Gassan Kanafani nació en Akka (San Juan de Acre), Palestina, el 9 de abril de 1936, en el seno de una familia de la clase media. Su padre era abogado. Más






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HOMBRES EN EL SOL
GASAN KANAFANI

PROLOGO

Gassan Kanafani nació en Akka (San Juan de Acre), Palestina, el 9 de abril de 1936, en el seno de una familia de la clase media. Su padre era abogado. Más adelante, siendo el aún muy niño, la familia se traslado a vivir a Jaifa, desde donde, como miles de palestinos, tuvo que emprender el camino del exilio a raíz del desastre de 1948 y la consiguiente represión sionista.

Después de permanecer por breve tiempo en el sur del Líbano, la familia se trasladó a Damasco, Siria, en donde, para ganarse el pan, tuvo que lanzarse desde muy joven al mercado del trabajo. Fue maestro de escuela y también profesor de artes en las escuelas de la UNWRA1. Alternando el trabajo con los estudios, consiguió, llegada la edad, ingresar en la Universidad de Damasco, donde cursó estudios de literatura durante tres años.

Gassan Kanafani inició su actividad militante desde muy joven, a los 15 años de edad. En 1953, cuando tenía 17 años, se afilió al Movimiento de los Nacionalistas Árabes, organización surgida en el decenio de 1950 como reacción a la derrota de la dirección feudal – burguesa árabe en Palestina frente a la ofensiva imperialista del sionismo. Pese a su composición social heterogénea – como la de todo movimiento nacionalista -, muchos de sus militantes evolucionaron rápidamente hacia posiciones radicales. En el Congreso de 1962, se asiste ya a una ruptura entre las tendencias radicales pequeño burguesas y las tendencias nacionalistas tradicionales de la gran burguesía reaccionaria y de la burguesía media. La derrota de 1967 contribuyó de nuevo a escindir el movimiento. La mayoría de los militantes tomaron conciencia del fracaso de las direcciones pequeño burguesa del Cercano Oriente y la sección jordano – palestino del movimiento funda el Frente Popular de Liberación de Palestina (FPLP), de tendencia socialista – marxista y cuyo máximo dirigente es George Habache. El FPLP es, como se sabe, uno de los componentes de la OLP.

Expulsado de la Universidad de Damasco por sus actividades políticas, Kanafani emigró en 1956 a Kuwait en donde trabajó como profesor de dibujo de las escuelas del Estado. Al mismo tiempo, ejerció la labor de periodista e inició la actividad literaria, íntimamente ligada a su actividad política.

En 1960, se trasladó a Beirut en donde trabajó como redactor literario del semanario Al-Horriya, órgano de la izquierda libanesa. En 1963, pasó a ser redactor jefe del diario Al-Muharrir, al tiempo que colaboraba en Al-Anwar y en Al-Hawadiz hasta 1969, fecha en que fundó el semanario Al-Hadaf, portavoz del Frente popular de Liberación de Palestina, y del que fue redactor jefe hasta su asesinato por los servicios secretos israelíes el 8 de julio de 1972, a los 36 años de edad.

A pesar de haber muerto tan joven, Gassan Kanafani fue un autor prolífico. En un periódico que no abarca más de dieciséis años, escribió cincuenta y siete relatos breves, publicados principalmente en colecciones, y que llevan los títulos siguientes: Muerte en la cama Nº 12 (1961), La tierra de las naranjas tristes (1962), Un mundo que no es nuestro (1965), Hombres y fusiles (1968); cuatro novelas completas: Hombres en el sol (1963), Lo que os queda (1966), Um Sa’ad (1969), De vuelta en Haifa (1969), y tres inacabadas; tres obras de teatro; ensayos literarios: La literatura de la resistencia en la Palestina ocupada (1966), La literatura sionista (1967), La literatura palestina de resistencia bajo la ocupación (1968); ensayos políticos: La resistencia y sus dificultades (1970), e históricos: La revolución de 1936 – 1939 en Palestina (1972). A ello hay que añadir su intensa labor como periodista – infinidad de artículos dispersos en distintos diarios y revistas sobre diversos temas más literarios, históricos, políticos – y su labor de traductor – tradujo del inglés al árabe la obra de Tennessee Williams Humo y verano.

Gassan Kanafani dejó además otras novelas y ensayos políticos, literarios e históricos publicados por partes en semanarios, pero todavía inéditos en forma de libros.

En 1966, recibió el Premio Amigos del Libro de Líbano a la mejor novela por su obra Lo que os queda y después de muerto, a título póstumo, recibió en 1974 el Premio de la Organización Mundial de Periodistas y en 1975 el Premio Lotus de la Unión de Escritores Afroasiáticos.

Gassan Kanafani, es considerado hoy, junto con Emile Habibi (quien vive en el Estado de Israel), uno de los representantes más destacados de la literatura árabe en general y de la palestina en particular. Gassan Kanafani representa la novela palestina del exilio, como Emile Habibi la del interior. Aunque desaparecido prematuramente, su obra ocupa un lugar importante dentro de la novela árabe contemporáneo.

El interés de las tres novelas que figuran en este volumen y que, por primera vez, se dan a conocer hoy al lector de lengua española, es que representan tres etapas en la producción literaria del autor, que son reflejo, a su vez, de tres etapas en la toma de conciencia del pueblo palestino.

En Hombres en el sol hay una evasión, una huida, de la amarga y cruda realidad. La búsqueda de una solución individual lleva a la muerte que es aquí una prolongación de la derrota, una muerte aceptada pasivamente, con resignación, sin lucha.

En Lo que os queda se vislumbra ya el esbozo de una toma de conciencia. La búsqueda de una solución, aunque siga siendo de forma individual, representa ya un intento de liberación. No hay resignación ante la muerte, sino que se lucha y hasta se mata, aunque haya que morir después, justamente para seguir viviendo.

Um Sa’ad representa la etapa superior de la toma de conciencia, la solución colectiva que se traduce en la lucha armada.
Hombres en el Sol (1963)
Cuando en 1963 apareció en Beirut Hombres en el sol, era la primera vez que la obra de un novelista palestino planeaba como una cuestión histórica, los temas del éxodo, la muerte y el estupor producidos por la derrota.

Esta novela cuenta la historia de tres palestinos pertenecientes a tres generaciones, que coinciden en cuanto a la necesidad de encontrar una solución individual al problema existencial del hombre palestino y huyen a Kuwait, país donde existen petróleo y riquezas.

Una vez en Basora, Irak, a donde cada uno había conseguido llegar por sus propios medios, deciden viajar juntos los tres a Kuwait en la cisterna de un camión que conduce Abuljaizarán, compatriota suyo establecido en Kuwait desde hacia años y chofer de un rico señor kuwaití, quien, para ganar algún dinero extra, se dedica a pasar en su camión a emigrantes clandestinos y cobra por ello una suma inferior a la que piden los “pasadores” profesionales. En el puesto fronterizo de Mitla, del lado kuwaití, los tres palestinos se asfixian en la cisterna del camión porque el conductor, Abuljaizarán, se retrasa con los aduaneros. Los tres mueren callados, sin golpear las paredes de la cisterna y ni siguiera gritar para pedir socorro.

Abu Kais, el más anciano, representa la generación derrotada, vencida, que tuvo que abandonar la tierra y vivir la miseria de los campos de refugiados. Si en 1948 era ya un hombre de mediana edad, diez años más tarde es un anciano que, abrumado por los sufrimientos y las penalidades, se resigna a su suerte sin vislumbrar, en el agujero negro en que está hundido, ninguna luz de esperanza. Otros más jóvenes que él tratan de hacerlo salir de su abulia, lo empujan a que abandone la vida de miseria del campo en donde vegeta, sin otro medio de subsistencia que la ración alimentaria que le suministra los organismos internacionales de ayuda a refugiados, lo incitan a que rechace la humillación de vivir como un pordiosero, de la limosna, de la caridad. Hay aquí un primer llamamiento a la acción que, aunque circunscrita a los límites de la solución individual representa ya, en cierto modo, una sacudida.

Sus ambiciones son bien modestas. Le basta con ganar lo suficiente para poder comprar uno o dos pies de olivos, quizás también para poder construir, fuera del campo de refugiados, una casita que sea suya, y, si ello fuera posible, pagar los estudios de su hijo. No aspira a más.

Por su espíritu simple, ingenuo, este personaje resulta enternecedor. Es un hombre del pueblo, sencillo, sin instrucción, acostumbrado desde siempre a buscar consejo y guía en otros que, en su humildad, considera que saben lo que él, pobre campesino, ignora. Simboliza a la inmensa mayoría del pueblo palestino, formado, sobre todo, por campesinos con un profundo apego a la tierra. Este amor a la tierra, hasta fundirse con ella en “un solo palpitar”, lo expresa bien Kanafani al presentarnos a Abu Kais que, lejos de su patria, Palestina, yace en Basora, a orillas del Chott, con el cuerpo pegado a la tierra como esperando que ésta le infunda la fuerza, el aliento necesario para seguir adelante en su empresa. Esa tierra, húmeda por la proximidad de los dos ríos, el Tigris y el Éufrates, unidos hasta formar un solo río, el Chott, despierta en él recuerdos dormidos, sensaciones ya casi olvidadas de los tiempos en que allá, en Palestina, creía que los latidos de su propio corazón eran los de la tierra y el olor que de ella se desprendía “el mismo que exhalaban los cabellos de su mujer cuando salía del baño... el de una mujer con el cuerpo chorreando agua fría y los cabellos mojados sobre el rostro”. La tierra, como un ser vivo de cuerpo cálido que palpita y da frutos, es la esposa que lo recibe en su seno, la madre que le da sustento. A través de su identificación como una mujer, con la esposa – madre, la tierra pasa a simbolizar la patria, Palestina.

As’ad, el segundo personaje, pertenece a otra generación, la de los que eran adolescentes cuando el desastre de 1948 y, por tanto, demasiado jóvenes para tomar las armas pero que, no obstante, conservan vivos en su memoria los recuerdos de la lucha y la resistencia, la derrota y el éxodo, As’ad representa ya a otra categoría de palestinos. No es el campesino ingenuo y simple, confiado, sino el joven con estudios, armado para defenderse en la vida. Simboliza, en cierto modo, al intelectual en el que la masa de campesinos cree y confía. Esta realidad la expresa bien Kanafani cuando Abu Kais pone su suerte en sus manos y le pide que sea él quien decida en los tratos con Abuljaizarán el “pasador” clandestino.

As’ad pertenece a la generación de los que no quieren resignarse a su situación de refugiados, de ciudadanos de segunda clase en los países árabes de acogida, y se rebelan frente a la humillación de que son víctimas. Pero, como las manifestaciones callejeras, las protestas minoritarias de grupos de estudiantes no han conducido a nada, decepcionado ante la impotencia de la acción colectiva, estéril y sin perspectivas inmediatas de futuro, decide abandonarla y opta por la solución individual. Consciente de la cruel realidad de un mundo hostil e implacable en el que impera la ley del más fuerte, en el que, como en el desierto, las ratas grandes se comen a las más chicas, y dotado de un bagaje intelectual con que abrirse camino en la vida, trata de salvarse, salir del agujero, recobrar la dignidad, buscar en el triunfo personal la revancha de los desheredados.

Marwán, el tercer personaje de la novela, no puede decirse que pertenezca a una generación más joven que la de As’ad, ya que la diferencia de edad entre uno y otro no es muy grande. Pero si As’ad era un adolescente en 1948, Marwán era un niño, para quien la derrota y el éxodo, aunque marcarán profundamente su existencia, yacían más enterrados en la memoria.

Marwán no habría pensado nunca en emigrar si no hubiera sido porque su hermano mayor, al casarse, deja de enviar dinero a la familia desde Kuwait en donde trabajaba. El abandono del hermano, lo siente como una traición a sus padres, a sus otros hermanos, a él mismo, que no podrá ya continuar sus estudios. Y lo más grave es que ese abandono trae nuevos abandonos, nuevas traiciones, porque su padre, al faltarle el mínimo de bienestar y tranquilidad que aquel dinero le proporcionaba, repudia a la madre para casarse con una mujer “rica” que posee una casa de cemento con tres habitaciones. La estrechez económica y la penuria provocan una disgregación de la familia con la huida del padre que, vencido, cansado, sin ánimos para soportar una existencia miserable, se siente incapaz de afrontar sus responsabilidades familiares, y sólo busca con egoísmo su provecho personal.

Estos dos abandonos, el del hermano y el del padre, son los acicates que mueven a Marwán a emigrar a Kuwait, con el único fin de trabajar y ganar dinero para mantener a su familia. También él piensa, como los otros, que para liberarse de la miseria no hay más salida que la huida a Kuwait.

Pero si la emigración a un país rico y el deseo de ganar dinero para mantener a la familia obedecen a una necesidad, hay además en él otros motivos. El sentimiento de abandono, implícito en la traición del padre, lo atormenta y, en su mente, el deseo de vengarse se convierte en una obsesión. De ahí su afán de ganar mucho dinero para enviárselo todo a su madre y a sus hermanos, de llegar un día a ser rico para que su padre se muerda los dedos de arrepentimiento. Esta reacción infantil refleja bien su carácter. Aunque la necesidad imperiosa de ganar su pan y el de los suyos y de asumir, por tanto, la responsabilidad del jefe de familia, hace de él, con sólo dieciséis años, un adulto antes de tiempo, en realidad aún es un niño, un muchacho ingenuo, fácil de engañar.

Junto a estos tres personajes, víctimas de un destino implacable que los lleva a la muerte, aparece un cuarto personaje tan importante como los anteriores, o quizás más, pues es quien, precisamente, los conduce a la muerte. Es Abuljaizarán, el “pasador” clandestino, quizás el más complejo de todos los personajes y en el que Kanafani simbolizó, reunidas en un solo individuo, todas las contradicciones del hombre palestino que luchó en la guerra de 1948 y que, vencido, decepcionado de todo, ha decidió adoptar una actitud cínica ante la vida. Su aspecto físico que, como su nombre lo indica, recuerda el de un junco2 da una impresión de flexibilidad, de elasticidad, como si pudiera plegarse en dos. Esta descripción física es, en realidad, un retrato moral. El cuerpo elástico y flexible simboliza la naturaleza del personaje, adaptable, plegable a una u otra circunstancia según las conveniencias, es decir, el oportunista.

Sin embargo, pese a su conducta interesada, su cobardía, sus pequeñas miserias, tampoco es enteramente de una pieza. También hay en él rasgo de ternura, de humanidad. Apiadado de Marwán, en quien ve casi a un niño, está dispuesto a pasarlo a Kuwait sólo por cinco dinares, cuando a los otros dos les reclama diez. Y su angustia moral, su desesperación al descubrir los tres cadáveres dentro de la cisterna, no es sólo por cobardía, por miedo a que las autoridades kuwaitíes descubran lo sucedido y ello ponga en peligro su situación, sino también porque se siente responsable de haber llevado a la muerte a sus tres compatriotas. Los sentimientos aparecen en él mezclados, confundidos, lo que da una imagen más real, más viva, del personaje. La pena y la angustia se confunden con el miedo y el instinto de conversación; el horror, el sentimiento de culpabilidad quedan supeditados al instinto de lucro. Quizás uno de los momentos más trágicos, más terrible de la novela sea aquél en que Abuljaizarán, después de depositar los cuerpos de sus compatriotas en el basurero municipal situado en las afueras de la ciudad y emprender el viaje de regreso, vuelve sobre sus pasos y despoja a los tres cadáveres de todo el dinero que llevaban, sin olvidar el reloj de Marwán.

Con todo, este personaje no nos resulta antipático. La circunstancias de su vida, inseparables del destino trágico de su pueblo, han hecho de él lo que es: un ser fracasado que sólo aspira, por todos los medios, a ganar dinero suficiente para poder llevar una existencia tranquila y, sobre todo, olvidar el pasado. Porque debajo de una apariencia jovial y alegre, esconde un personaje profundamente atormentado por un pasado de derrota, de impotencia. Esta impotencia se manifiesta en una acción militar en la que, después de haber servido durante más de cinco años en el Ejército británico en Palestina y a pesar de su fama de buen conductor, fracasa en sus intentos de conducir un viejo vehículo blindado, del que se habían apoderado los hombres de la aldea, después de una ataque de los judíos. Y fracasa, sencillamente, porque era un hábil conductor de camiones pero no un experto en la conducción de vehículos blindados, es decir que se le confió una tarea superior a sus capacidades.

Pero también su integridad física ha sido afectada, pues después del accidente que sufrió durante la lucha contra el ocupante sionista, es sometido a una operación quirúrgica en la que tiene ser castrado. La pérdida de la virilidad, es decir, la impotencia, en un personaje como Abuljaizarán, combatiente de la guerra de 1948, es un símbolo con el que Kanafani expresa la situación de impotencia del pueblo palestino, después de la derrota.

Y justamente a este hombre castrado, a este eunuco, es el que sus compatriotas confían su suerte, su destino, que no podía tener más que un trágico fin: la muerte. Abuljaizarán, sinónimo de derrota, de impotencia, hace el papel de anti-héroe. De él ya no cabe esperar nada en el futuro. En este personaje simboliza Kanafani a una generación históricamente incapacitada para hacer salir al pueblo palestino de su estupor y conducirlo de nuevo a la lucha.

De los otros tres personajes de la novela, Abu Kais es un anciano ya acabado; Marwán, aunque represente una esperanza para el futuro, era aún demasiado joven para asumir en aquel momento –1958- el papel histórico del nuevo hombre palestino capaz de despertar las conciencias dormidas de todo un pueblo avasallado y oprimido. As’ad, por su edad, sus conocimientos, su pasado militante en Ammán, en sus años de estudiante, era el único que habría podido representar en aquel momento la esperanza. Pero no, las condiciones no estaban aún maduras. Este joven intelectual –en el que quizás Gassan Kanafani viera reflejado su propia imagen cuando en 1958, a los 20 años emigró él mismo a Kuwait para trabajar allí de profesor- abandona la lucha, cansado, decepcionado, para huir a Kuwait y ganar dinero. Huida, evasión de la realidad, testimonio de la impotencia. El más preparado, el más avisado de los tres emigrantes clandestinos, y en el que confían los otros dos, uno por su condición de campesino ignorante y el otro por ser demasiado niño, se deja también engañar y pone su suerte y la de sus compañeros en manos de un personaje, símbolo de un pasado vencido y que, al dirigir el presente, no puede conducirlos más que a la muerte que es aquí una prolongación de la derrota.

Para Kanafani, esa muerte aceptada pasivamente, sin lucha, es también la consecuencia de la huida de la realidad, de la evasión, de la búsqueda de una solución individual, de una visión estrecha y limitada al pequeño universo personal forjado de ilusiones, en el que no hay cabida para todo lo que vaya más allá del interés personal de cada uno, en una palabra, de la incapacidad para comprender cuál es el verdadero camino de la acción liberadora. Para Kanafani, ésta no se inscribe naturalmente en el triunfo personal de un individuo, sino en el de todo un pueblo.

Lo que resulta más trágico en esta novela es la resignación de los tres hombres ante la muerte –como bestias que llevan al matadero-, la aceptación de un destino ineluctable, fatal, como si el camino que habían elegido no pudiera conducirlos más que a ese fin. Y el grito desesperado y desgarrado de Abuljaizarán, que toda la inmensidad del desierto repetía como un eco: “¿Por qué no golpearon las paredes de la cisterna? ¿Por qué no llamaron? ¿Por qué? ¿Por qué? ¿Por qué?”, aparece como una llamada, como una interrogación histórica que invita a una reflexión generadora de una voluntad de acción.

Puede parecer contradictorio que este primer grito lo lance justamente el personaje que representa la derrota, la impotencia. Pero, justamente, quizás por su situación de vencido, de impotente, comprende de súbito, con lucidez, que si sus víctimas –víctimas de su desaprensión, su avidez de lucro, su cinismo- no han gritado, tendrá que ser él, el causante de su ruina, quién clame, quien grite, para que el eco de su voz resuene, llegue a todos los oídos hasta entonces sordos, despierte las conciencias dormidas.

Pese a su actitud cínica ante la vida. Abuljaizarán es aún capaz de conmoverse hasta llorar. La tragedia de la que él mismo fue la causa actúa como revulsivo y la llama de su pasado de combatiente, que él creía ya extinta después de su amarga experiencia y sus decepciones, se reaviva de súbito hasta infundirle aliento para gritar.

Nos hemos referido a los cuatro personajes principales de la novela y a lo que Kanafani quiso simbolizar en cada uno de ellos. Pero también los personajes secundarios, pueden considerarse simbólicos. Así, el Hay Rida, adinerado señor kuwaití –siempre presente, pese a que no aparece nunca en la novela y sólo sabemos de él por referencias- simboliza a las clases dominantes árabes, sobre todo de ciertos países, cuya norma de vida podría resumirse en dos palabras: despreocupación y diversión. Los aduaneros que retienen a Abuljaizarán, especialmente Abu Bakr, son también simbólicos. Representan la burocracia indolente y corrompida –producto de las sociedades que la generan y la alimenta- y que aparece encarnada en una serie de personajes mediocres reprimidos, sólo obsesionados por el sexo. También es aquí simbólico que Abuljaizarán, que para Kanafani representa la dirección política palestina en un momento histórico determinado, esté justamente al servicio de Hay Rida que representa la dirección política árabe, como también es simbólico que Abuljaizarán tenga que verse sometido a la voluntad y capricho de esa burocracia y sea víctima, tanto él como sus compatriotas, de inconsciencia, de su irresponsabilidad histórica.

Aunque Hombres en el sol está cargada de simbolismo, cabe decir que corresponde al género llamado realista, tanto desde el punto de vista formal como del contenido. En efecto, bien reales son las preocupaciones de los cuatro personajes, sus sentimientos, como también lo son sus deseos y ambiciones. La descripción que de ellos se hace, su retrato físico y moral, corresponde igualmente al de personajes de ficción que la mente creadora del escritor transforma en seres vivos de carne y hueso. Es decir que no son seres desdibujados que floten en un universo onírico. Las situaciones descritas también son reales; algunas, propias de un determinado grupo étnico-cultura: el pueblo árabe de Palestina, y otras, universales. Sin describir con detalle su vida cotidiana, sus costumbres, sus tradiciones, a través de escenas retrospectivas, recuerdos y vivencias, se evocan, como cuadros intercalados en la acción –breves pinceladas, ligeros toques, rápidos trazos- situaciones que dan una imagen real de la vida del pueblo palestino, ya sea antes de 1948 o bien, después del éxodo, en los campos de refugiados o en los países árabes de acogida. El problema del repudio, de la poligamia (el padre de Marwán), propio de la sociedad musulmana –aunque no sólo de ella- se evoca brevemente; otros, como el de la emigración –eje central de la novela- son universales.

Este último, el de la emigración, aunque no exclusivo del pueblo palestino, reviste aquí caracteres más trágicos por tratarse de una población sin patria, de refugiados que, arrojados de su tierra, no tienen la esperanza de retornar un día a ella. Es evidente que hay puntos comunes a toda emigración, sobre todo clandestina: la explotación de que son víctimas los emigrantes por parte de “pasadores” desaprensivos, el engaño, que los lleva a veces a encontrar la muerte en el fondo de un barranco o en el paso de un puerto de montaña. Y estos casos se dan en todos los continentes y en todas las latitudes. Por mencionar algunos –esta vez sucedidos en el continente europeo-, recordamos el de un grupo de emigrantes portugueses que, después de vender todo lo poco que poseían y entregar sus ahorros a un “pasador” clandestino para que los introdujera en Francia, recorrieron cientos de kilómetros, dieron cientos de vueltas en el autocar que los transportaba, para terminar abandonados en una ciudad española, Salamanca, próxima a la frontera portuguesa. Todavía más estremecedor es el caso de algunos trabajadores africanos que, abandonados por sus “pasadores” en los Pirineos, en pleno invierno, perecieron de frío y de inanición.

La muerte de los tres emigrantes palestinos se produce en pleno verano tórrido, por asfixia en el fondo de la cisterna de un camión. Este caso, perfectamente verosímil, podría figurar en la prensa como noticia, lo mismo que los casos reales y verídicos que acabamos de mencionar. Pero Kanafani podía haber elegido otras muchas formas, también verosímiles, de hacer morir a sus héroes, si no fuera porque la cisterna del camión, que aquí eligió, es también un símbolo. Representa el universo cerrado, el agujero negro en que vive sumido el pueblo palestino sin ninguna luz de esperanza; representa, en una palabra, la muerte.
Aunque es el símbolo principal, la cisterna del camión no es aquí el único símbolo de la muerte. Todo parece simbolizarla, anunciarla, llevar a ella. El sol –símbolo de la vida- aquí mata; el desierto que hubiera podido ser vía, camino que condujese a una vida más feliz, se convierte en sepultura; y el silencio –el grito ausente, la voz ahogada- es también símbolo de muerte.

Pero si Hombres en el sol es el grito ausente, la voz del pueblo palestino ahogada por mucho tiempo en los campamentos del éxodo y ahora en la cisterna de un camión, el grito de Abuljaizarán, su “¿por qué?” desgarrado que clama desesperado por una respuesta, anuncia el principio del despertar. La pregunta con la cual Kanafani termina esta novela plantea, en toda su trágica dimensión, el tema de la muerte y la imperiosa necesidad de liberarse de ella descubriendo o tratando de descubrir la acción histórica liberadora, generadora de nueva vida. En este sentido, cabe decir que el final de esta obra presagia una primera etapa en la toma de conciencia del pueblo palestino.

Lo que os queda (1966)
Esta novela, escrita entre 1963 y 1964, fue publicada en Beirut en 1966. Se trata de la segunda experiencia novelística de Kanafani después de Hombres en el sol. En ella, el escritor plantea de nuevo el tema de la miseria y la opresión del pueblo palestino y la necesidad de liberarse de ellas mediante la acción.

La novela gira en torno a cinco personajes: por un lado, el triángulo Hamed – Mariam - Zacarías, y, por el otro, el desierto –el espacio- y el reloj –el tiempo-, que aquí cobran vida, son seres animados.

Por el contrario a la anterior, esta novela es de una lectura aparentemente difícil. En ella, el tiempo y el espacio parecen confundirse y, pese al artificio de utilizar caracteres de imprenta diferentes para pasar de una secuencia a otra, hay momentos en que el lector puede sentirse perdido. Sin embargo, el paso de un personaje a otro en el tiempo o en el espacio no significa ruptura, porque lo que cada uno de ellos piensa, siente o dice está estrechamente interrelacionado, es indisociable de lo que piensa, siente o dice el otro. Por eso, para aprehender, dentro de una aparente incoherencia, una coherencia, o una continuidad, dentro de una aparente discontinuidad, esta novela requiere una segunda o hasta una tercera lectura.

El estilo que utiliza aquí Kanafani, nuevo en la literatura árabe, no fue bien acogido por toda la crítica. Si para algunos representaba una experiencia original e interesante que contribuiría a enriquecer y renovar el lenguaje narrativo árabe, otros lo consideraron oscuro, embrollado y en contradicción con el objetivo que Kanafani se había fijado, es decir que “la novela fuera realista ciento por ciento"3. Por ello, consecuente con este principio e interviniendo, a su vez, en la polémica suscitada en torno al aspecto formal de esta novela, el mismo Kanafani expresó algunas dudas sobre lo acertado, o no, de su experiencia innovadora. En una entrevista radiofónica publicada posteriormente en la revista Al-Hadaf, Kanafani decía:

Creo, sin duda alguna, que Lo que os queda representa un salto desde el punto de vista formal, aunque al mismo tiempo plantea, en lo que a mí respecta, algunas interrogantes: ¿Para quién escribo? De los lectores árabes, sólo una minoría podrá comprender esta novela. ¿Escribo para que un crítico diga en una revista cualquiera que he escrito una novela excelente, o escribo para llegar a la gente?4.

El problema que se planteaba a Kanafani era saber hasta qué punto la forma literaria de esta novela servía a los fines que él se había propuesto alcanzar: expresar la realidad del pueblo palestino y hacer que la expresión de esa realidad llegara al mayor número posible de personas. Por tratarse de un estilo difícil, intrincado y, por tanto, no accesible a todas las categorías de lectores árabes, la mayoría no habituados a un lenguaje narrativo ajeno a su tradición literaria, Kanafani temía que la realidad expresada en esta novela y el mensaje que encerraba sólo fueran comprendidos por una minoría intelectual.

Es indudable que Kanafani, buen conocedor de la literatura occidental, tiene aquí influencias de escritores como James Joyce y William Faulkner, particularmente de este último. Por toda una serie de rasgos característicos, esta obra se aproxima al estilo literario de estos autores. Así, la interiorización de los personajes se traduce en soliloquios, monólogos interiores y una serie de estados anímicos, sensaciones, impresiones sensoriales (olores, sonidos, visiones) que retrotraen a la memoria el pasado que se funde con el presente en una sola vivencia. El paso rápido de una secuencia a otra, la ruptura, la discontinuidad en el espacio-tiempo, se estructuran en un orden de continuidades percibidas sucesivamente por cada personaje. La simultaneidad se establece a través de las sensaciones percibidas en distintos lugares, pero al mismo tiempo, por cada uno de ellos.

En realidad, los temas del tiempo y de la memoria, fundamentales en la obra literaria de Joyce o de Faulkner, son también indisociables de la obra de Proust. De sobra conocido es el episodio del panecillo mojado en la taza de té y de todos los recuerdos que este simple gesto evoca en el narrador5. Las impresiones sensoriales, a través de asociaciones de ideas, traen a la mente los recuerdos, de forma que en el presente aflora siempre el pasado.

En Kanafani, los temas del tiempo y de la memoria son también fundamentales, no sólo en esta novela sino en toda su producción literaria. Así, en Hombres en el sol, el contacto con la tierra húmeda evoca en Abu Kais el recuerdo de su tierra en Palestina, cuando, pegado a ella, la sentía palpitar y su olor le parecía el mismo que el que exhalaban los cabellos mojados de su mujer al salir del baño. En Lo que os queda, las sensaciones que experimenta Marian al hacer el amor con Zacarías evocan en su memoria los momentos de violencia y brutalidad, en que, arrollada por una muchedumbre enloquecida, huía de Jaifa con los suyos.

En toda la obra de Kanafani, hay un constante retorno a la memoria y ésta va casi siempre, de modo ineluctable, unida al pasado en Palestina: se evoca con añoranza la patria perdida, la felicidad pasada y se reviven escenas de la lucha, la derrota y el éxodo. En este relato se advierte claramente la influencia de Faulkner, en particular de su novela El ruido y la furia. En respuesta a algunos críticos que notaban la semejanza existente entre ambas obras, Kanafani, gran admirador de Faulkner, no ocultaba esa influencia. Sin embargo, se defendía de que ésta fuera puramente mecanicista y se sostenía que se trataba fundamentalmente de un intento por utilizar los recuerdos estéticos y los logros artísticos de Faulkner para hacer evolucionar la literatura árabe.

Pero las coincidencias de una y otra novela no son sólo desde el punto de vista formal sino también del contenido. En los sentimientos de Hamed por Marian, en la estrecha vinculación con la hermana, hay reminiscencias del segundo capítulo de la novela de Faulkner, en el cual Quentin, en su dolorosa lamentación –prolongado quejido de bestia herida, acorralada- penetra en los recovecos más íntimos del subconsciente para revelar en un lenguaje de desgarradora y punzante verdad, los sentimientos de celos, de posesión, por su hermana Caddy.

Sin embargo, en la expresión de esos sentimientos, Faulkner va mucho más lejos que Kanafani. Mientras que en las relaciones de Quentin con su hermana, aparece obsesionante la idea del incesto, esta obsesión está ausente en Hamed. Sin ser nuestro propósito entrar en un análisis de la novela de Faulkner, conviene decir que, a nuestro juicio, tampoco hay que exagerar en el análisis freudiano de los sentimientos de Quentin por Caddy. Como el mismo Faulkner dice en el apéndice de esta obra respecto de Quentin III, lo que éste amaba en realidad en su hermana era el concepto del honor de los Compson; lo que amaba no era la idea del incesto, que nunca cometería, sino el concepto presbiteriano de la condenación eterna. Por medio de este pecado, imaginario, nunca cometido, él y su hermana irían juntos al infierno, en donde él la mantendría para siempre intacta, pura, en medio del fuego eterno. En realidad, lo que Quentin amaba, sobre todo, era la muerte. Como sabemos, este héroe de Faulkner termina suicidándose en junio de 1910, dos meses después de la boda de su hermana Caddy que, en el momento de casarse, esperaba ya desde hacía dos meses un hijo de otro hombre.

Esta aclaración de Faulkner nos parece fundamental para situar las cosas en su verdadera dimensión. Algunos de los aspectos de la relación Quentin – Caddy, que Faulkner explica, tienen cierto paralelismo con la relación Hamed – Mariam. Como en Quentin, hay también en Hamed el sentido del honor familiar, el sentimiento de vergüenza de que su hermana espera un hijo antes de casarse. Si en la novela de Kanafani, como es natural, está ausente el concepto presbiteriano del pecado y de la condenación eterna, sí, en cambio, está presente y bien presente, el concepto del honor que tiene en la sociedad arábigo – musulmana una dimensión, más que religiosa, social, y que en lo que respecta a la mujer y su virginidad, puede llegar hasta a disculpar el parricidio o el fratricidio para lavar la honra.

Lo mismo que Quentin, hijo de un padre alcohólico e irresponsable, se consideraba el guardián del honor de los Compson, también Hamed, huérfano de padre, se consideraba, como único varón de la familia, el guardián del honor familiar, y, por tanto, de la honra de su hermana. Hay que decir que, además, en la sociedad árabe, los hermanos pueden ser con frecuencia guardianes más celosos de la virtud de sus hermanas que el propio padre.

En el caso de Hamed, a la deshonra de casarse Mariam embarazada de cuatro meses y con un hombre que ya tenía una primera mujer y era padre de varios hijos (en el Islam, aunque legal, la poligamia está cada vez peor vista y se practica cada vez menos en las sociedades más evolucionadas), se suma la humillación de verse obligado a dar a su hermana en matrimonio a un individuo como Zacarías, al que toda la colectividad repudia por cobarde y traidor. Para Hamed, el acto de su hermana significa, pues una doble deshonra.

A través de la personalidad de Zacarías, de lo que éste simboliza, como también de lo que simboliza Mariam –como veremos más adelante-, introduce Kanafani en esta novela un elemento propio de la realidad palestina, que da al drama familiar una nueva dimensión y hace que éste adquiera –más allá del reducido núcleo de la familia- un carácter colectivo.

Otro tema en el que también se advierte la influencia del mencionado capítulo, es el del tiempo, simbolizado por el reloj, a obra de Faulkner empieza cuando Quentin oye el reloj del abuelo, que su padre le había regalado, y recuerda lo que le dijo cuando se lo dio. La imagen del mausoleo, que el padre de Quentin evoca, refiriéndose al reloj, corresponde a la del ataúd con que Hamed, al mostrárselo a su hermana, compara el reloj que acaba de llevar a casa. En El ruido y la furia, el padre de Quentin le dice que le da el reloj no para que recuerde el tiempo, sino para que lo olvide y no pierda todo su aliento tratando de vencerlo. Aquí también está presente la idea del reloj, pero no para recordar el tiempo, sino para olvidarlo, ante la inutilidad de luchar contra él. Por eso, Hamed, en un gesto de desesperada impotencia ante el tictac que lo persigue y lo hace sentirse prisionero, se arranca el reloj de la muñeca y lo arroja en la inmensidad del desierto para liberarse del tiempo, mientras que Mariam, prisionera de las cuatro paredes que la encierras, de Zacarías, de ella misma, sigue oyendo el tictac, insistente, implacable, del reloj-ataúd, símbolo del tiempo-muerte.

Hay también en la obra de Kanafani elementos en que se percibe la influencia de lo que se conoce como “La Nueva Novela” (Le Nouveau Roman). Teniendo en cuenta la gran influencia que autores como Joyce, Faulkner o Proust tuvieron en la nueva novela, nada tiene de extraño que Kanafani se dejara influir también por ella. La influencia en Kanafani se manifiesta sobre todo en la importancia que concede a las cosas, a los objetos. Estos cobran vida, sienten, palpitan, hablan. No se trata aquí de una “reificación” (de res-rei, es decir, cosa en latín) o “cosificación” en el sentido que le da Lukács, es decir, de una transformación de las personas en objetos –fenómeno propio de la sociedad de consumo y reflejo de la crisis de valores que atraviesa el mundo occidental-, sino de una revalorización, una vivificación del objeto, de la cosa inanimada. Así en esta novela, el desierto es un cuerpo gigantesco que no sólo está dotado de un pecho que siente y palpita, sino también del don de la palabra. Este gusto de Kanafani por la vivificación del objeto, presente en toda su obra, se traduce con frecuencia en la comparación de los seres humanos con objetos, recurre para ello en metáforas audaces, originales, totalmente nuevas en la literatura árabe. De sobra conocido es que ésta se ha caracterizado siempre por la extraordinaria riqueza de su lenguaje metafórico pero, a diferencia de muchos autores con tendencia a utilizar la imagen convencional, manoseada, Kanafani crea nuevas imágenes, las fuerza al extremo, lo que hace a veces difícil encontrar su equivalente en otro idioma.

Pese a los paralelismos que pueda haber entre una y otra novela, ambas corresponden a realidades sociales e históricas diferentes. Faulkner describe una sociedad, la del sur de los Estado Unidos, en decadencia, en descomposición, y en la que los descendientes de la antigua clase dominante, arruinados, no consiguen adaptarse a las transformaciones económicas y sociales que lleva consigo la expansión del capitalismo en el siglo XX. El estado de crisis y confusión que atraviesa esta sociedad, sus contradicciones, sus incoherencias, se traducen, a través de los personajes, en sentimientos de angustia, obsesiones, evasión de la realidad y retorno al pasado. El estilo forma que utiliza Faulkner refleja bien el estado anímico de los personajes, producto de esta sociedad en descomposición. La realidad social e histórica que describe Kanafani es muy distinta de la de Faulkner. La sociedad palestina de principios de 1960 no es una sociedad en estado de decadencia, de descomposición, sino una sociedad que atraviesa una etapa de confusión. Sumido en el estupor provocado por la derrota y el éxodo, el hombre palestino anda aún a tientas en busca de una vía, de una solución. El estilo formal que utiliza Kanafani en esta novel sirve, pues, a su objetivo de reflejar la realidad palestina de esa etapa histórica.

Por otro lado, cabría decir aquí que la relación entre Mariam y Hamed, más que una relación morbosa entre hermanos, podría considerarse casi materno-filial. Debido a la diferencia de edad, Mariam ve en el hermano pequeño, casi un hijo y Hamed en la hermana mayor, casi una madre. A través de la imagen del ovillo de lana, cuyo cabo había quedado sujeto en su casa de Gaza y del que Hamed se iba liberando a medida que se alejaba de Mariam, evoca Kanafani la idea del cordón umbilical que lo sigue uniendo al seno materno. La madre ausente se ha convertido para Hamed en un mito, una especie de personaje legendario, un ser ideal, con el que sueña reunirse un día. Mariam es para él una encarnación de la madre ausente y que, a semejanza de la imagen que de esta última se ha forjado, tiene que estar dotada de las mismas virtudes y perfecciones. Es indudable que a través del personaje mítico, legendario, de la madre, Kanafani simboliza la tierra, la patria, Palestina. Por eso, la entrega de Mariam a un traidor como Zacarías adquiere también en la novela caracteres de símbolo. Mariam mancillada significa Palestina mancillada, Mariam entregada a un traidor significa Palestina entregada a los enemigos del interior.

Incapaz de acción, Hamed –que representa aquí en cierto modo al intelectual- no ve ante sí otro camino más que la evasión, la huida. De lo único que es capaz es de partir en busca de la madre, es decir, en busca de la tierra, de Palestina, la Palestina del pasado, tal como él la imagina. Pero entre él la madre se interpone el desierto. Lo mismo que en los cuentos o leyendas en que para rescatar a la princesa prisionera o el tesoro escondido, el héroe se ve sometido a una serie de pruebas, tiene que arrostrar diversos peligros –lucha con dragones u otros monstruos legendarios- y sólo después de salir victorioso de todos ellos y purificado por las pruebas consigue alcanzar la meta, también aquí Hamed tiene que arrostrar los peligros del desierto para llegar hasta la madre.

En Hombres en el sol, el desierto significa la huida de uno mismo, la muerte; en Lo que os queda, es el único camino capaz de sacar a Hamed del estado de impotencia en que se encuentra y de conducirlo, quizás, a la acción. Teatro de una lucha a muerte con el enemigo, el desierto es aquí el puente que conduce al reencuentro consigo mismo. Aquí también se muere, pero la muerte de Hamed no es gratuita porque también él mata justamente para seguir viviendo. Aquí, el enemigo exterior –el soldado israelí- y el enemigo interior –Zacarías- mueren ambos, el primero a manos de Hamed, el segundo a manos de Mariam. En el momento de la acción, cuando Mariam clava el cuchillo a Zacarías y Hamed clava el cuchillo al soldado israelí, hay simultaneidad, las líneas dejan de ser discontinuas y se confunden.

Mientras que en la otra novela todo es silencio, muerte –las tres víctimas ni siguiera gritan ni golpean las paredes de la cisterna-, en ésta todo golpea, suena, se agita: golpean los pasos de Hamed al caminar en el desierto, golpea y se agita el embrión en las entrañas de Mariam, golpean la superficie del agua los remos de las embarcaciones que transportan a los refugiados el día que abandonan Jaifa; hasta el silencio suena, tiene voz. A diferencia de la anterior, todo aquí parece anunciar un renacer, una nueva vida.

El parto, el alumbramiento, es lento, doloroso, difícil. Mariam, la Palestina real de principios de los años 60 –no la Palestina ideal de antes de 1948, la madre ausente- tiente que matar a Zacarías –el enemigo interior-, para que nazca el hijo, el nuevo hombre palestino. Pero éste es también hijo de Zacarías porque ese nuevo hombre palestino no puede ser un ente puro dotado de todas las virtudes y perfecciones, una entelequia, sino el producto de un proceso dialéctico con todas sus contradicciones.

Simultánea a la acción de Mariam está la de Hamed –muerte del soldado israelí, el enemigo exterior-, necesaria para que el nuevo ser que nazca pueda sobrevivir, para que no vuelva a morir una segunda vez. Estas dos acciones se complementa, se funden en una sola.

Pero para que este parto, este alumbramiento, sea posible, también es necesario el sacrificio de otros. Salem, jefe de la resistencia palestina contra el ocupante israelí en Gaza y al que Zacarías –el enemigo interior- entrega a las autoridades israelíes, no muere en vano, su muerte no es gratuita. En el momento en que lo llevan al paredón para fusilarlo, de su mirada helada, precursora de la muerte, se desprende el hálito de una nueva vida. Y es el hálito de Salem, que fluye aún después de muerto, el que infunde vida al nuevo ser que nacerá.

El personaje de Salem, que en la novela aparece como secundario frente a los principales, tiene, sin embargo, una importancia capital. Si aparece en segundo plano es porque refleja las circunstancias, históricas del pueblo palestino a principios de 1960. Salem el feday (fedayin corresponde, en realidad, el plural de la palabra árabe, a partir de la cual se ha formado un nuevo plural en español, fedayines) –participio activo de la raíz verbal fadaa, rescatar, redimir (con su sangre) o sacrificarse y que significa, pues, el que rescata, el que redime, el que sacrifica su vida –redime con su muerte, con su sangre vertida, a los demás. En toda revolución, han sido siempre necesarios el sacrificio, la sangre, la muerte de muchos para que los demás vivan.

En la etapa que Kanafani describe en Lo que os queda no sólo se anuncia, sino que se inicia la toma de conciencia del pueblo palestino.

Um Sa’ad (1969)
En esta novela refleja Kanafani la etapa de la toma de conciencia colectiva del pueblo palestino. Esta toma de conciencia es indisociable de las operaciones de guerrillas que llevan a cabo, contra el ocupante sionista, las organizaciones de la resistencia, inmediatamente antes y después de la derrota de los ejércitos árabes en junio de 1967.

El 1 de enero de 1965, Al-Asifa (La Tempestad), rama militar de Al-Fatah, difunde el primer comunicado de prensa, al que siguen muchos otros que dan cuenta de las acciones llevadas a cabo por los fedayines, como cortes de líneas de comunicación, sabotajes e industrias y destrucción de instalaciones militares estratégicas. Las acciones de Al-Asifa tienen por objeto destruir la estructura económica, militar, social y política del Estado de Israel y llamar la atención del mundo sobre los derechos del pueblo palestino, expoliado y expulsado de su tierra.

Después de la derrota de los ejércitos árabes en junio de 1967, el pueblo palestino toma aún mayor conciencia de la necesidad de confiar, sobre todo, en sus propias fuerzas. Las acciones guerrilleras se intensifican por doquier: en las alturas de Golan, en el Golfo de Akaba, cerca de Eilath, en el valle del Jordán, en Gaza, e incluso dentro de Palestina ocupada, en Nazaret, Jerusalén, Tel-Aviv.

En esta etapa, la que sigue a la guerra de 1967, la que Kanafani describe en Um Sa’ad, que más que novela, en el sentido estricto de la palabra, puede decirse que es un relato formado por una serie de cuadros que reflejan de manera progresiva la toma de conciencia del pueblo palestino, el resurgir de su personalidad.

La obra gira en torno a dos personajes: el escritor y Um Sa’ad. El primero representa al intelectual, la segunda a la clase trabajadora, y en la relación estrecha que los une, ha querido mostrar Kanafani la necesaria acción recíproca, en todo movimiento revolucionario, entre la teoría y la praxis.

Aunque personaje vivo de carne y hueso, Um Sa’ad es un símbolo. Simboliza a la vez a la mujer trabajadora y a la tierra, a Palestina. Kanafani la describe como una mujer casi gigantesca, una especie de titán dotado de una fuerza sobrehumana, una deidad telúrica: Gea, Pachamama, Obá.

En Um Sa’ad, el hombre palestino se transforma, recupera su dignidad, pasa de su situación miserable de refugiado a la de ser humano dueño de su destino.

Gracias a la acción de su hijo Sa’ad, la madre recupera su dignidad, soporta la vida miserable del campo porque confía, tiene esperanza en el futuro; simbólico es su cambio de amuleto. El padre que empezaba a beber y a maltratar a su mujer –Um Sa’ad- también se transforma por la acción del hijo mayor, la voluntad de acción de hijo menor y de los demás muchachos del campo, se siente renacer, recupera su dignidad perdida; la vieja escopeta de la guerra de 1948 se transforma en el nuevo Klachinkov.

Terreno abonado para la resistencia, los campos de refugiados se transforman en un venero de combatientes. Se asiste el resurgir del nuevo hombre palestino.

Todo aquí cambia, se transforma, los seres, los objetos que toman un nuevo sentido, otra dimensión, porque se perciben con otra mirada, con una nueva conciencia. La transformación del presente hace que también se transforme el pasado, que éste se rememore de otra manera.

Hasta las cosas que parecían muertas, reviven, cobran vida. El sarmiento seco que Um Sa’ad había plantado una mañana, hacia tiempo, delante de la casa del escritor, revive, florece, anuncia con sus brotes verdes un futuro de esperanza.


María-Rosa de Madariaga
París, diciembre de 1986.

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