Para Hume todos nuestros contenidos mentales son percepciones. Y todas las percepciones provienen de la experiencia, ya que no existen ideas ni representaciones






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fecha de publicación26.06.2015
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TEMAS EN HUME
Conocimiento
Para Hume todos nuestros contenidos mentales son percepciones. Y todas las percepciones provienen de la experiencia, ya que no existen ideas ni representaciones mentales que sean previas a aquélla. El innatismo es falso. Hume clasifica las percepciones, según su grado de vivacidad, en impresiones e ideas. Las impresiones son las sensaciones inmediatas de la experiencia: imágenes, pasiones y emociones. Las ideas son imágenes o copias difusas de las impresiones. Son productos de la imaginación y de la memoria que no consiguen imitar el grado de intensidad de los originales. Todas las ideas simples provienen de sus correspondientes impresiones simples. Las ideas complejas son también copias de impresiones complejas. Por ejemplo, la idea de manzana. Pero existen otros tipos de ideas que no son estrictamente copias de impresiones complejas. Por ejemplo, si pensamos en un unicornio, ¿de qué impresión diríamos que proviene? La imaginación crea ideas complejas siguiendo ciertas leyes y regularidades. Estas tendencias son lo que Hume llamó leyes de asociación de ideas:

Semejanza: o impulso a asociar ideas entre las cuales hay algún grado de similitud.

Contigüidad en el espacio y en el tiempo: cuando entre las ideas existe una relación de proximidad, ya sea espacial o temporal.

Relación causa-efecto: nuestro entendimiento crea una expectativa de futuro ante hechos que sigan a otros, al igual que ha sucedido en el pasado.

La conexión causa-efecto, además de una ley de asociación de ideas, es una relación que atribuimos a los acontecimientos que suceden en el mundo. La validez de esta relación ha sido aceptada acríticamente durante mucho tiempo. Analicemos una cuestión de hecho como “el fuego calienta el agua”. Solemos pensar que entre el fuego y el calentamiento del agua se produce una relación causal. Esta relación se concibe como si se tratara de una conexión necesaria. Pero no existe ninguna impresión de necesidad entre el fenómeno A, que consideramos causa, y el fenómeno B, que llamamos efecto. Lo único que observamos en este proceso es que un hecho va seguido de otro fenómeno, pero no observamos conexión necesaria entre ambos. Hume concluye que la idea de conexión necesaria es fruto de la imaginación. Al observar en innumerables casos cómo un fenómeno va seguido de otro, tendemos a considerar, llevados por la costumbre, que siempre sucederá así. Esta proyección del pasado hacia el futuro resulta muy útil para vivir ya que, sin ella, el mundo se volvería caótico e imprevisible. Pero una costumbre solo puede proporcionar creencias, pero nunca conocimiento universal y necesario. La duda sobre la validez de la relación de causalidad supone un cuestionamiento de la Ciencia. Los enunciados científicos no pueden identificarse con leyes universales. Estas supuestas leyes son simples creencias apoyadas en la costumbre y en la tradición.

La Metafísica no trata ni de relaciones entre ideas o conceptos ni de hechos verificables por la experiencia. Por lo tanto, su contenido no es más que un conjunto de opiniones sin fundamento. Dicha Metafísica se ocupa básicamente de la idea de sustancia. La idea que tenemos de sustancia es la de una realidad objetiva que es el soporte de las cualidades que causan nuestras impresiones. Al margen de las impresiones particulares de olor, color, figura…, no contamos con ninguna impresión de la entidad que se supone que permanece como soporte de estas cualidades. Como la idea de sustancia no proviene de ninguna impresión, esta idea ni se halla fundamentada ni puede ser considerada válida. Es una ilusión, dirá Hume.

Hume arremete también contra la idea de sustancia infinita y la idea de yo. De la primera hablaremos cuando nos refiramos a Dios, de la segunda diremos que tradicionalmente se ha entendido como el sujeto que tiene percepciones pero que es diferente de éstas. Pero ¿de qué impresión deriva? De ninguna. Las impresiones e ideas se suceden y cambian. Bajo todas estas percepciones cambiantes, no es posible un yo que permanezca estable e idéntico.
Dios
La idea que tenemos de Dios es la de una sustancia infinita con todas las perfecciones: omnisciencia, omnipresencia…Ahora bien, si aplicamos el criterio de validez de Hume, nos tenemos que preguntar de qué impresión puede derivar esta idea de perfección infinita. Según Hume, es evidente que, siendo nuestras impresiones puntuales y concretas, resulta difícil que podamos tener una impresión de infinito, ya que ella misma habría de ser infinita. Por lo tanto, la idea de sustancia infinitamente perfecta se queda sin impresión que la legitime, y hay que concluir que no existe ningún tipo de conocimiento, ni teológico ni metafísico, de Dios. Para el ser humano, de acuerdo a Hume, Dios es una “adivinanza, un enigma y un misterio. Incertidumbre, duda y suspensión de juicio, parecen el único resultado de nuestra investigación”.

Hume rechaza no solamente la concepción teísta de Dios, sino también la deísta y la religión natural. Comienza por negarle validez a las pruebas que pretenden demostrar racionalmente la existencia de Dios. Éstas pueden ser reducidas a tres tipos diferentes: (a) las que parten de la concepción de un ser que existe necesariamente (por ejemplo, el argumento ontológico de San Anselmo). Hume argumenta que todo lo que concebimos como existiendo también puede ser concebido como no existiendo, por lo tanto, no hay nada que exista necesariamente. Otras pruebas, como las cuatro primeras vías de Santo Tomás, aplican el principio de causalidad. Hume niega validez a estas demostraciones debido a su crítica del principio de causalidad. Otro tipo de pruebas son aquéllas que parten de que existe un orden en el Universo y que, por lo tanto, tiene que haber una causa inteligente de ese orden. Asi argumenta Aquino en la quinta vía. Según Hume, toda causa es proporcionada al efecto; si el mundo es finito e imperfecto, es difícil de sostener que su causa sea infinita y perfecta, y si la causa del mundo es finita no hay razón para suponer que hay una causa única y no varias. No hay, en consecuencia, ningún conocimiento racional de Dios. Pero Hume también niega validez al concepto renacentista e ilustrado de religión natural. Según los defensores de la religión natural, Dios habría transmitido en tiempos remotos un sentimiento religioso a todos los seres humanos que se habría ido pervirtiendo con el tiempo, dando origen a la multitud de religiones históricas. Pero, según Hume, no es cierto que todos los seres humanos tengan sentimientos religiosos. Hume va todavía más allá en su crítica religiosa y sostiene que ni siquiera se puede decir que la religión sea una superstición útil. Las primeras religiones son politeístas y surgen de los sentimientos, al igual que la moral. La ignorancia y el miedo a lo desconocido son los factores que alimentan la religión. El pueblo adula a los dioses, igual que se adula a los tiranos para conseguir sus favores. Esto es lo que hace que se engrandezca a un dios en especial, al que se le atribuyen todo tipo de cualidades, hasta hacer de Él un ser infinito; así surge el monoteísmo, el cual potencia el fanatismo y la intolerancia.

El hombre
La existencia de un yo había sido considerada indubitable no solo por Descartes, sino también por Locke y Berkeley. Pero la crítica de Hume alcanza también al yo como realidad distinta de las impresiones e ideas. La existencia del yo como sustancia, como sujeto permanente de nuestros actos psíquicos, no puede justificarse apelando a una pretendida intuición, ya que solo tenemos intuición de nuestras ideas e impresiones y ninguna impresión es permanente, sino que unas se suceden a otras de manera ininterrumpida. No existe el yo como sustancia distinta de las impresiones e ideas, como sujeto de la serie de los actos psíquicos. Esta afirmación de Hume no permite explicar fácilmente la conciencia que todos poseemos de nuestra propia identidad personal. Cada sujeto humano se reconoce él mismo a través de sus distintas y sucesivas ideas e impresiones. Para explicar la conciencia de la propia identidad, Hume recurre a la memoria: gracias a la memoria reconocemos la conexión existente entre las distintas impresiones que se suceden; el error consiste en que confundimos sucesión con identidad. No es posible encontrar un fundamento real de la conexión de las percepciones, un principio de unidad de las mismas que sea distinto de ellas. No conocemos una sustancia pensante o yo como sujeto de las mismas. Solo conocemos las percepciones, la realidad queda reducida a éstas, a meros fenómenos. Este es el sentido del fenomenismo de Hume. El fenomenismo lleva emparejada una actitud escéptica.
Ética
Hume considera que la razón es incapaz de influir en la conducta. La razón no puede ser el origen de lo bueno y de lo malo. Tampoco es posible fundamentar la moral en cuestiones de hecho. Lo bueno y lo malo solo cabe que dependan del sentimiento. La moralidad es algo más sentido que juzgado. El bien es algo agradable y el mal algo desagradable. Nada existe tan hermoso como una acción noble y generosa, ni nada causa tanta repugnancia como una acción cruel. Una acción es buena porque produce placer. Es el sentimiento el que lleva a alabar este tipo de acción y a considerarla buena. La aprobación se halla ya en el placer inmediato que experimenta el ser humano al contemplarla. No se dice que algo es bueno porque resulte agradable, sino que, por el contrario, al sentir que algo es agradable se considera bueno. Estos sentimientos están tan arraigados en el ser humano que es imposible destruirlos. Esta posición de Hume es conocida como emotivismo moral. En cualquier caso, los comportamientos que desencadenan actitudes aprobatorias tienen todos ellos algo en común: la utilidad para la sociedad. Es la utilidad social la que provoca el agrado: se aprueba lo que es útil y se reprueba lo que es pernicioso. Así, en una situación de extrema abundancia de bienes, la justicia social dejaría de ser una virtud, del mismo modo que nadie es injusto en el uso del aire, por ejemplo. La utilidad social es la que determina la bondad de los actos humanos.

Hume critica la moral racionalista porque en ella se da un salto del ser al deber ser. Es lo que se denomina falacia naturalista. Se parte de la afirmación de unos hechos relativos a la naturaleza humana para dar el salto a lo que debe ser.
Política
La política es, para Hume, la ciencia que estudia a los seres humanos unidos en sociedad, relacionados y dependientes unos de otros, y la considera como una ciencia en la que se pueden establecer máximas generales, aunque no posea nunca la certeza de las matemáticas.

La sociedad nace porque es útil a los seres humanos. Al vivir juntos, aumentan la fuerza, la habilidad y la seguridad. El núcleo inicial de la sociedad es la familia. Desde niño el ser humano descubre las ventajas de vivir en sociedad, pues en ella unos seres humanos ayudan y protegen a otros. La necesidad de conseguir y asegurar bienes externos favorece más adelante la transición a sociedades más amplias. Pero no hay que imaginarse al ser humano primitivo consciente de estas ventajas. Hume duda de la idea de un primitivo estado de naturaleza en el que los seres humanos vivieran solitarios, ya enfrentados en guerra continua, como pretendía Hobbes, ya pacíficos y con buenos sentimientos, como quería Rousseau. Cree que esta idea es una simple ficción útil para explicar cómo se organiza la sociedad. Tampoco cree en un posible contrato social. Los contratos y las promesas no tienen ningún poder vinculante fuera de la sociedad y, por ello, valen de poco antes de que la sociedad exista. Puede haber un contrato implícito pero lo que conduce a la constitución de la sociedad es algo más sentido que pensado. En un estado posterior la sociedad necesita organizarse políticamente. La justicia natural no es suficiente para mantener el orden. Aparecen, por ello, los gobiernos, que, al principio, tienen como objetivo mantener la justicia pero que, más adelante, llevan a la práctica diversos proyectos necesarios para el bienestar de las sociedades.

La necesidad de un gobierno surge del aumento de las riquezas y de los enfrentamientos entre pueblos. Los jefes surgidos de estas campañas conservan algo de su autoridad después de las mismas. La utilidad es la razón de la obediencia y cuando un gobierno deja de ser útil y tiraniza al pueblo, desaparece también la razón para obedecer. En ese caso es lícita la sublevación.

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