La lengua y la literatura Amado Nervo






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No puede hacer la postrera limosna... -dice con simbólico y sentencioso candor la infantita doña Sol a su aya, refiriéndose a Téllez Muñoz, que velada, pero expresiva y castamente, le revela su amor, y a quien ella, en su honestidad de casada, no puede consolar...

Sangre del Cid ella sola se guarda -exclama doña Elvira en las circunstancias que hemos apuntado, y de todas las bocas y en casi todas las escenas surge el endecasílabo gallego sin rima, como obedeciendo a un definitivo propósito de volverlo a la circulación corriente por parte del poeta.

Sabida es la historia de este metro. Cuando Rubén Darío vino por primera vez a España y escribió aquel célebre Pórtico a Rueda, díjose y sostúvose que había inventado un nuevo metro (el que hoy usa Marquina en Las hijas del Cid), hasta que Menéndez Pelayo puso las cosas en su lugar...

Darío mismo, por lo demás, refiere el suceso en las siguientes palabras de sus recientes Dilucidaciones:

...«Y mis aficiones clásicas encontraban un consuelo con la amistosa conversación de cierto joven maestro que vivía como yo en el hotel de las Cuatro Naciones. Se llamaba y se llama hoy, en plena gloria, Marcelino Menéndez Pelayo. El fue quien oyendo una vez a un irritado censor atacar mis versos del Pórtico a Rueda como peligrosa novedad:
... y esto pasó en el reinado de Hugo, emperador de la barba florida...., dijo: ¡Bonita novedad! Esos son sensiblemente los viejos endecasílabos de gaita gallega:
Tanto bailé con el ama del cura,

tanto bailé que me dio calentura.
Y yo aprobé. Porque siempre apruebo lo correcto, lo justo y lo bien intencionado. «Yo no creía haber inventado nada»... etc.

En efecto, no había invención alguna. Cuando yo era niño mi nana me contaba la viejísima historia de los Duendes del Bosque, quienes cantaban aquello de:
Lunes y martes y miércoles tres,

jueves y viernes y sábado seis.
Pero si Darío no ha inventado metros, ha en cambio devuelto a la circulación admirables combinaciones antiguas, como en sus layes, dezires y cantares a la manera de Johan de Mena.

Metros ya no inventa nadie, diga lo que quiera un estimable literato centroamericano, que en días pasados sugería una nueva combinación de sílabas y de acentos que sólo tenía el defecto de ser del todo inarmónica.

Si Darío y otros que como él (Lugones por ejemplo) tienen una digitación tan hábil para ese tecleo de la técnica, no han acertado con un hallazgo, dificilillo sería que otros acierten; pero no deja de ser lastimoso hacer constar que todo el virtuosismo moderno no haya dado aún una forma nueva a la lírica castellana.

Eso sí, las resurrecciones han abundado.

Poetas sobran que, juzgándolo procedimiento novedosísimo, echan mano de aquel balbuceo del endecasílabo por el que el divino Herrera experimentaba tal veneración y respeto, al leer las obras del marqués de Santillana.

En efecto, véase este soneto y dígase si la colocación de los acentos, si la cojera de algunos versos, si la ingenuidad del ritmo no lo asemejan a composiciones modernas de tal o cual ultrapoeta:
«O que diré de ti, triste emispherio,

o patria mía, que veo del todo

ir todas cosas ultra el recto modo,

donde se espera inmenso lacerio?
¡Tu gloria é laude tornó vituperio

e la tu clara fama en escureça!...

Por cierto España, muerta es tu nobleça

e tus loores tomados hacerio.
¿Dó es la fée... dó es la caridad?

dó la esperança?... Ca por cierto absentes

son de las tus regiones é partidas.
«Dó es justicia, templança, igualdat,

prudencia é fortaleça?... Son pressentes?

Por cierto non: que léxos son fuydas».
La veneración de Herrera se comprende: este soneto es el padre, admirable, de los innumerados que brotaron más tarde de tantas y tan doctas liras. El gran marqués de Santillana, cuya técnica fue tan notable para su época como la del Rey Sabio en la suya, cuando cultivaba «multitud de metros y ensayaba diversas combinaciones rítmicas, sustituyendo a la grave y austera rigidez de la gran maestría, ya la ligereza del arte real, ya la majestad y pompa de la maestría mayor, cuyo origen puede sin dificultad encontrarse en la métrica hebraica».

Indecible es el mérito de hombres como Gonzalo de Berceo, el Arcipreste de Hita, el Canciller Pero López de Ayala, al transformar la poesía castellana, y este mérito se vuelve inmenso en el marqués de Santillana, porque él unió a una comprensión clara y profunda una ductilidad de espíritu y de imaginación de que difícilmente se halla ejemplo, una erudición notable, un vivo deseo de progreso y una galanura incomparable en el decir.

«Nacido de la primer nobleza -dice uno de sus más ilustres biógrafos-, no le era posible echarse en brazos de la poesía popular, «de que las gentes de baxa e servil condición se alegraban»; para cultivar tan bella arte, debía hacerlo a la manera de los doctos, que alcanzaban en la corte de Castilla alto renombre; y aficionado desde la infancia con la lectura de los códices atesorados por sus mayores, a los ingenios eruditos, sólo podía encontrar en ellos modelos dignos de ser imitados.

Cuando, entrado ya en la juventud, comenzó a tomar parte en el movimiento intelectual de aquella corte, brillaron a su vista con inusitado esplendor las glorias de los italianos y lemosines, y no fueron para él de poca estima las obras de franceses y catalanes.» «Es notable -añade el biógrafo en sustanciosa nota- cuanto sobre los poetas franceses dice el marqués de Santillana en el párrafo XI de su carta al condestable, sobre lo cual pueden verse también los números XXX, LVIII, LVII, LVXXVI y LXXVII de su Biblioteca. Su amor a estos estudios le hizo ser considerado por sus coetáneos como sobradamente adicto o las cosas extrañas, llegando a tal punto, que el autor de las Coplas de la Panadera le califica del siguiente modo, al dar cuenta de su esfuerzo en la batalla de Olmedo:
Con fabla casi extranjera,

armado como francés,

el nuevo noble marqués

su valiente bote diera.
A tan recio acometiera

los contrarios sin más ruego,

que vivas llamas de fuego

pareció que les pusiera».
No debemos quejarnos, los poetas de ahora, de todos los cargos que se nos han hecho con harta acritud, por nuestra adhesión a las cosas extrañas, que han servido por cierto para enriquecer la poesía castellana.

En buena compañía estamos para las censuras. El marqués de Santillana, hace muchos siglos, y después Boscán y Garcilaso y más tarde Cervantes, fueron reprochados por lo mismo y, sin embargo, a ellos se debe el brillo de la rima. Siguiendo las huellas de los trovadores provenzales, «aspirando al propio tiempo a dotar a la literatura castellana de la metrificación ilustrada con las creaciones de los vates toscanos», fue cómo el nobilísimo marqués engrandeció esta literatura.

Los poetas nuevos de América y de España hemos procurado algo análogo en estos tiempos, y sobre nosotros han llovido soflamas, escándalos y aspavientos, de los que acaso, en suma, debiéramos enorgullecernos.

No nos enorgullezcamos, empero, demasiado. Menos felices que el marqués de Santillana, aún no hemos logrado inventar un metro...

¿Tan difícil es, pues, inventar un metro, que Darío, con todo su docto y tenaz deseo, lo más que ha logrado es popularizar los olvidados, y ninguno de los nuevos de América ha logrado más que él?

Difícil, sí, debe ser, y en todos los idiomas, ya que Edgardo Poe, que en su Cuervo procuró con empeño originalidad grande, no quiso lanzarse a la conquista de un metro nuevo, contentándose sólo con una inusitada combinación de metros conocidos.

«Aquí bueno será decir -como afirma el gran poeta- unas cuantas palabras de la versificación. Mi primer objeto, como de costumbre, fue la originalidad. Lo mucho que ésta se ha descuidado en la versificación, es una de las cosas más incomprensibles del mundo. Admitiendo que hay poca posibilidad de variedad en el mero ritmo, es, sin embargo, claro que las variedades posibles de metro y estrofa son absolutamente infinitas y, sin embargo, «durante siglos enteros, nadie, en verso, ha hecho ni parece haber intentado hacer una cosa original. De hecho, la originalidad -a no ser en espíritus de fuerza muy excepcional- no es, como muchos suponen, cuestión de impulso o intuición; en general, para encontrarla, hay que buscarla trabajosamente, y aunque es un mérito positivo y de la más alta calidad, exige para lograrse menos invención que negación.

»Por supuesto, no tengo pretensiones de originalidad ni en el ritmo ni en el metro de El Cuervo. El ritmo es trocaico, el metro es octámetro acataléctico, alternando con heptámetro cataléctico, repetido en el estribillo del quinto verso y terminado con tetrámetro cataléctico. Con menos pedantería, los pies empleados consisten en una sílaba larga seguida de una corta: el primer verso de la estrofa consta de ocho pies de éstos- el segundo, de siete y medio; el tercero, de ocho, el cuarto, de siete y medio; el quinto, de los mismos, y el sexto, de tres y medio. «Ahora bien; cada uno de estos versos, considerados aisladamente, se ha empleado ya y toda la originalidad que tiene El Cuervo está en su combinación para formar la estrofa, pues nunca se había intentado nada, ni remotamente, semejante a ello».
***
Hace unos doce lustros que se escribieron estas líneas. Desde entonces, mucho se ha intentado en asunto de combinaciones y muchas se han logrado.

El metro de nueve sílabas, por ejemplo, se usaba rara vez en la literatura, considerándosele rudo e insonoro. Hoy se usa familiarmente y nuestro oído, a él acostumbrado, lo encuentra armonioso, descubriendo en él una música nueva y bella.

Darío dice:
juventud, divino tesoro,

ya te vas para no volver:

cuando quiero llorar no lloro

y a veces lloro sin querer.
Y de fijo nadie osará afirmar que estos versos son ingratos. Yo (y perdóneseme que me cite: lo hago sólo a título de ejemplo), yo he usado mucho el verso de nueve sílabas, que satisface por completo mi oreja. Recientemente escribí los siguientes:
Papá Enero que tienes tratos

con los hielos y con las nieves

(y que sin embargo remueves

el celo ardiente de los gatos),

guarda en tu frío protector

el cuerpo y el alma en flor

de mi niña de ojos azules

(en cuyas ropas y baúles

hay castidades de alcanfor).
Mantén sus ímpetus esclavos,

mantén glaciales sus entrañas

(como los fiords escandinavos

en su anfiteatro de montañas).

Pon en su frente de azahares

y en su mirar hondo y divino

remotos brillos estelares,

quietud augusta de glaciares

y limpidez de lago alpino.
He usado, asimismo, de este metro en combinaciones diversas con otros, obteniendo efectos muy variados. Éstos por ejemplo:
Yo no sé si estoy triste

porque ya no me quieres

o porque me quisiste,

¡oh! frágil entre todas las mujeres;

ni sé tampoco

si de ti lo mejor es tu recuerdo

o si al olvidarte soy cuerdo

o si al recordarte soy loco; etc.
Martínez Sierra ha combinado estrofas como ésta:
Y un precoz pensador de diez abriles,

intrigado pregunta

a una rubia y graciosa chiquitina:

-Di, ¿cuál será el secreto de la historia

de Pierrot y Colombina?
«Martínez Sierra -dice el joven y ya ilustre crítico Andrés González Blanco en un reciente estudio- ama los hexasílabos, y sobre todo a los hexasílabos agudos, y no he de pasar sin decir que esto -en un escritor que profesa la abstención de todo esfuerzo métrico- acusa en verdad un relevante gusto. El hexasílabo, en efecto, con ser corto aritméticamente, es uno de los versos castellanos más amplios rítmicamente, y tiene una cadencia de solemnidad y de acompasada prosopopeya que conviene muy bien a las estrofas inrimadas del verso libre. Martínez Sierra, al alternarla con el endecasílabo, y al usarlo, ya en acento agudo, ya con una cadencia llana un poco menos benesonante, ha logrado una combinación métrica muy grata al oído y muy simpática -literalmente, como puede notarse en estos sentidos versos del epílogo:
Estrofas mías: Quiero

antes de que emprendáis vuestra jornada,

daros mi bendición,

mi bendición humilde,

bendición de poeta y de cristiano:

«Pasad, haciendo el bien».
Alfonso López Vieira, el notable poeta portugués en su último libro de versos combina felizmente el decasílabo y el octosílabo, y explica esta combinación diciendo:

«Igualmente veréis casados neste livro os dóis metros construtivos de lingua, que o feroz preconceito nunca deixara unir: o decasílabo, esta maravillosa flor grega que atravessou vindo ató nos uni mundo de geladas convencoes ficando inoca, intacta e tao humana na nossa linguageni que por si mesma se alicerca na prosa ritinica, na desprevenida fala; e a redondilla, essa outra ilor suprema, con tanta graca de Primitiva, e que tem por medida a respiraçao do homem».

Rubén Darío ha hecho con el viejo hexámetro primores de técnica.

En general, es este gran poeta quien más pródigo de combinaciones se ha mostrado; algunas tan bien logradas como la de su responso a Verlaine: Padre y maestro mágico, liróforo celeste...

Manuel Machado usa también ampliamente de todos los maridajes métricos, y no son raros en él los aciertos. De él son estos versos:
Gongorinamente

te diré que eres noche

disfrazada

de claro día azul;

azul es tu mirada

y en el áureo derroche

de tu pelo de luz, hay un torrente

de alegría y de luz.
Leopoldo Lugones ha solido desdeñar estos alardes, pero en cambio ¡con qué admirable pericia maneja los metros conocidos!

Y es tiempo ya de concluir. Muchas citas se quedan en la memoria, pero alargaría sin provecho, y sí con fatiga de lectores, este informe sobre los nuevos metros (que resultan no ser ningunos) y sobre las nuevas combinaciones métricas, que resultan incontables.

- IV -
La cuestión de la ortografía

La cuestión de la ortografía en estos momentos se impone más o menos en todas partes. En Lieja dio lugar a uno de los números del programa de un Congreso que tuvo por objeto la extensión de la Lengua Francesa.

En la época -variable según el país- en que las lenguas modernas comenzaron a adquirir conciencia de sí mismas y derecho a la escritura, los primeros escribas se esforzaron en emplear una ortografía fonética, en designar cada sonido por medio de una letra y en no emplear una letra sino para un sonido. A medida que los idiomas evolucionaban, la ortografía, igualmente, se modificaba, hasta el día en que llegaron los gramáticos, ignorantes en su mayoría de las verdaderas leyes filológicas.

Se pretendió entonces dar reglas inmutables y fijar el idioma, so pretexto de que algunos grandes escritores habían escrito obras notables en una lengua «definitiva». Como las leyes del lenguaje no obedecen a la férula de los pedagogos, la evolución continuó, en tanto que la ortografía permanecía inmutable: de donde proviene ahora una diferencia enorme entre el lenguaje y la escritura que lo transcribe. Y no solamente la ortografía de cada lengua es eminentemente arcaica, sino que está asimismo esmaltada de fantasías burlescas, salidas por completo del cerebro de los gramáticos.

Esta es la historia de todas las ortografías. Al griego moderno le ha ido, sin embargo, peor aún: en él la lengua misma ha sido torturada y desnaturalizada por la escritura. El señor Psichari y el señor Pallis han mostrado la importancia capital que tiene para Grecia una reforma lingüística, de la cual la ortografía no constituye más que uno de los aspectos.

Francia e Inglaterra son las naciones más mal libradas con respecto a la ortografía. El hecho es tanto más lamentable cuanto que el francés y el inglés son dos idiomas claros y sencillos dotados de una gran fuerza de difusión.

Desgraciadamente, su ortografía impide singularmente su expansión.

¿Quién no se sorprendería si pensase que la ortografía francesa corresponde poco más o menos en su conjunto a la pronunciación de la lengua en el siglo XIV? De entonces acá no se han introducido más que dos reformas importantes: el cambio de oi en ai en monnaie, etc., y la supresión de la s de beste, etc. En cambio, los «grandes retóricos» han añadido a la lengua letras parásitas que existen todavía, cambiando lais en legs, doit en doigt, pois en poids, etc.

Como el francés, el inglés ha tenido la doble mal aventura de evolucionar muy rápidamente y de ver su ortografía fijada casi por completo hace cinco o seis siglos, cuando Chaucer fue proclamado «clásico».

La distancia enorme que existe ahora entre la pronunciación y la gráfica no parece asustar mucho a la mayoría de los ingleses, que son muy conservadores y tradicionalistas. En Francia parece más probable que en Inglaterra una reforma.

El español y el alemán no vieron su ortografía fijada sino hasta el siglo XVI, la época de Cervantes y de Lutero.

La evolución de estas lenguas es más lenta, circunstancia que les asegura ahora una ortografía relativamente satisfactoria.

Deseamos a la Academia de Madrid, que pretende ser el custodio de la Lengua, que se muestre menos rebelde a las reformas que la Academia Francesa. En cuanto a la ortografía alemana, ha sido mejorada muchas veces. Hace como quince años, especialmente, se suprimió toda una serie de haches parásitas y de letras dobles.

Los italianos, que pueden leer sin aprendizaje a escritores de fines del siglo XIII, como Dante conocen poco los inconvenientes de una mala ortografía. La lengua tan vecina aún del latín no ha evolucionado sino con mucha lentitud a través de los siglos.

Los estudiantes franceses e ingleses encuéntranse, pues, en un estado de inferioridad con respecto a sus vecinos. En tanto que aquéllos pasan años y años en asimilarse una ortografía burlesca, éstos les tornan la delantera cultivando conocimientos que desarrollan la inteligencia: ciencias, historia, geografía, lenguas vivas.

¿Cuándo se desembarazarán Francia e Inglaterra de la superstición de la ortografía, que tanto pesa sobre la escuela?

- V -
Del estilo exuberante

La fertilidad de léxico en algunos escritores castellanos modernos

Pasada la tormenta romántica, el desordenado, el incontenible aguacero de imágenes, de adjetivos, de antítesis opulentas, de hipérbatons modosos, de sinónimos matizados, todos hemos vuelto a convenir en que la condición por excelencia de un bello estilo debe ser la sobriedad.

Entendámoslo bien, la sobriedad; en modo alguno la pobreza. Decir lo que decir hemos sin hojarasca de palabras inútiles; que nuestra frase, mejor que abundante y opima, sea nítida, lisa, bruñida; que exprese lo que se propone sin todos esos empavesados multicolores que fatigan la vista y ultrajan el ideal de elegante simplicidad que todos nos afanamos por alcanzar.

Algunos autores se figuran que, para comunicar al lector la expresión verdadera de una cosa, se necesitan muchas palabras. Lo que se necesita es la palabra justa. Los tales ensayan con la abundancia lo que obtiene sólo la precisión del léxico; más bien parece que imaginan que, arrojando al papel muchas combinaciones verbales, el lector acabará por hallar las que él necesita para comprender lo que se pretende insinuarle. ¡Grave error!

El lector no verá más que una llamarada de colores, una confusión de imágenes o de voces.

Es preciso, antes de escribir, buscar la palabra adecuada, aquella que tiene el colorido justo que necesitamos.

Ved, por ejemplo, la bordadora. Mirad cómo vacila para escoger la hebra que debe completar un dibujo de colores. Cómo coloca diversas hebras sueltas de matices análogos, sobre las ya fijas, a fin de ver cuál es la que mejor rima, y prenderla luego.

Sólo que la pereza del entendimiento se opone en muchos escritores a esa paciente operación previa que escoge y combina las frases, antes de verterlas, a fin de que las que vierta sean justamente aquellas que sean necesarias.

El vasto conocimiento del idioma suele perjudicar al estilo, y a este propósito quiero hablar ahora en mi informe.

Hay en España, entre los autores que conocen el idioma, una exagerada tendencia a hacer alarde de este conocimiento. Y en América, asimismo, los escritores castizos pecan por este lado. Acaso se imaginan: que la ostentación de innumerables vocablos y formas de lenguaje consagrados impiden que se enmohezca la lengua y constituyen el mejor antídoto contra ese desfiguro perpetuo a que someten el castellano los otros, los de la tribu rebelde, los modernistas, sea dicho, en fin. La intención será todo lo sana que se quiera, pero el resultado es desastroso. En ese berenjenal de palabras el lector se fatiga y se pierde, y el autor no logra jamás afirmar su estilo.

Convengamos, por otra parte, en que no todos los verbosos escritores castizos actuales se proponen desenmohecer precisamente vocablos: se proponen también ostentar su conocimiento del idioma. Se trata de una especie de torneo de la vanidad. Y si en la empresa emborronan su estilo, lo vuelven indigesto y petulante, bien merecido se lo tienen.

Como no quiero multiplicar los ejemplos, porque lo que mucho prueba no prueba nada, voy a citar dos nombres solamente que se refieren: el uno, a la generación de escritores que ahora se extingue; el otro, a la generación de escritores que ahora llega a la plenitud.

Los dos son notables y dignos de estima, por más de un concepto. Los dos, maestros en el idioma.

Me refiero a don Juan Valera y a don Francisco Navarro y Ledesma, muertos ambos con breve intervalo: el primero, ya muy anciano; el segundo, arrebatado en flor a las letras españolas.

Don Juan Valera poseía como ninguno la lengua, tenía esa suprema, esa elegante ironía que a tan pocos es dado manejar finamente. Conocía el significado exacto de las palabras, aunque no ese significado arcano, íntimo, misterioso, que las palabras esconden, sin el cual jamás se podrá expresar todo lo que se quiere, y que ellas ocultan avaras para los elegidos.

La palabra dice y quiere decir. El autor dice con ella esto o aquello, pero no logrará apoderarse del ritmo íntimo de las cosas sino cuando quiere decir esto o aquello, cuando intenta expresar lo que no se expresa de por sí, cogiendo simplemente las palabras necesarias, sino lo que sólo acierta a expresarse después de mirar muchas palabras al trasluz, a fin de ir descubriendo su significación escondida.

Hecho esto hay que saberlas juntar. Las palabras sufren de verse mal unidas. No es el adjetivo usual, el habitualmente visto al lado de un nombre, el que por lo general le conviene. Hay admirables alianzas posibles entre el substantivo y el adjetivo, pero sólo les es dado encontrarlas a los grandes escritores, a los verdaderamente intuitivos.

Muchos se imaginan que cuando dicen mar azul, mar proceloso, mar inmenso, han dicho algo: han definido el alma del mar. No han dicho absolutamente nada. Esa alianza es vana. Quizá hace siglos tuvo alguna virtud. Hoy ya no tiene ninguna. Los ojos del lector pasarán a través de ese substantivo y ese adjetivo sin hacer alto, sin que en su espíritu despierte ninguna vibración dormida.

Maeterlinck o D’Annuncio no dirían mar azul, mar proceloso, mar inmenso, sino como para reposar al lector; porque esos adjetivos sin relieve marchan unidos a mar como no importa qué transeúnte se une a otro en el azar de la acera. Para decir la virtud secreta y poderosa del mar, necesitamos ir a buscar en los yacimientos del idioma otros calificativos que nos están esperando, pero que no se nos revelarán tan fácilmente como creemos.

Decid mar imperioso, decid mar sonoro, decid mar genésico. Ya andáis un poco más cerca de la expresión. Decid llanura móvil, como dijo el divino Homero; mar selvoso, como dijo Esquilo; decid orgullo de la ola, ritmo de la ola, misterio de la ola; os seguís acercando... Pero el adjetivo o los adjetivos por excelencia suelen dormir en la veta, vírgenes y callados. El idioma evoluciona, muere, pasa... Otro lo sustituye, y aquel adjetivo no fue hallado... porque los escritores más atentos estuvieron a la abundancia exterior y aparente de la lengua que a la sabia y admirable riqueza interior de los vocablos.

Pero volvamos a don Juan Valera y a Navarro Ledesma.

El primero jamás adivinó el poder oculto de las palabras.

No creo que las usara nunca por instinto, sino con absoluta deliberación, pero gustábale mucho el escarceo y con suficiencia de general victorioso hacíalas evolucionar.

Generalmente un nombre iba abundantemente adjetivado. Don Juan quería dejar ver cómo sabía el idioma; los adjetivos eran viejos o nuevos, eran arcaísmos buscados y aun neologismos, puestos con cierta coquetería, como diciendo: «¿Ya ven ustedes? Si no uso frecuentemente esta voz es porque no debe usarse, porque no tiene nada de castizo; pero de ninguna manera por falta de conocimiento de ella. La uso, sin embargo, para que veáis que tengo manga ancha en esto del idioma, que no soy pacato, que no gusto de mojigaterías, que uso de cierta noble e indulgente liberalidad, que no soy de los que se aspavientan con los neologismos.» Y todos respondíamos: «¡Cómo conoce el idioma este don Juan!»

Y este don Juan jamás se asomó al mundo interior del léxico, a lo que está en lo hondo de la palabra, a lo que conserva aún el sello enigmático y lejano de su origen celeste:
«En el principio el Verbo era Dios y el Verbo estaba en Dios, y por Él fueron hechas todas las cosas y sin Él no fue hecha cosa alguna..».
Este don Juan no penetró jamás a uno de esos callados claustros, donde las palabras nunca dichas son como invioladas monjas, a fin de robarse a Doña Inés, a ese incontaminado vocablo que expresa hasta lo inefable y que suele prenderse como gota de luz a los puntos de la pluma y caer sobre las cuartillas como un diamante, a condición de que la pluma esté sostenida por la mano de un genio.

Don Juan amaba el sinónimo sobre todas las cosas.

Yo conozco más de diez escritores castizos, en España y en América, que aman el sinónimo sobre todas las cosas. Es natural: el sinónimo prueba que se saben muchas palabras. El coco de los escritores medianos, y hasta de los que no escriben, es la repetición de las palabras:

«Ello indica pobreza de estilo», afirman. Y para huir de la pobreza de estilo se lanzan desesperada mente por el camino de la sinonimia.

Yo conocí a un joven que, antes de escribir, hacía una lista de sinónimos o, cuando menos, de palabras de significación aproximada.

Supongamos que iba a tratar de una iglesia, en la cual se había efectuado una gran solemnidad.

Mi amigo empezaba por escribir:
Iglesia,

Templo,

Santuario,

Basílica,
y después:
Casa de Dios,

Lugar de oración,

Nave; etc.
«La iglesia, decía, estaba resplandeciente de luces».

Y un poco más allá:
«Oprimíanse los fieles bajo la nave».
Y luego:
«En el solemne silencio del templo».
Y después:
«Penetró el obispo a la basílica», etc.
Y mi amigo quedaba satisfechísimo de la opulencia de su vocabulario.

Hubiera sido capaz de escribir: «Esos burros, asnos, jumentos o pollinos que van por los tortuosos senderos, por las torcidas veredas, por los estrechos caminos..».

Pues bien: con un talento veinte mil veces mayor, pero con análoga tendencia, escribía don Juan Valera.

Jamás pensó que el estilo está en la construcción y no en la abundancia; que el misterio de la personalidad se halla en la sintaxis y que con cien palabras puede un hombre de talento hacer más que otro con mil. Combinar los vocablos como se combinan los colores; buscar el prestigio del matiz, el perfume nuevo de la expresión no hallada hasta entonces: that is the question!

Las palabras no son ni viejas ni nuevas: son viejas y nuevas sólo en razón de la manera con que se las combina, de la forma en que se las junta.

Don Juan Valera, que sabía tantas cosas, no sabía esto.

Tampoco lo saben muchos modernos; pero, como decía más arriba, me fijaré para no divagarme en uno solo, reputado por los más como maestro: en Navarro Ledesma. La obra maestra de este escritor y filólogo tan merecidamente apreciado, es, sin duda, El ingenioso hidalgo Miguel de Cervantes Saavedra.

Abro al azar una página, la número 5, y hallo, desde luego, estas frases... «la lucha era más fácil; los cambios y vaivenes de la fortuna y del azar, no menos súbitos».

Y más adelante:

«Por entre el bullicio y estruendo del domingo, un hombre joven», etc.

Y después:

«Tropezando y cayendo, a trancas y barrancas, un día de vos y otro de vuesa merced, vivía la familia del cirujano Cervantes

Y luego:

«El famoso colegio... era oficina incansable y colmena laboriosa de la ciencia».

Y luego:

«No tenía cejas, por lo cual le ofendía y enfadaba la luz».

Esta fertilidad de palabras, cuyos significados tienen parentela, unida a una arrolladora abundancia de toda suerte de voces, se encuentra en todo el libro, que es, por cierto, admirable. Navarro Ledesma quiere hacernos ver, ante todo, que conoce su idioma y, para probárnoslo, sigue el procedimiento habitual, el procedimiento de don Juan y de Galdós y de doña Emilia y de don Marcelino: palabrear, palabrear libremente, bellamente, gallardamente.

Únase a esto el afán de los modismos rancios, de las arcaicas frases hechas, de los refranes, de las construcciones cervantinas, y tendremos una idea de lo que es en lo general la alta literatura española, cultivada por viejos y jóvenes (salvo un Azorín, un Valle Inclán y otros que pretenden -y lo logran- crearse un estilo poderoso): algo lleno de pompa, recamado, solemne; luciente, pero sin fisonomía.

Hay vocablos que tienen fortuna; por ejemplo: ensoñar, ensoñado. Los encontraréis en todos, a cada paso. Veréis que están metidos con toda deliberación en la frase, y veréis también que la frase de cada autor en que el ensoñar anda, se parece a la del otro, como un cero a otro cero.

Eso que los franceses aman tanto, la façon, la manière, parece no tener significación alguna para los escritores castellanos.

El ideal de estos últimos es, sobre todo, la ostentación del léxico.

Y como no debe ponerse el vino nuevo en odres viejas, y como no es posible pensar de un modo original cuando se vierte el pensamiento en frases hechas hace siglos, gastadas por la circulación, resulta -a mí me resulta cuando menos- que, salvo esos que he citado, un Valle Inclán, un Azorín, los demás ya sé lo que van a decirme, todo lo que van a decirme.

Leerlos es para mí más bien un ejercicio de fraseología, un aprendizaje o una recordación de vocablos.

El poder, la magia de la façon, del sello personal, es inútil buscarlos...

Y he aquí cómo lo mejor es enemigo de lo bueno, y he aquí cómo este amor sin ponderación al castellano perjudica al castellano, que demanda en estos tiempos de prueba, en que diez y ocho Repúblicas lo circulan de un modo diverso, mayor movimiento, nuevas canalizaciones, combinaciones elocutivas no hechas, formas no visadas que nos lo presenten rejuvenecido, flamante, amable y apto para luchar con los otros idiomas, que libran un gran combate por la conquista del mundo.

Sólo una cosa rancia es buena: el vino.

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El movimiento intelectual en Madrid
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