Liderazgo 5 min






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SER CRISTIANO ES SEGUIR A JESÚS

No se puede ser cristiano al margen de la figura histórica de Jesús de Nazaret, que murió y resucitó por nosotros y Dios Padre le hizo Señor y Cristo. Lo cristiano no es simplemente una doctrina, una ética, un rito o una tradición religiosa, sino que cristiano es todo lo que dice relación con la persona de Jesús. Sin él no hay cristianismo. Lo cristiano es él mismo. Los cristianos son seguidores de Jesús, sus discípulos.
La vida cristiana es un camino, el camino de seguimiento de Jesús. Los apóstoles, primeros seguidores de Jesús, son el modelo de la vida cristiana. Ser cristiano es imitar a los apóstoles en el seguimiento de Jesús. De los apóstoles se dice que siguieron a Jesús (Lc 5, 11) y a este seguimiento es llamado todo bautizado en la Iglesia. Los apóstoles no fueron únicamente los discípulos fieles del Maestro, que aprendieron sus enseñanzas, como los jóvenes de hoy aprenden de sus profesores. Ser discípulo de Jesús comportaba para los apóstoles estar con él, entrar en su comunidad, participar de su misión y de su mismo destino (Mc 3, 13 – 14; Mc 10, 38 – 39). Seguir a Jesús hoy no significa imitar mecánicamente sus gestos, sino continuar su camino "pro-seguir su obra, per-seguir su causa, con-seguir su plenitud" (L. Boff). El cristiano es el que ha escuchado, como los discípulos de Jesús, su voz que le dice: "Sígueme" (Jn 1, 39 – 44) y se pone en camino para seguirle. ¿Pero qué supone seguir a Jesús?

SEGUIR A JESÚS SUPONE RECONOCERLO COMO SEÑOR

Nadie sigue a alguien sin motivos. Los apóstoles siguieron a Jesús porque reconocieron que Él era el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo (Jn 1, 29 – 37), el Mesías, el Cristo (Jn 1, 41), Aquél de quien escribieron Moisés en la ley y los profetas (Jn 1, 45), el Hijo de Dios, el Rey de Israel (Jn 1, 49). Ante Jesús, Pedro exclama antes de seguirle: "Señor, apártate de mí, que soy un pecador" (Lc 5, 8). Los Apóstoles reconocen que Jesús es Aquél que los profetas habían anunciado como Mesías futuro y que Juan Bautista había proclamado como ya cercano (Jn 1, 26; Lc 3, 16).

El cristiano no sigue pues a cualquiera, sino al Señor de quien parte la iniciativa para que le sigamos. Él es quien siempre
llama y nos dice a cada uno de nosotros "Sígueme". El llamado viene de Él, a través de la Escritura, de la Iglesia o de los acontecimientos de la historia. Ante esta vocación el cristiano exclama como Pedro: "Señor, ¿a quién iríamos? Tú tienes palabras de vida eterna. Nosotros creemos y sabemos que Tú eres el Santo de Dios" (Jn 6, 68).

La fe cristiana no consiste propiamente en aceptar doctrinas, sino en reconocer a Jesús como Señor y seguirle. El Credo es la profesión de fe del que sigue a Cristo. El Credo que se enseñaba a los catecúmenos en el tiempo de preparación al bautismo, no era una simple lección de memoria, sino la contraseña que les identificaba como seguidores de Jesús ante el mundo. Sabían a quien seguían, sabían de quién se fiaban y, como Pablo, todo lo consideraban basura en comparación de haber conocido y poder seguir a Cristo (Flp 3, 7 – 21).

Seguir a Jesús es convertirse al Señor, cambiar la orientación de la vida. Significa escoger la vida en vez de la muerte (Dt
30, 19). Significa renunciar al Maligno y su imperio de muerte (Jn 8, 44) y adherirse a Cristo. Los primeros cristianos en el catecumenado realizaban una solemne renuncia a Satanás y sus estructuras antes de adherirse a Cristo por el bautismo. Todavía quedan en nuestra liturgia bautismal los vestigios de esta renuncia. Pero todo ello debe hoy profundizarse. Nadie puede servir a dos señores, a Dios y al dinero (Mt 6, 24).

SEGUIR A JESÚS SIGNIFICA ACEPTAR SU PROYECTO

Jesús tiene un proyecto, una misión: anunciar y realizar el Reino de Dios (Mc 1, 15). Este es el plan que el Padre le ha encomendado, formar una gran familia de hijos y hermanos, un hogar, una humanidad nueva, los nuevos cielos y la nueva tierra que los profetas habían predicho (Is 65, 17 – 25). Esta es la gran Utopía de Dios, el auténtico paraíso descrito simbólicamente en el Génesis (Gen 1 – 2), donde la humanidad vivirá reconciliada con la naturaleza, entre sí y con Dios, de modo que el hombre sea señor del mundo, hermano de las personas e hijo de Dios (DP 322). Esta gran Buena Noticia es algo integral, ya que abarca a toda la persona humana (alma y cuerpo), a todo el mundo (personas y comunidades) y aunque se consumará en el más allá, debe comenzar ya aquí en nuestra historia. Este Reino de Dios es liberación de
todo lo que oprime a la humanidad, del pecado y del Maligno (EN 9). Es en este contexto que tiene sentido explicar y aprender el Padre Nuestro, como se hacía en el antiguo catecumenado. El Padre Nuestro no es sólo una fórmula para orar, sino un compendio del programa de Jesús. El Reino del Padre, el cumplimiento de su voluntad, un mundo donde haya pan y perdón, liberado de todo mal y victorioso de toda tentación. En ello el Padre es glorificado, pues la gloria de Dios consiste en que el Reino de Dios venga a la humanidad y todo el mundo viva como hijo del Padre.

Las parábolas del Reino hablan de esta gran Utopía de Dios como un tesoro y una perla, por cuya adquisición vale la pena venderlo todo (Mt 13, 44 – 46). Los Apóstoles ante el proyecto de Jesús, dejan sus barcas y redes y le siguen (Lc 5, 11), mientras que el joven rico se alejó triste de Jesús porque tenía muchas riquezas y no quería aceptar el proyecto de fraternidad universal de Jesús (Mt 19, 22). Para seguir a Jesús las riquezas son un gran impedimento (Mt 19, 23 – 24; Lc 6, 24 – 26; Lc 12, 13 – 24), lo cual contrasta con la opinión y la práctica de muchos ricos de América Latina, que se consideran muy cristianos.

SEGUIR A JESÚS SUPONE PROSEGUIR SU ESTILO EVANGÉLICO

El programa de Jesús, el Reino de Dios, es inseparable de su persona, en el Reino de Dios se encarna y personifica, con Él, el Reino se acerca a la humanidad (Lc 11, 20). Jesús posee un estilo peculiar de anunciar y realizar el Reino.

Nacido pobre (Lc 2, 6 – 7), hijo de una familia trabajadora y sencilla (Lc 1, 16; Lc 4, 22; Mc 6, 3), se siente enviado a anunciar la Buena Nueva a los pobres (Lc 4, 18) y sanar a pecadores, enfermos y marginados (Lc 7, 21 – 23). Jesús a lo largo de su vida va discerniendo lentamente su misión y el camino que el Padre desea. Rechaza las tentaciones de poder y prestigio (Lc 4), reconoce que el Padre revela el misterio de Dios a los sencillos y lo oculta a los sabios y prudentes (Mt 11, 25 – 26), se va solidarizando en todo a los hombres menos en el pecado (Hb 4, 15), bendice al pueblo pobre (Lc 6, 21 – 23) y maldice a los ricos (Lc 6, 24 – 26) y a los fariseos hipócritas (Mt 23). Hace de los pobres los jueces de la humanidad y toma como hecho a sí mismo cuanto se haga u omita con los pobres (Mt 25, 31 – 45; Mc 9, 36 – 37). Esta opción de Jesús le produjo conflictos y le llevó a la muerte. Su muerte es un asesinato tramado por todos sus enemigos, pero su resurrección no sólo es el triunfo de Jesús, sino la confirmación por parte del Padre de la validez de su camino. Mientras vivió en este mundo, Jesús fue tenido por loco (Mc 3, 21), blasfemo (Mt 26, 65), borracho (Lc 7, 34), endemoniado (Lc 11, 15), pero el Padre resucitándolo muestra que el camino de Jesús es el auténtico camino del Reino y que Jesús tenía razón en haber seguido el estilo evangélico del Siervo de Yavé (Is 42; 49; 50; 53).

SEGUIR A JESÚS ES FORMAR PARTE DE SU COMUNIDAD

La Iglesia prolonga en la historia el grupo de discípulos de Jesús y es la comunidad que prosigue la misión de Jesús en este mundo. Es sacramento de Jesús, sacramento de salvación liberadora en nuestra historia concreta (LG 1; 9; 48). Sus pastores (Papa, Obispos...) le guían en esta misión, prolongando la función de Pedro y los Apóstoles (Mt 16, 18 – 19). Los sacramentos no son simples ritos para la salvación individual, sino momentos fuertes de la vida de la comunidad eclesial, y su centro es la Eucaristía, el sacramento que alimenta a la Iglesia con el Cuerpo y Sangre de Cristo y la va edificando como Cuerpo de Cristo en la historia (1 Cor 10, 17). La catequesis de los sacramentos debe enmarcarse dentro de la comprensión de la Iglesia como comunidad de Jesús.

Querer seguir a Jesús al margen de la Iglesia es un peligroso engaño ya que, como Pablo descubrió en su conversión (Hch 9, 5 – 6), la comunidad de los cristianos es el Cuerpo de Jesús (1 Cor 12, 27), es Cristo presente en forma comunitaria. Pero la Iglesia deberá continuamente convertirse al Reino de Dios, objetivo central de su misión, y deberá recordar siempre que Jesús siendo rico se hizo pobre (2 Cor 8, 9) y fue enviado para evangelizar a los pobres y salvar lo perdido (Lc 4, 18; Lc 19, 10), como el Vaticano II proclama (LG 8) y la Iglesia de América Latina ha recogido al hablar de la opción preferencial por los pobres (DP 1134).

SEGUIR A JESÚS ES VIVIR BAJO LA FUERZA DEL ESPÍRITU

Seguir a Jesús, formar parte de su comunidad, continuar su proyecto en la historia de hoy, son realidades que nos superan. Por esto Jesús prometió el Espíritu a sus discípulos (Jn 14, 17) y este Espíritu es la fuerza y el aliento vital que anima, vivifica, guía, santifica, enriquece y lleva a su plenitud la comunidad de los seguidores de Jesús (LG 4). El Espíritu convierte el seguimiento en una vida nueva en Cristo, en una comunión vital con el Resucitado en su Iglesia, nos hace pasar de la ética voluntarista a la mística del permanecer en Él y vivir de su savia vital, como el sarmiento en la vid (Jn 15).

Este Espíritu, don de Dios para los tiempos del Mesías, es un Espíritu de justicia y derecho para los pobres y oprimidos (Is 11; 42; 61), el Espíritu que guió toda la vida y la misión de Jesús (Lc 4, 18), el cual ungido por el Espíritu pasó por el mundo haciendo el bien y liberando de la opresión del Maligno (Hch 10, 38). Este Espíritu es el que nos hace llamar a Dios, Padre (Gal 4,4) y es el que gime en el clamor de la creación y de los pueblos en busca de su liberación (Rm 8, 18 – 27). En el clamor de los pobres de América Latina, el Espíritu clama y pide liberación (DP 87 – 89). Este Espíritu es el que da fortaleza a los perseguidos y mártires del continente (Mc 13, 11) y es el que da esperanza y alegría al pueblo de América Latina, haciéndole esperar días mejores: son dolores de parto de algo nuevo que está naciendo (Jn 16, 21).

Seguir a Jesús implica aceptar y comenzar a vivir todo esto. Es un camino que requiere discernimiento para ir recreando en cada instante de la historia las actitudes de Jesús y los llamados de su Espíritu. Por todo ello ser cristiano en América Latina exige hoy una postura concreta de seguimiento de Jesús.



ANCLA – Venezuela Carabela: Travesía Azul Tema 9

Título del Tema: Seguir a Jesús hoy en América Latina.

Lugar: Latinoamérica.

Objetivos:

  • Conocer y asimilar el perfil del seguidor de Jesús

  • Analizar las implicaciones que tiene el ser seguidor de Jesús hoy en América Latina.

  • Cuestionar nuestro compromiso cristiano.

  • Comprometerse en la construcción de una nueva sociedad.

TIEMPO

AGENDA

MATERIAL

LIDERAZGO

10 min.


2 min.

5 min.

60 min.

10 min.

10 min.

5 min.

5 min.

2 min.

RECEPCIÓN - SENSIBILIZACIÓN: cada uno expresa las ataduras mayores que tiene. Desde la reunión anterior se les pide traer algún objeto que exprese esa atadura mayor. Colocan el objeto en el centro y explican su significado. Lectura de Mt 4, 18 – 22.

LECTURA DE AGENDA

ANIMACIÓN: explicación del lugar y objetivos.

EXPLICITACIÓN: ver tema anexo.

RECREACIÓN: “Sostener la pelota”. Una pelota por cada dos participantes. Dos líneas paralelas distanciadas. Las parejas se ubican en la línea de partida, cada uno con su respectiva pelotita. A la voz de ¡prepararse!, un jugador levanta la mano derecha y el otro la izquierda, de manera que queden juntas. Se coloca la pelotita entre las palmas de las manos, quedando sostenida sólo por la presión de ambas. A la voz de ¡ya!, las parejas caminan hacia la línea de llegada. Al llegar a la meta se la colocan entre los hombros y reinician el regreso. Luego se coloca sostenida por las piernas… Puede hacerse por equipos como relevos.

ESPIRITUALIZACIÓN: Mc 1, 16 – 20. Jesús llama a sus primeros apóstoles.

CONCLUSIONES Y METAS

CULTIVO

CULTIVO MONITOR

DESPEDIDA

EVALUACIÓN DE LA REUNIÓN

Biblia, objetos

Agenda

Agenda
Pelotitas

Biblia

Diario

Recepcionista


Secretario

Animador

Explicitador

Recreador

Espiritualizador

Secretario

Cultivador

Monitor

Recepcionista


ALGUNAS CARACTERÍSTICAS DEL SEGUIMIENTO DE JESÚS EN AMÉRICA LATINA HOY

1. Ser cristiano en América Latina hoy, supone un cambio de actitud, ya que no puede prolongarse por más tiempo la situación de una fe que encubra la injusticia social, sirviendo de instrumento de dominación para unos pocos y de resignación para la mayoría. Este cambio de actitud supone una conversión tanto de corazón como de mentalidad y sobre todo de práctica cristiana. Podríamos resumir esta conversión como el paso de una religiosidad meramente sociológica a una fe personal; de una religiosidad meramente de conceptos y doctrina a una fe vital y existencial; de una religiosidad espiritualista a una fe integral e histórica; de una religiosidad meramente privada a una fe pública; de una religiosidad individualista a una fe comprometida y solidaria con los sectores populares y empobrecidos.

2. Ser cristiano en América Latina hoy significa una clara actitud de rechazo y denuncia de la realidad injusta de América Latina, ya que es pecado y contraria a los planes de Dios (DP 28). Dios no quiere que el continente de América Latina siga marcado por los signos de muerte: muerte precoz, vida inhumana, muerte violenta. Esta situación de muerte nace del pecado personal y social de América Latina y de una auténtica idolatría: el dinero, la riqueza, la plata se absolutiza como el Dios absoluto (Col 3, 5), al que se somete todo lo demás. El cristianismo frente a esta situación, debe recordar que nadie puede servir a dos señores, a Dios y a la riqueza (Mt 6, 24) y que debe renunciar al dominio de Satanás en su vida personal y social, como los primeros cristianos hacían antes de bautizarse y adherirse a Cristo. Ser cristiano en América Latina supone un corte radical con todo lo que sea injusticia, corrupción, opresión, violación de derechos humanos, mentira. Para esta conversión necesitamos más que nunca de la oración y de la ayuda del Señor. Es preciso tomar postura: quien acepta y fomenta la situación de injusticia, no puede estar con Cristo (Lc 11, 23).

3. Ser cristiano en América Latina significa comprometerse desde la fe en un cambio de la realidad. Este compromiso, forma concreta del seguimiento de Cristo, abarca todas las esferas de la realidad: dimensiones económicas sociales, políticas, culturales, religiosas, familiares, personales. . . Es todo un continente que necesita ser liberado integralmente y que precisa del apoyo de todos. La fe tiene un gran valor liberador, ya que ataca el mal en su raíz: el pecado personal y estructural. Pero además la fe posee una gran fuerza inspiradora, por cuanto presenta la gran Utopía del Reino de Dios y nos ofrece los grandes valores del Evangelio: el amor, la justicia, el perdón, la esperanza, la libertad, la fraternidad, la cruz y la Resurrección. La fe no nos ofrece recetas sociales y políticas concretas, como si del Evangelio se desprendiese un sistema socio-político concreto, pero sí nos presenta horizontes nuevos, inspiración y sobre todo la fuerza del Espíritu del Resucitado que va madurando la historia hacia unos cielos nuevos y una tierra nueva.
4. Ser cristiano en América Latina significa solidarizarse con los sectores populares en esta lucha. Esto supone para los
sectores populares el tomar conciencia que del pueblo consciente y organizado han de venir los cambios radicales y que cuentan para ello con el ejemplo y la bendición de Señor, que los llamó bienaventurados y se identificó con ellos. Para los nacidos en otros sectores, significa que sólo solidarizándose con la causa del pueblo pobre y poniendo sus capacidades a su servicio, se podrá llevar adelante un cambio de situaciones. La opción prioritaria de la Iglesia por los pobres se sitúa en esta perspectiva. El objetivo es que la Iglesia de los pobres sea el rostro auténtico de la Iglesia de Jesús, como lo deseó Juan XXIII para la Iglesia universal y los obispos de América Latina. El potencial transformador de los pobres es inseparable de su potencial evangelizador.

5. Seguir a Jesús hoy en América Latina significa entrar a formar parte de una comunidad eclesial concreta, para vivir y alimentar continuamente todas estas exigencias. Las CEBS ofrecen un lugar óptimo para ello (DM 15, 10 – 12; DP 641 – 643). Nuestra fe necesita ser continuamente alimentada por la Palabra, celebrada en los sacramentos, discernida y confrontada con los hermanos en la fe, con la tradición y el magisterio eclesial. El análisis de la realidad que nos circunda y el compromiso, deben estar siempre iluminados por la fe en el Señor y por el deseo del seguimiento. Sin ello, nuestra postura se reduciría al nivel puramente humano, social, político… Sólo en un clima de fe y de oración, el seguimiento de Jesús puede realizarse. Este seguimiento no se agota en comportamientos éticos sino que debe comenzar la gratuidad del "estar con el Señor", y el sentido contemplativo. El gozo del seguimiento, la esperanza contra toda esperanza, la alegría en medio de los conflictos, sólo puede mantenerse desde la profunda experiencia personal y comunitaria del Espíritu del Señor. Y todo ello sólo se puede realizar en la comunión eclesial, vivida desde una comunidad concreta, abierta al resto de la Iglesia continental y universal.
6. Finalmente, como resumen de todo lo dicho, podríamos afirmar que el seguimiento de Jesús en América Latina hoy significa luchar a favor del Dios de la Vida. La postura cristiana no puede ser meramente negativa, la lucha contra los dioses de la muerte se orienta a luchar a favor del Dios de la Vida, del Dios creador de la vida, de Jesús que ha venido para que tengamos vida abundante (Jn 10, 10), del Espíritu de Vida.

Podríamos resumir todo lo dicho sobre el seguimiento de Jesús en estos diez mandamientos del Dios de la Vida:

1. Creerás que Dios es el Dios de la Vida, que desea la vida en abundancia para todos y no la muerte.

2. No utilizarás el nombre del Dios de la Vida, para atentar contra la vida de nadie.

3. Agradecerás a Dios la vida y la celebrarás como un gran don y una tarea.

4. Defenderás la vida amenazada y honrarás a los que te han dado vida.

5. No matarás de ningún modo la vida, pues la vida es de Dios.
6. Amarás y gozarás la vida sin egoísmos.

7. No te apropiarás de los bienes que han sido creados para que todos vivan.

8. Compartirás la vida con tu pueblo con toda verdad.

9. Trabajarás para que todos tengan lo suficiente para vivir.

10. Pondrás tu vida al servicio de los demás, hasta arriesgar tu vida por la vida de los otros.

Estos diez mandamientos se resumen en dos: Amarás tu vida y la vida de tu pueblo como vida de Dios.
LA PATRIA GRANDE

América Latina -el Continente y sus islas - ha sido capaz de autodefinirse como ningún otro continente lo ha hecho a lo largo de la historia. Ningún otro continente se siente tanto a sí mismo, como éste. La continentalidad a que parece tender el mundo en intereses y defensas se anticipó en América Latina hace muchos lustros, pero más desinteresadamente.

La muchas patrias que hacen «el» Continente son incluso una sola Patria, la Patria Grande. Hablando más indígenamente y hasta más afroamericanamente también, sería la Matria Grande. Porque nuestras culturas primigenias, su vinculación con Dios y con la tierra, son muy destacadamente maternales y matriarcales.

Todos los latinoamericanos medianamente legítimos, sienten el Continente como una especie de hogar común. Frente a la geopolítica mortal del imperio -de las sucesivas naciones dominadoras, o de las actuales corporaciones transnacionales-, en América Latina ha ido surgiendo la conciencia y hasta la estructuración de la geopolítica vital, de la intersolidaridad de todo el Continente.

Hay, entre nosotros, un fuerte sentido de consanguinidad por el que hacemos nuestros, como automáticamente, los héroes, los mártires, los artistas, los militantes, las Causas liberadoras, de cualquier rincón, de cualquier ángulo del Continente.

«Somos continentalidad en la opresión y en la dependencia. Hemos de serlo también en la liberación, en la autoctonía, en la alternativa social, política, eclesial.

Siento la latinoamericanidad como un modo de ser que la nueva conciencia acumulada -de pueblos hermanos oprimidos y en proceso de liberación- nos posibilita y nos exige. Un modo de ver, un modo de compartir,
un modo de hacer futuro. Libre y liberador. Solidariamente fraterno. Amerindio, negro, criollo. De todo un Pueblo, hecho de Pueblos, en esta común Patria Grande, tierra prometida -prohibida hasta ahora- que mana leche y sangre.
Una especie de connaturalidad geopolítico-espiritual que nos hace vibrar juntos, luchar juntos, llegar juntos. Es mucho más que una referencia geográfica: es toda una historia común, una actitud vital, una decisión colectiva».

Eso no significa que esta conciencia y esta vivencia sean tan universales y tan ya definitivamente adquiridas. Brasil por ejemplo reconoce que se ha sentido con frecuencia poco latinoamericano y que no ha expresado muy
habitualmente su latinoamericanidad. Y los demás países latinoamericanos reconocen que han mirado a Brasil como diferente y distante, y le han reprochado pretensiones hegemónicas. Las dos primeras grandes lenguas
imperiales que nos impusieron, el castellano y el portugués, nos han dividido bastante. En todo el Continente las rencillas y hasta guerras entre hermanos, en años anteriores, acentuaron o exasperaron las diferentes divisiones.
Hemos llegado a hacer guerra por un partido de fútbol.

Sin embargo, las tres últimas décadas -¡siempre esas tres últimas fecundísimas décadas!- de dictaduras militares, por un lado, y de revoluciones populares por otro; de ejércitos y escuadrones de la muerte o de mártires y luchadores por la vida, nos han unificado. Grandes campañas de contestación a las dictaduras, de búsqueda de los desaparecidos, de defensa de la amnistía, de promoción de los derechos humanos y, más últimamente, de convenios y estructuras de cooperación educacional, pastoral y hasta económica, van acentuando la vivencia de familia de los diferentes pueblos y culturas diferentes que formamos esta Patria Grande.

Una de las características de la conciencia creciente y vivenciada de esa latinoamericanidad hace que cada vez más se deteste, en los sectores conscientes de la Patria Grande, los gobiernos o las figuras lacayas, y los programas político-económicos o socio-culturales servilmente sometidos.

Esta Patria Grande, más que una Patria ya hecha, es una Patria utópica. Lo mejor de lo que ha sido, lo mejor de lo que sueña, los mejores de ayer y de hoy, las luchas y martirios, las marchas y los cantos, han hecho de América Latina, por muchos títulos, el Continente de la Utopía. Somos la tierra de aquella «flor nuestra» defendida por el pueblo maya, somos el «Quilombo» de Zumbí, la «Patria Grande» de Bolívar, la «América Nuestra» de Martí y de Sandino, el «alma matinal» de Mariátegui, el «hombre nuevo» (y la mujer nueva) de Che Guevara, el «Gracias a la vida» de Violeta Parra, la «Cantata Sudamericana» de Mercedes Sosa, la utópica colectividad -con nombres luminosos y anónimas muchedumbres- de esos «500 años de Resistencia indígena, negra y popular», herencia de los ancestrales cincuenta mil años de historia «abiayálica».

Bastaría con repasar los libros que aquí se han escrito y enumerar las revueltas y los encuentros, los manifiestos y las consignas que vienen borboteando a lo largo y a lo ancho de nuestra historia. Se trata, ciertamente, de una herencia específicamente indígena. Los grandes libros sagrados de nuestros Pueblos primigenios son verdaderas biblias de utopía humana y social; y el mito fundante del pueblo guaraní -«la búsqueda de la Tierra sin males-, con diferentes matices e intensidad, atraviesa la mitología y la ideología de antiguos y nuevos utópicos de Abia YaIa/América Latina.

Esta característica de soñar utópicamente y de poner la utopía como programa de revolución, de partido y hasta de gobierno, nos ha sido censurada por los pragmáticos racionalistas del Primer Mundo. Y sin embargo esta utopía es el cimiento y el vuelo de los mejores procesos sociales que el Continente ha vivido. Hoy mismo, después de la caída de ciertas concretizaciones político-sociales que negaron su inspiración utópica inicial, solamente la Utopía, latinoamericanamente amada y defendida y proclamada, sostiene en el Continente organizaciones y experiencias tenazmente alternativas: frentes, partidos, movimientos, comités, practicas comunales y de solidaridad; y, más específicamente en la Iglesia, la pastoral de frontera y de periferia.

No podemos renunciar nunca a la fuerza de horizonte y de alegría que la utopía trae consigo. Y hoy, más que nunca, en esta hora de decepciones y de «no va más de la historia», debemos cultivar, tanto en los jóvenes como en los adultos, en el Pueblo y en los dirigentes, los valores de una utopía tan nuestra como universal, tan «imposible» como irrenunciable. Siempre, desde luego, intentando ya hacer presentes en la realidad, paso a paso, mano a mano, los valores de la Utopía que se sueña. Dom Hélder Cámara, precursor y profeta, tradujo a Goethe y lo trajo a nuestra canción de «caminhada»: «sueño que se sueña a solas, / puede ser pura ilusión; / sueño que soñamos juntos / es señal de solución».
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