Tema vida, amor y muerte en la poesía de Miguel Hernández






descargar 231.1 Kb.
títuloTema vida, amor y muerte en la poesía de Miguel Hernández
página1/7
fecha de publicación01.09.2015
tamaño231.1 Kb.
tipoDocumentos
l.exam-10.com > Literatura > Documentos
  1   2   3   4   5   6   7
MIGUEL HERNÁNDEZ
TEMA 1.- Vida, amor y muerte en la poesía de Miguel Hernández
1.1.- Reflejo de la vida de Miguel Hernández en su trayectoria literaria
Si hay algo que caracteriza la poesía de Miguel Hernández es su vitalismo. En sus poemas la vida, la sangre, la pasión, la guerra, el amor… se presentan al lector en toda su intensidad, desbocados; esa pasión de la vida lleva inevitablemente a la presencia de la otra cara de la vida: la muerte. La cosmovisión de Miguel Hernández no separa vida de muerte, sino que considera a la muerte como un nombre más de la vida: “Escribí en el arenal / los tres nombres de la vida: / vida, muerte, amor.” (“Escribí en el arenal”. En ANEXO III)

Puede verse un proceso en su poesía, por el cual la vida pasa de ser una simple excusa para hacer una poesía muy elaborada (Perito en lunas), a convertirse en el tema central y llano, eliminando prácticamente la elaboración literaria en Cancionero y romancero de ausencias, libro donde la vida y la muerte toman el protagonismo absoluto a través de una expresión breve, sencilla, directa. Entre esos dos extremos, la vida y la muerte mantienen diferentes relaciones en El rayo que no cesa, Viento del puebloy El hombre acecha.
En Peritoenlunas, Miguel Hernández toma como materia poética lo exterior, los elementos naturales y cotidianos de su vida de pastor, pero pasados por sus fervorosas lecturas juveniles de los clásicos y por su deseo de adquirir una técnica poética que sublimara esas experiencias vitales vulgares. El proceso poético de Miguel Hernández le llevará hacia dentro, irá abandonando las lecturas y la contemplación de objetos externos como material poético ligado a la inteligencia, para derivar hacia su propia vida interior, su dolor, su amor, su pena, su vida y su muerte como material poético ligado a la emoción.

A partir de El rayo que no cesa, la vida es el gran problema que sobrecoge y estremece a nuestro poeta: la vida como problema existencial y la vida en general, el gran misterio de la vida en el mundo. Desde que Miguel conoce a su futura esposa, el amor se hace poesía, la vida de enamorado se convierte en materia de arte. Miguel Hernández toma su propia vida con todo su amor y dolor y lo transforma en poesía.

En este libro, la relación entre vida y muerte se realiza a través del sentimiento de lo trágico. La vida desbordante y sensual de amante insatisfecho y solitario muestra todo su poder convirtiéndose en “carnívoro cuchillo”, en “rayo que no cesa”, en “torrente de puñales”. La vida en su intensidad amorosa se convierte en muerte y amenaza, dando así ese tono trágico que caracteriza a esta obra y que se encarna a la perfección en el símbolo del toro: amor, vida y muerte. El toro es impulso amoroso constante, vida llena de pasión y virilidad, sangre del castigo y la certeza de la muerte. La plenitud vital que manifiesta el toro en su agonía procede de la inminencia de su muerte, y esa unión de vida y muerte es la que interesó a Miguel Hernández y la que concentra todo el sentido trágico de amor, vida y muerte que ofrece El rayo que no cesa: “Como el toro he nacido para el luto / y el dolor, como el toro estoy marcado / por un hierro infernal en el costado / y por varón en la ingle por un fruto.” (En ANEXO III)
1.2.- Distintas manifestaciones del amor en su obra
Pese a que algunos estudios sobre la obra de Miguel Hernández suelen enfocar el tema amoroso desde una perspectiva esencialmente biográfica, aquí nos centraremos en tratar de explicar los diferentes aspectos literarios que este tema, central en su obra poética, va adquiriendo a lo largo de sus libros. No obstante, antes de entrar en la materia puramente literaria, realizaremos un pequeño inciso biográfico. No se trata de averiguar con cuántas mujeres estuvo Miguel Hernández, o de si determinado poema está dedicado a tal o cual mujer en concreto, sino de entender la evolución de la visión del amor que el poeta oriolano va dejando ver en sus poemas: desde el amor espiritual y el sentimiento de culpa ante el deseo carnal, hasta un concepto del amor puramente terrenal, telúrico y a la vez cósmico, que se materializa en la esposa y el hijo, pasando por un amor doloroso y trágico dominado por la ausencia y el rechazo.

El amor antes de El rayo que no cesa: El silbo vulnerado
Para entender esta evolución es muy importante tener en cuenta la adolescencia católica de Miguel Hernández. Sus primeros años de juventud estuvieron dominados por una visión religiosa de la vida y la literatura, pues su mentor literario en estos años fue el joven Ramón Sijé, de ideología radicalmente católica. Miguel Hernández deja ver la huella de esta doctrina católica en toda su poesía anterior a El silbo vulnerado, una colección de poemas amorosos escritos en 1934 y que suponen la base de lo que luego será El rayo que no cesa. Unos versos del poema “El silvo de la llaga perfecta”, escrito en las mismas fechas de El silbo vulnerado, muestra claramente esta influencia: “Abre, Amor mío, abre / la puerta de mi sangre. // Abre, para que salgan / todas las malas ansias.// Abre, para que huyan / las intenciones turbias. // Abre, para que sean / fuentes puras mis venas…”

En El silbo vulnerado el amor aparece indisolublemente unido al dolor. Se trata de un dolor contenido e intenso, sin grandes exclamaciones o gritos de desesperación: es un dolor trágico, porque inevitablemente conduce al dolor. Este dolor proviene muchas veces de la ausencia o el rechazo de la amada, pero también forma parte de su carácter trágico la influencia religiosa antes mencionada. Por ello, el amor se valora muchas veces de forma negativa, como algo pecaminoso que impulsa un sentimiento de culpabilidad y rechazo ante el deseo erótico: “Dolor del mundo de criaturas lleno; / dolor del Dios y de la carne esta,/ que me tendrá en un ay toda la vida.” (Último terceto del soneto “AY-eterno”. En ANEXO III)

No solo su fe católica, sino también sus lecturas influyen en la concepción del amor que se desarrolla en El silbo vulnerado. Puede advertirse la influencia de la literatura mística, con su espiritualización del sentimiento amoroso; el pensamiento ascético renacentista y barroco que oprime la carne y sus impulsos y, por supuesto, los tópicos del amor-dolor de la poesía petrarquista y la poesía pastoril de Garcilaso de la Vega: “Una interior cadena de suspiros / al cuello llevo crudamente echada, / y en cada ojo, en cada mano, en cada / labio dos riendas fuertes como tiros.” (Primer cuarteto del soneto “Una interior cadena de suspiros”.)
El amor en El rayo que no cesa.
Las circunstancias biográficas en torno al tema del amor en El rayo que no cesa son muy interesantes y ayudarán a entender el cambio de perspectiva y de tono que rodea al tema amoroso en esta obra.

Por un lado, el libro está escrito entre 1934 y 1935, época en que el joven Miguel Hernández sale de su pueblo para vivir en Madrid. Este cambio de ciudad significa también un alejamiento del ambiente tradicional, conservador y religioso de Orihuela y de la influencia católica de Ramón Sijé. Miguel Hernández, imbuido en el espíritu de libertad de la Segunda República, empieza a desarrollar una idea del amor mucho más vital, que sitúa al cuerpo, a la tierra, al hombre y a la mujer en el centro de un pensamiento en el que el sentido del pecado y de la culpa va desapareciendo. Esto hace que el tema del amor en esta obra se una al deseo erótico como fuerza terrenal a la que el hombre debe someterse, un hombre que también es tierra, barro (“Me llamo barro aunque Miguel me llame”. En ANEXO III)

Por otro lado, esta estancia en Madrid supone también la ausencia de la amada, de su novia del pueblo, Josefina Manresa, a la que dedica el libro (“A ti sola, en cumplimiento de una promesa que habrás olvidado como si fuera tuya”). Esta ausencia, así como una ruptura que duró hasta 1936, un poco antes de la publicación del libro, hacen que el tema del amor en El rayo que no cesa esté continuamente asociado a “la pena”: es un amor trágico, doloroso, marcado por la ausencia. (Podríamos destacar, como ejemplo, el poema ”Umbrío por la pena, casi bruno”, que aparece en el ANEXO III)

Junto a estos elementos biográficos, no podemos olvidar que hablamos de literatura y en la obra se deja ver también la influencia de toda una rica tradición poética amorosa. Por un lado, de Garcilaso de la Vega y de Quevedo, en los que la pena y el amor se unen (como en este libro de Miguel Hernández) de forma indisoluble y se expresan a través del soneto. Por otro lado, al orientarse hacia un lenguaje más visceral, hacia una metáfora más violenta y apasionada, se puede notar la influencia de dos poetas a los que frecuentaba en Madrid: Pablo Neruda y Vicente Aleixandre, en los que el amor es pasión de la tierra y el cosmos, potencia elemental y primaria de la vida, erotismo más allá de las convenciones morales.

Por tanto, puede decirse que en El rayo que no cesa, la concepción del amor se realiza desde un sentido sensual y trágico. Inspirado a la vez en la ausencia de la amada, y por la imposibilidad de consumar físicamente su amor, lo platónico y lo espiritual del tema amoroso se convierte aquí en violenta expresión telúrica, llamada de la carne y de la tierra que se asocia con la pena y con la muerte. Por otro lado, en varios poemas del libro, encontramos una dualidad entre la pureza de la amada y la “suciedad” del yo poético. Esto parece una herencia todavía de su católico sentimiento de culpa ante lo erótico; sin embargo, este se va transformando ya en una aceptación de lo terrenal, en una reivindicación que rechaza el pecado y la culpa: la mujer es castidad, pureza y blancura (te me mueres de casta y de sencilla) y el enamorado ya no rechaza sus sentimientos impuros, como en libros anteriores, para espiritualizar el amor, sino que establece un combate. Este contraste puede llevar a la pena por el deseo insatisfecho, como ocurre en el poema “Me tiraste un limón…” (Que aparece en ANEXO III), donde la inocencia de la mujer provoca que el deseo del enamorado se convierta en pena (“se me durmió la sangre en la camisa, / y se volvió el poroso y áureo pecho /una picuda y deslumbrante pena”), o bien puede convertirse en amenaza y clara reivindicación de lo terrenal como en “Me llamo barro aunque Miguel me llame” (En ANEXO III), donde el enamorado, transformado en barro indigno del pie de la amada, pasa de ese autodesprecio heredado del amor cortés a una advertencia llena de pasión terrenal: “Teme que el barro crezca en un momento, /teme que crezca y suba y cubra tierna, / tierna y celosamente / tu tobillo de junco, mi tormento, / teme que inunde el nardo de tu pierna / y crezca más y ascienda hasta tu frente. (…) Teme un asalto de ofendida espuma / y teme un amoroso cataclismo. // Antes que la sequía lo consuma / el barro ha de volverte de lo mismo.”
El tema amoroso en esta obra es extraordinariamente complejo y viene marcado por una serie de símbolos en los que reposa un sentido mucho más profundo que ningún resumen puede abarcar.
El amor en Cancionero y romancero de ausencias.
Los libros Viento del pueblo y El hombre acecha no tratan apenas el tema amoroso, por ser dos poemarios de guerra. Sin embargo, la visión del amor hacia la que evoluciona Miguel Hernández encuentra su culminación en su último libro: Cancionero y romancero de ausencias.

La visión del amor es ahora totalmente física y corporal. Nada queda de ese catolicismo del pecado y la culpa asociados al cuerpo y al deseo. Al contrario: el amor se erige en religión más allá de lo espiritual. El amor se convierte en sentido de la vida, en resumen de la vida y la muerte, en la clave central (“Con tres heridas yo: / la de la vida, / la de la muerte, / la del amor.”).

El hecho de que el amor se asocie ahora a lo corporal y terrenal no quiere decir que se vulgarice o se reduzca a una función fisiológica. El amor se convierte en fuerza motriz del mundo: el hombre y la mujer, sus cuerpos, son elementos centrales. Así, el acto de amor, ahondado en su sentido por el poeta y visionario, se convierte en un acontecimiento de raíces telúricas y trascendencia cósmica. El hombre se agiganta hasta llenar los espacios y dar sentido al universo que, por su parte, pide y exige el amor por medio de sus fuerzas más hondas y misteriosas: sombras, noche, luna, astros.

Este carácter que une lo cósmico a lo físico-erótico puede verse en el poema que M.Hernández dedica al vientre de su amada-esposa (“Orillas de tu vientre”, en ANEXO III) dondeel amor se centra en las figuras de la esposa, del vientre y del hijo. Abandona ya la exploración en soledad de lo que el amor suponía en su subjetividad(como vimos en El rayo que no cesa). Ahora no es él, el enamorado, el protagonista del amor. Es simplemente un elemento más en el cosmos amoroso, un esposo de su esposa, un padre para el hijo, una parte dentro del elemento amoroso que el cosmos pide al hombre (“En ti nos acoplamos como dos eslabones, / tú poseedora y yo. Y así somos cadena: /mortalmente abrazados.”).

El enamorado se convierte, no en toro que sufre la soledad y el rechazo, sino en el poeta que canta al vientre de su esposa, que canta al acto amoroso entendido como origen del universo, que canta a los cuerpos que engendran una nueva vida en el hijo.
1.3.- Concepto de muerte en su poesía
En El rayo que no cesa la muerte aparece (al margen del amor) en la “Elegía” (en ANEXO III) que escribió a la muerte de su amigo Ramón Sijé. En este poema, la muerte se muestra como algo completamente ajeno y brutal (“Un manotazo duro, un golpe helado, / un hachazo invisible y homicida…”) que le arrebata a su amigo. Como en el amor, el protagonista absoluto de este libro es el “yo” del poeta, por lo que aquí, al hablar de la muerte de su amigo, se centra también en sus sentimientos, en su dolor (“No hay extensión más grande que mi herida, / lloro mi desventura y sus conjuros / y siento más tu muerte que mi vida”). La vida, la muerte, la tierra, cuya unión veremos aparecer cada vez más en sus siguientes libros, ya muestran aquí su identidad, aunque en este caso de forma negativa, como un bloque enfrentado al poeta, que se queda fuera de ese cosmos duro e insensible: “No perdono a la muerte enamorada, / no perdono a la muerte desatenta, / no perdono a la tierra ni a la nada.”
Con Viento del pueblo la vida sigue siendo la protagonista de la poesía de Miguel Hernández y, puesto que su vida ahora es la defensa de la República frente al golpe de estado franquista, este será un libro de guerra. El protagonismo del “yo” que caracterizaba a El rayo que no cesa desaparece. También la compleja elaboración literaria de Perito en lunas. Se trata ahora de una poesía puesta al servicio de una causa: la defensa de la República.

Puesto que es un libro de guerra, escrito durante la contienda y con el fin de animar a los soldados, es una obra donde la vida y la muerte están continuamente presentes. La muerte es algo cotidiano, que sucede a cada momento. Pero ya no se considera como en la “Elegía a Ramón Sijé” desde un punto de vista exclusivamente subjetivo, sino que empieza ya Miguel Hernández a incluirla en un sentido cósmico y panteísta. La tierra entera, la naturaleza, los astros, las piedras, son una unidad con el hombre que lucha por la libertad. La guerra es planteada por el poeta en un sentido absoluto y épico, y la muerte se presenta, en este sentido, de diversas maneras que coinciden todas ellas en la exaltación final de la vida y de la lucha por la libertad.

Así, en algunas ocasiones encontramos la muerte como acto heroico, que ha de asumirse con naturalidad y con orgullo de héroey con una actitud altiva que exalta, en la muerte del guerrero, la vida misma en todo su esplendor, como se ve en el poema que da título al libro y que aperace en el ANEXO III).

Puesto que la guerra se caracteriza por la negación de la individualidad en favor de una idea o causa común, que está por encima de las personas como individuos aislados, también encontramos que la muerte de un guerrero, de un compañero de lucha, se niega como un fin absoluto. El compañero caído sigue vivo en la contienda, en la leyenda, en lo heroico. Así ocurre en la “Elegía segunda” dedicada a la muerte de Pablo de la Torriente: “No temáis que se extinga su sangre sin objeto, / porque este es de los muertos que crecen y se agrandan / aunque el tiempo devaste su gigante esqueleto.”

Lo más característico en la visión vida-muerte que nos ofrece este libro de guerra es la configuración de lo cósmico y natural en la concepción del mundo de Miguel Hernández. Al encontrarse inmerso en lo colectivo de la guerra y renunciar a su subjetividad, el mundo aparece como un todo, la vida es una plenitud dentro de la que el hombre es un elemento más junto a las piedras, los árboles, los astros. Este nuevo panteísmo se aplica a la muerte, como ocurre en la “Elegía primera” (en ANEXO III) dedicada a Federico García Lorca. Aquí el cadáver de Lorca se convierte en abono, en ciclo eterno de la vida a través de lo vegetal. La muerte del poeta no es indiferente, la conexión con el mundo hace que todo se estremezca y se conmueva: “Muere un poeta y la creación se siente / herida y moribunda en las entrañas. / Un cósmico temblor de escalofríos / mueve temiblemente las montañas, / un resplandor de muerte la matriz de los ríos.”

Pero todas estas facetas con que Miguel Hernández presenta la muerte no pueden entenderse sin ese cambio operado en su visión de la vida. La exaltación vital que opera en este libro no puede atribuirse solo al hecho de ser un libro de trinchera cuya misión es mantener alta la moral de la tropa y lanzarla al combate. Si bien esto es cierto, es necesario observar también la forma en que el poeta consigue esa exaltación.

Lo más destacado es la integración del hombre en la naturaleza y en la vida entendida como algo más allá de la subjetividad individual. El hombre es parte del cosmos, de los grandes ciclos astrales y naturales. Las manos, el sudor, la sangre, el trabajo, la tierra…son una misma cosa. Esta elementalidad es la vida para Miguel Hernández, y no las convenciones sociales, religiosas o económicas: “Andaluces de Jaén, /aceituneros altivos, /decidme en el alma: ¿quién, / quién levantó los olivos?// No los levantó la nada, / ni el dinero, ni el señor, / sino la tierra callada, / el trabajo y el sudor. // Unidos al agua pura / y a los planetas unidos, / los tres dieron la hermosura / de los troncos retorcidos.” (“Aceituneros”. En ANEXO III)

Pero no todos los hombres enran en ese vitalismo panteísta. Solo los humildes y los que luchan por la libertad, solo los campesinos que están en contacto puro con la tierra. El vitalismo de Miguel Hernández convierte lo político de la guerra en una cuestión vital y elemental: la lucha de la naturaleza y la vida auténtica contra inautenticidad de los hombres que niegan ese vitalismo, que le ponen límites jurídicos, religiosos, que lo explotan económicamente. Este enfrentamiento político-vital se da especialmente en los poemas “Las manos” y “El sudor”: “Los que no habéis sudado jamás, los que andáis yertos / en el ocio sin brazos, sin música, sin poros, / no usaréis la corona de los poros abiertos / ni el poder de los toros.”
Con El hombre acecha ese panteísmo vital que caracterizaba la poesía de lucha de Viento del pueblo cambia su signo aunque mantiene esencialmente el mismo concepto telúrico y cósmico unido a lo humano. Pero mientras que antes se trataba de un vitalismo optimista y heroico, en este libro en que la derrota de la guerra ya se siente cercana, se torna en un panteísmo oscuro de la muerte.

La muerte lo llena todo, el mundo se oscurece y se hace frío. La presencia constante de la muerte separa incluso al hombre de la naturaleza. La unión que hemos visto antes entre el hombre y la naturaleza a través de los olivos se vuelve ahora, con la inminencia de la derrota, en separación: “¡Qué abismo entre el olivo / y el hombre se descubre! (…) Hoy el amor es muerte, / y el hombre acecha al hombre.” (“Canción primera”)

Puesto que sigue siendo este un libro de guerra, se mantienen temas asociados a la vida-muerte del libro anterior. Los enemigos del pueblo siguen caracterizándose aquí por su inautenticidad, por alejarse de ese vitalismo que caracteriza al trabajador, como se hace evidente en “Los hombres viejos”: La vida es otra cosa, sucios señores míos, / más clara, menos turbia de folios, de oficinas.(…)Nunca fuisteis muchachos, y queréis que persista / un mundo aparatoso de cartón estirado”.

Ante este triunfo de la muerte, de lo inauténtico, la plenitud heroica de la vida y del guerrero del libro anterior va desapareciendo y dejando paso a una visión más trágica, en la que el hambre, el frío, las cárceles, los heridos de guerra van llenando de oscuridad y pesimismo el vitalismo de Miguel Hernández. Sin embargo, aunque tocado con un tono más sombrío y menos exaltado, el panteísmo persiste, la vida del hombre se entiende y se justifica, incluso en esta situación de pérdida y oscuridad, en la totalidad de la naturaleza. De hecho, a la hora de exaltar a la patria, a España, el poeta recurre a esa unión telúrica de hombre y tierra que, ante la inminencia de la derrota, se convierte en refugio, en unión de vivos y muertos más allá de la vida y de la muerte, de la victoria o la derrota. Así lo vemos en “Madre España” (en ANEXO III): “Abrazado a tu cuerpo como el tronco a su tierra, / con todas las raíces y todos los corajes, / ¿quién me separará, me arrancará de ti, / madre? // Abrazado a tu vientre, ¿quién me lo quitará, / si su fondo titánico da principio a mi carne?/ Abrazado a tu vientre, que es mi perpetua casa, / ¡nadie! // Madre: abismo de siempre, tierra de siempre: entrañas / donde desembocando se unen todas las sangres: /donde todos los huesos caídos se levantan: / madre.”
En Cancionero y romancero de ausencias encontramos que la vida y la poesía se confunden definitivamente. Acabada ya la guerra, encerrado en una cárcel lejos de su mujer y su hijo, Miguel Hernández usa la poesía como un medio a través del cual la vida se transforma en palabra de una forma sencilla, sin retórica, sin ninguna intención más allá de la simple expresión de sus sentimientos vitales más íntimos.

Ahora encontramos la muerte más cercana que nunca y ya sin el sentido heroico de la guerra. La muerte le alcanza primero en la muerte de su primer hijo, con solo diez meses de vida; pero está también presente en la cárcel, como futuro inminente, como condena de muerte, como suerte de todos sus compañeros cercanos y lejanos: “El cementerio está cerca / de donde tú y yo dormimos”(“El cementerio está cerca”. En ANEXO III).

La cercanía de la muerte se expresa sin dramatismo, con cotidianeidad. En unas ocasiones, la muerte se asocia al “yo” del poeta y entonces el hondo pensamiento de la vida y la muerte adopta la forma clásica de la brevedad de la vida que acerca a Hernández a Manrique, Quevedo o Calderón: “Mañana no seré yo: / otro será el verdadero. / Y no seré más allá / de quien quiera su recuerdo.” (de “El sol, la rosa y el niño”)

Otras muchas veces la muerte presente es la de su hijo. En estos casos el dramatismo del poema es mayor, pues se orienta o bien a expresar la ausencia y los sentimientos que dicha muerte dejan en el “yo” del poeta (Mi casa es un ataúd. (…) En mi casa falta un cuerpo. / Dos en nuestra casa sobran.” –“Era un hoyo no muy hondo”), o bien introduce la muerte del hijo en la cosmovisión panteísta característica del poeta (“Te ha devorado el sol, rival único y hondo / y la remota sombra que te lanzó encendido; / te empuja luz abajo llevándote hasta el fondo, / tragándote; y es como si no hubieras nacido.” –“A mi hijo”. EN ANEXO III).

El poeta no busca la superación de la muerte en un mundo trascendente, sino en el amor conyugal, que obtiene dimensiones y trascendencia cósmica, y en el hijo, que perpetuará a los padres hasta la eternidad. El amor vuelve a unirse a los temas de la vida y de la muerte, el amor supera la muerte, la fecunda en el hijo y en el ciclo carnal de la vida: “Pero no moriremos. Fue tan cálidamente / consumada la vida como el sol, su mirada. / No es posible perdernos. Somos plena simiente. / Y la muerte ha quedado, con los dos, fecundada.” (“Muerte nupcial”. En ANEXO III).

  1   2   3   4   5   6   7

Añadir el documento a tu blog o sitio web

similar:

Tema vida, amor y muerte en la poesía de Miguel Hernández iconVida y muerte en la poesía de miguel hernández

Tema vida, amor y muerte en la poesía de Miguel Hernández iconLa vida y la muerte en la poesía de miguel hernández
«¿No cesará este rayo que me habita?», p. 160] o “un carnívoro cuchillo de ala dulce y homicida” [«Un carnívoro cuchillo», p. 159,]....

Tema vida, amor y muerte en la poesía de Miguel Hernández icon2. el amor en la vida de miguel hernández

Tema vida, amor y muerte en la poesía de Miguel Hernández iconEl amor en la poesía de Miguel Hernández

Tema vida, amor y muerte en la poesía de Miguel Hernández iconVida, amor y muerte en la poesía de mh

Tema vida, amor y muerte en la poesía de Miguel Hernández iconMiguel hernández
«Miguel Hernández es el autor-guía para moverse en el laberinto que va de la pureza a la revolución, y, por tanto, entender el proceso...

Tema vida, amor y muerte en la poesía de Miguel Hernández iconMiguel hernandez. Vida

Tema vida, amor y muerte en la poesía de Miguel Hernández iconImágenes y símbolos en la poesía de Miguel Hernández

Tema vida, amor y muerte en la poesía de Miguel Hernández iconIMÁgenes y símbolos en la poesía de miguel hernández

Tema vida, amor y muerte en la poesía de Miguel Hernández iconIMÁgenes y símbolos en la poesia de miguel hernández






© 2015
contactos
l.exam-10.com