Primera parte el misterio real o el arte de hacerse servir por las fuerzas






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PRIMERA PARTE
EL MISTERIO REAL

O EL ARTE DE GOBERNAR LAS FUERZAS
Capítulo I
EL MAGNETISMO

El magnetismo es una fuerza análoga a la del imán; está diseminado en toda la naturaleza.

Sus caracteres son: la atracción, la repulsión y la polarización equilibrada.

La ciencia ha captado y aceptó los fenómenos del imán astral y del imán mineral, pero observa con desconfianza el imán animal que se manifiesta todos los días por hechos que, si bien ya no puede negar, espera, para admitirlos, concluir su análisis por una síntesis incontestable.

Sabemos que la imantación producida por el magnetismo animal determina un sueño extraordinario, durante el cual el alma del magnetizado cae bajo el dominio del magnetizador, con la particularidad de que la persona adormecida parece dejar inactiva su vida propia para manifestar solamente los fenómenos de la vida universal. Refleja el pensamiento de los otros; ve sin valerse de los ojos; se torna presente en todas partes, sin tener conciencia del espacio; percibe las formas más que los colores; suprime y confunde los períodos del tiempo; habla del futuro como si fuese el pasado y de éste como si se tratara del futuro; explica al magnetizador sus propios pensamientos y hasta las acusaciones secretas de su conciencia; evoca en sus recuerdos a las personas en quienes piensa el magnetizador, y las describe del modo más exacto, sin haberlas visto jamás. Habla el lenguaje de la ciencia con el sabio y el de la imaginación con el poeta; descubre las dolencias y adivina los remedios; da muchas veces sabios consejos; sufre y, en ocasiones, con un grito doloroso nos anuncia los tormentos que sobrevendrán.

Estos hechos extraños, pero incontestables, nos llevan necesariamente a la conclusión de que existe una misma vida para todas las almas o una especie de reflector común de todas las imaginaciones y de todas las memorias, en el cual podemos vernos mutuamente, como si una multitud pasara delante de un espejo. Este reflector es la luz ódica del caballero Reichenbach; es lo que nosotros llamamos luz astral; ese gran agente de la vida que los hebreos denominaban OD; OB y AUR. El magnetismo dirigido por la voluntad del operador es OD, el sonambulismo pasivo es OB. Las pitonisas de la antigüedad eran sonámbulas ebrias de luz astral pasiva. Esta luz recibe, en los Libros Sagrados, el nombre de espíritu de Python, porque la mitología griega la simbolizaba con la imagen de la serpiente Python.1

Ella está también representada en su doble acción por la serpiente del Caduceo; la serpiente de la derecha es OD y la de la izquierda es OB, y en el medio, encima de la barra hermética, brilla el globo de oro, es decir, AUR o la luz equilibrada.2

Necesidad y Libertad, tales son las dos grandes Leyes de la Vida; y estas dos Leyes hacen sólo una, pues son mutuamente indispensables.

La necesidad sin libertad sería tan nefasta como la libertad privada de su freno necesario. El Derecho sin el Deber es la locura. El Deber sin el Derecho es la Esclavitud.

Todo el secreto del magnetismo consiste en esto: gobernar la fatalidad de OB por la inteligencia y el poder de OD, a fin de crear el equilibrio perfecto de AUD.

El magnetizador desequilibrado y dominado por sus pasiones, que quiere imponer su actividad a la luz fatal, se asemeja a un hombre que, con los ojos vendados y montando en ciego caballo, lo espoleara en medio de una sinuosa selva llena de precipicios.

Los adivinos, los tiradores de cartas y los sonámbulos son todos alucinados que adivinan por medio de OB.

La copa de agua de la hidromancia, las cartas de Etteilla, las líneas de la mano, etc. producen en el vidente una especie de hipnotismo. Ve entonces al consultante en los reflejos de sus deseos insensatos o de sus imaginaciones amorosas, y como a su vez, es un espíritu sin elevación y sin nobleza de voluntad, adivina las locuras y sugiere otras mayores, logrando así gran éxito.

Un cartomántico que aconsejase la honestidad y las buenas costumbres perdería luego su clientela de concubinas y solteronas histéricas.

Las dos luces magnéticas podrían muy bien llamarse respectivamente, luz viva y luz muerta; fluido astral y fósforo espectral; antorcha del verbo y humareda del sueño.

Para magnetizar sin peligro es preciso tener en sí la luz de la vida, es decir, ser un sabio y un justo.

El hombre esclavo de las pasiones no magnetiza, fascina; pero la irradiación de su fascinación aumenta alrededor de él el círculo de su vértigo, multiplica sus encantos y enflaquece cada vez más su voluntad. Se asemeja a una araña que se agota y al fin queda presa de su propia tela.

Los hombres que aún no conocen el imperio supremo de la razón, la confunden con el raciocinio particular y así siempre erróneo de cada uno. El señor de la Palice les diría: “quien se engaña no tiene razón, siendo la razón, precisamente, lo contrario de nuestros errores”.

Los individuos y las masas a quienes la razón no gobierna son esclavos de la fatalidad, la cual rige la opinión que es, a su vez, reina del mundo.

Los hombres quieren ser dominados, aturdidos, arrastrados. Las grandes pasiones les parecen más bellas que las virtudes, y aquellos a quienes llaman grandes hombres suelen ser, las más veces, grandes insensatos. El cinismo de Diógenes les agrada tanto como el charlatanismo de Empédocles. A nadie admirarían tanto como Ajax y Capaneda, si Polyeuco no fuese más furioso aún. Píramo y Tisbe, que se matan, son los modelos de los amantes. El autor de una paradoja siempre tiene la certeza de adquirir renombre. Y por más que lo condenen al olvido, por despecho o por envidia, el nombre de Erostrato encarna tanta belleza demencial, que supera a su ira y se impone eternamente a su recuerdo.

Los locos son pues, magnetizadores o mas bien fascinadores, y eso es lo que torna contagiosa la locura. Por no saber medir lo que es grande la gente se apasiona frente a lo extraño.

Las criaturas que aún no pueden andar, quieren que la gente las tome en los brazos y las lleve de paseo.

Nadie ama tanto la turbulencia como el impotente. Es la incapacidad del goce lo que engendra los Tiberios y las Mesalinas. El pillo de París quería ser Cartouche en el paraíso de las calles arboladas y reía de corazón al ver ridiculizar a Telémaco.

No todos tienen el gusto de la embriaguez del opio o del alcohol, pero casi todos quieren embriagar el espíritu y complacerle fácilmente haciendo delirar el corazón.

Cuando el cristianismo se impuso al mundo por la fascinación del martirio, un gran escritor de aquel tiempo formuló el pensamiento de todos, exclamando: “Creo que es absurdo”.

La locura de la cruz, como el propio San Pablo la llamaba, era entonces invenciblemente invasora. Se quemaban los libros de los sabios y San Pablo preludiaba en Efeso los hechos de Omar. Derribábanse templos que eran maravillas del mundo e ídolos que como obras eran primicias del arte. Tenían el gusto de la muerte y querían despojar la existencia presente de todos sus ornamentos para desprenderse de la vida.

El disgusto de las realidades siempre acompaña al amor de los sueños: Quam sordet tellus dum coelum aspicio!, dice un célebre místico; literalmente: “cuán sucia se torna la tierra cuando contempla el cielo!” ¡Tu mirada al perderse en el espacio, es la que mancha a la tierra, tu nodriza! ¿Qué es pues, la tierra sino un astro del cielo? ¿Será porque te lleva encima que la vez inmunda? ¡Que te lleven al sol y tus disgustos también lo enturbiarán! ¿Sería el cielo más limpio si estuviese vacío? ¿No es acaso admirable contemplarlo en el día cuando ilumina a la tierra y en la noche cuando brilla con una multitud innumerable de planetas y soles? ¿No será que la espléndida tierra, la tierra de los inmensos océanos, la tierra exuberante de árboles y flores se torna una inmundicia para ti porque pretendías lanzarte en el vacío? ¡El vacío está en tu espíritu y en tu corazón!

Es el amor por los sueños lo que mezcla tantos dolores a los sueños de amor. El amor, tal como nos lo da la Naturaleza, es una deliciosa realidad, y es nuestro orgullo enfermizo el que pretende algo mejor que la Naturaleza. De esto proviene la locura histérica de los no comprendidos; el pensamiento de Carlota en la cabeza de Werther se transforma, fatalmente, en lo que tenía que ser y toma la forma brutal de una bala de revólver. El amor absurdo tiene como desenlace el suicidio.

El amor verdadero, el amor natural, es el milagro del magnetismo. Es el entrelazamiento de las dos serpientes del Caduceo; parece producirse fatalmente, pero es producido por la razón suprema que le hace seguir las leyes de la Naturaleza. La fábula refiere que Tiresias3 habiendo separado dos serpientes que se unían, incurrió en la cólera de Venus y se tornó andrógino, lo que anuló en él el poder sexual; después lo hirió la diosa irritada y lo dejó ciego, porque atribuía a la mujer lo que conviene principalmente al hombre. Tiresias era un individuo que profetizaba por la luz muerta. Por eso sus predicciones siempre anunciaban dolencias que incluso parecía provocar. Esta alegoría contiene y resume toda la filosofía del magnetismo que acabamos de revelar.
Capítulo II
EL MAL

El mal, en lo que tiene de realidad, es el desorden. En presencia del orden eterno, el desorden es esencialmente transitorio. En presencia del orden absoluto, que es la voluntad de Dios, el desorden es apenas relativo. La afirmación absoluta del desorden y del mal es, pues, esencialmente, la mentira.

La afirmación absoluta del mal es la negación de Dios, puesto que Dios es la razón suprema y absoluta del bien.

El mal, en el orden filosófico, es la negación de la razón.

En el orden social, es la negación del deber.

En el orden físico, es la resistencia a las leyes inviolables de la Naturaleza.

El sufrimiento no es un mal sino la consecuencia y, casi siempre, el remedio del mal.

Nada de lo que es naturalmente inevitable puede ser un mal. El invierno, la noche y la muerte no son males. Son transiciones naturales de un día hacia otro día; del otoño hacia la primavera; de esta vida hacia la otra vida.

Proudhon4 dice: “Dios es el mal”, lo que es como si hubiese dicho: Dios es el diablo, pies el diablo es tomado, generalmente, como genio del mal. Demos vuelta dicha proposición y obtendremos la siguiente paradoja: el diablo es Dios o, en otros términos: el mal es Dios. Pero con seguridad que al hablar así Proudhon no se refería a Dios, como personificación hipotética del bien. Pensaba en el Dios absurdo que los hombres crean y, en tal sentido, reconozcamos que tenía razón, pues el diablo es la caricatura de Dios y lo que llamamos el mal, es el bien, mal definido y mal comprendido.

No sería posible amar el mal por el mal, el desorden por el desorden mismo. La infracción de las leyes nos agrada porque así nos parece que los colocamos por encima de ellas. “Los hombres no están hechos para la ley, mas la ley está hecha para los hombres”, decía Jesús; palabras audaces que los sacerdotes de aquellos tiempos, ciertamente consideraban subversivas e impías; palabras de las que el orgullo humano puede abusar prodigiosamente. Dicen que Dios solo tiene derechos y no deberes porque es el más fuerte, lo que es una afirmación impía. Debemos todo a Dios, osan argüir, y Dios nada nos debe. Y la verdad es lo contrario. Dios, infinitamente superior a todos los seres, contrae también con nosotros, al ponernos en el mundo, una deuda infinita. El creó el abismo de la flaqueza humana y es El quien debe llenarlo.

La cobardía de la tiranía en el mundo antiguo nos legó el fantasma de un dios absurdo y cobarde, que hace el milagro eterno de forzar al ser finito o ser infinito en los sufrimientos.

Supongamos, por un momento, que uno de nosotros pudiese crear un insecto y que le dijese, sin que él pueda oírlo: criatura mía, adórame. El pobre animalejo da unos vuelos sin pensar en cosa alguna y muere al fin del día; un nigromante dice al hombre que echándole una gota de su sangre podrá resucitarle. El hombre se hace una pinchadura –yo haría lo mismo en su lugar–, y he aquí que el insecto resucita. ¿Qué hará después el hombre? Os lo voy a decir, exclama un fanático creyente: como el insecto en su primera vida, cometió la tontería de no adorarlo, encenderá una hoguera y lo lanzará a ella, sólo lamentando no poderle conservar la vida en medio de las llamas a fin de quemarlo eternamente. ¡Ea! –dirán todos–, ¡no existe loco furioso que sea tan cobarde y tan malo como éste! Yo os pido perdón, cristianos vulgares; el hombre en cuestión no podría existir, concuerdo; pero existe, aunque en vuestra imaginación solamente, digámoslo ya, alguien más cruel y más cobarde. Es vuestro Dios, tal como lo concebís y explicáis, y es precisamente de él de quien Proudhon tuvo mil veces razón de decir: “Dios es el mal”.

En este sentido, el mal sería la afirmación falsa de un dios malo, y es este dios quien sería el diablo o su compadre. Una religión cuyo bálsamo para las llagas de la humanidad fuese un dogma semejante, las envenenaría en vez de curarlas. Resultaría de ahí el embrutecimiento de los espíritus, la depravación de las conciencias; y la propaganda hecha en nombre de un dios tal, podría llamarse el magnetismo del mal. El resultado de la mentira es la injusticia. De la injusticia resulta la iniquidad que produce la anarquía en los estados y en los individuos, el libertinaje y la muerte.

Una mentira no podría existir si no evocase en la luz muerta una especie de verdad espectral, y todos los mentirosos de la vida son los primeros en engañarse tomando la noche por el día. El anarquista se juzga libre, el ladrón se cree hábil, el libertino cree que se divierte, el déspota piensa que oprimir es reinar. ¿Qué sería necesario para destruir el mal en la tierra? Una cosa muy simple en apariencia: desengañar a los tontos y a los malos. Pero aquí toda buena voluntad cae derrotada y todo poder falla; los malos y los tontos no quieren ser desilusionados. Llegamos a esta perversidad secreta que parece ser la raíz del mal: el gusto por el desorden y el apego al error. Pretendemos, por nuestra parte, que esta perversidad no existe, al menos, de una manera libremente consentida y deseada. Ella no es más que el envenenamiento de la voluntad por la fuerza venenosa del error.

El aire que respiramos se compone de hidrógeno, oxígeno y ázoe. El oxígeno y el hidrógeno corresponden a la luz de la vida y el ázoe a la luz muerta. Un hombre sumergido en el ázoe no podría respirar ni vivir; así también un hombre asfixiado por la luz espectral no puede hacer uso de su voluntad libre. No es en la atmósfera donde se realiza el gran fenómeno de la luz sino en nuestros ojos estructurados para verla. Cierta vez, Littré, filósofo de la escuela positivista– dijo que la inmensidad es apenas una noche infinita, punteada aquí y allá por algunas estrellas. “Esto es verdad” –le respondió alguien– “para nuestros ojos que no están plasmados para la percepción de otra claridad que no sea la del sol”. ¿No nos aparece en sueños la propia idea de esta luz, mientras en la tierra es de noche y nuestros ojos están cerrados? ¿Cuál es el día de las almas? ¿Cómo vemos a través del pensamiento? ¿Existiría la noche de nuestros ojos para ojos organizados de otra forma? Si no tuviésemos ojos, ¿captaríamos la noche? Para los ciegos no existen estrellas ni sol; y si nosotros nos pusiéramos una venda en los ojos nos tornaríamos ciegos voluntarios. La perversidad de los sentidos como la de las facultades del alma, resulta de un accidente o de un primer atentado contra las leyes de la Naturaleza; ella se hace entonces necesaria y fatal. ¿Qué hacer para los ciegos? Tomarlos de la mano y guiarlos. ¿Pero si no quieren dejarse guiar? Entonces no son solamente ciegos, son alienados peligrosos y es preciso dejarlos perecer, ya que no se los puede conducir.

Edgar A. Poe refiere la historia de una casa de locos, en la que los pacientes habían logrado apoderarse de los enfermeros y guardias y encerrarlos en sus propias celdas, después de disfrazarlos de animales salvajes. Triunfantes en los aposentos de sus médicos, beben el vino del establecimiento y se felicitan recíprocamente por haber efectuado excelentes tratamientos. Mientras estaban en la mesa, los prisioneros rompen sus cadenas y llegan a sorprenderlos a palos. Se vuelven furiosos contra los pobres locos y los justifican, en parte, por lo malos e insensatos tratos de que ellos mismos fueran objeto.

He aquí la historia de las revoluciones modernas. Los locos triunfando por su gran número, que constituyen lo que llamamos la mayoría, capturan a los sabios y los disfrazan de animales salvajes. Poco después las prisiones se gastan y se rompen, y los sabios, enloquecidos por el sufrimiento, huyen gritando y sembrando el terror. Querían imponerles un falso dios; entonces vociferan que no hay Dios. Los indiferentes, embravecidos por el miedo, se complotan para reprimir a los locos furiosos e inauguran el reino de los imbéciles. Muchas son las épocas en que esto ha sucedido.

¿Hasta qué punto son responsables los hombres de estas oscilaciones y angustias que producen tantos crímenes? ¿Qué pensador osaría decirlo? ¡Marat es odiado y se canoniza a Pio V!

Es verdad que el terrible Ghirleri no guillotinaba a sus adversarios sino que los quemaba. Pio V era un hombre austero y un católico convicto. Marat llevaba el desinterés hacia la miseria. Ambos eran hombres de bien, pero locos homicidas, sin llegar a ser precisamente furiosos.

Cuando una locura criminal encuentra la complicidad de un pueblo, se vuelve una terrible razón, y cuando la multitud, no desilusionada mas sí engañada de un modo contrario, reniega y abandona a su héroe, éste se transforma en un chivo emisario y en un mártir. La muerte de Robespierre es tan bella como la de Luis XVI.

Admiro sinceramente a este terrible inquisidor que, masacrado por los Albigenses, escribió en el suelo con su sangre, antes de expirar:

Credo in unum Deum.

¿Es la guerra un mal? Sí, pues es horrible. ¿Pero es un mal absoluto? La guerra es el trabajo generador de las nacionalidades y de las civilizaciones. ¿Quién es responsable de la guerra? ¿Los hombres? No, pues son sus víctimas. ¿Quién, pues? ¿Osaríamos decir que es Dios? Preguntad al Conde José de Maistre.5 El os dirá por qué los sacerdotes siempre consagraron la espada y que hay algo sagrado en el oficio sangriento del verdugo. El mal es la sombra, es la repulsión del bien. Vayamos hasta el fin y digamos que el bien es negativo. El mal es la resistencia que fortifica el esfuerzo del bien; y es por eso que Jesucristo no dudó en afirmar: “es preciso que haya escándalos”.

Existen monstruos en la Naturaleza del mismo modo como aparecen errores de impresión en un bello libro. ¿Qué prueba eso? Que la naturaleza, como la imprenta, son instrumentos ciegos que la inteligencia dirige. Pero, me responderéis, un buen revisor corrige las pruebas. Claro que lo hace, y éste es precisamente el papel del progreso de la Naturaleza. Dios es el Director de la Imprenta, y el hombre es el revisor de Dios.

Los sacerdotes siempre han proclamado que los flagelos son causados por los pecados de los hombres, lo cual es cierto, puesto que la ciencia es dada a los hombres para prevenir los flagelos. Si, como se afirma, el cólera proviene de la putrefacción de los cadáveres hacinados en la desembocadura del Ganges; si el hambre es provocada por los monopolios; si la peste tiene por causa la suciedad; si la guerra deriva del orgullo estúpido de los reyes y de la turbulencia de los pueblos, ¿acaso no es entonces la maldad, o más bien la tontería de los hombres, la causa de los flagelos? Se dice que las ideas están en el aire; podría afirmase lo mismo de los vicios. Toda corrupción produce una putrefacción y toda putrefacción tiene su mal olor característico. La atmósfera que rodea a los enfermos es mórbida, y la peste moral tiene también su atmósfera, mucho más contagiosa. Un corazón honesto se halla cómodamente en la sociedad de las personas de bien. Se siente oprimido, sufre, queda sofocado en medio de los centros viciosos.

Capítulo III
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