Primera parte el misterio real o el arte de hacerse servir por las fuerzas






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LOS RITOS SAGRADOS Y LOS RITOS MALDITOS

Relata la Biblia que, después de haber puesto fuego profano en sus incensarios, dos sacerdotes fueron devorados delante del altar por una explosión del fuego sagrado. Esta historia es una amenazadora alegoría.

En efecto, los ritos no son ni indiferentes ni arbitrarios. Los ritos eficaces son los consagrados por la autoridad legítima, y los ritos profanos siempre producen el efecto opuesto al deseado por el temerario operador.

Los ritos de las antiguas religiones disueltas y anuladas por el cristianismo, son ritos profanos y malditos para quien no cree seriamente en la verdad de esas religiones hoy proscritas.

Ni el Judaísmo, ni los demás grandes cultos de Oriente, han dicho su última palabra. Son condenados pero aún no han sido juzgados y, por tanto, hasta que ello ocurra, pueden considerarse legítimas sus protestas.

Los ritos dejados atrás por el correr del progreso religioso han sido, por eso mismo, profanados y considerados como malditos. Más tarde llegarán a comprender las grandezas aún ignoradas del dogma judaico, pero no por eso el mundo cristiano volverá a la circuncisión.

El cisma de Samaria era una vuelta al simbolismo del Egipto, por cuyo motivo nada quedó de él y las diez tribus desaparecieron mezcladas con las naciones y absorbidas por ellas.

Los ritos de los grimorios hebraicos, ya condenados por la ley de Moisés, pertenecían al culto de los patriarcas, que ofrecieran víctimas en las montañas evocando visiones. Sería un crimen pretender dar nuevamente vida al sacrificio de Abraham.

Solo los cristianos católicos y ortodoxos establecieron un dogma y fundaron un culto; los herejes y los sectarios sólo supieron negar, suprimir y destruir. Nos llevan al deísmo vago y a la negación de toda religión relegada a Dios a una tan profunda oscuridad que, los hombres, ya no se interesan más por saber si él existe.

Fuera de las magistrales y positivas afirmaciones de Moisés y Jesucristo acerca de la Divinidad, el resto no es más que dudas, hipótesis y fantasías.

Para los antiguos pueblos que odiaban a los judíos y a quienes los judíos detestaban, Dios no era más que el genio de la Naturaleza, gracioso como la primavera, terrible como la tempestad, y las mil transformaciones de este proteo poblaban de multitud de dioses los diversos panteones del mundo.

Mas, en la cima de todo, reinaba el destino, esto es, la fatalidad. Los dioses de los antiguos apenas eran fuerzas naturales. La propia Naturaleza era el gran panteón. Las consecuencias fatales de tal dogma debían ser el materialismo y la esclavitud.

El Dios de Moisés y de Jesucristo es uno. Es espíritu eterno, independiente, inmutable e infinito; todo lo puede; creó y gobierna todas las cosas. Hizo al hombre a su imagen y semejanza. Es nuestro único Padre y nuestro único Señor. Las consecuencias de estos dogmas son el espiritualismo y la libertad.

Este antagonismo en las ideas llevó a los hombres a pensar, absurdamente en que también existía un antagonismo en las cosas. Hicieron del panteón un enemigo de Dios, como si el panteón realmente existiera en algún lugar a no ser en el dominio del propio Dios. Hacen de la Naturaleza un poder en rebelión; llamaron Satán al amor; dieron a la materia un espíritu que ella no podía tener, y resultó de ahí, por la ley fatal del equilibrio, la materialización de los dogmas religiosos. Del conflicto resultó un contrasentido o quizás un malentendido inmenso: que reclamaran la libertad del hombre en nombre de la fatalidad que lo aprisiona, y sujeción al nombre de Dios, siendo que El es el único que puede y quiere liberarlo. La consecuencia de esta perversión de juicio es un increíble malestar, una especie de parálisis moral y el por qué en todas partes se ven obstáculos.

Confieso que entre Proudhon y Veuillot no tengo la menor voluntad de elegir.

Las religiones muertas no reviven, y como dice Jesús, no se pone vino nuevo en vasos viejos. Cuando los ritos se vuelven ineficaces, el sacerdocio desaparece. No obstante, a través de todas las transformaciones religiosas, se conservaron los ritos secretos de la religión universal, y es precisamente en la razón y en el valor de estos ritos que consiste el secreto de la francmasonería.34

En efecto, los símbolos masónicos constituyen, en su conjunto, una síntesis religiosa que aun falta al sacerdocio católico romano. El conde José de Maistre lo sentía instintivamente; y cuando en su terror de ver al mundo sin religión, aspiraba a una alianza próxima entre la ciencia y la fe, volvía voluntariamente sus ojos a las puertas entreabiertas del ocultismo.

Hoy no existe el ocultismo masónico y las puertas de la iniciación están completamente abiertas. Todo fue divulgado, todo fue escrito. El Vigilante y los Rituales masónicos se venden a quien quiera comprarlos. El Gran Oriente no tiene más misterios, o al menos no tiene más misterios para los profanos que para los iniciados; sin embargo, los ritos masónicos inquietan todavía a la corte de Roma, porque siente que hay en ellos un poder que se le escapa.

Este poder es la libertad de la conciencia humana, es la moral esencial, independiente de cada culto. Es el derecho de no ser maldito ni echado a la muerte eterna por dispensar a las gentes el ministerio de los sacerdotes, ministerio solamente necesario, para aquellos que sienten su necesidad, respetable a todos cuando se ofrece sin imponerse, horrible cuando abusan de él.

Es por la maldición que la Iglesia de fuerza a sus enemigos. La excomunión injusta es una especie de consagración. Jacques de Molay,35 en su hoguera, era Juez del Papa y del Rey. Savonarola,36 quemado por Alejandro VI, era en esos momentos el venerable vicario y representante de Cristo, y cuando denegaban los sacramentos a los pretendidos jansenistas,37 el diácono Paris hacía milagros.

Hay dos especies de ritos que pueden, por consiguiente, ser eficaces en la magia: los ritos sagrados y los ritos malditos, pues la maldición es una consagración negativa. El exorcismo hace la posesión, y la Iglesia infalible crea al diablo, por así decirlo, cuando emprende su expulsión.

La Iglesia católica romana reproduce de un modo exacto la imagen de Dios, tal como la describieron con tanto genio los autores del Siphra Dzeniutta, explicado por el Rabí Schimeon38 y sus discípulos. Tiene ella dos caras, una de luz y otra de sombras, y para ella la armonía resulta de la analogía de los contrarios. La faz de luz, es la figura agradable y sonriente de María. La faz de sombra, es la careta del demonio. Oso decir francamente al demonio lo que pienso de su careta y con esto no creo ofender a la Iglesia, mi madre. Con todo, si ella condenase mi temeridad, si la decisión de un futuro concilio afirmase que el diablo existe en persona, yo me sometería en virtud de mis propios principios. Dije que el verbo crea lo que afirma; ahora bien, la Iglesia es la depositaria de la autoridad del verbo; y cuando ella afirma la existencia no sólo real sino también personal del diablo, el diablo existirá personalmente, y la Iglesia romana lo habrá creado.

Todas las imágenes milagrosas de la Virgen tienen el color oscuro, porque la multitud gusta de mirar la religión por su lado tenebroso. Ocurre que los dogmas lo mismo que con los cuadros poderosamente iluminados: si atenuares las sombras debilitaréis las luces.

La jerarquía de las luces es lo que hace falta restablecer en la Iglesia en lugar de la jerarquía de las influencias temporales. Que la ciencia sea dada al clero, que el estudio profundo de la naturaleza revele y dirija la exégesis. Que los sacerdotes sean hombres maduros y experimentados en las luchas de la vida. Que los obispos sean superiores a los padres en sabiduría y virtud. Que el Papa sea el más instruido y sabio de los obispos, que los padres sean electos por el pueblo, los obispos por los padres y el Papa por los obispos. Que haya para el sacerdocio una iniciación progresiva. Que las ciencias ocultas sean estudiadas por los aspirantes al santo ministerio, y de modo principal la Cábala hebrea, que es la llave de todos los símbolos. Sólo entonces será revelada la verdadera religión universal y la catolicidad de todos los tiempos y de todos los pueblos sustituirá a este catolicismo absurdo y odioso, enemigo del progreso y de la libertad, que lucha aun en el mundo contra la verdad y la justicia, pero cuyo reino pasó para siempre.

En la Iglesia actual, como en el judaísmo del tiempo de Jesucristo, la cizaña se halla mezclada con la buena simiente, y por el temor de arrancar el fermento no nos atrevemos a tocar la cizaña. La Iglesia expía sus propios anatemas, ella es maldita porque maldijo. La espada que desenvainó se vuelve contra ella, como lo predice el Maestro.

Las maldiciones pertenecen al infierno y los anatemas son actos del pasado de Satán. El preciso remitirlos al grimorio de Honorio.39 La verdadera Iglesia de Dios ora por los pecadores y no los maldice.

Se censura a los padres que maldicen a sus hijos, pero nunca se podrá admitir que una madre maldiga a los suyos. Los ritos de la excomunión, empleados en los tiempos bárbaros, eran los de los hechizos de magia negra, y prueba de ello es la costumbre de cubrir los objetos sagrados y apagar todas las luces, en una suerte de homenaje a las tinieblas. En esas oscuras épocas se excitaba a los pueblos a la rebelión contra los reyes, se predicaba la exterminación y el odio, se ponían en peligro los reinos y, por todos los medios posibles, se aumentaba la corriente magnética del mal. Esta corriente se convirtió en un torbellino que llegó a alcanzar la silla de Pedro. Mas la Iglesia triunfará por la indulgencia y el perdón. Día vendrá, en que los últimos anatemas de un concilio ecuménico serán estos: ¡Maldita sea la maldición, que los anatemas sean anatemas, y que todos los hombres sean bendecidos! Entonces no veremos más a la humanidad de un lado y del otro de la Iglesia. La Iglesia abrazará a la humanidad, y quien quiera que pertenezca a la humanidad no podrá estar fuera de la Iglesia.

Los dogmas disidentes serán apenas considerados como ignorancias. La caridad hará suave la violencia y el odio, y quedaremos unidos por todos los sentimientos de una fraternidad sincera, también aquellos que quieran separarse de nosotros. La religión conquistando el mundo, y los hebreos, nuestros padres y hermanos, saludarán con nosotros al reino espiritual del Mesías. Tal será en la tierra, hoy tan desolada e infeliz, la segunda venida del Salvador, la manifestación de una gran religiosidad y el triunfo del mesianismo, nuestra esperanza y nuestra fe...
Capítulo VI
DE LA ADIVINACION

Podemos adivinar de dos maneras: por sagacidad o por la doble vista.

La segunda vista es una especie de intuición especial, semejante a la de los sonámbulos lúcidos que leen el pasado, presente y futuro de la luz universal. Edgar Poe, sonámbulo lúcido de embriaguez, habla en sus cuentos de un cierto Augusto Dupin, que adivinaba los pensamientos y descubría los misterios de los negocios más embarazosos, por un sistema totalmente original basado en observaciones y deducciones.

De desear sería que los jueces que deben dar su fallo en las causas fuesen iniciados en el sistema de Augusto Dupin.

Muchas veces, determinados indicios, descuidados como insignificantes, llevarían al descubrimiento de la verdad, si se los tomase en cuenta. El esclarecimiento parecería extraño, inesperado, inverosímil, como en el cuento de Edgar Poe, titulado Doble asesinato en la calle del cementerio. (**el traductor, tradujo el nombre de la calle... sería de la “Rue Morgue”, (N. de la Tipeadora...) ¿Qué dirían, por ejemplo, si un día se viniese a establecer que el envenenamiento del Sr. Lafarge no puede atribuirse a nadie, que la autora del envenenamiento era una sonámbula, impresionada por vagos temores (en el caso de haber sido una mujer), que en la lucidez de su sueño furtivamente sustituía y mezclaba arsénico con bicarbonato de soda y goma en polvo, echando la mezcla hasta en las cajas de María Capelle, juzganado así en su suelo hacer imposible el envenenamiento que temía para su hijo?

Claro que damos aquí una hipótesis inadmisible después de la condena; mas quizá antes de la sentencia habría convencido examinar la causa bajo estos puntos:

1° Que la señora Lafarge, madre, hablaba incesantemente de envenenamiento y desconfiaba de su nuera, la que en una carta fatal se había vanagloriado de poseer arsénico.

2° Que esta misma señora jamás se desvestía y que hasta para dormir conservaba su chal.

3° Que durante la noche se oían ruidos extraños en la casa.

4° Que el arsénico estaba esparcido en todos los lugares de la casa, en los muebles, gavetas, en la tierra, etc., de modo que excluía toda inteligencia y razón.

5° Que había arsénico mezclado en la caja de goma en polvo que María Capelle entregó a su joven amiga, Emma Potier, como conteniendo la goma que se mezclaba a las bebidas del señor Lafarge.

Estas circunstancias singulares habrían despertado la sagacidad de Augusto Dupin y de Zadig, pero seguramente que no producirían impresión en los jurados y jueces, prevenidos mortalmente contra la acusada, por la triste evidencia del robo de los diamantes. Ella, pues, fue condenada sólo porque la justicia siempre tiene la razón; pero es sabido con qué energía protestó la infeliz hasta la muerte y que la rodearon de honrosas simpatías en sus últimos momentos.

Otro condenado, sin duda menos atrayente, protestó también ante la religión y la sociedad en el momento pavoroso de la muerte; fue el infeliz Leotadio, acusado del asesinato y desfloramiento de una niña. Edgar Poe habría podido hacer de esta trágica historia uno de sus cuentos más impresionantes, mudando los nombres de los actores y trasladando la escena a Inglaterra o América. Veamos lo que habría hecho decir a Augusto Dupin:

La niña entró en la casa educacional y no la vieron aparecer más; el portero, que siempre cerraba la puerta con llave, se ausentó apenas un minuto. A su vuelta, la niña ya no estaba en ese lugar, pero había dejado la puerta entreabierta.

Al día siguiente, encontraron a la infeliz pequeña en el cementerio, junto a un muro de los jardines del colegio. Estaba muerta y parecía haber sido ultimada a golpes; tenía las orejas despedazadas y había señales de desfloramiento anormal: era una dilaceración horrible, pero sin ninguna de las señales características del desfloramiento hecho por un hombre.

Además, parecía no haber caído en ese lugar, sino haber sido llevada después. Sus vestidos estaban arreglados en lo bajo y alrededor del cadáver; a pesar de haber llovido toda la noche dichas vestimentas estaban secas; debieron llevarla, dentro de un saco, por la mañana, ya por la puerta o por la abertura de la pared del cementerio. Parece que la envolvieron en sus mismos vestidos, los que estaban inmundos por deyecciones blancuzcas.

Lo que debió pasar: la niña, al entrar en la sala de visitas, habría tenido una necesidad repentina. Para satisfacerla, salió por la puerta entreabierta, nadie la vio, lo que fue una fatalidad.

Al costado del cementerio, buscó un lugar oscuro, donde fuer sorprendida por alguna mala mujer, a quien tal vez varias veces había ensuciado su puerta; ésta estaba en el acecho, para sorprender a quien llegase para repetir lo mismo y propinarle una paliza.

Abre repentinamente la puerta, cae a bofetadas sobre la niña cuyo rostro confundió, le arranca en parte las orejas y la revuelca en sus propios excrementos. Nota, después, que la infortunada no se mueve, quería solamente golpearla y la mató.

¿Qué hará con el cadáver o con lo que cree un cadáver? Tal vez la pobre chica abofeteada apenas ha perdido los sentidos. La oculta en un saco, sale después, y oye que buscan a una pequeña aprendiza que entró en el colegio y no la vieron salir.

Se apodera de ella una idea funesta; es preciso desviar, cueste lo que cueste, toda sospecha; que la víctima sea encontrada junto al muro del colegio y que un desfloramiento simulado haga imposible la sospecha de atribuir el crimen a una mujer.

Con un bastón verifica el desfloramiento criminal y es quizás, en ese atroz y último dolor, que la pobrecita expira.

Llegada la noche, la malvada mujer lleva el saco al cementerio, cuya puerta cerrada sabe abrir haciendo girar con un cuchillo el picaporte. Tiene el cuidado de borrar las huellas de sus pies, retirándose de espaldas; cierra cuidadosamente la puerta.

Esta hipótesis, continuaría Dupin, explica por sí sola todas las circunstancias aparentemente inexplicables de la horrenda historia.

En efecto, si el dispensero del colegio hubiese violado a la joven, habría procurado acallar sus gritos y no provocarlos, arrastrándola violentamente de las orejas e hiriéndola a golpes. Si hubiese gritado, los gritos de dolor se habrían oído, porque el entrepiso, único lugar posible para el crimen, estaba horadado en el costado que da a un cuartel con muchos soldados y casi a la altura de la casilla del empleado.

Por otra parte, el acusado fue visto todo el día, tranquilamente dedicado a las funciones de su cargo. Su ausencia del lugar del crimen, a la hora que éste ocurrió, está testificado por las declaraciones de sus compañeros; sin embargo, a causa de algunas irrisiones, negligencia y evasivas, lo acusamos de complicidad o al menos de complacencia, y así, es muy probable que sea declarado culpable por el Tribunal de Filadelfia.

Tal sería lo que diría Augusto Dupin en el cuento inédito de Edgar Poe y que, sin duda se nos permitirá imaginar, para exponer nuestra hipótesis, sin faltar a los deberes que nos impone el respeto de la cosa juzgada.

Sabemos cómo, entre dos madres que se disputaban la misma criatura, Salomón supo adivinar, de modo infalible, cuál era la verdadera madre.

La observación de la fisonomía, del andar, de los hábitos, etc., también lleva, de modo cierto, a la adivinación de los pensamientos secretos y carácter de los hombres.

De las formas de la cabeza y de la mano puede llegarse a preciosas inducciones; aunque siempre es bueno tener en cuenta el libre albedrío del hombre y los esfuerzos que puede hacer con éxito al corregir las malas tendencias de su naturaleza.

Igualmente debemos saber, que un buen carácter puede depravarse y que, muchas veces, los mejores se tornan peores, cuando se degradan y corrompen voluntariamente. La ciencia de las grandes e infalibles leyes del equilibrio pueden también ayudarnos a predecir el futuro de los hombres. Un hombre nulo y mediocre podrá llegar a todo, pero jamás será algo. Un hombre apasionado, que se abandona a excesos, perecerá con su misma intemperancia, o será fatalmente arrastrado a excesos contrarios. El cristianismo de los sacerdotes del desierto, debía producirse después de la devastación de Tiberio y de Heliogabalo. En la época del jansenismo, ese mismo cristianismo temible es una locura que ultraja a la naturaleza y prepara las orgías de la Regencia y del Directorio. Los excesos de la libertad en el ’93 trajeron el despotismo. La exageración de una fuerza va siempre a favor de la fuerza contraria.

En la filosofía y en la religión, las verdades exageradas se convierten en las más peligrosas mentiras. Cuando, por ejemplo, Jesucristo decía a sus apóstoles: “Quien os oye me oye, y quien me oye, oye a Aquél que me envió”, establecía la jerarquía disciplinaria y la unidad de enseñanza, atribuyendo a este método divino, porque es natural, una infalibilidad relativa a la que él enseñó, y no dando por eso, a ningún tribunal eclesiástico, el derecho de condenar los descubrimientos de Galileo. Las exageraciones del principio de la infalibilidad dogmática y disciplinaria producirán la inmensa catástrofe de hacer caer a la Iglesia, digámoslo así, en flagrante delito de persecución de la verdad. Y entonces, las paradojas responderán a las paradojas. La Iglesia parecía desconocer los derechos de la razón y los hombres desconocerán los de la fe. El espíritu humano es un enfermo que aun anda con el auxilio de dos muletas: la ciencia y la religión. La falsa filosofía le quita la religión y el fanatismo le arranca la ciencia. ¿Qué puede ella hacer? Caer pesadamente y dejarse arrastrar como un paralítico entre las blasfemias de Proudhon y las enormidades del Syllabus.

Las iras de la incredulidad no tienen la fuerza suficiente para medirse con los furores del fanatismo, porque son ridículas. El fanatismo es una afirmación exagerada y la incredulidad una negación también exagerada, pero muy irrisoriamente. ¿Qué es la exageración de la nada? ¡Muy menos que nada! No vale la pena quebrar lanzas por ello.

Así tenemos, impotencia y desaliento de un lado, persistencia e invasión del otro; caemos bajo la presión pesada de las creencias ciegas y de los intereses que explotan. El viejo mundo, que juzgaban muerto se levanta de nuevo delante de nosotros y la revolución está lista para recomenzar.

Todo esto podía ser escrito, todo estaba en la ley del equilibrio, todo había sido predicho y fácilmente se puede predecir lo que acontecerá después.

El espíritu revolucionario hoy agita y atormenta a las naciones que permanecieron católicas: Italia, España e Irlanda; y la reacción católica, en el sentido de la exageración y del despotismo, se detiene en los pueblos cansados de revoluciones. Durante este tiempo, Alemania protestante se engrandece y pone un poder formidable al servicio de la libertad de conciencia y de la independencia del pensamiento.

Francia pone su espada volteriana al servicio de la reacción clerical y favorece así el desenvolvimiento del materialismo. La religión se vuelve un apolítica y una industria, las almas de la elite se separan de ella y se refugian en la ciencia, y a fuerza de escudriñar y analizar la materia, la ciencia acabará por encontrar a Dios y forzará a la religión a volver en sí. Las groserías teológicas de la Edad Media resultarán tan evidentemente imposibles, que hasta parecerá ridículo combatirlas. Entonces la letra dará lugar al espíritu y la gran religión universal será reconocida por primera vez en el mundo.

Predecir este gran movimiento no es una adivinación del futuro, porque ya comenzó, y los efectos ya se manifiestan en las causas. Los nuevos descubrimientos esclarecen diariamente los oscuros textos del Génesis y confirman a los antiguos padres de la Cábala. Camilo Flammarión ya nos demostró a Dios en el universo; desde hace mucho tiempo están reducidas al silencio las voces que condenaron a Galileo; la Naturaleza, desde hace mucho tan calumniada, se justifica, haciéndose conocer mejor; la pajuza de Vanini sabe más sobre la existencia de Dios que todos los doctores de la escuela, y los blasfemadores de ayer son los profetas del mañana.

Que otras creaciones hayan precedido a la nuestra, que los días del Génesis sean períodos de años o de siglos; que el sol detenido por Josué sea una imagen poética oriental; que las cosas evidentemente absurdas para la historia se expliquen por medio de alegorías, todo esto en nada perjudica la majestad de la Biblia, ni contradice, de modo alguno, su autoridad.

Todo lo que en este libro sagrado es dogma o moral cae bajo el juicio de la Iglesia; pero todo lo que es arqueología, cronología, física, historia, etc., pertenece exclusivamente a la ciencia, cuya autoridad, en estas materias, es absolutamente distinta, si no independiente de la fe.

Esto es lo que ya reconocen sin atreverse a decirlo claramente los sacerdotes más esclarecidos; y tienen razón en callarse. No debemos permitir que los jefes de la caravana anden más deprisa que los niños y los ancianos. Los que tienen apuro de lanzarse al frente quedan luego solos y pueden perecer en la soledad, como aconteció a Lamennais y a tantos otros. Es preciso conocer bien el camino y estar pronto a volverse a la menor alarma, para no exponerse a ser considerado como imprudente y adelantado explorador.

Cuando venga el mesianismo, esto es, cuando el reino de Cristo de haya realizado en la tierra, la guerra cesará, porque la política no será la bellaquería del más hábil o la brutalidad del más fuerte. Habrá verdaderamente un derecho internacional, porque el deber internacional será proclamado y reconocido por todos, y sólo entonces será que, conforme la predicción de Cristo, no habrá más que un rebaño y un solo pastor.

Si todas las sectas protestantes se uniesen, juntándose a la ortodoxia griega y reconociendo por papa al jefe espiritual cuya sede sería Constantinopla, habría en el mundo dos iglesias católico-romanas, pues Constantinopla fue y será otra vez la nueva Roma. Así el cisma sólo podría ser pasajero. Un concilio verdaderamente ecuménico, compuesto de diputados de la cristiandad entera, terminaría las divergencias, como ya se hizo en la época del concilio de Constanza. Y el mundo se asombraría de sentirse enteramente católico, pero esta vez, con la libertad de conciencia conquistada por los protestantes y el derecho a la moral independiente reivindicada por la filosofía; no estando nadie obligado, por penas legales, a usar los remedios de la religión y no teniendo el poder de negar las grandezas de la fe o de insultar la ciencia que sirve de base a la filosofía.

He aquí que la sagacidad de la filosofía de la que habla Paracelso nos hace ver claramente el futuro. Llegamos a esta adivinación sin esfuerzo, por una serie de deducciones que comienzan en los mismos hechos que acontecen ante nuestros ojos.

Estas cosas sucederán, luego o tarde, y será la victoria del orden; pero la marcha de los acontecimientos que las trae podrá ser obstaculizada por catástrofes sangrientas, incesantemente preparadas y fomentadas por el genio revolucionario inspirado casi siempre en la sed ardiente de justicia, capaz de todos los heroísmos y de todos los sacrificios, mas siempre engañado, inutilizado y desorganizado por el magnetismo del mal.

Si debemos dar crédito a la tradición profética, el orden perfecto no reinará en la tierra antes del juicio final, es decir, antes de la transformación y renovación de nuestro planeta. Los hombres imperfectos o decadentes son, en su mayoría, enemigos de la verdad e incapaces de toda razón. La presunción y la codicia los divide y los dividirá siempre; y la justicia, en el decir de los videntes de los tiempos apostólicos y de los nuestros, sólo reinará perfectamente en la tierra, cuando los malos hayan sido convertidos o suprimidos, y el Cristo, acompañado de sus ángeles y santos, descienda del cielo para reinar.

Existen causas que la sagacidad humana no puede prever y que producen acontecimientos de inmensa trascendencia.

La invención de una nueva arma de guerra cambia el equilibrio de Europa, y el señor de Thiers, el hábil hombre sin principios, cree que la política consiste en echar los dados al acaso, atado al lado de Veulliot en el carro de Jagrnat, quiero decir del papado temporal. ¿Previó Jesús todo esto? Tal vez sí, durante su agonía en el huerto de los olivos y cuando, después, hizo a San Pedro esta dura predicción: “Aquel que hiere con la espada perecerá por la espada”.

Para restablecer el papado verdaderamente cristiano en el ejercicio legítimo de su doble poder, será quizá necesario que haya un papa mártir. El suplicio implora, dice el conde José de Maistre, y cuando la tierra es secada por el soplo árido de la irreligión pide lluvias de sangre.

La sangre del ajusticiado se purifica desde el instante en que se derrama, porque Jesús, al ser suspendido en la cruz, santificó todos los instrumentos de suplicio; mas sólo la sangre del justo tiene virtud expiatoria.

La sangre de Luis XVI y de Elizabeth pedían, de antemano, que la de Robespierre no fuese desdeñada por la justicia suprema.

La adivinación del futuro por la sagacidad y por la introducción puede llamarse presciencia, es decir, conocimiento de las cosas venideras. Lo que se hace por la segunda vista o por la intuición magnética no es más que un presentimiento.

Es posible exaltar la facultad presensitiva, provocando en uno mismo una especie de hipnotismo, por medio de algunos signos convencionales o arbitrarios, que sumerjan el pensamiento en el sueño. Tales signos son sorteados, porque lo que entonces se pide son oráculos de la fatalidad antes que los de la razón. Es una invocación de la sombra, es una apelación a la demencia, un sacrificio del pensamiento lúcido a esa cosa sin nombre que vaga durante la noche.

La adivinación, como su nombre lo indica, es esencialmente una obra divina, y la verdadera presciencia sólo puede ser atribuida a Dios. Es debido a esto que los verdaderos hombres de Dios son profetas. El hombre justo y bueno piensa y obra de acuerdo con la Divinidad, que habita en todos nosotros y nos habla sin cesar; sólo el tumulto de las pasiones nos impide oír su voz.

Los justos, teniendo en paz su alma, oyen siempre esa voz soberana y tranquila; sus pensamientos son como una ola pura y mansa, en la cual el sol divino se refleja en todo su esplendor.

Las almas de los santos son como sensitivas de pureza, se estremecen al menor contacto profano y se desvían con horror de todo lo que es inmundo. Tienen un olfato particular que les permite discernir y, podemos decir, analizar las emanaciones de las conciencias. Sufren indisposición delante de los malos, tristes e impíos. Los malos tienen para ellos una aureola oscura que los repele, y en cambio, las almas buenas, una luz que atrae de inmediato su corazón. San Germain de Auxerre adivinó de ese modo a Santa Genoveva. Fue así como Postel encontró nueva juventud en las conversaciones de la Madre Juana, y Fenelón comprendió el amor de la paciente y gran señora Guyon.

El cura de Ars, el respetable señor Vianney, penetraba en los que a él se dirigían y era imposible mentirle sin riesgo. Es sabido que interrogó severamente a los pastores de la Salette, les hizo confesar que nada habían visto de extraordinario y que sólo se habían divertido en arreglar y exagerar un simple sueño. También existe una especie de adivinación que pertenece al dominio del entusiasmo y de las grandes pasiones exaltadas.

Al parecer, estos poderes del alma crean lo que anuncian. A ellas pertenece la eficacia de la oración; basta que digan: ¡Amén! así sea, y lo que ellas quieren se cumple.
Capítulo VII
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