La hora exacta y otros relatos






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JOSE MARIA RIVAS GROOT
(1863 – 1923)

LA HORA EXACTA Y OTROS RELATOS



Selección y edición electrónica de morphynoman




LA HORA EXACTA

En cierta República intertropical se imitó la sabia costumbre de Roma: en lo alto de una torre se puso un reloj, que se regía por el meridiano, y a las 12 del día se disparaba un cañonazo.

Muchos hombres, respetuosos del orden, amigos de la tradición, confiados en las leyes eternas que rigen el universo, aceptaron con gusto la costumbre, y cada día ajustaban su reloj a la hora anunciada por el observatorio y por el cañonazo. Muchos otros hombres, tocados por el espíritu revolucionario, por el prurito de reformas, protestaron contra el sistema.

 ¡El cañonazo! ¿Las 12?... No: yo tengo la una y cuarto... ¿Quién me dice que mi reloj es el malo? Bien puede equivocarse el reloj del observatorio... Yo no someto mi criterio al criterio de otro tan falible como yo mismo... Además, yo no me equivoco: mi reloj va adelantado.

Entre las grandes conquistas de la época moderna, al lado de los dogmas de 1789, para completar la libertad absotuta de conciencia y de palabra, entre los derechos del hombre, debemos consignar esta máxima sagrada, como una conquista del pensamiento emancipado: «Libertad absoluta en materia de relojes».

Levantó tribuna en la plaza pública, fundó periódico  La Hora Libre , hizo meetings, organizó juntas clandestinas, desarrolló en elocuentes discursos y en extensos artículos su programa de libertad, de rebelión contra la hora oficial; observó que aquel reloj venía marcando las horas desde los tiempos de la dominación española, siglos de oscurantismo en que los frailes estaban encargados de las observaciones astronómicas; recordó el caso de Galileo, la mazmorra inquisitorial, la frase E pur si muove; declaró que era preciso romper el yugo del pasado y aun los yugos del presente; demostró que no había verdades absolutas, ni en religión, ni en política, ni siquiera en astronomía, menos aún en materia de horas, pues que en el Japón es medianoche cuando en la República intertropical es mediodía.

Todos los que tenían los relojes adelantados o desarreglados de cualquier manera  media ciudad  lo aclamaron como jefe. El ofreció derramar su sangre en la lucha contra la dictadura de la «hora oficial». Y un gran tumulto, con bandera desplegada, en que había pintado un reloj con 13 horas, se encaminó al palacio presidencial para pedir «garantías» en nombre de «media nación de relojes adelantados».

EI presidente, hombre de ciencia y de carácter, se negó a escucharlos, y fundó un periódico  La Hora Exacta  para demostrar las verdades de la astronomía. En el Observatorio y en la Torre del Reloj no dejó entrar sino a hombres disciplinados, convencidos de la necesidad de la hora exacta. Pidieron los agitadores que los dejase ir al parlamento para una ley fundamental que suprimiera los relojes púbiicos, la hora oficial y la creencia en un solo sol y en un solo meridiano. El presidente, apelando a una comparación, les replicó severamente: «No se hacen concilios católicos con cardenales protestantes». Entonces, apelaron a las armas. En el campamento revolucionario cada cual quiso imponer la hora de su reloj. Ningún batallón se movió a hora fija. Sonó la hora de la derrota. Fueron vencidos. El jefe de la revolución cronométrica fue expulsado de la República intertropical, y murió de pena al ver que en todas las naciones existían observatorios y relojes y órdenes de gobiernos tradicionales.

Durante veinte años la República Intertropical conservó la «hora oficial», merced a la cual se observaba completo orden en el mecanismo. Algunos protestaban contra la «vieja iniquidad» del Observatorio, pero todas las cosas se hacían a su tiempo, y el pueblo adquiría el sentido del ritmo.

Dado el sistema de la alternabilidad republicana, entró al gobierno otro presidente. Los partidarios de «la hora libre» vieron un rayo de luz en el horizonte. El nuevo presidente era hombre de corazón magnánimo, de escasos estudios en materia de astronomía y de mecánica, y deseaba ante todo la armonía entre los gobernados. Los de la «hora libre» se presentaron como víctimas. Celebraron meetings: «Señor: hace veinte años que se nos impone la hora, la hora fatal; por lo cual tenemos que adelantar nuestros relojes unas veces, y otras tenemos que atrasarlos... solo porque hay un relojero público, partidario exclusivo de la «hora exacta»... Y con ese sistema de la hora exacta a veces encontramos cerrada la caja de los bancos, que no oyen razones ni admiten los cheques pasado cierto instante. Y tenemos que afanarnos y correr por atrapar los trenes, los buques, los correos, que parten infaliblemente en cierto momento, por complacer a los partidarios de la hora exacta, a los sectarios de la hora única, de la hora infalible...

El presidente, conmovido, convocó una Gran Junta Central Nacional Universal y declaró que en ella debían estar representados todos los ciudadanos. Los partidarios de la «hora libre» dijeron: «Señor: romped la constitución, violad la ley, pero dadnos participación en los negocios públicos y el manejo del Reloj Nacional».

El presidente dictó enseguida el siguiente decreto:

Considerando:

1o: Que todos los ciudadanos contribuyan en la Rentas Nacionales al pago del Relojero Oficial;

2o. Que la Torre Central en que se muestra el Reloj Oficial no es ni puede ser propiedad de un solo partido, sino de la nación entera;

3o. Que todos los ciudadanos tienen derecho a mirar el Reloj Naclonal y de consiguiente todos deben intervenir en la manera como se ponen en movmiento las ruedas de ese complicado mecanismo,

Decreta:

Convócase un Gran Cuerpo Central Nacional en que estén equitativamente representados todos los ciudadanos sin distinción de relojes.

La reunión tendrá lugar el primero del mes entrante a las 12 en punto».

El presidente llamó a elecciones libres y en consecuencia hizo él mismo la lista de los miembros que debían concurrir al Gran Cuerpo Central Nacional. Consideró la nación dividida en tres partidos: el de la «hora exacta», el de los «relojes atrasados» y el de los de la «hora futura».

Con sorpresa general, el día señalado para la reunión todos concurrieron... a las «12 en punto». Es de advertir que el presidente en un decreto orgánico había ordenado que se descontaría el sueldo a los que no estuvieran a la hora precisa.

El presidente permitió discutir todo, menos en lo tocante a la hora oficial; y dirigió al efecto un mensaje al Cuerpo Central, en pocas palabras: «Hace años que gastáis vuestro tiempo y vuestra salud en discutir sobre el sol, el observatorio, el meridiano, los relojes. ¡Basta! Menos astronomía y más alimentación».

Todos enmudecieron, y como las grandes nóminas de los padres conscriptos se pagaban siempre a las 12 en punto, los «atrasados» y los «adelantados» adaptaban su reloj a la opinión del reloj colocado en la Tesorería.

 ¡Ahora sí hay derechos!  exclamaba el periódico La Hora Libre. Pasó la hora de tinieblas. Estamos en la Hora Blanca. Ya hay patria amable: ya hay Reloj Grande, y Hora para todos.

 Ahora sí se nos dan garantías  exclamaban los antiguos agitadores, y salían de la Pagaduría Central con un paquete de «garantías» en la cartera y con una bolsa de «derechos» en la mano.

Y todos reían, «sin distinción de relojes», y declaraban que ahora sí había «Patria grande». Se decretó la presidencia vitalicia, y los más encarnizados enemigos de la «hora oficial» rompían en público sus viejos cronómetros desarreglados, y asistían a todas las fiestas de Palacio ciñéndose a las horas precisas del añejo reloj y muchos pedían que se adoptase la hora de Roma.

El presidente, aumentando las «garantías» y repartiendo aún más los «derechos», para mejorar el Reloj Oficial nombró en vez de uno, tres Grandes Relojeros, y escogió los tres jefes de los tres partidos. Les asignó enormes sueldos. Luego, en la misma forma, nombró tres inspectores, treinta subinspectores, trescientos contrainspectores, tres mil cooperadores y treinta mil espectadores, todos bien remunerados y escogidos por partes iguales entre los tres partidos. Así, todos resultaban interesados en la buena marcha del Reloj. Sin embargo, muchos en silencio y con disimulo pretendían, según su opinión antigua, atrasar o adelantar el Reloj, y cada cual, sin ruido, empujaba a su adversario para hacerlo caer del Observatorio.

Los de la «hora libre» no estaban satisfechos con la tercera parte de los sueldos. Y para ganar el todo inventaron la fórmula: evolución sin revolución. Y empezó una guerra sorda de intrigas y calumnias.

El presidente vigilaba a todo instante el Reloj , daba él mismo la hora..,. y pasaba diariamente la lista de relojeros, inspectores, subinspectores y espectadores. Por último, al que no estaba contento con sus garantías mensuales y pretendía trastornar el Reloj, se le enviaba a la cárcel o al destierro.

El sistema de la «hora excata» parecía un hecho admitido. Las convenciones remuneradas se contaban a millares. Pero el vicepresidente, que antes había hecho correr la sangre en defensa de la «hora exacta», empezó a conspirar con los de la «hora libre». Momento de crisis... Aplicóse la fórmula «Menos astronomía y más, etc.». El vicepresidente reflexionó patrióticamente y vendió su puesto por un plato de lentejas. Diósele un plato que valía tres millones de maravedíes, o sea treinta mil pesos en oro, con lo cual se desmintió que el peso y el maravedí estaban «a la par». El vicepresidente declaró por escrito que renunciaba a todos sus derechos porque él era un verdadero peligro para la República: prometió solemnemente que no conspiraría por ningún dinero, y se retiró a devorar en silencio su afrenta (y sus lentejas). Desde entonces, su lealtad fue ejemplar y su nombre no volvió a sonar en las conspiraciones sino dos o tres veces por año.

Los de la «hora futura» pedían cada día algo más, nuevos sueldos, nuevos inspectores, nuevos espectadores remunerados. Y el pueblo trabajaba más, y se alzaban más las contribuciones, pechos y alcabalas para darles mensualmente mayores «garantías». No bastó el sistema de las garantías mensuales. Se apeló a los contratos: contratos para componer el Reloj, para suministrar ruedas, ejes, resortes y campanas de repuesto, , por miles, y por toneladas. Y el periódico La Hora Libre repetía: «Ahora sí no hay Reloj grande, Reloj para todos, con una muestra nueva que es nueva muestra de la sabiduría presidencial, etc.».

El presidente había inventado, en favor de la «hora exacta», tres cosas falsas: una falsa tranquilidad, una falsa seguridad y una falsa prosperidad. Al año aquello no bastaba, porque los contratos se dividían por terceras partes, y losde la «hora libre» querían monopolizar todos los «derechos». Amenazaban con descomponer el Reloj. Se les dieron varios monopolios, y, por último, el monopolio de los monopolios. No bastó. Y el presidente, agotadas las combinaciones, viendo que los de la «hora libre» amenazaban pidiendo nuevos «derechos», tuvo miedo y prefirió el destierro al entierro.

Y en el destierro se decía: Tarde comprendo que es mala táctica aquella de «al enemigo entregarle la llave»: que hay verdad política en el refrán: «quien da pan a perro ajeno, pierde el pan y pierde el perro»; y que salen mal las cuentas cuando se pretende sumar cantidades heterogéneas...

Vino la reacción: reacción de los dictatoriales contra la dictadura.

El vicepresidente se presentó a reclamar su puesto, en virtud de la renuncia que había hecho. En suma, lentejas y primogenitura. Ignoraba la astronomía y no podía asegurar si sabía leer o no, pues nunca habia hecho la prueba de abrir un libro. Ese hombre era una esperanza para los de la «hora libre». Y se repitieron entonces los discursos que repetían cada vez que entraba a palacio un nuevo presidente: «Excelentísimo: hace veinte años que estamos en la «hora gris». Pero ya amanece la «hora blanca». Los más comprometidos en los antiguos contratos clamaron contra el sistema de menos astronomía y más alimentación». Todos pusieron cara de astrólogos en ayunas, de astrólogos sólo preocupados con «la libertad absoluta en la hora del ciudadano».

Los monopolizadores de monopolios clamaron: «Excelentísimo: suprimid el vetusto monopolio de la Hora Oficial. Abolid el sol, que monopoliza el día, y que es un recuerdo de la Dictadura. El sol pretende dictarnos todavía las horas fijas. ¡Abajo el sol!».

Y el vicepresidente rural contestaba:

 ¡Abajo el sol!

 Excelentísimo: dejadnos atacar por la prensa todas las creencias en un solo sol.

Y el vicepresidente rural replicaba:

 Yo creo en el sol. Pero atacad el sol. Dad la ley y yo firmo, y respetaré la ley que irrespete todas las leyes astronómicas.  Y se fundaron cien periódicos enemigos de Newton, Keplero y sobre todo del P. Secchi.

En nombre de la «libertad astronómica» se atacó a mano armada a los discípulos del P. Secchi.

Continuaron los meetings ante el palacio del presidente:

 Excelentísimo: decretad en nombre del pueblo que el Reloj Oficial en vez de 12 tenga 24 horas.

 Decretado. Nada más justo. Así hay más horas, y cada cual escoge la que quiera.

Nuevo meeting: «Excelencia: decretad que se simplifique el mecanismo del Reloj público».

 Decretado. Que cada cual lleve las ruedas sobrantes.

Otro meeting: «Ciudadano presidente: tenemos nuestros relojes parados desde 1863. Desde entonces no les damos cuerda; decretad que la hora de entonces es la misma de ahora».

 Decretado.

Otro: «Excelentísimo ciudadano: entre nosotros hay ciudadanos que usan reloj de arena. Otros emplean el reloj de sol; otros, reloj de agua. Convocad una Gran Corporación Central Nacional en que todas las opiniones prevalezcan, para adoptar una constitución equidistante. Así habrá paz».

Al día siguiente apareció el decreto:

Considerando:

1o. Que desde hace cien años los ciudadanos tienen relojes de sol, de agua, de arena y de cuerda;

2o. Que es preciso buscar una solución que consulte la opinión nacional sumando todas las opiniones contradictorias, y fabricando un Reloj mixto que marque a un mismo tiempo todas las horas de todos los relojes particulares, por distintas que sean.

Decreta:

Artículo único. En vez de los Congresos suprimidos por la antigua odiosa Dictadura, habrá como antes una Gran Junta Central Nacional para que mande fabricar un Reloj público de cuerda, de agua, de sol y de arena, que dé las 12 a toda hora del día y que indique el meridiano a cualquier hora de la noche».

Todos exclamaron: «Ahora sí hay Reloj grande, Reloj para todos». Y pidieron luego:

 Excelencia: entregadnos el antiguo Reloj para hacer justicia.

 Entregado.

Todos corrieron a la torre del reloj colonial. Cada ciudadano llevó su escala. Cada cual quiso poner el reloj público según la hora de su reloj de bolsilio, y todos, subidos en las escalas, movían las manecillas a su antojo o según la voz del pueblo, Vox populi, etc.

 ¡Adelantarlo!

 Ya está.

 No, ¡atrasarlo!

 Bien.

 ¿Son las 12!

 No, las dos y media ¡Adelante!...

 Las diez... las cinco... ¡las tres!

 ¡Adelante!... ¡Atrás!... Es de día... Es de noche.

 ¡Viva mi hora!

 ¡Viva!... ¡Muera!...

En vez del antiguo disparo del cañón que anunciaba tranquilamente el mediodía, se oyeron cien disparos de revólver, en todas direcciones, para anunciar la anarquía cronométrica. Clamores, heridos, muertos en torno del antiguo reloj hecho pedazos, en tanto que a lo lejos se oye, por falta de hora fija, el temible choque de las locomotoras y el estrépito de los trenes que se precipitaban al abismo.

El presidente dio su mensaje de despedida: «¡Ciudadanos! Como concluye ya el año improrrogable para el cual fui nombrado, doy una prueba de desprendimiento retirándome. Yo que sólo sabia arar en la tierra, he aprendido a arar en el mar. En el año de mi gobierno se han celebrado trescientos sesenta y cinco meetings, no se ha pagado el sueldo de ningún relojero, se han cerrado todas las escuelas de astronomía y es aflictiva la situación de mis conciudadanos. Este grave mal en las circunstancias presentes se ha hecho sentir en proporciones no alcanzadas antes. Se han desarreglado todos los relojes y descarrilado todos los trenes. Si quedare alguno por descarrilar, nombrad a un pariente mío para sucederme en el ejercicio del Supremo Desgobierno. ¡Viva la genuina República intertropical!».
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