Fernando Contreras Castro nació en San Ramón, el 4 de enero de 1963






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Única Mirando al Mar

Ficha de autor

Fernando Contreras Castro nació en San Ramón, el 4 de enero de 1963.

Realizó estudios en la Universidad de Costa Rica, donde obtuvo los títulos de Bachiller en Filología Española y Máster en Literatura Española, maestría que concluyó con una tesis de investigación titulada "El hombre preliminar de la Mancha”, en la cual intenta una lectura de El Quijote, desde la filosofía de F. Nietzsche.
Desde 1990 labora en la Escuela de Humanidades de la Universidad de Costa Rica, en donde se desempeña como docente e investigador.

Novela

Única Mirando al Mar

A.B.C. Ediciones S.A., 1993. Primera edición.

Para mis abuelos:

Rafael Castro Piepper y Amparo Villegas de Castro, por tanto cariño y tantas anécdotas.
... Celso Coropa recogió en la palma de su mano un rayo de sol y suspiró:

-¡Hay veces que no me gusta la vida!...

Frente a él, había como una tortura de raíces y bejucos.

-… Y hay veces que sí, añadió.

Entre la tortura de raíces y bejucos había una flor.
Carlos Salazar Herrera.

De Cuentos de Angustias y Paisajes,

La Montaña.


Capítulo Primero
Más por la vieja costumbre que por cualquier principio ordenador del mundo, el sol comenzó a salir agarrado del filo de la colina, como en un último esfuerzo de montañista pendiendo sobre el abismo de la noche anterior.
El bostezo imperceptible de las moscas y el estirón de alas de la flota de zopilotes, no significaron novedad alguna para los buzos de la madrugada. Entre la llovizna persistente y los vapores de aquel mar sin devenir, los últimos camiones, ahora vacíos, se alejaban para comenzar otro día de recolección. Los buzos habían extraído varios cargamentos importantes de las profundidades de su mar muerto y antes de que los del turno del día llegaran a sumar sus brazadas, se apuraban a seleccionar sus presas para la venta en las distintas recicladoras de latas, botellas y papel, o en las fundidoras de metales más pesados.
Los buzos diurnos comenzaban a desperezarse, a abrir las puertas de sus tugurios edificados en los precarios de las playas reventadas del mar de los peces de aluminio reciclable. Los que vivían más lejos, se preparaban para subir la cuesta de arcilla fosilizada que contenía desde hacía ya veinte años el paradero de la mala conciencia de la ciudad.
Como fue al principio, y lo sería hasta el apocalíptico instante de su cierre, a eso de las seis de la mañana, los lepidópteros gigantes esperaban a sus operarios para comenzar a amontonar las ochocientas toneladas de basura que la ciudad desecha diariamente; como fue al principio, los operarios de los tractores se calentaban primero con un café con leche que servían de una botella de coca cola envuelta en una bolsa de cartón; después, a bordo de sus máquinas, emprendían la subida.
Salvo el descanso del almuerzo y el del café de la tarde, todo el día removían y amontonaban basura, como una marea artificial, de oeste a este, de adelante hacia atrás, con la vista fija en las palas, mientras las poderosas orugas vencían los espolones de plástico de las nuevas cargas que depositaban los camiones recolectores; de adelante hacia atrás, todo el día, como herederos del castigo de Sísifo sin haber ofendido a los dioses con ninguna astucia particular.
A las ocho de la mañana el sol ya alumbraba precariamente la podredumbre de algún octubre ahogado entre los nueve meses de lluvia anuales de la Suiza Centroamericana.
El Bacán, con sus cuatro o cinco años, esperaba sentado sobre los restos mortales de una cocina, encallados ahí desde hacía tanto tiempo que ya era casi inimaginable el basurero de Río Azul sin ellos. No muy lejos, los buzos trabajaban con el único horario posible en ese lugar: el flujo y reflujo de los camiones recolectores.
Mujeres de edades indescifrables a menudo, hombres y niños sin edad alguna rumiaban lo que la ciudad había dado ya por inservible, en busca de lo que el azar también hubiera tirado al basurero.
El Bacán esperaba aperezado en su cocina usual vigilando de cuando en cuando a una de las mujeres, tratando de distinguirla entre las demás compañeras de buceo; cada vez que se percataba, espantaba las moscas de su cara y sus brazos, mientras jugaba con un juguete hallado ahí mismo no hacía mucho tiempo, su juguete nuevo.
Algo brilló un instante entre lo negro de la basura e hizo que el niño dejara su lugar privilegiado y se internara un poco entre los desechos. El niño perdió de vista, el resplandor, por lo que tuvo que devolverse caminando hacia atrás hasta encontrarlo nuevamente. En ese juego estuvo largo rato, hasta que logró seguir el brillo fugaz que lo llevó hasta un objeto medio enterrado en la basura. Lo tomó por donde pudo y tiró de él. Algo casi redondo salió de entre la basura y se fue pareciendo a una manzana conforme El Bacán lo frotaba contra su camiseta. Era una manzana dorada, con una inscripción: "Paaaa-rr-ra llla mmmmás belllllla", "Para la más bella" leyó el niño comprendiendo a duras penas la frase.
La escondió bajo su ropa y regresó a su lugar. Pasó un par de horas repitiéndose la frase en voz alta sin que la belleza como concepto acabara de cuajar en su mente. Aquella frase no tenía ningún sentido posible más allá de unas cuantas palabras de las que usaba sueltas en su lenguaje cotidiano.
El niño se puso de pie guardando el equilibrio sobre sus piernas flacas, se afirmó lo mejor que pudo y lanzó la manzana hacia la basura de donde había salido. Como aspirada en un bostezo de la tierra, la manzana se hundió con su vocación frustrada.
La mujer que el niño esperaba, vio de lejos la escena y dejó su búsqueda para correr hacia el lugar donde creía haber visto caer el objeto dorado; pero ni su mejor esfuerzo, ni su vasta experiencia en el buceo de profundidad sirvieron para recuperar la cosa. Volvió la cara hacia el niño y lo miró con las cejas y los labios arqueados, como si aquel hecho intrascendente hubiera tensado en su rostro el arco de su desesperanza. El Bacán correspondió el gesto añadiéndole un subir y bajar de hombros que terminó de aclarar a la mujer que ni tirando al tiempo hacia atrás de los cabellos de la nuca podría saber de qué se trataba aquello que el niño había menospreciado sin criterio.
El niño, de inteligencia precoz, y Única Oconitrillo, maestra agregada, pensionada a la fuerza a sus cuarenta y pico de años, por esa costumbre que tiene la gente de botar lo que aún podría servir largo tiempo, formaban un binomio indisoluble. Ella lo adoptó y él a ella. Ella le enseñó a hablar, y él le imprimió un sentido a su vida.
A alturas de sus presumibles cuatro años ya Única le había enseñado a leer, y no le permitió bucear hasta casi sus diez años, cuando se percató de que, hacía tiempo ya, El Bacán buceaba a sus espaldas en busca exclusivamente de cualquier cosa qué leer, de octubre en octubre, o de nada en nada, entre las coordenadas de un tiempo, que de puro estar tirado ahí, también se venía pudriendo en vida, pasando vertiginosamente despacio, o lentamente apresurado, como abstrayendo a sus usuarios de la milenaria tradición de sentir que se le va a uno la vida entre las fauces de lo irremediable.
La luz del mediodía se filtró en las pestañas escasas de un viejo, y una figura difícil de determinar le dirigía palabras que no comprendía. El viejo se atrevió a abrir más sus ojos para dar cabida a la figura que se agitaba enfrente. Un pedazo de cartón le abanicaba precariamente la cara; unido al cartón, la mano que lo agitaba parecía sostener a la vez al cartón y a la mujer apenas un poco menos vieja que él, empeñada en hacerle sombra y librarlo de las moscas que ya se lo disputaban en medio de su alegato ininterrumpible de zumbidos. -Mucho gusto, Única Oconitrillo para servirle.
El hombre se incorporó y miró a la mujer. Él tenía esa cara de asombro de quien se ha dado por muerto y de pronto, sin previo aviso, se despierta para comprobar que aún no le había sido dado el beneficio de la muerte.
-Llevo por lo menos dos horas aquí sentada cuidando que no se lo almuercen las moscas ni los zopilotes, señor.
Al hombre aún se le hacía difícil entender las palabras; estaba quemado por el sol y confundía los humores fétidos del basurero con un ruido dentro de su cabeza. Única Oconitrillo le ayudó a levantarse y lo condujo hasta su tugurio, donde le ayudó también a despojarse de un poco de ropa de más que andaba encima y a bajarse poco a poco la fiebre para que sobreviviera en aquel Más Allá donde la muerte, por lo general prematura, acumula todo lo que la ciudad desecha.
Varias horas después, el hombre se sentía físicamente mejor. Única lo había cuidado casi todo el día, descuidando así sus labores de biorrecicladora; pero el hombre aún no hablaba, y no habló en los dos días siguientes, en los que se limitó a sentarse a la puerta del tugurio a contemplar los movimientos del basurero.
Al tercer día Única se desesperó:

-O me dice usted por lo menos cómo se llama, o yo no me hago más cargo de usted...
Logró atraer la mirada del hombre y no pudo evitar un sobrecogimiento al verlo a los ojos.
El hombre recordó su nombre y lo retuvo en su mente sólo un momento. Ese nombre ahora era el nombre de otro; sobre él había perdido ese nombre todas sus funciones clasificatorias capaces de distinguirlo de los demás costarricenses. Su número de cédula también bailó una danza de payasos con el número de su calle y el color de su casa, antes de hundirse para siempre en el basurero de su nostalgia.
El hombre ya no tenía nombre y la mujer le estaba exigiendo uno.
A cambio de tantas atenciones brindadas por la mujer buzo, el viejo trabajó duramente unos momentos en la fabricación de un nombre nuevo que se ajustara a lo que estaba comenzando a ser. De lo más oscuro de su mente y en analogía evidente con el basurero, el hombre elaboró un nombre extraño y grotesco para alguien que en otro tiempo se había reconocido en su rúbrica, y en sus apellidos había reconocido por lo menos durante sesenta y seis años su ascendencia familiar, pero que a Única Oconitrillo, por el contrario, no pareció irritar en lo más mínimo. El viejo se incorporó, respiró el omnipresente aliento fétido del basurero y dijo:

-Señora, me puede usted llamar Momboñombo Moñagallo, y si le intriga saber qué diablos estaba haciendo yo ahí tirado el jueves pasado, también se lo voy a decir. Señora, yo estaba ahí tirado entre la basura porque el jueves pasado, a eso de las siete de la mañana, a la hora que pasa el camión recolector, tomé la determinación de botarme a la basura. Me levanté de madrugada, acomodé todo en su lugar, ojeé por última vez las viejas fotografías de mi familia, le abrí la puerta de la jaula al canario, cerré mi casa, y ¡listo!, me boté al basurero. Me monté por mis propios pies al camión de la basura, y debía estar ya tan resuelto a ello que los señores recolectores ni me sintieron extraño; me trajeron hasta aquí y supongo que la hediondez del sitio sumada a mi estómago en ayunas dieron conmigo en el estado lamentable del que usted tan gentilmente me recogió.
Única Oconitrillo lo miraba largamente con un gesto bobalicón, sosteniéndose la mitad de la cara en la palma de la mano y al rato un '¡adió!' se le salió solo de la boca. Única comenzó a hablar sola:
-¡Eso es lo que yo siempre he dicho, siempre; vea, por ejemplo, este hombre está bueno bueno, ¡ah!, pero no, el desperdicio es tal que se tira a la basura cuando todavía se le puede sacar el jugo un buen rato más!...
Y siguió moliendo palabras entre sus dientes postizos hasta que Momboñombo Moñagallo la interrumpió para preguntarle si tendría por ahí una taza de café que le pudiera ofrecer.
Única le contestó lo que contestaba siempre:
-Sí hay, pero está sin hacer.
El Bacán había seguido de cerca la recuperación del hombre; realmente se alegró cuando supo su nombre y que hablaba; se alegró sobre todo porque el Oso Carmuco ya venía con los Santos Oleos a la casa de Única.
Momboñombo Moñagallo vio en la entrada del tugurio a un hombre vestido de sotana púrpura, con la Biblia bajo el brazo y unos frasquitos de vidrio en la mano. Única lo tranquilizó; despidió al Oso Carmuco y le explicó a su huésped de quién se trataba. El Oso Carmuco era un buzo más de los de abordo, pero un día se encontró entre los desperdicios una sotana púrpura en más o menos buen estado. Guardó la prenda en su tugurio hasta el día que se encontró a El Bacán leyendo una Biblia que también había ido a parar ahí, y lo interpretó como una señal. Se vistió con la sotana, tomó la Biblia y se ordenó sacerdote.
Ahora Momboñombo era el del gesto bobalicón en su cara. Vio cómo se alejaba el Oso Carmuco hacia el mar de las gaviotas negras y pensó en la ironía de que hasta Dios botara en aquel sitio lo que ya no le servía.
-Este es El Bacán, mi chiquito, le dijo Única. Momboñombo miró al joven y le calculó alrededor de veinte años. Era alto, flaco, de tez blanca ennegrecida por el sol y los vapores del basurero, de ojos verde oscuro, barba negra y una mirada a la vez dulce y preocupante en su gesto. El Bacán no era hijo de Única, ella lo había recogido, o más bien, se lo había encontrado ahí en el basurero hacía dieciocho años.
-Yo estaba sentada almorzándome una pizza fresquita que llegó en el camión de las once...
Única guardó la pizza en la bolsa del delantal que era parte de su indumentaria y corrió hacia el niño. Andaba solo y con tal aspecto de tranquilidad que Única no pudo creer que nadie lo estuviera cuidando. Lo tomó en brazos y le preguntó su nombre... el niño no hablaba aún pero le respondió "Bacán, Bacán"; y cuando le preguntó su edad, él le mostró dos deditos de su mano; desde entonces fue el hijo de Única, su hijo único, el niño que nadie supo cómo llegó al basurero y al que nadie reclamó nunca.
Momboñombo Moñagallo vio que el niño se había convertido inmediatamente en el sentido de la vida de Única Oconitrillo, aquella mujer que fue maestra agregada, es decir, de las que ejercieron sin título y que después de jubilada, la vida la llevó poco a poco al gran botadero de basura de la ciudad de San José, ubicado al sur en un barrio que, como ironía del destino, llevaba por nombre Río Azul.
Si alguna vez hubo un río en ese lugar y si fue azul, de ello sólo quedaba el mar muerto de mareas provocadas por los dos tractores que acomodaban de sol a sol las ochocientas toneladas diarias de basura que desecha la ciudad.
Desde lejos, no tan lejos, se veía la colina que contenía, en sus entrañas desgarradas a cielo abierto, el basurero. Al pie de la colina de tierra arcillosa, el acceso al basurero estaba restringido por una malla metálica que lo separaba de las vecindades rioazuleñas. La escuela del pueblo colindaba también con la malla, que no la protegía del hedor fétido del botadero, el cual era la atmósfera pegajosa que respiraba el pueblo entero y que respiraría para siempre aún después de clausurado el basurero, porque la sopa de los caldos añejos de toneladas de basura aplastando a toneladas de basura venía derramándose por el subsuelo desde el día de su inauguración, igual que una marea negra desbordada entre las grietas del cuerpo ulcerado de la tierra.
Hacia la noche, algunos buzos se recogían en el ranchito de Única a comer. Cada uno aportaba algo según su costumbre y Única lo administraba maternalmente.
Momboñombo aún tenía dificultades para comer, pero la convicción de ser ahora uno de ellos lo disciplinó poco a poco a no vomitar después de cada bocado.
Única se lo había presentado a la comunidad de los buzos, en un acto celebrado en medio de una gran indiferencia. Algunos lo saludaban desde entonces sin alzar la mirada, más preocupados por sus raciones que por el recién llegado. Unos buzos preferían comer con la mano, los demás comían con cubiertos que Única les repartía al inicio de la cena y recogía al final.
-Aquí llega de todo, don Momboñombo. Yo sola he ido recogiendo las cucharas, los tenedores, los cuchillos, los platos, todo, todo.
El Bacán interrumpió a Única con uno de sus acostumbradísimos discursos:
-La mesa se pone cuando se pone el sol y nosotros ponemos en la mesa lo que la gente despone de sus casas. ¿Verdad que se dice así, don Momboñombo?, porque yo he leído que se dice deponer, pero yo creo que está mal, que se debe decir desponer. Uno pone algo, y lo despone cuando lo quita, entonces lo que traen los camiones aquí al basurero es lo que la gente despone de sus casas; pero si se dice depone, entonces sí se puede decir que nosotros ponemos en la mesa lo que la gente depone en sus casas...

Momboñombo Moñagallo escuchaba al niño en silencio, sólo asintiendo con un gesto. Eso era lo que hasta entonces le había parecido extraño en él. El Bacán era aniñado, todo en él lo hacía parecer un niño, sus zapatos de goma, uno anaranjado en un pie y otro azul en el otro, los movimientos de sus manos, su mirada tierna... ¡EL Bacán era un niño!
Única le había enseñado a leer aprovechando su precocidad; a sus cuatro años ya leía y se le desató una pasión por la lectura que muy pronto se volvió incontrolable. El único problema fue que pronto Única no pudo explicarle el significado de los cientos de palabras que aprendía leyendo todo lo que cayera en sus manos, desde los periódicos que la gente desecha apenas las noticias han alcanzado el nivel de putrefacción de sus editoriales, hasta las revistas pomo pasadas de moda, los manuales de los electrodomésticos, los libros viejos, en fin, todo lo legible que cayera al basurero. El léxico de El Bacán estaba lleno de palabras tan incomprensibles para los buzos como para él mismo, aunque él hiciera un manejo tal de ellas que parecía comprenderlas hasta sus profundidades etimológicas; en realidad, no tenía ni la más remota idea de lo que significaban, pero eso no lo sabían los buzos, quienes lo tenían por algo así como un raro iluminado al que escuchaban con toda la poca atención a su haber.
Única había guardado siempre el secreto; ella supo desde el principio que su niño algo tenía que no lo dejaba madurar pero eso, lejos de desvelarla, parecía agradarle. Después de todo no era ningún problema para ella tener siempre a su lado a un niño de cinco o seis años, con breves atisbos de adolescente que se manifestaban de vez en cuando.
Después de la comida los buzos se retiraban a sus tugurios. Las noches del basurero, las que no eran abruptamente interrumpidas por la llegada de camiones recolectores en las temporadas altas de la basura, eran noches silenciosas y oscuras. Del límite del basurero hacia atrás quedaba la vegetación sobreviviente de la colina, donde se albergaban todos los insectos del mundo a chillar para darle al sueño de los buzos la tranquilidad de que algo vivo quedaba aún en aquel sitio.
Momboñombo Moñagallo, después de tres semanas de vivir en el botadero, aún tenía serias dificultades para dormir. El asma inseparable de los buzos lo había afectado. Los tres dormían en dos camas improvisadas donde Única Oconitrillo a veces parecía reventarse de la tos y El Bacán murmuraba enredos prelingüísticos de bebé. Él optó por dormir sentado para poder respirar, porque lo que jamás haría una tregua era aquel olor que despedía la indigestión eterna de la tierra atragantada de basura.
Momboñombo Moñagallo era nuevo en medio de todo aquello, por eso aún podía sentir el olor, pero sentía también cómo minuto tras minuto, el aliento caliente de la boca del basurero le iba quemando sus cualidades olfativas. Cada día era más incapaz de discernir entre los miles de miles de olores que constituyen el olor de la descomposición.
Él estaba dispuesto a superar lo que le quedaba de urbanidad para adaptarse a una vida que, por lo demás, tampoco había elegido. Su idea de botarse a la basura no estaba dirigida a convertir su vida en la de un buzo; sólo había sido una manera aparatosa de suicidarse. Sin embargo, la familiaridad en los cuidados de Única y la ternura con que El Bacán lo trataba, lo convencían poco a poco de que, a pesar de todo, aún era posible imprimirle un nuevo sentido a su vida. El identicidio había resultado mejor que el suicidio.
Había matado su identidad, se había desecho de su nombre, de la casa donde vivió solo años de años, de su cédula de identidad, de sus recuerdos, de todo; porque el día que se botó a la basura fue el último día que sus prestaciones le permitieron simular una vida de ciudadano.
No cultivó ninguna profesión y no aprendió un oficio.
Siempre fue guardia de construcciones y un tiempo lo fue en una finca cerca del mar hasta que, alrededor de sus cuarenta años, consiguió que la Biblioteca General contratara sus servicios de "Guachimán"... 'El vigilante'.
Desde entonces pasó sus noches entre los anaqueles del edificio, durmiendo de día y leyendo de noche para mantenerse despierto. Leyó todas las noches durante veintiséis años hasta que denunció una vez la práctica de vender libros a seis colones por tonelada, que la biblioteca estableció en contubernio con la DespishPaper, una fábrica privada de papel higiénico.
A Momboñombo le resultó tan indignante, que amenazó con denunciarlo a los periódicos.
-¡Lo que faltaba, que el papel donde se imprimieron las aspiraciones de la humanidad ahora se convierta en papel para escribir con el culo!
Entre los volúmenes destinados a tan innoble labor se fueron ediciones antiguas, pérdidas irreparables como registros del Cartago de finales de mil setecientos y literatura universal, seleccionada para su venta con criterios de cura y de barbero.
El vigilante denunció el hecho y perdió su trabajo. No tenía garantías sociales, por lo tanto no se sintió nunca un costarricense. No lo esperaba una pensión y las prestaciones sólo le alcanzaron para un par de meses; después envejeció, o más bien, se dio cuenta de que ya estaba lo suficientemente envejecido como para comenzar de nuevo.
Sesenta y seis años no son demasiados para nada, pero sesenta y seis años de privaciones son suficientes para hacer de un hombre un anciano.
Momboñombo Moñagallo comenzó a pasar necesidades, comenzó a agotar las arcas, a comer menos. A la manera de una inundación, el hombre vio cómo una ola se llevaba sus cosas de toda la vida a las compraventas, y cómo aún así resultaba cada vez más difícil conservar el ridículo monto de sus prestaciones. Primero vendió el televisor, después el radio, después las dos o tres pulseras de oro que le dejó su madre. Los muebles no los vendió porque nadie los habría comprado de puro inservibles que estaban. A alturas del mes de octubre se declaró en bancarrota; ese mes ya no pudo pagar el alquiler y don Alvaro, el dueño de la pocilga que había habitado el viejo por más de diez años, no se lo perdonó.
Antes de botarse a la basura, durante esos meses de angustia, el exguardia de la Biblioteca General comenzó a vagar por la ciudad con la lejana esperanza de encontrar algún trabajo. Para ese entonces ya él había leído tanto que hasta se le ocurrió presentarse al reclutamiento del ejército de maestros del Ministerio de Educación, pero apenas dijo que había sido guardia toda su vida, provocó un ataque de furia entre los empleados, quienes lo tomaron por un analfabeta y lo echaron a la calle. .

-Sí, yo habré sido guardia de construcciones toda la vida, y guardia de la biblioteca, pero lo que yo he leído, jovencitos, no lo leerían ustedes así los volvieran a parir cinco veces...
Ese desmerecimiento lo terminó de derrumbar.
Cuando llegó a su casa 'el cerdo de don Alvaro' lo estaba esperando en su automóvil verde oliva sin placas. El dueño comenzó a cobrar su tan merecido dinero, pero Momboñombo, que aún no sabía que llegaría a llamarse así, simplemente ni lo alzó a ver. Venía con el periódico bajo el brazo y en la mano una pequeña bolsa de alpiste para el canario, la última ración.
Octubre de mil novecientos noventa y dos, año del quinto centenario de la invasión de América, marcó el cierre de lo que Momboñombo Moñagallo había hecho por su vida. No planificó botarse a la basura, eso lo decidió más bien después de agotar todas las posibilidades de supervivencia de este mundo, cuando se dejó convencer de que ya no servía para nada.
En el basurero regía otro tiempo. Los horarios estaban determinados por la afluencia de los camiones recolectores, que al igual podían llegar a las seis de la mañana como a media noche o en la madrugada, de acuerdo con la oferta de basura de las calles de la ciudad. Pero sustraerse del tiempo aún resultaba difícil para Momboñombo que estaba acostumbrado a dormir de día y a vigilar de noche, y tuvo que plantearse seriamente su incorporación a las fuerzas vivas de la comunidad de los buzos, como mecanismo de supervivencia.
Lo primero que hizo fue desentrañar sus intestinos, porque no podía comenzar su cuarta semana en el basurero sin haberse desocupado de lo poco que lograba comer. Se sentó a darle su cuerpo la orden de resignarse a cagar cuclillas en algún sitio más o menos discreto del basurero; una cagada de antología, se apresuró a buscar nido: con los pantalones por los tobillos y recostado a un montículo de basura, Momboñombo Moñagallo sintió un alivio como pocos en su vida, claro no del todo discreto ni privado, porque por más que buscó un lugar distante, tantos buzos pasban por ahí y lo saludaban con el gesto de aprobación del puño cerrado y el pulgar levantado, que más bien parecía aquello un comité de apoyo.
El viejo optó por tomar la cosa a la ligera y terminó su labor en paz saludando también. Usó un papel higiénico “reciclado”. De vuelta en casa se ofreció a salir en busca de agua para preparar el almuerzo, porque, como decía Única, “sí había, pero estaba sin hacer”. Para ese efecto, los buzos de la comunidad compartían una pichinga con capacidad para varios litros y cada vez que hacía falta, uno de ellos iba en busca de agua, tarea cada día más difícil por la poca simpatía de que gozaban los buzos entre las comunidades vecinas, pero “…A nadie le falta Dios”, decía el Oso Carmuco cuanto volvía triunfante con la pichinga llena, y ese fue el consejo que le dio a Momboñombo cuando supo que él iría ese día por el precioso líquido.
Tres semanas de barba, la piel pegajosa y ennegrecida del contacto con la basura, el cabello impenetrable de polvo, una ausencia absoluta de desodorante y colonia y cuanto artificio urbano para la negación del cuerpo humano, fueron suficientes para hacer la búsqueda de agua un martirio. En los ojos de las personas era fácil adivinar el aspecto que lucía y la repulsión que provocaba, y no habría conseguido agua de no haberla tomado arbitrariamente en una estación de gasolina.

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