Lima y la sociedad peruana






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Lima y la sociedad peruana

Max Radiguet

[IX]

Estudio preliminar Bajo el sol invernal de la Bretaña francesa y sobre su paisaje ameno, Maximiliano Renato Radiguet nació en Landerneau en las márgenes del río del mismo nombre, cerca de Brest, en el Cabo Finisterre, el 17 de enero de 1816. Concluidos sus estudios escolares, Radiguet ingresó a la Escuela Naval, de donde salió adscrito a la marina francesa. Su primer contacto con América aconteció en 1838, al ser enviado en misión oficial como Agregado del Almirante Du Petit Thouars, a la nueva república de Haití, donde debía negociarse una indemnización a Francia exigida por el gobierno del rey Luis Felipe. De regreso de este viaje, en que pudo conocer algunas de las principales Antillas, entre 1838 y 1839, Radiguet fue designado para integrar la misión encomendada al mismo Almirante Du Petit Thouars, a bordo de la fragata de guerra La reine-Blanche, en 1841.

El objetivo de esta misión era estudiar las condiciones de navegación entre la costa occidental de la América del Sur y las islas de la Oceanía y para finalmente, ocupar a nombre del gobierno francés, las islas Marquesas que antes habían pertenecido a la corona de España. El barco hizo escalas previas en Río de Janeiro, y después de haber cruzado el estrecho de Magallanes, en Valparaíso. Enseguida, a la espera de órdenes superiores, debió permanecer prolongadamente anclado en la rada del Callao, desde diciembre de 1841 hasta comienzos de 1845, en que los despachos recibidos le señalaron su objetivo final que fue el tomar posesión de las islas Marquesas. En esta importante misión, el teniente de marina Max Radiguet actuó como secretario agregado al Estado Mayor del Almirante [X] Du Petit Thouars, encargado de redactar el informe oficial de la misión encomendada a su jefe. Durante su larga estada en la costa peruana, Radiguet tuvo oportunidad de vivir casi constantemente en Lima, la capital de la nueva república independiente y de efectuar observaciones y juicios sobre la condición social del país, que había de cautivarlo por su exotismo costumbrista y por la sugestión de su personalidad y carácter especial.

Era Radiguet un joven oficial de marina que apenas frisaba en los 25 años, cuando llegó por primera vez a Lima, en la navidad de 1841. Encontró un país un tanto caótico, en la época de los gobiernos efímeros y del apogeo de Vivanco, afectado por luchas políticas intestinas, con serios problemas de desorganización administrativa y en estado de postración económica. Los golpes de estado se sucedían unos a otros y el enfrentamiento de facciones hacía vivir a sus habitantes tiempos de inestabilidad y angustia. Pero la capacidad de comprensión humana de Radiguet, su tolerancia y sensibilidad, le permitieron prescindir de la anécdota fugaz o del cuadro momentáneo, adentrar en la esencia espiritual de los peruanos y descubrir los valores permanentes, en medio de la fugacidad de las situaciones efímeras. Sus impresiones de viajero fueron consignadas primeramente en artículos sobre asuntos pintorescos que envió por un lapso que va de 1844 a 1854 a diversas revistas francesas.

Posteriormente constituyeron, corregidos y ensamblados y puestos al día, la materia del libro que tituló Souvenirs de l'Amérique Espagnole (Recuerdos de la América Española), aparecido en 1856, uno de los más amenos y mejor escritos relatos de viaje sobre el Perú y los peruanos.

CARÁCTER DE LA OBRA Max Radiguet ha sido uno de los viajeros franceses más afortunados en su visión de la realidad social del Perú, en un momento determinado de su historia. El encanto de su prosa y el vigor de su genio literario lo han puesto en primera fila dentro del conjunto de los viajeros franceses que han escrito sobre el Perú, no obstante que éstos forman legión y que desde distintos ángulos, trataron de las peculiaridades de esta tierra peruana.

A la obra científica de Castelnau y Orbigny, tan documentados y profundos conocedores de las realidades latinoamericanas [XI] se ha adicionado, en la primera mitad del siglo XIX, los libros llenos de encanto imaginativo y de recursos de estilo y agudezas de ingenio debidos a la pluma de Paul Marcoy (Lorenzo Saint Criq) y Max Radiguet. Fueron éstos, sin duda alguna, talentos singulares, verdaderos artífices del buen decir. Sin los desbordes fantasistas de Marcoy, supo Radiguet trazar con palabras y también con los colores de su ágil e igualmente atractivo pincel, un cuadro muy vivo de la sociedad peruana en la década del 40.

Llegado por primera vez a Lima en 1841, residió en ella aunque con breves ausencias entre esa fecha y 1845, cada vez que se lo permitieron las tareas del buque en el cual servía como oficial de marina. Así pudo narrar acontecimientos vividos en la etapa republicana que corresponden a ese lapso, los que complementó con los datos de una diligente pesquisa sobre los antecedentes de aquéllos, con semblanzas de los personajes actuantes en la vida política, con informaciones de primera calidad tomadas de personas de fe, con documentación fidedigna y con ese don de observador acucioso que lo caracterizaba. Todo está volcado en una prosa amena y sugestiva, digna de un cronista cultivado y de un espíritu de notoria sensibilidad como Radiguet que no llegó nunca a trastocar los hechos ni a fantasear sobre las realidades, como sucede en los relatos de Paul Marcoy, y que se limitó a comentar con recato no exento de gracia cuanto observaba en las costumbres y los usos de los limeños.

Las circunstancias no permitieron a Radiguet que se alejara de la ciudad capital, por lo que su relato no pretende dar la noción total del Perú, mas sólo una imagen de Lima republicana de la mitad del siglo XIX.

Es verdad que en ese momento el resto del Perú contaba poco en los azares de la política peruana, salvo la aguerrida Arequipa. Pero de ésta no deja Radiguet de mostrarse bien enterado y sus informaciones justas y ponderadas ofrecen bastante índice de suplementaria información para el cuadro trazado de la sociedad peruana.

RADIGUET Y HALL El mismo Radiguet observaba en algún párrafo de su libro el carácter practicista e insistentemente mercantilista de muchos de los viajeros que lo habían antecedido en su visita al Perú. Se refería sin duda a las relaciones de viajeros de comienzos del siglo que coinciden con la época de la independencia [XII] o sea a sus propios connacionales como Julián Mellet, René P. Lesson y otros marinos, muchos norteamericanos y sobre todo los ingleses que fueron en su mayor parte o agentes de empréstitos o mineros o comerciantes, a quienes interesaba el Perú como zona de influencia para presentes y futuras concesiones o establecimientos de explotación económica. Sin embargo, entre ellos hubo excepciones y la mayor de éstas pudo ser el célebre relato de Basil Hall, viajero escocés, quien visitó el Perú en 1821 y que tiene algunos puntos de contacto con Radiguet. Era Hall también marino, desprendido de una misión técnica, a más de escritor de profesión como Radiguet. Pero estas son coincidencias adjetivas, pues la similitud fundamental reside en la actitud crítica de ambos, en la capacidad de observación directa, minuciosa, en la apreciación objetiva y en el juicio ponderado que no se apoya en prejuicios o en moldes europeos, sino que pretende presentar las peculiaridades del país observado con respeto por sus valores autóctonos e íntimos, aun en medio de la anotación de sus miserias o defectos. Tampoco absuelven de las flaquezas pero las explican con tolerancia. Pero ante los hechos y situaciones ejemplares, ante lo original, lo ingenioso o el acierto no vacilan en señalarlo generosamente. La justeza de los comentarios, las finas semblanzas de los personajes, las descripciones de hechos y situaciones y el interés por las expresiones populares acusan en Radiguet y en Hall una previa y vasta preparación cultural. Ésta los hubo dispuesto para informarse concienzudamente y para realizar la tarea de escribir sus libros y a la postre habría de promover la difusión coetánea de sus páginas y la supervivencia espiritual que los hace gratas y perdurables muestras del talento humano.

RESONANCIAS INTELECTUALES Con relación a este autor es necesario desmentir una afirmación

infundada y destruir una superchería literaria. Pero al mismo tiempo, es posible señalar alguna otra resonancia literaria de su obra e insinuar también algunas perspectivas tal vez imaginarias pero más fundadas.

Por muchos años se tuvo a Radiguet como inspirador de la pieza teatral de Merimée sobre la Perricholi y el ambiente colonial peruano, pero no parece posible considerar que Próspero Merimée hubiera tenido como fuente a Radiguet ya que [XIII] La Carroza del Santísimo Sacramento, comedia que dio fama europea a la Perricholi, apareció en El teatro de Clara Gazul, obra de Merimée, en 1826 e incluso había dado pie a comentarios de Goethe en sus Conversaciones con Eckermann de enero y mayo de 1827, marzo de 1830 y febrero de 1832; en tanto que la obra de Radiguet sólo aparece en volumen en 1856 y antes en revistas desde 1845. Por lo demás, Harri Meier en un agudo ensayo ha probado que la fuente principal de Merimée fue el relato de viaje de Basil Hall, vertido al francés en 1825(1) y al alemán el mismo año.

La página en que Radiguet describe una pelea de gallos parece la fuente de inspiración inicial de una notable narración de la literatura peruana del siglo XX, El caballero Carmelo de Abraham Valdelomar.

Algún parentesco podría encontrarse entre aquella descripción del vencedor que logra Radiguet:

«Posó sus patas sobre el cadáver de su víctima, levantó el cuello con fiereza, lanzó sobre la asamblea una mirada insolente y, magnífico como un héroe de la Iliada, lanzó su grito de victoria como un desafío...».

y ciertos pasajes del excelente cuento de Valdelomar cuando compara también al Carmelo con «un armado caballero medieval» o cuando describe:

«el gallo se incorporó...» «abrió nerviosamente las alas de oro, enseñoreóse y cantó»... «aquel héroe ignorado, flor y nata de paladines».

No sería descaminado imaginar que Valdelomar -durante su estada en Francia o Italia, entre 1913 y 1914-, pudo haber leído el libro de Radiguet y que bajo la impresión de aquel relato escribiera luego en Roma, El Caballero Carmelo, tal vez su obra narrativa más lograda. Todo ello pudo ser, pero no hay comprobación documentada. Se trata de una simple conjetura. Y en plan igualmente imaginario cabe pensar en el posible impacto de la lectura de Radiguet, notable escritor y dibujante, que hermanó en su obra el Perú con la Oceanía, Lima y las islas Marquesas, sobre el destino del pintor francoperuano Paul Gauguin, quien fue nieto de peruana (Flora Tristán), vivió de niño en Lima por los años en que Radiguet residió [XIV] en estas tierras y quien, más tarde, abandonando Francia, fijó su residencia en Tahití. Es probable que el gran pintor leyera esas páginas de Souvenirs y también las de Les derniers sauvages que ellas le abrieran el horizonte de su destino genial.

LA INQUIETUD SOCIAL EN RADIGUET Como la obra se publicó en edición definitiva, un decenio después de escrita o de realizado el viaje (1841-1845) que le dio origen, Radiguet alcanzó a introducir algunas adiciones pertinentes a las que se hace mención en la introducción Allí se deja constancia de que el país ha entrado (por 1856) en época más próspera con la explotación del guano y que su administración se ha mejorado con la acción de orden en los gobiernos de Castilla, signo de estabilidad después de la anarquía que Radiguet vivió en años anteriores. Anota también la intensificación del tráfico comercial a causa del descubrimiento del oro en California que había introducido mayor movimiento en los puertos chilenos y peruanos.

Radiguet advertía hace 120 años el peligro de la introducción de lo que él llamaba «el yanquismo» (p. XI, Avant-propos, ed. 1856), en los países latinoamericanos o sea la acción de «el peligroso vecino, la raza angloamericana que un día podrá desbordarse más allá de sus límites sobre su territorio. Esta nueva conquista puede desplazar la lengua castellana pues la divisa de los americanos del norte (grow them!) implica si no la absorción, la destrucción» (p. 230, ed. 1856). De allí su consejo idealista de que se vuelquen estos pueblos confiadamente a los países neo- atinos y propicien una inmigración europea y sobre todo francesa que las preserve de esos peligros.

En buena cuenta, Radiguet resulta un adelantado del «arielismo» que patrocinará medio siglo más tarde un latinoamericano ilustre, el uruguayo José Enrique Rodó, con su famoso ensayo Ariel en el cual oponía a las fuerzas del norte -simbolizadas en Calibán- la afirmación de la actitud espiritual de los países latinoamericanos, simbolizados en Ariel. Sin embargo, la crítica peruana de la obra de Radiguet no ha reparado sino en el aspecto sugerente de sus descripciones costumbristas, de sus delectaciones pintorescas acerca de las limeñas y los limeños o los usos locales, como si fuera sólo un escritor localista que no hubiera ahondado en otras facetas de mayor [XV] contenido social o histórico. Parece procedente insistir en esta hora de revisiones, en los otros aportes de la obra del insigne viajero francés que dejan al descubierto, sin acritud, muchos aspectos negativos del Perú en su época y que señalan con penetración y proyección hacia el futuro algunos fundamentales asuntos de crítica menos efímera, soslayados por cuantos anteriormente extrajeron de sus páginas sólo aquello que convenga a su concepción interesada en un Perú feudal y centralista, aristocratizante y recortado.

De acuerdo con lo expuesto por el propio Radiguet en la introducción de su obra, se han consignado en su libro las observaciones pintorescas de las costumbres sociales del país visitado que quedaron un tanto al margen de las noticias oficiales y datos científicos o profesionales de sus informes que forman parte del Álbum de la misión naval a que pertenecía.

El viajero se esforzó en despojarse de prejuicios europeístas y quiso ver con ojos tolerantes las características peculiares del Perú, sus aspectos particulares, apartándose en lo posible de juzgar el país solamente desde el punto de vista de sus intereses comerciales, económicos o industriales, pero sin dejar de señalar sus aspectos negativos conjugados con los brillantes y positivos, sus miserias contrastadas con sus grandezas.

El énfasis en lo mercantilista había sido la tónica dominante en los viajeros de los años anteriores o sea en el primer cuarto del siglo XIX.

En contraste y en oposición a ellos, Radiguet se interesó por captar otros valores de tipo espiritual, sus recuerdos poéticos, las esencias típicas en medio de sus anécdotas. Le preocupa consignar las diferencias más que las similitudes, la vida auténtica y secreta, los caracteres distintivos en un pueblo con raíces profundas adentradas en las antiguas civilizaciones indígenas.

De otro lado, en Lima halló a la notable y tradicional ciudad de la América del Sur que todavía conservaba las huellas de su antiguo esplendor en costumbres, usos y arquitectura. Por eso Raúl Porras Barrenechea ha podido afirmar que Radiguet es «uno de los creadores de la leyenda de Lima como 'la perla del Pacífico' y como centro de la cortesanía y cultura americana del sur». [XVI]

RESTANTE OBRA DE RADIGUET Después de su libro sobre América Latina, publicó Radiguet un estudio sobre las costumbres de la América del Norte (1857), su libro de memorias sobre la ocupación de las islas Marquesas titulado Les dernières sauvages (París, 1861) con 16 ilustraciones del autor y finalmente un cuarto libro titulado A travers la Bretagne (París 1865) que está formado por apuntaciones impresionistas de la región bretona, en que nació. Colaboró asimismo en la composición del Álbum de viaje de «La reine Blanche», adicionado con cartas geográficas y dibujos que Radiguet trazó para ilustrar el informe oficial, en que naturalmente no pudo desenvolver su plena aptitud creadora, restringida en ese caso por las exigencias profesionales u oficiales. Sus colaboraciones en famosas publicaciones
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