Dos conceptos de libertad 1






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independiente, no conformista hasta el extremo de la excentricidad,

etc.—, que la verdad puede encontrarse, y que este carácter

sólo puede desarrollarse en condiciones de libertad. Estas dos ideas

son ideas liberales, pero no son idénticas, y la conexión que existe entre

ellas es, en el mejor de los casos, empírica. Nadie defendería que

la verdad, la libertad y la expresión puedan florecer donde el dogma

aplaste todo el pensamiento. Pero las pruebas que proporciona la historia

tienden a mostrar (como, en efecto, sostuvo James Stephen en

el formidable ataque que hizo a Mili en su libro Libertad, igualdad,

fraternidad) que la integridad, el amor a la verdad y el ardiente individualismo

se desarrollan por lo menos con la misma frecuencia en

comunidades que están regidas por una severa disciplina, como, por

ejemplo, los calvinistas puritanos de Escocia o de Nueva Inglaterra,

o que están bajo la disciplina militar, que en sociedades que son más

tolerantes o indiferentes; y si esto es así, el argumento de Mili en favor

de la libertad como condición necesaria para el desarrollo del genio

humano cae por su base. Si sus dos metas resultasen ser incompatibles,

Mili se encontraría frente a un cruel dilema, además de las

otras dificultades originadas por la inconsecuencia que guardan sus

doctrinas con el utilitarismo estricto, incluso en la propia versión humanista

que tiene de él 6.

En segundo lugar, la doctrina de Mili es relativamente moderna.

Parece que en el mundo antiguo casi no hay ninguna discusión sobre

la libertad como ideal político consciente (a diferencia del mundo ac­

6 Esto no es más que otro ejemplo de la tendencia que tienen no pocos pensadores

a creer que todas las cosas que ellos consideran buenas tienen que estar íntimamente

relacionadas o, por lo menos, ser compatibles entre sí. La historia del pensamiento,

igual que la historia de las naciones, está sembrada de ejemplos de elementos inconsecuentes,

o por lo menos dispares, unidos artificialmente en un sistema despótico, o

reunidos por el miedo al peligro de un enemigo común. A su debido tiempo para este

peligro, y entonces surgen los conflictos que hay entre esos elementos, lo cual destroza

frecuentemente dicho sistema, a veces a beneficio de la humanidad.

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tual en que sí la hay). Ya había hecho notar Condorcet que la idea

de los derechos individuales estaba ausente de las ideas jurídicas de

los griegos y romanos, y esto parece ser igualmente válido para los

judíos, los chinos y otras civilizaciones antiguas que han salido a la

luz desde entonces 1. La dominación de este ideal ha sido más bien

la excepción que la regla, incluso en la reciente historia de Occidente.

Tampoco la libertad considerada en este sentido ha constituido

con frecuencia el gran grito de las manifestaciones de las grandes masas

de la humanidad. El deseo de que no se metan con uno y le dejen

en paz ha sido el distintivo de una elevada civilización, tanto por parte

de los individuos como por parte de las comunidades. El sentido

de la intimidad misma, del ámbito de las relaciones personales como

algo sagrado por derecho propio, se deriva de una concepción de la

libertad que, a pesar de sus orígenes religiosos, en su estado desarrollado

apenas es más antigua que el Renacimiento o la Reforma *. Sin

embargo, su decadencia marcaría la muerte de una civilización y de

toda una concepción moral.

La tercera característica de esta idea de libertad tiene mayor importancia.

Consiste en que la libertad, considerada en este sentido,

no es incompatible con ciertos tipos de autocracia o, en todo caso,

con que la gente no se gobierne a sí misma. La libertad, tomada en

este sentido, se refiere al ámbito que haya de tener el control, y no

a su origen. De la misma manera que una democracia puede, de hecho,

privar al ciudadano individual de muchas libertades que pudiera

tener en otro tipo de sociedad, igualmente se puede concebir perfectamente

que un déspota liberal permita a sus súbditos una gran medida

de libertad personal. El déspota que deja a sus súbditos un amplio

margen de libertad puede ser injusto, dar pábulo a las desigualdades

más salvajes o interesarse muy poco por el orden, la virtud o

el conocimiento; pero, supuesto que no disminuya la libertad de dichos

súbditos o que, por lo menos, la disminuya menos que otros

muchos regímenes, concuerda con la idea de libertad que ha especificado

Mili 7 *9. La libertad, considerada en este sentido, no tiene co­

7 Véase el valioso examen que se hace de esto en el libro Lefons d'histoire de la

philosophie du droit, de Michel Villey, que lleva hasta Occam el origen de la idea de

los derechos subjetivos.

* La creencia cristiana (judía y musulmana) en la autoridad absoluta de las leyes

naturales y divinas, y en la igualdad de todos los hombres a los ojos de Dios, es muy

diferente de la creencia en la libertad de vivir como se prefiera.

9 En efecto, es discutible que en la Prusia de Federico el Grande o en la Austria

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nexión, por lo menos lógicamente, con la democracia o el autogobierno.

Este, en general, puede dar una mayor garantía de la conservación

de las libertades civiles de la que dan otros regímenes, y como

tal ha sido defendido por quienes creen en el libre albedrío. Pero no

hay una necesaria conexión entre la libertad individual y el gobierno

democrático. La respuesta a la pregunta «quien me gobierna» es ló­

gicamente diferente de la pregunta «en qué medida interviene en mí

el Gobierno». En esta diferencia es en lo que consiste en último término

el gran contraste que hay entre los dos conceptos de libertad negativa

y libertad positiva ,0. El sentido «positivo» de la libertad sale

a relucir, no si intentamos responder a la pregunta «qué soy libre de

hacer o de ser», sino si intentamos responder a «por quién estoy gobernado»

o «quién tiene que decir lo que yo tengo y lo que no tengo

que ser o hacer». La conexión que hay entre la democracia y la libertad

individual es mucho más débil que lo que les parece a muchos

defensores de ambas. El deseo de ser gobernado por mí mismo o, en

todo caso, de participar en el proceso por el que ha de ser controlada

mi vida, puede ser tan profundo como el deseo de un ámbito libre de

acción y, quizá, históricamente, más antiguo. Pero no es el deseo,

de la misma cosa. En efecto, es tan diferente que ha llevado en último

término al gran conflicto ideológico que domina nuestro mundo.

Pues esta concepción «positiva» de la libertad —no el estar libre de

algo, sino el ser libre para algo, para llevar una determinada forma

prescrita de vida—, es la que los defensores de la idea de libertad «negativa»

consideran como algo que, a veces, no es mejor que el disfraz

engañoso en pro de una brutal tiranía. 10

dejóse II los hombres con imaginación, originalidad y genio creador, o, por supuesto,

las minorías de todo tipo, fuesen menos perseguidos y sintiesen menos la represión

de las instituciones y costumbres que en otras muchas democracias anteriores o posteriores.

10 La «libertad negativa» es algo cuya amplitud es difícil de estimar en un caso determinado.

A primera vista puede parecer que depende simplemente del poder que se

tenga para elegir, en todo caso, entre dos posibilidades. Sin embargo, no todas las decisiones

son igualmente libres, ni siquiera libres. Si en un estado totalitario yo traiciono

a un amigo mío bajo la amenaza de tortura, e incluso, quizá, si obro por miedo

a perder mi empleo, puedo decir con razón que no obre libremente. Por supuesto, en

ese caso yo tomé una decisión, y, por lo menos en teoría, podía haber elegido que me

mataran, me torturaran o me metieran en la cárcel, i.a mera existencia de dos posiblidades

no es, por unto, suficiente para hacer que mi acción sea libre (aunque puede

que sea voluntaria) en el sentido normal que tiene esu palabra. La amplitud de mi liberad

parece depender de lo siguiente: a) de cuántas posibilidades tenga (aunque el

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II

La idea de libertad «positiva»

El sentido «positivo» de la palabra «libertad» se deriva del deseo

por parte del individuo de ser su propio dueño. Quiero que mi vida

y mis decisiones dependan de mí mismo, y no de fuerzas exteriores,

sean éstas del tipo que sean. Quiero ser el instrumento de mí mismo

y no de los actos de voluntad de otros hombres. Quiero ser sujeto y

no objeto, ser movido por razones y por propósitos conscientes que

son míos, y no por causas que me afectan, por así decirlo, desde fuera.

Quiero ser alguien, no nadie; quiero actuar, decidir, no que decidan

por mí; dirigirme a mí mismo y no ser movido por la naturaleza

exterior o por otros hombres como si fuera una cosa, un animal

o un esclavo incapaz de representar un papel humano; es decir, concebir

fines y medios propios y realizarlos. Esto es, por lo menos, parte

de lo que quiero decir cuando digo que soy racional y que mi razón

es lo que me distingue como ser humano del resto del mundo.

Sobre todo, quiero ser consciente de mí mismo como ser activo que

método que haya para contarlas no pueda ser nunca más que un método basado en impresiones.

Las posibilidades de acción no son entidades separadas como manzanas,

que se puedan enumerar de una manera exhaustiva); b) de qué facilidad o dificultad

haya para realizar estas posibilidades; c) de qué importancia tengan éstas, comparadas

unas con otras, en el plan que tenga de mi vida, dados mi carácter y circunstancias;

d) de hasta qué punto estén abiertas o cerradas por los actos deliberados que ejecutan

los hombres; e) de qué valor atribuyan a estas varias posibilidades, no sólo el que va

a obrar, sino también el sentir general de la sociedad en que éste vive. Todas estas magnitudes

tienen que «integrarse», y de este proceso hay que sacar una conclusión, que

no es nunca necesariamente precisa ni indiscutible. Bien puede suceder que haya muchos

tipos y grados inconmensurables de libertad y que éstos no se puedan determinar

en una sola escala de magnitud. Más aún, en lo que se refiere a las sociedades nos

cnlrentamos con cuestiones (absurdas lógicamente) como esta: ¿aumentaría la situación

X la libertad del señor A más que la que tienen entre sí los señores B, C y D

sumados todos juntos? Estas mismas dificultades surgen aplicando criterios utilitarios.

Sin embargo, suponiendo que no pidamos una medida precisa, podemos dar razones

válidas para decir que el término de los súbditos del rey de Suecia son hoy día, en general,

mucho más libres que el término medio de los ciudadanos de España o de Albania.

Los modelos totales de vida hay que compararlos directamente en conjunto, aunque

sea difícil o imposible demostrar el método con el que hacemos esta comparación

y la verdad de las conclusiones que sacamos. Pero la vaguedad de los conceptos y la

multiplicidad de los criterios que van implicados en el objeto que tratamos, son atributos

de este mismo objeto, y no de nuestros métodos de medir o de nuestra incapacidad

de pensar con precisión.

202 Isaiah Berlín

piensa y que quiere, que tiene responsabilidad de sus propias decisiones

y que es capaz de explicarlas en función de sus propias ideas

y propósitos. Yo me siento libre en la medida en que creo que esto

es verdad y me siento esclavizado en la medida en que me hacen darme

cuenta de que no lo es.

La libertad que consiste en ser dueño de sí mismo y la libertad

que consiste en que otros hombres no me impidan decidir como quiera,

pueden parecer a primera vista conceptos que lógicamente no distan

mucho uno del otro y que no son más que las formas negativa y

positiva de decir la misma cosa. Sin embargo, las ¡deas «positiva»

y «negativa» de libertad se desarrollaron históricamente en direcciones

divergentes, no siempre por pasos lógicamente aceptables, hasta

que al final entraron en conflicto directo la una con la otra.

Una manera de aclarar esto es hacer referencia al carácter de independencia

que adquirió la metáfora del ser dueño de uno mismo,

que en sus comienzos fue, quizá, inofensiva. «Yo soy mi propio due­

ño»; «no soy esclavo de ningún hombre»; pero ¿no pudiera ser (como

tienden a decir los platónicos o los hegelianos) que fuese esclavo de

la naturaleza, o de mis propias «desenfrenadas» pasiones? ¿No son.

estas especies del mismo género «esclavo», unas políticas o legales y

otras morales o espirituales? ¿No han tenido los hombres la experiencia

de liberarse de la esclavitud del espíritu o de la naturaleza y

no se dan cuenta en el transcurso de esta liberación de un yo que domina,

por una parte, y por otra, de algo de ellos que es sometido?

Este yo dominador se identifica entonces de diversas maneras con la

razón, con mi «naturaleza superior», con el yo que calcula y se dirige

a lo que satisfará a largo plazo, con mi yo «verdadero», «ideal» o

«autónomo», o con mi yo «mejor», que se contrapone por tanto al

impulso racional, a los deseos no controlados, a mi naturaleza «inferior»,

a la consecución de los placeres inmediatos, a mi yo «empí­

rico» o «heterónomo», arrastrado por todos los arrebatos de los deseos

y las pasiones, que tiene que ser castigado rígidamente si alguna

vez surge en toda su «verdadera» naturaleza. Posteriormente estos

dos yos pueden estar representados como separados por una distancia

aún mayor: puede concebirse al verdadero yo como algo que es

más que el individuo (tal como se entiende este término normalmente),

como un «todo» social del que el individuo es un elemento o aspecto:

una tribu, una raza, una iglesia, un Estado, o la gran sociedad

de los vivos, de los muertos y de los que todavía no han nacido. Esta

entidad se identifica entonces como el «verdadero» yo, que impo­

Dos conceptos de libertad 203

niendo su única voluntad colectiva u «orgánica» a sus recalcitrantes

«miembros», logra la suya propia y, por tanto, una libertad «superior»

para estos miembros. Frecuentemente se han señalado los peligros

que lleva consigo usar metáforas orgánicas para justificar la coacción

ejercida por algunos hombres sobre otros con el fin de elevarlos

a un nivel «superior» de libertad. Pero lo que le da la plausibilidad

que tiene a este tipo de lenguaje, es que reconozcamos que es posible,
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