Antes de conocer a Lydia, la vida de Tyler, al igual que la vida de la mayoría de las personas, entrañaba un acopio constante de nombres nuevos






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Ken Liu

Antes de conocer a Lydia, la vida de Tyler, al igual que la vida de la mayoría de las personas, entrañaba un acopio constante de nombres nuevos.

Los nombres no eran más que signos taquigráficos para los recuerdos, y el joven Tyler todavía no entendía que en la vida cada nombre se define dos veces: la primera como una promesa de futuro, y otra vez más adelante cuando se convierte en un resumen del pasado.

—¿Y qué pasó después?

—Nada —dijo su abuela—, que vivieron felices y comieron perdices.

—¿Para siempre?

—Para siempre.

Hasta que su abuela le leyó La bella durmiente, Tyler creía que todos los cuentos terminaban como los terminaban sus padres: «Y vivieron, a ratos incluso felices, hasta el día de su muerte».

Tyler y el resto de los demás niños evitaban al nuevo porque era más grande que cualquiera de ellos y los miraba como si anduviera buscando pelea. Pero aquel día, el único sitio libre que quedaba en la clase de Educación Plástica de la señora Younge era el que estaba al lado de Tyler, y así fue como Owen Last y Tyler se convirtieron en grandes amigos.

Tyler la observó hasta que paró la música. Y cuando estaba a punto de pedirle que bailara con él apareció su acompañante. «Así que es posible enamorarse en media hora», pensó. Escribió «Amber Ria» en un trozo de papel y lo metió en una botella de cerveza que cerró herméticamente con papel de aluminio antes de lanzarla a las aguas del estrecho de Long Island tan lejos como pudo.

San Francisco no era más que un punto en el mapa hasta que vio las focas tomando el sol en el turístico barrio de Fisherman’s Wharf.

En la sesión de micrófono abierto del café leyó un poema que se titulaba «Atracción, obsesión, deseo y devoción». No entendía por qué todas las mujeres se estaban riendo hasta que la que estaba sentada junto a Owen le enseñó los anuncios de perfume en la revista que tenía en la mano. Lena Lyman y Tyler salieron juntos exactamente dos meses. El perfume favorito de ella se llamaba Envidia.

Tyler no supo cómo se llamaba aquella brillante estrella que había en el cielo hasta que al trasladarse a un nuevo apartamento encontró un atlas del firmamento, abandonado en la cocina junto a un cuenco con mandarinas recientes. Siempre que pensaba en Sirio, la estrella del perro, notaba un sabor dulce en la lengua.

∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞

La primera vez que Tyler la vio fue en un contenedor que había detrás de Wholly Place, a dos manzanas de su apartamento. Se había acercado a la parte de atrás de la tienda en busca de algunas cajas vacías en las que llevarse a casa las patatas ecológicas y las pechugas de pollos criados en libertad (en Wholly Place no eran partidarios de utilizar ni papel ni plástico).

Ella estaba de pie en el contenedor, alzando hacia el sol un enorme frasco de aceitunas que acababa de caducar. Una camiseta sin mangas de algodón azul oscuro realzaba los pliegues y hoyuelos de los codos. Su cabello pelirrojo aclarado por el sol estaba recogido en deslavazados mechones con un pasador negro en lo alto de la cabeza. Las pecas salpicaban su pálido rostro aportándole color y vitalidad.

Entonces se volvió hacia él mientras dejaba el frasco de aceitunas encima de un montón de otros artículos que había rescatado del contenedor. Tenía los labios agrietados, esos labios tan típicos de los que fuman cigarrillos riéndose de las estadísticas, y los ojos del color de las alas de las mariposas nocturnas. «Va a sonreír», tuvo la certeza Tyler, y deseó saber si tenía los dientes blancos y torcidos.

Tyler pensó que era la mujer más bella que jamás había visto.

«Seguro que sabes que la mayor parte de la comida que tiran aquí se sigue pudiendo comer durante como poco otra semana… —le dijo a Tyler, y luego le hizo un gesto para que se acercara—. Ven a echarme una mano».

Y sí, estaba sonriendo.

∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞

Creemos conocer unas cuantas cosas sobre el funcionamiento de la memoria. Creemos que los recuerdos de lo que ha acontecido realmente, como puede ser lo que hemos tomado para cenar; de lo que podría haber sucedido pero que no llegó a suceder, como esa réplica ingeniosa que se nos ocurrió demasiado tarde; y de lo que sencillamente es imposible que haya tenido lugar, como la imagen de un rayo de sol reflejándose en los ojos de un ángel, se codifican de la misma manera a nivel neuronal. Para distinguir entre unos y otros se requiere lógica y razonamiento, además de un cierto grado de direccionamiento indirecto. Esto resulta preocupante para aquellas personas que consideran que nuestra interpretación de la realidad se basa en los recuerdos: si no somos capaces de diferenciar entre los distintos tipos, se nos podría hacer creer cualquier cosa.

Si tanto filosofía como religión aportan un consuelo es porque ambas ayudan a los hombres a clasificar los tipos de recuerdos y a mantener bajo control la frágil realidad de su vida consciente.

∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞

De pequeño, la persona favorita de Tyler en este mundo era su abuela, porque, a diferencia de sus padres, que eran de la opinión de que a los niños siempre había que decirles la verdad tal y como la veían los adultos, ella le ayudaba a cubrir sus lagunas de conocimiento: Papá Noel, el ratoncito Pérez, Dios… Y mientras que sus padres siempre estaban ocupadísimos y con frecuencia parecían un tanto demasiado circunspectos, su abuela transmitía una sensación de paz y una ligereza que le levantaba el ánimo. En varias ocasiones estando sus padres ausentes, lo llevó con ella a la iglesia. Tyler se acordaba de cómo le habían gustado los cánticos y las coloridas cristaleras, y de lo seguro que se había sentido en ese lugar tan amplio y vacío, sentado en un banco duro, con la calidez de ella a su vera.

Cuando su abuela murió, Tyler se sintió abrumado por la pena. Sin embargo, y al igual que les sucede a la mayoría de los adultos, al hacerse mayor ya solo fue capaz de recordar la intensidad de ese amor infantil de un modo abstracto. Cometiendo el tan habitual error de identificar madurez con valía, dio por sentado que al amor que había sentido de niño por su abuela le debía de haber faltado fuerza y profundidad.

Sin embargo, durante muchos años después de su muerte, a Tyler lo torturó el recuerdo de una determinada visita de su abuela. Él tenía unos cinco años, y los dos estaban enzarzados en una partida de algún juego en la mesa de la cocina. Al balancear las piernas presa de la excitación, Tyler la golpeó varias veces en las espinillas. Su abuela le pidió que parara y él se negó riendo entre dientes. Cuando por fin ella lo miró con cara de pocos amigos y lo amenazó con dejar de jugar si no paraba, Tyler le soltó que ojalá se pudriera en el infierno.

Tyler todavía veía en su cabeza cómo ella se había quedado pálida, el rostro tenso, y entonces, por única vez hasta donde él alcanzaba a recordar, la mujer se había echado a llorar. Tyler tampoco había olvidado su propio y absoluto desconcierto. «Que te pudras en el infierno» no era más que algo que había oído por ahí. Sus padres no eran demasiado religiosos, así que para él «infierno» era una palabra sin demasiado misterio ni poder. Por aquel entonces tan solo tenía una vaga idea de que el infierno era un lugar al que nadie quería ir, como un sótano oscuro o el incluso más oscuro ático. También se acordaba de su propio resentimiento al verla llorar y no ser capaz siquiera de entender el motivo.

Este recuerdo le hizo sentir culpable ya en la adolescencia. Para él resumía todas sus inseguridades y miedos sobre su propia crueldad, ignorancia y la posibilidad de que en realidad no fuera una buena persona. El hecho de que hubiera causado a alguien que le quería tanto dolor casi sin esfuerzo y sin ninguna empatía era algo que le preocupaba profundamente.

Cuando un día estaba mirando un viejo álbum de fotografías familiares se topó con una imagen de la cocina de la casa donde habían vivido. Le sorprendió descubrir que la pequeña cocina contaba con una isla central y que en modo alguno había suficiente espacio para la mesa de su recuerdo.

El descubrimiento de ese pequeño error de su memoria provocó una cascada de revelaciones. En ese momento se acordó de que siempre comían en el comedor, mientras que para los juegos de mesa siempre empleaban la mesita del salón. El hecho cuyo recuerdo tanto sufrimiento le había causado a lo largo de esos años era imposible que hubiera sucedido, y toda la escena tenía que ser producto de su imaginación.

Le pareció que la explicación de lo que en realidad había sucedido era bastante sencilla. Lo más probable es que la muerte de su abuela le hubiera hecho sentir desamparado y culpable y, en plena confusión y a partir de elementos de los cuentos que leía, su imaginación había fabricado de la nada esa escena para castigarse a sí mismo. Se trataba del tipo de fantasía que se le podía haber ocurrido a cualquier niño de corta edad que hubiera perdido a algún familiar cercano. Al caer en ello, la imagen de su abuela llorando perdió intensidad en su memoria y se fue volviendo cada vez menos verosímil.

A Tyler le pareció que había tenido mucha suerte al haber descubierto ese pequeño error en su falso recuerdo, el cual le había permitido llegar a distinguir entre realidad y fantasía. Y sintió que se trataba de un momento crucial en su proceso de maduración como persona.

No obstante, reconoció para sí mismo que el descubrimiento le había entristecido un tanto. Por imaginario que fuera, el recuerdo era una parte constituyente de su amor por su abuela; cuando perdió su convincente aura de verdad, fue como si una parte de ella hubiera muerto con él. Tyler no tenía un nombre para el vacío que le dejó.

∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞

El mejor helado de pistacho del mundo era el de la heladería Dora's en la pequeña ciudad de Los Aldamas. Tyler lo sabía porque fue estando allí, con el aire acondicionado enfriándoles la nuca y los rayos de sol colándose por las grietas de los cristales cubiertos de polvo, mientras estaban compartiendo una copa pequeña de helado de pistacho, cuando Lydia le dijo, «Sí, claro que quiero. Buena idea».

Un mes antes, Tyler le había ayudado a llevar las aceitunas, el pan y el zumo de uva que había encontrado en el contenedor hasta su apartamento, que resultó estar en el mismo edificio que el suyo, solo que en un piso más abajo. El escaso mobiliario del mismo estaba constituido por cajas de cartón cubiertas con sábanas. Era como estar en el escenario de una obra de teatro minimalista.

Lydia extendió una sábana en el suelo y en mitad de la tarde organizaron un pícnic en su estudio de cuatro por tres metros. Ella partió varios trozos de pan y se los pasó, y luego bebieron zumo de uva directamente de la botella.

—Eucaristía a la Lydia —dijo ella con el mismo tono con el que cualquiera podría decir, «pollo a la calabresa, la receta de mi abuela», sin que sonara en absoluto a broma. Y a continuación le ofreció una aceituna del frasco.

Habían pasado muchos años desde la última vez que había ido a la iglesia con su abuela, y Tyler no supo qué decir. Sin embargo, deseaba quedarse con ella y contemplar su rostro, el cual, aunque solo lucía puntuales sonrisas, estaba bañado por una felicidad que Tyler sentía como una ola de calor.

Tyler le habló de su trabajo como programador de base de datos en un banco y de sus noches garabateando en su cuaderno y recitando en cafés llenos de humo ante otros jóvenes con los mismos sueños que él. Le enumeró una selección de los nombres más importantes en su vida y le contó las historias que tenían detrás. Y, mientras hablaba, no dejó de maravillarse ante su rostro y ante lo locamente enamorado que ya estaba de ella.

Tyler le preguntó cosas. Quería conocer la vida de la mujer de la que se estaba enamorando, comprender la colección de nombres de ella.

Lydia se había criado en New Camden, una pequeña ciudad como otras miles, una de esas poblaciones que parecen haber sido abandonadas a la deriva a lo largo de las carreteras que unen Boston con Nueva York. La llamaron Lydia por su abuela, que había muerto antes de que ella naciera. De pequeña, su madre la llamaba «Guisantillo», porque era regordeta y le encantaba el sol; su padre, «Princesa», porque era lo que creía que todos los padres llamaban a sus hijas.

Durante gran parte de sus primeros años de instituto, no supo quién era. Sus padres se peleaban y, cuando por fin dejaron de pelearse, su padre quería que ella siguiera llamándose Lydia Getty y su madre quería que se llamara Lydia O’Scannlain. Pasaba los veranos en el nuevo hogar de su padre en Arizona, donde lo acompañaba las noches en las que él se reunía con sus amigos. Ellos la llamaban «la pequeña tahúr», porque les ganaba al póquer. Por aquel entonces, sus compañeras de instituto la llamaban Lydia O’Hara, porque su color favorito era el escarlata. Los chicos no tenían un nombre para ella porque, que se supiera, todavía no había besado a ninguno.

Los últimos años del instituto fue Lydia, la porrera, y era popular entre los chicos por motivos un tanto turbios. Su madre la llamaba de todo, cosas que prefería no recordar. En una ocasión, un muchacho la llevó en coche a un edificio en Boston, donde mujeres y hombres airados esgrimiendo pancartas y carteles flanqueaban el camino que tuvo que recorrer sola, estremeciéndose al oír lo que la llamaban. Después, cuando estaba acostada recuperándose en una pequeña habitación blanca, una enfermera le dijo que no hiciera caso del follón del exterior y que intentara pensar en sí misma como en Una Joven Muy Valiente.

Se quedó dormida y se despertó sobresaltada al notar temblar la habitación. Su vida se transformó en ese momento porque se le apareció el ángel Ambriel, el ángel con ojos del color de las alas de las mariposas nocturnas.

Al contrario de lo que se desprende de la mayoría de los testimonios de apariciones de ángeles, le explicó Lydia a Tyler, que no acababa de entender lo que estaba escuchando, los ángeles no entablan conversación con la persona ante la que se presentan. La fuerza del suceso se deriva en su integridad de la presencia del propio ángel, que es una parte de la esencia de Dios.

Al igual que la de millones de otras personas, aunque la vida de Lydia no había estado plagada de terribles sufrimientos, sí que incluía hasta ese momento el número suficiente de decepciones y traiciones como para haberle hecho perder la poca fe que la iglesia había sido capaz de inculcarle. Dios ocupaba en su realidad la misma categoría que los neutrinos.

Lydia miró al ángel y sintió cómo la luz de Ambriel le atravesaba los ojos y le inundaba la mente, y el dolor fue tan maravilloso que la posibilidad de cerrar los ojos le resultó inconcebible. Todo lo que había aprendido en su vida sobre todas las cosas estaba totalmente equivocado, era de lo más irrelevante. La luz de Ambriel iluminó los ensordecedores silencios entre sus padres; las cicatrices viejas y recientes de ese juego de suma cero conocido como vida social en un instituto; las pequeñas, desconcertantes y desesperadas inconsistencias de una vida ordinaria. Bajo esa luz, todo se veía coherente, sensato y, ante todo, bello.

Lydia se transformó por completo en ese instante. Estaba tan llena de amor hacia Dios que por fin entendió por qué el infierno es realmente la ausencia de Dios y no tiene nada que ver ni con el fuego ni con el azufre.

Tyler comprendió entonces por qué el rostro de Lydia había cautivado su corazón. En su rostro veía huellas de esa felicidad propia de los bienaventurados. Los bienaventurados carecen de miedos, puesto que esta no es más que otra palabra para designar los deseos insatisfechos, y la verdadera presencia de Dios, incluso a través de la intermediación de un ángel, hizo que todos los deseos insatisfechos de Lydia pasaran a ser irrelevantes para ella. El único miedo que queda tras ver a un ángel es el miedo a ser privado de la presencia de Dios. No obstante, como el único requisito para llegar a Él es amarlo y es imposible no amarlo tras haber experimentado la dicha de su presencia, la salvación de Lydia estaba garantizada.

En ese momento, Lydia descubrió quién era. Ella era una de los Salvados. Lo que no quería decir que tuviera que dejar las drogas y no volver a blasfemar, ni que tuviera que ponerse una túnica blanca y deambular por las calles metiendo panfletos por debajo de las puertas. Lo único que quería decir es que ahora podía continuar con su vida y todo lo que hiciera en el futuro estaría colmado de dicha porque amaba a Dios.

Así que Tyler se había enamorado de Lydia por esa luz divina, porque a pesar de lo tenue que era cuando le alcanzaba tras refractarse a través de ella, todavía resultaba deslumbrante.

La llevó con él a los recitales de poesía, donde Lydia conoció a sus amigos aspirantes a poetas que se congregaban en esos cafés cargados de humo ubicados en sótanos. Cuando leía desde el capullo de luz del foco, Tyler buscaba por el débilmente iluminado local su rostro radiante con el brillante halo de cabello pelirrojo, porque ella sonreía cuando le escuchaba y él adoraba ver su sonrisa.

Porque ella no sabía que un aleluya también podía ser un pareado; porque olía a jabón y a sol; porque cuando le decía que lo acompañaría a mirar las estrellas era exactamente eso lo que quería decir; porque cuando él se burló de la gente que decía «almóndiga» le hizo mirarlo en el diccionario para que se enterara de que esa palabra sí que existía; porque sabía que él siempre notaba con una fracción de segundo de antelación que ella se iba a echar a reír.

Aunque al principio los amigos de Tyler no sabían demasiado bien qué decir tras oír a Lydia contar la historia de su encuentro con Ambriel, ella les cayó bien enseguida porque no era en absoluto lo que se esperaban de alguien que aseguraba ver ángeles. Aguantaba bebiendo más que cualquiera de ellos —incluso que Owen, al que todavía parecía pegarle más lanzarse a la carretera en una motocicleta que estar en una oficina— y cuando se emborrachaba le guiñaba un ojo a Tyler y le susurraba, «Soy peligrosa y te voy a comer de un bocado».

Los domingos, Lydia no iba a la iglesia. Nunca iba a iglesias porque no tenían nada que ofrecerle y, en cualquier caso, a la mayor parte de las congregaciones de la ciudad les incomodaba su historia. En lugar de eso, Lydia llevaba a Tyler a reuniones de personas que habían presenciado la aparición de algún ángel o que ansiaban presenciarla. Estas reuniones se celebraban en sótanos de iglesias y bibliotecas, y siempre conllevaban mucho plegado de sillas y abundante café rancio, además de una gran abundancia de desesperación y de frases sacadas de los pasillos de libros de autoayuda. Tyler se preguntaba con frecuencia qué pintaba él allí, hasta que veía la luz en el rostro de Lydia cuando ella contaba su historia.

Otros días se dedicaban a vagar por las calles de la ciudad después del trabajo. También hacían pequeñas excursiones por carretera a pueblos desperdigados por la costa del Pacífico. Hablaban de todo y de nada, y Tyler, deseando creer, no dejaba ni un instante de contemplar el rostro de Lydia.

El mes que transcurrió entre el día que se la encontró en el contenedor y el día en que mientras le daba helado de pistacho ella le dijo que sí, que se casaría con él, fue el más feliz de la vida de Tyler.

El único problema era que Tyler seguía sin creer en Dios.

∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞

Volviendo de Las Aldamas, Lydia se quedó dormida en el asiento del acompañante. La carretera era recta y llana, y no había demasiado tráfico. Tyler activó el control de velocidad de crucero y estiró las piernas. Alargó la mano hacia la de Lydia y volvió la cabeza para contemplar un instante la estampa de la muchacha dormida.

Cuando más adelante Tyler intentara acordarse de lo que había sentido mientras veía morir lentamente a Lydia en el asiento contiguo al suyo, el cuerpo de ella cabeza abajo y con el cinturón de seguridad manteniéndolo en su sitio, la espalda retorcida en un ángulo imposible, los brazos atrapados por el techo hundido del coche, se sorprendería al descubrir que no recordaba haber sentido ni el más mínimo dolor en su propio cuerpo.

Pero eso no podía haber sido así. Tenía las dos piernas rotas y, a juzgar por las quemaduras que le cubrían el rostro y los brazos, el calor de las llamas tenía que haber sido intenso en su lado de los restos del coche. Cuando finalmente se recuperó lo suficiente como para poder sentarse por sí mismo en el hospital, también descubrió que la ceguera de su ojo izquierdo sería permanente.

Pero en cualquier caso, el hecho era que lo único que Tyler conseguía recordar era lo tranquila e impávida que estaba Lydia mientras le decía que sabía que iba a morir, que no le dolía nada y que lo vería en el Cielo.

Y entonces abrió más los ojos y dijo, «Hola, Ambriel».

Tyler se retorció en el asiento, intentando girarse y mirar lo que ella estaba viendo, a pesar de saber que no iba a ver nada. El volante se le interpuso así que lo dejó tras unos pocos segundos. Unos pocos segundos de los que se arrepentiría más adelante porque apartó los ojos del rostro de Lydia, y durante esos pocos segundos ella murió.

∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞

Si Tyler hubiera sido religioso, la promesa de que se reuniría con Lydia en el Cielo podía haberlo reconfortado. O hubiera podido enfadarse con Dios y clamar contra Él hasta haber sido capaz de aceptar su vida igual que Job había aceptado la suya. Pero Tyler no creía ni en el Cielo ni en Dios.

Sin embargo, su falta de fe tampoco le podía proporcionar consuelo alguno, porque él la amaba por esa luz que había en ella y para la que Tyler no tenía ni un nombre ni una explicación aparte de lo que Lydia le había contado. La fe de ella era lo que él amaba.

Persistir en su falta de fe sería como mantener que la dicha de Lydia era una mera ilusión, lo que destruiría la esencia misma de su memoria; pero creer le obligaría a derribar sus barreras mentales entre fantasía y realidad, y a abrazar como un hecho lo que consideraba una alucinación. Mientras Lydia estaba viva, Tyler podía posponer esa decisión tanto tiempo como siguiera enamorado; pero su muerte le iba a obligar a tomar una decisión.

∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞

Cuando Tyler por fin se recuperó, se encerró en sí mismo y se distanció de sus amigos. Dejó el trabajo y desconectó el teléfono.

Y se volcó en averiguar todo lo que pudo sobre el accidente para intentar comprender lo que había sucedido. Era difícil, porque los investigadores no habían conseguido descubrir gran cosa y quedaban muchos interrogantes por responder, pero él tenía montones de tiempo.

∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞

«Gran parte del trabajo de un programador —leyó Tyler— consiste en desenredar el entramado de relaciones que resuelven el direccionamiento indirecto entre variables y valores».

Las variables son el equivalente a los nombres en las memorias electrónicas. En lugar de trabajar con
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