Antes de conocer a Lydia, la vida de Tyler, al igual que la vida de la mayoría de las personas, entrañaba un acopio constante de nombres nuevos






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—Creo que he descubierto por qué debajo de mi cama hay tanto polvo —comentó Lydia.

—¿Y por qué es?

—He leído que el polvo está hecho de los meteoritos que se queman en el cielo. Como mi cuarto está en el ático, está más cerca de las estrellas que el resto de la casa, así que es lógico que yo tenga más polvo que tú y mamá.

Tyler la miró y se sintió abrumado por su amor hacia ella. Se parecía muchísimo a él: racional, lúcida, impávida ante los hechos… En sus cuentos de hadas, en lugar de polvos mágicos había polvo de estrellas. No creía en Dios y Tyler se alegraba de ello. Al igual que él, sería inmune a los errores de bit único.

—Como os tenga que decir otra vez que entréis, los dos os quedáis sin cenar esta noche.

Jess estaba plantada en la puerta del garaje, con la luz de la entrada iluminándola desde atrás y haciéndola refulgir.

—Mira, mamá parece un ángel —dijo Lydia antes de levantarse y correr hacia la luz.

Tyler se quedó donde estaba un instante más. Miró Sirio, la estrella del perro, y las otras estrellas que brillaban y estallaban en el cielo, miró toda esa luz que le llegaba desde distintas distancias y, por lo tanto, desde distintas épocas. Cayó en la cuenta de que estaba siendo bombardeado de manera simultánea por protones y fotones generados en el momento en que Lydia fue concebida; en el momento en que Lydia, la otra Lydia, había muerto; en el momento en que él había nacido; en el momento en que San Agustín había robado unas peras, y en el momento en que Cristo había sido crucificado. Se sintió ligeramente mareado.

Ambriel eligió ese momento para presentarse ante él.

∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞

«Así que esto es lo que se siente».

Tyler estaba tan colmado de amor hacia Dios que se estremeció. La belleza de sus designios le hizo llorar. Comprendió por qué había conocido a Lydia, por qué ella había muerto, y por qué había fracasado en sus anteriores intentos de llegar a Él. Ansió sentir esa luz eternamente. Anheló estar en el Paraíso. Fue el momento más dichoso de su vida, porque al experimentar lo mismo que había experimentado Lydia por fin estaba con ella. Recordar lo que sentía cuando estaba enamorado de Lydia fue incluso mejor que enamorarse por primera vez. El sistema de tipos se estaba viniendo abajo.

Sin embargo, había un detalle que estaba mal.

Se acordó de que justo antes de que Ambriel apareciera, él estaba mirando Sirio. Durante una fracción de segundo le había dado la sensación de que la estrella brillaba con algo más de fuerza. Fue algo casi imperceptible, un ligerísimo centelleo. Podía haber sido cualquier cosa: una distorsión atmosférica, la sombra de una nube al pasar, una ilusión óptica…

O a lo mejor había sido una erupción solar en Sirio justo en ese momento, ocho coma seis años luz atrás, cuando Lydia fue concebida. A lo mejor un protón de esa explosión había viajado por el vacío del espacio durante todos esos años sin prestar la más mínima atención a nada de lo que se había cruzado en su camino. ¿Acaso no era posible que hubiera atravesado la ionosfera y la estratosfera terrestres, las nubes y las alas de los pájaros? ¿Acaso no era posible que finalmente hubiera entrado en el ojo de Tyler ese atardecer invernal, atravesándolo hasta las profundidades de su ser y, al pasar por el hipotálamo, hubiera decidido hacer que algunos electrones salieran despedidos?

No fue más que un pequeño error, algo apenas fuera de lo normal, pero fue suficiente. Fue suficiente para permitirle distinguir realidad e ilusiones.

En cuanto se percató de ello, Ambriel desapareció. El sistema de tipos resistió.

Tyler supo que estaba condenado. A recordar durante el resto de su vida esa sensación de éxtasis, ese amor a Dios, esa dulzura de la existencia. Había creído, aunque solo hubiera sido durante un instante. Había estado con Lydia, pero entonces había mirado. Y se había enfrentado a la ausencia de Dios.

Ese momento perduraría para siempre en su memoria, y siempre sabría que había sido un error en un solo bit el que le había proporcionado ese recuerdo para a continuación arrebatarle la realidad del mismo.

Tyler vivió, a ratos incluso feliz, hasta el día de su muerte.

Copyright © 2009 Ken Liu

Traducido del inglés por Marcheto

http://cuentosparaalgernon.wordpress.com/
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