Primera parte el misterio real o el arte de hacerse servir por las fuerzas






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LOS PODERES DE LOS SACERDOTES

Para que el sacerdote sea poderoso es necesario que sepa o que crea. La conciliación de la ciencia con la fe pertenece al gran hierofante.

Si el clérigo sabe sin creer, puede ser un hombre de bien o un hombre indigno. Su fuere hombre de bien, explota la fe de los otros en provecho de la razón y de la justicia. Si es hombre indigno, explota la fe en provecho de su codicia, pero entonces ya no es el padre, sino el más vil de los malhechores.

Si cree sin saber, es un necio respetable, pero peligroso, que los hombres de ciencia deben vigilar y dominar.

El sacerdocio y la realeza, en el cristianismo, son apenas delegaciones. Todos nosotros somos sacerdotes y reyes; pero como las funciones sacerdotales y reales suponen la acción de uno solo sobre una multitud, confiamos nuestros poderes en el orden temporal a un rey, y a un padre (sacerdote), en el orden espiritual.

El rey cristiano es un sacerdote como todos nosotros, pero que no ejerce el sacerdocio.

El sacerdote cristiano igualmente es un rey, pero no debe ejercer la realeza.

El sacerdote debe dirigir al rey y éste proteger al sacerdote.

El sacerdote tiene las llaves y el rey lleva la espada.

El padre o sacerdote del cristianismo primitivo era San Pedro y el rey era San Pablo.

El rey y el sacerdote reciben sus poderes del pueblo, que fue consagrado rey y sacerdote por la santa unción del bautismo, aplicación de la sangre divina de Jesucristo.

Toda sociedad está salvaguardada por el equilibrio de estos dos poderes.

Que mañana no haya más papas y después de mañana no habrá más reyes, ni habrá ninguno para reinar, sea en el orden temporal, sea en el orden espiritual, porque nadie obedecerá; no habrá más sociedad y los hombres se matarán unos a otros.

El papa es el sacerdote y el sacerdote es el papa, pues uno es representante del otro. La autoridad del papa viene de los sacerdotes y de éstos vuelve al papa. Sobre ellos sólo hay Dios. Tal es, al menos, la creencia de los clérigos.

Por tanto, para aquellos que tienen confianza en él, el sacerdote dispone de un ser divino. Y osaré decir, que su poder parece ser más que divino, porque ordena al propio Dios que venga y Dios viene. ¡Hace aún más, crea a Dios por la palabra! Por un prestigio atribuido a su persona, despoja a los hombres de su orgullo y a las mujeres de su pudor. Las fuerza a venir a contarle las torpezas por las que los hombres combaten, si alguien desconfiase de ellas, y cuyos nombres ni las mujeres mismas querrían oír a no ser en el confesionario. Pero ahí están en regla con las pequeñas infamias, que ellas las dicen en voz baja, y el padre las perdona o les impone una penitencia: algunos rezos o pequeña mortificación a practicar, y ellas se van consoladas. ¡Será entonces muy grato comprar la paz del corazón al precio de un poco de sujeción!

Puesto que la religión es la medicina de los espíritus, ciertamente impone sujeciones, como el médico prescribe remedios y somete a sus dolientes a un régimen. Nadie puede establecer razonablemente la utilidad de las medicinas, y los médicos no deben pretender forzar a las personas sanas a tratarse de purgarse.

Sería un espectáculo alegre ver al presidente de la Academia de Medicina lanzar encíclicas contra aquellos que viven sin ruibarbo y proscribir de la sociedad a los que con la sobriedad el ejercicio se dispensan de recurrir al médico. Y de alegre pasaría a ser trágica la situación, además de ridícula, si el gobierno, apoyando las pretensiones del decano, dejase a los refractarios solamente a elección entre la jeringa de purgar y el fusil de Matamoscas. La libertad del régimen es tan inviolable como la libertad de conciencia.

Me diréis tal vez, que no se consulta a los locos antes de administrarles duchas. De acuerdo; pero tened cuidado, esto se volvería contra vosotros. Los locos están en oposición con la razón común. Tienen creencias excepcionales y extravagancias que quieren imponer y que los vuelven furiosos. No hagáis pensar que sería preciso responder con duchas obligatorias a los defensores del Syllabus

El poder del clérigo es totalmente moral y no podría imponerse por la fuerza. Pero por otro lado, y por una justa compensación, la fuerza no puede destruirlo. Si matáis a un padre hacéis un mártir. Hacer un mártir es sentar la primera piedra de un altar, y todo altar produce seminarios de padres. Derribad su altar, y con sus piedras dispersas construirán otros veinte que no lograréis derribar. La religión no fue inventada por los hombres, ella es fatal, esto es, providencial; se produjo por sí misma, para satisfacer las necesidades de los hombres, y es así como Dios lo quiso y reveló.

El vulgo cree en ella porque no la comprende y le parece tan absurda que lo subyuga y le agrada; y yo creo en ella porque la comprendo y encuentro absurdo no creer en ella.

Soy yo, nada temáis, dice el Cristo, andando sobre las olas en medio de la tempestad.

Señor, si sois vos, dice San Pedro, ordenad que yo vaya a vuestro encuentro, andando también sobre las ondas.

¡Ven! responde el Salvador, y Pedro anduvo sobre el mar. Inmediatamente el viento se levanta furioso, las olas se balancean con fuerza y el hombre tiene miedo; está por hundirse, y Jesús, reteniéndolo y levantándolo de la mano, le dice: “Hombre de poca fe, ¿por qué dudaste?”
Capítulo III
EL ENCANTAMIENTO DEL DEMONIO

El placer es un enemigo que debe, fatalmente, volverse nuestro esclavo o nuestro señor. Para poseerlo es preciso combatir, y para gozarlo es necesario haberlo vencido.

El placer es un esclavo encantador, pero un señor cruel, implacable y asesino. A aquellos a quienes posee, los cansa, los agota, los mata, después de haber engañado sus deseos y traicionado todas sus esperanzas. La esclavitud de un placer se llama pasión. EL dominio de un placer puede convertirse en un poder.

La Naturaleza puso el placer junto al deber; si lo separamos del deber, se corrompe y nos envenena. Si lo juntamos con el deber, el placer no se separará más de él, nos seguirá y será nuestra recompensa. El placer es inseparable del bien. El hombre de bien puede sufrir, es verdad, pero, para él, un placer inmenso se desprenderá del dolor. Job, en su estercolero, recibe la visita de Dios que lo consuela y lo absuelve, mientras que Nabucodonosor, en su trono, se inclina bajo un mal fatal que le quita la razón y lo transforma en bestia. Jesús, expirando en la cruz, da un grito de triunfo, como si sintiese su próxima resurrección, mientras que Tiberio,28 en Caprea, en medio de sus criminales delicias, soporta las angustias de su alma y confiesa, en una carta dirigida al Senado, que todos los días se siente morir.

El mal sólo puede asirnos por nuestros vicios y por el temor que nos inspira. EL diablo persigue a los que le temen y huye de los que le desprecian. Obrar bien y no temer a nada es el arte de encadenar al demonio.

Pero no pretendemos dar aquí un tratado de moral. Revelamos los secretos de la ciencia mágica aplicada a la medicina de los espíritus. Pero es necesario decir algo sobre las posesiones y exorcismos.

Todos tenemos, en nosotros mismos, el presentimiento de una doble vida. Las luchas del espíritu contra la conciencia, del deseo cobarde contra el sentimiento generoso, en fin, de la bestia contra la criatura inteligente; las flaquezas de la voluntad, arrastrada muchas veces por la pasión, las reprobaciones que nosotros mismos nos dirigimos, nuestra propia desconfianza, las fantasías concebidas; todo esto parece revelar en nosotros la presencia de dos personas de carácter diferente, una de las cuales nos exhorta al bien mientras que la otra nos querría arrastrar al mal.

De estas ansiedades naturales de nuestra naturaleza dual, se deduce, que existen dos ángeles cautivos en cada uno de nosotros, uno bueno y uno malo, siempre presentes, uno a nuestra derecha y otro a nuestra izquierda. Pero, decimos, es pura y simplemente simbolismo, esto es un arcano de la ciencia, y la imaginación del hombre es lo suficientemente poderosa para dar formas pasajeramente reales a los seres que su verbo afirma. Más de una religiosa vio y tocó su ángel de la guarda; más de un asceta se halló frente a frente y luchó realmente con su demonio familiar.

En las visiones que provocamos y que proceden de una disposición enfermiza, aparecemos nosotros mismos bajo formas que una proyección magnética provee a nuestra imaginación exaltada. Y también, a veces, ciertos dolientes y algunos maniáticos pueden proyectar fuerzas que imantan objetos sometidos a su influencia, de manera que tales objetos parecen moverse por si mismos y cambiar de lugar.

Estas producciones de imágenes y de fuerzas, no perteneciendo al orden habitual de la naturaleza, proceden siempre de alguna disposición enfermiza, que pude volverse contagiosa de un momento a otro, por efectos del temor, el espanto, o una mala disposición.

Es entonces que se duplican los prodigios y todo parece ser arrastrado por el vértigo de la demencia. Semejantes fenómenos son, evidentemente, desequilibrios producidos por el magnetismo del mal, y el vulgo tendría razón, si admitiese la definición que dimos, de atribuírselos al demonio.

Este fue el origen de los milagros de los convulsionarios de S. Medardo y tantos otros. Así se producen las singularidades del espiritismo; en el centro de todos estos círculos, al frente de todas estas corrientes había exaltados y enfermizos. Gracias a la acción de la corriente y a la presión de los círculos, los pacientes pueden tornarse incurables, y los exaltados, locos.

Cuando la exaltación visionario y el desequilibrio magnético se producen en forma crónica en el paciente, éste queda obcecado o poseso, según la gravedad del mal.

El individuo que se halla en tal estado, es atacado por una especie de sonambulismo contagioso; sueña despierto, cree en lo absurdo y lo produce hasta cierto punto alrededor de sí, fascina las miradas y engaña los sentidos de personas impresionables que le rodean. Es entonces que la superstición triunfa y que la acción del diablo se hace evidente. Y de hecho ella es efectiva, pero lo que juzgamos, no es el diablo. Se podría definir la magia como la ciencia del magnetismo universal, más ello sería tomar el efecto por la causa. La causa, ya lo dijimos, es la luz primaria del OD, OB y AUR de los hebreos. Volvamos pues, al magnetismo, cuyos grandes secretos aún no son conocidos en sus futuros teoremas.
I
Todos los seres que viven bajo una forma son polarizados para aspirar y respirar la vida universal.
II
Las fuerzas magnéticas, en los tres reinos, son hechas para equilibrarse por la fuerza de los contrarios.
III
La electricidad sólo es apenas el calor especial producido por la circulación del magnetismo.
IV
Los remedios no curan las dolencias por la acción propia de su sustancia, mas sí por sus propiedades magnéticas.
V
Toda planta es simpática a un animal y antipática al animal contrario. Todo animal es simpático a un hombre y antipático a otro. La presencia de un animal puede mudar el carácter de una dolencia.

Más de una solterona se volvería loca si no tuviese un gato y sería casi razonable, si con la posesión de un gato consigue conciliar la de un can.

VI
No hay una planta, no hay un insecto, no hay una piedra que no oculte una virtud magnética y que no pueda servir, sea a la buena o a la mala influencia de la voluntad humana.
VII
El hombre tiene el poder natural de aliviar a sus semejantes, por la voluntad, por la palabra, por la mirada y por los signos. Para ejercer este poder es preciso conocerlo y creer en él.
VIII
Toda voluntad no manifestada por una señal es una voluntad ociosa. Hay señales directas y señales indirectas. La señal directa tiene más poder porque es más racional; pero la señal indirecta siempre es un signo o una acción correspondiente a la idea, y como tal puede realizar la voluntad. La señal indirecta sólo es efectiva cuando la directa es imposible.
IX
Toda determinación a la acción es una proyección magnética. Todo consentimiento a una acción es una atracción del magnetismo. Todo acto consentido es un pacto. Todo pacto es una obligación libre al principio, fatal después.
X
Para obrar sobre los otros, sin esclavizarse, es necesario estar en esa independencia perfecta que sólo a Dios pertenece. ¿Puede el hombre ser Dios? ¡Sí, por participación!
XI
Ejercer un gran poder sin ser perfectamente libre es sacrificarse a una gran fatalidad. Es por eso que un hechicero no puede arrepentirse y necesariamente es condenado.
XII
El poder del mago y el del hechicero es el mismo; solamente que el mago se asegura en el árbol cuando corta la rama, mientras que el hechicero está suspendido en la propia rama que quiere cortar.
XIII
Disponer de las fuerzas excepcionales de la naturaleza es ponerse fuera de la ley. Es, por consiguiente, someterse al martirio siendo justo, y a un legítimo suplicio si no lo fuere.
XIV
Por el Rey a Dios queda prohibido

de aquí en este lugar facer milagros
es una inscripción paradojal solamente en la forma. La policía de este o aquel lugar pertenece al rey, y mientras el rey es rey. Dios no puede ponerse en contradicción con la policía del rey. Dios puede lanzar en el basural a los malos papas y a los malos reyes, pero no puede oponerse a las leyes reinantes. Por consiguiente, todo milagro que se hace contra la autoridad espiritual y legal del papa o contra la autoridad temporal y legal del rey, no viene de Dios sino del Diablo.

Dios, en el mundo, es el orden y la autoridad; Satán es el desorden y la anarquía. El por qué no sólo es permitido si no que es también glorioso resistir a un tirano, es porque el tirano es un anarquista que usurpó el poder. ¿Queréis pues, luchar victoriosamente contra el mal? Sed la personificación del bien. ¿Queréis vencer a la anarquía? Sed el brazo de la autoridad. ¿Queréis encadenar a Satán? Sed el poder de Dios.

Ahora bien, el poder de Dios se manifiesta en la humanidad por dos fuerzas: la fe colectiva y la incontestable razón.

Hay, pues, dos especies de exorcismos infalibles: los de la razón y los de la fe. La fe manda en los fantasmas, de la que es reina, porque es su madre, y a su conjuro ellos se apartan por algún tiempo. La razón sopla sobre ellos, en nombre de la ciencia, y ellos desaparecen para siempre.
Capítulo IV
LO SOBRENATURAL Y LO DIVINO

Lo que el vulgo llama sobrenatural es lo que le parece contra la naturaleza.

La lucha contra la naturaleza es el sueño insensato de los ascetas; como si la Naturaleza no fuese la ley misma de Dios.

Llamarán concupiscencia a las atracciones legítimas de la naturaleza. Lucharán contra el sueño, contra el hambre y la sed, contra los deseos del amor. Lucharán no sólo para triunfar de las atracciones superiores, sino con el pensamiento de que la naturaleza es corrupta y que la satisfacción de la naturaleza es un mal. De ello resultarán extrañas aberraciones. El insomnio crea el delirio; el ayuno vacía los cerebros y los llena de fantasmas; el celibato forzado hace nacer monstruosas impurezas.

Los íncubos y los súcubos infestarán los claustros.29 El priapismo y la histeria crearán desde esta vida un infierno para los monjes sin vocación y para las monjas presuntuosas.

San Antonio y Santa Teresa lucharon contra fantasmas lúbricos; asistían, en imaginación, a orgías de las que ni la antigua Babilonia tuvo idea.

María Alacoque y Mesalina sufrieron los mismos tormentos: los del deseo exaltado más allá de la naturaleza e imposible de ser satisfecho.

Con todo, había entre ellas una diferencia, y es que si Mesalina hubiese podido suponer una María Alacoque, habría tenido celos de ella.

Resumir todos los hombre en uno solo, como Calígula30 quiso hacerlo en su sed de sangre, y ver a este hombre de los hombres abrir su pecho y darle a adorar su corazón ardiente y lleno de sangre para que lo adorase como consolación del jamás poder saciarse del amor, ¡qué sueño ideal habría sido para Mesalina!

El amor, esta victoria triunfal de la Naturaleza, no le puede ser arrebatado sin que ella se irrite. Cuanto cree volverse sobrenatural se vuelve contrario a la naturaleza, y la más monstruosa de las impurezas es la que profana y prostituye de algún modo la idea de Dios. Ixión, arrojándose a Juno31 y agotando su fuerza viril en una nube vengadora era, en la alta filosofía simbólica de los antiguos, la figuración de esta sacrílega pasión, castigada en los infiernos con lazos de serpientes que ligan a la víctima a una rueda y la hacen girar en vértigo eterno. La pasión erótica, desviada de su objeto legítimo desviada de su objeto legítimo y exaltada hasta el deseo insensato de hacer, por así decir, violencia al infinito, es la más furiosa de las aberraciones del alma, e igual que la demencia del Marqués de Sade, tiene sed de torturas y de sangre. La joven, despedazará su seno con tejidos de hierro; el hombre, exhausto, descontrolado por los ayunos y las vigilias, se abandonará eternamente a las delicias depravadas de una flagelación llena de sensaciones extrañas, y después, a fuerza de fatigas, vendrán las horas de un sueño lleno de sueños enervantes.

De tales excesos resultarán dolencias desconocidas y desesperantes para la ciencia. Todos los sentidos perderán su empleo natural para proveer elementos a sensaciones falsas, a cicatrices más terribles que las de la sífilis; en las manos, en los pies, alrededor de la cabeza, llagas de supuración intermitente y profundamente dolorosas. Luego, la víctima, no verá ni oirá más, dejará de alimentarse, y quedará sumergida en un idiotismo profundo, del que sólo saldrá para morir, al menos que se opere una muy fuerte reacción, manifestada por excesos de histerismo o de priapismo, que harán creer en la acción directa del demonio.

¡Infelices entonces los de Urbano Grandier32 y los Gaufridy! ¡Los furores de las bacantes que despedazaran a Orfeo33, resultan inocentes diversiones comparados con la rabia de las piadosas palomas del Señor entregadas a las furias del amor!

¡Quién nos contara los indecibles romances de la celda del cartujo o del lecho solitario en que parece dormir la religiosa enclaustrada! ¡Los celos del esposo divino, sus abandonos que la vuelven loca, sus caricias que dan sed de amor! ¡Las resistencias del súcubo coronado de estrellas, los desprecios de la Virgen reina de los ángeles, las complacencias de Jesucristo!

¡Oh! ¡los labios que bebieron una vez en esta copa fatal quedan alterados y trémulos! Los corazones quemados una vez por este delirio, hallan secas e insípidas las fuentes reales del amor. ¿Verdad que fue un hombre para una mujer lo que soñó Dios? ¿Qué es la mujer para un hombre, cuyo corazón palpitó por la belleza eterna? Ah! Pobres insensatos, nada es para vosotros y sin embargo, lo es todo; pues es la realidad, la razón, la vida.

Vuestros sueños apenas son ensueños, vuestros fantasmas apenas fantasías. Dios, la Ley viva, Dios, la sabiduría suprema, no es cómplice de vuestras locuras ni el objeto posible de vuestras pasiones desesperadas. Un pelo caído de la barba de un hombre, un solo cabello perdido por una mujer viva y real, son cosas mejores y más positivas que vuestras devoradoras quimeras. Amaos unos a otros y adoraréis a Dios.

La verdadera adoración a Dios no es el aniquilamiento del hombre en la ceguera del delirio; es, por el contrario, su exaltación tranquila en la luz de la razón. El verdadero amor de Dios no es la pesadilla de San Antonio; al contrario, es la paz profunda, esa tranquilidad que resulta del orden perfecto. Todo lo que el hombre juzga sobrenatural en su propia vida, va contra la naturaleza, y todo lo que es contra natura, ofende a Dios. ¡Esto es pues, lo que un verdadero iniciado debe saber muy bien! Nada es sobrenatural, ni el mismo Dios, porque la Naturaleza lo demuestra. La Naturaleza es su ley, su pensamiento; la Naturaleza es él mismo, y si se pudiese desmentir a la Naturaleza, también se podría atentar contra su propia existencia. El pretendido milagro divino, si se saliese del orden eterno, sería el suicidio de Dios.

Un hombre puede curar naturalmente a los otros, porque Jesucristo, los Santos y los magnetizadores lo hicieron y lo hacen aún todos los días. Un hombre, se puede elevar de la tierra, andar sobre el agua, etc.; puede todo lo que Jesús pudo, pues fue él mismo quien lo dijo: “Aquellos que creen harán las cosas que yo hago y aún cosas mayores”.

Jesús resucitó muertos, pero jamás evocó almas. Resucitar un hombre es curar la letargia que ordinariamente precede a la muerte. Evocarlo, después de muerto, es imprimir a la vida un movimiento retrógrado, es violentar la naturaleza, y Jesús no podía hacerlo.

El milagro divino es la obediencia de la naturaleza a la razón; el milagro infernal, es aquello en que la naturaleza se desequilibrara para obedecer a la locura. El verdadero milagro de la vida humana es el buen sentido, la razón paciente y tranquila, la sabiduría que puede creer sin peligro, porque sabe dudar sin amargura y sin cólera, es la voluntad buena y perseverante que busca, estudia y espera. Es Rabelais que celebra al vino, bebe agua a menudo, cumple los deberes de un buen cura y escribe su Pentagruel. Un día que Jean de Lafontaine tenía puestas sus medias al revés, preguntó seriamente si San Agustín tendría tanto espíritu como Rabelais. Volveos vuestras medias, buen Lafontaine, y guardáos para el futuro semejantes preguntas; tal vez el señor Fontenelle sea bastante sutil para comprederos, pero ciertamente que no es lo suficientemente osado para responderos.

No es Dios todo lo que tomamos por Dios, y todo lo que tomamos por el diablo no es el diablo.

Lo divino escapa a la apreciación del hombre, y sobre todo del hombre vulgar. Lo bello siempre es simple, la verdad parece cosa común y lo justo pasa desapercibido porque no molesta a nadie. El orden nunca es notable: sólo el desorden trae la atención, porque es confuso y bullanguero. Los niños, en su mayoría, son insensibles a la armonía, prefieren el tumulto y el ruido; y es así también como, en la vida, muchas personas buscan el drama y el romance. Desprecian el bello sol y sueñan con los resplandores del rayo, imaginan la virtud solamente como la cicuta. Si hubiesen sido verdaderos sabios, Sócrates no habría recurrido a la muerte y Catón habría vivido libre; pero ¿los habría conocido el mundo si hubiesen sido verdaderos sabios?

Saint Martin no lo creía, él daba el nombre de filósofos desconocidos a los iniciados en la verdadera sabiduría. Callarse es una de las grandes leyes del ocultismo. Luego, callarse es ocultarse. Dios es la omnipotencia que se oculta, y Satán, la impotencia vanidosa que siempre procura mostrarse.
Capítulo V
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