Primera parte el misterio real o el arte de hacerse servir por las fuerzas






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títuloPrimera parte el misterio real o el arte de hacerse servir por las fuerzas
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LA OMNIPOTENCIA CREADORA

La página sublime con que comienza el Génesis no es la historia de un hecho acontecido una vez, sino la revelación de las leyes creadoras y del desenvolvimiento sucesivo del Ser.

Los seis días de Moisés son las seis luces de las que el septenario es el esplendor. Es la genealogía de las ideas que se hacen formas en el orden de los números simbólicos eternos.

En el primer día, se manifiesta la unidad de la sustancia prima, que es la luz y la vida, y que sale de las sombras de lo desconocido.

En el segundo día, se revelan las dos fuerzas que son el firmamento o la consolidación de los astros.

En el tercero, la distinción y la unión de los elementos contrarios producen la fecundidad en la tierra.

Al cuarto, Moisés atribuye el cuaternario trazado en el cielo por los cuatro puntos cardinales en el movimiento circular de la tierra y de los astros.

En el quinto, aparece lo que debe mandar en los elementos, esto es, el alma viviente.

En el sexto día ve nacer al hombre, como a los animales sus auxiliares.

En el séptimo día, todo funciona; el hombre está en acción y Dios parece descansar.

Los pretendidos días de Moisés son las luces sucesivas lanzadas por los números Cabalísticos sobre las grandes leyes de la Naturaleza, siendo el número de días solamente el de las revelaciones. Más es la génesis de la ciencia que la del mundo. Ella debe repetirse en el espíritu de todo hombre que investiga y piensa; comienza por la afirmación del ser visible y, después de las consultas sucesivas de la ciencia, termina por el descanso del espíritu que es la fe.

Consideramos a un hombre que está en la nada del escepticismo lo mismo que si se estableciese sistemáticamente en la incertidumbre de Descartes. “Pienso, luego existo”, le hace decir Descartes. Pero no andemos tan deprisa y preguntémosle: ¿Sentís vos que existís? Creo existir, responderá el escéptico, y así, su primera palabra, ya es una palabra de fe.

Creo existir, porque me parece que pienso.

Si creéis en alguna cosa, y os parece alguna cosa, es que existís. Existe pues, alguna cosa, el ser existe, mas para vos todo es caos, nada se manifestó aun en armonía y vuestro espíritu fluctúa en la duda como sobre las aguas.

Os parece que pensáis. Osad afirmarlo de un modo claro y seguro. Osaréis si lo queréis, el pensamiento es la luz de las almas, no luchéis contra el fenómeno divino que en vos se realiza, abrid vuestros ojos interiores, y decid: hágase la luz, y la luz se hará. El pensamiento es imposible en la duda absoluta, y si admitís el pensamiento admitiréis la verdad. Por otra parte, estáis forzado a admitirlo, porque no podéis negar de ser. La verdad es la afirmación de lo que existe y, a vuestro pesar, os será necesario distinguirla de la afirmación de lo que no existe, o de la negación de lo que existe, las dos fórmulas del error.

Ahora, silencio, y recojámonos en las tinieblas que nos restan. ¡Vuestra creación intelectual acaba de realizar su primer día! ¡Levantémonos! He aquí una nueva aurora. El ser existe y el ser piensa. La verdad existe, la realidad se afirma, se necesita el juicio, la razón se forma y la justicia es necesaria.

Ahora admitid que en el ser está la vida. Para esto no tendréis necesidad de pruebas. Obedeced a vuestro sentimiento íntimo, dejad vuestros sofismas y decid: Quiero que esto sea para mí, y esto será para vos, porque ya independientemente de ti esto debe ser y esto es. Vamos, la vida se prueba por el movimiento, el movimiento es la partija y la igualdad relativa en las impulsiones alternadas contrarias de la fuerza; la sustancia es como os la mostró el primer día, la fuerza es doble como os la revela la segunda luz, y esta doble fuerza en sus impulsiones recíprocas y alternadas, constituye el firmamento o la constelación universal de todo lo que se mueve, conforme a las leyes del equilibrio universal. Veréis estas dos fuerzas funcionando en toda la Naturaleza. Ellas repelen y atraen, ellas agregan y dispersan. Vos las sentís en vos mismo, porque experimentáis la necesidad de atraer y de irradiar, de conservar y de esparcir. Los instintos ciegos en ti se equilibran por las previsiones de la inteligencia; no podéis negar que esto es así, osad, pues, afirmar que esto es, y decid: Quiero que el equilibro se haga en mí, y el equilibrio se hará, y he aquí vuestro segundo día en la revelación del binario.

Distinguir ahora estos poderes para unirlos mejor y a fin de que ellos se fecunden recíprocamente, regad las tierras áridas de la ciencia con las aguas vivas del amor; la tierra es la ciencia que se elabora y se mide, la fe es inmensa como el mar. Oponed los diques a la creciente, sin impedirle levantar sus nubes y derramar la lluvia en la tierra. La tierra será entonces fecunda, la ciencia árida reverdecerá y florecerá. Infelices de aquellos que temen el agua del cielo y querrían encubrir la tierra con una capa de zinc. Dejad que germinen las esperanzas eternas, dejad florecer las creencias ingenuas, dejad que crezcan los corpulentos árboles. Los símbolos crecen como los cedros, se fortifican como las encinas y traen en sí mismos la simiente que los reproduce. El amor se reveló en la naturaleza por la armonía, el triángulo sagrado hace brillar su luz, el número tres completa la Divinidad, ya sea en tu ideal como en el conocimiento trascendente de ti mismo. Tu inteligencia se hizo madre porque fue fecundada por el genio de la fe. Detengámonos aquí, porque este milagro de la luz basta para la gloria del tercer día.

Levanta los ojos y contempla el cielo. Ved el esplendor y la regularidad de los astros. Toma el compás y el telescopio del astrónomo y sube de prodigio en prodigio, calcula la vuelta de los cometas y la distancia de los soles, todo esto se mueve conforme a las leyes de una jerarquía admirable. Toda esta inmensidad llena de mundos absorbe y ultrapasa todos los esfuerzos de la inteligencia humana. ¿Es entonces inteligente? ¿Verdad que los soles no van donde quieren y que los planetas no salen de sus órbitas? El cielo es una máquina inmensa que tal vez no piensa, pero que, ciertamente, revela y reproduce el pensamiento. Los cuatro puntos cardinales del cielo, los equinoccios y los solsticios, el Oriente y el Occidente, el Cenit y el Nadir, están en sus puestos como centinelas y nos proponen un enigma a resolver: las letras del nombre de Jehovah, o las cuatro formas elementales y simbólicas de la milenaria esfinge de Thebas. Antes que aprendas a leer, osa creer y declarar que hay un sentido oculto en tales escrituras del cielo. Que el orden te revele otra voluntad sabia y si la naturaleza aún no es a tus ojos más que una máquina incapaz de andar por sí misma, si dudas del motor independiente, cierra tus ojos y descansa de las fatigas de tu cuarto día. Mañana os manifestaremos las maravillas de la autonomía.

La mosca que zumba, revolotea y se posa donde quiere; la babosa que se arrastra a voluntad por las orillas húmedas, tienen algo más sorprendente que los soles, porque son autónomos y no se mueven como las ruedas de un mecanismo fatal. El pez es libre y se regocija en las olas; sube a la superficie para buscar su alimento. Un ruido lo asusta, se estremece y huye al fondo, repeliendo el agua que hierve; el pájaro atraviesa los aires a voluntad y alcanza el árbol o el muro donde hará su nido, posa un gallo y canta, busca en los follajes las hierbas, cuida del nacimiento de sus polluelos. ¿Será él quien piensa o es algún otro el que piensa por el? Dudabas de la inteligencia de los mundos, ¿dudarías de la de los pájaros? Si los pájaros son libres bajo un cielo esclavo, ¿a quién, pues, obedece el cielo si no fuere a Aquel que da libertad a las aves?, mas el cielo no es esclavo, está sometido a leyes admirables que puedes comprender, y a las cuales obedecen los soles sin tener necesidad de conocerlas. Entiendes la inteligencia del cielo y con este título eres más inmenso que el propio cielo. ¿Eres tú el creador y el regulador de los mundos? No; el creador es otro, sin duda, pero tú eres su confidente, y por así decirlo, su coadjutor. No niegues a tu señor, sería negarte a ti mismo, hijo de Copérnico y de Galileo. Puedes crear con ellos el cielo de la ciencia; hijo del creador desconocido, mira esos millares de universos que viven en la inmensidad e inclínate delante de la soberana inteligencia de tu Padre.

La estrella de la inteligencia, la señora de las fuerzas, la estrella de cinco puntas, el pentagrama de los Cabalistas y el microcosmos de los Pitagóricos aparece en el quinto día. Saber ahora que la materia no podrá moverse sin que el espíritu la dirija y quieres el orden en el movimiento; vas a comprender al hombre y vas a concurrir para crearlo.

He aquí que aparecen formas para todas las fuerzas de la naturaleza, que son impelidas por la autonomía suprema a volverse también por sí mismas autónomas y vivas. Todas estas fuerzas te serán sumisas y todas se conforman con las imágenes de tu pensamiento. Escucha rugir al león y oirás el eco de tu cólera, el mastodonte y el elefante tornan en irrisión la vanidad de tu orgullo; ¿quieres asemejarte a ellos, tú, su señor? No; tienes que dominarlos y hacerlos que te sirvan, pero para imponerles tu poder es indispensable dominar en ti mismo los vicios de que varios de ellos son la representación.

Su fueres un glotón como el cerdo, lascivo como el bode, feroz como el lobo, o ladrón como la zorra, no seréis más que un animal enmascarado bajo la forma humana. Rey de los animales, levántate en tu dignidad y hagamos de ella un hombre; decid: quiero ser un hombre, y lo seréis, porque Dios quiere que seas un hombre, sólo espera tu consentimiento, porque te creó libre; ¿y por qué? Porque todo monarca debe ser aclamado y proclamado por sus pares, porque sólo la libertad puede comprender y honrar el poder divino; porque Dios precisa de esta grandiosa dignidad del hombre para que el hombre pueda adorar legítimamente a Dios.

El ocultismo de Dios es necesario como el de la ciencia. Si Dios se revelase a todos los hombres de un modo claro e indubitable, el dogma del infierno eterno, reinaría en todo su horror. Los crímenes humanos no tendrían más circunstancias atenuantes.

Los hombres serían forzados a hacer el bien o a perderse para siempre; lo que Dios no podrá querer y no quiere; es la necesidad que el dogma permanezca intacto y que la misericordia guarde su libertad inmensa.

Dios (si se nos permite darle aquí la forma humana, a ejemplo de los grandes Cabalistas y de los autores inspirados de la Biblia), Dios, tiene dos manos; una para castigar y otra para absolver y bendecir.

La primera está sujeta por la ignorancia y la flaqueza del hombre. La otra, quiere estar siempre libre, y es por eso que Dios, no constriñendo nunca nuestra fe, respeta nuestra libertad.

La marcha del espíritu humano separado de Dios es rápida. Los cultos sin autoridad caen en la filosofía que, a su vez, se abisma en el materialismo. La única religión sólida, la que sabe decir non possumus, puede y podrá siempre alguna cosa, porque posee la cadena de la enseñanza, la eficacia real de los sacramentos, la magia de los cultos, la legitimidad jerárquica y el poder milagroso del verbo. Que ella deje, pues, sin perturbarse, que el ateísmo y el materialismo se produzcan. Son dos cancerberos desencadenados para guardar su puerta y devorarán a todos sus enemigos.

Sé que mis lectores, en gran número, me acusan de contradicción; no conciben que sustente con una de las manos los altares del catolicismo y con la otra golpee sin piedad sobre todos los errores y sobre todos los abusos que se produjeron bajo el nombre y la sombra del catolicismo. Los católicos ciegos se espantan de mis interpretaciones audaces y los pretendidos librepensadores se indignan de los que llaman mis flaquezas por la religión que creen caída den el desprecio porque la abandonaron. Desagrado tanto a los cristianos de Veuillot como a los filósofos de Proudhon. Esto no me admira y lo esperaba; no me aflijo por eso ni diré que me glorío. Gustaría más de agradar a todos, porque amo sinceramente a todos los hombres, pero en cuanto sea necesario elegir entre la verdad y la estima de quien quiera que sea, aun la de mis amigos más caros, escogeré siempre la verdad.

La Iglesia Romana, dicen, no es más que una sombra, es un espectro que mira al pasado y que sólo sabe andar para atrás. Y con todo, se quejan diariamente de sus invasiones. Ella se apodera de los niños y de las mujeres, absorbe las propiedades, embaraza a los reyes, crea obstáculos al movimiento de los pueblos y hasta fuerza el oro de los banqueros israelitas y la sangre volteriana de Francia para que la sirvan.

Está enferma, condenada por tantos médicos, se burla de las píldoras de Sganarello y se obstina en no morir. Y es que a despecho de los grandes pensadores y de los bien falaces, tiene las llaves de la vida eterna. Sentimos que si ella se apaga Dios se esconde para siempre de nosotros y la inmortalidad del alma se va.

Hay una cosa profundamente verdadera y que, con todo, parecerá paradojal: todos los cultos cristianos disidentes sólo viven por las sublimes obstinaciones del catolicismo radical. Yo os pregunto, ¿contra quién protestarían Lutero y Calvino si el Papa no doblegase y cediese a los luteranos o a los calvinistas? Si el Papa admitiera en principio la libertad de conciencia, ello sería declarar que la verdad a ello concerniente es dudosa. Ahora, la verdad que a ello atañe, no es la de un sistema, no es la de una secta, no es la de Hermes y de Moisés, la de Jesucristo y San Pablo, la de San Agustín, Fenelón y Bosuet, todos mayores pensadores, y mayores hombres que Proudhon, el doctor Garnier, el escéptico Girandino y los nihilistas Tatempion o Juan Bonachón, ¿oís?... ¿Entendéis?

No, el Papa no debe decir que en materia de religión somos libres de pensar lo que nos agrade. Es un modo extraño de comprender la libertad o de querer forzar al jefe de una Iglesia absoluta a ser tolerante, cuando es evidente que la tolerancia sería el suicidio de su autoridad espiritual. Es la indulgencia y no la tolerancia la que debe usar para con los hombres y sus errores el representante de Jesucristo. La Iglesia de la caridad: todo lo que va contra la caridad va contra ella. Ella se sustenta y se perpetúa por la caridad. Es por el milagro permanente de sus buenas obras que ella debe probar al mundo su divinidad.

Para asegurar su reino en la tierra, no debe alistar zuavos, pero puede crear santos. ¿Cómo puede ella olvidar este gran mandato del Maestro: procurad primero el reino de Dios y su justicia y el resto os será dado por añadidura?
Capítulo XIII
LA FASCINACION

La Iglesia condenó y debe condenar la magia porque ella se apropió de su monopolio. Ella debe servirse de las fuerzas ocultas que los antiguos magos empleaban para engañar y sujetar a las multitudes, a fin de esclarecer progresivamente los espíritus y trabajar para la liberación de las almas, por la jerarquía y la moralidad.

Ella debe obrar así bajo peligro de muerte, aunque ya se dijo que es inmortal y que la muerte aparente no puede serle más que un trabajo regenerador y una transfiguración.

Entre las fuerzas de que dispone y de que podemos hacer uso, sea para el bien o sea para el mal, hay que contar en primer lugar con el poder de la fascinación.

Hacer creer lo imposible, hacer ver lo invisible, hacer tocar lo intangible, exaltando la imaginación y alucinando los sentidos; apoderarse así de la libertad intelectual de aquellos a quienes se sujeta y suelta a voluntad, es lo que llamamos fascinar.

La fascinación es siempre el resultado de un prestigio.

El prestigio es la entrada en escena del poder cuando no o es de la mentira.

Cuando Moisés quiere promulgar el Decálogo, elige la más escarpada montaña del desierto y la rodea de una barrera que nadie podrá atravesar sin ser herido de muerte. Sube ahí al sonido de la trompeta, para hablar cara a cara con Adonai, y cuando viene la tarde toda la montaña se estremece, truena y se ilumina por efecto de una formidable pirotecnia. El pueblo tiembla y se prosterna, cree sentir que la tierra se mueve, le parece que los peñascos saltan como carneros y que las colinas son ondeantes como los rebaños; después, desde que el volcán se apaga, desde que los truenos cesan el taumaturgo tarda en aparecer, la multitud se subleva y quiere a toda fuerza que le den su Dios. Adonai faltó a su promesa, el pueblo se insolenta y le opone el becerro de oro. Las flautas y tambores hacen la parodia de las trompetas y del trueno, y el pueblo, viendo que las montañas ya no danzan más se pone a danzar a su vez. Moisés, irritado, rompe las tablas de la ley y muda el espectáculo en el de una masacre inmensa. La fiesta es ahogada en sangre, la vil multitud, viendo el brillo de la espada, empieza a creer en lo del rayo sin atreverse a erguir la cabeza para ver a Moisés. El terrible legislador se vuelve fulgurante como Adonai, tiene cuernos como Baco y Júpiter Ammon, en adelante sólo aparecerá cubierto con un velo, a fin de que el temor sea durable y la fascinación perpetua. En adelante ninguno resistirá impunemente a este hombre cuya ira hiere como el simún y que tiene el secreto de las conmociones fulminantes u de las llamas inextinguibles. Sin duda que los sacerdotes del Egipto tenían conocimientos naturales que sólo debían llegar a nosotros muy tarde. Quedó también ya dicho que los magos asirios conocían la electricidad y sabían imitar el rayo.

Con la diferencia que hay entre Júpiter y Thersité,52 Moisés tenía las mismas opiniones que Marat. Pensaba que para la salvación del pueblo destinado a convertirse en la luz del mundo, algunos torrentes de sangre no debían hacer retroceder a un pontífice del futuro. ¿Qué faltó a Marat para ser el Moisés del la Francia? Dos grandes cosas: el genio y el éxito. Además, Marat era un enano grotesco mientras que Moisés era un gigante, si damos crédito a la divina intuición de Miguel Angel.

¿Osaríamos decir que el legislador de los hebreos era un impostor? Nadie es impostor cuando se consagra y sacrifica. Este maestro que se atrevía a dar tanta demostración de omnipotencia sobre el instrumento terrible de la muerte, fue el primero en someterse al anatema para expiar la sangre derramada; llevaba a su pueblo a una tierra prometida donde sabía muy bien que no entraría. Desapareció un día en medio de las cavernas y los precipicios, como Edipo en la tempestad, y nunca los admiradores de su genio pudieron encontrar sus huesos.

Los sabios del mundo antiguo, convencidos de la necesidad del ocultismo, escondían con cuidado las ciencias que los volvía, hasta cierto punto, señores de la naturaleza, y sólo se servían de ellas para dar a sus enseñanzas el prestigio de la cooperación divina. ¿Por qué habríamos de censurarlos? ¿El sabio no es plenipotenciario de Dios junto a los hombres? ¿Y cuando Dios le permite adormecer o despertar su rayo, no es siempre El el que clama por el ministerio de su embajador?

Es preciso encerrar en Charentón al hombre tan loco que dice: “Sé por una ciencia exacta que Dios existe”, aunque sería aun más insensato el que se atreviese a decir: Sé que Dios no existe. Creo en Dios, pero no sé quién es. Pero he aquí que millares de hombres, mujeres y niños se presentan y os dicen: Yo lo vi, yo lo toqué, hice aún mas, yo lo comí y lo sentí vivo en mí. Extraña fascinación de una palabra absurda si lo es, pero por lo mismo victoriosamente convencedora, puesto que es capaz de hacer retroceder la razón y despertar el entuciasmo: ¡Esto es mi carne, esto es mi sangre!

Dice eso el Dios que iba a morir para renacer en todos los hombres. Hombres de fe, sólo vosotros comprendéis cómo el propio Dios debía morir para hacernos aceptar el misterio de la muerte.

Dios se hizo hombre a fin de hacerlos Dios a los hombres. Dios encarnado es la humanidad divinizada. ¿Queréis ver a Dios?, mirad a vuestros hermanos. ¿Queréis amar a Dios?, amaos los unos a los otros. Fe sublime y triunfante que va a inaugurar el reino de la solidaridad universal, de la caridad más sublime, de la adoración a la desgracia humana! Lo que hacéis al menor, esto es tal vez al más ignorante, al más culpado entre vuestros hermanos, vosotros lo hacéis a mí y a Dios. ¡Comprended esto, miserables inquisidores, que cuando torturasteis a Jesucristo en los hombres quemasteis a Dios!...

Ciertamente la poesía es mayor que la ciencia, y la fe es grandiosa y magnífica cuando domina y subyuga la razón. El sacrificio del justo por el culpable es desrazonable, pero la razón más egoísta está obligada a admirarlo. Aquí está la gran fascinación del Evangelio y, confieso, que aunque me acusen de un tanto de locura, a mí, que soy enemigo de los sueños, a mí adversario de las imaginaciones que quieren imponerse al saber, quedo fascinado y quiero serlo, adoro cerrando los ojos para no ver centellas enemigas, porque no puedo impedirme de creer en una luz inmensa, pero aun velada, por la fe de amor infinito que siento encenderse en mi corazón.

Todos los grandes sentimientos son fascinaciones y todos los verdaderos grandes hombres son fascinadores de la multitud. Magister dixit. Es el Maestro que lo dice. He ahí la razón de aquellos que nacieron para ser eternamente discípulos. Amicus Plato, sed magis amica veritas; gusto de Platón, pero prefiero la verdad, es la palabra de un hombre que se considera igual a Platón y que, por consiguiente, debe ser un maestro, si posee como Platón y como Aristóteles el don de fascinar y de apasionar una escuela.

Jesús, hablando de los hombres de la multitud, dice: “Quiero que mirando no vean y que oyendo no entiendan, porque temo su conversión t tendría miedo de curarlos”. Leyendo estas sublimes palabras de aquél que se sacrificó a la filantropía, pienso en este Crispín de Juvenal, cuando dice: A vitiis aeger solaque libidine fortis. Extenuado por todos los vicios, debe un resto de fuerza solamente a la fiebre de la depravación. ¿Qué médico compasivo habría querido curar la fiebre de Crispín? Habría sido darle la muerte.

¡Infelices de las profanas multitudes que dejan de ser fascinadas por el ideal de los grandes poderes! ¡Desgraciado del necio que permaneciendo necio no cree más en la misión divina del sacerdote ni en el prestigio providencial del rey! Porque le es necesaria una fascinación cualquiera, sufrirá la del oro y la de los goces brutales y será precipitado fatalmente fuera de toda justicia y de toda verdad.

La propia naturaleza, cuando procura forzar a los seres a realizar sus grandes misterios, obra como sacerdotisa soberana y fascina al mismo tiempo los sentidos, los espíritus y los corazones. Dos fatalidades magnéticas que se encuentran forman una providencia invencible a la que damos el nombre de amor. Entonces la mujer se transforma, se convierte en una sílfide, un hada, un ángel. El hombre vuélvese un héroe y casi un Dios. Se engañan estos pobres ignorantes que se adoran. ¡Qué decepción les espera a la hora de la saciedad y del despertar! Atrasar esta hora es el gran arcano del matrimonio. ¡A todo precio es preciso prolongar el error, alimentar la locura, eternizar la decepción incomprendida! Y entonces la vida se vuelve una comedia en que el marido debe ser un sublime artista, siempre en escena, si no quiere ser escarnecido como el Panteón de la farsa italiana, y en que la mujer debe estudiar a fondo su papel de gran petimetre y esconder eternamente sus más legítimos deseos, si no quiere que el hombre aprenda a no desearla. Un buen hogar es una lucha oculta de todos los días, medio fatigante y difícil, pero es, también lo único que evita una guerra abierta.

Hay dos grandes poderes en la humanidad: el genio que fascina y el entusiasmo que deriva de la fascinación. Ved este hombrecillo pálido, que marcha al frente de una poblada inmensa de soldados; si le preguntásemos: ¿A dónde los lleváis? A la muerte, podría responder un transeúnte desprovisto de ilusiones; ¡a la gloria!, exclamarían ellos, levantando los bigotes y haciendo resonar las abrazaderas de sus fusiles. Todos estos veteranos son creyentes como Polyeuto; sufren la fascinación de un casacón pardo y de gorra. Por eso, cuando pasan los reyes los saludan tirando la corona, y cuando los aplastan en Waterloo, juran contra la lluvia de metralla, como si se tratase de un simple mal tiempo y caen, como una sola pieza, lanzando por la boca de Cambronne un desafío astuto a la muerte.

Existe un magnetismo animal, pero encima de éste, que es puramente físico, hay que contar con el magnetismo humano que es el verdadero magnetismo moral. Las almas son polarizadas como los cuerpos y el magnetismo espiritual humano es lo que llamamos la fuerza de la fascinación.

La irradiación de un gran pensamiento o de una poderosa imaginación en el hombre, determina un torbellino atractivo que da luego planetas al sol intelectual, y a los planetas, satélites. Un gran hombre, en el cielo del pensamiento, es el foco de un universo.

Los seres incompletos que no tienen la felicidad de sufrir una fascinación inteligente, caen por sí mismos bajo el imperio de las fascinaciones fatales; así se producen las pasiones vertiginosas y las alucinaciones del amor propio entre los imbéciles y los locos.

Hay fascinaciones luminosas y fascinaciones negras. Los Thugs de la India son apasionados por la muerte.53 Marat y Lacenaire tuvieron sed. Ya dijimos que el diablo es la caricatura de Dios.
Definamos ahora, pues, la fascinación. Es el magnetismo de la imaginación y del pensamiento. Es la dominación que ejerce una voluntad fuerte sobre una voluntad débil, produciendo la exaltación de las concepciones imaginarias y ejerciendo influencia en el juicio de los seres que aún no han llegado al equilibrio de la razón.

El hombre equilibrado es el que puede decir: sé lo que es, creo en lo que debe ser y nada niego de lo que puede ser. El fascinado dirá: creo en lo que las personas en quien creo me dijeron que crea. Creo porque amo a ciertas personas y ciertas cosas (aquí pueden insertarse ciertas frases siempre conmovedoras y que nada prueban: ¡La fe de los abuelos! ¡La cruz de mi madre!). En otros términos, el primero podrá decir, creo por la razón, y el segundo, creo por fascinación.

Creer por la fe de los otros, esto puede ser permitido y hasta recomendado para los niños. Si me dijeran que Bosuet, Pascal y Fenelón eran grandes hombres que creían en evidentes absurdidades, yo respondería que tengo dificultad en admitirlo, pero en fin, que si esto fuese verdad, probaría solamente que, en tal circunstancia, estos grandes hombres obraban como niños.

Pascal creía ver siempre un abismo abierto junto a él. El hombre fascinado pierde su libre arbitrio y cae enteramente bajo la dominación del fascinador. Su razón, que puede guardar entera para ciertas cosas indiferentes, se muda absolutamente en locura desde que tentéis alumbrarlo sobre las cosas que le sugieren, ya no ve más, nada oye a nos ser los ojos y los oídos de aquellos que lo dominan; hacedle palpar la verdad y él os sostendrá que lo que está palpando no existe. Cree, por el contrario, ver y tocar lo imposible que le afirman. San Ignacio compuso ejercicios espirituales para cultivar este género de fascinación en sus discípulos. Quiere que todos los días, en el silencio y en la oscuridad, el novicio de la Compañía de Jesús ejerza su imaginación en crear la figura sensible de los misterios que procura ver y que ve, en efecto, en un sueño voluntario y despierto, que el debilitamiento de su cerebro puede tornar en espantosa realidad, como las pesadillas de San Antonio y todos los horrores del infierno. En semejantes ejercicios el corazón se endurece y se atrofia de terror, la razón vacila y se apaga. Ignacio destruye al hombre paro hace un Jesuita, y el mundo entero va a ser menos fuerte que este temible androide.

Nada es tan implacable como una máquina. Una vez montada ella no para más, a no ser que se rompa.

Crear miles de máquinas que pueden ser montadas por la palabra y que van a través del mundo a realizar por todos los medios posibles el pensamiento del maquinista, he ahí la obra de Loyola. Es preciso confesar, que su intervención es mucho mayor que la máquina matemática de Pascal.

¿Pero es moral esta obra? Sí, ciertamente, en el pensamiento de su autor y en el de todos los hombres consagrados a lo que creen el bien, y para lo cual se convirtieron en ruedas ciegas y autómatas sin autonomía. Nunca el mal apasionará a los hombres a tal punto, jamás la propia razón y el simple buen sentido tomará en ellos tal exaltación. La filosofía jamás tendrá semejantes soldados. La democracia podrá tener partidarios y mártires, pero nunca verdaderos apóstoles dispuestos a sacrificar a ella su amor propio y su personalidad entera. Conocí y conozco demócratas honestos. Cada uno de ellos representaba exactamente la fuerza de un individuo aislado. El jesuita se llama legión. ¿Por qué es tan frío el hombre cuando se trata de la razón y es tan ardiente cuando combate a favor de una quimera? Es que el hombre, a pesar de todo su orgullo, es un ser defectuoso que no ama sinceramente la verdad sino que, por el contrario, venera las ilusiones y mentiras. Viendo que los hombres son locos, dice San Pablo, quisimos salvarlos de su propia locura, imponiendo el bien a la ceguera de su fe. Aquí tenéis el gran arcano del catolicismo de San Pablo, injertado en el cristianismo de Jesús y completado por el jesuitismo de San Ignacio de Loyola. Es necesario absurdos a las multitudes. La sociedad se compone de un pequeño número de sabios y de una multitud inmensa de insensatos. Y es de desear que los insensatos sean gobernados por los sabios.

¿Cómo hacer para llegar a eso? Desde que el sabio se muestra como es, lo repelen, lo calumnian, lo exilian, lo crucifican. Los hombres no quieren ser convencidos, esperan que se les imponga; es, pues preciso, que el apóstol se resigne a las apariencias de la impostura para revelar, esto es, para regenerar la verdad en el mundo, dándole un nuevo velo. ¿Qué es, en efecto, un revelador? Es un impostor desinteresado que para llevar el bien disfrazado de algún modo engaña a la vil multitud. ¿Y qué es la vil multitud? Es la turba inmensa de los tontos, de los imbéciles y de los locos, sean cuales fueren, a pesar de los títulos, de su posición social y de sus riquezas.

Sé que hablan mucho del progreso indefinido, que yo llamaré de preferencia indefinible, porque si bien los conocimientos aumentan en la especie humana, la raza ciertamente no mejora. Dicen también, que si la instrucción fuese divulgada legalmente, todos los crímenes desaparecerían, como si necesariamente la instrucción mejorara a los hombres; como si Robespierre y Marát, esos terribles discípulos de Rousseau, no hubiesen recibido una instrucción superior a la del propio Rousseau. El abate Coeur y Lacenaire fueron educados en el mismo colegio. El señor de Praslin, los doctores Castany y Lapommeraye, alcanzaron todos los beneficios de la educación moderna. Los malvados instruidos son los perversos más completos y más temibles. Nunca su instrucción les impide hacer el mal, mientras que a menudo vemos hombres sencillos e iletrados que practican sin esfuerzo las más admirables virtudes. La educación desenvuelve las facultades del hombre y como medio que le permite satisfacer sus inclinaciones, pero no lo cambia. Enseñad las matemáticas y la astronomía a un tonto y tal vez haréis de él un Leverrier, pero jamás haréis de él un Galileo.

La actual raza humana se compone de algunos hombres y de un grandísimo número de entes mixtos que participan un poco del hombre y mucho del orangután o del gorila. Todavía existen otros, que podrían reivindicar la semejanza de los monos enormes y más bellos: son éstos amables conquistadores que sirven de machos y de Jocrisses54 a nuestras meretrices.

Cuando estas bestias humanas están a punto de morir, su pequeño lado humano se despierta y los atormenta; entonces llaman a un clérigo y éste acude ¿y por qué no habría de hacerlo?

La caridad no quiere que se apaguen las débiles chispas, mas ¿qué decirles? Nada comprenderán de razonable y hay que fascinarlos con señales, unciones de aceite, bendiciones y absoluciones in extremis. Una estola bordada, un bello copón rojo. Repiten lo que se les hace decir, hacen todo lo que se les diga y mueren tranquilos con la bendición de la Iglesia. ¿No está escrito en el Evangelio que Dios salvará a los hombres y a los animales? Homines et jumenta salvabi Domine.

Las creaciones de la Naturaleza son progresivas en la sucesión de las especies y las razas, y las especies crecen y mueren como los imperios y los individuos. Todos los pueblos que brillan en su apogeo comienzan progresivamente a apagarse y la humanidad entera tendrá la suerte de las naciones. Cuando los hombres medio animales hayan desaparecido en el próximo cataclismo, aparecerá, sin duda, una nueva raza de seres sabios y fuertes, que serán para nuestra especie lo que nosotros somos para la de los simios.

Sólo entonces las almas serán verdaderamente inmortales, porque serán dignas y capaces de conservar los recuerdos.

Entretanto, es cierto que la actual especie humana lejos de progresar, degenera. Un espantoso fenómeno se realiza en las almas, los hombres ya no tienen más el sentimiento de lo divino, y las mujeres que no son máquinas de vanidad y lujuria, buscan sólo en la fe, que desean sea absurda, un refugio contra la razón que las detesta. La poesía murió en los corazones. Nuestra juventud lee a Víctor Hugo, pero no admira en este gran poeta más que los esfuerzos de la palabra y los ejemplos citados de su pensamiento; en el fondo prefieren a Proudhon, encuentran más sensibilidad en Renán y consideran como hombres serios a Taine y a los doctores Grenier y Buchner. En el teatro, fingen con exceso todos los sentimientos generosos de la otrora; desapareció la carcajada de Rebelais corrigiendo la estulticia humana y sólo queda la risotada zumbona de mal gusto que insulta todas las virtudes.

Con el amor ocurre lo mismo que con la honra, que hoy no es más que una reliquia que ya ni siquiera se conserva como tal. El propio nombre del mayor y más bello sentimiento que la Naturaleza pueda inspirar no está ya en uso en las conversaciones de las personas de bien. Quizá más adelante llegue a figurar en el diccionario de obscenidades. ¿En qué piensan las jovencitas más honestas y más vigiladas, como por ejemplo, las que se educan en el convento de los Passaros o del Sagrado Corazón? ¿Será en las caricias de un afecto mutuo? Sería necesario confesarse y ninguna osaría decirlo a sus compañeras. Piensan en los esplendores de un matrimonio rico, sueñan con un carruaje, y un castillo. Con esto basta; habrá un marido a quien será necesario acomodarse, con tal de que tenga buen apellido, que sepa presentarse y se anude bien la corbata, lo que es más que suficiente.

No soy misántropo ni hago aquí la sátira de mi siglo; atestiguo el debilitamiento moral de la especie humana, y saco en conclusión que la magia está más que nunca de actualidad y que, con tan pobres entes, es preciso fascinar para triunfar.

En el Evangelio se encuentran preceptos cuya sublimidad sería perfectamente apreciada en otros tiempos, pero que resultarían ridículos hoy, porque los hombres no son los mismos.

Vete a sentar en último lugar, dice Jesús, y te convidarán a pasar primero.

Si te sientas en el último lugar ahí quedarás y estará bien hecho, responde a esto el mundo moderno.

Si quisieran sacarte la túnica da también tu mando, dice el Evangelio. Y cuando quedares desnudo, te bendecirán y un guardia cívico te llevará al puesto, por ultraje a las buenas costumbres, arguye el lógico implacable Roberto Macario.

No penséis en el día de mañana, enseña el Salvador. Y el día que sigue al que os sorprende la miseria nadie se acordará de ti, contesta el mundo.

Procurad el reino de Dios y su justicia y el resto os será dado por añadidura.

Sí, cuando lo hubieres encontrado, pero no mientras lo buscas, y temo que buscaréis en vano mucho tiempo.

Infelices los que ríen, ellos llorarán; bienaventurados los que lloran, porque reirán.

Señor Nuestro, esto es excesivo, s como si dijeras: felices los enfermos porque esperan la salud; felices los sanos porque esperan la dolencia. ¿Si los que ríen son infelices y si nada tienes que prometer a los que lloran a no ser la infelicidad de reír a su vez, quien será verdaderamente feliz?

No resistas al malvado; si alguien os hiere en una mejilla, presentadle la otra.

Máxima positivamente inmoral. No resistir al mal es ser cómplice. Presentar la otra mejilla a quien os hiere injustamente es aprobar su atentado y provocar un segundo, y cuando hayas presentado la otra y recibido un segundo bofetón, ¿qué os resta hacer? ¿Batiros con el agresor? Entonces, ¿para qué esperar el segundo ultraje? ¿Volverle las espaldas para recibir un puntapié? Sería innoble y grotesco.

Esto es lo que respondería a las máximas más sublimes del Evangelio el espíritu de nuestro siglo, si fuese bastante leal, lo suficientemente audaz, como para hablar tan libremente. Hay en nuestros días un inmenso malentendido entre Jesucristo y los hombres. Nuestro siglo carece del sentimiento de lo sublime y no comprende a los héroes. Garibaldi no es para nuestros hombres de Estado más que una encarnación poco divertida de Don Quijote.

El mundo carece de religión, dice el conde José de Maistre, y por eso, añadiremos nosotros, más que nunca tiene necesidad de prestigios y de escamoteadores.

Cuando la gente no cree en el clérigo, cree en el hechicero, escribimos nuestros libros principalmente para los sacerdotes, a fin de que, haciéndose verdaderos magos, no tengan más temor a la concurrencia ilegal de los hechiceros. El autor pertenece a la gran familia sacerdotal y nunca lo olvidó.

Que los sacerdotes sean hombres de ciencia y que por la entereza de su carácter causen admiración aun mundo degenerado; que se coloquen por encima de los pequeños intereses y de las bajas pasiones; que hagan milagros de filantropía, y el mundo se postrará sus pies; que hagan aun otros milagros: curar a los enfermos al tocarlos, como lo hizo el zuavo Jacob; en una palabra, que aprendan a fascinar y aprenderán a reinar.

La fascinación juega un gran papel en la medicina, la gran reputación de un médico cura de antemano a sus dolientes. Un descuido del señor Nelaton (si el ilustre práctico fuese capaz de hacerlo), tal vez tendría más éxito que toda la habilidad de un cirujano ordinario. Refieren que un médico célebre, habiendo escrito la fórmula de un cataplasma para un hombre que sufría dolores violentos, dijo a la enfermera: id a aplicarle esto, inmediatamente, en el pecho, y le entregó el papel. La buena mujer que era más que ingenua, juzgó que esto significaba la propia receta y la aplicó caliente al enfermo, con un poco de simiente de lino; el paciente se sintió inmediatamente aliviado y al día siguiente estaba curado.

Es así como los grandes médicos sanan nuestros cuerpos, y es de la misma manera que los sacerdotes prestigiados llegan a curar nuestras almas.

Al hablar en este capítulo de un comienzo de decadencia humana, no entiendo por tal sino los fenómenos que puedo observar, y no infiero del debilitamiento de una raza la decadencia de la especie entera. A pesar de tan tristes síntomas, aún espero un resurgimiento antes de la destrucción o de la transformación del hombre. Creo que el Mesianismo vendrá primero y reinará durante una larga serie de siglos. Espero que la especie humana diga su última palabra de diferente modo a como lo hicieron, las civilizaciones de Nínive. Tiro, Babilonia, Atenas, Roma, París. Lo que podrían juzgarse signos de decrepitud, quiero creer que son las fatigas de la infancia. Sin embargo, el Mesianismo mismo o es la doctrina de la Eternidad; habrá, dice San Juan, un nuevo cielo y una nueva tierra. La nueva Jerusalén sólo vendrá merced a nuevos pueblos superiores a los actuales, u todavía habrá posteriores mudanzas. Cuando nuestro sol sea un planeta opaco, del que seremos satélite, ¿quién sabe dónde estaremos y en qué formas viviremos? Lo que hay de cierto es, que el ser es el ser, que nada sale de nada y que, por consiguiente, de la nada, nada puede salir. Y que no volverá a esta nada de la cual no puede salir. Todo lo que existe, existió y existirá.

Ehieh ascher Ehieh.

Volvamos a la fascinación y al medio de producirla. Este medio está enteramente en la fuerza de voluntad que se exalta sin tirantez y que persevera con calma.

No seáis locos y convenceros a vosotros mismos de que sois grandes y fuertes; los frágiles y los pequeños os tomarán necesariamente por lo que creéis ser. Todo es apenas un asunto de paciencia y de tiempo.

Quedó dicho que existe una fascinación puramente física que pertenece al magnetismo; algunas personas están dotadas naturalmente de ella, y se puede adquirir la facultad de ejercerla, pro la exaltación gradual del sistema nervioso.

El célebre señor Home, que en ocasiones quizás explotó como charlatán esta facultad excepcional, la posee sin poder comprenderla, porque su inteligencia es limitadísima para todo lo que se refiera a ciencia. El zuavo Jacob es un fascinador ingenuo, que cree en la cooperación de los espíritus. El hábil prestidigitador Roberto Houdin une la fascinación con la pericia. Un importante señor, a quien conocemos personalmente, le solicitó un día lecciones de magia blanca; Roberto Houdin le enseñó algunas cosas, pero se reservó otras, que declaró no poderle enseñar. Son cosas inexplicables para mí, dijo él, y no provienen de mi naturaleza personal; si os dijese, no por eso sabríais más, y yo no podría poneros en condiciones de ejercerla.

Diré, para servirme de la expresión vulgar, que es el arte o la facultad de saber lanzar polvo a los ojos. Vemos, pues, que todas las magias tienen arcanos indecibles, igual que la magia blanca de Roberto Houdin.

También he dicho que es un acto de alta filantropía fascinar a los imbéciles para hacerles aceptar la verdad como si fuese una mentira, y la justicia como parcialidad; es un privilegio poder hacer cambiar los egoísmos y los deseos, haciendo esperar a aquellos que se sacrifican en este mundo una herencia inmensa y exclusiva del cielo.

Mas también tenemos que decir, que todos aquellos que se juzgan dignos de llamarse hombres, deben, al mismo tiempo que respetar el error de los pequeños y los débiles, emplear todos los esfuerzos de su razón e inteligencia para escapar de la fascinación.

Es muy cruel ser desilusionado cuando nada sustituye a la ilusión, cuando las visiones desaparecidas y los fuegos fatuos que se apagaron dejan el alma en las tinieblas.

Es preferible creer absurdos antes que no creer en nada; mejor ser un burlado que un cadáver. La sabiduría consiste en una ciencia muy sólida y en una fe muy razonable como para excluir la duda. La duda es, en efecto, la comprobación de la ignorancia. El sabio sabe ciertas cosas; lo que sabe lo lleva a suponer la existencia de lo que no sabe. Esta suposición es la fe, que no tiene menos certeza que la ciencia, cuando ella tiene por objeto hipótesis necesarias y mientras no define temerariamente lo que es indefinible.

Un hombre en el sentido cabal del término, comprende los prestigios sin sufrirlos, cree en la verdad sin estampidos y sin trompetas, y para pensar en Dios, no necesita de una tabla de piedra, un arca o un becerro de oro. Ni tiene necesidad de sentir que debe ser justo, o de que le hablen de un gran remunerador o de un eterno vengador. Siempre estará advertido por su propia conciencia y razón. Si le dijeran que bajo pena de eterno tormento debe admitir que tres hacen uno, que un hombre o un pedazo de pan es un Dios, sabrá perfectamente cómo considerar dicha amenaza y se guardará muy bien de burlarse del misterio antes de estudiar su origen y conocer su alcance. La ignorancia que niega le parecerá tan temeraria como la que afirma, pero nunca se admirará de cosa alguna, y tratándose de cuestiones oscuras, su partido no será tomado con precipitación.

Para escapar a la fascinación de las cosas hay que conocer sus ventajas y sus encantos.

Sigamos en este punto las enseñanzas de Homero. Ulises no se priva de escuchar el canto de las sirenas, sólo toma medidas eficaces para que este placer no lo atrase en su viaje ni lo arrastre a estrellarse en los escollos. Derrama la copa de Circe y la intimida con su espada, pero no esquiva las caricias que le impone. Destruir la religión porque existan supersticiones peligrosas, sería como suprimir el vino para escapar a los peligros de la embriaguez, o rehusar los goces del amor, para evitar sus desvaríos y frenesí.

El dogma tiene dos faces, una de luz y otra de sombra; si ganamos la luz y no intentemos destruir la sombra, porque la sombra es necesaria para la manifestación de la claridad. Decía Jesús que los escándalos son necesarios, y hasta nos atreveríamos a añadir, que también lo son las supersticiones. Nunca se insistiría bastante sobre esta verdad tan desconocida en nuestros días a pesar de su incuestionable evidencia, ya que si bien todos los hombres deben ser iguales ante la ley, las inteligencias y las voluntades no son iguales.

El dogma es la gran epopeya universal de la fe, de la esperanza y del amor, la poesía de las naciones, la flor inmortal del genio de la humanidad, y hay que cultivarlo y conservarlo intacto. No se debe perder una palabra, no debemos separar de él un solo símbolo, un enigma o una imagen. ¿Un párvulo a quien se le han enseñado las fábulas de Lafontaine, y que ha creído ingenuamente hasta la edad de siete años que las hormigas pueden hablar con cigarras, debería romper o echar al fuego el encantador libro que le dio su madre, por el hecho de que cuando es ya bastante inteligente, comprende que no se puede, sin postura y sin locura, atribuir discursos razonables a seres que no hablan y que están desprovistos de raciocinio?

Al respeto por el dogma hay que añadir el de la autoridad, o sea, el de la jerarquía, a la cual es necesario someterse exteriormente cuando solamente es exterior, e interiormente cuando es real. Si la sociedad o la Iglesia me da por maestro un hombre que sabe menos que yo, debo callarme delante de él y obrar conforme con mis propias luces; si es más sabio, o mejor que yo, debo oírlo y aprovechar sus consejos.

Para escapar de las fascinaciones de los hombres y de las mujeres, nunca entreguemos todo nuestro corazón a las individualidades inconstantes y perecederas. Amemos los seres que pasan, las virtudes que son inmortales y la belleza que florece siempre. Si el pájaro que amamos vuela lejos, no tomemos aversión a todos los pájaros, y si las rosas que cogemos y cuyo perfume gustamos aspirar, se marchitan entre nuestras manos, no afirmemos por eso que todos los rosales murieron y que todas las primaveras carecen de flores. Una rosa muere muy deprisa, y sin embargo, la rosa es eterna. ¿Debe un músico renunciar a la música porque rompió su violín? Existen aves cuya naturaleza es tal, que no pueden soportar el invierno: les es necesaria una primavera eterna, y sólo para ellas la primavera jamás cesa en la tierra. Son las golondrinas, y bien sabéis cómo proceden para que este prodigio se realice naturalmente en su favor. Cuando la bella estación acaba, ellas vuelan hacia donde la bella estación comienza, y cuando la primavera se aleja de donde ellas se encuentran, van de nuevo en su busca.
Capítulo XIV
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