La utopía hoy






descargar 238.73 Kb.
títuloLa utopía hoy
página3/6
fecha de publicación07.07.2015
tamaño238.73 Kb.
tipoUtopía
l.exam-10.com > Literatura > Utopía
1   2   3   4   5   6



Fuente: James Lockhart. El mundo hispanoperuano 1532-1560. México, Fondo de Cultura Económica, 1982, p. 302.
Resultará frecuente encontrar a estos extranjeros en oficios relacionados con el mar. Marinero será casi sinónimo de italiano o griego. En tierra, algunos, como Pedro de Candia, se volvieron artilleros. También fueron comerciantes: entre los portugueses podían ocultarse esos judíos a los que hemos hecho alusión, cuyas vinculaciones en la península les permitieron significativas ganancias trayendo esclavos desde el África. Pero Toribio Medina sostiene que los primeros judíos llegaron a partir de 1580. Pero “conversos” o “marranos”, cristianos nuevos, estuvieron presentes desde la captura de Atahualpa[26].

Es probable que la cifra de extranjeros sea mayor. Muchos se pretendían españoles, en particular los que tenían motivos suficientes para recelar de las autoridades como ese capitán llamado Gregorio Zapata, quien después de hacer fortuna en Potosí regresa a su país y recién entonces se descubre su verdadera identidad: Emir Cigala, un turco26.

Para judíos y milenaristas, para todos los rechazados del viejo mundo, América aparecía como el lugar en el que podrían ejecutar sus sueños. Surge, de esta manera, la convicción según la cual “Europa crea las ideas, América las perfecciona al materializarlas”27. El territorio por excelencia de las utopías prácticas. Cuando las huestes de Pizarro recorran los Andes, no faltarán cronistas que crean ver un país en el que no existe el hambre, reina la abundancia y no hay pobres. Venían de una Europa sometida al flagelo de las periódicas crisis agrarias: años de buenas cosechas alternados con años de escasez, propicios para la difusión de epidemias y el alza en la mortalidad. Les asombra la existencia de tambos y sistemas de conservación de alimentos a esos hombres que si bien poseían el caballo y la pólvora, dejaban un continente de hambre, donde las deficiencias alimentarias eran constantes. Moro publica la Utopía dieciséis[28] años antes que los españoles entren en Cajamarca, pero para sus lectores –si habían tenido la curiosidad de conseguir en los años que siguieron alguna crónica sobre la conquista– el lugar fuera del tiempo y de cualquier geografía podía confundirse con el país de los incas.
La muerte del inca

Los conquistadores del Perú no fueron precisamente hombres de dinero, provistos de títulos nobiliarios y seguros de sus ascendientes. Aunque detrás de las huestes existieran algunas grandes fortunas como la del mercader Espinoza, la mayoría de esos hombres a caballo o a pie eran campesinos, artesanos, hidalgos ordinarios o gente sin oficio que venían a los nuevos territorios para adquirir, mediante el esfuerzo particular, un nombre, ser alguien, valer más28. En una sociedad rígidamente estamental como la que existía en la península, la movilidad social estaba bloqueada. El nacimiento marcaba el derrotero de toda biografía. En cambio, en las Indias, los actos, la práctica, podían permitirles conseguir aquello que sus padres no les habían legado. La realidad sobrepasó cualquier previsión: en el Perú llegarían a conquistar un reino para ellos, y entonces entrevieron una ínsula propia.

En la historia de la conquista un acontecimiento central fue la muerte del inca Atahualpa. Capturado en noviembre de 1532, fue condenado al garrote en julio de 1533.[29] No fue una muerte que fácilmente pudiera ser olvidada. El inca, al fin y al cabo, era un rey, como el Gran Turco o como Carlos V. Un príncipe, un hombre que pertenecía a un estamento diferente y supuestamente superior al de sus verdugos. Al dictaminar la sentencia, entre los españoles pudo influir no sólo el temor a las posibles tropas incaicas que amenazaban rescatar al monarca, o la necesidad de sancionar como definitiva una victoria, sino además esa peculiar mezcla de menosprecio y resentimiento que podrían sentir los conquistadores frente a un rey vencido (la idea ha sido sugerida por Pablo Macera). Pero por esto mismo la decisión no fue fácil. Venían de una sociedad muy jerarquizada. Aquí como en Europa el regicidio era un hecho extremo y excepcional. Por eso quizá algunos españoles pensaron que la muerte del inca era un deshonor para ellos. Mostraron su disconformidad Hernando Pizarro, Pedro Cataño y algunos otros, para quienes matar a Atahualpa “fue la más mala hazaña que los españoles han hecho en todo este imperio de Indias”29.

Después de esa muerte el Perú se quedó sin rey. Carlos V estaba muy lejos. Siguieron los años. Los españoles llegarían a más de 4,000, de los cuales casi quinientos eran encomenderos. Habían conseguido tierra e indios mediante sus armas. Aspiraban a “constituir una nobleza militar todopoderosa”30. De allí a la autonomía no mediaba mucha distancia. Este fue el trasfondo de las luchas que se entablaron entre conquistadores y administradores metropolitanos, entre el primer virrey Núñez de Vela, el visitador La Gasca y conquistadores como Gonzalo Pizarro, Diego de Centeno o Francisco de Carvajal.

Curiosamente la primera mención en los documentos quinientistas a la idea del inca la encontramos referida no a un indio sino a un español. Cuando en 1548 Gonzalo Pizarro, en plena rebeldía, organizando a sus hombres para enfrentar a la corona, entra al Cusco, se dice que los indios de diferentes barrios y tribus lo aclamaban llamándolo inca. Quizá no fue una manifestación espontánea. Tras ellos pudo estar incitándolos su lugarteniente Carvajal, quien le había ofrecido colocar sobre su cabeza la “corona deste Imperio”31. La posibilidad de la realeza se le planteaba no por sus ascendientes, sino por su esfuerzo. Le correspondía el reino, supuestamente, en justicia. El rey no era inamovible y eterno. La providencia podía designar a otro, como predicaba un fraile vinculado a los encomenderos rebeldes. Se llegó a enarbolar una bandera con el monograma “GP” y una corona encima. Entre los más entusiasmados por la posibilidad de fundar una nueva monarquía se incluían a muchos extranjeros, portugueses, italianos o alemanes: un historiador contemporáneo sospecha que entre ellos podía haber algunos herejes. En este ambiente circuló un rumor por el cual Gonzalo Pizarro proyectaba aliarse en matrimonio con una princesa de sangre real incaica, su sobrina llamada Francisca Pizarro Yupanqui. No fue cierto pero siempre, como dice el refrán, hasta las mayores mentiras pueden tener algo de verdad. Aunque, como invención, a alguien se le había ocurrido la posibilidad de una alianza entre conquistados y conquistadores, colonos y colonizados.

El nuevo reino es posible porque la conquista ha ampliado hasta límites inimaginables la consciencia de los vencedores. Todo les parece posible y permitido. Estas ideas serán llevadas hasta sus últimas consecuencias en 1559 por Lope de Aguirre. Este conquistador que arriba tardíamente al Perú, hombre sin suerte y sin fortuna, maltrecho de cuerpo como lo retratan los cronistas, en medio de la selva y luego de una fracasada expedición en busca del país de la canela, decide desafiar al rey, proclamarse traidor y mandarle una carta en la que anuncia que emprende una guerra permanente contra la monarquía española. Hombre sin rey y por lo tanto sin norma alguna. Dueño de todas las vidas. Despliega una verdadera orgía de sangre en su alucinante recorrido por el Amazonas que después lo lleva bordeando el Atlántico, hasta territorios que ahora conforman Venezuela. Este vizcaíno, muerto en 1561, era una “especie de ser apocalíptico”32. La encarnación del Anticristo. Verdadero signo viviente del juicio final. Así debieron ser interpretados sus hechos por otros españoles.

Durante el decenio de 1560 comenzó a circular en el Perú una especie: Carlos V, influido por la prédica de Las Casas, pensaba abandonar las Indias, desprenderse de ellas. Aunque apareció en textos redactados por enemigos del célebre dominico, la versión se propaló, fue considerada verosímil. El Perú quedaría bajo la conducción directa de un monarca nativo supervigilado desde España: algo así como un protectorado. Después muchos historiadores la han sancionado como cierta. Desde luego no lo era. Pero, ¿por qué consiguió credibilidad? Marcel Bataillon trasciende la anécdota para proponernos una reflexión: “Salta a la vista una diferencia entre México y el Perú. ¿Quiénes podían pensar en resucitar la abolida autoridad de los soberanos aztecas para aplicar en la Nueva España la doctrina lascasiana del protectorado superponiendo a una soberanía indígena el supremo poder del rey de Castilla y de León, 'emperador sobre muchos reyes'? Era distinto el caso del Perú, en donde los antecesores inmediatos del virrey Toledo, con arreglo a las instrucciones reales, habían procurado atraer pacíficamente al ‘Inca’ rebelde de Vilcabamba”33. Aquí la monarquía incaica, en cierta manera, todavía existía –como veremos más adelante– refugiada en el reducto de Vilcabamba. Pero a esta diferencia con México podríamos añadir otra: el Perú había sido escenario de una guerra entre encomenderos y funcionarios reales, en la que se cuestionó a la realeza.

Todo parecía estar en discusión ese decenio de 156034. Las Casas cuenta con informantes en el altiplano, cerca del lago Titicaca. Sus ideas se conocen en el Perú y aun cuando los encomenderos fueron sus enemigos más feroces, años después, cuando comienzan a morir los primeros conquistadores, en sus testamentos se advierte el nacimiento de lo que Guillermo Lohmann llamará estela lascasiana: algunos se muestran arrepentidos, otros piden devolver bienes a los indios. La culpa asalta a los vencedores. En la hora postrera, ante el temor al castigo (infierno o purgatorio), se interrogan los conquistadores ya ancianos y no faltan aquellos que terminan con un balance negativo. En esos testamentos emerge la idea de “restituir” lo usurpado.

El testamento es un documento privado. Lo elabora un hombre que se siente próximo a la muerte. Lo conocen sus parientes y la escritura se conserva en una notaría. Pero existen siempre, en esta historia, los rumores. Comenzó a generarse la idea, en el interior mismo de la república de españoles (utilizando un término del jurista Matienzo), que el dominio de los descendientes de Pizarro era cuestionable.
Utopía oral y utopía escrita

Desde los vencidos, la conquista fue un verdadero cataclismo. El indicador más visible se puede encontrar en el descenso demográfico, la brutal caída de la población indígena atribuible a las epidemias y las nuevas jornadas de trabajo. El encuentro con los europeos fue sinónimo de muerte. Aunque en el pasado se han exagerado las cifras, los cálculos más prudentes del demógrafo David N. Cook señalan que hacia 1530 el territorio actual del Perú debía tener una población aproximada de 9'000,000 de habitantes que se reducen a 601,645 indios en 162035 [31]. Este despoblamiento preocupó a los propios españoles, para quienes la mayor riqueza de los nuevos territorios eran precisamente esos indios, sin los cuales no se hubiera podido extraer con bajos costos los minerales de Potosí. El sistema colonial español no se estableció en los márgenes de los nuevos territorios, sino en el interior mismo de ellos. Su finalidad no era encontrar mercado para productos metropolitanos, sino extraer productos que, dada la tecnología de la época, conducían hacia una utilización masiva de la fuerza de trabajo. Establecen minas y, junto a ellas, ciudades y haciendas. Para controlar a los indios, los organizan en pueblos, siguiendo el patrón de las comunidades castellanas. Así pueden estar vigilados, ser fácilmente movilizables para la mita y tenerlos dispuestos a escuchar la prédica religiosa. Los indios terminan convertidos en dominados.

¿Cómo entender este cataclismo? La etapa de desconcierto y asombro parece que no fue tan prolongada. Desde los primeros años se planteó una alternativa obvia: aceptar o rechazar la conquista. La primera posibilidad implicaba admitir que la victoria de los europeos arrastró el ocaso de los dioses andinos y el derrumbe de todos sus mitos. El dios de los cristianos era más poderoso y no quedaba otra posibilidad que asimilarse a los nuevos amos, aceptar sus costumbres y ritos, vestirse como ellos, aprender el castellano, conocer incluso la legislación española36. Es el camino que siguen los indios que ofician de traductores, uno de los cuales fue, en la región de Huamanga, el futuro cronista Huamán Poma de Ayala.

Aceptando el discurso de los invasores, si un puñado de aventureros pudieron derrotar al inca y su ejército, fue porque traían la cruz. Si los indios terminaron vencidos es porque, además, estaban en pecado: habían cometido faltas que era preciso purgar. Los españoles trasladan a América su noción de culpa. La introducen en los vencidos como medio para dominar sus almas. La imaginación europea de entonces esté poblada por demonios y genios del mal. San Miguel decapitando al dragón acompaña a ese apóstol Santiago que de matamoros se convierte en mataindios. Ambos combaten junto a Pizarro. Los indios, como seres humanos, no estaban exentos del pecado original. El pecado eran sus prácticas calificadas de idólatras, sus costumbres consideradas aberrantes, su vida sexual, su organización familiar, sus ritos religiosos, todo, sin omitir desde luego los presumibles sacrificios humanos. Multitud de faltas que era necesario expiar y que explicaban por qué tuvieron que ser derrotados irremediablemente37.

Es evidente que nosotros podemos formular otras consideraciones que explican la tragedia de Atahualpa. Sin olvidar el impacto (más psicológico que real) de las armas de fuego, se advierte la diferencia entre un ejército numeroso pero sujeto a un mando vertical y despótico, frente a soldados que podían desempeñarse libremente en el campo de batalla, especializados (el artillero, el trompeta, el infante, el de caballería) pero coordinados entre sí, capaces de iniciativa propia y además con otras reglas de hacer la guerra. Para Atahualpa –cuyos súbditos no podían siquiera mirarlo de frente– era inconcebible hasta ese 16 de noviembre de 1532 que unos personajes que él suponía inferiores se le abalanzaran sorpresivamente para tomarlo prisionero. La celada y la traición eran instrumentos de los conquistadores. Pero para los indios que se quedaron atónitos, la sola posibilidad de apresar a un Inca era inimaginable. Aquí se origina el trasfondo traumático que aún tiene el recordar este primer encuentro entre Europa y los Andes, entre Pizarro y Atahualpa38.

Pero quedaba siempre la posibilidad de esforzarse por entender la conquista recurriendo a algunos elementos de la cosmovisión andina.

En la mentalidad andina prehispánica existía la noción de pachacuti. Algunos cronistas e historiadores tradicionales han creído que se trata del nombre de un gobernante, equivalente indistintamente a César, Pericles o Nabucodonosor, pero los rasgos que se le atribuyen a él y a su supuesto período, llevan a entrever otro posible significado. Se dice que trastocó por completo la fisonomía del país, que introdujo nuevos hábitos de vida y que su nombre, por todo esto, equivalía a reformador o transformador del mundo. Para Garcilaso, Valera o Las Casas, es un personaje. Pero para otros, quizá más próximos al mundo indígena, Huamán Poma por ejemplo, es una fuerza telúrica, especie de cataclismo, nuevo tiempo y castigo a la vez. Para el investigador argentino Imbelloni, autor de un imprescindible libro sobre este tema, etimológicamente el término pachacuti quiere decir “transformarse la tierra”. El paso de un ciclo a otro, cada uno de los cuales tendría una duración aproximada de 500 años. En Morúa significa tanto “volver la tierra” como “quitar y desheredar lo suyo”39. Todos estos contenidos no resultan necesariamente alternativos. Aluden al tránsito de una edad a otra pero también al resultado, es decir, la inversión de las cosas. Representaciones del mundo al revés se pueden observar en los huacos mochicas a través de imágenes como el escudo y la porra atacando al guerrero40.

Es evidente que con el tiempo y la evangelización, el pachacuti adquirió rasgos que combinan la experiencia de esos años terribles con pasajes bíblicos. El período de tránsito se fue caracterizando de manera más precisa por la propalación del hambre y la sed, las pestes, los muertos, el sufrimiento y el dolor, la alternancia devastadora entre años de sequía y otros con lluvias incesantes.

Para muchos hombres andinos la conquista fue un pachacuti, es decir la inversión del orden. El cosmos se dividía en dos: el mundo de arriba y el mundo de abajo, el cielo y la tierra que recibían los hombres de hananpacha y hurinpacha. Pacha significa universo. El orden del cosmos se repetía en otros niveles. La capital del imperio, el Cusco, estaba dividida en dos barrios, el de arriba y el de abajo. la división en mitades se encontraba en cualquier centro poblado. El imperio, a su vez, estaba compuesto por cuatro suyos. Esta dualidad se caracterizaba porque sus partes eran opuestas y necesarias entre sí41. Mantener ambas, conservar el equilibrio, era la garantía indispensable para que todo pudiera funcionar. El cielo requería de la tierra, como los hombres de las divinidades.

Los españoles aparentemente podían integrarse en una de estas mitades, pero la relación que ellos entablaron con los indios fue una relación de imposición y asimétrica. Quisieron superponer una divinidad excluyente que demandaba entrega y sacrificios y no acataba las reglas de la reciprocidad: es la imagen que todavía algunos campesinos ayacuchanos tienen de Cristo. Todo esto pudo ser entendido por los hombres andinos como la instauración de la noche y el desorden, la inversión de la realidad, el mundo puesto al revés. Pero recurrir a la cosmovisión andina no era necesariamente excluyente del cristianismo. Los hombres andinos no imaginaron un mundo creado de la nada. Siempre había existido el universo. No existía un dios sino varios; los dioses se limitaban a “aclarar, fijar y definir” la forma, cualidades y funciones del cosmos42. El cristianismo podía ser leído desde una perspectiva politeísta. No era una religión dogmática e intolerante. Cristo, la Virgen y los santos no tenían necesariamente cerradas las puertas del panteón andino. Esto permitió un encuentro entre los rasgos de las divinidades prehispánicas y las representaciones del cristianismo. El mismo Cristo, por ejemplo, en la figura del crucificado adquirió a veces los rasgos obscuros propios de una divinidad subterránea como Pachacamac, con el atributo de hacer temblar la tierra43. El Cristo de los Milagros en Lima, el de Luren en Ica, el Señor de los Temblores en Cusco. Este camino conduce a las imágenes del Cristo-pobre y del Cristo-indio, como aquellos que todavía se observan en las paredes de la iglesia de San Cristóbal de Rapaz, probablemente pintados por un mestizo entre 1722 y 1761: Cristo aparece azotado y torturado por judíos vestidos como españoles44. Estas imágenes de Cristo han inspirado a artesanos contemporáneos como Mérida, de San Blas (barrio cusqueño), quien ha modelado en arcilla crucificados en trance de agonía. Este tópico aparece con frecuencia en esos pequeños lienzos pintados por anónimos maestros andinos estudiados por Pablo Macera45.

Entre la colonia y la república –en fecha imprecisable– debieron componerse esos himnos católicos quechuas que el padre Lira recopiló entre los campesinos del sur andino. A ellos se vincula el “Apu Inka Atawalpaman”, donde el canto funerario utiliza términos equiparables a los empleados por Jeremías en la Biblia para relatar la “catástrofe del pueblo inca”46.

“Amortaja a Atahualpa...

Su amada cabeza ya la envuelve

El horrendo enemigo”
Pero no sólo se escuchó la prédica ortodoxa. Los vencidos pudieron sentir una natural predisposición a integrar aquellos aspectos marginales del mensaje cristiano como el milenarismo. El mito contemporáneo de Inkarri, al parecer, formaría parte de un ciclo mayor, las tres edades del mundo, donde la del Padre corresponde al tiempo de los gentiles (es decir, cuando los hombres andinos no conocían la verdadera religión); el tiempo del Hijo, acompañado de sufrimientos similares a los que Cristo soportó en el calvario, al dominio de los españoles; y en la edad del Espíritu Santo, los campesinos volverán a recuperar la tierra que les pertenece. Con variantes, relatos similares han sido recogidos en Huánuco, Huancavelica, Ayacucho y Cusco47. El pachacuti de la conquista se encuentra con la segunda edad del joaquinismo: período intermedio que algún día llegará a su fin. De una visión cíclica, se pasa a una visión lineal. Del eterno presente a la escatología. Henrique Urbano ha denominado este tránsito, el paso del mito a la utopía48. Del dualismo –decimos nosotros– a la tripartición. Pero no nos adelantemos. Fue un proceso prolongado el que llevó a la introducción del milenarismo en los Andes. Desde luego, no contó con la aceptación unánime.

En la construcción de la utopía andina un acontecimiento decisivo fue el Taqui Onqoy: literalmente, enfermedad del baile. El nombre se originó a consecuencia de las sacudidas y convulsiones que experimentaban los seguidores de este movimiento de salvación: reconversos de manera milagrosa a la cultura andina, decidían reconciliarse con sus dioses, acatar las órdenes de los sacerdotes indígenas y romper con los usos de los blancos. Al parecer, los organizadores del movimiento pensaban sublevar a todo el reino contra los españoles. Estamos en el decenio de 1560. Los primeros adeptos fueron reclutados en la cuenca del río Pampas, en la proximidad de Ayacucho. Dado que esta localidad era accesible desde Vilcabamba, se ha pensado que existiría alguna conexión con la resistencia incaica en esas montañas, pero no puede omitirse que los seguidores del Taqui Onqoy no querían volver al tiempo de los incas, sino que predicaban la resurrección de las huacas, es decir, las divinidades locales. La vuelta del pasado, pero todavía como tiempo anterior a los incas49.

En la experiencia cotidiana del poblador andino, el imperio incaico había sido realmente despótico y dominador. En 1560 el recuerdo de los incas estaba asociado todavía con las guerras, la sujeción forzosa de los yanaconas para trabajar tierras de la aristocracia cusqueña, el traslado masivo de poblaciones bajo el sistema de mitimaes. Los campesinos del río Pampas fueron, precisamente, víctimas de esta última modalidad de desarraigo. Es por esto que algunos grupos étnicos, como los huanca, de la sierra central, vieron en los españoles a posibles liberadores de la opresión cusqueña. Al poco tiempo se desilusionaron pero las atrocidades de la conquista no hicieron olvidar fácilmente las incaicas.

En el Taqui Onqoy se puede advertir un cambio significativo. No es un grupo étnico que emprenda solitariamente la lucha para regresar al orden anterior; los sacerdotes hablan de la resurrección de todas las huacas, desde Quito hasta el Cusco. Las dos más importantes son la huaca de Pachacamac, en la costa, cerca de Lima, y la huaca del lago Titicaca, en el altiplano aymara (ver mapa). No pasaría de un proyecto. Los rebeldes serían descubiertos, según una versión, por un sacerdote católico que no respetó el secreto profesional. En realidad ocurre que, convencidos de contar con el respaldo divino, la prédica y las conversiones eran públicas. No requirió mucho esfuerzo apresar a los implicados. En una zona de aproximadamente 150 mil habitantes, los españoles detectaron 8,000 participantes activos50.

Pero no terminó allí la resurrección de las huacas. Movimientos similares, aunque sin responder a una dirección central, eclosionaron en otras localidades que ahora se ubican en los departamentos de Abancay, Cusco, Puno y Arequipa, hasta llegar a 1590 y el Moro Onqoy: sólo en este último caso los testigos refirieron apariciones del inca o el encuentro con supuestos enviados suyos para “liberar a los indios de la muerte”51.

Muerte se volvió equivalente de conquista. Las guerras, la propalación de epidemias, las nuevas jornadas de trabajo. Potosí se convierte, en la imaginación de los vencidos, en una especie de monstruo que absorbe cuerpos a las profundidades de la tierra. En todo esto hubo un elemento consciente. La violencia fue una forma de dominio. Cualquier establecimiento español comenzaba por edificar una horca. Su condición de minoría, temerosa de una sublevación, llevó a que los españoles desplegasen prácticas crueles con los indios. Los perros de Melchor Verdugo, encomendero de Cajamarca, persiguiendo y despedazando cuerpos, no son una referencia aislada. Fue así desde el inicio: la mortandad innecesaria, hasta el cansancio, en la plaza de armas de Cajamarca durante la captura del inca. En el recuerdo queda como una gran carnicería. Mena hablará de 6,000 a 7,000 indios muertos52. Pero hay otro aspecto que trasciende a la voluntad. Las enfermedades se propalan con los barcos y sus ratas, los virus llegan incluso antes que la hueste de Pizarro; cualquier proximidad entre un europeo y un indio puede ser el origen de un contagio. El cristianismo es una religión de la palabra: privilegia la transmisión oral, la lectura y el comentario de los textos sagrados, la prédica y el sermón, la confesión y la absolución. Pero la palabra no sólo transmite el mensaje revelado: lleva también la muerte para cuerpos que, a diferencia de los del viejo mundo, no están suficientemente inmunizados.

La región de huamanga (1560)


1   2   3   4   5   6

similar:

La utopía hoy iconUtopía ayer, hoy y ¿siempre? 91
«casar» las frases —todas se encuentran en el epígrafe 2— con los dibujos, comentar y referir al caminar de la vida de cada cual,...

La utopía hoy iconUtopía 1516

La utopía hoy iconUtopía arcaica

La utopía hoy iconLa utopía tecnológica

La utopía hoy iconUtopíA-ANTIutopía-distopia

La utopía hoy iconLa utopía de Nuestra América

La utopía hoy iconUtopía y esperanza: la respuesta encadenada

La utopía hoy iconTomás Moro: el santo de Utopía

La utopía hoy iconIdeologíA, utopía y proyecto educativo

La utopía hoy iconIslandia: un país “subprime”- historia de una utopía






© 2015
contactos
l.exam-10.com