Filosofía y métodos de las ciencias sociales-resumen de la materia






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G.Perez. – Hablar, Actuar, Juzgar: Contribuciones de la pragmática a la teoría social contemporánea.
El pragmatismo.
Aspectos filosóficos. El empirismo radical sostenido por James propone que todo conocimiento humano procede de la experiencia de modo que la separación entre representaciones mentales y meras sensaciones solo puede establecerse como resultado de las diferentes relaciones que ambos órdenes establecen con el resto de nuestras creencias y experiencias.

Alrededor del problema de la verdad se presentan tres tesis básicas del enfoque pragmatista:

Naturalismo. Critica a la división dualista entre la mente que conoce y el mundo de objetos y sucesos que se presentan a la percepción. Tal función funda y habilita la serie de oposiciones por las que transita la metafísica que le impiden reparar en el carácter continuo y a la vez fragmentario de la experiencia: la naturaleza vs. el espíritu, la teoría vs. la praxis, etc.

Instrumentalismo/Falibilismo. Todo conocimiento implica tanto una investigación como una intervención que permiten resolver un problema modificando la experiencia. Conocer significa redescribir la realidad de modo tal que lo que resultaba un obstáculo para el desarrollo de nuestra conducta logre superarse. Por lo tanto, el pensamiento es en sí mismo una acción que consiste en poner a prueba nuestros diagnósticos en función de reorganizar nuestra experiencia. De esta concepción del conocimiento como indagación e intervención, se sigue una teoría “falibilista” de la verdad para la cual todas nuestras proposiciones son afirmaciones de diagnósticos instrumentales sobre sistemas específicos, que pueden ser corregidos de acuerdo con su utilidad para resolver un problema. Más que por su vedad, nuestros juicios sobre la realidad se validan por condiciones de afirmabilidad garantizada. Cuando predicamos la verdad de un enunciado no lo hacemos en relación a una verdad que estaría fuera de nuestro lenguaje, sino con relación al resto de los enunciados que estructura nuestro horizonte de creencias en una comunidad de hablantes determinada.

Holismo. Las cuestiones de interpretación y las cuestiones de hecho no solo son inseparables sino que se presuponen y condicionan mutuamente. La evidencia de que no disponemos de un lenguaje supremo que nos permita una descripción definitiva de la realidad no implica que esta última no exista o este perdida definitivamente para nuestro conocimiento, sino simplemente que cualquier cosa que digamos acerca de ella implica un juicio que tiene que ser fundamentado sobre la base de creencias compartidas. Tales creencias, junto con nuestros deseos, experiencias y expectativas, forman una suerte de red de significados que impide una definición atomista de los hechos por fuera de las descripciones generales donde tales hechos aparecen integrados. Cuando evaluamos cuestiones empíricas, compartimos un lenguaje por medio del cual nos entendemos acerca de esos hechos, y es ese propio lenguaje el que nos provee una serie de interpretaciones que podremos ir corrigiendo sobre la base de previsiones acerca de su desarrollo. Habermas nos indica que la comprensión de un acto de habla sólo es posible en el marco de condiciones de aceptabilidad socialmente compartidas sobre la base de las cuales prestamos nuestro acuerdo o desacuerdo a la emisión.

Aspectos Técnicos. El estudio de la ciencia puede incluirse bajo el epígrafe del estudio del lenguaje de la ciencia, puesto que ese estudio supone el de su estructura formal (sintaxis), el de su relación con los objetos designados (semántica) y con sus usuanos (pragmática).

Un signo es un objeto que alude a algo para alguien.

Para Rorty no hay ninguna diferencia entre “da resultado porque es verdadero” o “es verdadero porque da resultado”. Este utilitarismo epistemológico resulta el rasgo definitorio del pragmatismo de Rorty; mientras que su convicción antiesencialista de que tales resultados se definen internamente al juego de lenguaje del que se trate, conforman su cuestionado relativismo.

Morns rescata la idea del pragmatismo filosófico de cuestionar la concepción representacionalista del lenguaje y, consecuentemente, de la verdad como correspondencia, destacando la primacía de la dimensión pragmática del significado: “en términos pragmáticos, un signo lingüístico se usa en combinación con otros signos por los miembros de un grupo social”, un lenguaje es un sistema social de signos que media las respuestas de los miembros de una comunidad entre sí y respecto de su entorno. Comprender un lenguaje significa emplear solo aquellas combinaciones y transformaciones de signos que no están prohibidos por los usos y costumbres del grupo social en cuestión…, comprender o usar correctamente un lenguaje significa seguir las reglas de uso (sintácticas, semánticas y pragmáticas) habituales en esa comunidad social.

El conjunto de reglas de uso que conforman patrones compartidos de conducta y permiten tanto la expresión como la comprensión recibe el nombre de interpretante: es el hábito en virtud del cual puede decirse que el vehículo sígnico designa ciertos tipos de objetos o situaciones. La noción de interpretante no remite a la intención de un agente aislado, sino a un conjunto de prácticas sociales colectivamente instituidas o transformadas.

Jürgen Habermas: Pragmática comunicativa como crítica de la razón instrumental.

Crítica del modelo weberiano y cambio de paradigma. La teoría de la Acción Comunicativa no es una metateoría en la medida en que se propone dar cuenta de las estructuras generativas de la realidad social misma, a través de la indagación de las propiedades constitutivas de la acción orientada al entendimiento. El problema del conocimiento aparece como un problema derivado de la definición interaccional de las estructuras generales del entendimiento y de sus consecuencias prácticas, en el “trasfondo” pragmáticamente estructurado que constituye el mundo de la vida. Este último conforma un “saber-horizonte” en el marco del cual la cotidianeidad de la interacción comunicativa configura y transforma las tres dimensiones diferenciadas de la experiencia moderna del mundo: la cultura, la sociedad y la personalidad. Habermas asume el presupuesto, compartido por la pragmática y la hermenéutica, según el cual toda teoría del conocimiento es un producto derivado de los procesos situados del entendimiento que tienen lugar en el substrato comunicativo del mundo de la vida.

Weber mantiene la idea de una racionalización de la acción solo evaluable en términos teleológicos para la cual el otro actor permanece en el orden instrumental o estratégico de la lógica medios-fines. Para Habermas, Weber establece exitosamente la ligazón teórica entre tipos de racionalidad de la acción y procesos de racionalización social, pero su propio concepto de acción, sobredeterminado por la lógica medios-fines, restringe la comprensión del sentido a una referencia monológica e intencionalista para la cual queda vedada una teoría del significado necesariamente interaccional y dialógica, en definitiva, pragmática.

Lo que la tradición analítica pone en cuestión es la concepción referencialista y representacionalista del lenguaje. Por referencialismo entendemos la concepción según la cual el lenguaje se relaciona con el mundo en la forma aproblemática de la asignación de nombres a objetos cuyas relaciones son representadas de manera medible y calculable por el lenguaje que las nombra. Por representacionalismo entendemos una determinada relación entre el lenguaje y la mente humana según la cual el lenguaje no constituye otra cosa que el instrumento dócil y transparente de la expresión de representaciones producidas por la conciencia soberana.

A la acción, Habermas comienza describiéndola partiendo de su aspecto no verbal, bajo su condición de actividad teleológica según la cual un actor interviene en el mundo para realizar, mediante la elección y la utilización de los medios adecuados, los fines que se propone. La acción teleológica se orienta a la producción de un estado de cosas en el mundo objetivo, y su racionalidad se evalúa de acuerdo con las condiciones que deben cumplir las intervenciones causalmente eficaces para cumplir sus propósitos en un estado de casos dado o “intramundano”. Hablar, en cambio, implica no una orientación al éxito estratégico, sino al entendimiento, y las condiciones de validez y racionalidad de la acción comunicativa no forman parte del intramundo sino que lo trascienden en la forma de propiedades inherentes al lenguaje.

Giro pragmático: Austin y la teoría de la acción comunicativa. Los enunciados “constatativos” son aquellos puramente descriptivos; en cambio, los “realizativos” poseen características propias:

No describen o registran nada, por lo tanto no pueden ser calificados como verdaderos o falsos.

El acto de expresar la oración es realizar la acción, la cual no sería normalmente descrita como consistente en decir algo.

Tales expresiones no pueden ser verdaderas ni falsas, pero si están sujetas a evaluación en la medida en que son “afortunados” o “desafortunados”. Este criterio de evaluación de dichas expresiones surge de aquellos elementos que rodean la emisión de la locución y que hacen que esta sea exitosa, en el sentido de que se pueda realizar la acción que se intenta al expresarse la oración.

Para Austin, el acto de emitir una expresión, considerado en forma global, está compuesto por tres actos: un acto locucionario (la acción de decir, donde se concentran las cuestiones de significado), un acto ilocucionario (la acción que se realiza al decir, donde se explicita la fuerza de lo que se dice) y un acto perlocucionario (la acción que se realiza por el decir, donde se contemplan los efectos de la locución sobre las acciones de mi interlocutor o un auditorio).

La conexión entre dimensión locucionaria – lo que decimos en cuanto “acto” de decirlo – y la dimensión perlocucionaria – las “consecuencias” que eventualmente sobrevienen porque lo hemos dicho – resulta de carácter casual; mientras que la relación entre el aspecto locucionario y el ilocucionario – lo que hacemos al decir algo – tiene carácter convencional.

El concepto de fuerza ilocucionaria conforma un “comentario pragmático”, dice Habermas, que establece un nivel interaccional, y no meramente referencial, el sentido de lo que se dice. La comprensión del acto de habla implica el entendimiento del tipo de relación que establece entre los hablantes (afirmación, promesa, orden, etc.) y confiere al oyente la posibilidad de tomar postura con un si o un no acerca de la validez de la relación que pretende establecer.

Habermas afirma que con la fuerza ilocucionaria de una emisión puede un hablante motivar a un oyente a aceptar la oferta que entraña su acto de habla y con ello “contraer un vínculo racionalmente motivado”. Este concepto presupone que los sujetos capaces de lenguaje y acción pueden referirse a más de un mundo, y que al entenderse entre sí sobre algo en uno de los mundos basan su comunicación en un sistema compartido de mundos. En relación con ello ha propuesto diferenciar el mundo externo en objetivo y social, e introducir el mundo interno o subjetivo como concepto complementario. Las correspondientes pretensiones de validez (verdad, rectitud, veracidad) pueden serivr de hilos conductores para escoger los puntos de vista teóricos desde los que fundamentar los modos básicos de empleo del lenguaje, o funciones del lenguaje, y llevar a cabo una clasificación de la variedad de actos de habla que nos ofrecen las distintas lenguas.

Pragmática formal: Juicio y objetividad. La verdad proposicional, la rectitud normativa y la veracidad constituyen para Habermas las condiciones de posibilidad, independientemente de la inteligibilidad que corresponde a la dimensión locucionaria del acto de habla, que la propia ilocución establece para la comunicación intersubjetiva y la consecuente orientación al entendimiento. Son condiciones de posibilidad de toda acción comunicativa en la medida en que constituyen criterios universales (no restringidos a ningún contexto cultural ni situación histórica) y formales (componen la estructura generativa operante en toda comunicación orientada al entendimiento).

El juicio es posible y necesario en el proceso de la comprensión, porque el intérprete comparte con los actores las mismas estructuras generativas del entendimiento definidas por la pragmática formal – pretensión de validez – asumiendo una actitud realizativa de interlocutor virtual en el proceso de entendimiento. En su interacción comunicativa el actor persigue consensos para coordinar acciones con otros actores; el intérprete, en cambio, evalúa la racionalidad de los procedimientos comunicativos poniendo en juego sus propios estándares de racionalidad sobre la base de un conjunto de reglas generativas del entendimiento comunes a todos los lenguajes. La comprensión solo resulta posible si se asumen tomas de posturas críticas y suficientemente argumentadas respecto de las pretensiones de validez que los actores suministran, en función del reclamo de fundamentación racional que toda fuerza ilocucionaria conlleva. El juicio realizado por el intérprete resulta objetivo dado que los criterios en los que se funda no reconocen restricciones contextuales de ningún tipo, sino que apuntan a un virtual entendimiento universal.

Richard Rorty: características y consecuencias del pragmatismo radical.

Antirrepresentacionalismo y pragmática: miseria de la epistemología. Uno de los rasgos permanentes del pragmatismo de Rorty consiste en considerar la epistemología, con su pretensión de construir una teoría del conocimiento, como la forma paradigmática que asume la filosofía representacionalista, en la búsqueda de una serie de criterios o condiciones de posibilidad que permitan una correspondencia transparente y acabada – objetiva – entre la mente o el lenguaje y el mundo. Desde su perspectiva, el meollo de la filosofía representacionalista puede resumirse como el intento por escapar del trasfondo que conforma el lenguaje entendido como forma de vida, hacia una fundamentación del conocimiento en un conjunto de criterios no humanos que podrían encontrarse mas allá de las herramientas que actualmente disponemos para interactuar en el mundo de nuestra experiencia. El representacionalismo entiende al lenguaje como medio a través del cual nos representamos la realidad externa o expresamos la subjetividad interna, colocándolo en la posición de un tercer elemento entre el sujeto y el mundo, y postulando la existencia dos tipos de realidades no lingüísticas: los “significados” que tendría que expresar y los “hechos” que debería permitirnos representar. Si adoptamos este punto de vista, sugiere Rorty, rápidamente seremos presa de la idea de que la verdad es un problema de correspondencia con los hechos o de adecuación respecto de ciertos estados mentales; haremos de la verdad un problema no humano, en la medida que los criterios para juzgarla dependerán del conocimiento de entidades exteriores a nuestro lenguaje.

Decir que el mundo está ahí afuera equivale a decir que la mayor parte de las cosas son efectos de causas independientes respecto de las creencias y deseos humanos y, por lo tanto, asumir que ese mundo es independiente del conjunto de representaciones que tenemos de él. En cambio, decir que la verdad no está, ni puede estar, ahí afuera, implica reconocer que se trata de una propiedad de los lenguajes que son creaciones humanas organizadas proposiocionalmente para describir nuestra relación con el mundo – que sí está afuera – y que, por lo tanto, cuando predicamos verdad o falsedad de una proposición, lo hacemos en relación con otras mas generales o comúnmente aceptadas correspondientes al mismo léxico, del cual la primera proposición forma parte. Decir que algo es verdadero no es explicar su esencia, sino describir su coherencia con el conjunto de creencias y deseos que se expresan como pautas de conducta en un léxico (juego de lenguaje).

Se propone desechar la distinción esquema – contenido (distinción entre realidades determinadas y un conjunto de palabras, conceptos o representaciones que pueden o no adecuarse o corresponder con ellas). Según Davidson, esta distinción se sostiene en el mito de lo subjetivo, para el cual el conocimiento del mundo requiere de un fundamento interno que se aloja en la mente. Una vez asumido este dualismo mente-mundo surge la tesis idealista o realista de que los estados mentales podrían ser exactamente como son, independientemente del mundo y de su hipótesis. Para Davidson, la reflexión sobre lo que es una creencia es la reflexión sobre cómo un organismo que utiliza el lenguaje interactúa con lo que sucede a su alrededor. Las creencias son hábitos de actuar, en vez de partes de un “modelo” de mundo, construidas por el organismo para ayudarle a enfrentarse a éste.

Para el representacionalista, las creencias son elementos de un esquema conceptual que se evalúa de acuerdo con su correspondencia con el mundo. Para el antirrepresentacionalista son reglas de acción inducidas causalmente por nuestra interacción con el entorno.

Verdadero es el nombre que le damos a las creencias que presumimos mas y mejor justificadas (conocimiento), en la medida que son centrales en la organización de nuestras pautas de conducta, y sin las cuales no podríamos actuar, Podemos describir o redescribir el conjunto de creencias que consideramos verdaderas, con la consecuente transformación de nuestras pautas de conducta, pero no podemos evaluar la verdad de ninguna de ellas aislándola del sistema al que pertenece. Todas las creencias están justificadas en el siguiente sentido: están apoyadas por muchas otras creencias y gozan de una presunción de verdad. La presunción se incrementa cuanto mas amplio e importante sea el cuerpo de creencias con el que la creencia en cuestión es coherente: Concepción coherentista de la verdad. El antirrepresentacionalismo de Rorty conlleva dos consecuencias convergentes que impugnan a la explicación de la verdad como correspondencia de la realidad y, por lo tanto, la abdicación de la epistemología como investigación acerca de las condiciones o los criterios de ese tipo de conocimiento. A la estrategia de conferir prioridad a la práctica social sobre las representaciones mentales privilegiadas en la definición de lo que resulta verdadero para una comunidad de hablantes, Rorty la denomina conductismo epistemológico. Este es pragmático y no positivista, en la medida en que establece a la práctica social de la conversación como recurso intersubjetivo de justificación de la afirmabilidad de los enunciados, frente al criterio de “verificación” por “confrontación” entre el lenguaje y el mundo propio del representacionalismo.

Wihgenstein renuncia a hablar del lenguaje como una unidad formal y concéntrica, para concebirlo solo en relación con las innumerables y diversas clases de utilización de todo aquello que llamamos signos, palabras, etc. Cada juego de lenguaje está constituido por un “régimen gramatical específico” que lo orienta hacia una finalidad particular, y que define que tipo de jugada está permitido y que tipo prohibido por las reglas del juego. Los juegos son múltiples y relativos, y esta multiplicidad no es estable, sino inestable y heterogénea.

Todos estos argumentos antirrepresentacionalistas acerca de la verdad no significan renunciar a toda racionalidad para caer en un craso relativismo, sino asumir al falibilismo como fuente de racionalidad para el conocimiento humano. Rorty afirma que la ciencia es racional no porque tenga un fundamento, sino porque es una empresa que se autocorrige y puede poner en duda cualquier afirmación aunque no todas a la vez, porque esto último neutralizará el propio de coherencia indispensable para la justificación. Todas nuestras creencias pueden ser cuestionadas y resignificadas a partir de una redescripción; lo que no se puede, a riesgo de perder los mecanismos básicos de coordinación de la acción, es cuestionarlas todas juntas.
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