Opinión y reflexión crítica acerca de las ideas planteadas en el texto






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LA LECTURA: NIVEL CRÍTICO

Opinión y reflexión crítica acerca de las ideas planteadas en el texto

I. Introducción


Habíamos mencionado en los capítulos anteriores acerca de la comprensión lectora. Dijimos que en ella participaban distintos tipos de inferencias, entre las que teníamos a aquellas que nos permitían cohesionar y comprender los elementos que conforman una oración, así como inferir las distintas relaciones que hay entre las proposiciones al interior del enunciado. Tales inferencias son las integradoras, las referenciales y las causales.
Las otras inferencias eran las llamadas inferencias elaborativas o “hacia delante”, definida como aquellas que se realizan cuando el texto leído es relacionado con un aspecto extratextual, como la suposición de quién la escribió, cuándo, qué pensaba posiblemente el autor, cuál era la ideología del autor, entre otros.

II. Nivel crítico de la lectura
Leer un texto críticamente implica un conocimiento que va más allá de la simple comprensión lectora. La lectura reflexiva o crítica requiere de una participación activa del lector, el cual relacionará lo dicho en el texto con sus conocimientos previos. A partir de allí evaluará el nivel de certeza o falsedad de lo escrito, así como otros aspectos como la calidad del nivel estético, ético, didáctico, histórico, científico, religioso, filosófico, etcétera.
Para criticar el contenido o la forma de un texto requerimos de otras lecturas previas que hayan superado en calidad estética y/o ética a la del texto leído. Tales textos forman parte de nuestro conocimiento previo y se constituyen como modelos o paradigmas. Un ejemplo de esto es que suele encontrarse distintos tipos de opiniones favorables o desfavorables con respecto a la percepción de la calidad estética de una película. Los críticos especializados compararán un filme con la mejor película que hayan visto en el género específico, y a partir de allí dará su voto favorable o desfavorable. Un aficionado incauto, en cambio, dará su opinión “ingenua” acerca de una obra fílmica, puesto que no tiene uno o varios modelos que le permitan comparar el nivel de la calidad de las obras.
Además de los modelos o paradigmas, la lectura crítica requiere de un conocimiento cabal del contexto de enunciación, es decir, de las características del tiempo, espacio y cultura en que se realizó la escritura del relato, así como del conocimiento del contexto en que se hizo las posibles modificaciones. Dicho saber nos permitirá reflexionar adecuadamente acerca del contenido o la forma de un texto; y dar una crítica justa y contextualizada a la obra. No es lo mismo criticar la obra de un novelista con varias obras publicadas, que criticar el relato de un joven escritor. La balanza con que se pesa las obras artísticas, científicas o filosóficas debe ser calibrada de acuerdo con el contenido de una obra, pero también con las peculiaridades del momento de enunciación.
Otro aspecto importantísimo que hay que tomar en cuenta son las categorías con que contamos para realizar nuestro análisis y crítica. Afirmar que una obra es bella o fea, excelente o pésima, importante o intrascendente, justa o injusta, cruel o bondadosa, sublime o grotesca, exacta o inexacta, etcétera; dependerá de qué es lo que entendemos por tales adjetivos. Decir que algo es bello depende de nuestro relativo y reducido concepto de belleza, no de la belleza universal que es tan rica y variada. Entonces, para realizar una crítica con cierto nivel de aceptación, es necesario que contemos con categorías sólidas; por ejemplo, si vamos a evaluar un cuento, requeriremos conocer qué son el narrador, la narración, el discurso, el enunciador, etcétera. Estas palabras nos permitirán analizar el relato concierto grado de credibilidad. Si deseamos analizar la calidad moral del mismo, entonces acudiremos a nuestros paradigmas axiológicos, que dependerán de nuestra religión y creencias personales.
Quizás lo más importante para la crítica de un texto, sea el conocimiento de la materia de la que se habla, así como el conocimiento de la historia. Ambos saberes son determinantes en tanto que de ellos depende la calificación o descalificación de un texto científico o filosófico –e, incluso, artístico–. El texto que no se corresponda con la realidad o con la materia de la cual trata, es un texto deficiente, malo o despreciable.

III. Los valores y la crítica

Criticar un texto es valorarlo. El valor es la calificación que el ser humano, desde su particular perspectiva, le da a una cosa o un ser. El valor descansa sobre la realidad, es un punto de vista sobre la bondad o maldad de algo o alguien. Dicho punto de vista, si bien es personal, ha sido educado conforme a un modelo social; por tanto, la crítica valorativa de una persona es una muestra de la crítica valorativa de la sociedad en la que dicha persona creció, o la suma de valores que aprehendió de sus lecturas.
Hay que tener en cuenta que los valores no son los mismos en todos los hombres ni en todas las épocas. Los valores son heterogéneos, jerarquizados y polarizados por las distintas culturas. Por ejemplo, en las sociedades “modernas” es más importante la forma que el contenido. Las personas gastan en exceso (a veces llegan al extremo del delito) por mejorar su apariencia, es decir, su forma; en cambio, descuidan y sacrifican su ser (pueden llegar a empeñar sus viviendas, sus futuros [deudas con tarjetas de crédito], etcétera).

A continuación propondré arbitrariamente una lista de las buenas cualidades de un texto:
a. Un texto es bueno si trasciende a su tiempo y espacio, puesto que –se entiende– su sabiduría ha sido útil a muchas generaciones. Son ejemplos el Quijote (Cervantes), Macbeth (Shakespeare), Los ríos profundos (Ciro Alegría), Historia de la República del Perú (Jorge Basadre), La perspectiva científica (Betrand Russell), o libros considerados sagrados como la Biblia y el Corán.


b. Un texto es bueno si está fundamentado sobre la verdad y la base de que la justicia es lo más esencial en la vida. Las obras que han defendido causas injustas, opresoras que no están fundadas en la verdad ni en la justicia han resultado intrascendentes y se han extinguido. Los buenos libros, los recomendados por los buenos maestros de todos los tiempos, hablan de cosas justas y se fundamentan en la verdad.
c. Un texto es bueno cuando nos produce satisfacción. Dependiendo el grado de nuestra profundidad espiritual, un texto satisfará nuestras expectativas. Una persona ruin sentirá deleite con un libro que exprese hechos aberrantes; un ser inculto gozará con las procacidades del programa de humor de los sábados o una mala película de Holliwood; mientras que un hombre docto disfrutará con aquel texto que tenga más profundidad en el tratamiento del tema y más esmero en la construcción de la forma.
d. Un texto es bueno en cuanto sus enunciados sean universales. Los buenos libros expresan hechos que son universales a todos los tiempos y culturas. Es por eso que un peruano del siglo XXI o un inglés del siglo XVIII pueden disfrutar de las verdades de la Divina comedia, debido a que este libro nos habla del usual descarrilamiento de los hombres en su juventud, de nuestro alejamiento del camino “correcto”; además nos hace reflexionar acerca de la sublimidad de ciertas mujeres –nuestras madres, por ejemplo– que son capaces de llevarnos por el camino del bien. En esta monumental obra también vemos hechos tan válidos universalmente como el desobedecimiento de las normas y su respectiva sanción.
e. Un texto es bueno si propicia el bienestar individual y social de las personas. Generalmente, los hombres leen libros para educarse y procurarse bienestar. Libros relacionados con la religión y la ley suelen ser obedecidos en tanto que las personas creen que sus mandatos procuran el bien. Los libros que no contribuyen al bienestar social suelen ser sancionados con la desatención de los lectores. Una autoridad puede prohibir un libro, mas si este procura el bienestar, seguirá leyéndose; casos particulares son Memorias de una paria y La ciudad y los perros, textos que fueron quemados por las autoridades en acto público que se leyeron y se leen en tanto que sus contenidos denuncian hechos que deben corregirse.
f. Un texto es bueno si nos es útil y/o bello. En textos literarios, discursos políticos, ensayos, etcétera, evaluamos la belleza –muestra de grandeza de la mente humana– y la utilidad de un texto. Si el discurso nos parece útil y/o bello le damos una mejor calificación con respecto a otros que cumplen una de dichas características o no cumplen ninguna.


IV. ¿Cómo escribir una crítica?
La crítica de un texto debe tener en cuenta al contexto histórico de la enunciación, los valores personales, sociales, las “buenas cualidades” que líneas arriba expuse y las categorías o punto de vista desde los cuales se adjetiva a un texto.
La crítica es la argumentación de una postura personal, la cual no debe estar orientada por prejuicios, sino por la valoración objetiva y justa de un texto. La crítica deberá incluir los aspectos positivos y negativos del texto; el balance justo es el que deberá ponerse al inicio del texto a modo de hipótesis para después sostenerlo por medio de argumentos basados en el texto y en la historia.
Como se dijo al principio, la crítica requiere de la lectura activa, de un diálogo entre el discurso en cuestión con otros discursos del autor o de otros autores; así mismo, criticar es valorar, medir y comparar un texto con un modelo ya consagrado como el mejor. Un nivel más elevado de la lectura crítica es la extrapolación del texto para la obtención de nuevas conclusiones que enriquecen la comprensión lectora y generan otro texto a partir del primero.
La crítica no es un conjunto de alabanzas ni tampoco un conjunto de insultos e improperios. El adjetivo debe ser exacto, medido y justificable. La crítica requiere, por preparación para decir algo verdadero y coherente, y de valentía para asumir los cuestionamientos a nuestro texto.

Ejemplo


El padrino es un típico producto de la publicidad. Una gran campaña, lanzada por todos los medios de comunicación, es capaz de crear valores y calidades inexistentes, a fuerza de afirmar su existencia.

En realidad, si analizamos detenidamente la campaña, nunca se habla del valor o calidad; se habla simplemente de aceptación del público, de éxito de taquilla, de millones de espectadores y, en algunos casos, de calidad de actuación. Pero el público ingenuo infiere el valor y la calidad a partir de la aceptación masiva, sin detenerse a analizar la naturaleza del producto que se le ofrece.

Y en este caso, el producto es realmente pobre y limitado. El padrino, como película, no supera el nivel de una producción mediocre dentro de la cinematografía americana del momento. Con las mismas características, exceptuada tal vez la duración, se pueden presentar otras tantas películas con el mismo derecho a ser consideradas representativas del cine norteamericano. La mediocridad de un filme como El padrino hay que atribuirla, básicamente, a las limitadas posibilidades de un realizador como Francis Ford Coppola, quien hasta la fecha no ha dado de sí más que películas del sistema estandarizado, sin aportar elementos de originalidad que permitan reconocer sus obras entre el conjunto anónimo de la producción común. Ni El camino del Arco Iris (1968), ni Dos Almas en Pugna (1969), ni siquiera Ya eres un hombre (1966) ofrecen rasgos de interés que justifiquen esperar algo más que un resultado mediocre al salir de manos de Francis Ford Copola. El padrino no rectifica esta situación.

Desiderio Blanco. Imagen por imagen




EL PADRINO
Las flores del mal
SUERTE DE ÁNGEL, a la vez luminoso y tétrico, amoroso y rebelde, desesperado y ardoroso, Charles Baudelaire tuvo en su mundo y en el mundo actual de la poesía un lugar preponderante. Llegó, lo ocupó y perdura inmortal. Su labor poética fue completada por la prosa, la crítica y la revelación en Francia de un precursor: su endemoniado y trágico, Edgar Poe. Además su propia existencia fue una simbiosis sólo comparable con las de sus próximos Rimbaud y Verlaine.


Un compatriota mío, José María Arguedas, llamó al Perú el país de “todas las sangres”. No creo que haya fórmula que lo defina mejor. Eso somos y eso llevamos dentro todos los peruanos, nos guste o no: una suma de tradiciones, razas, creencias y culturas procedentes de los cuatro puntos cardinales. A mí me enorgullece sentirme heredero de las culturas prehispánicas que fabricaron los tejidos y mantos de plumas de Nazca y Paracas y los ceramios mochicas o incas que se exhiben en los mejores museos del mundo, de los constructores de Machu Picchu, el Gran Chimú, Chan Chan, Kuelap, Sipán, las huacas de La Bruja y del Sol y de la Luna, y de los españoles que, con sus alforjas, espadas y caballos, trajeron al Perú a Grecia, Roma, la tradición judeo-cristiana, el Renacimiento, Cervantes, Quevedo y Góngora, y la lengua recia de Castilla que los Andes dulcificaron. Y de que con España llegara también el África con su reciedumbre, su música y su efervescente imaginación a enriquecer la heterogeneidad peruana. Si escarbamos un poco descubrimos que el Perú, como el Aleph de Borges, es en pequeño formato el mundo entero. ¡Qué extraordinario privilegio el de un país que no tiene una identidad porque las tiene todas!

(Mario Vargas Llosa)

SI BIEN LA POESÍA de José María Eguren (1874-1942) puede subyugarnos fácilmente por su música y su plasticidad, es también cierto que esta poesía “clara y sencilla”, principalmente por aquellos atributos, puede entrañar escollos difíciles de superar que están dados por la extrema sutileza de su ejecución, por su trasfondo simbólico paralelo a su mera apariencia exterior, por su vocabulario riquísimo e insólito, por su apretada condensación semántica, por su sintaxis a menudo torturada. Eguren, como Góngora, Mallarmé o Vallejo, es poeta propicio al comentario y a la elucidación pues, a veces, sólo gracias a ellos es posible alcanzar a penetrar el sentido a menudo latente en sus poemas.


A nuestro juicio, este problema fue abordado por vez primera en su acepción actual por Kant, quien en Crítica de la razón pura, Crítica de la razón práctica y Crítica del juicio procura establecer los fundamentos de la universalidad de lo verdadero, lo bueno y lo bello. Lo que interesa en el presente ensayo es la posición kantiana acerca de la valoración estética o «juicio del gusto», según su terminología.
Según Kant, en el juicio estético «...la imaginación (como facultad de las intuiciones a priori.) se pone, sin propósito, en concordancia con el entendimiento (como facultad de los conceptos) por medio de una representación dada, y de aquí nace un sentimiento del placer...».
El filósofo alemán quería encontrar en el juicio estético un aspecto general que contara con la aprobación unánime, Pero sólo halló una solución análoga a la que había formulado respecto de los fundamentos de la universalidad de las leyes lógicas del conocimiento y de la ley moral. El juicio del gusto es trascendental, su universalidad reside en su apriorismo: «Así pues, no es placer, sino la universal validez de ese placer lo que se percibe en el espíritu como unido con el mero juicio de un objeto y lo que es representado en un juicio de gusto, a priori, como regla universal para el juicio, valedera para cada cual».
En su tentativa de superar el subjetivismo y proporcionar una base objetiva a la apreciación estética, Kant sólo encuentra, pues, la misma solución de compromiso que caracteriza toda su filosofía, pues quita a esa «objetividad» todo vínculo con la realidad objetiva. En otras palabras, desplaza el problema a la subjetividad, hace del elemento de conciencia el elemento primordial de la valoración estética. Y como al mismo tiempo confiere a esa valoración un carácter eternamente válido, su solución es a la vez idealista y metafísica.
El carácter antihistórico de la doctrina de Kant fue superado por Hegel, para quien el ideal estético evoluciona con el tiempo; así, divide la creación artística en tres grandes períodos: el arte simbólico de la Antigüedad, el arte clásico y el arte romántico, y señala dentro de cada período etapas de ascensión, apogeo y decadencia. Pero esta constante transformación del arte no es, según Hegel, más que la transformación de la Idea absoluta. «La idea de lo bello como idea absoluta —escribe— encierra un conjunto de elementos distintos y momentos esenciales, que como tales deben manifestarse y realizarse. Es lo que podernos llamar, en general, formas particulares del arte. Éstas deben ser consideradas como el desarrollo de las ideas que encierra en su seno la concepción del ideal, y que el arte pone al descubierto.

Ejercicios

Lea el siguiente texto y realice una crítica estética del mismo. La crítica debe apreciar los aspectos de la forma (rima, ritmo, musicalidad, figuras poéticas) y el contenido.


Definiendo el amor
Es hielo abrasador, es fuego helado,

es herida, que duele y no se siente,

es un soñado bien, un mal presente,

es un breve descanso muy cansado.
Es un descuido, que nos da cuidado,

un cobarde, con nombre de valiente,

un andar solitario entre la gente,

un amar solamente ser amado.
Es una libertad encarcelada,

que dura hasta el postrero parasismo,

enfermedad que crece si es curada.
Este es el niño Amor, este es tu abismo:

mirad cuál amistad tendrá con nada,

el que en todo es contrario de sí mismo.


Redacta tu crítica aquí.

A la edad de las mujeres
De quince a veinte es niña; buena moza

de veinte a veinticinco, y por la cuenta

gentil mujer de veinticinco a treinta.

¡Dichoso aquel que en tal edad la goza!
De treinta a treinta y cinco no alboroza;

mas puédese comer con sal pimienta;

pero de treinta y cinco hasta cuarenta

anda en vísperas ya de una coroza.
A los cuarenta y cinco es bachillera,

ganguea, pide y juega del vocablo;

y cumplidos los cincuenta, da en santera,
y a los cincuenta y cinco echa el retablo.

Niña, moza, mujer, vieja, hechicera,

bruja y santera, se la lleva el diablo.

Redacta tu crítica aquí.

Realice una crítica valorativa del siguiente texto.

Se considera probado que los varones y las mujeres nacen con las mismas predisposiciones intelectuales, esto es, que no hay ninguna diferencia primaria entre las inteligencias de los dos sexos. Pero no menos probado está que las predisposiciones que no se ejercitan y desarrollan se atrofian: las mujeres no ejercitan sus disposiciones intelectuales, arruinan caprichosamente su aparato pensante y, tras unos pocos años de irregular training del cerebro, llegan finalmente a un estadio de estupidez secundaria irreversible.
¿Por qué no utilizan las mujeres el cerebro? No lo utilizan porque no necesitan capacidad intelectual alguna para sobrevivir. En teoría es posible que una mujer hermosa tenga menos inteligencia que un chimpancé, por ejemplo, y que, sin embargo de ello, triunfe en el medio humano. No más tarde de los doce años -edad a la cual la mayoría de las mujeres ha decidido ya emprender la carrera de prostituta (o sea, la carrera que consiste en hacer que un hombre trabaje para ella a cambio de poner intermitentemente a su disposición, como contraprestación, la vagina)-, la mujer deja de desarrollar la inteligencia y el espíritu. Aún hace, ciertamente, que la preparen, y se hace con diplomas de todas clases –pues el varón se cree que una mujer que se ha aprendido algo de memoria sabe de hecho alguna cosa (dicho de otro modo: un diploma eleva el valor de la mujer en el mercado)-, pero en realidad los caminos de los dos sexos se separan aquí definitivamente. Toda posibilidad de comprensión entre el varón y la mujer se corta en este punto, y para siempre.
Por eso uno de los principales errores que siempre comete el varón al estimar a la mujer consiste en que la considera igual a él, o sea, en que la considera ser humano que funciona más o menos en el mismo plano emocional e intelectual que él mismo. El varón puede observar desde fuera el comportamiento de su mujer, puede oír lo que dice, ver pero con su mirada de varón- las cosas de que ella se ocupa, e inferir de determinados signos lo que ella piensa. Pero en todas esas percepciones e inferencias el varón se rige por su propia escala de valores.

El varón sabe qué haría él, qué pensaría y qué diría puesto en la situación de ella. Y cuando contempla el resultado de su observación resultado deprimente a tenor de sus propios criterios-, se ve forzado a concluir que tiene que haber algo que impide a la mujer hacer lo que él haría gustosamente en su lugar. Pues el varón se considera medida de todas las cosas, y con razón, si es que hay que definir al ser humano como un ser capaz de pensamiento abstracto.

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