Ramatís El Evangelio a la Luz del Cosmos






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2 Nota del Revisor: El científico inglés Edmorst, en sutil e irónico concepto, así se expresa sobre la posibilidad de que el acaso substituyera a Dios: "Si el acaso o un simple accidente puede crear hechos inteligentes, entonces tenemos que admitir que, arrojando una bomba dentro de una tipografía, saldría compuesto un diccionario completo sin la intervención o interferencia del tipógrafo".

La idea de Dios y la seguridad de que existe son innatas en, el hombre, porque éste es un espíritu, una centella de luz que despierta y evoluciona constantemente en forma inconscien­te en el seno del Espíritu Eterno del Creador. Secón decía Je­sús, "el reino de Dios está en el hombre", y conforme asegura el Génesis, "El hombro fue hecho a imagen de Dios". Hace algu­nos milenios, los viejos maestros de la espiritualidad de Oriente, afirmaban que Dios es el 'macrocosmos, el mundo grande, y el hombre, el microcosmos, el mundo pequeño. Además, corrobo­raban sus enseñanzas explicando: "Lo que está arriba, también está abajo", porque el átomo es la miniatura perfecta de una galaxia que palpita en el Cosmos.

En verdad, el hombre siempre buscó a Dios; los salvajes, aunque fueran ignorantes, adoraban a Tupa, el dios del trueno y del rayo, seguros de que existía un poder superior y divino, es decir, más allá del hombre. Los atlantes, aztecas y egipcios adoraban al sol, viendo a través del astro rey, el centro de la Vida Divina del Creador; los judíos loaban a Jehová, un Dios guerrero y poderoso, que protegía a la raza elegida; los católi­cos eran devotos de la figura de un viejecito de barbas blancas, que vivía en los Cielos y distribuía gracias a sus devotos, arro­jando en el fuego del infierno a los herejes y pecadores.

Pregunta: ¿Dios no es el fruto de una necesidad psicológica del hombre? Esa idea sobre la divinidad, ¿acaso no progresa y se perfecciona al igual que el hombre, que la sustenta en su mun­do material?

Ramatís: No hay dudas de que la idea de Dios siempre evo­lucionó conforme al progreso, entendimiento y cultura de la hu­manidad. Además, es muy grande la diferencia entre la concep­ción divina del Tupa de los salvajes y la creencia sobre la Su­prema Inteligencia, que hoy los espiritas admiten sobre el Crea­dor. Sin embargo, Dios no es una idea o fruto de las necesidades psicológicas de la humanidad, que evolucionó conforme al hom­bre. En verdad, a medida que vamos comprendiendo la vida, nuestro psiquismo va percibiendo con más precisión la Verdad Cósmica. No es la lucha para liberarnos de la materia lo que nos hará sentir a Dios sino que ha de ser el binomio "sentir" y "saber" el que nos ofrecerá la realidad del Infinito, pues liber­tad sin sabiduría es poder sin dirección.

Pregunta: ¿Es suficiente ser creyente en Dios, para que la criatura se salve?

Ramatís: ¡Creer en Dios no es lo mismo que vivir en Dios! El hombre que no desenvuelve en sí mismo los atributos divinos es semejante al enfermo, puesto que puede creer en el medica­mento pero no acata la prescripción médica, siguiendo la tónica de un enfermo obstinado. Si concebimos que Dios es la Verdad Absoluta, la búsqueda de esa Verdad indescriptible sólo es posible a través de la ampliación de la miniatura divina, que todo ser posee en sí mismo.

La creencia del hombre que juzga estar en el camino de la Verdad, puede hasta significar la negación de esa misma Ver­dad, ¡puesto que creer simplemente en Dios no quiere decir que se le ha encontrado! Obviamente, si la Verdad o Realidad es desconocida, tanto la creencia como la incredulidad no propor­cionan el encuentro con Dios. Comúnmente, esa creencia no es un auto realización sino una simple proyección del individuo hacia lo desconocido. Debido a que la creencia trae aparejada una recompensa extramaterial, millones de criaturas tienen fe en la creencia, como un motivo para vivir confiados y esperan­zados, respecto a la salvación, en el caso de que existiera alguna cosa después de la muerte del cuerpo físico. Prácticamente, ven­dría a ser un mercado de la redención, en que ciertos creyentes toman parte en algunas acciones religiosas, en la expectativa de recoger algunos dividendos de la Divinidad-Las iglesias católicas, los templos protestantes, los centros espiritas, los terreiros de la Umbanda, las sociedades teosóficas, los tatwas esotéricos, los cultos rosacruces y centenas de otras instituciones espiritualistas se llenan de creyentes, fieles, discí­pulos o asociados que cultivan ciertos postulados simpáticos y afines sobre una idea específica de Dios. Mientras tanto, las criaturas encauzadas en esa creencia sistemática y "estandariza­da" no modifica su "yo" interior ni incorporan los valores in-comunes del "YO" superior divino. Probablemente, ignoran que es una conquista individual a través del estudio, de la abnega­ción, del servicio al prójimo, y sobre todo, de la acción total­mente desinteresada.

Pregunta: ¿Podéis extenderos un poco más respecto a esa condición de que el hombre cree en Dios pero no lo encuentra?

Ramatís: Si los atributos esenciales del Creador forman una Verdad, la cual sintetiza el Amor, la Sabiduría y el equilibrio infinito, entonces el hombre debe activar en sí mismo esos prin­cipios a fin de aproximarse a Dios. Poco adelanta que el hombre crea en Dios, si no desenvuelve en sí mismo los atributos divi­nos, que los tiene latentes en lo íntimo de su espíritu. La creencia puramente intelectual y especulativa no tiene ninguna finalidad si no modifica la forma de actuar y sentir. Es el centro psíquico el que sublimiza y sensibiliza al ser, aunque sea el intelecto el que planifica a través del poder mental, y que más tarde vitaliza el crecimiento divino a través del Amor. La creen­cia en Dios tiene muy poco o nada de valor, cuando el hombre explota, maltrata, roba, destruye y mata al prójimo. ¿De qué sirve la creencia del rico si, a pesar de glorificar a Dios, persiste en ser avaro, astuto y egoísta? El que posee fortuna, especula con la desgracia ajena y atesora dinero para sí, rodeado de co­modidades, lujos, placeres censurables, y olvida a su hermano que gime de dolor, tirita de frío y padece de hambre, jamás co­rresponde a la creencia divina, por más que milite en algún movimiento religioso o espiritualista. No importa si debido a su creencia trata de fortificar su fe construyendo iglesias, arreglan­do templos, contribuyendo con tómbolas o iniciativas de caridad, ¡lo que generalmente hace por miedo a perder el cielo! Por ven­tura, ¿creéis que es suficiente enviar el cheque con carácter filantrópico para la institución espiritualista, masónica, rosacruz, teosófica, espirita o umbandista para atender a los pobres en la noche de Navidad, a fin de justificar su creencia en Dios?

Pregunta: ¿Es preferible ser un descreído, antes que un creyente que se engaña a sí mismo?

Ramatís: ¿Qué importancia tiene que el hombre crea o no, si aún no ha conseguido modificarse interiormente? En vuestro mundo existen millares y millares de hombres que creen en Dios y acuden a las instituciones espiritualistas o templos religiosos; sin embargo viven en forma tan censurable que desmienten to­talmente poseer los atributos del Creador, con los cuales creen estar cumpliendo fielmente. Entre ellos se encuentran los dicta­dores, ministros corrompidos, parlamentarios que comercian su posición, magistrados interesados, gobernadores deshonestos, co­mandantes inhumanos, profesionales competentes pero carentes de ética, religiosos fanáticos, sacerdotes lujuriosos, industriales de frigoríficos y mataderos, especuladores con la salud del pue­blo, fabricantes de armas fratricidas, políticos maquiavélicos, pues todos son creyentes, ¡excesivamente creyentes!... Sin embargo, los citados ejercen una acción e interferencia perniciosas en las vidas humanas, que en realidad justifican, con más propiedad, la existencia del insatisfecho Satanás, en vez de una entidad di­vina cuyos atributos son Amor, Sabiduría, Bondad y Justicia.

A pesar de tener la creencia en Dios y hacer obras filantró­picas en favor de las iglesias y comunidades deístas, planean masacres sangrientas de los pueblos vecinos e indefensos, diri­gen ejércitos, flotillas aéreas o divisiones belicosas que destru­yen vidas sin piedad alguna; arrasan metrópolis con bombas nucleares; incendian campos, sembrados y poblaciones con la terrible Napalm; estimulan la fabricación de los instrumentos para la muerte; denuncian, espían y testifican en falso en contra, de sus propios amigos, caídos en desgracia pública o política.

Muchos de estos creyentes harían ruborizar de vergüenza al mismísimo Diablo- Están los que rezan compungidos antes de cometer terribles masacres; los que doblan las rodillas y piden perdón por tener que cumplir con el deber homicida de fusilar a sus hermanos, en tiempo de guerra o en tiempo de paz, debida­mente oficializado por la ley de la Bestia 3. Están los que ben­dicen las armas e instrumentos de muerte, aunque sepan cons­cientemente que sirven para matar ancianos y niños, y no faltan los que llegan a la insensatez de subvertir los atributos divinos y suplicar a Dios el amparo para sus huestes destructoras a fin de aniquilar al enemigo, esto es, otros pueblos que a su vez hacen también la misma rogativa para Dios a fin de ser protegi­dos en medio de la fatal carnicería.
3 Nota del Médium: Naturalmente, Ramatís se refiere a los comandos de guerra o pelotones de fusilamiento, en donde los responsables tienen repugnancia .de matar al prójimo, "enemigo" o "condenado", tal vez ate­morizados por el indiscutible juzgamiento divino. Sin embargo, olvidan la recomendación evangélica de Jesús que nos advierte sobre nuestro com­portamiento ante tal situación: "Aquel que diera la vida por mi, la ganará por toda la eternidad". En consecuencia, quien diera la vida por el Cristo, que es Amor, prefiriendo morir antes que matar. ganará la verdadera vida del espíritu, para toda la eternidad.

Considerando que el 95 por ciento de la humanidad terrícola cree en Dios, es evidente que toda la maldad y destrucción por las guerras fratricidas obedecen a la responsabilidad de ese no­venta y cinco por ciento de creyentes. Tendría más lógica la insania que manifiesta el terrícola, si ese noventa y cinco por den­tó fuera ateo, pues sus ignominias y perversidades serian consi­deradas normales y producto de una naturaleza inferior, por des­conocer las leyes que rigen el Cosmos y que emanan del Creador.

Pregunta: Maestro, ¿vuestra opinión es que no creéis en la creencia de los hombres por el solo hecho de que no viven inte­gralmente aquello que perciben?

Ramatís: Comprender a Dios exige de los hombres una reali­zación interna, que consiste en buscar constantemente la sabi­duría y el equilibrio psíquico, y una acción externa de renuncia y servicio fraterno para todos los seres de la naturaleza. Sólo así podrá comprobar que está regido por la sublime inspiración de la creencia. Jamás tendrá autenticidad y fidelidad sobré la creen­cia del Amor de Dios, si su criatura odia, destruye, engaña y cultiva un fanatismo separativista.

El Viejo y el Nuevo Testamento han producido cantidades de sectas, creencias diferentes y fanáticos más peligrosos que el Bien que deberían haber hecho; en base a luchas estériles por alcanzar la conducción de las sectas y divulgación de los postu­lados, muchas veces utilizados contra el mismo hombre y con­trariando las enseñanzas amorosas del Cristo. No nos oponemos respecto a la necesidad de que el hombre tiene que creer para recibir los impulsos íntimos de comunión con su Creador, bus­cando el ascenso angélico. Pero es ignominiosa la creencia que divide a los hombres y los transforma en ruina, odio, tragedia, desavenencia y falsedades, cuyas acciones desmienten frontalmente los valores auténticos de la espiritualidad ante el predo­minio de los instintos inferiores de la animalidad. No se puede loar una creencia en Dios, cuando ésta conduce a los hombres hacia luchas antifraternas y religiosas, que aniquilan el placer espiritual de vivir. Creer en un Dios de Amor y Vida, y después provocar la muerte del prójimo por motivos de raza, costumbres o religión; creer en la bondad de Dios y después practicar tor­turas, masacres y destrucción de aldea, pueblos y ciudades, es crimen de lesa majestad Divina. El creyente que acciona en for­ma tan censurable y repelente está negando su asimilación a cualquier postulado religioso de aspecto divino, y pecaminosa­mente demuestra su atraso espiritual.

Pregunta: Si el hombre fue hecho a imagen de Dios y posee en sí mismo la miniatura del reino de Dios, ¿acaso, no debemos entender, que su maldad también la heredó de su fuente divina, original y creadora?

Ramatís: El mal es una condición transitoria, de cuyo reajus­te resulta un beneficio para el futuro. Aun bajo la perversidad humana, en que un ser vivo mata a otro, el criminal sólo está destruyendo el "cuerpo" carnal y provisorio de la víctima, sin llegar a dañar a su espíritu inmortal. Así, el principio de Causa y Efecto proporciona una nueva existencia física a la víctima, otorgándole más provecho y compensación porque fue pertur­bada en su ciclo de evolución espiritual. El homicida, bajo la misma ley rectificadora, es atraído hacia el camino del sufrimien­to, a fin de rectificar ese desvío mórbido que late en su alma y es colocado oportunamente en la ruta del perfeccionamiento espiritual, a fin de proseguir y despertar los valores eternos de la inmortalidad y alcanzar su propia ventura.

El mal o el sufrimiento son etapas del mismo proceso evolu­tivo, cuya acción es transitoria y su tendencia es ir tras un resul­tado superior. Podría considerarse como un mal la agresividad de los insectos, gusanos y aves que atacan a las plantas en su lucha por crecer; sin embargo, todos ellos, no dejan de ser ele­mentos que interfieren y obligan al vegetal a concentrar una mayor cantidad de energías para su defensa, culminando en el 'loable proceso de su desarrollo. El mal es tan sólo un accidente en el camino de la evolución, la fase negativa que perturba, pero se corrige, perjudica y después compensa, y que desaparece ni bien el espíritu alcanza la fortificación y contextura definitiva de su conciencia.

Bajo la Ley de que "cada uno recoge lo que siembra", todo mal puede causar dolor y sufrimiento para su propio autor, lo que tampoco se traduce en' injusticia para la víctima, dado que esa misma Ley la compensa. De todo ello resulta la purificación del pecador y su consecuente mejoría espiritual. Son considerados "actos malignos", porque causan perjuicios a otros; pero si la víctima es resarcida ventajosamente en el curso de su inmortali­dad, entonces desaparece el estigma detestable del "mal", que es compensado por el "bien" que es merecedor en base a su sufri­miento. El mal que le fue hecho a Jesús, hace dos mil años, prosigue liberando a millares y millares de criaturas de muchos sufrimientos inimaginables; el mal que resulta del fermento por la descomposición de las sustancias, luego se transforma en la magnífica penicilina, que restablece la vida a incontable número de enfermos desesperados.4

Pregunta: ¿Nos podríais ofrecer algún ejemplo concreto so­bre el tema tratado?

Ramatís: En los reinos de la vida física, el sufrimiento y el dolor son características fundamentales para el perfeccionamiento y belleza de las formas y de los seres, bajo la égida de la Justicia verdadera. Mientras tanto, ese dolor varía conforme a la sensi­bilidad y poder de comunicación que tiene con el mundo exterior. Por eso, el mineral sufre silenciosamente el dolor que se produce en sus entrañas adormecidas, y el vegetal se estremece bajo la acción externa, conforme se puede registrar, gracias a los re­cursos modernos y electrónicos de los sensibles aparatos. El ani­mal, mientras tanto, exterioriza el dolor en gemidos o gritos an­gustiosos, mientras que el" hombre, emotivo y racional, dramatiza su perfeccionamiento doloroso por medio de poemas trágicos, no­velas dramáticas o epopeyas heroicas.

El dolor y el sufrimiento indeseables, aunque no agraden al hombre, son manifestaciones implacables que subliman a todos los seres creados por Dios a fin de alcanzar estados y niveles superiores. Sufre el hierro en la fundición a fin de alcanzar la cualidad superior del acero; sufren los granos del trigo y de la uva en la tortura de la molienda, para después transformarse en harina que produce el rico y nutritivo pan o el vino generoso de las mesas bien servidas. Sufre el animal en la gestación y en el medio para sobrevivir para ajustarse definitivamente a una especie mejor; sufre el hombre en su dolor humano, desde su renacer en la materia, y atemperarse en el curso doloroso de las enfermedades infantiles, para poder adquirir la resistencia ne­cesaria para superar las enfermedades en la fase adulta y desper­tar la sensibilidad del nivel de la Vida Espiritual, hasta alcanzar el predominio del Amor.

Pregunta: El progreso técnico y científico del mundo, ¿nos puede causar perjuicios y debilitar nuestra creencia o fe en Dios? ¿Ese tecnicismo no sustituye la realidad divina, en base a los progresivos controles que sobre la vida va alcanzando?

Ramatís: El progreso del mundo bajo la evolución de las ciencias positivas y lógicas, como son la física, biología, genética, química, astronomía, electrónica y medicina, tiene muchísimos méritos porque elimina definitivamente muchos mitos, creencias infantiles, supersticiones y melodramas religiosos, y ayuda al hom­bre a distinguir y a separar lo físico y real de la fantasía im­productiva. También es evidente, que bajo tal proceso de inves­tigación caerán dogmas obsoletos, tabúes religiosos y adoraciones excéntricas, gracias al ajuste que el hombre adquiere sobre la realidad de la Creación. Lo cierto es que la Verdad definitiva e inmutable está expresada por las leyes y los principios irrevo­cables del Cosmos.

El hombre por causa de su primitivismo utiliza los recursos y objetos físicos, para manifestar el sentimiento religioso que lleva innato en su alma. Son intentos que simbolizan el esfuerzo del hombre primario, y que son relativos para percibir la reali­dad del Absoluto. Pero, a medida que se espiritualiza a través del conocimiento y amplitud de su conciencia, también mejora su concepción respecto a Dios y abarca una mayor área de ma­nifestación Divina. Por eso, el Cristo Jesús advertía en su códi­go evangélico: "Buscad la Verdad y ella os liberará".


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