Dos conceptos de libertad 1






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Dos conceptos de libertad 193

me satisfacen mis necesidades como consecuencia de determinadas situaciones

que yo considero injustas e ilegítimas, hablaré de opresión

o represión económica. Rousseau dijo: «La naturaleza de las cosas

no nos enoja; lo que nos enoja es la mala voluntad.» El criterio de

opresión es el papel que yo creo que representan otros hombres en

la frustración de mis deseos, lo hagan directa o indirectamente, y con

intención de hacerlo o sin ella. Ser libre en este sentido quiere decir

para mí que otros no se interpongan en mi actividad. Cuanto más extenso

sea el ámbito de esta ausencia de interposición, más amplia es

mi libertad.

Esto es lo que querían decir los filósofos políticos ingleses clásicos

cuando usaban esta palabra s. No estaban de acuerdo sobre cuál

podía o debía ser la extensión del ámbito de esa libertad. Suponían

que, tal como eran las cosas, no podía ser ilimitada porque si lo fuera,

ello llevaría consigo una situación en la que todos los hombres podrían

interferirse mutuamente de manera ilimitada, y una clase tal de

libertad «natural» conduciría al caos social en el que las mínimas necesidades

de los hombres no estarían satisfechas, o si no, las libertades

de los débiles serían suprimidas por los fuertes. Como veían que

los fines y actividades de los hombres no se armonizan mutuamente

de manera automática, y como (cualesquiera que fuesen sus doctrinas

oficiales) valoraban mucho otros fines como la justicia, la felicidad,

la cultura, la seguridad o la igualdad en diferentes grados, estaban

dispuestos a reducir la libertad en aras de otros valores y, por

supuesto, en aras de la libertad misma. Pues sin esto era imposible

crear el tipo de asociación que ellos creían que era deseable. Por consiguiente,

estos pensadores presuponían que el ámbito de las acciones

libres de los hombres debe ser limitado por la ley. Pero igualmente

presuponían, especialmente libertarios tales como Locke y

Mili, en Inglaterra, y Constant y Tocqueville, en Francia, que debía

existir un cierto ámbito mínimo de libertad personal que no podía

ser violado bajo ningún concepto, pues si tal ámbito se traspasaba, el

individuo mismo se encontraría en una situación demasiado restrin- 5

versión más conocida de esta teoría, pero es también una parte importante de algunas

doctrinas cristianas y utilitaristas, y de todas las socialistas.

5 «Un hombre libre —dijo Hobbcs— es aquel que no tiene ningún impedimento

para hacer lo que quiere hacer.» La ley es siempre una «cadena», incluso aunque proteja

de estar atado por cadenas que sean más pesadas que las de la ley, como, por ejemplo,

una ley o costumbre que sea más represiva, el despotismo arbitrario, o el caos.

Bentham dijo algo muy parecido.

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gida, incluso para ese mínimo desarrollo de sus facultades naturales,

que es lo único que hace posible perseguir, e incluso concebir, los diversos

fines que los hombres consideran buenos, justos o sagrados.

De aquí se sigue que hay que trazar una frontera entre el ámbito de

la vida privada y el de la autoridad pública. Dónde haya que trazarla

es una cuestión a discutir y, desde luego, a regatear. Los hombres dependen

en gran medida los unos de los otros, y ninguna actividad humana

es tan completamente privada como para no obstaculizar nunca

en ningún sentido la vida de los demás. «La libertad del pez grande

es la muerte del pez chico»; la libertad de algunos tiene que depender

de las restricciones de otros. Y se sabe que otros han añadido:

«La libertad de un profesor de Oxford es una cosa muy diferente

de la libertad de un campesino egipcio.»

Esta proposición cobra su fuerza en algo que es al mismo tiempo

verdadero e importante, pero la frase misma sigue siendo una enga­

ñifa política. Es verdad que ofrecer derechos políticos y salvaguardias

contra la intervención del Estado a hombres que están medio desnudos,

mal alimentados, enfermos y que son analfabetos, es reírse de

su condición; necesitan ayuda médica y educación antes de que puedan

entender qué significa un aumento de su libertad o que puedan

hacer uso de ella. ¿Qué es la libertad para aquellos que no pueden

usarla? Sin las condiciones adecuadas para el uso de la libertad, ¿cuál

es el valor de ésta? Lo primero es lo primero. Como dijo un escritor

radical ruso del siglo XIX, hay situaciones en las que las botas son

superiores a las obras de Shakespeare; la libertad individual no es la

primera necesidad de todo el mundo. Pues la libertad no es la mera

ausencia de frustración de cualquier clase; esto hincharía la significación

de esta palabra hasta querer decir demasiado o querer decir muy

poco. El campesino egipcio necesita ropa y medicinas antes que libertad

personal, y más que libertad personal, pero la mínima libertad

que él necesita hoy y la mayor cantidad de la misma que puede que

necesite mañana no es ninguna clase de libertad que le sea peculiar a

él, sino que es idéntica a la de los profesores, artistas y millonarios.

A mí me parece que lo que preocupa a la conciencia de los liberales

occidentales no es que crean que la libertad que buscan los hombres

sea diferente en función de las condiciones sociales y económicas

que éstos tengan, sino que la minoría que la tiene la haya conseguido

explotando a la gran mayoría que no la tiene o, por lo menos,

despreocupándose de ella. Creen, con razón, que si la libertad individual

es un último fin del ser humano, nadie puede privar a nadie

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de ella, y mucho menos aún deben disfrutarla a expensas de otros.

Igualdad de libertad, no tratar a los demás como yo no quisiera que

ellos me trataran a mí, resarcimiento de mi deuda a los únicos

que han hecho posible mi libertad, mi prosperidad y mi cultura; justicia

en su sentido más simple y más universal: estos son los fundamentos

de la moral liberal. La libertad no es el único fin del hombre.

Igual que el crítico ruso Belinsky, yo puedo decir que si otros han

de estar privados de ella —si mis hermanos han de seguir en la pobreza,

en la miseria y en la esclavitud—, entonces no la quiero para

mí, la rechazo con las dos manos, y prefiero infinitamente compartir

su destino. Pero con una confusión de términos no se gana nada. Yo

estoy dispuesto a sacrificar parte de mi libertad, o toda ella, para evitar

que brille la desigualdad o que se extienda la miseria. Yo puedo

hacer esto de buena gana y libremente, pero téngase en cuenta que

al hacerlo es libertad lo que estoy cediendo, en aras de la justicia, la

igualdad o el amor a mis semejantes. Debo sentirme culpable, y con

razón, si en determinadas circunstancias no estoy dispuesto a hacer

este sacrificio. Pero un sacrificio no es ningún aumento de aquello

que se sacrifica (es decir, la libertad), por muy grande que sea su necesidad

moral o su compensación. Cada cosa es lo que es: la libertad

es libertad, y no igualdad, honradez, justicia, cultura, felicidad humana

o conciencia tranquila. Si mi libertad, o la de mi clase o nación,

depende de la miseria de un gran número de otros seres humanos,

el sistema que promueve esto es injusto e inmoral. Pero si yo

reduzco o pierdo mi libertad con el fin de aminorar la vergüenza de

tal desigualdad, y con ello no aumento materialmente la libertad individual

de otros, se produce de manera absoluta una pérdida de libertad.

Puede que ésta se compense con que se gane justicia, felicidad

o paz, pero esa pérdida queda, y es una confusión de valores

decir que, aunque vaya por la borda mi libertad individual «liberal»,

aumenta otra clase de libertad: la libertad «social» o «económica».

Sin embargo, sigue siendo verdad que a veces hay que reducir la libertad

de algunos para asegurar la libertad de otros. ¿En base a qué

principio debe hacerse esto? Si la libertad es un valor sagrado e intocable,

no puede haber tal principio. Una u otra de estas normas

—o principios— conflictivas entre sí tiene que ceder, por lo menos

en la práctica; no siempre por razones que puedan manifestarse claramente

o generalizarse en normas o máximas universales. Sin embargo,

hay que encontrar un compromiso práctico.

Los filósofos que tenían una idea optimista de la naturaleza hu-

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mana y que creían en la posibilidad de armonizar los intereses humanos,

filósofos tales como Locke o Adam Smith y, en algunos aspectos,

Mili, creían que la armonía social y el progreso eran compatibles

con la reserva de un ámbito amplio de vida privada, al que no

había que permitir que lo violase ni el Estado ni ninguna otra autoridad.

Hobbes y los que comulgaban con él, especialmente los pensadores

conservadores y reaccionarios, defendían que si había que evitar

que los hombres se destruyesen los unos a los otros e hicieran de

la vida social una jungla o una selva, había que instituir mayores salvaguardias

para mantenerlos en su sitio y, por tanto, deseaban aumentar

el ámbito del poder central y disminuir el del poder del individuo.

Pero ambos grupos estaban de acuerdo en que una cierta parte

de la vida humana debía quedar independiente de la esfera del control

social. Invadir este vedado, por muy pequeño que fuese, sería

despotismo. Benjamín Constant, el más elocuente de todos los defensores

de la libertad y la intimidad, que no había olvidado la dictadura

jacobina, declaraba que por lo menos la libertad de religión,

de opinión, de expresión y de propiedad debían estar garantizadas

frente a cualquier ataque arbitrario. Jefferson, Burke, Paine y Mili recopilaron

diferentes catálogos de las libertades individuales, pero el

argumento que empleaban para tener a raya a la autoridad era siempre

sustancialmcnte el mismo. Tenemos que preservar un ámbito mí­

nimo de libertad personal, si no hemos de «degradar o negar nuestra

naturaleza». No podemos ser absolutamente libres y debemos ceder

algo de nuestra libertad para preservar el resto de ella. Pero cederla

toda es destruirnos a nosotros mismos. ¿Cuál debe ser, pues, este mí­

nimo? El que un hombre no puede ceder sin ofender a la esencia de

su naturaleza humana. ¿Y cuál es esta esencia? ¿Cuáles son las normas

que ella implica? Esto ha sido, y quizá será siempre, tema de discusiones

interminables. Pero, sea cual sea el principio con arreglo al

cual haya que determinar la extensión de la no-intcrfcrencia en nuestra

actividad, sea éste el principio de la ley natural o de los derechos

naturales, el principio de sutilidad o los pronunciamientos de un imperativo

categórico, la santidad del contrato social, o cualquier otro

concepto con el que los hombres han intentado poner en claro y justificar

sus convicciones, libertad en este sentido significa estar libre

de: que no interfieran en mi actividad más allá de un límite, que es

cambiable, pero siempre reconocible. «La única libertad que merece

este nombre es la de realizar nuestro propio bien a nuestra manera»,

dijo el más celebrado de sus campeones. Y si esto es así, ¿puede jus­

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tificarse jamás la compulsión? Mili no tuvo ninguna duda de que sí

se podía. Puesto que la justicia exige que cada individuo tenga derecho

a un mínimo de libertad, sería necesario reprimir a todas las demás,

en caso necesario por la fuerza, para impedir que privaran a alguno

de su libertad. En efecto, la única función de la ley era prevenir

estos conflictos, y el Estado se reducía a ejercitar las funciones de un

sereno o de un guardia de tráfico, como desdeñosamente las describía

Lasalle.

Según Mili, ¿qué es lo que hacía que fuese tan sagrada la protección

de la libertad individual? En su famoso ensayo nos dice que, a

menos que se deje a los hombres vivir como quieran, «de manera que

su vida sólo concierna a ellos mismos», la civilización no podrá avanzar,

la verdad no podrá salir a la luz por faltar una comunicación libre

de ideas, y no habrá ninguna oportunidad para la espontaneidad,

la originalidad, el genio, la energía mental y el valor moral. Todo lo

que es sustancioso y diverso será aplastado por el peso de la costumbre

y de la constante tendencia que tienen los hombres hacia la conformidad,

que sólo da pábulo a «capacidades marchitas» y a seres humanos

«limitados y dogmáticos» y «restringidos y pervertidos». «La

autoafirmación pagana tiene tanto valor como la autonegación cristiana.»

«Todos los errores que probablemente puede cometer un

hombre contra los buenos consejos y advertencias están sobrepasados,

con mucho, por el mal que representa permitir a otros que le

reduzcan a lo que ellos creen que es lo bueno.» La defensa de la libertad

consiste en el fin «negativo» de prevenir la interferencia de los

demás. Amenazar a un hombre con perseguirle, a menos que se someta

a una vida en la que él no elige sus fines, y cerrarle todas las

puertas menos una —y no importa lo noble que sea el futuro que

ésta va a hacer posible, ni lo buenos que sean los motivos que rigen

a los que dirigen esto—, es pecar contra la verdad de que él es un

hombre y un ser que tiene una vida que ha de vivir por su cuenta.

Esta es la libertad tal como ha sido concebida por los liberales del

mundo moderno, desde la época de Erasmo (algunos dirían desde la

época de Occam) hasta la nuestra. Toda defensa de las libertades civiles

y de los derechos individuales, y toda protesta contra la explotación

y la humillación, contra el abuso de la autoridad pública, la

hipnotización masiva de las costumbres, o la propaganda organizada,

surge de esta concepción individualizada del hombre, que es muy

discutida.

Sobre esta posición pueden destacarse tres hechos. En primer lu­

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gar, Mili confunde dos ideas distintas. Una es que toda coacción, en

tanto que frustra los deseos humanos, es mala en cuanto tal, aunque

puede que tenga que ser aplicada para prevenir otros males mayores;

mientras que la no-interferencia, que es lo opuesto a la coacción, es

buena en cuanto tal, aunque no es lo único que es bueno. Esta es la

concepción «negativa» de la libertad en su forma clásica. La otra idea

es que los hombres deben intentar descubrir la verdad y desarrollar

un cierto tipo de carácter que Mili aprobaba —crítico, original, imaginativo,
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