Primera parte el misterio real o el arte de hacerse servir por las fuerzas






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LAS EVOCACIONES

Sólo la razón da derecho a la libertad. La libertad y la razón, estos dos grandes y esenciales privilegios del hombre están tan estrechamente unidos, que no podemos renunciar al uno sin desistir del ejercicio del otro. La libertad quiere triunfar por encima de la razón y ésta a su vez exige imperiosamente el reino de la libertad. Es bello morir por la libertad; es sublime ser el mártir de la razón, porque la razón y la libertad son la esencia misma de la inmortalidad del alma.

El propio Dios es razón libre de todo lo que existe.

El diablo, por el contrario, es el desvarío fatal.

Abjurar de la razón o de la libertad es renegar de Dios. Recurrir al desvarío o a la fatalidad, es mil veces más horrible y más implacable de lo que aparece en las leyendas más espantosas. Para nosotros no podría ser bello el ángel caído de Milton, ni el fulgurante Lucifer arrastrando en la noche su aureola de estrellas alcanzada por el rayo. Estas fábulas titánicas son impías. El verdadero diablo es el de las esculturas de nuestras catedrales y el de los pintores ingenuos de nuestros libros góticos. Su forma, esencialmente híbrida, es la síntesis de todas las pesadillas; es feo, deforme y grotesco. Está cautivo y captura. Tiene ojos por todos lados, excepto en la cabeza; ojos en el vientre, en olas rodillas y en la parte posterior del cuerpo inmundo. Está en toda parte en que puede introducirse la locura, y arrastra en pos de sí los tormentos del infierno.

No habla por sí mismo, pero hace que todos nuestros vicios hablen; es el ventrílocuo de los lujuriosos, el Python de las mujeres perdidas. Su voz es impetuosa como el torbellino, insinuante como un suave silbido. Para hablar a nuestros cerebros perturbados, insinúa su lengua bifurcada en nuestros oídos, y para desligar nuestros corazones hace vibrar su cola como una flecha. En nuestra cabeza mata la razón, en nuestro corazón envenena la libertad; y hace siempre esto, necesariamente sin tregua y sin piedad, puesto que no es una persona, sino una fuerza ciega; maldice, pero lo hace por intermedio de nosotros; peca, pero también en nosotros. Somos nosotros los únicos responsables del mal que nos hace, pues él carece de libertad y de razón.

El es la Bestia. San Juan lo repite con insistencia en su maravilloso Apocalipsis; mas, ¿cómo comprender el Apocalipsis si no tenemos las llaves de la Santa Cábala?

Una evocación es, pues, un llamado a la Bestia y sólo la Bestia puede responder a ella. Añadiremos, que para hacer aparecer la Bestia es preciso formarla primero en sí, para después proyectarla afuera. Este secreto es el de todos los grimorios, pero que sólo expusieron de modo muy velado, los antiguos maestros.

Para ver al diablo es necesario disfrazarse de diablo, y después mirarse en un espejo. He ahí el Arcano en su simplicidad máxima y tal como se lo podría explicar a un niño. Diremos aún más, para los hombres: que en el misterio de los hechiceros, el disfraz se imprime al alma por el mediador astral, y que el espejo son las tinieblas animadas por el vértigo.

Toda evocación sería vana si el hechicero no empezara por dañar su alma, sacrificando para siempre su libertad y su razón. Esto se comprenderá fácilmente. Para crear en nosotros la Bestia hay que matar al hombre, lo cual se representa por medio del sacrificio previo de una criatura y, mejor aún, por la profanación de una hostia. El hombre que se decide a una evocación es un miserable que la razón tortura y que quiere aumentar en sí mismo el apetito bestial, a fin de crear en él un foco magnético dotado de una influencia fatal. Es que quiere él mismo hacerse desvarío y fatalidad. Quiere ser un imán descentrado y malo, para atraer hacia sí mismo los vicios y el oro que los alimenta. Es el crimen más terrible que la imaginación pueda soñar. Es la violación de la Naturaleza. Es un ultraje absoluto y directo a la Divinidad. Pero también, felizmente, es algo en extremo difícil de poder realizar y la mayoría de los que lo intentaron han fracasado. Si un hombre lo suficientemente enérgico y perverso evocase al diablo en las condiciones exigidas, el diablo sería por él realizado, Dios vencido, y la Naturaleza, consternada, sufriría el despotismo del mal.

Dicen que un hombre se atrevió a este acto monstruoso y que llegó por él a ser papa. También refieren que en el lecho de muerte confesó haber envuelto en los lazos de la magia negra a toda la iglesia. Pero lo que hay en verdad, es que este papa era un sabio como Fausto, autor de varios inventos admirables. Ya nos hemos ocupado de él en nuestras anteriores obras. Mas lo que probaría, siguiendo la misma leyenda, que nuca evocó al diablo, o más bien dicho, que él no fue el diablo, es que se arrepintió en la hora postrera. Pues el diablo no se arrepiente.

La causa de la mediocridad de la mayoría de los hombres es que son incompletos. Los hombres de bien hacen a las veces el mal, y los malvados, en ocasiones también se desvían hasta querer hacer algún bien. Los pecados contra Dios enflaquecen la fuerza de Dios, y los pecados contra el diablo, hablo de los buenos deseos y buenas acciones, enervan la fuerza de éste. Para ejercer un poder excepcional, sea arriba, abajo, a la derecha o a la izquierda, hace falta ser un hombre completo.

El temor y el remordimiento de los criminales son cosas que provienen del bien, y esa es la causa por la cual ellos se traicionan; para tener éxito en el mal hay que ser absolutamente malo. Es por esto que Mandrín confesaba a sus bandidos y les imponía el asesinato de una criatura, como penitencia, si se acusaban de haber sentido alguna piedad. En Nerón había algo de bueno: era artista, y eso lo perdió. Se alejó y mató por su despecho de músico despreciado. Si sólo hubiese sido Emperador, habría quemado Roma por segunda vez y no cedido el lugar al Senado y a Vindex. El pueblo habría estado a su favor; para que los pretorianos lo aclamaran de nuevo le bastaba una lluvia de oro. El suicidio de Nerón sólo fue una afección de artista.

Convertirse en Satán sería un triunfo incompleto para la perversidad del hombre, si al mismo tiempo no logra volverse inmortal. Prometeo puede sufrir mucho en su peñasco; sabe que su cadena será rota un día y que destronará a Júpiter. ¡Pero para ser Prometeo hay que haber robado el fuego del cielo y aún estamos en el fuego del infierno!

El sueño de Satán no es el de Prometeo. Si un ángel rebelde hubiese podido robar ese fuego del cielo, que es el secreto divino de la vida, habría llegado a ser Dios mismo. Sólo el hombre, en su limitación e insensatez puede creer en la solución de este teorema: que lo que es, sea y no sea al mismo tiempo; que la sombra sea la luz; que la muerte sea la vida, que la mentira sea la verdad, y que la nada sea el todo. El loco que pretendiera realizar lo absoluto del mal llegaría como el alquimista imprudente, a su fin, a una explosión formidable que lo sepultaría bajo las ruinas de su laboratorio infernal.

La muerte fulminante fue siempre la resultante de las evocaciones infernales; muerte bien merecida, por cierto. No se llega impunemente hasta los límites de la demencia. Existen excesos que la Naturaleza no soporta. Si se vieron morir sonámbulos a quienes se despertó de repente, si la embriaguez en cierto grado ocasiona la muerte... Mas, dirán algunos: ¿para qué estas amenazas retrospectivas? ¿Quién en nuestro siglo piensa hacer evocaciones con los ritos del grimorio? Nada tenemos que responder a tal pregunta. Pero si dijéramos todo cuanto sabemos quizá nos creerían.

Sin valerse de los ritos antiguos hoy se evoca el magnetismo del mal con otro nombre. Quedó dicho en el capítulo precedente, que una misa profanada con intenciones criminales es un insulto a Dios y un atentado del hombre contra su propia conciencia. Los oráculos consultados, sea el vértigo de un alucinado, el movimiento convulsivo de las cosas inertes magnetizadas al acaso, son también evocaciones infernales, porque son actos que tienden a subordinar la libertad y la razón a la fatalidad. Verdad que los operadores de este aspecto de la magia negra son por lo común inocentes, por ignorancia; hacen el llamado a la Bestia, aunque no es este engendro feroz el que quieren esclavizar a su deseo. De la estúpida Bestia solamente piden consejos que sirvan de auxiliares para su propia estupidez.

En la magia de la Luz, la ciencia de las evocaciones es el arte de magnetizar las corrientes de la Luz astral y dirigirlas a voluntad. Esta era la ciencia de Zoroastro y del rey Salomón, si damos fe a las tradiciones antiguas, pero para hacer lo que hicieron Zoroastro y Salomón es preciso poseer la sabiduría de Salomón y la ciencia de Zoroastro.

Para dirigir y dominar el magnetismo del bien, hay que ser el mejor de los hombres. Para activar y precipitar el torbellino del mal, hay que ser el más malvado. Los católicos sinceros no dudan que las oraciones de una pobre recluida puedan mudar el corazón de los reyes y cambiar el destino de los imperios. Nosotros, que admitimos la vida colectiva, las corrientes magnéticas y la omnipotencia relativa de la voluntad, estamos lejos de desdeñar esa creencia.

Antes de los descubrimientos recientes de la ciencia, los fenómenos de la electricidad y del magnetismo eran atribuidos a espíritus diseminados en el aire, y el adepto que llegaba a influenciar las corrientes magnéticas pensaba que era dueño de dichos espíritus. Pero las corrientes magnéticas, siendo fuerzas fatales, para dirigirlas y equilibrarlas requieren que quien las dirija sea un centro perfecto de equilibrio; y esto era justamente lo que faltaba a la mayoría de estos temerarios exorcistas.

Por eso, muchas veces, eran fulminados por el fluido imponderable que atraían con violencia, sin poder neutralizarlo. Y así reconocían, que para reinar absolutamente sobre los espíritus les faltaba un artefacto indispensable: el Anillo de Salomón.

No obstante, el Anillo de Salomón, dice la leyenda, aún está en el dedo de este monarca, y su cuerpo encerrado en una piedra, que sólo será rota el día del juicio final.

Tal leyenda es verdadera, como todas las leyendas; solamente hace falta comprenderla en su exacto sentido.

¿Qué representa un anillo? Un anillo es la punta de una cadena y un círculo al cual pueden enlazarse otros círculos.

Los jefes del sacerdocio siempre llevan anillos en señal de dominio sobre el círculo y sobre la cadena de los creyentes.

En nuestros días aún se da a los prelados la investidura pro el anillo, y en la ceremonia del casamiento, el esposo da a la esposa un anillo consagrado por la iglesia, a fin de constituirla señora y directora de los intereses de su la casa y del círculo de sus ciervos.

El anillo pontifical y el anillo nupcial, jerárquicamente consagrados y conferidos, representan y realizan un poder.

Pero una cosa es el poder público y social y otra muy distinta el poder filosófico, simpático y oculto.

Salomón pasa por haber sido el Soberano Pontífice de la religión de los sabios y por haber poseído, bajo este título, el soberano poder del sacerdocio oculto; pues tenía, según se afirma, la ciencia universal y sólo en él se realizaba esta promesa de la gran serpiente: “Seréis como dioses conociendo el bien y el mal”.

Se dice que Salomón escribió el ECLESIASTES, la más sólida de todas sus obras, después de haber adorado a Astarté y Chamos, las divinidades de las mujeres impías.

Habría completado así su creencia y encontrado, antes de morir, la virtud mágica de su anillo. En verdad, ¿llevaría consigo su anillo a la tumba? Otra leyenda nos permite dudarlo. Cuenta que la reina de Sabá, habiendo observado con atención el anillo, mandó fabricar en secreto otro completamente igual, y que, durante el sueño del rey, hallándose a su lado, pudo cambiar furtivamente los anillos. Ella habría llevado el verdadero anillo a sus dominios, el que fuera encontrado más tarde por Zoroastro.




Era un anillo constelado, hecho de los siete grandes metales, con la signatura de los siete genios y una piedra de imán encarnada, en el cual estaban grabados, de un lado, la figura del sello ordinario de Salomón, y del otro, su sello mágico.



Los lectores de nuestras obras comprenderán esta alegoría.

Capítulo XI
LOS ARCANOS DEL ANILLO DE SALOMON

Buscad en el sepulcro de Salomón, o mejor dicho, en la cripta de la filosofía hermética, no su anillo sino su ciencia.

Con el auxilio de la ciencia y de una voluntad perseverante, llegaréis a poseer el supremo arcano de la sabiduría, que es la dominación libre sobre el momento equilibrado. Podréis entonces obtener el anillo, haciéndolo fabricar por un orfebre, al que no necesitaréis recomendarle secreto, porque no sabiendo lo que hace no podrá revelarlo a otros.

He aquí la receta del anillo:

Tomad e incorporad conjuntamente una pequeña cantidad de oro y el doble de plata, en las horas del sol y de la luna, adjuntándole tres partes, semejantes a las primeras, cinco de hierro, seis de mercurio y siete de plomo. Amalgamadlo en las horas correspondientes a los planetas que rigen los metales, y haced con ello un anillo, cuya parte circular sea algo alargada y achatada, para grabar en ella los caracteres.

Poned a este anillo un engaste de forma cuadrada conteniendo una piedra de imán roja, engastada también en un doble cerco de oro.

Grabad en la piedra, arriba y abajo, el doble sello de Salomón.

Igualmente, grabad en el anillo los signos ocultos de los siete planetas, tal como se ilustran en los dibujos mágicos de Paracelso o en la Filosofía Oculta de Agrippa; magnetizad fuertemente el anillo, consagrándolo todos los días, durante una semana, mediante las ceremonias prescritas en nuestro Ritual, sin descuidar el color del vestido, los perfumes especiales, la presencia de los animales simpáticos, las conjuraciones de rigor que deben ser precedidas en cada ocasión por la Conjuración de los Cuatro.

Luego envolveréis el anillo en un paño de seda, y una vez perfumado lo llevaréis con vosotros.

Una redondela de metal o un talismán preparado de igual modo tendrá tanta virtud como el anillo.

Una cosa así hecha es como un acumulador de la voluntad. Un reflector magnético que puede ser muy útil, pero nunca de necesidad.

Ya está dicho, que los antiguos ritos perdieron su eficacia desde que el cristianismo apareció en el mundo.

La religión cristiana es, de hecho, la hija legítima de Jesús, rey de los magos. Su culto no es otra cosa que la Alta Magia sometida a las leyes de la jerarquía, indispensables para que sea razonable y eficaz.

Un simple escapulario, llevado por un verdadero cristiano, es un talismán más invencible que el anillo y el pentáculo de Salomón.

Jesucristo, el hombre-Dios tan humilde, decía al hablar de sí mismo: “La reina de Sabá vino de Oriente para ver y oír a Salomón, y he aquí más que Salomón.”

La misa es la más prodigiosa de las evocaciones.

Los nigromantes evocan los muertos, el hechicero al diablo, y se estremecen, ¡mas el sacerdote católico no teme al evocar a Dios vivo!

¿Qué son todos los talismanes de la ciencia antigua comparados con la hostia consagrada?

Dejad dormir en su túmulo de piedra la osamenta de Salomón y el anillo que pudiera llevar su dedo descarnado. ¡Jesucristo resucitó, está vivo! Tomad uno de esos anillos de plata que venden en las puertas de las iglesias y que traen la imagen del crucificado con las diez cuentas del rosario. Si fuereis dignos de llevarlo, será más eficaz en vuestra mano que el anillo genuino de Salomón.

Los ritos mágicos y las prácticas minuciosas del culto son para los ignaros y los supersticiosos, y nos recuerdan una historia muy conocida, que vamos a recordar en pocas palabras.

Dos monjes llegan a una cabaña que había quedado al cuidado de dos niños. Solicitan se les permita descansar y comer, si fuese posible. Las criaturas responden que como nada tienen nada pueden dar. Pues bien, tenemos fuego, dice uno de los monjes; facilitadnos solamente una olla y un poco de agua, que nosotros haremos nuestra sopa. ¿Con qué? Con este guijarro, dice el experto religioso tomando una pequeña piedra. ¿Entonces ignoráis, hijos míos, que los discípulos de San Francisco tienen el secreto de la sopa de guijarros?

¿La sopa de guijarros? ¡Qué maravilla para las criaturas! Les prometen darles a probar y que la hallarán excelente. Apresurados preparan la olla, le echan agua, encienden más fuego y la piedra va al agua con toda precaución. Muy bien, repiten los monjes. Ahora un poco de sal y unas cuantas legumbres; buscad, hay tantas en vuestro jardín. ¿No podríamos añadirle un poco de tocino salado? Sólo con eso quedará bien la sopa. Los niños, acurrucados ante el fuego, miraban con sorpresa. El agua hierve. Vamos, cortad el pan y traed aquella vasija. ¡Qué olor! Tapadlo y dejadlo mojar. En cuando al guijarro, envolvedlo cuidadosamente, os lo vamos a dejar por vuestro trabajo, nunca se gasta y siempre sirve. ¡Ahora, probad la sopa! ¿Qué decís? ¡Oh, es magnífica!, contestan los pequeños campesinos golpeando las manos. En efecto, era una buena sopa de coles y tocino que las criaturas nunca habrían ofrecido a sus huéspedes sin la maravilla del guijarro.

Las prácticas religiosas y los ritos mágicos son, en parte, el guijarro de los monjes. Sirven de pretexto y oportunidad para la práctica de las virtudes, únicas indispensables de la vida moral del hombre. Sin el guijarro los buenos monjes no se habrían alimentado; pero ¿tenía por eso realmente un poder? Sí, en la imaginación de las criaturas, puesta en juego por la habilidad de los monjes.

Sea esto dicho sin criticar ni ofender a nadie. El espíritu de los monjes fue bueno, no mintieron. Ayudaron a las criaturas a realizar una buena acción y los maravillaron, haciéndolos participar de una apetitosa sopa.

Que se nos comprenda bien. No queremos decir que sean una gran mistificación los signos y los ritos. Lo serían, si los hombres no los necesitasen. Pero hay que tomar en cuenta el hecho incuestionable de que todas las inteligencias no son iguales. Siempre se contarán fábulas a los niños, y esto se hará mientras haya amas y madres. Los niños tienen fe, y eso es lo que los salva. Imaginad un rapaz de siete años, que dijese: nada quiero admitir que no comprenda. ¿Qué se podría enseñar a este pequeño prodigio? Hombrecillo, admite primero la cosa por las palabras de tus maestros, después estudia, y si no eres idiota, comprenderás.

Las fábulas son necesarias a los niños; son indispensables al pueblo, mitos y ceremonias; la flaqueza del hombre requiere auxiliares. ¡Feliz del que llegase a poseer el anillo de Salomón, pero más feliz aun de aquél que igualase o superase a Salomón en ciencia y sabiduría sin precisar de su anillo!
Capítulo XII
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