Primera parte el misterio real o el arte de hacerse servir por las fuerzas






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EL SECRETO TERRIBLE

Hay verdades que deben permanecer perpetuamente ocultas a los débiles de espíritu t a los necios. Dichas verdades pueden serles reveladas sin temor, pues jamás las comprenderán.

¿Qué es un necio? Es más absurdo que una bestia. Es el hombre que pretende haber llegado antes de ponerse en camino; el hombre que se cree señor de todo porque llegó a alguna cosa. Es el matemático que desprecia la poesía. El poeta que protesta contra los matemáticos. El pintor que califica de ineptas a la teología y la cábala, porque nada entiende de cábala ni de teología. Es el ignorante que niega la ciencia sin haberse tomado el trabajo de estudiarla. Es el hombre que habla sin saber y afirma sin certeza. Son los tontos los que matan a los hombres de genio. Galileo no fue condenado por la Iglesia, sino por los ignorantes que desgraciadamente pertenecían a la Iglesia. La estulticia es un mal feroz que tiene la calma de la inocencia; asesina sin remordimiento. El necio es el oso de la fábula de La Fontaine: aplasta la cabeza de su amigo debajo de una piedra para cazar una mosca; pero a quien no debe intentarse hacerle confesar su error y la magnitud de su locura. La estulticia es inexorable e infalible como el infierno y la fatalidad, pues es siempre dirigida por el magnetismo del mal.

El animal nunca es tonto, cuanto de obra franca y naturalmente como animal; pero el hombre enseña la tontería a los canes y a los burros sabios. El tonto es el animal que desprecia el instinto y aparenta inteligencia.

El progreso existe para el animal; se lo puede dominar, asegurar, ejercitar; mas para el necio no existe dicho progreso, porque juzga que nada tiene que aprender. Es él quien quiere regir y educar a los otros y nunca os encontrará razón. Os escarnece a la vista, arguyendo que lo que no comprende es radicalmente incomprensible. Desde luego ¿por qué no lo comprendería yo? os dirá con admirable aplomo. Y nada podréis responderle. Decirle que es un tonto apenas sería propinarle un insulto. Todos lo ven, pero él jamás lo sabrá.

He aquí, pues, un ya formidable arcano inaccesible a la mayoría de los hombres. He ahí un secreto que jamás adivinarán y que sería inútil decírselo: el secreto de su estulticia.

Sócrates bebe la cicuta, Arístides es proscrito, Jesús crucificado, Aristóphantes se ríe de Sócrates y hace reír a los tontos de Atenas; un aldeano se fastidia de oír dar a Arístides el nombre de Justo, y Renán escribe la vida de Jesús para mayor placer de los necios. Es a causa del número casi infinito de tontos que la política es y será siempre la ciencia de la disimulación y la mentira. Maquiavelo osó decirlo y fue herido con una reprobación bien legítima, pues simulando dar lecciones a los príncipes los traicionaba a todos y los denunciaba a la desconfianza de las multitudes. Aquellos que somos obligados a engañar no debemos prevenir.

Era a causa de las necias multitudes que Jesús decía a sus discípulos: “No lancéis margaritas a los cerdos, pues ellos las hollarán con los pies y se volverán contra vosotros procurando despedazarlos”.

Por tanto, vosotros que deseáis volveros poderosos en obras, nunca digáis a nadie vuestro pensamiento más secreto. Igualmente, osaría deciros, no lo digáis, escondedlo, sobre todo, a la mujer que amáis; ¡recordad la historia de Sansón y Dalila!

Cuando una mujer cree conocer a fondo a su marido, cesa de amarlo. Quiere gobernarlo y dirigirlo. Si resiste, le odia; si cede, lo desprecia. Procura otro hombre para penetrar. La mujer tiene necesidad de lo desconocido y del misterio, y su amor, generalmente, no es más que una insaciable curiosidad.

¿Por qué los confesores son tan poderosos sobre el alma y casi siempre sobre el corazón de las mujeres? Es porque ellos saben todos sus secretos, mientras las mujeres ignoran los de los confesores.

La Francmasonería es poderosa en el mundo por su terrible secreto, tan prodigiosamente guardado, que aún sus iniciados de más alto rango no lo saben.

La religión católica se impone a las multitudes por un secreto que el mismo Papa ignora. Este secreto es el de los misterios. Los antiguos gnósticos, como lo indica su nombre, lo sabía, pero no supieron guardar silencio. Quisieron vulgarizar la Gnosis; de ahí resultaron doctrinas irrisorias, que la Iglesia condenó con razón. Pero desgraciadamente, junto con ellos, fue condenada la puerta del santuario oculto y sus llaves lanzadas al abismo.

Los Johanitas y los Templarios osaron buscarlas, arriesgándose a la condenación eterna. ¿Merecerían por eso ser condenados en el otro mundo? Todo lo que sabemos es que, en esta vida, los Templarios fueron quemados.

La doctrina secreta de Jesús era ésta:

“Yo, que soy el hijo de Dios, os digo: no busquéis a Dios en el espacio. El está en nuestras conciencias y en nuestros corazones. Mi Padre y Yo somos Uno. Amémonos los unos a los otros, como hermanos. No tengamos más que un corazón y un alma. La ley religiosa es hecha para el hombre, mas el hombre no es hecho para la ley. Las prescripciones legales están sometidas al libre arbitrio de nuestra razón unida a la fe. Creed en el bien y el mal nada podrá sobre vosotros.”

“Cuando os reunieseis en mi nombre, mi espíritu estará en medio de vosotros. Ninguno de entre vosotros debe juzgarse maestro de los otros, pero todos deben respetar la decisión de la asamblea. Todo hombre debe ser juzgado conforme a sus obras y medido en la medida que hizo para sí. La conciencia de cada hombre constituye su fe, y la fe del hombre es el poder de Dios en él.”

“Si sois señores de vosotros mismos, la naturaleza os obedecerá y gobernaréis a los otros. La fe de los justos es más inamovible que las puertas del infierno y su esperanza jamás será confundida.”

“Yo soy vosotros y vosotros sois Yo en el espíritu de caridad que es nuestro y que es de Dios. Creed esto y vuestro verbo será creador. Creed esto y haréis milagros. El mundo os perseguirá y haréis la conquista del mundo.”

“Los buenos son aquellos que practican la caridad y los que socorren a los infelices; los malos son los corazones sin piedad y éstos serán eternamente reprobados por la humanidad y por la razón."

“Las viejas sociedades fundadas sobre la mentira perecerán; un día el hijo del hombre aparecerá sobre las nubes del cielo, que son las tinieblas y la idolatría, y hará un juicio definitivo sobre los vivos y los muertos.”

“Desead la luz, pues ella se hará. Aspirad a la justicia, pues ella vendrá. No procuréis la victoria de la espada, pues el asesinato provoca el asesinato. Es por la paciencia y la dulzura que os haréis señores de vosotros mismos y del mundo.”

Entregad ahora esta doctrina admirable a los comentarios de los sofistas de la decadencia y a los disputadores de la Edad Media, y veréis salir de allí cosas bellas. Si Jesús era hijo de Dios ¿cómo lo engendró Dios? ¿El es de la misma sustancia que Dios o de otra sustancia? ¡La sustancia de Dios! ¡Qué eterno asunto de disputa para la ignorancia presuntuosa! ¿Era él una persona divina o una persona humana? ¿Tenía dos naturalezas y dos voluntades? ¡Terribles cuestiones que logran que las personas se excomulguen y se degüellen! Jesús tenía una sola naturaleza y dos voluntades, dicen unos, pero no los escuchéis, son herejes; entonces ¿dos naturalezas y una voluntad? No, dos voluntades. ¿Luego estaba en oposición consigo mismo? No, porque estas dos voluntades hacían una sola que se llama Theandrica. Ante esta palabra no digamos nada más y, además de eso, es preciso obedecer a la Iglesia que se volvió muy diferente de la primitiva asamblea de los fieles. La ley es hecha para el hombre, dice Jesús, mas la Iglesia dice que el hombre es hecho para la Iglesia, y es ella la que impone la ley. Dios sancionará todos los decretos de la Iglesia y os condenará a todos vosotros, si ella decide que todos, o casi todos, seáis condenados. Jesús dice que es necesario someterse a la asamblea, por tanto, ella es infalible, ella es Dios, y si ella decide que dos y dos son cinco, dos y dos serán cinco.

Si ella afirma que la tierra está inmóvil y que el sol gira, está prohibido hacer a la tierra girar. Os dirá que Dios salva a sus elegidos dándoles la gracia eficaz y suficiente y que los otros serán condenados por haber recibido solamente gracias, las cuales, a causa del pecado original, bastaban en principio, pero no eran suficientes en el hecho; que el Papa salva y condena a quien quiere, pues que tiene las llaves del cielo y del infierno. Después vienen los casuístas con sus manojos de llaves que no abren, y cierran con dos o tres vueltas las puertas de los compartimientos hechos en la torre de Babel. ¡Oh Rebelais, mi maestro, sólo tú puedes traer la panacea que conviene a toda demencia! ¡Una gran carcajada! En fin, decidnos la última palabra de todo esto y enséñanos, definitivamente, si una quimera que revienta haciendo ruido en el vacío puede llenarse de nuevo y adquirir redondez, absorbiendo la sustancia mirífica de nuestras segundas intenciones.

Utrum chimaera in vacuum bombinans possit concidere secundum intentiones.

Otros necios, otros comentarios. He aquí que vienen los adversarios de la Iglesia a decirnos: Dios está en el hombre, lo que quiere decir, que no hay otro Dios que la inteligencia humana. Si el hombre está sobre la ley religiosa esta ley embaraza al hombre ¿por qué él no suprime la ley? Si Dios es nosotros y si nosotros somos todos hermanos, si ninguno tiene el derecho de llamarse señor nuestro ¿por qué obedecemos nosotros? La fe es la razón de los imbéciles. No creamos en nada y no nos sometamos a ninguno.

¡Pues sea! Eso es altivez. Pero será necesario batirse unos contra otros. ¡He ahí la guerra de los dioses y la exterminación de los hombres! ¡Ahora, miseria y tontería!... ¡Más aun, aun más, tontería, tontería y miseria!

Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen, oraba Jesús. Personas de buen sentido, quienes quiera seáis, añadiré yo, no los escuchéis, porque no saben lo que dicen.

Pero entonces son inocentes, va a gritar un terrible menino. Silecio, imprudente. ¡Silencio, en nombre del cielo, o toda la moral está perdida! Además, vosotros os engañáis. Si fuesen inocentes sería permitido obrar con ellos y ¿querríais vosotros imitarlos? Creer todo es una tontería; la tontería no puede, pues, ser inocente. Si hay circunstancias atenuantes sólo a Dios corresponde apreciarlas.

Nuestra especie es, evidentemente, defectuosa; al oír hablar y ver actuar a la mayoría de los hombres parece que no tienen la suficiente razón para ser seriamente responsables. Oí hablar en la Cámara a los hombres que la Francia (el primer país del mundo) honra con su confianza. He aquí al orador de la oposición. He ahí al campeón del ministerio. Cada cual prueba, victoriosamente, que el otro nada entiende de los negocios del Estado. A, prueba que B es un idiota, y B sostiene, que A es un saltimbanqui. ¿A quién dar crédito? Si eres blanco, creeréis en A, y si fueses rojo, daréis la razón a B. ¡Pero la verdad, mi Dios, la verdad! La verdad es que A y B son dos charlatanes mentirosos. Desde que existe una duda entre ellos probaron que no hay valía en ninguno de los dos. Admiro la prueba y la demolición mutua de los dos contrincantes. Todo se encuentra en nuestros libros, excepto lo que ordinariamente quiso el autor decir en ellos. Se ríe de la religión como de una impostura y se manda las niñas a la iglesia. Se ostenta cinismo y se tiene superstición. Y lo que más se teme, sobre todo, es el buen sentido, la verdad y la razón.

La vanidad pueril y el sórdido interés llevan a los hombres de nariz hasta la muerte, motejadora suprema y definitivo olvido. El fondo de la mayoría de las almas es la vanidad. ¿Y qué es la vanidad? Es el vacío. Multiplicad los ceros cuantas veces queráis y siempre valdrán cero; amontonad nadas y llegaréis a nada; nada, nada. Nada: he ahí el programa de la mayoría de los hombres.

¡Y son estos los inmortales! ¡Y estas almas, tan ridículamente engañadoras y engañadas, son imperecederas! Para todos estos alocados la vida es una trampa suprema que el infierno encubre. ¡Oh! hay ciertamente aquí un terrible secreto; es el de la responsabilidad. El padre responde por sus hijos, el señor por sus siervos, y el hombre inteligente por la multitud sin inteligencia. La redención se realiza gracias a todos los hombres superiores; la estulticia sufre; sólo el espíritu expía.

El dolor del verme pisoteado y el de la ostra despedazada no son expiaciones.

Sabed, pues, que vosotros queréis ser iniciados en los grandes misterios, que hacéis un pacto con el dolor y que afrontáis el infierno. El buitre y Prometeo os miran, y las Furias dirigidas por Mercurio preparan cuñas de madera y clavos. Vais a se sagrados, esto es, consagrados al suplicio. La humanidad tiene necesidad de vuestros tormentos.

El Cristo murió joven en una cruz y todos aquellos a quienes inició fueron mártires. Apolonio de Tyana26 murió torturado en las prisiones de Roma. Paracelso y Agrippa, llevaron una vida errante y terminaron miserablemente. Guillermo Postel,27 murió en la prisión. Saint-Germain y Cogliostro, tuvieron un fin misterioso y probablemente trágico. Tarde o temprano, hay que satisfacer el pacto, sea éste formal o tácito. Es preciso liberarse del tributo que la naturaleza estableció sobre los prodigios. Es necesario sostener una lucha final con el diablo, puesto que se tomó la libertad de ser Dios.
Eritis sicut dii scientes bonum et malum.

SEGUNDA PARTE
EL MISTERIO SACERDOTAL

O EL ARTE DE HACERSE SERVIR POR LOS ESPIRITUS
Capítulo I
LAS FUERZAS ERRANTES

Un sentimiento vago, que podríamos llamar conciencia del infinito, agita al hombre y lo atormenta. Siente en sí fuerzas ociosas; cree percibir que a su alrededor se agitan enemigos sin forma o auxiliares desconocidos. Muchas veces tiene necesidad de creer en lo absurdo y experimentar lo imposible. Entonces se siente doliente y quebrantado, todo lo amenaza y querría torcer la desesperación para de allí salir con una esperanza nueva. Un filósofo lo enternecería; un mago lo espantaría; es entonces cuando necesita de un padre, de un sacerdote católico.

El sacerdote es el domador de los hipogrifos de la imaginación y de las tarascas de la fantasía. Saca fuerza de nuestras flaquezas y compone una realidad con nuestras quimeras; es el médico homeópata de la locura humana. ¿Pero no es él más que un hombre? ¿No tiene una misión legítima, cuyos títulos de nobleza se remontan al Calvario y al Sinaí? Hablo aquí del sacerdote o padre católico, que de hecho, sólo éste existe. Los Judíos tienen rabinos; los Musulmanes, imanes; los Indianos, brahamanes; los Chinos, bonzos; los protestantes, ministros y pastores. Sólo los católicos tienen padres, porque sólo ellos tienen el altar y el sacrificio, esto es, toda la religión.

Ejercer la Alta Magia es hacer competencia al sacerdocio católico, es ser un padre disidente. Roma es la gran Tebas de la iniciación nueva. Ella movió, otrora, los huesos de sus mártires para combatir a los dioses evocados por Juliano. Tiene como criptas sus catacumbas, como talismanes sus rosarios y medallas, como cadenas mágicas sus congregaciones, como focos magnéticos sus conventos, como centros de atracción sus confesionarios, como medios de expansión sus catedrales, la prensa, y las ordenaciones de sus obispos, tiene, en fin, su Papa: el hombre-Dios visible y permanente en la tierra; su Papa, que puede ser un necio como lo son la mayoría de los fanáticos, o un perverso, como Alejandro VI, pero que no por eso dejará de ser el regularizador de los espíritus, el árbitro de las conciencias y, en todo el universo cristiano, el distribuidor legítimo de las indulgencias y perdones.

Es insensato, me dirás. Sí, es casi insensato a fuerza de ser grande. Casi es ridículo, tanto es lo que esto sobrepasa lo sublime. ¿Qué poder igual apareció jamás en la tierra? ¿Cómo se produjo este efecto inmenso? ¿De dónde viene este prodigio que parece realizar lo imposible? ¡De la concentración de las fuerzas errantes, de la asociación y dirección de los instintos vagos, de la creación convencional de lo absoluto en la esperanza y en la fe!

¡Gritad ahora contra el monstruo, filósofos del siglo XVII! El monstruo es más fuerte que vosotros y os vencerá. Diréis que es preciso destruir al infame. Discípulos de Voltaire: ¡la infame! ¿pensáis vosotros en eso? ¡La infame inspiradora de Vicente de Paula y de Fenelón, la infame, que sugiere tantos sacrificios a las nobles hermanas de la caridad, tantos afectos a pobres y castas misioneras! La infame, fundadora de tantas casas de caridad, de tantos refugios para el arrepentimiento, de tantos retiros para la inocencia. Si aquí estuviera la infamia, y en cambio la honra se hallase junto a vuestras calumnias e injurias, abrazo con amor el cadalso y calzo a los pies vuestra honra.

Pero no es esto lo que queréis decir, y yo, a mi vez, no quiero ser vuestro calumniador. ¡Alma de Voltaire, a quien de buena voluntad llamaría santa, porque preferías a todas las cosas la verdad y la justicia; para ti, el buen sentido era Dios y la estulticia era el diablo! Sólo viste el alma en el pesebre de Bethlem. Contemplaste la entrada triunfal de Jesús en Jerusalem y reíste de las orejas del jumento. Esto debía disgustar a Freron. ¡Ah, si te hubiese conocido Veuillot! Pero hablemos seriamente, pues se trata aquí de cosas graves.

El “Genio del Cristianismo” respondió a los sarcasmos de Voltaire, o más bien dicho, Chateaubriand completó a Voltaire, pues estos dos grandes hombres están, igualmente, fuera del catolicismo de los clérigos.

Las orejas de burro serán indispensables mientras haya burros en el mundo, y debe haber burros en él, puesto que la Naturaleza, hija de Dios, los creó.

Jesús el Cristo quiso tener una jumenta para montar, y es por eso que el Santo Padre monta en una mula. Su propia babucha es la llamada mula, tal vez para indicar que un buen Papa debe ser obstinado hasta la punta de los dedos de los pies. Non possumus, dice nuestro Santo Padre Pío IX cuando le piden concesiones y reformas. El Papa nunca dice possumus, “podemos”, porque ése es el Gran Arcano del sacerdocio; todos los padres lo saben bien, y esto es verdad, principalmente en cuanto que no lo dicen.

El poder fundado en los misterios debe ser un poder misterioso, de otra manera no existiría.

Creo que este hombre tiene algún poder que no puedo definir porque hay algo más que no comprendo y que tampoco él comprende. Por tanto, debo obedecerle, pues no podría decir por qué no le obedeceré, no pudiendo negar la existencia de lo que no sé, existencia que, además, él afirma con igual razón. Siento que esto no es razonable, pero estoy muy satisfecho porque él me dice muchas veces que es preciso desconfiar de la razón. Solamente hallo que esto me hace bien y que pensar así me tranquiliza.

Tenéis razón, Charbonnier.

Amores abortados o desilusionados, ambiciones repelidas; disgustos impotentes, resentimientos amargados, orgullo que aspira a descender, prejuicio del espíritu agotado por la duda, arrobos de ignorancia por lo desconocido y principalmente por lo maravilloso, temores vagos de muerte, tormentos de mala conciencia, necesidad de descanso que nos mueve sin cesar, sueños sombríos y grandiosos artistas, visiones terribles de la eternidad: he aquí las fuerzas errantes que la religión reúne y con las cuales forma una pasión, la más invencible y formidable de todas: la devoción.

Esta pasión no tiene freno, porque nada puede retenerla o limitarla; ella se vanagloria de sus excesos y cree que la eternidad comienza en ella. Absorbe todos los sentimientos, vuelve insensible a todo lo que no es ella, y lleva el celo de la propaganda hasta el despotismo más asesino y el furor más implacable. Santo Domingo y San Pío V son reconocidos como tales por toda la Iglesia y no pueden ser renegados por un católico sumiso y de buena fe.

Se comprende cuán poderosa palanca puede volverse la devoción en manos de una autoridad que se declara infalible. Dadme un punto de apoyo fuera del mundo, decía Arqupimedes, y yo dislocaré la tierra. Los padres católicos encontraron un punto de apoyo fuera de la razón personal y dislocarán la razón de la humanidad:

“Viendo que los hombres no llegaban al conocimiento de Dios por la ciencia y por la razón, Nos aprueba, dice el príncipe de los apóstoles, salvar a los creyentes por la absurdidad de la fe”

Adversarios de la Iglesia, ¿qué tenéis que responder a esto? San Pablo habla, como él dice, con la boca abierta y no pretende engañar a nadie.

La fuerza religiosa del dogma está en esta oscuridad que hace su absurdidad aparente. Un dogma explicado deja de ser un dogma, es un teorema de filosofía o apenas un postulado. Siempre quieren confundir la religión con la filosofía y no comprenden que la separación y la distinción, no digo su antagonismo, son absolutamente necesarias para el equilibrio de la razón.

Los astrónomos piensan que los cometas son errantes sólo en relación con nuestro sistema, pero que siguen un curso regular que va desde un sistema a otro y describe una elipse cuyos focos son dos soles.

Lo mismo acontece con las fuerzas errantes del hombre. Una luz no les basta, y para equilibrar su vuelo les son necesarios dos centros y dos focos: uno es la razón y el otro es la fe.
Capítulo II
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