1 Características literarias






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TEMA 15:

LA GENERACIÓN DEL 27: CARACTERÍSTICAS. AUTORES Y OBRAS PRINCIPALES

  1. La generación del 27: definición y características generales

    1. Definición

Con el nombre de generación del 27 o, más exactamente, grupo poético del 27, se denomina a una serie de poetas que, asimilando la rica tradición literaria española e imbuidos por las nuevas corrientes de vanguardia, llegó a ser la más brillante promoción de la literatura española del siglo XX. El grupo está formado por escritores que publican sus obras más representativas entre 1920 y 1935, y que se reúnen en torno a la Residencia de Estudiantes de Madrid y al Centro de Estudios Históricos. Sus componentes son: Pedro Salinas, Jorge Guillén, Gerardo Diego, Vicente Aleixandre, Luis Cernuda, Dámaso Alonso, Rafael Alberti, Federico García Lorca, Manuel Altolaguirre y Emilio Prados.
El nombre surge a raíz de su participación en el tercer centenario de la muerte de Góngora, que tuvo lugar en el Ateneo de Sevilla en 1927. La conmemoración supuso el definitivo descubrimiento de la literatura barroca, que ensalzó la libertad de la imaginación y la supremacía de la metáfora.
Comparten, todos o casi todos, rasgos que nos permiten agruparlos: cursaron estudios universitarios, fueron profesores y críticos literarios de gran prestigio; pertenecen a familias burguesas, lo que les posibilita esa sólida educación arropada por libros, viajes o estancias en el extranjero. Políticamente son, en su mayoría, liberales, afines a la República, o incluso marxistas, como Alberti. Eran amigos y compartieron experiencias vitales: se les ha llamado generación de la amistad. La Residencia de Estudiantes, fundada en Madrid por la Institución Libre de Enseñanza, jugó un papel destacado; allí residieron Lorca, Dalí o Buñuel, y otros muchos acudían atraídos por sus actividades culturales: conferencias, teatro, recitales..., o por la personalidad arrolladora de Lorca. Publicaron sus textos en revistas como La Revista de Occidente.
Finalmente, aunque no podemos hablar de un estilo común, sí encontramos cierto “aire de época” en sus obras. Como denominador común podría señalarse cierta tendencia al equilibrio entre lo intelectual y lo sentimental, entre la pureza estética y la autenticidad humana, entre la inspiración y la técnica1”. Asimismo, se muestran a medio camino entre lo minoritario y la “inmensa mayoría” (en sus poemas alternan hermetismo y claridad, lo culto y lo popular) y entre lo universal y lo genuinamente español, porque, aunque abierta a muchos influjos exteriores, la generación está profundamente arraigada en la tradición literaria española.


1.2. Características literarias



Cada uno de los poetas del 27 cultiva la poesía con una voz muy original, sin embargo, como acabamos de ver, todos ellos comparten rasgos comunes en lo que respecta a su estética:

  • Mezcla de tradición y modernidad


La pasión por la literatura clásica española, tanto culta como popular, posterior al siglo XV, se percibe en la influencia del romancero en Lorca y Gerardo Diego, de la poesía de cancionero en Alberti, o de Garcilaso de la Vega en Luis Cernuda. Resulta fundamental la atracción que Góngora ejerció sobre el grupo por su lenguaje poblado de deslumbrantes metáforas2. Asimismo destaca la influencia de Bécquer, con su concepto depurado y hondo de la poesía, y también se interesan por Fray Luis, San Juan, Quevedo, Lope de Vega o Manrique.
Los poetas del 27 son excelentes compositores de romances (cuya revitalización se debe a ellos), de sonetos (magníficos algunos de Lorca o Gerardo Diego) y de todo tipo de estrofas tradicionales. Por otro lado, el influjo de Juan Ramón Jiménez y de los “ismos” se observa en la innovadora disposición tipográfica de algunos poemas y en la sustitución de la métrica clásica por el verso libre (versículos3) o los versos blancos. A esta estética vanguardista pertenecen obras como Manual de espumas, de Gerardo Diego, Sobre los ángeles, de R. Alberti, o Poeta en Nueva York, de F. García Lorca.

  • Cultivo intenso de la imagen y la metáfora


Crean un vocabulario poético brillante y sugerente. Para la generación del 27 la poesía es un don, un impulso cercano a lo religioso que ha de ser engrandecido por medio de la técnica; el poeta debe esforzarse en crear imágenes alejadas del lenguaje corriente. En esa reivindicación de la metáfora influyen, además de Góngora, Ramón y las vanguardias.

  • Variedad de temas


Encontramos temas vanguardistas, relacionados con la técnica, lo moderno y lo intelectualizado; y tradicionales, más humanos, como el amor, la muerte, el paisaje, la soledad, la alabanza del mundo...


  • El amor: heredan la visión romántica del amor como entrega total. En Aleixandre y Cernuda, los cuerpos aparecen por primera vez como objetos únicos e insustituibles de deseo. En Cernuda, el amor es un imposible que aboca a la soledad y al desengaño. En Aleixandre, el amor se consuma. En Pedro Salinas, el amor exige imaginación y esfuerzo cotidianos (en este caso se aleja del tratamiento romántico, ya que no es sólo arrebato y pasión, sino también voluntad y constancia). Abundan los poemas en que el paraíso se encierra en una habitación donde triunfa el ser humano, desnudo y elemental.




  • La naturaleza y la ciudad: predomina una naturaleza cercana a la ciudad. Los poetas del 27 son contempladores del mundo cotidiano, y a menudo enfrentan la deshumanización de las ciudades a la visión bucólica y panteísta de un mundo natural plagado de seres indefensos (Poeta en Nueva York, de Lorca). A veces la naturaleza se convierte en símbolo: de la elevación espiritual (como en el soneto al ciprés de Silos, de G. Diego), del amor (Romance del Duero, del mismo autor), de la infancia perdida y feliz (Marinero en tierra, de Alberti).




  • El tiempo perdido: Es frecuente la nostalgia por el paraíso perdido: geográfico (por el exilio) o temporal (la infancia o la juventud perdidas).




  • La plenitud: el goce de lo presente, de lo instantáneo. Exaltan el orden y la armonía del universo. Destaca el tratamiento del tema en Jorge Guillén (“¡El mundo está bien hecho!” dice en un poema) y en Salinas.




  • La soledad y la incomunicación que conllevan la angustia del hombre que no encuentra sentido a su vida. Es más frecuente en la última etapa del grupo, cuando, acabada la guerra, se plantean los contenidos filosóficos fundamentales para el ser humano.




  • La muerte: ninguno la acepta con serenidad. Se enfrentan a ella como una bestia invencible o un misterio insondable, con perplejidad y temor. Es, sin duda, García Lorca el poeta de la lucha diaria y cotidiana con la muerte, que aparece trágica e implacable; la vida se ve entonces impotente ante las garras de la nada, del vacío.




        • Lo intrascendente: el arte como juego gozoso que rompe la monotonía prosaica de lo cotidiano. Cualquier cosa puede convertirse en materia poética: las máquinas, los nuevos inventos técnicos, como el cine, fascinan a los jóvenes de los años veinte. Es la impronta del futurismo, que exaltaba la belleza de la técnica frente al concepto de belleza tradicional. Encontramos en el grupo poemas dedicados a una bombilla, a las teclas de una máquina de escribir, a un cuarto de baño, a un portero de fútbol, a Chaplin... También les atrae el mundo de los toros (algún torero, como Ignacio Sánchez Mejías, fue amigo y compartió inquietudes con el grupo).




        • El compromiso: tras la Guerra Civil, la mayor parte de ellos toma conciencia de su situación en el mundo, ante la muerte y el dolor. Una generación que en su nacimiento es tachada de deshumanizada se convierte, con el paso del tiempo y con las circunstancias, en testimonio de resistencia y solidaridad.


Para finalizar, en su evolución como grupo se suelen distinguir tres fases, que coinciden con el desarrollo de diversas circunstancias históricas en España:


  • Primera etapa: abarca los primeros años veinte, bajo la influencia de las vanguardias y de la poesía pura de Juan Ramón. Se pretende conseguir la belleza total del poema; la depuración del lenguaje, la experimentación y la ausencia de sentimentalismo son sus notas características. Pero no todo es deshumanización: lo humano había entrado en su poesía por influjo de Bécquer y de la lírica popular, sobre todo en los primeros libros (Marinero en tierra, de Alberti, Versos humanos, de G. Diego, Romancero Gitano, de Lorca, etc.).




  • Segunda etapa: a partir de 1928, las circunstancias históricas de España llevan a la mayoría de los autores a intervenir en política; algunos se afiliaron a partidos políticos y colaboraron con iniciativas culturales de izquierda. Cansados de las aventuras formalistas, se inicia en ellos un proceso de rehumanización, en parte debido a la influencia del surrealismo, pasando a primer término los eternos sentimientos del hombre: el amor, las frustraciones, la libertad, los sueños, la angustia existencial... y elaboran imágenes insólitas (Poeta en Nueva York, Sobre los Ángeles...). Se interesan entonces por la lírica machadiana, alejándose del hermetismo minoritario de Juan Ramón. La influencia de Pablo Neruda, que reside por esta época en nuestro país, fue relevante en el cambio de actitud del grupo. Aprovechó los acontecimientos políticos de España para apoyar, en su revista “Caballo verde para la poesía”, una estética de denuncia que alejara al poeta de la poesía pura4.



  • Tercera etapa: después de la Guerra Civil, el grupo se dispersa. Algunos poetas han muerto (García Lorca); otros permanecen en España (Dámaso Alonso, Vicente Aleixandre y Gerardo Diego), tutelando a las nuevas generaciones de poetas y evolucionando, en algunos casos, hacia lo que se llamará después la poesía desarraigada; otros se exilian (Rafael Alberti, Luis Cernuda, Pedro Salinas, Jorge Guillén, Manuel Altolaguirre, Emilio Prados) y reflejan en sus obras la nostalgia de una tierra perdida y lejana. La evolución personal de cada uno los encamina hacia estéticas muy distintas; no obstante, todos coinciden en retomar los temas humanos, ahora agudizados por el sufrimiento de la guerra y sus consecuencias inmediatas (exilio, censura y miseria).



  1. Pedro Salinas, Jorge Guillén, Gerardo Diego, Vicente Aleixandre y Dámaso Alonso: características y obras principales
Pedro Salinas (1891-1951)


Nacido en Madrid, destaca su labor como profesor y crítico literario. Fue catedrático de Literatura en Sevilla, Madrid y en universidades extranjeras como la Sorbona de París. Se exilió a EE.UU., donde murió. Influido por la obra de Juan Ramón, cultiva la poesía pura, buscando entrar en la esencia oculta de las cosas a través de un lenguaje intelectualizado, aparentemente sencillo y, a veces, contradictorio.
Poeta de vocación tardía, en su primer libro, Presagios (1923), lleno de lirismo, encontramos un tono modernista que será sustituido en los siguientes, Seguro azar (1929) y Fábula y signo (1931), por la poesía pura, los temas futuristas y la inspiración de corte ultraísta.
La fama le llega con La voz a ti debida (1933) y Razón de amor (1936), libros que le convierten en un reconocido poeta amoroso. Es una poesía humanizada, conceptista, que analiza de modo más intelectual que sentimental la esencia de la experiencia amorosa.
En su tercera etapa, ya en el exilio, se vuelve más comprometido y escribe El contemplado (1946), sobre el mar de Puerto Rico, con un lenguaje conceptista y sugerente, indagando sobre el enigma de la existencia. En la realidad de ese mar siempre cambiante cree encontrar el poeta la clave de la verdadera realidad de sí mismo (“Ahora, aquí, frente a ti, todo arrobado, / aprendo lo que soy: soy un momento…”). En Todo más claro (1949) y Confianza (1955) reflexiona, en cambio, sobre el futuro de la humanidad.


Jorge Guillén (1893-1984)


Profesor universitario, nacido en Valladolid, salió de España tras la Guerra Civil y regresó unos años antes de su muerte. Su obra mantiene una unidad temática casi imperturbable: su visión del mundo y del universo, de la vida y la naturaleza como obra bien hecha, y del ser y el existir como absoluta dicha, le conducen a un esplendoroso vitalismo. Para ello, estiliza la realidad con la condensación propia de la poesía pura, tendencia de la que es, quizá, el mejor representante. Su libro más importante, Cántico (1928), fue creciendo en sucesivas ediciones. Luego publicó Clamor (compuesto de tres libros: Maremagnum, de 1957, Que van a dar en la mar, de 1960 y A la altura de las circunstancias, de 1963), con tonos más críticos, y Homenaje (1967), libro variado que contiene prosas poéticas.
Toda su poesía tiene la unidad que le prestan un mismo asunto (ese canto jubiloso a la vida) y una misma actitud intelectual ante la realidad. Concibió su obra como un todo y así, en 1968, dio a la que hasta ese momento era toda su obra, un único título: Aire nuestro.

Gerardo Diego (1896-1987)


Profesor de Enseñanzas Medias, nacido en Santander. De amplia producción poética, sorprende en su obra la alternancia entre la poesía de tipo vanguardista y la de corte tradicional. Por un lado, impulsó el ultraísmo y recurrió al creacionismo; por otro, alcanzó un dominio exquisito de los metros populares y clásicos, como el romance y el soneto. En la primera tendencia pueden destacarse los libros Imagen (1921), Limbo (1921) y Manual de espumas (1924). En la segunda, Versos humanos (1925), Alondra de verdad (1936) – conjunto de 42 sonetos que expresan su emoción ante las bellezas de la ciudad o de la naturaleza-y Biografía incompleta (1956).
En todos sus libros demuestra gran capacidad técnica, que le lleva a conseguir la perfección formal. Las resonancias biográficas de los primeros libros van desapareciendo poco a poco y en sus últimos libros los asuntos son variados: los toros (La suerte o la muerte), la música (Preludio y coda de Gabriel Fauré -Gerardo Diego era un gran pianista-) o el paisaje (Versos escogidos).
Finalmente, hay que destacar su labor como antólogo: Su Poesía española. Antología, 1915-1931, resultó importantísima. Recoge en ella una selección de los poetas que él consideraba más significativos del momento (Unamuno, los hermanos Machado, Juan Ramón, todos los del 27, incluido él mismo, Moreno Villa, Juan Larrea, etc.) y adjunta una declaración de principios poéticos de cada uno de ellos, lo cual nos permite saber lo que pensaban de su propia obra entonces.

Vicente Aleixandre (1898-1984)


Poeta sevillano, residió desde niño en Madrid y obtuvo el Premio Nobel en 1977. Lector de la obra de Joyce y de Freud, cuya influencia es notoria en su obra, se acercó muy pronto al surrealismo: imágenes irracionales, visionarias, y un complejo mundo de símbolos cimentan sus libros Espadas como labios (1932), La destrucción o el amor (1935) y Sombra del paraíso (1944), caracterizados por la presencia de un tipo de poesía “cósmica” o “natural” que lleva al poeta a la exaltación de todo lo que el hombre tiene de común con todo lo creado.
A partir de Historia del corazón (1954), al que siguieron Poemas de la consumación (1968) y Diálogos del conocimiento (1974), elimina considerablemente la deshumanización vanguardista y depura la forma para reflexionar sobre la condición humana. Su poesía es ahora “humana” o “histórica” en la que el poeta canta lo que el hombre tiene como tal hombre, su temporalidad y su mundo.

Dámaso Alonso (1896-1987)


Filólogo y profesor universitario madrileño, fue el impulsor de los estudios gongorinos en la década de los veinte, y uno de los más importantes ensayistas de nuestra literatura. Como poeta destaca por su papel renovador en la poesía de posguerra. De este modo, hay dos etapas en su creación separadas temporalmente por la Guerra Civil: la primera, representada por Poemas puros: poemillas de la ciudad (1924), se inscribe en la poesía pura heredada de Juan Ramón. Son estos primeros poemas un puro juego estético.
Pero la guerra le conmovió profundamente, como “una terrible sacudida”, según sus palabras, y le hizo abandonar ese tipo de poesía lúdica, algo superficial, para volver a los temas desgarradoramente humanos. Así, su segunda etapa ofrece un intenso carácter existencial y social, poesía que clama ante el dolor, la miseria y el desajuste con el medio que le rodea, y que tiene como eje su libro Hijos de la ira (1944), uno de los más influyentes de la posguerra. Otras obras suyas, de parecido carácter son Oscura noticia (1944) y Hombre y Dios (1955), donde se expresa la angustia del hombre ante la incógnita de la propia existencia.


  1. Rafael Alberti, Luis Cernuda y Federico García Lorca: características y obras principales


Rafael Alberti (1902-1999)
Nacido en Puerto de Santa María, Cádiz, vivió en Madrid desde los quince años hasta su exilio en Argentina e Italia al acabar la guerra, y regresó a España en 1977. Pintor y poeta, su obra en verso se caracteriza por el perfecto manejo del ritmo y la musicalidad enraizados en la tradición española, así como del verso libre en su poesía más cercana al surrealismo.
Su obra se inicia con formas populares en Marinero en tierra (1925), sorprendente en su madurez y belleza, La amante (1926) y El alba del alhelí (1927). La gracia y la plasticidad de las imágenes, los alegres efectos musicales, su visión de la realidad, amable y optimista a pesar de la nostalgia por el paisaje marino de la infancia, son rasgos sobresalientes de su primer y más famoso libro.
Una segunda etapa se abre con Cal y canto (1927), de caracteres ultraístas y que recrea al mismo tiempo y con gran habilidad, temas y procedimientos formales típicos del Barroco y de Góngora. Este giro culmina con Sobre los ángeles (1929), libro surrealista donde, con motivo de una profunda crisis personal, ideológica y religiosa, el poeta muestra su lucha interior a través de imágenes oníricas. Se trata de una obra de gran complejidad, oscura y hermética. Leemos en ella versos traspasados por una gran angustia, resuena en ellos la desesperanza de un hombre que ha perdido la visión alegre de la realidad, el paraíso de su infancia y adolescencia. Las imágenes son desconcertantes y reflejan el caos interior del yo poético, y se abandonan las formas métricas regulares en favor del verso libre, más apropiado para expresar ese desorden interior.
En un tercer momento el poeta humaniza más sus versos, acordes con el momento histórico y político del paso de la República a la Guerra Civil, unas veces al servicio de las ideas (estuvo afiliado al Partido Comunista) y otras en favor de la solidaridad: Sermones y moradas (1934), Entre el clavel y la espada (1941) o Coplas de Juan Panadero (1949). No hemos de olvidar algunos hermosos libros fruto de su pasión artística, como A la pintura (1945), o de la nostalgia de España: Retorno de lo vivo lejano (1952).

Federico García Lorca (1898-1936)
Nació en Fuentevaqueros (Granada) en 1898, en el seno de una familia de terratenientes. Estudió Derecho y Filosofía y Letras, carrera que no finalizó. De su contacto con el pueblo le viene una honda sabiduría folclórica y de su madre, maestra, su afición a las letras y a la música. En 1918 se instaló en la Residencia de Estudiantes, donde entabló amistad con muchos jóvenes de su generación, entre los que destacan Buñuel, Dalí o Emilio Prados. Viajó mucho por España y pasó temporadas en Cadaqués, en casa de su amigo Salvador Dalí. En 1927 obtuvo su primer éxito teatral con Mariana Pineda; por entonces era ya un poeta famoso, sobre todo por sus libros Canciones y Romancero Gitano. Tras estos éxitos sufrió una crisis vital, ideológica y estética, y quiso encontrar un estilo que lo alejara de la “fácil” popularidad del Romancero. En 1929 viajó a Nueva York como estudiante de la Universidad de Columbia; su estancia en esa ciudad resultó crucial para su vida y para su poesía. Durante la República dirigió el grupo de teatro La Barraca, con el que llevó el teatro clásico por los pueblos de España. A partir de ese momento su actividad creativa se centró mucho más en el teatro que en la poesía. En agosto de 1936 fue detenido y fusilado en Víznar, un pueblecito cerca de Granada.
Lorca, como él mismo decía, fue un poeta “por la gracia de Dios y por la gracia de la técnica y el esfuerzo”, ya que supo unir la predisposición natural para la creación poética con un riguroso trabajo en busca de la perfección. Su principal característica es la síntesis de lo popular y lo culto. De la poesía tradicional y de la canción popular andaluza tomó temas y formas que, reelaboradas y transformadas, se convirtieron en una poesía inconfundible. Son también muy significativos los símbolos, muy personales, que se repiten a lo largo de toda su obra: la luna, el caballo y la sombra (muerte), las flores, el agua (connotaciones sexuales), el verde (misterio y muerte), el blanco y el azul (inocencia), los gitanos (la libertad, la frustración), la Guardia Civil (lo convencional, la ausencia de imaginación)...
El tema dominante en la obra de Lorca es el destino trágico. Englobó en él el amor como frustración, la soledad, la “pena” y la muerte. El otro gran tema de Lorca es la naturaleza. Todo ello junto a manifestaciones de creación más bulliciosa, llena de gracia y hasta juguetona.
En el aspecto formal destaca su inigualable sentido de la música y el ritmo, así como la renovación del lenguaje que llevó a cabo, mediante la creación de un universo metafórico que constituye uno de los hallazgos más sorprendentes de la lírica española contemporánea.
Dentro de su producción poética pueden apreciarse dos etapas:


  • Primera etapa: abarca sus obras hasta 1928, que representan al Lorca más conocido. En ellas hay una clara influencia de la lírica popular y tradicional. Su primera obra, Libro de poemas, presenta influencias de Bécquer, del Modernismo y de Machado. Tiene como tema la nostalgia de la niñez fruto de una crisis juvenil llena de profundas contradicciones vitales. En Canciones (1927) hay menos sentimentalismo y más influencia de la vanguardia. El Romancero gitano, de 1928, es un canto a los gitanos andaluces, que, por tener su mundo propio se ven abocados a la marginación y a la muerte. El gitano se convierte así en símbolo de quien está al margen del mundo convencional. Se da la síntesis perfecta entre narración y descripción, lirismo y dramatismo, con una ambientación mítica. A pesar de su popularidad, es una obra complicada, debido al extraño simbolismo y la audacia de las metáforas. En el Poema del cante jondo (1931) nos habla de su propio dolor de vivir a través del dolor que rezuman los “cantos” andaluces.




  • Segunda etapa: incluye las obras que escribió entre 1929 y 1936. En este periodo, sin abandonar sus raíces, es más universal y más difícil. En Poeta en Nueva York la gran ciudad, su gigantismo, su mecanización, su deshumanización y su mezcla de razas e intereses hacen estallar en el poeta la crisis que venía padeciendo. Los temas que insistentemente aparecen son los marginados (negros, judíos...), la alienación y la esclavitud del hombre por la máquina, la injusticia social, el ser humano como depredador, la degradación de la naturaleza y la muerte. Como preocupación más personal aparece la homosexualidad. Estilísticamente destacan el ritmo basado en la construcción anafórica, el uso del versículo y las imágenes surrealistas que reflejan ese mundo neoyorkino ilógico, absurdo y apocalíptico.


El Llanto por Ignacio Sánchez Mejías (1935) es una sentida elegía por un amigo y una meditación sobre la muerte. Está dividido en cuatro partes donde mezcla el romance con el verso largo, lo culto con lo popular. La tercera parte del poema, “Cuerpo presente”, es de clara estética surrealista. Supone también un regreso a su primera época, a su Andalucía, bajo el signo de lo taurino. Otros dos libros, Seis poemas galegos y Diván del Tamarit, suponen una apertura hacia otras formas poéticas: la lengua gallega y la cultura arábigo-andaluza. La última obra poética importante de Lorca son los Sonetos del amor oscuro, no conocidos hasta 1984. Escritos entre 1935 y 1936, responden a la recuperación de esta forma clásica que se produjo en nuestra literatura en los años previos a la guerra, con reminiscencias de Shakespeare, San Juan de la Cruz, Quevedo y Góngora.
La rica personalidad de Federico, su vitalismo –oscurecido por el presentimiento de su final trágico– su gracia y encanto personal, su asesinato, que lo hizo víctima de los odios de la guerra, así como su extraordinario talento como poeta y dramaturgo, lo han convertido en el miembro más famoso de la Generación del 27.

Luis Cernuda
Nació en 1902 en Sevilla, y en su universidad fue alumno de Salinas. Vivió luego en Madrid y fue lector en la Universidad de Toulouse (1928-29). Durante la guerra apoyó activamente la causa republicana y en 1938 se exilió. Fue profesor en diversas universidades inglesas y norteamericanas. A partir de 1953, vivió en Méjico, donde murió en 1963. Su personalidad fue solitaria y dolorida, con una sensibilidad exacerbada y vulnerable. Ni en su vida ni en su poesía ocultó su condición de homosexual, y su conciencia de ser una criatura marginada por ello explica, en buena medida, su desacuerdo con el mundo y su rebeldía. “Una constante de mi vida – dijo – ha sido actuar por reacción contra el medio donde me hallaba”. Y admite ser un “inadaptado”, con “cierta vena protestante y rebelde”.
En su obra se percibe la influencia de los poetas franceses (Baudelaire, Mallarmé) y alemanes (Goethe, Hölderlin) y los españoles que son sus poetas preferidos, Garcilaso y Bécquer. Su poesía tiene un fondo romántico: entiende el mundo como choque permanente entre los anhelos del ser humano y las trabas sociales. Los temas dominantes serán, por ello, la soledad, la añoranza de un mundo habitable, el ansia de belleza perfecta y, sobre todo, el amor y el erotismo (exaltado o insatisfecho). Pero es su estilo lo que le confiere el especial puesto que ocupa en nuestras letras: aunque su primera etapa está influida por las modas (poesía pura), hacia 1932 se despegará de ellas y emprenderá un camino inconfundible y solitario. Desecha entonces los ritmos demasiado marcados; en general, prefiere el versículo y rechaza la rima. Huye del lenguaje brillante y rico en imágenes para ceñirse al “lenguaje hablado y al tono coloquial”, si bien bajo esta fórmula se esconde una de las lenguas poéticas más densas en sugerencias de nuestra lírica.
Desde 1936 Cernuda reunió sus libros bajo el título La realidad y el deseo, muy significativo, que alcanzó su versión definitiva en Méjico, en 1964. Algunas de sus obras: Perfil del aire (1924-1927), dentro de la línea de poesía pura, con versos cortos y tono adolescente; Égloga, elegía y oda (1927-1928), siguiendo a Garcilaso; Un río, un amor (1929), con influencia del surrealismo; Los placeres prohibidos (1931), en la misma línea que el anterior, contiene alguno de sus poemas más bellos; en Donde habite el olvido (1932-1933), título becqueriano, consolida su tono más personal y desolado, que produciría a su autor “rubor y humillación” por su sinceridad desgarrada; Invocaciones (1934-1935), donde destaca el espléndido “Soliloquio del farero”; Las nubes (1937-1940), compuesto durante la guerra y los primeros tiempos de su destierro; Como quien espera el alba (1941-1944), Vivir sin estar viviendo (1944-1949), Con las horas contadas (1950-1956) y Desolación de la quimera (1956-1962), publicadas en el exilio, tratan de su incurable amargura, con momentos de exaltación o serenidad, y de la patria perdida.


1 Lorca dirá en una ocasión: “Si soy poeta por la gracia de Dios (o del demonio), no lo soy menos por la gracia de la técnica y del esfuerzo.

2 El interés que suscitó su obra se aprecia en la gran cantidad de estudios teóricos que se realizaron sobre su figura (excelentes los de Dámaso Alonso).

3 El versículo se caracteriza por su longitud (a veces puede llegar a confundirse con la prosa) y por la falta de acentuación regular y de rima; el ritmo se mantiene a partir de repeticiones de todo tipo: palabras, estructuras sintácticas, aliteraciones, etc.

4 Publica en la revista un manifiesto a favor de una “poesía impura como un traje, como un cuerpo, con manchas de nutrición y actitudes vergonzosas...”.


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