesía religiosa agónica que los salmos de Unamuno. Los poemas se llenan de desgarradas preguntas, de quejas lacerantes, lanzadas al rostro de Dios, que aparece presidir impasible la crueldad e injusticia de nuestro mundo. Es el tema del silencio de dios, que tanto obsesiona a Unamuno. 

     Pero hay otro tema central en Hijos de la ira: la vida contemplada como amargo y dramático viaje, acosado de asechanzas; de odios, de desfallecimientos. Un viaje sin destino, en angustia y eterna soledad, como el patético poema "Mujer con alcuza", cuya protagonista es una mujer que viaja sin esperanza en un tren donde no va nadie, que no conduce nadie, que ni ella misma sabe adónde va. Ese tren es el símbolo de la radical soledad del ser humano, del vacío y la inutilidad del caminar del hombre hacia la muerte. Sin embargo, este símbolo no debe llevarnos a creer que la poesía de Dámaso Alonso -angustiada, preocupada, por el misterio de la existencia y la fatalidad de la muerte- , es una poesía pesimista que conduce al nihilismo o a la desesperación. Los sentimientos de horror y dramática soledad, las terribles imprecaciones contra sí mismo y contra la fealdad y crueldad de la vida que encontramos en Hijos de la ira, suelen ir acompañados de un sentimiento profundo de amor a la vida, y de ternura y piedad hacia el hombre. Hijos de la ira ejerció una saludable influencia en algunos de los mejores poetas jóvenes de posguerra, abriendo un cauce hacia una poesía más realista y menos retórica, de acento más dramáticamente humano.

     Son 25 poemas con título y en estrofas de 10 a 182 versículos. El subtítulo es “Diario íntimo”, con rasgos autobiográficos; para otros era un libro de protesta, pero va más allá del realismo social.  

   Lingüísticamente es un libro innovador, por el léxico, que se acerca al lenguaje coloquial, frente al irracionalismo de los surrealistas. Ésta es una poesía racional, sin sensiblería, aunque emotiva y cercana. De ahí el éxito que obtuvo con este libro, y su proyección en los poetas posteriores.

   Podemos establecer tres grupos de poemas en el libro:

-   Los que tratan de la identidad del hombre.

-   Los que se dedican a la búsqueda de la religión.

-   Los que tratan de la constitución última del mundo y la naturaleza como fenómeno.

   Madrid se convierte en una ciudad simbólica de arrabales, cementerios, hospitales, en donde el poeta busca una respuesta a la podredumbre y a la muerte. Una y otra vez los poemas piden una señal inequívoca, pero no aparece ninguna. Al final, el poeta comprende que lo que se le pide es un acto de fe, tiene que creer. El propio autor señala que en su obra conviven dos vertientes o anhelos. Por un lado, la tristeza y el deseo de arrojo de la vida, y la bajeza extendida a toda la humanidad; por otro, una vertiente que considera la existencia de una prolongación de la vida después de la muerte. Esto hace que se tenga la idea de un hacedor y sumo gobernador. Es decir, en Hijos de la ira convive lo terrible con lo dulce y altamente gobernado, de ahí que en muchos poemas se acuda a dios como medio de remediar la triste bajeza de nuestro vivir. En definitiva, la obra se convierte en un diálogo del hombre con Dios, o sin Dios. Sin Dios, el hombre se siente miserable, el mundo es un absurdo. Con Dios, el diálogo, como en Unamuno, se llena de imprecaciones y de un cierto humor grotesco.

   Hijos de la ira, es un grito de protesta universal, lanzado contra una sociedad enmudecida y deshumanizada por  la injusticia de las guerras nacionales y mundiales. Es una llamada de ayuda a los corazones y la inteligencia de todos los hombres a la búsqueda de la realidad y de la ilusión por la vida. Pero también es una protesta literaria contra una escritura que se dirige sólo a las últimas sensibilidades de exquisitas minorías.

  • Oscura noticia, (1944), menos unitario de tema que el anterior. Contiene poemas de muy distintas épocas; algunos pertenecen a los años anteriores a la guerra civil, y otros son posteriores a ésta. Libro también de raíz religiosa, contiene algunos de los más bellos sonetos que ha escrito su autor, como "Ciencia de amor" y "Oración por la belleza de una muchacha"

  • Hombre y Dios es el siguiente libro que publica en Málaga en 1955. Aquí no se trata de la búsqueda clamante de Dios, de su poder soberano, sino de la deuda del poeta -del hombre- a Dios, por todos los dones que le ha concedido. Y el hombre como creación de Dios, y colaborador activo de esa misma creación.

     Y junto a esa gratitud del poeta a quien le ha creado, otro tema capital del libro: la idea de que Dios se realiza en el hombre, de que éste es la ventana de Dios, quien contempla su propia creación a través de los ojos del hombre.

     En un libro más conceptual que el anterior y con versificación más regular. Considera al hombre el centro del mundo, ya que ha sido creado por Dios. De la relación entre Dios y los hombres y viceversa. Se siguen percibiendo rasgos de desarraigo; unamunianos y machadianos. El libro arranca del final de Hijos de la ira en donde se lee: "Ay, hijo de la ira / era mi canto. / Pero ya estoy mejor. / Tenía que cantar para sanarme." En efecto, en esta obra se produce un aumento de lo dulce, lo tierno y un cierto optimismo, olvidando la angustia de la bajeza de la vida que aparecía en el libro anterior. Por otro lado, hay una insistencia en que si uno de los elementos del binomio hombre-Dios desaparece, el otro también desaparecerá.

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