2 La década de los 40: poesía arraigada y poesía desarraigada






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10. La poesía de 1939 a finales del siglo XX. Tendencias, autores y obras principales
1 El exilio


Durante los primeros años de postguerra, entre los autores exiliados predominaron los ataques amargos contra los vencedores, la ideología nacional-católica y la situación del país, con tonos agresivos y lastimeros. Más tarde, la obra de todos ellos toma, en su conjunto, una dirección más personal y reflexiva en la que el recuerdo de España se evoca con nostalgia y gran emoción. Aparte de los exiliados de la generación del 27, cabría destacar a León Felipe, con obras como Español del éxodo y del llanto o Ganarás la luz, en las que el poeta se torna en una especie de profeta que combate contra la España vencedora.

2 La década de los 40: poesía arraigada y poesía desarraigada:
En la década de los 40, recién acabada la Guerra Civil, la brecha entre los dos bandos es todavía muy patente y dolorosa, y podemos distinguir dos posturas diferenciadas.
La poesía arraigada:

En primer lugar, la de los poetas falangistas como Luis Rosales con La casa encendida y Leopoldo Panero con Escrito a cada instante, que cultivaron una poesía nacionalista y heroica de carácter optimista, enraizada en la religiosidad y el casticismo, motivo por el que se les conoce como los poetas arraigados. En esta misma línea siguen los poetas de la “Juventud Creadora” o garcilasistas como José́ García Nieto en Del campo y soledad, con una poesía amorosa que vuelve a las formas renacentistas, sobre todo el soneto.
La poesía desarraigada:

En segundo lugar, encontramos a los poetas desarraigados: eran un grupo angustiado por la situación de posguerra, formado por Eugenio G. de Nora (Cantos al destino), José Luis Hidalgo (Los muertos) y Carlos Bousoño (Primavera de la muerte). Dámaso Alonso, miembro de la Generación del 27, evoluciona a esta poesía con su obra Hijos de la ira en la que encontramos un lenguaje desgarrado. También a Vicente Aleixandre, con Sombra del paraíso, se le puede enmarcar en esta corriente.
Otras corrientes: el Postismo y el grupo Cántico

En un intento de continuar con la lírica de preguerra surgió el Postismo, movimiento que buscaba ser resultado de todas las vanguardias literarias que le habían precedido. Encabezado por Carlos Edmundo de Ory y su obra Melos melancolía, buscaba jugar con la lógica racional produciendo un retorno al surrealismo. Por otro lado, el Grupo Cántico, con Ricardo Molina (Elegías en Sandua) y Pablo García Baena (Rumor oculto), pretendía una estética purista y neorromántica.
3 La década de los 50: la poesía social
En la década de los 50, la poesía deja de ser egocéntrica y adopta una actitud de denuncia y testimonio de la injusticia, empleando un lenguaje llano y claro. Se convierte en un instrumento de acción política y social. Uno de los principales exponentes es Gabriel Celaya con Cantos iberos. Blas de Otero parte de la preocupación religiosa y existencial, pasa por una poesía social y finaliza con una actitud intimista e irracionalista. Su obra Ancia trata de la indiferencia de Dios ante el dolor humano y muestra la angustia con contundencia verbal. Pido la paz y la palabra y En castellano son obras en contra del sufrimiento que muestran un espíritu combativo en un estilo coloquial y de verso libre. José Hierro es un poeta difícilmente clasificable: escribe en un principio Con las piedras, con el viento mostrando una angustia íntima, pero ese mismo sentimiento luego se colectiviza y vuelve más social en Quinta del 42.
4 La década de los 60


La poesía social fracasó a comienzo de los 60, porque no llegó a la inmensa mayoría y porque su forma de realismo y denuncia se agotó rápidamente. Y es que la poesía no podía cambiar la sociedad si esta no cambiaba previamente. En los 60, por tanto, surgió un grupo de poetas que trataron con distancia y escepticismo su experiencia individual. Se trata de la llamada generación de los 50, otras veces también llamada promoción de los 60. La poesía será ahora una vía de indagación moral, un modo de conocer el mundo, con mayor voluntad de estilo y mayor cuidado del lenguaje, y una vuelta a temas clásicos como el amor, la amistad, y la autobiografía moral. Entienden la poesía como método de conocimiento de la realidad humana y no como comunicación. Introducen la ironía en los temas sociales, y para distanciarse de lo excesivamente sentimental, y usan a menudo un lenguaje coloquial. Y todo esto dará lugar más tarde a la llamada poesía de la experiencia.

Ángel González, con su tono irónico y pesimista evolucionó a la metapoesía en libros como Áspero mundo. Palabra sobre palabra abre un paréntesis amoroso. Una escritura más imaginativa y lúdica es la que emplea en Breves acotaciones para una biografía, de cuya ironía surge la parodia y el humor. Por otro lado, Claudio Rodríguez y su teoría del conocimiento del mundo hicieron manifestar el aprecio a la realidad que envuelve el vivir. Celebra la capacidad de nombrar una naturaleza que es armónica en Don de la ebriedad, embriaguez que se supera en Conjuros, de tono simbolista. Jaime Gil de Biedma escribió Las personas del verbo, sobre su experiencia vital tratada con distancia. En Poemas póstumos muestra un resentimiento contra la propia vida. José Ángel Valente escribe una poesía del silencio, de un simbolismo depuradísimo, en La memoria y los signos.

5 Los novísimos
Una vez superada la poesía social, que no indagaba en nuevas soluciones estéticas, los poetas apostaron a finales de los 60 por la experimentación. José Mª Castellet, en su antología Los nueve novísimos, publicó a los poetas más importantes del momento. Entre otros, aparecen Manuel Vázquez Montalbán, Félix de Azúa, Pere Gimferrer o Leopoldo María Panero (hijo del Leopoldo Panero de la poesía arraigada). Los novísimos cultivan una métrica tradicional y, al mismo tiempo, exploran nuevos aspectos formales. Se tiende al juego lingüístico y a la frivolidad. Se recuperan el exotismo, la huida de la realidad y el refinamiento modernistas. En resumen, la poesía no es compromiso, sino arte. Emplean recursos como el prosaísmo y la ironía, reflejan la influencia del cine, de la música pop y de los medios de comunicación y buscan un lenguaje poético de procedencia, a veces, surrealista. Pere Gimferrer publicó el primer libro y más emblemático: Arde el mar. Luis Alberto de Cuenca pasó del culturalismo inicial a una poesía intimista y narrativa. Ha recogido su obra en Los mundos y los días. Guillermo Carnero escribió Dibujo de la muerte y Antonio Carvajal, Tigres en el jardín.

El culturalismo y experimentalismo que perduran en la obra de un poeta como José Miguel Ullán se han ido depurando hasta el decidido entronque de muchos poetas con la tradición clásica. Así sucede con Luis Antonio de Villena y Antonio Colinas. En la línea de la búsqueda de la pureza poética se situaría la “poesía del silencio” de Jaime Siles o de Andrés Sánchez Robayna, y en la de la independencia y la ironía, Antonio Martínez Sarrión.
6 De los años 80 hasta hoy
Durante los años 80, sin que se advierta una ruptura estética con la poesía precedente, sí se aprecia el gusto por el intimismo, la vuelta decidida a las formas clásicas, la utilización del humor y de la parodia y la referencia a la experiencia individual que puede ser compartida por los lectores. En esta sensibilidad común, que ha venido en denominarse poesía de la experiencia, conviven tendencias poéticas y autores a veces muy disímiles como Miguel d’Ors, Justo Navarro, César Antonio Molina Felipe Benítez Reyes o Luis García Montero. Este último se dio a conocer con El jardín extranjero, aunque su libro fundamental es Habitaciones separadas.

Los poetas más jóvenes parecen tener en común, a finales del siglo XX y principios del XXI, un acentuado pesimismo existencial que en muchos casos llega a un absoluto nihilismo. Almudena Guzmán se mueve en el ámbito del realismo con una obra de carácter confesional, Estoy ausente. Blanca Andreu sorprendió con el surrealismo en De una niña de provincias que se vino a vivir en un Chagall. También irracionalista, aunque más moderado, era el lenguaje de la poeta Luisa Castro. En sus últimos libros, como Amor, mi señor, opta por un registro lingüístico más realista.


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