La lengua y la literatura Amado Nervo






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fecha de publicación04.06.2015
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lengua oil, que convirtió en patuás el picardo, el borgoñón, el walón y el provenzal.

«Es una ley natural, ineludible y, además, útil y sana. ¿Qué haríamos si todas las especies y todas las lenguas hubieran vivido fuertes y fecundas en toda la sucesión de los siglos? En este punto la Naturaleza no necesita rectificación.

»Por esta misma ley están condenados a muerte los dialectos o lenguas -da lo mismo- que se hablan en España, y así lo reconocen todos los lingüistas.

»El español concluirá pronto con el vasco», dice Hovelaque. El acantilado lingüístico del catalán se ve roído constantemente por el empuje vigoroso del oleaje castellano, hasta el punto de haber perdido ya gran parte de Aragón, en donde se hablaba constantemente su idioma o su dialecto. Y este poder invasor del castellano penetra también por Valencia, y se enseñorea de toda la región, amenazando la entraña misma del dialecto, el Ampurdán. La mujer catalana, espontáneamente, prefiere siempre el castellano; lo encuentra más armonioso, más distinguido, más culto, y por esta ancha brecha siempre abierta, a pesar de los terribles esfuerzos de todos los catalanistas, la lengua oficial y literaria penetra e invade el territorio rebelde. Inútil hacer diccionarios catalanes.

Inútil pronunciar discursos en catalán. Inútil la infantil manía de escribir sus cartas en catalán. Esa ley invulnerable de mecánica biológica lo ha condenado a muerte irremediablemente, como están condenados a muerte la ballena, el elefante y los monos de Gibraltar».

Como se ve, estas afirmaciones no pueden ser más categóricas. ¿Son asimismo justas? Yo creo que sí, quitándoles algo de su rigor. El catalán estará destinado o no a morir, pero lo que sí es un hecho es que el castellano habrá de dominar siempre en el principado, a pesar de todos los pesares.

¿Por qué? Por cuestión de intereses; porque los mejores clientes de Cataluña, los únicos clientes quizás, somos los españoles y los hispanoamericanos, y para vender sus productos el catalán tiene que hablarnos en nuestro idioma.

Ahora bien: el espíritu industrial y de expansión comercial es tan poderoso o más en Cataluña que el espíritu de secta, y el más furibundo separatista, si es fabricante o representante de fábricas, tiene que aprender velis nolis el idioma de sus parroquianos, ya que sin duda no serán ellos quienes se pongan a aprender el suyo.
***
Champsaur explica que el resurgimiento actual del catalán, como el del flamenco, es pura obra de literatos, y por consiguiente, añade, «cosa artificial y pasajera, sin verdadero arraigo en la muchedumbre, que se mueve siempre por necesidades concretas y tangibles y presta muy poca atención a las juglerías de los literatos».

En esto, naturalmente, no estoy de acuerdo con Champsaur. Todos sabemos que hay en los idiomas dos tendencias diversas e igualmente poderosas, que contribuyen a formarlos: la docta y la popular, y que ninguna de las dos vive sin la otra. No es sólo el pueblo el que hace o deshace los idiomas. Son también los sabios y los literatos, que dan a cada sentimiento, a cada sensación, a cada idea, a cada objeto nuevo, una denominación adecuada. Si el catalán ha vivido, es justamente gracias a la literatura: ¿quién podría negar la formidable influencia de las Siete Partidas, de la Estoria de España o Crónica General y de los libros exemplos en la formación de nuestra lengua? ¿Quién osaría disputar al Arcipreste de Hita, autor «de la epopeya cómica de una edad entera, de la comedia humana del siglo XIV», como dice Menéndez y Pelayo, no sólo el mérito de ser la fuente histórica por excelencia, merced a la cual averiguamos lo que en las historias no está escrito, sino la decisiva influencia que tuvo en la futura abundancia y gallardía de nuestro léxico?

Y a Boscán y a Garcilaso ¿quién puede quitarles su legítimo timbre de fertilizadores y suavizadores de la lengua castellana?

La ciencia de hablar, como expresa muy bien el sabio Benot, no debe buscarse en las palabras aisladas, como lo profesan generalmente las gramáticas, aun las que más presumen de razonadas y científicas. Tanto valdría buscar la arquitectura en los ladrillos. Los vocablos son la condición del hablar, pero no la esencia del hablar. Con palabras no se habla, sino con su «combinación elocutiva». Ahora bien: el pueblo suele crear palabras, de hecho crea muchas, pero en las combinaciones elocutivas resulta por lo general poco feliz y éstas no trascienden de cierta esfera de modismos bajos, que no logran vida larga. En cambio, los literatos y los poetas sí crean continuamente combinaciones elocutivas. Ellas son una de las condiciones del estilo de cada escritor: y de los libros, en los países que leen mucho, especialmente como Francia, Alemania, Inglaterra, pasan a las conversaciones, al idioma corriente.

Si la literatura de un país suele ser el reflejo de su vida, el idioma de un país muestra casi siempre el reflejo de su literatura.

El autor dramático, por ejemplo, si bien es cierto que muchas veces se apodera de las locuciones populares, en cambio las idealiza, las corrige y las fija de un modo definitivo en los oídos del público. Es un creador de idioma de los más efectivos.

Si el esperanto, como es muy presumible, llega a ser el idioma intermedio de los pueblos modernos, la lengua de las relaciones internacionales, se deberá a los literatos, y sólo a ellos, que empiezan a usarlo en las Asambleas, en los Congresos, y, sobre todo, en los teatros, en los periódicos y en las novelas y poesías.
***
Mas tiempo es ya de que vuelva yo al trabajo de Champsaur, quien dice para concluir cosas que merecen reproducirse y meditarse, como las siguientes:

«Por muchas cosas que escriban en catalán los catalanes, el oleaje del castellano continuará royendo todo el acantilado del dialecto, desde Lérida hasta Alicante, y seguirá penetrando en Cataluña con paso firme, amparado por el buen gusto y la predilección de la mujer catalana, para la que el castellano es siempre, y a pesar de la tiranía del catalanista, la lengua armoniosa, signo de distinción y de cultura. Y no es extraño, porque las lenguas dominadoras han revestido en todas partes estos significativos caracteres, razón de su imperio y de su triunfo. Es sólo cuestión de tiempo. Si el peligro no fuera tan real, los catalanistas no se hubieran acordado de lamentarse y enfurecerse, como por temporadas se lamentan y se enfurecen, haciéndose la ilusión de que las leyes naturales se ablanden con cándidos sentimentalismos. De aquí a ofrecer dádivas y sacrificios al dios San Jorge no hay más que un paso. Para bien de la cultura patria es bueno que no lo den.

»Pero hay más. Los mismos catalanes hombres están convencidos, y así lo sienten, de que el castellano tiene algo de superior que atrae y seduce. Su vocalización es mucho más armoniosa, más delicada y al mismo tiempo más enérgica y viril. Esta influencia sugestiva no depende del carácter de lengua oficial y de las grandezas que evoca por sí mismo: es algo esencial el mecanismo fonético del idioma, que el oído de propios y extraños ha tenido ocasión de apreciar en todos los tiempos. Escritores catalanes de verdadero mérito han escrito siempre en castellano, conformándose en esto a la acción real de las leyes naturales. Quadrado, el ilustre menorquín, escribió siempre en esta lengua, y entre sus obras, su hermoso libro Forenses y ciudadanos; Balmes, su Filosofía fundamental, correctísima, cosa que no había conseguido en sus primeras producciones; Pi y Margall, cuya corrección nada tiene que envidiar a ningún autor castellano, tiene un puesto muy distinguido en nuestra literatura. Y hoy descuella en nuestra oratoria el castizo y vibrante Maura, hijo de Mallorca. Puede asegurarse también que los catalanes que han escrito y escriben en catalán no están a mayor altura que los que escribieron en castellano. Pero ¿no era bretón Chateaubriand? ¿No fue provenzal Daudet?

¿Acaso Guimerá no escribiría con la misma valentía en castellano? ¿Hemos de repetir la verdad lingüística que las lenguas nada tienen que ver con el carácter, ni con la espiritualidad, ni con la filiación etnológica de los pueblos que las hablan? El hecho fatal es que la lengua castellana ha sido y sigue siendo la dominadora en España en este momento. Por consiguiente, hay que acostumbrarse a la idea de una descatalanización lenta, pero inevitable. Al vasco y al gallego le sucederá lo que al bable, que apenas se habla. Y hasta el portugués tendrá que rendirse ante la acción dominadora del castellano.

Las leyes naturales son sordas a las súplicas, a las lamentaciones y a los enfurecimientos.

»Es, pues absolutamente lógico, porque está conforme con la mecánica natural de las lenguas, que nuestros Gobiernos continúen con firmeza la acción castellanizadora de nuestra lengua, en la escuela, en el Instituto, en la Universidad, en los Tribunales de justicia, en todas partes adonde llegue su poderío, ya directa o ya indirectamente, y convénzanse de una vez para siempre los catalanistas, los vascos y los gallegos: hablando castellano seguirán siendo lo que son y lo que deben ser, porque las lenguas no tienen relación alguna ni con el carácter, ni con la mentalidad, ni con la raza de los pueblos.
***
¡Cuán grato nos sería a nosotros, que tanto amamos nuestro admirable idioma, hacer extensiva a Hispano-América la vibrante profecía del señor Champsaur!

¡Cómo desearíamos creer que también en nuestro joven continente la lengua castellana seguirá siendo la dominadora! Desgraciadamente, influencias enormes pesan sobre ella; su unidad es muy difícil, dada la inmensa extensión de nuestras comarcas y las débiles comunicaciones que éstas mantienen entre sí, y otra profecía desconsoladora que el ilustre Cuervo estampa en su gramática nos dice que es inminente un desmoronamiento del castellano en dialectos diversos. ¿De hecho no es ya un dialecto lo que se habla en la Argentina? ¿Y no va para tal la lengua española que se habla en Chile? Dos corrientes formidables, la sajona y la indígena, aportan de continuo vocablos que dan al traste con la elegante pureza del viejo idioma. Los literatos, los modernos sobre todo, hemos extraído del Diccionario y de los viejos libros cuanta belleza hemos encontrado, oponiendo a un criollismo de mal gusto y a una angliparla desastrada, verdaderos antemurales de piedras preciosas: todas las que ocultaban las arcas del castellano. Pero nuestra labor va siendo impotente contra el alud, porque luchan en desigualdad de condiciones. Un ferrocarril a través de todas nuestras tierras latinas y merced a él un vigoroso intercambio intelectual, salvarían a nuestra lengua de esa terrible amenaza de desmoronamiento en patuás feos e incultos. También sería gran aliada la baratura del libro. De otra suerte, muy en breve un mexicano ni entenderá a nadie ni se hará entender en el Perú, ni un peruano en Chile, ni un chileno en Buenos Aires, y tendremos que traducirles además a nuestros hijos, no sólo el Quijote, sino nuestros propios libros de fines del siglo XIX y principios del siglo XX.

- III -
De los nuevos metros y las nuevas combinaciones métricas en la literatura moderna.

Estrenóse, en los primeros días de este mes, en el Teatro Español, la leyenda trágica del poeta Eduardo Marquina, intitulada Las hijas del Cid.

Esta pieza, que es un decoroso intento dramático, tuvo uno de esos éxitos de estima que el público discierne a obras que no lo entusiasman, pero en las que descubre nobles fines y serias cualidades. La leyenda explota aquel episodio terrible de la vida del Cid en que éste, ya viejo, ve afrentadas a sus hijas de la más vil manera por los Condes de Carrión:
De concierto están los condes

hermanos Diego y Fernando;

afrentar quieren al Cid,

y han muy gran traición armado;

quieren volverse a sus tierras,

sus mujeres demandando,

y luego les dice el Cid

cuando las hubo entregado:

-«Mirad, yernos, que tratades

como a dueñas hijasdalgo

mis hijas, pues que a vosotros

por mujeres las he dado».

Ellos ambos le prometen

de obedecer su mandado.

Ya cabalgaban los condes

y el buen Cid ya está a caballo

con todos sus caballeros,

que le van acompañando.

Por las huertas y jardines

van riendo y festejando;

por espacio de una legua

el Cid los ha acompañado;

cuando d’ellas se despide

lágrimas le van saltando.

Como hombre que ya sospecha

la gran traición que han armado,

manda que vaya tras ellos

Alvar Fáñez, su criado.

Vuélvense el Cid y su gente,

y los condes van de largo;

andando con muy gran priesa

en un monte habían entrado

muy espeso y muy oscuro,

de altos árboles poblado.

Mandan ir toda su gente

adelante muy gran rato;

quédanse con sus mujeres

tan sólo Diego y Fernando.

De sus caballos se apean

y las riendas han quitado.

Sus mujeres que lo ven

muy gran llanto han levantado;

apéanlas de las mulas

cada cual para su lado;

como las parió su madre

ambas las han desnudado

y luego a sendas encinas

las han fuertemente atado.

Cada uno azota la suya

con riendas de su caballo;

la sangre que de ellas corre

el campo tiene bañado;

mas no contentos con esto

allí se las han dejado.

Su primo que las hallara,

como hombre muy enojado

a buscar los condes iba;

y como no los ha hallado

volviese presto para ellas

muy pensativo y turbado:

en casa de un labrador

allí se las ha dejado.

Vase por el Cid su tío.

Todo se lo ha contado

con muy gran caballería

por ellas han enviado.

De aquesta tan grande afrenta

el Cid al Rey se ha quejado;

el Rey como aquesto vido

tres cortes había armado.
***
He aquí, pues, el núcleo del drama; pero como la escena capital, de un interés rudo, de una trágica y salvaje belleza, no puede representarse, la obra resulta lánguida.

La escena que precede a la afrenta, hácela pasar el poeta en una tienda de campaña, ya en pleno bosque. Doña Sol y doña Elvira aguardan a los condes de Carrión para seguir su camino. Todos sus acompañantes amigos hanlas dejado ya. Se sienten muy solas y un angustioso presentimiento las acosa.

En esto un pobre romero anciano pasa por allí y se acerca a hablarles y trata de hacerles compañía. Su voz tiembla de ternura y también de presentimientos dolorosos. Es el Cid, el Cid que ostensiblemente no puede ya acompañar a sus hijas, a quien su carácter, su penacho, su leyenda misma como si dijéramos, prohíbenle mostrarse humano; pero que en el fondo tiembla por la suerte de sus hijas y, padre amantísimo, ronda por cuidarlas aquel claro de la selva.

Sangre del Cid ella sola se guarda, dícele orgullosamente doña Elvira, rehusando su compañía; doña, Elvira, que ha conocido acaso a su padre, tras del piadoso disfraz, y que con una frase altiva del mismo aprendida, quiere darle valor...

El Cid a esto nada puede responder y se aleja cubierto con la esclavina constelada de veneras, se aleja estremecido de piedad paterna, se aleja; pero no sin decir a las infantas que en el hueco de un árbol cercano deja un caramillo. Que en cuanto ellas requieran ayuda lo hagan sonar, y que a la voz aguda de la caña quienes velan por ellas vendrán a socorrerlas...

¡Ay! el caramillo suena; pero demasiado tarde, cuando los infantes de Carrión, ebrios y brutales, han afrentado ya a las míseras.

La escena ésta que describo, llena toda del temblor de lo que se espera, de la ansiedad de lo desconocido, es acaso lo mejor de la pieza.

El Cid aparece en toda la leyenda bajo un aspecto que ha desconcertado por completo a la masa del público: el de padre amantísimo, lleno de ternuras. De aquí tal vez el éxito discreto de la obra, que ciertamente merecía algo más. De seguro que todo el mundo esperaba combates, tropeles de turbulentas mesnadas, ruidosas rotas moras, descalabro de castillos, incendio de ciudades.

Y nada de esto sucede. En el primer acto el Cid organiza la nueva vida cristiana de Valencia, tomada ya a los sarracenos, y la infantita doña Sol aparece, como una princesa de las estampas, con un brial violeta, ingenua y celeste, distribuyendo caridades a los vencidos.

En el acto segundo vemos a los infantes de Carrión bebiendo y holgando en un harén, con bellísimas moras que por cierto sólo piensan en aturdirlos con sus caricias para entregarlos inermes a los suyos.

Mientras allá en los campos el Cid, que ha organizado una algarada, se bate con el enemigo, y en medio de la pelea echan todos de menos a los infantes.

En esta escena hay incidentes verdaderamente teatrales y con habilidad producidos, como la descripción que un jefe árabe hace, a propósito de un presagio, de cómo domaba a dos serpientes, y la entrada de Téllez Muñoz, sobrino del Cid, enamorado en silencio y caballerescamente de la infantita doña Sol, y que testigo de la cobardía de los de Carrión y generoso hasta el heroísmo, les entrega una bandera que él ha cogido a los moros para que ellos la muestren como trofeo propio, y les cuenta cómo ha sido la algarada, a fin de que puedan decir al Cid y a sus esposas que estuvieron en ella.

La obra es, en mi concepto, merecedora de loa; toda ella hija de un alto, noble y delicado intento; y si, como digo, su éxito no puede llamarse ruidoso -lo que en suma acaso es en su abono- sí puede calificarse en cambio de un éxito serio.
***
En casi toda la leyenda, y a esto quería yo venir a parar, como asunto por excelencia de mi informe, Marquina usa el endecasílabo gallego.

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