Comentario sobre la Epístola San Pablo a Tito






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Comentario sobre la Epístola San Pablo a Tito

por Martín Lutero
Capítulo Uno
COMENTARIO DE LA CARTA A TITO
1:1 Pablo, siervo de Dios y apóstol de Jesucristo, conforme a la fe de los escogidos de Dios y el conocimiento de la verdad que es según la piedad,
Pablo. Para una epístola tan corta, la salutación es bastante larga, casi igual a la que figura en la epístola a los Romanos. Por otra parte, en las demás no tiene por costumbre añadirles salutaciones tan largas como las que preceden a las de los Romanos y a las de los Gálatas. El apóstol destinaba ésta únicamente a la Iglesia de Dios. Ya la misma salutación empieza por impartir enseñanza de la fe. Estructura sus palabras de tal modo que «sirven como armas de justicia para la mano derecha y para la izquierda» (2 Co. 6:7). Todo en ello brilla con fuerza y énfasis. Lo pri­mero que destaca es que se denomina a sí mismo ministro. Cada minis­tro debería gloriarse de ser un instrumento de Dios a través del cual el Señor imparte sus enseñanzas, y no tener la certeza de estar predicando la Palabra de Dios. Pedro dice (1 P. 4:11): «Si alguno habla que hable como si fuesen palabras de Dios». Si ignora que imparte la Palabra de Dios, es mejor que guarde silencio; porque «Dios ha hablado en su san­tuario» (Sal. 60:6). Por tanto los herejes, a causa de su enorme ignoran­cia, deben guardar silencio. Quienquiera que se halle en la certeza de ser oráculo de Dios, sabe que complace al Señor porque dice lo que Dios mismo le transmite desde los cielos a través del Espíritu Santo. Pablo nos lo asegura.

Siervo de Dios es más genérico que ser un «apóstol». No es un sier­vo de la Ley; no es un siervo de los hombres en cuando concierne a la seguridad y a la certeza de su doctrina; ni tampoco es un siervo que intente imponer la esclavitud de la Ley. Así, cualquiera que se mantenga fiel a su propia función, es un siervo de Dios. Moisés fue un siervo de Dios. Leemos en Romanos 1:9: «A quien sirvo». «Siervo de Dios.» ¡Qué título tan magnífico y destacado! Es preciso ponderar cuidadosamente el apelativo de «siervo de Dios» porque la persona que lo ostenta tiene la responsabilidad de una tarea encomendada por el mismo Señor. Así intenta convencernos de que su palabra es la Palabra de Dios, como Moisés y los otros profetas también manifestaron: «Así dice el Señor». Fue absolutamente necesario reforzar este aspecto ya que la doctrina sobre la voluntad de Dios que Pablo traía, era muy nueva y era preciso hacer callar a los que alegaban: «Pablo era un hombre», etc... Agustín dijo: «Si alguien quiere enseñar, que se asegure de sus palabras y de su doctrina»1. En 1 Pedro 4:11 se dice: «Si alguno habla (que hable) como si fueran palabras de Dios».

Y apóstol. No sólo sirvo a Dios, sino que tengo una tarea encomen­dada. Aquí nos prénsenla otro tipo de certidumbre. No sólo sabe que sirve a Dios y que imparte la Palabra de Dios, sino que ha sido enviado y encargado por Él con la obligación de enseñar. Sin embargo, conocer la Palabra de Dios y enseñarla son dos cosas enteramente distintas. El poseedor de la Palabra de Dios no la enseña a menos que sea llamado a hacerlo, no debe hacerlo por cuenta propia. Con esto se demuestra lo que significa servir a Cristo y la clase de reino que es el suyo, es decir, el invisible y espiritual. Su reino no se ve; por tanto son sus Ministros los portadores de la Palabra y quienes gobiernan en nombre de ella2. Así se rige el reino de Cristo. Al decir que a Cristo sólo se le reconoce por la Palabra, anuncia la clase de ministerio que posee, el espiritual y el invi­sible. Pero ¿con qué propósito eres un apóstol? ¿Qué es lo que traes?

No es sin motivo que añade las palabras «apóstol de Jesucristo», ya que también leemos en Hebreos 3:5, que Moisés y los profetas se titula­ban siervos de Dios, incluso el mismo David (1 S. 16:12-13). Moisés tuvo una misión y así la enseñó, tal como se cuenta en Éxodo 19 y 20; 2 Corintios 3:7 y Hebreos 12:21. «Estoy aterrorizado y tiemblo.» No sólo era el pueblo el que tenía miedo de lo que enseñaba, también a él le dominaba el temor. No tuvo fe en medio de las aguas de la rencilla (Nm. 20:12-13) y murió antes de entrar en la Tierra Prometida (Dt. 34:5). Sin embargo, Pablo no es la clase de siervo que fueron Moisés y los profe­tas. Como dice en 2 Corintios 3:7-11, trae algo mucho mejor. Por eso cita «un apóstol de Jesucristo» en 2 Corintios 5:20; y añade «para pro­clamar la fe», una frase que debería emocionarnos, como asimismo de­bería hacerlo el título del Evangelio (Mt. 1:1) «Libro de la genealogía de Jesucristo», lo cual significa que asistimos a la presentación del Uni­génito y de los reyes y profetas que lo esperaban anhelantes. Por desig­nio, sirvió en primer lugar a los judíos que odiaban el nombre de «Je­sús» , le llamaban «Thola»3. Así lo cuentan los Hechos en 17:5 y en 25:24; los gentiles, específicamente Festo, lo corroboran. El siervo del Señor, empero, fue una excepción tal como se evidencia en sus epísto­las: «Aunque me odiéis, sigo siendo el apóstol de Aquel que fue prome­tido a nuestros padres» y «el que me desecha a mí, desecha al que me envió» (Le. 10:16).

Conforme la fe: palabras extraordinariamente excepcionales y re­bosantes de doctrina. De ellas puede derivarse la suma total de la vida cristiana. Contradicen los falsos dogmas. El apóstol suele unir fe y ver­dad, como en 1 Timoteo 4:12 y en Efesios 4:13-15 en que afirma que, al alcanzar la unidad en la fe y por el conocimiento del Hijo de Dios, con­seguimos llegar a la Verdad; nuevamente en (Tit. 1:15) «Todas las cosas son puras para los puros». La fe es aquella por medio de la cual creemos en el Señor Jesucristo a través de la palabra de los apóstoles. Por ello, a través de Cristo, obtenemos la justicia y el perdón de los pecados como dice el canto de Zacarías (Le. 1:77) «Para dar conocimiento». La prime­ra parte de nuestra doctrina es saber que a través de Cristo obtenemos el perdón de los pecados; dice en 1 Corintios 1:30: «Cristo Jesús, el cual nos ha sido hecho de parte de Dios, sabiduría». A partir de esta fe, evi­dentemente se obtiene el conocimiento de la verdad. Y si poseo el cono­cimiento, vivo en el reino de la misericordia. Si resbalo y caigo, puedo volver a levantarme. También se deduce que las cosas exteriores no con­tribuyen en nada a la justicia, cosas como el lugar donde vivo y el traje que llevo encima, etc... En Calatas 2:21, concluye: «Pues si por medio de la ley se obtuviese la justicia, entonces Cristo hubiera muerto en vano». Portante «la circuncisión es nada y la incircuncisión es nada» (1 Co. 7:19); ni los votos monásticos, ni las misas, ni las cosas denominadas «espíritus elementales del universo». Saber esto es conocer la verdad. Así, de la fe surge el conocimiento que es la verdad, y cualquier cosa aparte de la fe no justifica. Se instituyeron tantas formas de orar entre los judíos y entre nosotros que son incontables. «Id y aprended lo que significa» (Mt. 9:13) es lo más importante y la única cosa que cuenta. Por ello, se equivocan aquellos que esperan complacer a Dios a través del sacrificio. Y de los discípulos que estaban arrancando espigas en sábado, Cristo dijo (Mr. 2:27); «El sábado fue instituido para el hom­bre». En este caso, se rechaza lo correcto del momento que consistía en la observancia de cada día, incluido el sábado. «Pues os digo que aquí hay alguien mayor que el templo» (Mt. 12:6). Es decir que la justifica­ción no reside en el sábado, sino en la fe en Cristo. Creer en la justifica­ción del sábado es creer en algo contrario a la verdad. Pero ¿y la luna nueva? Tampoco cuenta, dice Pablo (Col. 2:16). Es cierto. ¿Por qué ayu­namos con tanta frecuencia? Somos «hijos del matrimonio» dice (Mt. 9:15). Existe un ayuno bueno y auténtico, no como el mencionado por Mt. 6:16 que por ello rechaza. El ayuno no es la justificación, sino la fe en Cristo que si se posee, se es grato a los ojos de Dios, tanto si se ayuna como si no. Comed todo lo que Dios os ha dado. «Nada es de desechar­se», afirma Pablo en 1 Timoteo 4:4. ¿Y por qué David comió los panes de la Proposición? (Mt. 12:3-4). Nada es puro o santo salvo la fe. Para nosotros todas las cosas son sagradas, incluso los pecados cometidos contra las tradiciones humanas. Así tocar el cáliz o quitarse la quipá que resultan ser grandes pecados, justamente se tornan sus opuestos. No existe ni condena ni salvación en los objetos exteriores, sólo en la creencia. Por ello, de acuerdo con Cristo, afirmamos que nada justifica salvo creer en Cristo. De ahí que todo cuanto se haya instituido a los fines de cual­quier justificación, constituye un error. Por ello, los decretos del Papa y las normas de los padres también constituyen error a causa del carácter exterior de las ceremonias impuestas por motivos alimentarios. Son un error porque entran en conflicto con la doctrina que dice: «El cual fue entregado por nuestras transgresiones y resucitado para nuestra salva­ción» Romanos 4:25. Así, con una palabra, quedan borradas toda pompa y toda tradición, y la fe y la verdad reinan por doquier. Yo no predico la necesidad del ayuno o de respetar el sábado; no soy un apóstol que bus­que altares, misas o vigilias. Por tanto, nada que no sea la fe y el conoci­miento, conduce a la rectitud. Como ya se ha dicho anteriormente, quien se entrega a Cristo, posee su conocimiento. Esta es la auténtica ilumina­ción tal como nos enseña el ejemplo de Cristo en el Evangelio cuando rechaza todo cuanto le presentan sobre la Ley de Dios o las tradiciones de los hombres: «Mas en vano me rinden culto» (Mt. 15:9); como he­mos dicho, Pablo expresa lo mismo incluso con una energía mucho más contundente. Conocer la verdad es saber todo aquello que nos hará li­bres. Es gran cosa que un infeliz como yo se vea obligado a publicar que el Papa y los clérigos están sumidos en el error y sin embargo, es cierto, no comprenden a «un apóstol que habla de acuerdo con la fe y el cono­cimiento de la verdad». Sabemos que todo aquel que se halle en Cristo es libre, ya sea de la ley de Moisés o de la del Papa. Si os casáis no pecáis, ni pecáis si coméis pescado en viernes. 1 Corintios 3:21, 23: «Todo es vuestro»; con una excepción: «vosotros sois de Cristo». Lo que vosotros, los apóstoles, predicáis, lo acogeré si me place, en caso contrario lo rechazaré. En cualquier caso, el peligro para nuestras almas reside en no creer en Cristo, no en faltar a su obediencia. Por eso dice: «de acuerdo con la fe».

Los escogidos de Dios. ¿Por qué esto? Al parecer, esta epístola fue escrita hacia el final de la vida del apóstol cuando ya se hallaba grave­mente enfermo. Como le ocurría al profeta Jeremías, no le hacían caso. Se le acusaba de embaucador y de hereje y de destruir a Moisés y al templo. Como cuenta en 1 Corintios 4:13, agitaban el odio de los genti­les para que el pueblo se le pusiera en contra, mientras los falsos apósto­les minaban las iglesias. ¿Qué podía hacer? «Predico y oro en medio de un gran peligro. Les brindo la mayor de las bendiciones y así es como me pagan. Así se calumnia al Evangelio, y de nuestras enseñanzas sur­gen las herejías. Sin embargo, todas estas calamidades no me impiden predicar el Evangelio aunque haya judíos blasfemos, y aparezcan here­jes y paganos que me persiguen. A pesar de ello, seguiré predicando porque sé que los elegidos lo aceptarán.» Con esta manifestación evi­dencia la tragedia que sufre la Palabra de Dios. Caerán a la cuneta. «Lo hago todo para los elegidos.» Nosotros debemos actuar de la misma manera. Los papistas nos difaman. Además, muchos de los que han tra­bajado y sembrado con nosotros, están creando sectas. Los anababtistas, los sacramentaristas, los del pecado original4 y demás fanáticos que han aparecido. Gracias a que Dios no me hizo saber que tropezaría con tan­tas herejías, de lo contrario no hubiera tenido fuerzas para empezar mi misión. Pero nos consuelan las palabras: «No empezamos por vosotros, tercos, ni por los sacramentaristas, ni tampoco abandonaremos por cau­sa vuestra. Empezamos en atención a los que han de venir». Así, la pala­bra de Cristo tropieza con innumerables sectas e inconvenientes que impiden su difusión, sin embargo, a pesar de ello, la Palabra prevalece. Los enemigos del Evangelio me preguntan: «¿Para qué sirve tu evange­lio? La gente degenera al nivel de las bestias. No nace nada bueno. Sur­gen guerras y toda suerte de malignidades. La herejía y la discordia flo­recen». Dejemos que ocurra. Yo predico la fe a los elegidos y no permi­tamos que la confusión domine a ninguno cuando asistamos a la perse­cución de la Palabra y a la aparición de las sectas. «Porque la fe no es de todos» (2 Ts. 3:2) es nuestro consuelo, como seguramente lo fue de Pa­blo. Aunque haya quien no acepte esta fe, sigue presente entre los elegi­dos de Dios. Dice tanto con tan pocas palabras. La fe prevalece contra todos los esfuerzos, actos, desfallecimientos de los elegidos, persecu­ciones, la cruz, etc...5

La fe. Pablo ataca a los falsos apóstoles. No por la Ley, ni por la circuncisión, ni por relatos como los de Moisés, las tradiciones de los antepasados, rosarios, votos, misas, vigilias, obras monásticas como las de los papistas, el abandono de las propiedades como entre los anababtistas... ¡sino por la fe! El Antiguo Testamento y todas las formas de oración y de búsqueda de la justicia, son abolidos. En 1 Corintios 1:17 vemos el tipo de predicación que merece el nombre de «apostólica»: «Pues no me envió Cristo a bautizar, sino a predicar el Evangelio». Es decir, a predicar la Palabra que no necesita de actos, sino de fe; la Pala­bra de la que se habla en Romanos 10:10, o en el sermón de Romanos 3:23: «Todos hemos pecado». Y en Hechos (1:8): «Y hasta lo último de la tierra».
La verdad que es según la piedad. Aquí nuevamente distingue en­tre el «ejercicio corporal» (1 Ti. 4:8) y la piedad que evita los extremos y se halla en el justo medio. La piedad significa servir a Dios y adorarle adecuadamente. Entre los cristianos, orar o adorar a Dios no es identifi­carse con esa serie de actos ostentosos que castigan al cuerpo como cantar por la noche, ayunar y torturarlo. Dios no conoce este tipo de adora­ción; sólo donde se usa su Palabra adecuadamente, se le adora con pure­za. La fe y el amor de Dios eleva las almas y su obra alcanza al prójimo. Creer en Cristo, sentir compasión por el pobre y el débil, y persistir en ello, esta es nuestra religión, es decir, la religión cristiana. Y si a ello le sigue la cruz, el cristianismo se hace perfecto. La piedad es creer en Jesucristo y amar al hermano. Para conseguirla, hay que construir la fe mediante la Palabra. En este caso, se sirve a Dios porque las habitacio­nes del Espíritu están preparadas para Él. Para lograrlo, no se requiere castigar al cuerpo como en el caso del ayuno; lo que se precisa es una meditación diligente. Esta es la obra del alma y declararlo es el más alto ejercicio del cuerpo. La piedad6 es el sentimiento que los padres sienten por los hijos y viceversa. Quien conoce la verdad no está vacío porque «vive de acuerdo con la piedad» que no sólo es didáctica, sino que la contiene. Llama a Timoteo «un buen ministro de Cristo» (1 Ti. 4:6). Cuando yo predico que sólo la fe en Dios es sinónimo de justicia, tanto si se es siervo, célibe o casado y que todo lo demás no importa. La fe llega porque enseño a las almas el modo como deben creer. Por tanto, sólo en la fe y en la verdad es posible la justicia porque sabemos que nada ata a la conciencia, y dado que también sabemos que nos sirve para la vida presente, su propósito es redimirnos no sólo del pecado, sino de la misma muerte. La muerte es por causa del pecado y «porque la paga del pecado es la muerte» (Ro. 6:23). Nuestra doctrina se basa en que enseñamos la justicia que nos prepara para la vida eterna. Es su punto central. Los creyentes se han liberado de las tradiciones humanas apli­cándose a ellos mismos los supremos beneficios de la doctrina cristiana.
1:2 en la esperanza de la vida eterna, la cual Dios, que no miente, prometió desde antes del principio de los siglos,
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