Mitología azteca Orden sacerdotal Los templos Sacrificios humanos






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títuloMitología azteca Orden sacerdotal Los templos Sacrificios humanos
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Mitología azteca Orden sacerdotal Los templos Sacrificios humanos
La organización civil de los aztecas está tan estrechamente relacionada con su religión, que se hace necesario conocer antes ésta para tener una idea justa de su gobierno y sus instituciones sociales. Pasaré por alto de momento diversas leyendas muy dignas de tenerse en cuenta referentes a la sorprendente semejanza de su religión con las tradiciones bíblicas, para limitarme a una rápida exposición de la mitología de este pueblo y de su culto nacional.
Podemos considerar la mitología corno la poesía de la religión, o mejor como el desarrollo poético del principio religioso en las edades primitivas. Es como una primera tentativa del hombre librado a sus propios medios, para explicar los misterios de la existencia y las fuerzas misteriosas de la naturaleza. Si bien la mitología es en todas partes producto de circunstancias análogas, su naturaleza varía necesariamente con la de las tribus salvajes en que nace. Las creencias del Goth feroz que bebe su hidromiel en la calavera de sus enemigos, no pueden haber tenido su origen en la mente del indígena afeminado de la isla de La Española, que pasaba las horas abandonado a estériles pasatiempos a la sombra de los árboles plataneros.
Luego estas leyendas se combinan en los cantos de los poetas hasta constituir un sistema regular, y los groseros balbuceos adquieren, en los pueblos dotados de una organización feliz, aquella belleza ideal, tenida como real y adorada por las edades crédulas, y fascinante aún para los siglos posteriores. Así surgieron las maravillosas creaciones de He-
síodo y Homero, que según Herodoto, el padre de la Historia, «fueron los verdaderos inventores de la teogonía de los griegos». Afirmación un tanto arriesgada ya que no es fácil admitir que un solo hombre haya podido producir todo el sistema religioso de una nación. Estos grandes genios lo que en realidad hicieron fue completar y dar cuerpo a los vagos esbozos de la leyenda, prestándole el brillante colorido de su imaginación que a su vez servirá de estímulo e inspiración a otras imaginaciones. Este poder del poeta puede igualmente dejarse sentir en edades más maduras del mundo social. Sin hablar ya de la influencia que La Divina Comedia ejerció en su época, bastará leer El Paraíso Perdido, de Milton, para advertir que no es posible sustraerse al impulso con que el poeta inspirado nos eleva a una más amplia concepción de la jerarquía angélica; cómo las imágenes hasta entonces vagas y flotantes en una imprecisa oscuridad adquieren formas nuevas y sensibles. Luego en la historia de las civilizaciones viene el período filosófico que desacraliza tanto las leyendas de la primera época como las maravillosas imágenes de la segunda; pero para no ser acusado de impiedad, el filósofo interpreta la mitología popular mediante alegorías, al tiempo que se esfuerza por conciliarlas con los datos positivos de la ciencia.
La religión mexicana había atravesado el primer período sin padecer modificaciones sustanciales por la influencia poética; sin embargo la imaginación de los sacerdotes le había dado un carácter singular, al rodearla
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de un ceremonial complicadísimo y arrojar sobre las tradiciones primitivas el velo de la alegoría, al tiempo que investían a sus dívinídades con atributos más cercanos a las grotescas concepciones de los pueblos del Mundo Antiguo que a las graciosas ficciones de la mitología griega. Los griegos exageraron a veces los rasgos característicos de la naturaleza humana, pero sin apartarse nunca enteramente de ella. Por el contrario, no es posible acercarse al sistema religioso de los aztecas sin quedar sorprendido por una contradicción evidente. Una parte de este sistema parece emanar de un pueblo relativamente inteligente y sometido a influencias amables; otra parte, por el contrario, presenta toda la ferocidad de las tradiciones del salvaje. Esta anomalía ha hecho prosperar la idea de dos orígenes diferentes y nos autoriza a suponer que los aztecas habían heredado de sus predecesores en el país una fe menos cruel, sobre la que luego ellos interpolaron su propia mitología. Esta no tardó en dominar y teñir con los tintes más sombríos las creencias de las naciones conquistadas, que, como los antiguos romanos, los aztecas parecen haber querido asimilarse. Y así fue como las más negras supersticiones invadieron todo el Anáhuac.
Los aztecas reconocían la existencia de un creador supremo, señor del universo, a quien en sus oraciones llamaban «el dios que da la vida, omnipresente, conocedor de todos los pensamientos y dispensador de todos los bienes; sin él el hombre no es nada; Dios invisible, incorpóreo, único Dios, de una perfecta perfección e igual pureza; bajo cuyas alas el hombre halla reposo y protección» ‘ Tan sublimes atributos indican que los aztecas
no eran incapaces de la concepción del ver-

cutar sus designios, al parecer era una idea demasiado simple o demasiado complicada para su inteligencia; por lo general se refugíaban en una pluralidad de dioses, encargados de la dirección de los elementos, de las estaciones y los destinos de los humanos.
Había trece divinidades principales y más de doscientas divinidades inferiores, cada una de las cuales tenía su día y su fiesta reservados. A la cabeza de todos estos dioses aparecía el terrible Huitzilopochli, el Marte mexicano, aunque resulta injusto y ofensivo para el heroico dios de la Antigüedad helena compararlo con ese monstruo sanguinario. La nación adoraba en Huitzilopochii a su divinidad protectora, y su imagen fantástica estaba recargada de riquísimos ornamentos; sus templos eran los más imponentes entre los edificios públicos, y en todas las ciudades del imperio sus altares chorreaban la sangre de las víctimas humanas. Es fácil concebir la desastrosa influencia de semejante superstición en la moral del pueblo.
Por un feliz contraste mitológico Quetzalcoatl, dios del aire, durante su estancia en la tierra, enseñó a los indígenas el uso de los metales, de la agricultura y de las artes de la paz. Este dios habría sido sin duda uno de esos genios benefactores de la especie hu-
Quetzalcoatl, según un calendario azteca.
mana que el agradecimiento de la posteridad diviniza. Bajo su reinado la tierra se cubría de frutos y flores sin necesidad de cultivarla; una espiga de maíz era una carga suficiente para un hombre; el algodón adquiría espontáneamente los más ricos colores de la industría humana; el aire estaba cargado de perfumes embriagadores y del canto melodioso de los pájaros; en una palabra, eran los tiempos alciónicos, la edad de oro del Anáhuac.
Pero, sin que se sepa por qué, Quetzalcoatl incurrió en la cólera de una divinidad superior y se vio obligado a abandonar el país. Camino de su destierro se detuvo en la ciudad de Cholula, donde más tarde se edificó un templo cuyas ruinas constituyen una de las antigüedades más curiosas de México. Llegado a las orillas del golfo mexicano, se despidió de aquellos que le habían seguido, prometió volver con sus descendientes a visitar el país, y montando en una verdadera embarcación mágica, hecha de pieles de serpientes, se hizo a la mar en dirección a la fabulosa tierra de Tlapallán. Según la leyenda, Quetzalcoatl tenía una gran estatura, la piel blanca, una abundante cabellera negra y la barba luenga. Los aztecas esperaban ansíosos el retorno de esta bienhechora divinidad, y esta tradición profundamente enraizada en sus espíritus, favoreció sin duda la conquista española.
Y aquí se acaban prácticamente los detalles conocidos de las dívinidades mexicanas. Los atributos de la mayor parte de estos dioses estaban cuidadosamente definidos, y la jerarquía divina descendía sin interrupción hasta los penates o dioses domésticos, cuyas figurillas adornaban las moradas más humildes. Los aztecas también . experimentaron la curiosidad, natural en todos los hombres y en todas las épocas, de levantar el velo que oculta el pasado misterioso y el futuro más terrible aún. Al igual que las naciones del viejo continente, los aztecas buscaron una especie
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de refugio contra la idea agobiante de la eternidad, en la división de los tiempos transcurridos en cuatro ciclos o períodos de varios millares de años de duración. Al final de cada período cada uno de los cuatro elementos habría destruido a la raza humana, y el sol se apagaría para volver a encenderse de nuevo al comienzo del siguiente período.
Los aztecas imaginaban tres clases de existencias después de la muerte. Los malos, o sea, la mayor parte del género humano, debían expiar sus crímenes, en un lugar de eternas tinieblas. Otra categoría de difuntos, cuyo único mérito era el de haber muerto de ciertas enfermedades, señaladas caprichosamente entre otras, gozaban de una existencia negativa, de una felicidad indolente, en una especie de limbo. La mejor parte se reservaba, como en la mayor parte de los pueblos guerreros, a los héroes caídos en la batalla o sacrificados a los dioses. En primer lugar, estos elegidos pasaban a presencia del sol, al que acompañaban con sus cantos y sus danzas en su brillante carrera a través de los cielos. Al cabo de algunos años, sus espíritus se encarnaban en las nubes o en los pájaros cantores del más bello plumaje. Gozaban así de una delicia eterna entre perfumes y flores de los jardines del paraíso. Como puede comprobarse, el cielo de los aztecas era mucho más ideal que el del paganismo clásico, cuyo Elíseo se limitaba a reproducir los juegos militares y los placeres sensuales de esta vida. El destino reservado a los malos por la religión azteca presenta el mismo carácter de refinamiento. La ausencia de torturas físicas en el más allá de los aztecas contrasta fuertemente con los sistemas ingeniosos de sufrimientos imaginados por los pueblos más sabios. Todas estas concepciones, tan poco acordes con la naturaleza feroz de los aztecas, atestiguan la presencia en el país de una civilización más avanzada, herencia dejada por sus predecesores en aquella región.
Cuando un azteca moría, su cadáver se cubría con una mortaja determinada según su divinidad protectora. Se le cubría de trozos de papel, en los que se pintaban jeroglíficos, talismanes contra los peligros del viaje. Si el difunto era rico, durante sus funerales se sacrificaban una multitud de esclavos. Luego se quemaba el cuerpo, y sus cenizas se conservaban encerradas en un vaso en una habitación de su casa. Esta extraña mezcla de las tradiciones de la Iglesia romana, de los musulmanes, de los tártaros, y de los antiguos griegos y romanos, demuestra hasta qué punto es preciso desconfiar de las conclusiones fundadas sobre la analogía.
Asombra hallar entre los aztecas casi todo el ceremonial del bautismo cristiano. Antes da dar el nombre a los niños se les rociaba con agua los labios y el pecho. Se rogaba al Señor que permitiera «que esta agua santa borrara el pecado contraído por los niños antes de la creación del mundo, dándoles así un nuevo nacimíento», Hay muchas oraciones aztecas, compuestas por sus sacerdotes, que recuerdan la moral cristiana: «Oh Señor, ¿nos tendrás alejados para siempre del libro de la vida? ¿Acaso quieres con este castigo más nuestra destrucción que nuestra enmienda?» «Danos, Señor, por tu gran misericordia, aquellos bienes de los que somos indignos por nuestros méritos.» Y otra máxima dice: «Vive en paz con todos, sufre las injurias con humildad, porque Dios que lo ve todo te vengará.» Y aún hay otra sentencía que ofrece una mayor y más sorprendente semejanza con la Escritura: «Quien mira a una mujer con demasiada curiosidad comete adulterio con sus ojos,» Bien es verdad que estos preceptos tan puros, tan elevados, van frecuentemente acompañados de otras máximas cuya naturaleza pueril e incluso brutal revelan la moral confusa de un pueblo cuya civilización apenas comienza a
despuntar, Bien es verdad que no podíamos
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esperar que en semejante estado social florecíesen doctrinas tan sublimes como las de la filosofía antigua.
Pero si es cierto que la mitología azteca
no se enriqueció con las graciosas invenciones de la poesía, ni con los refinamientos de la filosofía, sí recibió en cambio, corno hemos dicho más arriba, grandes aportaciones de los sacerdotes, quienes supieron excitar la imaginación del pueblo mediante las ceremonias más fastuosas. La influencia de la clase sacerdotal es naturalmente mayor cuanto menos perfecto es el estado de una civilización, en la que los sacerdotes suelen monopolizar la poca ciencia de que se dispone, más aún cuando esta ciencia falsa se funda más en las quimeras fantásticas de la superstición que en los fenómenos reales de la naturaleza. Los sacerdotes aztecas, astrólogos y adivinos, tenian en sus manos las llaves del futuro, por lo que inspiraban mayor terror al pobre hombre con la fe del carbonero que ninguna
otra superstición haya inspirado nunca, ni siquiera en el fanático Egipto antiguo.
La clase sacerdotal era tan numerosa que sólo en el templo principal de la capital había más de cinco mil sacerdotes. Sus rangos y funciones estaban minuciosamente determinados de modo que los más instruidos en la música dirigían los coros, otros supervisaban la celebración de las fiestas según el orden del calendario, etc. Los sacerdotes se encargaban también de la educación de la juventud y de la conservación de las pinturas jeroglíficas y de las tradiciones orales. Los más altos dignatarios de la jerarquía sacerdotal se reservaban los terribles rítos de los sacrificios. El cargo más alto de esta jerarquía era compartido por dos pontífices máximos, elegidos, al parecer, por el rey y la nobleza, sin que en esta elección influyese para nada el origen social de los candidatos, sino sólo sus méritos en los grados inferiores de su ministerio sacerdotal. Estos dos pontí-
‘ Í4* 1
Reconstrucción ideal de los templos de Tenochtitión.

fices, iguales en dignidad, sólo eran ínferiores al rey, y raramente decidía éste nada en asuntos de importancia sin contar con su consejo y aprobación.
Cada sacerdote de los grados inferiores estaba consagrado a una divinidad particular; vivían en el amplio recinto de los templos, por lo menos mientras estaban en el ejercicio de sus funciones, ya que podían casarse y tener una familia aparte. Su vida, en esta residencia monástica, se regía por la más estrecha disciplina. Tres veces al día, y una vez durante la noche, se les llamaba a la oración. Eran muy frecuentes las abluciones y vigilias, y se mortificaban el cuerpo mediante ayunos y crueles penitencias; se flagelaban hasta que la sangre corría por su cuerpo y laceraban su carne con espinas de áloe; en una palabra, se sometían a todas las austeridades que en todas las épocas del mundo ha inspirado el absurdo fanatismo, hasta el punto de que como ha dicho un poeta, para mere-
cer el cielo, hacían de la tierra un infierno.
Las grandes ciudades estaban divididas en barrios, al cuidado de una especie de párroco. Sorprende encontrar entre los aztecas la confesión y la absolución de los pecados. El secreto confesional era inviolable y las penitencias que se imponían en la confesión muy semejantes a las que prescribe el catolicismo romano. Había sin embargo dos diferencias importantes: la recaída en un pecado por el que ya antes se había obtenido el perdón, no se podía expiar; además la confesíón sólo se celebraba una vez en la vida. Por lo general, pues, la confesión se solía retrasar hasta la vejez, de modo q9e descar~ gando entonces su conciencia, el penitente liquidaba de un solo golpe una larga serie de iniquidades. La otra singularidad, más peculiar aún, consistía en que la absolución del sacerdote equivalía al castigo legal, de mo-
do que en caso de arresto bastaba para poner en libertad al culpable penitente. Mucho tíem-
«El orden sacerdotal era tan numeroso que sólo el principal templo de la capital contaba con cinco mil sacerdotes. Sus rangos y funciones estaban minuciosamente determinados; los más instruidos en la música dirigían los coros... Los más altos dignatarios se reservaban los terribles ritos de los sacrificios.»
Arriba: sacerdote azteca,

po después de la conquista los indígenas que habían quebrantado la ley trataban de esca-
par a la acción de la justicia civil presentando un certificado de confesión.
Una de las más importantes funciones de los sacerdotes era la educación; a este fin se habían habilitado numerosos edificios en el interior del templo principal. Nifios de ambos sexos vivían allí desde su rinás tierna infancia cualquiera que fuese su origen so-
cíal. Las nifias estaban al cuidado de sacerdotisas, ya que también las mujeres ejercían el sacerdocio, a excepción de la práctica de los sacrificios. Los muchachos, educados en la rutina de la disciplina monástica, adornaban con flores los altares de los dioses, cuidaban de los fuegos sagrados y participaban en los cantos y las fiestas. En una escuela superior, llamada calmecac, se les iniciaba en el caudal de la tradición, en los misterios de los jeroglíficos, en los principios del gobierno y en las diversas especialídades de la astronomía y las demás ciencias naturales conocidas por los sacerdotes. Las muchachas aprendían a realizar diversos trabajos femeninos, especialmente a tejer y bordar ricas telas para cubrir los altares de los dioses. Se prestaba una gran atención a la discíplina moral entre los sexos: se castigaba con el mayor rigor, a veces hasta con la muerte, cualquier falta de decencia. La educación, entre los aztecas, no tenía como resorte el amor, sino el miedo. Los alumnos salían del convento a la edad de casarse o en el momento de hacerse cargo de sus deberes como ciudadanos responsables; luego de numerosas ceremonias y con las recomendaciones de los sacerdotes más capaces, recibían importantes cargos en el gobierno. Como puede suponerse la política de los sacerdotes mexicanos no podía ser más hábil: teniendo en sus manos la educación de la juventud, moldeaban a su gusto a los jóvenes y dóciles espíritus; desde la
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infancia les inculcaban el respeto a la religión y a sus ministros. Estas primeras impresiones quedaban grabadas hasta en los guerreros, incluso si el rudo oficio de las armas había borrado en ellos cualquier otra traza de educación.
Las tierras anexas a los principales templos atendían a las necesidades de los sacerdotes. Estos dominios de la casta sacerdotal, sucesivamente acrecentados por la política o por la devoción de los reyes, habían llegado a extenderse, durante el reinado del último Moctezuma, por todas las provincias del imperío. Los sacerdotes administraban por sí mismos sus propiedades, y al parecer trataban a sus colonos con la liberalidad e indulgencia característica de todas las comunidades monásticas. Además de los abundantes subsidios obtenidos de esta fuente, los sacerdotes se
beneficiaban también de todos los primeros frutos de la tierra y de otras ofrendas de la piedad o de la superstición de los fieles. Los beneficios obtenidos después de pagar los gastos ocasionados por el culto nacional se repartían en limosnas a los pobres, obligación rigurosamente prescrita por el código moral de los aztecas. Como vemos, la misma religión que por una parte inculcaba lecciones de la más pura filantropía, por otra llevaba a cabo los más abominables exterminios: la misma contradicción se daba en la Europa cristiana en los primeros tiempos de la Inquisición.
Los templos mexicanos, teocallis (casas de Dios), como se les llamaba, eran muy numerosos. En las principales ciudades debían llegar a varios cientos, en su mayor parte pobres y frágiles. Se construían con grandes masas de tierra cubiertas de ladrillos o piedra, y por su forma recordaban a las pirámides de Egipto. Por lo general sus bases medían más de treinta metros de lado, y su altura debía ser mayor aún. Solían tener cuatro o cinco plantas de dimensiones progresiva-
«Los templos mexicanos eran muy numerosos... estaban divididos en plantas escalonadas. Se subía por una escalera exterior.»

mente menores, a las que se llegaba mediante una escalera exterior practicada en uno de los ángulos de la pirámide. Esta escalera conducía directamente a una especie de te-
rraza o galería dispuesta alrededor de la base de la segunda planta, que conducía a otra escalera situada en el mismo ángulo que la anterior, directamente sobre ella, y que conducía a su vez a otra galería, de modo que había que dar varias vueltas al templo antes de llegar a su parte superior. A veces la escalinata conducía directamente al centro de la fachada occidental del edificio. La cumbre
era una amplia plataforma sobre la que se elevaban una o dos torres de doce o quince metros de altura, y que servían de santuarios donde se guardaban las imágenes de las divinidades protectoras. Delante de las torres se hallaba la gigantesca piedra del sacrifício, y dos grandes altares donde se mantenían siempre encendidos dos fuegos, inextinguibles como los de Vesta en la antigua Roma. Al parecer había cerca de seiscientos de estos altares sobre pequeños teocallis sólo en el recinto del gran templo de México. Estos altares, junto con los existentes por los diferentes barrios de la ciudad, iluminaban las calles en las noches más negras.
Como consecuencia de esta peculiar forma de construcción de los templos, todas las ceremonias religiosas eran públicas. Desde los extremos más alejados de la capital se podría contemplar la interminable procesión de los sacerdotes serpenteando alrededor de las colosales laderas de los teocallis, hasta que llegaban a la plataforma superior donde se consumaban los sacrificios. Este espectáculo despertaba en el pueblo azteca un sentimiento mezcla de terror y veneración hacia los terribles ministros de semejante rito.
Todos los monjes estaban consagrados a
alguna divinidad protectora. No había semana, no había un solo día que el calendario telígioso no destinase a alguna ceremonía. Es
Gradas del templo de Quetzalcoatl en Teotihuacán. - «Como consecuencia de la singular construcción de los templos, todas las ceremonias religiosas eran públicas.
difícil comprender cómo las obligaciones co-
tidianas podrían acompasarse a las exigencias de la religión. Una gran parte de las ceremonias tenían un carácter alegre y se celebraban con cantos y danzas nacionales en los que intervenían indistintamente ambos sexos. Se formaban largas procesiones de mujeres y niños coronados de guirnaldas, que transportaban ofrendas de frutos, maíz maduro, o el suave incienso del copal o de otras hierbas olorosas. Los altares de la divinidad en esas ocasiones sólo se regaban con la sangre de los animales. Probablemente ése era el culto pacífico legado por los toltecas a los feroces aztecas, quienes luego interpolaron una superstición demasiado desagradable co-
mo para contarla en toda su crudeza. Incluso deberíamos callarla completamente sí no fuera porque eso significaría dejar al lector en la ignorancia respecto a la institución más extraña y característica de este pueblo. Los sacrificios humanos comenzaron entre los aztecas al principio del siglo catorce, aproximadamente dos siglos antes de la conquista. Al principio sólo se celebraban muy de tarde en tarde, pero se hicieron más frecuentes conforme el imperio se iba ensanchando, hasta que llegó un momento en que todas las fiestas acababan con esta sangrienta abominación. Estas ceremonias religiosas estaban concebidas de modo que representasen los rasgos más sobresalientes de la historia y el carácter del dios al que se quería honrar. Un ejemplo: una de las fiestas más importantes era la del dios Tescatlepoca, a quien ni siquiera el Ser Supremo sobrepasaba en importancia. Se le llamaba Alma del mundo, y se le suponía su
creador. Se le representaba bajo el aspecto de un hombre joven. Un año antes de la fiesta, se elegía para representar a esta divinidad, a un cautivo de belleza perfecta. Los sacerdotes le enseñaban a representar su papel con la gracia y la dignidad convenientes. Se le vestía lujosamente, y se le prodigaban
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incienso y flores, de los que los aztecas eran tan amantes como los mexicanos de hoy. Cuando salía, iba siempre acompañado de un
ejército de servidores, y si se detenía en cualquier calle para tocar alguna melodía favorita, el pueblo se prosternaba ante él rindiéndole el homenaje debido al representante de la divinidad bienhechora. Cuatro bellas jovenes con los nombres de las cuatro diosas principales compartían por elección los honores de su lecho. Sus días transcurrían en medio de todos los placeres, entre festines ofrecidos por los principales nobles, prontos a tributarle los honores debidos a un dios.
Pero llegaba el día fatal; estaba próximo el final de su efímero esplendor. Se le despojaba de sus ricos vestidos, decía adiós a sus bellas compañeras de placeres, y una barcaza real le transportaba al otro lado del lago
a un templo construido sobre la orilla, aproximadamente a una legua de la ciudad. Todos los habitantes de la capital acudían entonces para ser testigos del desenlace de la tragedia. A medida que la procesión ascendía por los flancos de la pirámide, el desdichado cautivo iba arrojando las guirnaldas de flores, y rompiendo los instrumentos musicales que habían alegrado las horas de su equívoca fe licidad. Seis sacerdotes le esperaban en lo alto del edificio. Sus largas cabelleras enmarañadas caían en desorden sobre sus ornamento*s negros, cubiertos de misteriosas inscripciones jeroglíficas. Sujetaban a la víctima y la tendían sobre la piedra del sacrificio, un enorme bloque de jaspe, ahuecado en su parte superior. Cinco de los sacerdotes sostenían la cabeza y los miembros del cautivo, mientras el sexto, cubierto por un manto rojo, emblema de su sangriento ministerio, abría el pecho de la víctima con un afilado cuchillo de itztly, sustancia volcánica tan dura como el pedernal, y hundiendo rápidamente la mano en las entrañas aún vivas, extraía su corazón palpitante, lo presentaba al sol, objeto
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de adoración en todo el Anáhuac, y lo arrojaba a los pies de la divinidad a la que el templo estaba consagrado, en tanto que la multitud, arrodillada, la adoraba.
Tal era el rito de los sacrificios humanos entre los aztecas. Y tal fue el espectáculo al que frecuentemente tuvieron que asistir los europeos indignados cuando se adentraron en el país, y tal la lúgubre suerte que debieron de temer para sí mismos. En ocasiones se torturaba a la víctima antes de sacrificarla. Ahorraremos a nuestros lectores la lista de estas torturas, pero hay que insistir en que estas torturas no eran, como entre los indios de la América del Norte, el producto de su crueldad natural, sino que, por el contrario, estaban rigurosamente prescritas por la religión. El sacerdote-verdugo creía estar obrando bajo el impulso de un espíritu santo, tan firmemente como podían creerlo los familiares de la inquisición. En algunos casos también las mujeres podían ser sacrificadas. Y en otros, sobre todo durante las grandes sequías, en la fiesta del insaciable
Cabezas de serpientes emp,lumadas..

«Muchas de las ceremonias tenían un carácter de alegría y se componían de cantos nacionales y danzas en las que intervenían ambos sexos.» Estas figurillas de arte preazteca evocan una reunión de hombres realizando una ofrenda.
...que adornan el gran santuario de Teotihuacán.

La piedra del sacrficio en la gran Pirámide de México.
la «Un sacerdote cubierto por un manto rojo abde el pecho de la víctima con afilado cuchillo itztli, sustancia volcánica ... ; le arrancaba el coraZón, palpitante aún, y lo presentaba al sol.»
«Los sacrificios humanos se han realizado en gran número de pueblos... pero nunca en proporciones comparables a las del Anáhuac. Los historiadores hablan de veinte mil víctimas anuales, y algunos elevan esta cifra a cincuenta míl.»

Tlaloc, el dios de la lluvia, se sacrificaban también niños, la mayor parte varones. Cuando se les transportaba en literas descubiertas, adornados con sus vestidos de fiesta y coronados de las más hermosas flores de la primavera, excitaban sin duda la piedad de los corazones más duros, pero sus gritos eran ahogados por los cantos salvajes de los sacerdotes quienes incluso veían en sus llantos los mejores auguríos. Por lo general, estas víctimas inocentes se compraban a los padres más pobres. Pero hay que suponer, en honor de la humanidad, que en esos casos obedecían menos a los abominables consejos de la pobreza que a una odiosa superstición.
Aun nos falta por exponer la parte más desagradable del horrible cuadro: la forma en que se disponía del cuerpo del cautivo. Se devolvía a los guerreros que le habían
hecho prisionero y éstos lo ofrecían en un banquete a sus amigos. Y no hay que pensar que se trataba de la grosera pitanza humana de caníbales hambrientos, sino un verdadero banquete abundante en deliciosas bebidas, y alimentos delicadamente preparados, un banquete en que participaban todos, hombres y mujeres, con el mayor de los decoros. Extraña alianza de refinamiento y barbarie.
Los sacrificios humanos han sido uso frecuente en gran número de pueblos, incluidos los más civilizados de la antigüedad, pero
nunca en una proporción comparable a la del Anáhuac. La cifra de las víctimas anualmente inmoladas en estos países haría temblar la fe del más crédulo. No hay un solo historiador que calcule por debajo de veinte mil al año, y algunos elevan esta cifra hasta cincuenta mil.
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Esta imponente piedra del sacrificio se halla en el Museo de México.
«En la dedicación del gran templo de HuitzipochY, perecieron sesenta mil cautivos sobre los altares... La ceremonia se prolongó durante varios días.»
En las grandes ocasiones, como la coronación de un rey o la consagración de un templo, el número de víctimas era aún más impresionante. Durante la dedicación del gran templo de Huitzilopochli, el año 1486, se trajeron a la capital, desde todos los rincones del imperio, los prisioneros reservados para esta solemnidad desde varios años antes. Situados uno detrás de otro, su procesión me-
día más de tres kilómetros de longitud. La ce-
remonia duró varios días. Según se dice, en
aquella ocasión perecieron en los altares de la terrible divinidad más de sesenta mil cautivos. Pero quizás el lector se pregunte có-
mo es posible que tal número de hombres se
dejara conducir al matadero como corderillos ysin ofrecer la menor resistencia. Y aún ¿cómo es posible que sus cadáveres, imposibles de consumir como solía hacerse, no
Detalle de uno de los motivos que decoran la piedra del sacrificio

provocaran una espantosa epidemia? Parece increíble, pero no cabe dudar porque este acontecimiento estaba aún reciente en la memoría de todos en la época de la conquista, y está positivamente atestiguado por los historiadores mejor ínformados. Hay un hecho cierto que abona este testimonío, y es que los cráneos de las víctimas se conservaban en edificios a propósito para ello, y los compañeros de Cortés contaron en uno de ellos hasta ciento treinta y seis mil de esas calaveras. Sin pretender establecer cifras exactas, sí podemos asegurar que en las diferentes ciudades del Anáhuac se sacrificaban cada año millares de víctimas, según las pruebas de que disponemos.
La guerra entre los aztecas no tenía otra finalidad que la de proveer de víctimas a los sacrificios, al tiempo que el imperio se am-
pliaba; de modo que nunca mataban un enemigo en la batalla si había posibilidad de hacerlo prisionero. Los españoles debieron muchas veces su salvación a esta circunstancia. Al preguntar en cierta ocasión a Moctezuma, por qué había permitido la independencia de la república de Tlascala, situada junto a sus fronteras, respondió: «Porque nos proporciona víctimas para nuestros dioses.» Cuando los cautivos comenzaban a escasear, los sacerdotes mexicanos clamaban amenazando al rey con la cólera celeste. Al igual que los clérigos guerreros de la edad media, tomaban parte en
el combate, en el que se distinguían por su aspecto terrible y sus gestos frenéticos. ¿No es lamentable que en todos los países las más infernales pasiones del corazón hayan sido atizadas por el fanatismo? La influencia de semejantes costumbres, como podía esperarse, fue desastrosa para el carácter de los aztecas. El espectáculo frecuente de tan horribles sacrificios cerraba el corazón a todo sentimiento de humanidad y engendraba la misma sed de sangre que los crueles juegos de los anfiteatros de Roma. La continua repetición de las mismas ceremonias, en las que el pueblo tomaba parte activa, acababa por asociar la religión a sus más íntimos intereses, de modo que las tiníeblas de la superstición acababan por infiltrarse en las más humildes actividades de la vida doméstica. El carácter de la nación terminó por adquirir ese aspecto grave y melancólico que aún se advierte en sus descendientes. La casta sacerdotal ejercía una influencia sin límites. Hasta el soberano se consideraba honrado por asistir a las ceremonias del templo, Lejos de limitar la autoridad de los sacerdotes en materia espiritual, el rey se sometía frecuentemente a la opinión de ellos, aunque eran los menos competentes para emítirla. Precisamente la oposición de los sacerdotes impidió que la capital capitulase ante el asalto de los conquistadores, lo que hubiera significado su salvación. Des-
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El rico tocado del personaje, su ornamento de plumas, acaso designaba a un noble.
de el más humilde trabajador hasta el príncipe más altivo, humillaban su cabeza ante la peor de las tiranías, la del fanatismo ciego.
Es difícil conciliar costumbres tan escandalosas con una forma regular de gobierno, con cualquier tipo de progreso en el camino de la civilización. Y sin embargo los mexicanos tenían más de un derecho al título de pueblo civilizado. Para explicarse esta contradicción, bastará quizá recordar el destíno que cupo en suerte a algunas de las na-
ciones más civilizadas de Europa en el siglo XVI, después del establecimiento de la Inquisición, que destruía cada aflo millares de hombres, mediante un género de muerte mucho más cruel que la de los sacrificios aztecas, que armaba al hermano contra el hermano y que, sellando por el fuego los labios de los hombres, hizo más por frenar la marcha de la humanidad que cualquier otro sistema inventado por la malicia humana. Los sacrificios humanos en México, a pesar de toda su crueldad, no tenían nada de degradante para las víctimas. Incluso se consideraban ennoblecidos al ser sacrificados a los dioses. Los aztecas se ofrecían a veces voluntariamente al holocausto, como a la muerte más gloriosa, ya que les abría las puertas del paraíso. Pero la Inquisición en cambio, degradaba a sus víctimas en este mundo, y les condenaba en el otro a la desgracia eterna.
Apresurémonos a decir, sin embargo, que hay un rasgo de la superstición azteca ciue la coloca muy por debajo de la superstición de los cristianos. Se trata del canibalismo. No es que los mexicanos fuesen caníbales en la más innoble acepción de la palabra. En realidad ellos se sometían a su religión. La sangre de las víctimas cuyo cuerpo les servía de alimento había corrido por el altar de los sacrificios. Y este detalle merece ser destacado. Pero no cabe duda de que el canibalismo, a pesar de todas las justificaciones y bajo cualquier forma que se presente, no puede menos de ser
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fatal para el pueblo que lo practica. Sugiere ideas tan repelentes, tan degradantes para el hombre, para su condición de ser espiritual e inmortal, que resulta imposible para el pueblo que lo practica realizar progreso moral alguno. Y los mexicanos no fueron una excepción. Su civilización la habían heredado de los toltecas, pueblo que nunca había teñido sus altares, y mucho menos sus banquetes, con sangre humana. Todo lo que merece el nombre de ciencia en México, a ellos se debía, y las ruinas de los edificios que se les atribuyen en diversas zonas de la Nueva España también atestiguan la superioridad de su arquitectura sobre la de las últimas razas del Anáhuac. Es cierto, sin embargo, que los mexicanos hicieron grandes progresos en la ciencia del gobierno, en las artes mecánicas y en la «cultura material», si se puede hablar así, como resultado natural del aumento de la riqueza, que en conjunto proporcionaron mayores medios de satisfacción de los sentidos. Pero por lo que se refiere a los progresos de la inteligencia, quedaban muy por detrás de
los tezcucanos, cuyos sabios reyes, sólo con mucha repugnancia adoptaron los ritos abominables de sus vecinos, y desde luego, jamás los practicaron en la misma horrible escala.
En este estado de cosas hay que ver como un regalo de la providencia el hecho de que otra raza ocupase el país liberándolo así de las brutales supersticiones cuyos límites se ex-
tendían constantemente con los del imperio. Las instituciones embrutecedoras de los aztecas son la mejor apología de la conquista. Es cierto que los conquistadores llevaban a la inquisición tras ellos, pero también introdujeron el cristianismo, cuya benéfica influencia se dejaría sentir hasta mucho después de que las llamas del fanatismo se extinguieran, disípando los espantosos fantasmas que durante tanto tiempo habían desolado las bellas regiones del Anáhuac.
Calavera en un muro del gran templo de México. <,El espectáculo frecuente de los sacrificios humanos cerraba el corazón a todo sentimiento humano y engendraba la misma sed de sangre que los crueles juegos del anfiteatro en Roma.»

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