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Esta es la versión en formato digital del periódico Diálogo que se distribuye mensualmente en forma gratuita en su modalidad tradicional impresa en papel de diario y que ud. puede solicitar en las condiciones descriptas en el recuadro de la página 2.

Año XVI

Mayo 2010

Periódico mensual gratuito


Dirección: María Inés Casalá // Coordinación, revisión y producción general: Juan Carlos Pisano. // Copyright © por María Inés Casalá

Colaboradores: Rodolfo Canitano, Clara Freitag, Martín Gozdziewski, Hania Kollenberger, Marcelo Murúa, Las Melli, Lorena Pellegrini, Horacio Prado, Alfredo Repetto, Riqui Stirparo y padre Pedro Trevijano.

nota de tapa

por María Inés Casalá / inescasala@fibertel.com.ar
Has recorrido, muchacha, un largo camino
Cuando era pequeña, esta frase caracterizaba la propaganda de unos cigarrillos. Mostraba a una mujer que había alcanzado la cima de la independencia y ahora podía fumar en público y no a escondidas. El símbolo de la independencia era el cigarrillo. Y, pretendían que con eso, las mujeres estuviéramos contentas.

Pensando una y otra vez el tema del bicentenario para presentar proyectos interesantes en las escuelas en donde trabajo, me acordé de esa publicidad y me puse a pensar qué camino hemos recorrido y a dónde hemos llegado.

Muchas cosas han cambiado desde 1810. Las calles, la vestimenta, la comida y la forma de realizarla, el alumbrado, el agua corriente, la educación, las tertulias, la música, el transporte público... La lista sería interminable.

¡Cuánto se tardaba en ir de Buenos Aires a Córdoba! Ahora el viaje dura, en micro, menos de siete horas. Recorrer cuatro kilómetros, desde el centro de la ciudad de Buenos Aires, hasta Chacarita, era una aventura. Las comunicaciones tardaban días o meses en llegar de un lado a otro de lo que sería nuestro país.

También hay cosas que permanecen. Peleas entre los que dirigentes, egoísmos. Diferentes ideas de país que parecen irreconciliables. No sólo lo malo permanece. En muchos de nosotros perduran el interés por construir un país libre y soberano, por la valorización de las ideas propias, por tener un gobierno representativo, por construir una patria para todos, sin excluidos.

En estos 200 años sufrimos cambios, rupturas, vivimos hechos que nos avergüenzan y otras situaciones que nos fueron conformando como nación. Recibimos a muchos excluidos de sus propios países y a otros que buscaban nuevas tierras con más oportunidades. Personas y grupos de las más diversas regiones del planeta se han asentado en nuestro territorio y hoy son parte nuestra enriqueciendo nuestra cultura. Muchos hijos han partido también hacia otras tierras, algunas veces, a las mismas que sus padres se vieron obligados a abandonar. El cúmulo de estas experiencias y otras que no da el largo de esta nota para desarrollar, nos fueron formando. Los argentinos tenemos ciertas características o, más bien, etiquetas pegadas.

Etiquetas de protestones, de creerse más que los demás, especialmente más que nuestros hermanos latinoamericanos, y muchas otras «contras».

Hemos recorrido un largo camino para llegar hoy a una situación incierta, depende de quién la cuente o dónde se la vea. Es muy difícil caracterizar a nuestra, para mí y muchos otros, querida Argentina. Cada uno la cuenta como la siente o según lo que le ha tocado vivir. Repensando estos años así, a vuelo de pájaro, me vino a la memoria la frase del Evangelio: «El que quiera seguirme, que tome su cruz de cada día y me siga» (cfr. Lucas 9,23). Es decir, aceptarnos como somos, querernos, valorarnos en las diferencias, empezar a construir juntos desde lo que somos. Ojalá nuestros gobernantes, legisladores y jueces dieran el ejemplo de lo que significa gobernar con las diferencias y para todos. Ojalá los periodistas y comunicadores tradujeran la realidad lo más fiel posible y, cuando expresan su propia opinión quede claro que es así. Ojalá los empresarios, industriales y trabajadores del campo pensaran su actividad para el bien común. Nunca hay que perder la ilusión. Mientras tanto, mucha tarea tenemos los padres, docentes y catequistas. Tarea que no podemos postergar porque lo «otros» no cumplen su rol. Construyamos un país con lo que Jesús nos enseña. Un país en donde valoremos la historia. Jesús nació en un pueblo con grandes tradiciones que supo valorar y transformar cuando fue necesario.

Un país donde seamos misericordiosos para mirar al otro, y, desde esta misericordia, firmes al juzgar. Jesús no dijo a todo que sí, o que todo estaba bien. Perdonó al que se arrepintió, aceptó que la pecadora le pusiera perfumes mostrando un amor profundo hacia ella, dejó que el rico se fuera porque no aceptaba lo que le pedía, echó a los mercaderes del templo y llamó sepulcros blanqueados, hipócritas o raza de víboras al que se lo merecía.

Un país que se preocupa por lo que le pasa al otro, por sus necesidades básicas. De la misma forma que Jesús preguntaba al otro qué le ocurría, de qué hablaban, de qué discutían, porque quería escucharlos.

Un país que dé de comer a todos, que levante al caído, que abrace al que sufre y al que está solo, que llora con el que llora y ríe con el que ríe, que valore a sus ancianos y cuide el crecimiento de sus niños.

Hace unos días un joven se acercó, de noche, a pedirme unas monedas para comer. «Tomá hermano», le dije. «¿Por qué le dijiste hermano?», me preguntó la persona que estaba conmigo. Porque es mi hermano, eso es lo primero que nos enseñan en catequesis, que somos hermanos, porque todos somos hijos de Dios.

Han pasado 200 años y todavía no somos capaces de reconocernos hermanos. Que no pasen otros 200 y sigamos igual. Empecemos los padres, maestros, catequistas a construir un país de hermanos y, lo demás será dado por añadidura. No soy una soñadora, tengo esperanza en nosotros los adultos, en los jóvenes, en los niños y, especialmente en Jesús que es capaz de transformar los corazones y sembrar en medio de piedras y espinos.



REFLEXIONES BREVES

por Juan Carlos Pisano / jcpisano@fibertel.com.ar
Bicentenario
El 14 de noviembre de 2008 los obispos de la Argentina dieron a conocer el documento Hacia un bicentenario en justicia y solidaridad y, como ya ha pasado más de un año y ya nos disponemos a recordar el 25 de mayo de 1810, quiero hacerlo presente para que sea consultado. En primer lugar, porque es fundamental enfocar la celebración teniendo muy presente el anhelo de dar pasos concretos hacia la justicia y la inclusión social. Es un anhelo que ningún educador debe dejar de lado y que debe transmitirse y contagiarse a través de cada gesto y de diversos comentarios y opiniones.

El 25 de mayo de 1810, se dio un grito de libertad para nuestra patria. Hoy, la realidad no es igual y pocos se plantean en actualizar aquel grito de libertad y seguir en la búsqueda de una verdadera independencia. Sin embargo, eso no debe desalentarnos y tenemos que sobreponernos con una mirada esperanzadora. Es importante entender que la democracia puede padecer momentos de conflicto, pero eso no implica descreer de ella.

Nunca llegaremos a crecer sin una sincera reconciliación. Se requiere renovar la confianza mutua con verdad y con justicia. Las heridas abiertas de nuestra historia pueden cicatrizar. Y mientras haya desconfianzas y prejuicios, será muy difícil crecer y avanzar. Todos debemos, como ciudadanos (y no meros habitantes) ser co-responsables del bien común.

os jóvenes

LA BIBLIA Y LOS JÓVENES

Ricardo Stirparo y Horacio Prado bibliayjoven@hotmail.com

Pentecostés: El Espíritu Santo nos envía a la misión
Recibirán la fuerza del Espíritu Santo que descenderá sobre ustedes y serán mis testigos en Jerusalén, en toda la Judea y Samaría, y hasta los confines de la tierra.” Hch. 1, 8
Luego de la experiencia del Espíritu Santo derramado en Pentecostés, los apóstoles toman clara conciencia de su vocación misionera. Ya no estarían encerrados en ellos mismos, sino que surgiría con fuerza y urgencia, la necesidad de comunicar a todos la Buena Noticia de la que eran testigos: Jesús está vivo y nos invita a seguirlo.

Al llamar a los suyos para que lo sigan, les da un encargo muy preciso: anunciar el Evangelio del Reino a todas las naciones (cf. Mt 28,19; Lc 24, 46-48). Por esto, todo discípulo es misionero, pues Jesús lo hace partícipe de su misión, al mismo tiempo que lo vincula a Él como amigo y hermano. De esta manera, como él es testigo del misterio del Padre, así los discípulos son testigos de la muerte y resurrección del Señor hasta que él vuelva. Cumplir este encargo no es una tarea opcional, sino parte integrante de la identidad cristiana, porque es la extensión testimonial de la vocación misma. (Documento de Aparecida, 144)

Junto con nuestros pastores reunidos en Aparecida, podemos decir: “No podemos desaprovechar esta hora de gracia. ¡Necesitamos un nuevo Pentecostés! ¡Necesitamos salir al encuentro de las personas, las familias, las comunidades y los pueblos para comunicarles y compartir el don del encuentro con Cristo, que ha llenado nuestras vidas de sentido, de verdad y amor, de alegría y de esperanza!”

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