Camilo Torres Restrepo – el cura guerrillero en la vida de gabo






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fecha de publicación10.04.2017
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Camilo Torres Restrepo – el cura guerrillero - en la vida de GABO

Mi más asiduo condiscípulo desde el primer año en la Universidad Nacional fue Gonzalo Mallarino Botero, el único acostumbrado a creer en algunos prodigios de la vida que eran verdad aunque no fueran ciertos. Él fue quien me enseñó que La facultad de derecho no era tan estéril como yo pensaba, pues desde el primer día me sacó de la clase de estadística y demografía, a las siete de la madrugada, y me desafió a un duelo personal de poesía en el café de la ciudad universitaria. En las horas muertas de la mañana recitaba de memoria los poemas de los clásicos españoles, y yo le correspondía con poemas de los jóvenes colombianos que habían abierto fuego contra los coletazos retóricos del siglo anterior.

Un domingo me invitó a su casa, donde vivía con sus hermanas y hermanos, en un ambiente de tensiones fraternales como las de mi casa paterna. Víctor, el mayor, era ya un hombre de teatro completo, y un declamador reconocido en el ámbito de la lengua española. Desde que escapé a la tutela de mis padres no volví a sentirme nunca como en mi casa, hasta que conocí a Pepa Botero, la madre de los Mallarino, una antioqueña sin desbravar en la médula hermética de la aristocracia bogotanas. Con su inteligencia natural y su habla prodigiosa tenía la facultad inigualable de conocer el sitio justo en que las malas palabras recobran su estirpe cervantina. Eran tardes inolvidables, viendo atardecer sobre la esmeralda sin límites de la sabana, al calor del chocolate perfumado y las almojábanas calientes. Lo que aprendí de Pepa Botero, con su jerga destapada, con su modo de decir las cosas de la vida común, me fue invaluable para la nueva retórica de la vida real.

Otros condiscípulos afines eran López Guerra y Álvaro Vidal Varón, que ya habían sido mis cómplices en el Liceo de Zipaquirá. Sin embargo, en la universidad estuve más cerca de Luis Villar Borda y Camilo Torres Restrepo, que hacían con la uñas y por amor al arte el suplemento literario de La Razón, un diario casi secreto que dirigía el poeta y periodista Juan Lozano y Lozano. Los días de cierre me iba con ellos a la redacción y les daba una mano en las emergencias de última hora. Algunas veces coincidí con el director, cuyos sonetos admiraba y más aún las semblanzas de personajes nacionales que publicaba en la revista Sábado. Él recordaba con cierta vaguedad la nota de Ulises sobre mí, pero no había leído ningún cuento, y me escabullí del tema porque estaba seguro de que no le gustarían. Desde el primer día me dijo al despedirse que las páginas de su periódico estaban abiertas para mí, pero lo tomé solo como un cumplido bogotano. En el café Asturias, Camilo Torres Restrepo y Luis Villar Borda, condiscípulos míos en la facultad de derecho, me presentaron a Plinio Apuleyo Mendoza, que a sus dieciséis años había publicado una serie de prosas líricas, el género de moda impuesto en el país por Eduardo Carranza desde las páginas literarias de El Tiempo. Era de piel curtida, con un cabello retinto y liso, que acentuaba su buena apariencia de indio. A pesar de su edad había logrado acreditar sus notas en el semanario Sábado, fundado por su padre, Plinio Apuleyo Neira, antiguo ministro de la Guerra y un gran periodista nato que tal vez no escribió una línea completa en toda su vida. Sin embargo, enseñó a muchos a escribir las suyas en periódicos que fundaba a todo bombo y abandonaba por altos cargos políticos o para fundar otras empresas enormes y catastróficas. Al hijo no lo vi más de dos o tres veces por aquella época, siempre con condiscípulos míos. Me impresionó que a su edad razonaba como un anciano, pero nunca se me hubiera ocurrido pensar que años después íbamos a compartir tantas jornadas de periodismo temerario, pues todavía no se le había ocurrido el embeleco del periodismo como oficio, y como ciencia me interesaba menos que la del derecho. (…) hasta entonces sólo me había arriesgado con la poesía: versos satíricos en la revista del colegio San José y prosas líricas o sonetos de amores imaginarios a la manera de Piedra y Cielo en el único número el periódico del Liceo Nacional. Poco antes, Cecilia González, mi cómplice de Zipaquirá, había convencido al poeta y ensayista Daniel Arango de que publicara una cancioncilla escrita por mí con seudónimo y en tipografía de siete puntos, en el rincón más escondido del suplemento dominical de El Tiempo. La publicación no me impresionó ni me hizo sentir más poeta de lo que era. En cambio, con el reportaje de Elvira tomé conciencia del periodista que llevaba dormido en el corazón, y me hice al ánimo de despertarlo.

Empecé a leer periódicos de otro modo. Camilo Torres y Luis Villar Borda, que estuvieron de acuerdo conmigo, me reiteraron el ofrecimiento de don Juan Lozano en sus páginas de La Razón, pero sólo me atreví con un par de poemas técnicos que nunca tuve como míos. Me propusieron hablar con Plinio Apuleyo Mendoza para la revista Sábado, pero mi timidez tutelar me advirtió que me faltaba mucho para arriesgarme con las luces apagadas en un oficio nuevo. Sin embargo, mi descubrimiento tuvo una utilidad inmediata, pues por esos días estaba enredado con la mala conciencia de que todo lo que escribía, en prosa o en verso, e incluso las tareas del Liceo eran imitaciones descaradas de Piedra y Cielo, y me propuse un cambio de fondo a partir de mi cuento siguiente. La práctica terminó por convencerme de que los adverbios de modo terminados en mente son un vicio empobrecedor. Así que empecé a castigarlos donde me salían al paso y cada vez me convencía más que aquella obsesión me obligaba a encontrar formas más ricas y expresivas. Hace mucho tiempo que en mis libros no hay ninguno, salvo en alguna cita textual. No sé, por supuesto, si mis traductores han detectado y contraído también, por razones de su oficio, esa paranoia de estilo.

La amistad con Camilo Torres y Villar Borda rebasó muy pronto los límites de las aulas y la sala de redacción y andábamos más tiempo juntos en la calle que en la universidad. Ambos hervían a fuego lento en un inconformismo duro por la situación política y social del país. Embebido en los misterios de la literatura yo no intentaba siquiera comprender sus análisis circulares y sus premoniciones sombrías, pero las huellas de su amistad prevalecieron entre las más gratas y útiles de aquellos años.

En las clases de la universidad, en cambio, encallado. Siempre lamenté mi falta de devoción por los méritos de los maestros de grandes nombres que soportaban nuestros hastíos. Entre ellos Alfonso López Michelsen, hijo del único presidente colombiano reelegido en el siglo XX, y creo que de allí venía la impresión generalizada de que también él estaba predestinado a ser presidente por nacimiento, como en efecto lo fue. Llegaba a la cátedra de introducción al derecho con una puntualidad irritante y unas espléndidas chaquetas de casimir hechas en Londres. Dictaba su clase sin mirar a nadie, con ese aire celestial de los miopes inteligentes que siempre parecen andar a través de los sueños ajenos. Sus clases me parecían monólogos de una sola cuerda como lo era para mí cualquier clase que no fuera poesía, pero el tedio de su voz tenía la virtud hipnótica de un encantador de serpientes. Su vasta cultura literaria desde entonces un sustento cierto, y sabía usarla por escrito y de viva voz, pero sólo empecé a apreciarla cuando volvimos a conocernos años después y hacernos amigos ya lejos del sopor de la cátedra. Su prestigio de político empedernido se nutría de su encanto personal casi mágico y de su lucidez peligrosa para descubrir las segundas intenciones de la gente. Sobre todo de la que quería menos. Sin embargo, su virtud más distinguida de hombre público fue su poder asombroso para crear situaciones históricas con una sola frase.

Con el tiempo logramos una buena amistad, pero en la universidad no fui el más asiduo y aplicado, y mi timidez irredimible mantenía una distancia insalvable, en especial con la gente que admiraba. Por todo esto me sorprendió tanto que me llamara al examen final de primer año, a pesar de mis faltas de asistencia que me habían merecido una reputación de alumno invisible. Apelé a mi viejo truco de desviar el tema con recursos retóricos. Me di cuenta que el maestro era consciente de mi astucia, pero tal vez la apreciaba como un recreo literario. El único tropiezo fue que en la agonía del examen fue la palabra prescripción y él se apresuró a pedirme que la definiera para asegurarse de que yo sabía de qué estaba hablando.

--Prescribir es adquirir una propiedad por el transcurso del tiempo –le dije.

Él me preguntó de inmediato:

--¡Adquirirla o perderla?

Era lo mismo pero no se lo discutí por mi inseguridad congénita, y creo que fue una de sus célebres bromas de sobremesa, porque en la calificación no me cobró la duda.

Años después le comenté el incidente y no lo recordaba, por supuesto, pero entonces ni él ni yo estábamos seguros siquiera de que el episodio fuera cierto.

Ambos encontramos en la literatura un buen remanso para olvidarnos de la política y los misterios de la prescripción, y en cambio descubrimos libros sorprendentes y escritores olvidados en conversaciones infinitas que a veces terminaron por desbaratar visitas y exasperar a nuestras esposas. Mi madre me había convencido de que éramos parientes, y así era. Sin embargo, mejor que cualquier vínculo extraviado nos identificaba nuestra pasión común por los cantos vallenatos.

Otro maestro excelente, Diego Montaña Cuéllar, era el reverso de López Michelsen, con quien parecía tener una rivalidad secreta. López como un liberal travieso y Montaña Cuéllar como un radical de izquierda. Sostuve con éste una buena relación fuera de la cátedra, y siempre me pareció que López Michelsen me veía como un pichón de poeta y en cambio Montaña Cuéllar me veía como un buen prospecto para su proselitismo revolucionario.

De manera sorpresiva, Camilo Torres me manifestó la decisión de acoger definitivamente la carrera sacerdotal y fue su modo de decírmelo que ya se había despedido de su novia y que ella celebraba su decisión. Después de una tarde enriquecedora me hizo un regalo indescifrable: El origen de las especies, de Darwin. Me despedí de él con la rara certidumbre de que era para siempre.

Lo perdí de vista mientras estuvo en el seminario. Tuve noticias vagas de que se había ido a Lovaina para tres años de formación teológica, de que su entrega no había cambiado su espíritu estudiantil y sus maneras laicas, y de que las muchachas que suspiraban por él lo trataban como un actor de cine desarmado por la sotana.

Diez años después, cuando regresó a Bogotá, había asumido en cuerpo y alma el carácter de su investidura pero conservaba sus mejores virtudes de adolescente. Yo era entonces escritor y periodista sin título, casado y con un hijo, Rodrigo, que había nacido el 24 de agosto de 1959 en la clínica Palermo de Bogotá. En familia decidimos que fuera Camilo quien lo bautizara. El padrino sería Plinio Apuleyo Mendoza, con quien mi esposa y yo habíamos contraído desde antes una amistad de compadres. La madrina fue Susana Linares, la esposa de Germán Vargas, que me había transmitido sus artes de buen periodista y mejor amigo. Camilo era más cercano de Plinio que nosotros, y desde mucho antes, pero no quería aceptarlo como padrino por sus afinidades de entonces con los comunistas, y quizás también por su espíritu burlón que bien podía estropear la solemnidad del sacramento. Susana se comprometió a hacerse cargo de la formación espiritual del niño, y camilo no encontró o no quiso encontrar otros argumentos para cerrarle el paso al padrino.

El bautizo se llevó a cabo en la capilla de la clínica Palermo, en la penumbra helada de las seis de la tarde, sin nadie más que los padrinos y yo, y un campesino de ruana y alpargatas que se acercó como levitando para asistir a la ceremonia sin hacerse notar. Cuando Susana llegó con el recién nacido, el padrino incorregible soltó en broma la primera provocación:

--Vamos a hacer de este niño un gran guerrillero.

Camilo, preparando los bártulos del sacramento, contraatacó en el mismo tono: <>. E inició la ceremonia con decisión del más grueso calibre, inusual por completo en aquellos años: --Voy a bautizarlo en español para que los incrédulos entiendan lo que significa este sacramento.

Su voz resonaba con un castellano altisonante que yo seguía a través del latín de mis tiernos años de monaguillo en Aracataca. En el momento de la ablución, sin mirar a nadie, Camilo inventó otra fórmula provocadora: --Quienes crean que en este momento desciende el Espíritu Santo sobre esta criatura, que se arrodillen.

Los padrinos y yo permanecimos de pie y quizás un poco incómodos por la marrullería del cura amigo, mientras el niño berreaba bajo la ducha de agua yerta. El único que se arrodilló fue el campesino de alpargatas. El impacto de este episodio se me quedó como uno de los escarmientos severos de mi vida, porque siempre he creído que fue Camilo quien llevó al campesino con toda premeditación para castigarnos con una lección de humildad. O, al menos, de buena educación.

Volví a verlo pocas veces siempre por alguna razón válida y apremiante, casi siempre en relación con sus obras de caridad en favor de los perseguidos políticos. Una mañana apareció en mi casa de recién casado con un ladrón de domicilios que había cumplido su condena, pero la policía no le daba tregua: le robaban todo lo que llevaba encima. En cierta ocasión le regalé un par de zapatos de explorador con un dibujo especial en la suela para mayor seguridad. Pocos días después, la riada de la casa reconoció las suelas en la foto de un delincuente callejero que encontraron muerto en una cuneta. Era nuestro ladrón amigo.

No pretendo que ese episodio tuviera algo que ver con el destino final de Camilo, pero meses después entró al hospital militar para visitar a un amigo enfermo, y no volvió a saberse nada de él hasta que el gobierno anunció que había reaparecido como guerrillero raso en el Ejército de Liberación Nacional. Murió el 5 de febrero de 1966, a sus treinta y siete años, en un combate abierto con una patrulla militar.

Vivir para contarla

Con el corazón oprimido……………….Eloy Enrique Anaya Olivera Febrero de 2016

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