A continuación, me propongo hacer un breve estudio comparativo sobre las similitudes y diferencias del principio de dos obras clásicas






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fecha de publicación13.07.2015
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Jacobo de Camps Mora

Análisis comparativo
A continuación, me propongo hacer un breve estudio comparativo sobre las similitudes y diferencias del principio de dos obras clásicas: Antígona y Le Misanthrope. Antes de nada, es interesante tener en cuenta la fuerza que posee todo comienzo de una obra en literatura; no en vano es lo primero que el lector lee y es, por tanto, lo que le hará sumergirse en el nuevo mundo que el libro le ofrece, lo que le hará continuar leyendo. De esta manera, diferentes intelectuales han dicho que todo principio comporta una crisis, pues supone un cambio de paradigma: el lector ha de adaptarse, desde su realidad, al mundo que el libro le ofrece.

Teniendo esto presente, ¿cómo salvan esta crisis Antígona y el Misántropo? En este punto ambas presentan una aparente similitud, pues intentan que el paso de la realidad a la ficción sea lo más fluido posible mediante una técnica llamada naturalización. Para hacernos una idea de las implicaciones de este término conviene acudir a la explicación que da Patrice Pavis en su Diccionario del teatro:
Puesto que la exposición es vista casi siempre como un mal necesario que precede la acción y la pone en marcha, el dramaturgo intenta enmascararla o, al menos, hacerla verosímil. Por ello, al principio de la obra nos sitúa en media res, nos mete en una historia que ya ha empezado y de la cual captamos, al vuelo, algunas migas de lógica.
Así, a modo de ejemplo, tendríamos el mismo íncipit del Misántropo, “Qu’est-ce donc? Qu’avez-vous?”, que sumerge al lector en la comedia de manera que queda claro que había texto (diálogo) antes de que él empezase a leer, transmitiéndole la sensación de que no ha ocurrido una transición entre el mundo real y el de la literatura sino que antes ya había escritura, y que, por tanto, no ha habido transición en absoluto. Además, para superar esta crisis, el escritor imprime velocidad al diálogo inicial, lo que hace que el lector se sienta arrastrado por el propio texto hacia la ficción.

En cuanto a la forma con la que Molière añade rapidez a su obra, podemos destacar el hecho que una misma estrofa sea pronunciada por diferentes voces:
Alceste

Laissez-moi, je vous prie

Philinte

Mais encor dites-moi quelle bizarrerie…

Alceste

Laissez-moi là, vous dis-je, et courez vous cacher.

Philinte

Mais on entend les gens, au moins, sans se fâcher. (vv. 2-4)
De esta manera, el escritor francés consigue inmergir al lector en lo que está leyendo. Asimismo, consigue darle un toque de comicidad que, de una manera indirecta, resalta la temática ilógica, de contradicción y de falta de sentido que se da en la obra: tan poco sentido tiene que dos personas que se están enfrentando dialécticamente se acaben los pareados como que aquél que odia al género humano (“je n’y puis plus tenir, j’enrage, et mon dessein / est de rompre en visière à tout le genre humain” vv. 95-96) se enamore (como ocurre en el Misántropo).

En cuanto al comienzo de Antígona, cabe destacar que éste es mucho más lento, solemne y elevado que el de Le Misanthrope, anticipando, de esta manera, la tristeza producida por el dilema de la obra: la imposible reconciliación entre las leyes del estado y las propias (las de la familia), entre la colectividad y la individualidad. Así, podemos observar cómo una de las grandes diferencias entre ambas es el estilo en el que están escritas, cada uno utilizado para resaltar un aspecto importante de cada obra: en el Misántropo, la comicidad destaca el sinsentido del ser humano, mientras que, en Antígona, el aspecto trágico subraya la universal pregunta sobre cómo conciliar legitimidad y legalidad.

Por otro lado, cabe destacar una importante similitud entre Antígona y el Misántropo: como se acostumbra a hacer en el teatro clásico ambas utilizan sus escenas introductorias para exponer el conflicto sobre el que se vertebrará el resto de la historia. Por este motivo, los dos comienzos ponen en situación al lector de la prehistoria del texto (Pavis, 1998: s/p), y le indican los datos necesarios para seguir el argumento. Por poner un ejemplo, podemos observar esto en el íncipit de Antígona, en el que la heroína informa al lector de su relación de hermandad con Ismene exclamando: “¡Oh Ismene, mi propia hermana, de mi misma sangre!” (v. 1). Consecuentemente, esta técnica, con la que el autor da información básica al lector para comprender la trama, abunda en ambos principios.

Sea como sea, también podremos encontrar paralelismos en el conflicto que alas dos obras exponen: de igual manera que Antígona se rebela contra unas leyes que considera equivocadas, Alceste se niega a aceptar los comportamientos sociales que cree despreciables. Podemos observar, por tanto, una fuerte similitud entre la valentía y el coraje que ambos demuestran al luchar contra lo que creen injusto; además, ya desde el principio, dejan claros cuáles son sus ideales y su determinación de luchar por ellos.

Siguiendo la comparación entre los personajes que aparecen en ambos comienzos, también cabe destacar las diferencias entre los otros dos personajes que aparecen en escena. Así, en oposición con Philinte, la hermana de Antígona juega un papel subordinado a resaltar ciertas características de la heroína tebana. A modo de ejemplo, y como bien nos sugiere María Rosa Lida de Malkiel, su negativa a desafiar las leyes de la ciudad sirve al lector como excelente balanza para medir la capacidad de elección de su hermana mayor; pese a ser parte de una familia marcada por la tragedia, durante el prólogo, el lector cae en la cuenta que ambas hermanas tienen capacidad de elección. De este modo, mediante la débil hermana de la heroína, Sófocles provee de libertad a Antígona, situando el principal conflicto de la obra en la confrontación entre la individualidad y la colectividad (la polis) y no en la aceptación del trágico destino que los dioses tienen reservado para los seres humanos. En cambio, con respecto al Misántropo, Philinte se aleja del personaje de la débil hija de Edipo en la medida en que de ninguna manera sirve como trampolín para que las ideas de Alceste puedan elevarse por encima de las suyas. De este modo, Molière iguala a los dos personajes que primero aparecen en escena y, aunque el gran conflicto entre maneras de ver el mundo se vea librado (como en Antígona) con un personaje que en el prólogo sólo es mencionado, no debemos de menospreciar el papel de Philinte, digno rival dialéctico que, en todo caso, es utilizado para contrastar la fuerza de determinación de Alceste ante alguien que plantea con tal seguridad una visión radicalmente opuesta de cómo deberían ser las cosas. 1 Así, Molière y Sófocles utilizan en el prólogo, por motivos distintos, a diferentes tipos de personajes para enfrentarse al héroe de la obra: por una parte, el dramaturgo francés necesita de un Philinte capaz de debatir los argumentos de Alceste debido a que su conflicto es interno y complejo y, por tanto, un personaje fuerte permite al héroe exponer su problema en toda su magnitud; por otra, en cuanto el conflicto de Antígona es más simple que el del Misántropo, Sófocles utiliza un personaje más débil, lo que permite al público centrarse en la heroína.

Por último, creo que la similitud más importante entre el comienzo de Antígona y Le Misanthrope es la universalidad de los conflictos que éstos plantean y la férrea determinación que el lector puede observar en los dos héroes, quienes demuestran su determinación de defender sus ideas hasta las últimas consecuencias. Debido a esto, Molière y Sófocles se asemejan en su inextinguible modernidad: ambos consiguen plantear al lector un conflicto que le es próximo y, mediante Alceste y Antígona, provocan en él la admiración por el heroico y radical enfrentamiento que estos personajes hacen ante unos dilemas que, por mucho que pase el tiempo, jamás encontrarán solución.

Bibliografía
LIDA DE MALKIEL, María Rosa: “Antígona”, en Introducción al teatro de Sófocles, Barcelona- Buenos Aires, Paidós, 1983, pp. 34-84
MOLIÈRE: “Le Misanthrope”, en Œuvres Completes III, París, Garnier-Flammarion, 1965, pp. 21-91
PAVIS, Patrice: “Conflicto” y “Exposición”, en Diccionario del teatro. Dramaturgia, estética, semiología, Barcelona, Paidós, 1998
SÓFOCLES, Antígona (traducción de Assela Alamillo), Madrid, Gredos, 2010


1 Una medida de la importancia del personaje nos la da su propio nombre, Philinte, que recuerda al sustantivo philantrope, es decir, “persona que se distingue por el amor a sus semejantes” que se opondría, por tanto, a Alceste, el misántropo.



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