Filosofía y métodos de las ciencias sociales-resumen de la materia






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Acción comunicativa. Este concepto se refiere a los miembros de un grupo social que orientan su acción por valores comunes. El actor particular observa una norma (a la viola) tan pronto como en una situación dada se dan las condiciones a que la norma se aplica. Las normas expresan un acuerdo existente en un grupo social.

Que una norma rija tácticamente significa que la pretensión de validez con que se presenta es reconocida por los afectados y este reconocimiento intersubjetivo funda la validez social (o vigencia) de la norma.

Este modelo de acción no solamente data al agente de un complejo cognitivo, sino también de un complejo motivacional que posibilita un comportamiento conforme a las normas.

Acción dramatúrgica. Este concepto hace regencia a participantes en una interacción que constituyen los unos para los otros un público ante el cual se ponen a sí mismos en escena. El actor suscita en su público una determinada imagen, una determinada impresión de sí mismos, al develar su propia subjetividad.

El mundo subjetivo es definido como la totalidad de vivencias subjetivas a las que el agente tiene un acceso privilegiado frente a los demás.

La cuestión que se plantea es la que de si el actor expresa en el momento adecuado sus vivencias, si piensa lo que dice, o se limita a fingir las vivencias que expresa.

En las tres se pueden diferenciar dos formas de actuación susceptibles de enjuiciamiento: por acciones lingüísticas y no lingüísticas.

Acción comunicativa. Este concepto se refiere a la interacción de por lo menos dos sujetos capaces de lenguaje y de acción que entablan una relación interpersonal. Los actores buscan entenderse sobre una situación de acción para poder coordinar planes de acción. La interpretación se refiere a la negociación de definiciones de la situación susceptibles de consenso.

El modelo de acción teleológica concibe el lenguaje como medio a través del cual los hablantes que se orientan hacia su propio éxito, pueden influir los unos sobre los otros con el fin de mover al oponente a formarse las opiniones o a concebir las intenciones que les convienen. El modelo de acción normativa concibe el lenguaje como medio que transmite valores culturales y que es portador de un consenso que queda ratificado con cada nuevo acto de entendimiento. El modelo de acción dramatúrgica presupone el lenguaje como medio en que tiene lugar la autoescenificación. Solo el concepto de acción comunicativa presupone el lenguaje como medio de entendimiento sin más abreviaturas, en que hablantes y oyentes se refieren simultáneamente a algo en el mundo objetivo, en el mundo social y en el mundo subjetivo, para negociar definiciones de la situación que puedan ser compartidas por todas.

El peligro radica en que la “acción” social se vea reducida a las operaciones interpretativas de los participantes en la interacción, en que actuar se asimile a hablar e interacción a “conversación”. En realidad, el entendimiento lingüístico es solo el mecanismo de coordinación de la acción, que ajusta los planes de acción y actividades teleológicas de los participantes para que puedan constituir una interacción.

Acciones son solo aquellas manifestaciones simbólicas en que el actor entra en relación al menos con un mundo (siempre junta al mundo objetivo también). Se pueden distinguir los movimientos con que un sujeto interviene en el mundo (actúa instrumentalmente) de los movimientos con que encarna un significado (se expresa comunicativamente).

Para el modelo de acción comunicativa el lenguaje solo es relevante desde el punto de vista pragmático de que los hablantes, al hacer uso de oraciones orientándose al entendimiento, contraen relaciones con el mundo directa y reflexivamente. Los hablantes integran en un sistema los tres conceptos de mundo que en los otros tipos de acción aparecen en solitario, y presuponen ese sistema como un marco de interpretación que todos comparten, dentro del cual pueden llegar a entenderse. Que el entendimiento funcione como mecanismo coordinador de la acción significa que los participantes en la interacción se ponen de acuerdo acerca de la “validez” que pretenden para sus manifestantes o emisiones, es decir que reconocen intersubjetivamente las “pretensiones de validez” con que se presentan unos frente a otros. El concepto de acción comunicativa presupone el lenguaje como medio dentro del cual tiene lugar un tipo de procesos de entendimiento en cuyo transcurso los participantes, al relacionarse con un mundo, se presentan unos frente a otros con pretensiones de validez que pueden ser reconocidas o puestas en cuestión.

La tarea de interpretación consiste en incluir en la propia interpretación que hace el otro de la situación de suerte que en la versión revisada “su” mundo externo y “mi” mundo externo, sobre el trasfondo de “nuestro” mundo de la vida, que den relativizadas en función de “el mundo” y las definiciones de la situación se puedan hacer coincidir.

El modelo comunicativo de acción no equipara acción y comunicación. El lenguaje es medio de comunicación que sirve al entendimiento, mientras que los actores, al entenderse entre sí para coordinar sus acciones, persigue cada uno determinadas metas.

La problemática de la “comprensión” en las ciencias sociales. Los diferentes modelos de acción presuponen cada uno de ellos distintas relaciones del actor con el mundo; y estas relaciones no solamente son determinantes de los aspectos de la racionalidad de la acción, sino también de la racionalidad de la interpretación de esas acciones formal de mundo, el actor da por sentadas determinadas presuposiciones de comunidad o intersubjetividad que desde su perspectiva van mas allá del circulo de los inmediatamente afectados y pretenden también ser válidas para el intérprete que se acerque desde afuera.

Desde el modelo de acción teleológica, una acción puede ser interpretada como mas o menos “racional con arreglo afines” su existen estándares de enjuiciamiento que tanto el agente como su interprete aceptan como válidos. Al proponer como dice Weber una interpretación racional, el intérprete está tomando postura frente a la pretensión con que las acciones racionales con arreglo a fines se presentan.

Según los presupuestos del modelo de acción normativa, un actor solo puede seguir aquellas normas (o violarlas) que el, subjetivamente, considera válidas o justificadas; y con este reconocimiento de pretensión de validez normativas queda expuesto a un enjuiciamiento objetivo. Desafía al intérprete a examinar, no solo la efectiva conformidad de una acción con una norma o la vigencia fáctica de ella, sino también la rectitud de esa norma.

En el caso del modelo de acción dramatúrgica el actor, al descubrir algo que sí ante un público se relaciona con algo en su mundo subjetivo y de nuevo, el concepto formal de mundo ofrece una base de enjuiciamiento que comparten agente e interprete. El intérprete puede interpretar racionalmente la acción poniendo de manifiesto en ella elementos de engaño y autoengaño.

En la acción comunicativa, incluso el inicio de la interacción se hace depender de que los participantes puedan ponerse de acuerdo en un enjuiciamiento inter-subjetivamente válido de sus relaciones con el mundo. Las acciones comunicativas no pueden interpretarse de otro modo que “racionalmente”.

La generación de descripciones de actos por los actores cotidianos no es algo accesorio a la vida social en tanto que práctica en curso, sino que es parte esencial de la producción de esa vida e inseparable de ella, puesto que la caracterización de lo que los otros hacen, o mas exactamente, de sus intenciones y razones que tienen para hacerlo es lo que hace posible la intersubjetividad, por medio de la cual tiene lugar la transmisión del propósito de comunicarse. Y es en estos términos como hay que entender el Verstehen, no como un método especial de acceso al mundo social, que fuera peculiar a las ciencias sociales, sino como condición antológica de la sociedad humana en tanto que producida y reproducida por sus miembros.

El científico social se encuentra con objetos “ya estructurados simbólicamente que encarnan estructuras de un saber preteórico, con cuya ayuda los sujetos capaces de lenguaje y de acción han constituido esos objetos. El ámbito objetual de las ciencias sociales comprende todo lo que cae bajo la descripción “elemento de un mundo de la vida”: objetos simbólicos que generamos cuando hablamos y actuamos, desde las manifestaciones inmediatas (como los actos de habla) pasando por los sedimentos de tales manifestaciones (como textos, documentos, obras de arte, teorías, bienes, etc.) hasta los productos generados indirectamente, susceptibles de organización y capaces de estabilizarse a sí mismos ( ideas, sistemas sociales y las estructuras de la personalidad).

El científico social tiene que pertenecer ya al mundo de la vida cuyos ingredientes quiere describir. Y para poder describirlos tiene que poder entenderlos y para poder entenderlos tiene que participar en su producción. Esta circunstancia impide al intérprete practicar esa separación entre cuestiones de significado y cuestiones de validez que pudiera otorgar a la comprensión un carácter descriptivo.

Mary Hesse afirma que los datos no son separables de la teoría y que su formulación está impregnada de categorías teóricas; que el lenguaje de la ciencia teórica es irreductiblemente metafórico e informalizable, y que la lógica de las ciencias sociales es interpretación circular, reinterpretación y autocorrección de datos en términos de teoría y viceversa.

Giddens insiste con razón en que las ciencias sociales plantean la tarea específica de doble hermenéutica: la sociología versa sobre un mundo preinterpretado en que la producción y reproducción de los marcos de sentido es condición esencial de la conducta social humana. La experiencia cotidiana que a la luz de conceptos teóricos y con ayuda de instrumentos de medida puede “transformarse” en datos científicos, está ya estructurada simbólicamente y no resulta accesible a la simple observación. El observador sociológico ha de servirse, como participante en los procesos de entendimiento, de los lenguajes con que se encuentra en su ámbito objetual, pues solo a través de esos procesos puede tener acceso a los datos. La problemática específica de la comprensión consiste en que el científico social no puede servirse de ese lenguaje como de un instrumento neutral.

Quien en el papel de primera persona observa algo en el mundo o hace un enunciado acerca de algo en el mundo adopta una actitud objetivante. Quien, por el contrario, participa en una comunicación y en el papel de primera persona (ego) entabla una relación intersubjetiva con una segunda persona (alter) que a su vez, en tanto que alter ego, se relaciona con ego como una segunda persona, adopta una actitud realizativa.

La comprensión de un significado es una experiencia comunicativa, distinta a la comprensión de enunciados observacionales (si todos los observadores que intervienen en el proceso de comprobación llegan a resultados concordantes, puede asegurarse la objetividad de la observación). La “comprensión” de una manifestación simbólica exige esencialmente la participación en un proceso de “entendimiento”. El mundo de la vida solo se abre a un sujeto que haga uso de su competencia lingüística y de acción.

El científico social tiene que hacer uso de una competencia y de un saber del que ya dispone intuitivamente como lego. Pero mientras no identifique y analice en profundidad ese saber preteórico no podrá controlar hasta que punto y con que consecuencias modifica al intervenir como participante, el proceso de comunicación en el que entró con la sola finalidad de entenderlo. La problemática de la comprensión puede reducirse así: ¿Cómo hacer compatible la objetividad de la comprensión con la actitud realizativa de quien participa en un proceso de entendimiento?

Si se entiende la comprensión del sentido como un modo de experiencia, y si la experiencia comunicativa solo es posible en la actitud realizativa de un participante en la interacción, el científico social, en su calidad de observador que recoge datos dependientes del lenguaje, ha de tener un status similar al del lego en ciencias sociales. Los directamente implicados persiguen en la práctica comunicativa cotidiana sus propias intenciones de acción; la participación en el proceso cooperativo de comunicación está al servicio de la consecución de un consenso sobre cuya base puedan coordinar sus planes de acción y realizar cada uno sus propias intenciones. El intérprete sociólogo no persigue intenciones de acción de ese tipo. El sistema de acción en que el científico social se mueve “como actor” se trata, por lo general, de un segmento del sistema de la ciencia, y no coincide con el sistema de acción observado. En este último el científico social participa “despojándose de sus atributos de actor” y concentrándose, como hablante y oyente, exclusivamente en el proceso de entendimiento.

El intérprete sólo puede entender el significado de los actos comunicativos porque estos están insertos en un contexto de acción orientado al entendimiento. El intérprete no puede llegar a entender el contenido semántico de una emisión o manifestación con independencia de los contextos de acción en que los implicados reaccionan frente a la emisión o manifestación en cuestión con un sí o con un no o suspendiendo el juicio. Y estas tomas de postura de asentimiento o negación no puede entenderlas si no es capaz de representarse las razones implícitas que mueven a los participantes a tomarlas.

El intérprete no podría entender que es una razón si no la reconstruyera junto con su pretensión de validez, si no la interpretara racionalmente (Weber). La descripción de las razones exige una “evaluación”, aún en caso de que quien hace esa descripción no se sienta en condiciones de emitir un juicio sobre su plausibilidad. De ahí que un intérprete no pueda interpretar manifestaciones que a través de pretensiones de validez susceptibles de crítica van asociadas con un potencial de razones y que representan un saber, sin tomar postura frente a ellas. Y no puede tomar posturas sin aplicar sus propios estándares de evaluación.

El método de la comprensión pone en cuestión el tipo habitual de objetividad del conocimiento, ya que el intérprete, aunque sin intenciones de acción propias, tiene que participar en la acción comunicativa y se ve confrontado en el propio ámbito objetual con las pretensiones de validez que allí aparecen.

Según los presupuestos del modelo comunicativo de acción, el agente dispone de una competencia de interpretación igual de compleja que la del observador. El actor no solamente está provisto de tres conceptos de mundo, sino que también puede emplearlos reflexivamente. El buen suceso de la acción comunicativa depende de un proceso de interpretación en el que los participantes llegan a una definición común de la situación. Todo consenso descansa en un reconocimiento intersubjetivo de pretensiones de validez susceptibles de crítica, y para ello hay que suponer que los sujetos que actúan comunicativamente son capaces de criticarse recíprocamente.

El científico social, para conectar sus conceptos con los que encuentra en el contexto que quiere investigar, no puede proceder de forma distinta a como lo hacen los propios legos en su práctica comunicativa. Se mueve dentro de las mismas estructuras de entendimiento posible en las que los directamente implicados ejecutan sus acciones comunicativas.

Shutz se percata de que, cuando se opta por el empleo de categorías de teoría de la acción, se están tomando tres predecisiones metodológicas:

  1. La decisión de describir la realidad social de modo que se entienda como una construcción del mundo de la vida cotidiana. La comprensión es el modo privilegiado de experiencia de los integrantes de un mundo de la vida. Sin embargo, también el científico social tiene que servirse de este modo de experiencia, porque a través de él obtiene sus datos.

  2. Para poder explicar la acción humana el científico tiene que preguntarse que modelo cabe construir de un ser individual y que contenidos típicos hay que atribuirle para que los hechos observados puedan explicarse como resultado de la actividad de tal individuo en un contexto comprensible.

  3. Los conceptos teóricos con que el científico social forma sus hipótesis tienen que conectar con los conceptos preteóricos con que los miembros de un mundo social interpretan su sistema en el contexto de acción en que intervienen. Todo concepto tiene que estar construido de modo que una acción ejecutada dentro de un mundo de la vida de un individuo, que concuerde con la construcción típica, sea inteligible tanto para el agente mismo, para sus prójimos, y garantiza la consistencia de las construcciones del científico social con las construcciones que se hacen de la realidad social en el pensamiento cotidiano. El observador científico rompe con su actitud “natural” (o ralizativa) y se coloca en un lugar extramundano. No puede entrar nunca en una relación-nosotros con otros agentes del mundo social sin abandonar su actitud científica.


La actitud teorética es caracterizada como la actitud de un observador “desinteresado”; su función es la de distanciar al científico de los intereses cotidianos, de los intereses de raíz biográfica. Es la resolución del científico de sustituir el sistema de valores de su práctica cotidiana por el sistema de valores de la ciencia, lo que bastaría a producir el paso de la actitud natural de la teorética.

El científico social tendrá que buscar en las estructuras generales de los procesos de entendimiento, en los que no tiene más remedio que introducirse, las condiciones de objetividad de la comprensión para averiguar si el conocimiento de esas condiciones le permite cerciorarse reflexivamente de las implicaciones de su participación.

En las comunicaciones cotidianas una manifestación nunca tiene significado completo por sí misma, sino que recibe parte de su contenido semántico del contexto cuya comprensión el hablante supone en el oyente. El intérprete no puede hacerse con la comprensión del contexto de la que depende la comprensión de una manifestación ubicada en él sino toma parte en el proceso de formación y reproducción de ese contexto. Tampoco el observador científico goza de un acceso privilegiado al ámbito objetual, sino que ha de servirse de los procedimientos de interpretación que domina intuitivamente y que adquirió como miembro de su grupo social.

Lo que en cada caso se acepta como verdadero es asunto de convención. La verdad solo es concebible como resultado socialmente organizado de líneas contingentes de conducta lingüística, conceptual y social. La verdad de un enunciado no es independiente de las condiciones de su emisión y, así, estudiar la verdad es estudiar las formas en que la verdad puede ser metódicamente otorgada.

Lo que persigue Garfinkel es cumplir el programa proyectado por la sociología fenomenológica, de una aprensión de las estructuras generales del mundo de la vida, buscando en las actividades interpretativas que caracterizan a las actividades rutinarias cotidianas los procedimientos con que los individuos renuevan en cada sazón la apariencia objetiva de un orden social. Una teoría de la construcción y reproducción de los sistemas de acción ha de tener por objeto los rasgos constantes de los procedimientos de interpretación de que los miembros se sirven en la acción comunicativa.

El etnometodólogo vive y actúa en el mismo mundo social que está investigando, de forma muy distinta a como lo hacen los sociólogos tradicionales. El sociólogo crítico tiene que abandonar la actitud natural que impide por igual a legos y a sociólogos convencionales tratar la realidad normativa de la sociedad como fenómeno; para ello ha de concentrarse en las ingenuidades de sus colegas menos ilustrados, ya que estos reiteran las ingenuidades cotidianas de los legos.

La etnometodología se ocupa de la interpretación como de una “labor incesante” de los participantes en la interacción, es decir, de los microprocesos de interpretación de la situación y de aseguramiento del consenso, que nada pierden de su alta complejidad por el hecho de que los implicados pueden partir sin esfuerzo de una comprensión de la situación. Todo proceso de entendimiento resulta ocasional y frágil. La hermenéutica se ocupa de la interpretación como “labor de excepción”, que solo es necesaria cuando fragmentos relevantes del mundo de la vida se vuelven problemáticos, cuando las certezas del propio trasfondo cultural se vienen abajo y los medios normales de entendimiento fracasan.

Diremos que una comunicación ha sufrido una perturbación cuando dejan de cumplirse (algunas) condiciones lingüísticas para el entendimiento directo entre por lo menos dos participantes en la interacción.

Un mundo de la vida constituye el horizonte de procesos de entendimiento con que los implicados llegan a un acuerdo o discuten sobre algo perteneciente al mundo objetivo, al mundo social que comparten, o al mundo subjetivo de cada uno.

Solo en la medida en que el intérprete penetre en las razones que hacen aparecer las emisiones o manifestaciones del autor como racionales, entiende que es lo que este pudo querer decir.

Solo sobre el trasfondo de los componentes cognitivos, morales y expresivos del acervo cultural de saber a partir del cual el autor y sus contemporáneos construyeron sus interpretaciones, puede alumbrarse el sentido del texto. Pero el intérprete posterior no podrá identificar estos presupuestos sino toma postura, siquiera sea implícitamente, frente a las pretensiones de validez vinculadas al texto.

La comprensión del sentido solo es posible por la vía de un entendimiento (o la menos virtual) sobre la cosa misma: la comprensión de un texto exige entenderse con el autor; y este último, en la medida en que se lo considere un sujeto responsable, en modo alguno puede ser objetivado por completo, pues la responsabilidad o capacidad de responder de sus actos como capacidad de orientarse por pretensiones de validez que tienen como fin un reconocimiento intersubjetivo significa que el actor, tanto tiene que poder “tener” razón frente al intérprete, como tiene que “poder aprender” por su parte de la crítica que el intérprete hace de sus presuposiciones.

Atribuimos racionalidad a todos los sujetos que se orientan con vistas a un entendimiento y, por tanto, por pretensiones de validez, orientación en que ponen a la base de sus operaciones interpretativas, como sistema de referencia intersubjetivamente válido, un sistema de mundo.

La contribución metodológica de la hermenéutica filosófica consiste en:

El intérprete no puede esclarecer el significado de una manifestación simbólica sino como participante virtual en el proceso de entendimiento de los directamente implicados;

Esta actitud realizativa le vincula a la precomprensión que caracteriza a la situación hermenéutica de la que parte; pero la validez de su interpretación no tiene porqué verse menguada por esa vinculación, ya que puede servirse de la estructura racional interna de la acción orientada al entendimiento y hacer un uso reflexivo de la competencia de juicio que caracteriza a un participante en la comunicación que sea capaz de responder de sus actos, para poner sistemáticamente en relación el mundo de la vida del autor y de sus contemporáneos con su propio mundo de la vida y reconstruir el significado del interpretándum como contenido objetivo de una emisión o manifestación susceptible de crítica que es sometida a un enjuiciamiento.

Los procesos de entendimiento tienen como meta un consenso que descansa en el reconocimiento intersubjetivo de pretensiones de validez, las cuales se las hacen mutuamente los participantes en la comunicación y son en propio susceptibles de crítica.

Si la comprensión tiene que ser entendida como experiencia comunicativa y ésta solo es posible en la actitud realizativa que adopta el sujeto al actuar comunicativamente, entonces la base experiencial de la sociología comprensiva solo puede ser compatible con la pretensión de objetividad de ésta si los procedimientos hermenéuticos pueden basarse, siquiera sea intuitivamente, en estructuras de racionalidad comprehensivas y generales.
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