Resumen: El autor nos deleita al hacer un recuento histórico del modo cómo jugaba la niñez de su generación a diferencia de la presente.






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LA VERDAD FUE, QUE NUNCA NOS ABURRIAMOS

JAIME ARIAS CONGRAINS

Médico Psiquiatra

 

Resumen: El autor nos deleita al hacer un recuento histórico del modo cómo jugaba la niñez de su generación a diferencia de la presente. Parece ser la fuerza de la nostalgia de su infancia la que le ha permitido reconstruir las actividades y juegos de su época con la finalidad de poderlas compartir con las nuevas generaciones.

 

De tanto ver como los niños de ahora, sólo pueden divertirse con juegos que tengan un mínimo de 400 megabytes de tamaño, no podemos evitar recordar nuestra infancia en la que el único programa disponible eran los meses del año. Nosotros disponíamos de un cronograma fantástico de juegos y actividades, cuya secuencia por cierto no es difícil recordar ahora. Nuestra intención es transcribirlos para compartirlos con las nuevas generaciones, para que comparen los juegos de sus computadoras con el espacio infinito en el que volaba nuestra niñez.

Antes de empezar con la descripción de los juegos, debemos señalar que cuando niños, todos teníamos “un barrio” y un “chino de la esquina”, este último, era el proveedor acucioso de cuanto insumo requiriéramos para el juego de turno y a quien siempre encontrábamos con su cigarrillo Inca o Nacional Presidente que le colgaba del labio, con una ceniza infinitamente larga y que nuca vimos caer.

Una cuestión previa, es el asunto de la regida o chuzada de manos, (“te la rijo o te la chuzo”) que era l forma como decidíamos quien tomaba la iniciativa en cualquier juego; el regirla o chuzarla no era otra cosa que el japonesísimo enfrentamiento de manos que se manifestaba en el despliegue de figuras de piedra, papel y tijera. Se podía regir a la primera (a la seca) o a la tercera (a la yankenpó) según se considerase el que ganara en una sola chuzada de manos o el que ganaba más en tres, respectivamente.

El juego más universal sin lugar a duda fue el de las bolas (existen evidencias que ya se jugaban a fines del Neolítico), las mismas que eran de vidrio con incrustaciones de colores dentro, como ojos de gato, o blancas con manchas (lechera).

La que mejor suerte daba para la puntería era llamada la "lecheronga"; existían además unas bolas más grandes llamadas "cholones" pero nunca las vimos participar en ningún juego especial, excepto para quiñar bolas, eran como obesas que "observaban" a las bolas normales jugar. Todas las bolas se guardaban en una bolsa de tela color tierra de lo más ecológica, con su lazo que la cerraba. Había dos juegos principales, -el primero era el del chimpli con sus dos variantes el chimpli puro y el chimpli con cuarta. Ambas variantes consistían en quiñar la bola del adversario, maniobra que exigía de mucha  suerte y algo de puntería. Se diferenciaban en que en el chimpli con cuarta, usábamos la medida de un palmo de la mano para acercar la propia bola a la del adversario; si tratábamos de hacer trampa haciendo la cuarta mas larga o adelantando la bola maliciosamente, nos acusaban de ser langueros: que no debíamos hacer langonas. También podía acordarse decir salí o no, antes de cada tirada. Si no se deseaban hacer una tirada definitiva sino una prueba, había que decir versa o versito. Si la bola quiñadora fallaba al quiñar bola adversaria y quedaba a menos de una cuarta de distancia, la bola que iba ser quiñada se convertía en quiñadora aplicando uno de dos severos castigos: la tirada a la Luna o la patada a la China. La tirada a la luna consistía en golpear con el dedo mayor flexionado la propia bola, la misma que estaba detrás de la castigada, sujetadas ambas bolas entre el índice y el pulgar, todo ello conjuntamente con un movimiento pendular del brazo hacia adelante, y se disparaba al mismo tiempo nuestra bola contra la del adversario la que salía disparada ya que sujetábamos nuestra bola con las puntas de los dedos índice y pulgar impidiendo que siga el vuelo de la otra, con una envidiable coordinación psicomotora. La patada a la China era similar a la de tirada a la Luna, pero algo más fuerte, ya que se ponían las dos bolas debajo del zapato, y se pateaba la propia bola contra la del adversario y se retenía la propia en el zapato impidiendo que siguiera a la otra en su viaje a la China. Sin embargo existía una regla que permitía una especie de clemencia, por medio de la cual quien iba recibir uno de los mencionados castigos, solicitaba que se le aplicase el de la media chalaca o de chalaca de tu tamaño, según se arrojaba la bola quiñadora contra la bola adversaria, desde una altura de medio cuerpo o de cuerpo entero respectivamente, para este fin se empleaban los cholones.  Se decidía que castigo se aplicaba, según quien fuese el jugador que mencionara el nombre del castigo deseado al momento de constatarse si la bola estaba a menos de una cuarta de distancia. Si por asuntos del juego, la bola atacante quedaba pegada a la atacada, eso se llamaba plantón, fatalidad que convertía al quiñador en víctima de cualquiera de los castigos mencionado, según se hubiese acordado previamente. Por lo general una recibía el quiñe o pagaba con una bola que no era la lecheronga. El juego de las bolas llegaba a su máxima expresión en el juego de los ñocos, en el que a la  justicia de las reglas descritas se le agregaba un comienzo y final fijo. Los ñocos eran unos agujeros hechos en la tierra de unos 10 cm. de diámetro y con 2 a 3 metros entre cada uno; si las distancias eran menores de un metro, entonces los ñocos eran del tamaño de la bola. El juego consistía en embocar la bola primero en el ñoco mas lejano, luego en el siguiente en cercanía y así sucesivamente hasta completar 3 vueltas (eran las raíces de los raylles todo terreno), podían ser ñocos con cuarta o sin cuarta, según se permitiera o no usar la palma como medida de distancia del punto de partida inicial de cada lanzada desde el ñoco.  Si un jugador no había embocado ningún ñoco, era llamado moro; si ya había pasado una vuelta era llamado zapatero y si ya se iba a la última vuelta se le decía que cerraba. Solo había un tiro por jugador por vez, uno podía obtener un tiro adicional si lograba quiñar la bola del otro, lo que además alejaba al adversario de los ñocos. Se podía hacer malilla, esto es enunciar una frase para darle mala suerte al adversario: Por aquí pasó Pilatos, haciendo mil garabatos. El juego terminaba cuando uno de los jugadores terminaba primero el circuito  y cobraba las respectivas bolas a los adversarios.

El juego del trompo (a quien ya Virgilio le canta un poema en la Eneida) era realmente bello. Se iniciaba con la compra del trompo en el chino de la esquina, trompo hecho de huarango o naranjo, se le lijaba con lija fina y se le pintaba con franjas de colores, la punta era acentada raspándola contra el cemento de la vereda: se le ponía sedita, para que el trompo no saltase al bailar: no fuera carretón. Podíamos tener trompos con puntas afiladas o con punta de hacha (como un formón), los mismos que se usaban para sacar quiñes a la volada o en el castigo final del juego de la cocina, respectivamente. Luego se conseguía una pita de pabilo trenzada que también se vendía en el chino. Lo primero era aprender a bailar el trompo, esto era enrollar la huaraca alrededor, la misma que tenía un nudo en un extremo, que retenía una chapa perforada de gaseosa, lo que permitía retener la huaraca entre el dorso del pliegue interdigital del anular y meñique. Luego se arrojaba al trompo con arte y oficio para que una vez que el trompo llegaba al extremo de la huaraca, se jalaba ésta. Esta acción volteaba al trompo y caía de punta, lo que nos daba las primeras clases de las acciones de las fuerzas centrípetas y centrífuga. Podían hacerse habilidades con él: levantarlo con el índice a la palma de la mano y verlo bailar en ella, arrojarlo sobre una moneda para sacarla de un círculo en la tierra o en el cemento, pararlo en la mano sin que toque el suelo: pararlo a la volada, maniobra algo difícil pero no tanto como hacerlo bailar a lo largo de la huaraca. También podíamos jugar a los quiñes, arrojando el trompo sobre el trompo chantado del rival o luego de recoger el trompo con la mano, arrojarlo sobre el otro. Debido a que los quiñes al trompo chantado no saciaban nuestros angelicales impulsos sadistas, se ideó el juego de la cocina en el que arrojábamos nuestro trompo, que bailaba en la mano, de manera que empujábamos al trompo chantado hasta un lugar dibujado en la tierra: la cocina, y si uno fallaba en uno de los lances uno quedaba chantado a su vez. Una vez que algún trompo llegaba a la cocina era objeto de un número de quiñes previamente convenidos; estos quiñes podían darse golpeando el dorso del trompo  para, a  manera de punzón, sacarle un pedazo de madera al trompo cocinado: una lonja. Solía suceder que algún amigo tenía su bolsita o caja de trofeos, en donde guardaba las lonjitas sacadas de los trompos "enemigos". El golpe se podía dar con la mano con una trompo normal o con un trompo grande ad - hoc (con las púas especiales ya descritas) o darlo con una piedra, lo que hacía posible llegar a partir en dos al trompo rival, cuyo dueño posiblemente soltaría desconsoladas lágrimas. Si bien el juego de la cocina tal vez parecía ser bastante sádico, por lo general uno usaba un trompo distinto para chantarse y otro para jugar, por lo que la tragedia no era tan grande.

Tal vez el más simple de los juegos, era el de los cartones, que eran las tapas de cartón en que venían las botellas de vidrio de la leche (PLUSA, UPA, por ejemplo), que eran sabiamente prensadas y secadas al sol. Uno juntaba todas las que podía, para luego jugar con otro amigo contra sus cartones. El juego consistía en que uno ponía su cartón: lo chantaba, encima de una de las tapas de hierro fundido, de las cajas de los medidores de agua, las mismas que tenían unos rombos en alto relieve equidistantes, de tal manera que siempre el cartón quedaba con un borde levantado, ante lo cual el adversario arrojaba su cartón de canto, procurando darle al cartón chantado en el borde para voltearlo con el golpe, si no lo lograba - ley de la vida - tenía que quedarse chantado y era a su vez susceptible de ser volteado, pero si lo lograba se adueñaba del cartón, y así sucesivamente. Esas manos negras del juego tal vez fueron nuestras mejores inmunizaciones. Recientemente ha aparecido una versión modera de este juego (taps), ahora son discos de plásticos de dos pulgadas de diámetro con figuras estampadas a ambos lados y para voltearse los unos a los otros se arrojan cara contra cara. El juego de los cartones, ha tenido su origen en un juego similar que tendría 600 años de antigüedad y que se empezó a jugar en el Japón, y que al ser llevado a Hawai en el siglo pasado, fue adaptado para jugarse con las tapas de las botellas de leche.

Otro juego era el del run - run. Con un hilo de pabilo ensartábamos las tapas de botellas gaseosas: chapas o chapitas, que previamente se habían aplanado y biperforado con un clavo, de esa manera en medio del óvalo del pabilo quedaba la chapa, con sus bordes dentados y cortantes, sujetábamos al pabilo en sus dos extremos con los pulgares, luego girábamos en círculo al pabilo trenzándolo y al darle un movimiento de vaivén, comenzaba a girar la chapa a una velocidad vertiginosa, emitiendo un ruido característico y divertido, el mismo, que solamente la física de la universidad pudo convencernos, que se originaba en el pabilo y no en la chapa. Si queríamos emociones más fuertes, podíamos fantasear con una guerra de run - runes, en la cual los dientes de las chapas se convertían en sierras voraces con las que se podía cortar el pabilo del run - run adversario. Nunca en realidad lo jugamos de esa manera, ni vimos nunca una guerra de run - runes, como si la terrible advertencia familiar de niños tuertos por esas chapas voladoras, hubiese sido parte del juego y el run - run del sonido era la música con que nuestra imaginación acompañaba a la escena de la desgracia, cada vez que hacíamos un run - run para nunca hacer la guerra.

En cuanto al juego de los boleros había dos tipos. El primer tipo era el bolero de madera, que consistía de un palo con una bola hechos de madera con una artesanía perfecta: torneado, pulido y laqueado. No sabemos por qué, pero se  le adjudicaba la nacionalidad mejicana. La bola estaba unida por un pabilo al centro del palo y había que embocar el hueco de la bola mediante un balanceo pendular en la punta del palo, algo moderadamente difícil, pero que luego de algunos chinchones en la cabeza, podíamos aspirar a dominar. La siguiente habilidad consistía en embocar y desembocar el bolero con la pita acortada a la mitad y repetir la maniobra sucesivamente. Ganaba quien hacía más embocadas. El segundo tipo era el bolero de plástico, que consistía en una copita con una bolita unida por un pabilo, (los dioses en nuestra infancia eran el dios pabilo y la diosa tierra). No recordamos haberlo comprado, ya que solían venir como sorpresas dentro de los huevos de chocolate de Semana Santa. La maniobra consistía en embocar la bola en la copita, maniobra relativamente fácil, que de alguna manera indemnizaba a los que nunca pudieron dominar al bolero de madera.

Un juego sencillo consistía en hacer un teléfono de lata. Se unían dos latas de leche por medio de un pabilo largo, a cada una se le perforaba en el medio de una de sus bases y se le destapaba la otra. Total nos las pasábamos todo el tiempo diciendo a través del lado destapando ¿me oyes? y el otro lado respondía también ¿me oyes?

Ya un poco más complicada era la radio galena, que consistía en una radio artesanal, que contenía todos los elementos básicos de una radio transistorizada. La parte más difícil de conseguir era la piedra galena, que era por así decir un transistor natural, ya que tenía la capacidad de convertir las ondas de radio en impulsos eléctricos que a su vez estimularan un audífono (similar a los usados por operadores de radio de los aviones o barcos de la segunda guerra mundial). Ya con la piedra galena y el audífono, solo necesitábamos de un condensador variable que proviniera del cadáver de un radio de tubos y un diodo, este último me parece que lo vendían en las ferreterías (¡!). Primero un alambre que hacía de antena, luego el diodo, luego el condensador variable (sintonizador), la piedra galena y al final los audífonos, y así en un área de un libro mediano, teníamos nuestro radio portátil de la época. Si no teníamos el condensador variable, se podían sintonizar diferentes estaciones, cambiando el punto de contacto del alambre de cobre sobre la piedra galena. Está  demás decir que la calidad del sonido era horrorosa.

Pero el centro de la casa la constituía el radio de tubos tan grande como un televisor de ahora, con un tremendo parlante, un ojo mágico de sintonía y un dial con solo AM y en donde escuchábamos, la Voz de América (...la radio del Nuevo Mundo...), el Mundo en 10 minutos, el reporter Esso, La Cajita de Música y la Hora de la Melodía (¡Que tal amigos, les habla Jorge Pelaez Rioja...), Un programa de música italiana a mediodía (¿?), Tamakum: el Vengador Errante, Poncho Negro (Aquí viene Poncho Negro, el jinete más valiente y más audaz...), El Monje Loco, Tarzán, Los Cuentos de las Mil y Una Noche, El Zorro Iglesias (...y al pobre Fernández, se le dijo, se le avisó, pero no hizo caso...), Loquibambia (para recontramatarse de risa), La Escuelita Nocturna, Radio Club Infantil (¿Maruja Venegas?), el Programa del Tío Johnny (Johnny Salim) con sus cuentos narrados para niños y las canciones de Cri - Cri el Grillito Cantor (Gabilondo Soler), Pregón Deportivo (¿Oscar Artacho?), Radio Reloj, Radio Victoria (Carreras de Caballos de Augusto Ferrando), a las 7 p.m. transmitían “Los Colosos del Catch” desde el Coliseo cerrado del Puente del Ejército (con las luchas del Yanqui contra la Momia, etc.) hasta la telenovela El Derecho de Nacer con Albertito Limonta y un sinnúmero de seriales.

También comenzamos la onda reproductora de música con el tocadiscos a cuerda y su altavoz y su aguja de acero que cuando se gastaba la volvíamos a afilar con una lija. Los discos eran sólo de 78 rpm de bakelita y con una canción por lado.

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