Antes de conocer a Lydia, la vida de Tyler, al igual que la vida de la mayoría de las personas, entrañaba un acopio constante de nombres nuevos






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bytes individuales, podemos asignar un nombre a un bloque de memoria mediante una variable. Las variables pueden ser utilizadas para nombrar cualquier cosa: posiciones del acelerador, números de la seguridad social, una subrutina que borra el disco…

Por desgracia, no hay manera de saber si una variable está apuntando a lo que dice estar apuntando, o de saber si siquiera está apuntando a algo. Cuando trabajamos con bits, el número de mariposas en Costa Rica tiene exactamente la misma pinta que la velocidad de la tormenta tropical frente a la costa de Australia.

Esto resulta problemático para cualquier programador, puesto que la endeble certeza de la corrección de cualquier programa se fundamenta en la correspondencia entre variables y valores. Si se consigue convencer al ordenador de que una variable se está refiriendo a algo real cuando en realidad está apuntando al vacío, entonces cualquier cosa es posible.

Para ayudar a los programadores a mantener la distinción entre la realidad firme y el desastre monumental se introdujeron los sistemas de tipos, que son constructos matemáticos incorporados a los lenguajes de programación para garantizar que una variable definida para las posiciones del acelerador no apunta, por ejemplo, al valor de la aceleración del coche en un momento dado. Los sistemas de tipos impusieron la consolidación de un orden infalible frente a la locura de un océano de bits amoral.

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Al igual que otros muchos sistemas modernos de control de velocidad de crucero, el del coche de Tyler se basaba en un microordenador en el que se ejecutaba un programa dedicado.

Como es lógico, era muy importante que este programa cumpliera con su función correctamente. El programa del coche de Tyler lo había escrito un meticuloso programador que era consciente de que había vidas humanas que iban a depender de que su programa estuviera bien. Y no solo eso, estaba escrito en un lenguaje con un sistema de tipos muy fuerte; tan fuerte, que existía una demostración matemática que probaba que, por inteligente o descuidado que fuera el programador, si un programa superaba la comprobación de tipos, estaría garantizado que nunca iba a permitir que una variable declarada para apuntar al nivel de combustible apuntara a la subrutina de cambio de marchas. Esto era lo más cercano a la infalibilidad que podías llegar a estar en el mundo de los bits.

Todo lo anterior hace al caso para dejar claro que Tyler tenía motivos fundados para poder relajarse y recostarse en su asiento.

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«Unos dos mil años atrás —leyó también Tyler—, allá por la época de Cristo, en la región del cielo dominada por la constelación Casiopea había una vieja estrella moribunda, que una noche de invierno se convirtió en supernova».

De esa explosión emergieron innumerables protones y neutrones, que se alejaron a gran velocidad de los restos de la estrella constituyendo los llamados rayos cósmicos. La mayoría de esas partículas continuarán atravesando el vacío del espacio a toda velocidad hasta el final de los tiempos, sin que su destino tenga por qué preocuparnos.

Sin embargo, un protón en concreto llegó a la Tierra ese soleado mes de julio tras viajar en solitario por la oscuridad durante dos mil años. Se zambulló en la ionosfera, esquivando con gracia las líneas de los campos magnéticos terrestres, y luego continuó a través del cada vez más espeso aire sin apenas frenarse. Y hubiera seguido hasta hundirse ese mismo día en el desierto californiano de no haber sido porque algo se interpuso en su camino.

Justo en ese instante, Lydia estaba dormida y Tyler había apartado un momento los ojos de la carretera para mirarla. Incluso en sueños, su rostro seguía irradiando esa luminosidad de los bienaventurados. Y su coche se cruzó en el camino del solitario protón escapado de la muerte de una estrella tanto tiempo atrás.

El protón no prestó demasiada atención al chasis metálico, y los polímeros plásticos lo interesaron incluso menos. Los atravesó y durante un instante pareció que continuaría su viaje… hasta que se encontró con una partícula infinitesimal de silicio y, por primera vez en dos mil años, se despertó su interés por la materia tangible, así que decidió golpearla y hacer que sus electrones salieran despedidos.

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Resultó que la partícula de silicio formaba parte de un condensador. Había millones de condensadores y transistores exactamente iguales a ese, todos parte del circuito integrado que constituía la memoria del ordenador donde se ejecutaba el programa que controlaba el automóvil de Tyler en ese momento. Se mire como se mire, está claro que la ausencia de esos electrones era un hecho carente de toda relevancia en el esquema de las cosas, pero fue suficiente.

La pérdida de esos electrones tuvo como consecuencia que el bit que representaba un 1 fuera interpretado como un 0, y ese bit resultó estar ubicado en el interior de una celda de memoria que correspondía a una variable. La alteración en ese bit hizo que esta variable, que debía proporcionar la dirección de la subrutina que hacía los cálculos relativos a las posiciones del acelerador, pasara a apuntar al valor del flujo de combustible, exactamente a 1024 bytes de donde debería haber estado apuntando. Justo el tipo de violación que el sistema de tipos del lenguaje en que estaba escrito el programa estaba diseñado para evitar. Una variable que tuviera que apuntar a una subrutina nunca debería haber podido apuntar a un dato numérico; pero una vez que esto había sucedido, cualquier cosa era posible.

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Si un error en un solo bit en una placa base podía violar el sistema de tipos matemáticamente perfecto de un lenguaje de programación, razonó Tyler, ¿no era concebible que un error en un solo bit en el cerebro pudiera saltarse el sistema que permite distinguir entre enfermeras y ángeles? Bastaría con que una conexión neuronal se rompiera y se restableciese en otro punto al azar, en uno donde no corresponda, para que todas las barreras entre los distintos tipos de memoria se desmoronasen.

Así que la visión de Ambriel que había tenido Lydia, y por supuesto que también su fe, era simple y llanamente la consecuencia de un fallo de las neuronas, un fallo que podía haber sido provocado por la fatiga, por el estrés, por una partícula elemental perdida o, de hecho, por cualquier cosa, aquel día largo tiempo atrás en la clínica de Boston. En realidad se trataba del mismo proceso que había evocado el recuerdo de su abuela llorando por su culpa.

Para entender cómo se llega a la fe, te basta con un error de bit único, pensó Tyler.

En contra de lo que se podría haber esperado, esta teoría ni le restó valor a la fe de Lydia ni la degradó en modo alguno a los ojos de Tyler, puesto que esta explicación le permitía comprender la vida de Lydia de una manera racional. Al llamar error a la fe de Lydia estaba utilizando un direccionamiento indirecto que salvaba la brecha entre sus respectivos mundos.

Y no solo eso, una vez que comprendes un error lo puedes provocar. Alguien competente técnicamente puede abrir una brecha en el mejor sistema de seguridad basado en software provocando de manera deliberada errores en el hardware. ¿Y acaso una persona racional no podría inducirse la fe en sí misma de ese mismo modo?

Tyler decidió que intentaría provocar un error en un bit de su propio cerebro. Si la única manera que tenía de reunirse con Lydia era ir al Cielo, entonces, si lo analizaba racionalmente, no tenía más remedio que forzarse a creer en Dios.

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Una posibilidad era debilitar el cuerpo. Inanición, deshidratación, exposición a los elementos. Los errores eran más probables cuando las defensas del cuerpo estaban bajas. Esta era la vía de los místicos del desierto, y Tyler decidió que sería lo primero que probaría.

Con el coche de alquiler se dirigió hacia el sur y luego hacia el este hasta que estuvo en Arizona, cerca de la frontera con México, del linde, y luego del corazón del desierto de Sonora. Condujo hasta que las carreteras dejaron de ser carreteras, y entonces caminó. Caminó hasta que decidió que ya era incapaz de encontrar el camino de vuelta, y luego continuó caminando todavía más. Llegó un momento en que se encontró rodeado por todas partes por grupos de cactus saguaro. Para entonces tenía mucha hambre y sed, así que se sentó y esperó a que le fallara el cuerpo.

—No te lo tomes a mal —le había dicho Owen antes de que se marchara—, pero yo pensaba que nunca llegarías a poeta. Me parecía que no tenías suficiente imaginación. Y ahora creo que tienes demasiada.

Tyler llevaba varias semanas sin ver a Owen, el tiempo que había pasado encerrado en su apartamento intentando comprender la muerte de Lydia. Los dos estaban sentados en su café favorito mientras en el exterior estaba lloviendo, uno de esos escasos chaparrones otoñales.

—En realidad a los programadores lo que se nos da bien no son los números, sino las palabras —señaló Tyler—. Los que son buenos con los números se dedican al hardware.

—Y al parecer lo que estás planeando es realizar un trabajillo de hardware. Lo que me estás diciendo es que quieres hackear tu propio cerebro para implantarle la religión.

—Echo de menos a Lydia —dijo Tyler en lugar de discutir.

—No será como la fe auténtica —le aseguró Owen en lugar de decirle que dejara de hacer locuras y continuara adelante con su vida, algo que Tyler le agradeció—. Incluso aunque funcione. Incluso aunque tengas visiones de ángeles cantando hosannas.

—¿Cómo sabes cómo es la fe auténtica? Tú tampoco crees en Dios.

—No necesito creer en Dios para decirte que no lo vas a conseguir. Quieres creer en Dios porque amas a Lydia, pero ya has decidido que creer en Dios es un error, un disparate, sin siquiera haberlo experimentado. Quieres obligarte a aceptar una verdad que ya has decidido que es una mentira, y ese es un abismo que no puede salvarse.

—No has entendido la lógica de mi planteamiento. ¿De qué me sirve una explicación racional de la fe si no compruebo la hipótesis?

—Si estás buscando una estrella que casi no se ve —dijo Owen moviendo la cabeza negativamente—, no la verás si miras directamente hacia donde está. Tienes que desviar la mirada y dejar que pille desprevenidos a tus ojos. Hay cosas que no pueden ser examinadas directamente.

—Direccionamiento indirecto entonces —le dijo Tyler al cactus saguaro que tenía a su lado antes de echarse a reír.

¿Cuánto tiempo llevaba sentado en el desierto? Tenía la sensación de que días. La noche estaba cayendo e iba a ser fría.

—Siempre piensas demasiado —le echó en cara el cactus.

—¿Eres tú, Lydia?

«Es una buena señal», pensó Tyler. Las alucinaciones auditivas siempre eran lo primero, ¿verdad? Pero la voz no sonaba como la de Lydia. Se oía demasiado lejana y débil, como una armónica de cristal. Miró a su alrededor en busca de un ángel.

—Así que crees que tenía una avería en el cerebro, que todo se reducía a una conexión fallida —dijo el cactus.

—No, una avería no. —Ese no era el nombre adecuado. Ese era el problema. Necesitaba el nombre correcto.

Quería explicarle todo sobre las variables, los errores de bit único y los sistemas de tipos de las memorias. Quería explicarle cuánto deseaba pasar por su misma experiencia para así poder estar con ella; pero tenía mucha hambre y sed y se sentía mareado, así que lo único que dijo fue:

—Te echo de menos.

Unas luces brillantes se estaban aproximando hacia él en la oscuridad. Se quedó a la espera de esa sensación de ser atravesado por la luz, de ser arrollado por la certeza de que todo iba a ir bien, del amor, de ser salvado. Se quedó a la espera de que las barreras de su mente se derrumbasen.

Las luces se detuvieron delante de él. Varias figuras aparecieron en medio del resplandor, con halos luminosos a modo de cabello y el cuerpo perfilado por el fuego. Le sorprendió un tanto que la luz no fuera tan brillante como se había esperado. Resultaba doloroso mirarla, pero nada que ver con lo que Lydia le había descrito. ¿Qué clase de ángeles eran estos?

«A lo mejor es porque ahora solo tengo un ojo», se dijo.

—Tranquilo, ahora todo va ir bien —le aseguró Owen.

Lo llevaron a la parte de atrás del automóvil del guarda y comenzaron el largo camino de vuelta a casa.

∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞

Lo siguiente que probó fueron las drogas, pero los efectos no eran permanentes. Con la meditación tan solo se cansaba. Leyó sobre la terapia de electroshock, pero ningún psiquiatra accedió a sus peticiones. «Usted no necesita terapia —le dijeron—. Váyase a casa y lea la Biblia. Porque encima a mí me inhabilitarían».

Incluso acudió a alguna iglesia, pero la fe de los feligreses le parecía vacía. No sentía nada sentado en los bancos, articulando las palabras de los himnos, escuchando los sermones que le parecían carentes de sentido.

«Quiero creer, pero no puedo». Miraba a su alrededor; nadie tenía esa luz en el rostro que había visto en Lydia. «Os pensáis que creéis, pero no es así. No creéis de verdad, no como Lydia».

Owen nunca le dijo, «Ya te lo había dicho».

Owen por fin consiguió convencerle para que volviera a acudir por las noches a los cafés. A Tyler le parecía que los poemas que se leían eran espantosos. ¿Por qué nadie estaba escribiendo sobre la ausencia de esa luz? ¿Por qué nadie estaba escribiendo sobre la persistencia de la memoria o sobre ese sistema de tipos que era al mismo tiempo tan frágil y tan difícil de vulnerar? ¿Por qué nadie estaba escribiendo sobre el dolor derivado de la incapacidad de creer?

Con el tiempo consiguió un nuevo trabajo como programador de base de datos en un banco y empezó a escribir otra vez, e incluso consiguió que le publicaran algunos poemas. Sus amigos lo invitaron a salir para celebrarlo. Tyler estaba entusiasmado y feliz, y una chica que no se parecía ni de lejos a Lydia se lo llevó a su casa, a pesar de las cicatrices que tenía en el rostro.

—¿Cómo te llamas? —le preguntó Tyler.

— Stephanie —respondió ella antes de apagar la luz.

Y siempre se acordaría de ella como Stephanie, la que no se parecía ni de lejos a Lydia.

Tyler pasó página.

∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞

—¿Puedes ir buscar a Lydia para que cenemos? —le pidió Jess a Tyler desde la cocina.

Tyler estaba todavía en el salón recogiendo los últimos platos de papel, servilletas y globos desinflados que quedaban de la fiesta de cumpleaños que habían celebrado antes. Bajó por las escaleras y entró al garaje. La puerta estaba abierta, y por el hueco de la misma vio a Lydia tumbada en el césped de delante de la casa, con la mirada levantada hacia el vespertino cielo invernal.

—Eh, amiguita —le dijo mientras caminaba hasta ella—, hora de cenar.

—Solo un par de minutos más, por favor…

Tyler se agachó y se sentó en el césped a su lado.

—Está refrescando. ¿A qué estás esperando?

—Estoy mirando Sirio. Está a ocho coma seis años luz de distancia, así que la luz que estamos viendo ahora salió de Sirio hace ocho años y siete meses. Yo cumplo hoy ocho años, y mamá dice que nací prematura, con nueve semanas de adelanto, y al atardecer. Quiero ver la luz que salió de Sirio justo cuando fui concebida.

—¿Justo cuando fuiste… concebida?

—Me diste ese libro, ¿no te acuerdas?

Tyler iba a puntualizar que aunque naciera al atardecer eso no quería decir que necesariamente fuera concebida al atardecer, pero decidió callarse. Algunos detalles podían quedarse para más adelante.

—Por eso merece la pena esperar —dijo.

Esperaron juntos, temblando un poco. Todavía estaban a principios del invierno, pero ya se notaba que ese año iba a ser frío. Tyler a veces echaba de menos los templados inviernos californianos.
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