Primera parte






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Aurora espléndida
JACK LONDON




PRIMERA PARTE



CAPÍTULO PRIMERO
Era una noche tranquila para el Tívoli. Ante la barra del mos­trador alineábanse media docena de hombres: dos discutían con aire deprimido e intervalos de moroso silencio los méritos y ven­tajas del té de abeto y del zumo de lima en los casos de escorbuto. Los restantes apenas les escuchaban. En hilera, junto a la pared opuesta, se hallaban las mesas de juego. La mesa de dados estaba desierta. En la de faraón, jugaba un solo hombre. La ruleta no giraba, no tenía público, y el encargado de los juegos charlaba junto a la estufa con una joven de ojos negros, linda de cara y conocida de Juneau a Fort Yukon por el nombre de la "Virgen".

Tres individuos jugaban al póker sin entusiasmo ni mirones. En el centro de la sala de baile, tres parejas valsaban lánguidamente al compás de un violín y un piano.

No obstante, Circle City no estaba desierta ni carecía de dinero. Los mineros de Moosehide Creek y otras minas del Oeste habían llegado; el verano había sido fructífero y las bolsas estaban re­pletas de oro en polvo y pepitas. Aun no se había descubierto el Klondike, ni los mineros del Yukon conocían !as posibilidades que Crecían !as minas profundas y la fusión del hielo de la superficie con Hogueras de leña. No se trabajaba en invierno; invernaban en grandes campamentos como Circle City durante !a larga noche área. Se aburrían, tenían las bolsas bien provistas, y la única di­versión la constituían las tabernas y casas de juego. Sin embargo, Tívoli estaba casi desierto, y la Virgen, junto a la estufa, bostezaba, diciendo a Charley Bates:

-Si esto no se anima pronto, me voy a la cama. ¿Qué ocurre en el campamento? ¿Se ha muerto todo el mundo?

Bates n siquiera se molestó en contestar; continuó liando taci­turno un cigarrillo. Dan MacDonald, el primero que abrió una taberna y una casa de juego en el Yukon superior, propietario del Tívoli y de sus juegos, cruzó desolado la desierta sala, uniéndose ellos.

-¿ Se ha muerto alguien?-le preguntó la Virgen. -Así parece-fué la respuesta.

-Entonces debe haber sido todo el campamento-dijo ella, bos­tezando de nuevo.

MacDonald sonrió, asintiendo e iba a responder, cuando se abrió a puerta y un hombre apareció en el umbral. Una ráfaga de es­carcha, convertida en vapor por el calor de la sala, !e envolvió por un instante, y extendiéndose por el suelo llegó hasta unos tres metros de la estufa donde se disipó. Tomando de un clavo, junto la puerta, una escobilla de paja, el recién llegado limpió de nieve sus mocasines y sus gruesos calcetines de lana. Habría parecido un hombre fornido, de no habérsele acercado un franco-canadiense gigantesco que le estrechó la mano.

-¡Hola, Daylight! -fué su saludo. -¡Cuánto me alegro de verte!

-¡Hola, Luis! ¿Cuándo llegasteis todos vosotros?-contestó el recién llegado.-Vamos al mostrador y nos contarás iodo lo que pasa en Bone Creek. ¡Choca esa mano otra vez! ¡Dónde está tu socio? Lo ando buscando.

Otro gigante se aproximó a ellos para estrechar la mano. Olaf Henderson y Luis el Francés, socios en las explotaciones de Bone Creek, eran los dos hombres más altos de la región, y aunque le llevaban tan sólo media cabeza al recién llegado, éste, al lado de ellos, quedaba por completo empequeñecido.

-¡Hola, Olaf! Quedas de mi cuenta-dijo el llamado Daylight. -Mañana es mi cumpleaños y te voy a tumbar, ¡sabes? Y a ti también, Luis. Siendo mi cumpleaños, os puedo a todos. Ven a beber, Olaf, y os explicaré lo que pienso hacer.

La llegada de Daylight infundió nueva vida en el estableci­miento.

-Es Burning Daylight-exclamó la Virgen, que fué la primera persona que le reconoció al aparecer en e! umbral.

Las facciones de Charley Bates se iluminaron y MacDonald se acercó a los tres hombres. Con !a llegada de Daylight, el local se animó súbitamente. Los camareros y mozos del mostrador des­plegaron mayor actividad. Las conversaciones subieron de tono. Oyéronse risas. Y cuando el violinista, asomando !a cabeza por una puerta, dijo a! pianista: "Es Burning Daylight", el vals se hizo más brioso y los bailarines tomaron mayor interés en su danza. Era sabido que nadie se aburría cuando Burning Daylight estaba presente en cualquier sitio.

Al volver la cabeza vio a la mujer y notó en su mirada una expresión de simpatía.

-¡Hola, Virgen !-exclamó.-¡Hola, Charley! &Qué os ocurre? ¿Por qué ponéis esas caras cuando los ataúdes sólo valen tres on­zas de oro en polvo? ¡Venid y bebed! ¡Venid, todos, cadáveres insepultos y elegid vuestro veneno! Esta es mi noche y voy a correr !a gran juerga. Mañana cumpliré treinta años y seré un viejo. Es mi último adiós a la juventud. ¡Estáis conmigo? ¡Venid, pues !

-¡Aguarda, Davis!-gritó al croupier del faraón, que iba a levantarse de su silla.-Voy a jugar y veremos si beben todos a cuenta mía o a cuenta tuya.

Sacando un abultado saquito de oro en polvo, lo puso sobre la carta más alta.

-Cincuenta-dijo.

El croupier tiró dos cartas: La más alta ganó. En un trozo de papel anotó la cantidad y el pesador de !a taberna pesó oro en polvo por valor de cincuenta dólares, que echó en el saquito de Burning Daylight.

Había terminado el vals, y las tres parejas, seguidas del violi­nista y del pianista, que se dirigían al mostrador, fueron vistos por Daylight, quien gritó:

-¡Venid aquí! ¡Pedid lo que queráis! ¡Corre de mi cuenta! Es mi noche, y no es una noche que se repite con frecuencia... Venid, vagabundos, comedores de salmón. Esta es mi noche.

-Una noche de perros, una noche sarnosa-interpeló Charley.

-Tienes razón, muchacho-asintió Daylight alegremente.-Es una noche Sarnosa, pero es mi noche. Y yo soy el lobo sarnoso. Oid cómo aullo.

Y aulló como un lobo solitario en la inmensidad de la selva, hasta que la Virgen se tapó los oídos con sus lindas manos, es­tremeciéndose.

Un momento después se la llevaba, casi a rastras, a la sala de baile, donde tres parejas ya bailaban una contradanza de Vir. ginia, viva y animada. Hombres y mujeres bailaban en mocasi­nes; pronto el local fué todo bullicio y alegría, del que Daylight era el centro y el animador, con sus ocurrencias y bromas, ale­jando la tristeza en que lo había encontrado.

Su llegada cambió la atmósfera de la sala; parecía llenarla con su tremenda vitalidad. Los que entraban de la calle lo adver­tían al instante y en respuesta a sus preguntas, los mozos del mos­trador contestaban comprensivamente: “Burning Daylight está de juerga".

Y los que entraban se quedaban, y pedían otra copa. Los juga­dores se animaban, llenándose pronto las mesas, oyéndose el mo­nótono rodar de la bolita en la ruleta y el chasquido de las fi­chas por encima del rumor de las conversaciones, carcajadas y blasfemias.

Eran muy pocos los que conocían a Elam Harnish por otro nombre que el de Burning Daylight ''es de día" o, si se quiere, "aurora radiante'% apodo que le habían dado por su costumbre do hacer levantar a sus compañeros al amanecer, diciéndoles que ya era pleno día, es decir, que no desperdiciaran aquellas horas de trabajo.

De entre los pioneros de aquella región ártica y salvaje, donde todos los hombres eran pioneros, se le consideraba como uno de los más antiguos, es decir, primeros. Hombres como Al Mayo y Jack MacQuestion llegaron antes que él, pero llegaron cruzando las Montañas Rocosas desde la región de Hudson Bay al Este.

El, por el contrario, fué el pionero, el primero que atravesó los desfiladeros de Chilcoot y de Chileat. En la primavera de 1883, doce años atrás, cuando tenía dieciocho, atravesó el Chilcoot con cinco camaradas. En otoño lo atravesó de nuevo en en viaje de regreso, con uno sólo. Los otros cuatro habían perecido en las desoladas inmensidades árticas. Y durante doce años Elam Har­nish había seguido buscando oro entre las sombras del Círculo polar ártico.

Nadie había seguido buscándolo con tanta obstinación y resis­tencia. Había ido creciendo desarrollándose coa la región; no conocía otra. La civilización era, para él, como un sueño de otra vida. Campamentos como Porty Mile y Circle City eran, para él, metrópolis. Y no sólo había crecido, se había desarrollado, al mis• mo tiempo que la región, sino que había contribuido a su desarro-llo. Había creado historia y geografía, y los que le siguieron re­lataron sus proezas y pusieron en el mapa los senderos que sus pies habían trazado.

Los héroes no suelen rendir culto a otros héroes, pero entre los de aquella tierra virgen, y a pesar de su juventud, se le conside- raba como un héroe anterior. Había llegado el primero; reco­nocían además, que era el primero por sus hechos y su resisten­cia física. Era un valiente, un hombre leal y honrado.

Donde la vida es un azar que se juega sin darle importancia, los hombres se hacen jugadores por distracción y por relajación. En el Yukon se jugaba la vida por el oro, y los que encontraban oro se lo jugaban después. Elam Harnish no era una excepción. Era un hombre entre los hombree, y el instinto de jugarse la vida era en él fuerte y poderoso; el ambiente había determinado la forma en que había de jugársela.

Nació en una granja en Iowa; su padre emigró a Oregón, don­de Elam pasó la infancia entre mineros. No había visto más que luchas tremendas en pos de grandes objetivos. La audacia y la resistencia eran elementos de importancia en el juego, pero la diosa Suerte daba las cartas. El trabajo honrado para obtener re­sultados seguros pero escasos, no servía. Un hombre jugaba fuer­te, arriesgaba el todo por el todo, y si no lo conseguía todo, juz­gaba que había perdido. Así, durante doce años, Elam había es­tado perdiendo. Cierto era que Moosehide Creek rindió veinte mil dólares el verano pasado, y que aun quedaban por extraer unos veinte mil más. Pero, como él mismo proclamaba, eso no era sino reintegrarse de su puesta. Durante doce años había estado apos­tando su vida, y cuarenta mil dólares eran escasa ganancia en proporción: el precio de una noche, unas copas y un baile, en el Tivoli, o una juerga en invierno en Cirele City, y un equipo y provisiones para el año próximo.

Los hombres del Yukon habían invertido la antigua máxima, diciendo: "Difícil de adquirir, fácil de gastar". Terminada la danza, Elam invitó de nuevo a beber a la concurrencia. Cada co­pa costaba un dólar; el oro en polvo se tasaba a razón de dieci­séis dólares la onza; treinta concurrentes aceptaron la invita­ción, que se repitió entre danza y danza, siempre a sus expensas.

Era su noche y no podía consentir que nadie pagase nada. Y no es que Elam Harnish fuese bebedor. El whisky no le decía nada. Era demasiado fuerte y ecuánime para someterse a la esclavitud del alcohol. Pasaba meses seguidos en marcha por los caminos y los ríos sin beber más que café, y en una ocasión estuvo todo un año sin ni siquiera probarlo. Pero era hombre gregario, sociable, y como la única expresión social del Yukon era la taberna, se expresaba de esa manera. Cuando niño en los campamentos mine­ros del Oeste, había visto que los hombres así lo hacían. Y para él era la manera más apropiada de comportarse socialmente: no conocía otra.

A pesar de vestir como los demás que se hallaban en el Tívoli, su figura se destacaba de manera impresionante.

Llevaba mocasines de piel de ante, bordados a estilo indio; pantalones del tipo usado en las regiones árticas, y un chaque­tón cortado de una manta. Grandes y largos guantes de cuero, forrados de lana, le pendían de un costado, sujetos por una tira pasada alrededor del cuello y por encima de los hombros. Llevaba gorra de piel con las orejeras levantadas y las cintas sin anu­dar. Su rostro largo y delgado, un tanto hundido bajo los pómu­los, parecía casi el de un indio; contribuían a este efecto la piel curtida y los ojos negros, aunque la piel bronceada y los ojos mismos eran esencialmente los de un blanco. Parecía tener más de treinta años; sin embargo, afeitado y sin arrugas, tenía aire juvenil. Reflejaba su edad más bien lo que había sufrido y resistido, mucho más de lo que la mayoría de los hombres. Había vivido intensamente, y algo de todo ello se reflejaba en su mirada ardiente como también vibraba en su voz, y parecía estar cuchi­cheando continuamente en sus labios.

Los labios mismos eran delgados, con tendencia a cerrarse en línea firme sobre !os dientes regulares y blancos; pero atenuaba la sensación de dureza la curva de sus comisuras, que los torna­ba afables, como las diminutas patas de gallo daban alegría a sus ojos. Nariz delicada y proporcionada al rostro; la alta fren­te, para compensar su estrechez, espléndidamente abombada y simétrica. El cabello, corriendo parejas con la semejanza india, era negro y tenía el brillo revelador de una salud perfecta.

-Burning Daylight está aprovechándose de la luz artificial­rió MacDonald, al oir las risas y los gritos de los bailarines. -Y es el más indicado para hacerlo, ¿eh, Luis?-dijo Olaf Henderson.

-Bien puedes decirlo-asintió Luis el Francés,-ese muchacho tiene un corazón de oro.

-Y cuando el Todopoderoso pase su alma por los lavaderos— interrumpió .MacDonald,-tendrá que añadir grava...

-¡Bien dicho l-exclamó Olaf Henderson, mirando al jugador con admiración.

-¡Muy bien dicho !-asintió Luis,-y opino que para celebrarlo hay que remojarlo con una copa, ¿eh?

CAPITULO II
Eran las dos de la madrugada cuando los bailarines decidieron descansar media hora para tomar un refrigerio. En ese momento Jack Kearns sugirió jugar una partida de póker.

Jack era un hombretón que, con Bettles, había intentado fun­dar una factoría en las fuentes del Koyokuk, muy dentro del Círculo polar ártico, con desastrosos resultados., Tras el fracaso, limitóse a cuidar las que ya tenía en Forty Mile y Sixty Mile, cambiando el giro de sus actividades, montando un aserradero y fletando un barquito para la navegación fluvial.

Transportaban el aserradero en trineo, indios y perros, y llega­ría al Yukon a principios de verano, después del deshielo. Muy entrado el verano, cuando el mar de Bering y las fuentes del Yukon quedaran despejadas de hielo, el barquito, anclado en San Michaels, subiría por el río cargado hasta los topes de provisiones.

Jack Kearns propuso una partida de póker. Luis, Dan MacDo­nald y Hal Campbell-que había descubierto un filón en Moose­hide-o sea los tres que no bailaban porque no había bastantes muchachas para todos, aceptaron la sugerencia. Buscaban un quinto catando Burning Daylight ealió de la sala de baile, del brazo de la Virgen y seguido de los bailarines. En respuesta al saludo de los jugadores, se acercó a la mesa.

-Queremos que tomes parte en la partida-dijo Campbell.­¿Cómo estás de suerte?

-Esta noche me acompaña-contestó Daylight con entusiasmo y al mismo tiempo no. 'ó que la Virgen, con una ligera presión, le -advertía algo. Ella quería llevárselo a la sala de baile.-Estoy de suerte, pero prefiero bailar. No tengo ganas de desplumaros.

Nadie insistió. Aceptaron su negativa como definitiva, y la Virgen le tiraba del brazo para llevario junto a los bailarines que iban a tomar un resopón. De pronto Daylight cambió de opi­nión, no porque no quisiera bailar ni contrariar a la Virgen, sino porque la insistente presión en el brazo le había hecho reaccionar, rebelándose. No quería que ninguna mujer le dominase.

Favorito de las mujeres, no por ello les daba demasiada impor. tancia. Eran juguetes, parte de la distracción tras una temporada de dura lucha por la vida. Las aceptaba como aceptaba él whisky y el juego; por experiencia sabía que era más fácil ale­jarse de estas dos últimas cosas que de una mujer, si se dejaba prender en sus redes.

Era esclavo de sí mismo pero se rebelaba, asustado o furioso, ante la posibilidad de convertirse en esclavo de alguien. La dulce esclavitud del amor parecíale incomprensible. Los enamorados que él había visto le parecían locos, y la locura era una cosa que a su juicio, no valía la pena de analizar.

Pero la camaradería, la amistad, entre hombres era muy dis­tinta al amor por una mujer: no había servidumbre, era parte del trabajo cotidiano, convenio leal entre quienes no se perseguían mutuamente, sino que compartían los riesgos y las penalidades de los caminos, ríos y montañas, en la persecución de la vida y de las riquezas. Hombres y mujeres se perseguían mutuamente; uno de los dos tenía que doblegar su voluntad ante la deI otro.

Entre camaradas era diferente: no había esclavitud; y aunque él, por razón de su fortaleza extraordinaria, daba más de lo que recibía, su contribución de trabajo y esfuerzo heroico era gene­rosa y espontánea.

Caminar días seguidos, cruzando desfiladeros en pleno hura. cán o pantanosas regiones infectadas de mosquitos, llevando do­ble carga para aliviar la de un compañero, no implicaba obliga- ción ni injusticia. Cada cual hacía lo que podía. Era lo esen­cial. Unos hombres eran más fuertes que otros, ciertamente; pero mientras cada cual hiciera lo que pudiera, se cumplían las reglas del compañerismo y de la justicia.

Con las mujeres... era muy distinto. Las mujeres daban poco y lo exigían todo. Las mujeres dominaban a los hombres en cuanto éstos se descuidaban. Por ejemplo, la Virgen bostezaba con peligro de desencajársela los maxilares cuando él entró, pero se mostró animadísima y encantada cuando él le propuso un baile. Un baile, pero simplemente porque él bailó dos o tres veces con ella, ya se creía con derecho a apretujarle el brazo cuando lo proponían una partida de póker.

Eran las faldas, el dominio, la primera de las imposiciones que le esperaban, si cedía. No es que no fuese una muchacha agrada­ble, sana y guapa, excelente bailarina y camarada, pero asi y todo, era mujer, con el instinto femenino de dominarle, atarle de pies y manos para marcarle como cosa suya. Valía más el pó­ker. Además, a él le gustaba tanto el póker como el bailar.

Resistió la presión en su brazo, y dijo: -Me dan ganas de desplumaros a todos.

Otra vez el tirón en su brazo. La muchacha intentaba domi narle. Por una fracción de segundo, fué un salvaje preso de mie- do y de ganas de matar. Durante un espacio infinitesimal de tiempo, fué un tigre furioso y aterrado ante la aprehensión del lazo. De haber sido simplemente un salvaje, habría huido frené, ticamente de la sala o se habría lanzado sobre la mujer, des­trozándola. Pero en aquel instante despertaron en su interior los siglos de disciplina, por medio de las cuales el hombre se había convertido en un animal social inadecuado. El tacto y la bondad se impusieron en él y con una sonrisa en los ojos dijo a la Virgen:

-Ve a tomar un bocado. Yo no tengo ganas. Luego volvere- mos a bailar; la noche aun es joven. Anda, ve a comer, muchacha. Burning Daylight se desasió de su brazo, le dió una palmada en el hombro, volviéndose al mismo tiempo hacia los jugadores:

-Si jugamos sin límite, soy de los vuestros.

-No hay más límite que el techo-dijo Jack Kearns, -Sin techo.

Elam Harnish se dejó caer en la silla vacante, empezó a sacar su saquito de oro en polvo y luego cambió de parecer. La Vir. gen hizo un ligero mohín; después siguió a los otros bailarines. 're traeré un emparedado, Daylight-le dijo.

El asintió con la cabeza.. Había escapado del lazo sin herir los sentimientos de la muchacha.

-Juguemos con fichas-sugirió.-Es decir, si os parece... -Conforme-contestó Hal Campbell.

-Las mías valen quinientos dólares.

-Las mías también - respondió- Harnish, mientras los otros anunciaban los valores que ponían a las suyas; Luis el Francés, el más modesto, asignó cien dólares a cada una de las suyas.

En Alaska no había a la sazón ni granujas ni jugadores de ventaja. Se jugaba honradamente, con mutua confianza. La pa. labra de un hombre valla tanto como su oro. Una ficha era una pieza oblonga de pasta, que probablemente valía un centavo; pe­ro cuando un jugador la empleaba valuándola en quinientos dó. lares, como quinientos dólares se aceptaba, y el ganador sabía que el emisor la redimiría con el equivalente de quinientos dóla­res de oro en polvo pesado en la balanza.

Como las fichas eran de diferentes colores, era fácil identifi­car a quién pertenecían. Además, en aquellos tiempos primitivos del Yukon, nadie soñaba en jugar dinero a la vista. Un hombre valía por lo que poseía, fuera cual fuera la clase y situación de sus posesiones.

Harnish cortó, y le correspondió dar las cartas. Juzgándolo de buen augurio, y mientras barajaba las cartas, ordenó a los ca­mareros que sirvieran de beber a los concurrentes.

Al dar la primera carta a Dan MacDonald, a su izquierda, ex­clamó:

-¡Sus, malemutos, perros lobos! ¡Whoop-la! ¡Corred y reven­tad las cinchas! ¡Vamos a Helen Breakfast! Nos esperan endia­bladas pendientes esta noche antes de llegar a nuestro destino. Y alguien caerá en el camino.

Comenzado el juego, deslizóse sin apenas conversación, en un silencio que contrastaba con la algarabía que les rodeaba y que Elam Harnish había empezado. Más mineros iban llegando al Tívoli. Cuando Burning Daylight estaba de juerga, todos que­rian participar en ella. La sala de baile estaba llena. Debido a la falta de suficientes muchachas, muchos de los hombres se anuda­ban un pañuelo al brazo como femenil señal, bailando con sus compañeros. Las mesas de juego estaban atestadas y las voces de los que hablaban frente a la barra del mostrador, se mezcla­ban con el monótono ruido de las fichas y el del incesante rodar de la bolita de marfil de la ruleta. Todo presagiaba una noche típica del Yukon.

En la mesa de póker, la suerte variaba monótonamente, indeci. sa, no presentándose buenas jugadas; y como resultado, se apos­taba fuerte en combinaciones de escaso valor. Una escalera valió a Luis el Francés, cinco mil dólares, contra dos pares de Campbell y de Jack. Un pozo de ochocientos dólares se ganó con una pare­ja. Harnish aceptó un envite de Kearns, de dos mil dólares sin carta que lo justificase; cuando ambos enseñaron sus cartas, re­sultó que Kearns había envidado con un color sin completar y Harnish había aceptado el envite con un par de sotas.

Pero a las tres de la madrugada empezaron a salir combinacio­nes importantes. Llegaba el momento esperado para todo buen jugador de póker. La noticia circuló rápidamente por la sala. Los mirones se pusieron tensos; los que estaban apartados de la mesa se acercaron silenciosamente, los jugadores de otras mesas aban donaron los juegos, y hasta la sala de baile quedó desierta; un centenar de personas se apiñó en torno a la mesa, en grupo com­pacto y silencioso.

Hablase empezado a envidar fuerte, y continuaba envidándose, antes del descarte. Kearns había dado, y Luis- siendo mano, ha­bía abierto el pozo con una ficha, es decir, en su caso, con cíen dólares; Campbell había simplemente querido. Pero Elam Harnish, que le seguía, había subido quinientos, diciendo a MacDonald que le tenía compasión.

MaeDonald, mirando sus cartas, puso en el pozo mil dólares. Jack Kearns, tras larga deliberación, quiso; costóle a Luis nove cientos dólares más el seguir jugando. Campbell hubo de añadir igual cifra, pero después de hacerlo, con general sorpresa su mentó en mil más.

-¡Por fin habéis llegado a la cuesta!-observó Harnish, cu- briendo los mil quinientos y subiendo mil más a su vez.-El dia­blo nos espera arriba, y podéis precaveros.

-Vamos a ver a ese personaje-aceptó MacDonald, cubriendo la puesta y añadiendo mil dólares.

Entonces fué cuando los jugadores comprendieron que había combinaciones de importancia, es decir, que había llegado el mo­mento culminante. Aun cuando sus facciones no reflejaban nin, guna expresión, adivinábase la tensión, precisamente por el es­fuerzo en aparentar indiferencia.

Hal Campbell demostraba su habitual cautela; MaeDonald si mulaba un aíre benévolo, aunque un tanto exagerado; Jack Kearns tenía un aire frío y desapasionado, y Elam Harnish apa­recía tan jovial y bromista como siempre.

En el centro de la mesa, el montón de fichas ascendía ya a once mil dólares.

-Se me han acabado las fichas-observó Jack lastimeramente, -Tendréis que aceptarme vales.

-Me alegro de que te decidas a seguir-fué la cordial respues­ta de MaeDonald.

-Aun no me he decidido, pero llevo apostados mil dólares. ¡Cómo va el pozo?

-Te costará tres mil ver las cartas; pero nadie se opone a que subas.

-¡Que suba el diablol Sin duda crees que tengo tan buenas cartas como tú.-Kearns miró sus cartas.-Pero... te diré una cosa. Tengo una corazonada y... ¡van los tres mill

Escribió la cantidad en un papel, firmando con su nombre, y lo añadió al montón del pote.

Todas las miradas se concentraron en Luís, quien examinó ner­viosamente sus cartas, hasta decidirse súbitamente­

-¡ Me voy ¡¡Yo no tengo ninguna corazonada l

Y con sentimiento tiró sus cartas entre las del descarte. Inmediatamente la atención general se fijó en Campbell. -No quiero atropellarte, Jack-dijo, limitándose a añadir los dos mil dólares requeridos.

Harnish escribió en un trozo de papel que echó en el centro de la mesa, diciendo

-Voy con mil dólares más- Aquí es donde envido a tus bue­nas cartas, Mac.

MacDonald replicó:

-Loa envites me engordan, y van esos mil más- ¡Todavía tie­nes esa corazonada, Jack?

-Todavía tengo esa corazonada-murmuró Jack Kearns mi­rando sus cartas.-Y no me echo atrás; pero antes habéis de saber mi posición. Poseo el vapor "Bella" que vale veinte mil dó­lares, y Sixty Mile, con cinco mil de provisiones en sus almacenes. Además, un aserradero. ¡Vale?

-Vale-declaró Daylight.-Y ya que hablamos de eso, mencio­naré de pasada que tengo veinte mil más enterrados aun en Moo­sehide. Campbell, tú conoces la mina, ¡es cierto lo que digo? -¡Quién lo duda, Daylight?

-¡Cuánto cuesta el seguir?-preguntó Kearns. -Dos mil dólares por ver las cartas.

-Si sigues, te desplumamos-le advirtió Daylight.

-Es que mi corazonada es de las buenas-replicó Jack, aña­diendo su nota de dos mil dólares al creciente pozo.

-Yo no tengo ninguna corazonada, pero tengo unas cartas bas­tante buenas-anunció Campbell, al añadir su nota;-pero no para envidar mucho más-

-Pues las mías sí-declaró Daylight, firmando otra nota.­Acepto el envite-

La Virgen, en pie detrás de él, pasando el brazo por encima de Daylight, cogió sus cartas, mirándolas ocultamente, acercándoselas al pecho.

Vió tres Kamas y un par de ochos, pero nadie pudo adivinarlo por la expresión de su rostro, cuyas facciones parecían esculpi­das en piedra.

No hizo gesto alguno, ni antes ni después de verlas, aunque los jugadores clavaron en ella la mirada. Dejó de nuevo las car­tas sobre la mesa y, lentamente, los ojos de los jugadores se apartaron de su rostro sin haber sorprendido nada.

MaeDonald sonrió benévolamente-

-Voy, Daylight; pero subiremos dos mil más. ¿Cómo va esa corazonada, Jack?

Jack Kearns respondió:

-Todavía está vivita y coleando. Me estáis atropellando, pero he de cumplir con mi deber. Subo tres mil. Y tengo otra cora- zonada: que Daylight va a aceptar en envite también esta vez.

-¡Quién lo duda!-exclamó Daylight, después que Campbell hubo arrojado sus cartas al descarte, abandonando el juego. Voy con esos tres mil dólares y vamos a descartar.

En un silencio absoluto se hizo el descarte.

El pozo era ya de treinta y cuatro mil dólares, y posiblemen­te aun no se había terminado.

Pasmada de asombro, la Virgen vió que Daylight se quedaba las tres Kamas, descartando los dos ochos y pedía dos cartas, que ella no se atrevió a tocar.

Daylight tampoco las tocó, dejándolas de cara abajo sobre la mesa.

-¡Cartas?-preguntó Kearns a MacDonald. -Tengo lo necesario-fué la respuesta-

-Si quieres, puedes descartar-advirtióle Kearns- No; me basta lo que tengo-

Kearns se dió dos cartas a sí mismo, pero tampoco las miró- Harnish siguió sin levantar sus cartas-.

-Yo nunca envido ante una mano que no necesita descarte­dijo lentamente.-Empieza tú, Mac.

MaeDonald contó sus cartas cuidadosamente para asegurarse de que tenía las justas y en un trozo de papel escribió una cifra, poniéndolo en el pozo.

-Cinco mil dólares-dijo simplemente.

Jack Kearns miró las dos cartas que le habían servido al des­cartarse, contó las otras tres para disipar toda duda de que pu- diera tener más de cinco cartas, y escribió en un trozo de papel.

-Voy, Mac-dijo-y lo subiré un millar más para no dejar a Daylight fuera.

Todas las miradas se concentraron en Daylight. También miró su descarte y contó sus cinco cartas.

-Van los seis mil y cinco mil más-.. para ver si te dejo fuera, Jack.

-Y yo subo cinco mil más para colaborar a la buena obra de dejar a Jack fuera-declaró MaeDonald, con voz ligeramente ner- viosa y ronca.

Jack Kearns estaba pálido, y su mano temblaba escribiendo pero su voz no se alteró al anunciar:

-Subamos un poco más: cinco mil.

Daylight era ahora el centro de todas las miradas. Las lám. paras de petróleo proyectaban sus luces sobre su frente perlada de sudor. En las mejillas bronceadas habíasele agolpado la san­gre. Sus ojos chispeaban.

Pero su voz sonó firme como de costumbre, y su mano no tem. bló al firmar-

-Subo diez mil-dijo.-No es que yo tenga miedo de ti, Mac. Se trata de esa corazonada de Jack.

-Pues yo apoyo a mi corazonada con cinco mil más-repli­có MacDonald.-Yo tenía las mejores cartas antes del descarte, y supongo que aun las tengo.

-Puede que se trate de un caso en que una corazonada después del descarte es mejor que la corazonada anterior-observó Kearns. - Por tanto, el deber dicta: "Sube, Jack, sube el pozo" y yo, como buen chico, subo cinco mil más.

Daylight se reclinó en su silla y contempló las lámparas de pe­tróleo mientras calculaba en.voz alta.

-Aposté nueve mil antes del descarte, y luego veintiún mil, lo cual asciende a treinta mil. Me quedan diez mil.

Miró a Jack Kearns y dijo: -Subo esos diez mil.

-Puedes subir más, si quieres-respondió Kearns.-Tus perros valen cinco mil para este juego.

-Mis perros, no. Podéis ganarme mi oro en polvo y la mina, y el aserradero, y hasta la camisa; pero ni uno de mis perros. Simplemente pido que se vean las cartas.

MacDonald meditó largo tiempo. Nadie se movió ni cuchicheó. Los mirones estaban tensos de excitación. Reinaba un silencio ab­soluto. Tan sólo se oía la corriente de la gigantesca estufa y, des­de fuera, el aullido de los perros.

No se jugaba muy fuerte todas las noches en el Yukon, y esta era la partida más fuerte de toda la historia de la región. Finalmente el propietario del establecimiento habló:

-Si otro gana, tendrán que hipotecar el Tívoli. Los otros dos jugadores asintieron con la cabeza. -En consecuencia, yo también pido ver las cartas. Y MaeDonald añadió su nota por cinco mil dólares. Ninguno de ellos reclamó el pozo.

Simultáneamente, en medio de un silencio profundo, pusieron sus cartas boca arriba sobre la mesa.

Daylight descubrió cuatro Kamas y un as. MaeDonald, cuatro sotas y un as. Y Jack Kearns cuatro reyes y un as.

Jack Kearns, con un movimiento circular de su brazo, at?ajo hacia sí el pozo, temblando de contenida emoción.

Daylight cogió el as de su mano y lo tiró al lado del 'as de MacDonald, diciendo:

-Esto fué lo que me animó, Mac. Yo sabía que solamente los reyes podían ganarme, y él los tenia.

-¡Qué tenías tú?-preguntó, interesado, a Campbell.

-Un flush de cuatro, abierto a ambos lados; una buena mano.

-¡Ya lo creol Podías haber buscado un flush entero.

-Eso pensaba-dijo Campbell tristemente.

-Me costó seis mil dólares antes de abandonar.

-Ojalá todos hubieseis pedido cartas-rió Daylight.

-Entonces no me habrían servido esa cuarta reina. Ahora tengo que aceptar el contrato del correo de Rawlins y ponerme en viaje hacia Dyea. ¡Cuánto has ganado, Jack?

Jack Kearns intentó contar sus ganancias, pero estaba dema­siado excitado.

Tranquilamente Daylight empezó a anotar los vales y fichas, sumando su total.

-Ciento veintisiete mil dólares-anunció.-Ahora sí que pue. des liquidar y marcharte a tu pueblo, Jack.

El ganador sonrió y movió afirmativamente la cabeza, incapaz de hablar, de la emoción.

-Os invitaría a beber-dijo MacDonald, pero... ya el Tívoli no es mío.

-Sí que lo es-replicó Kearns humedeciéndose los labios con la lengua.-Tu palabra vale tanto como una escritura por el tiempo que quieras. Pero yo pago lo que se beba.

-¡Pedid el veneno que queráis! ¡El ganador paga!-gritó Daylight, levantándose y cogiendo del brazo a la Virgen.-¡Va- mos a bailar todos l ¡La noche aun no se ha terminado l Y ma. ñana he de empezar mi nuevo trabajo, mañana firmaré el contra­to del transporte del correo- ¡Oye, Rawlins, conste que me hago cargo de tu contrato y marcharé mañana a las nueve! ¡Vamos a bailarl ¡Dónde está ese violinista?

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