Montesilvés, frontera de Granada con Almería






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títuloMontesilvés, frontera de Granada con Almería
fecha de publicación28.07.2016
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PRIMER CAPÍTULO

CAPÍTULO I

1

Montesilvés, frontera de Granada con Almería

Junio, 1432

Muntassir ben Alí cabalgaba por el bosque que rodeaba su casa junto a sus dos hermanos pequeños, los mellizos Mustafá y Fadel. Hacía tiempo que había prometido a los dos muchachos que les enseñaría a utilizar el arco cuando cumplieran doce años. Los hermanos estaban ansiosos por desterrar su tirachinas, única “arma” que Muntassir les permitía utilizar. El joven no había olvidado su promesa, y no se sorprendió cuando, antes del amanecer, los dos hermanos habían irrumpido en su dormitorio aporreando la puerta de madera con insistencia. Muntassir se había incorporado con rapidez para no despertar a su mujer y a su pequeño, y en cuestión de segundos se había vestido con su atuendo de caza que había dejado cuidadosamente preparado la noche anterior.

Antes de salir de la casa, besó cariñosamente a su esposa y miró con ternura a su hijo recién nacido. El joven se había casado hacía un año con la hija de un primo de su padre cuando ambos tenían dieciocho años.

Muntassir y Raissa sólo se habían visto una vez antes de su matrimonio, cuando eran niños. Sin embargo, muy pronto había surgido entre ellos un gran respeto y cariño y, aunque no estaban enamorados, eran felices. Ninguno de los dos habría cambiado la vida que llevaban, ni deseaban nada más que lo que ya poseían.

Muntassir y su esposa vivían con los padres de él y sus dos hermanos en un pequeño palacete en la frontera de Granada con Almería.

La familia tenía a su servicio varios sirvientes, pero ningún esclavo. Su vivienda, pintada de color blanco inmaculado, no era excesivamente grande: constaba de dos dormitorios principales, seis habitaciones y un gran patio interior. No había ninguna dependencia destinada exclusivamente para las mujeres, pues era tanto el amor que el padre de Muntassir profesaba a su esposa, que jamás se le ocurrió incluir un harén en sus dependencias.

La casa carecía de adornos en la fachada externa, aunque estaba decorada con un gusto exquisito en su interior. El pequeño jardín sin amurallar no era excesivamente grande, aunque sí frondoso, poblado de una gran variedad de hermosos arbustos en flor y árboles de altas copas.

Apartado del bloque principal había un inmenso establo en el que Muntassir y su padre trabajaban juntos en la cría de caballos de raza árabe.

Además, el joven tenía sus propias aficiones. Su tío Faruk, un poderoso visir de Granada, propietario de un vasto territorio y una gran fortaleza amurallada, le había regalado un arco cuando acababa de cumplir seis años. Desde aquel momento aquel regalo se convirtió en su mayor diversión. Dedicaba horas a su pasatiempo favorito. Siendo aún un niño se convirtió en un experimentado y preciso arquero, capaz de atinar a las diminutas aceitunas que pendían de los olivos situados a muchos metros de distancia.

El pequeño Muntassir jamás había disparado a los animales hasta que su padre, por primera vez, le encargó que matase dos liebres para cenar. Él así lo hizo. Primero disparó a una hembra grande, y después abatió a una pequeña. De detrás de los matorrales salieron cuatro liebres menudas que huían despavoridas. Comprendió que había matado a la madre y a su cría, y aunque continuó cazando certeramente cuando su progenitor se lo pedía, su afición por el tiro al arco se desvaneció. No obstante, debido sobre todo a la insistencia de su hermano menor, Mustafá, los tres pasarían el día cazando.

De buena mañana, Muntassir, a lomos de su imponente caballo blanco, se adentró en el bosque junto a sus dos hermanos mellizos, que compartían el viejo y manso equino que años atrás montara su padre.

A mitad de camino anunció que se uniría al grupo Rashad Nasser, uno de los hijos de un vecino, gran amigo de su padre. Rashad tenía dieciséis años, por lo que se avenía más con él, que con sus hermanos pequeños. Ambos disfrutaban conversando, pues el joven se comportaba ya como un muchacho sensato y maduro.

Mustafá y Fadel, a pesar de ser mellizos, tenían un carácter rotundamente opuesto. Mustafá era arisco, impetuoso y mezquino, mientras que Fadel era afable y tranquilo. Sólo Fadel mostraba simpatía hacia Rashad Nasser, quien desconfiaba de Mustafá y se mostraba esquivo con él, por lo que apenas solían intercambiar palabra.

Los tres hermanos habían cabalgado durante una hora cuando se detuvieron al oír la voz de Rashad, que se acercaba al galope montado en su magnífica yegua moteada. El rostro de Mustafá exhibía sin reparo los celos y la aversión que sentía hacia su joven vecino que tan buenas migas hacía con su hermano mayor.

Enseguida empezarán a hablar de caballos” _pensó Mustafá con indignación y rabia _. “Ellos cabalgando en sus grandiosos corceles mientras que Fadel y yo tenemos que compartir este anciano desecho.”

_ ¡Eh! ¡Muntassir! _gritó Rashad en la distancia.

Mustafá hizo un ademán de desprecio.

_ No sabía que Rashad iba a venir con nosotros _declaró en tono de reproche.

_ ¿Te molesta?

Muntassir se sentía confuso, pues aunque sabía que su hermano tenía cierta antipatía por su vecino, nunca había mostrado su hostilidad tan abiertamente ante él. Mustafá le explicó el porqué de su recelo.

_ Me he enterado de que Rashad ha hecho amistad con Pedro, el hijo de Don Juan de la Cabeza… Está haciendo muy buenas migas con ese cristiano…

_ ¡Ah! Comprendo. Estás celoso _dijo Muntassir con sarcasmo.

Mustafá trató de ocultar el sentimiento de odio que le produjo aquel comentario, al cual no respondió, ya que Rashad se encontraba a escasos metros de distancia. Sin mediar palabra, continuó su camino, ignorando las protestas de Fadel.

_ Me avergüenzo de ser tu hermano, Mustafá _dijo Fadel con desaprobación_. Detén el caballo. Tu comportamiento ha sido grosero.

Mustafá continuó avanzando, haciendo caso omiso de las palabras de Fadel. Sin embargo, decidió aminorar el paso y esperar a Muntassir y su vecino, pues aunque su hermano mayor era un hombre pacífico, no toleraba la descortesía ni la injusticia.

Muntassir saludó a su amigo con una amplia sonrisa.

_ ¡Buenos días, Rashad! Hace un día estupendo…

_ Buenos días, Muntassir… _balbuceó Rashad _. No tan buenos para Mustafá… Parece que mi presencia le ha contrariado. ¿Ha pasado algo? _ preguntó preocupado.

_ Mi hermano se ha levantado con mal pie. Algo muy habitual en él últimamente.

_ Puedo regresar a casa _propuso tímidamente Rashad, consciente de que Muntassir rechazaría tal proposición.

Muntassir negó con la cabeza.

_ Ya se le pasará. Fadel y yo nos alegramos de que hayas venido. ¡Vamos! No nos demoremos; hay que aprovechar el día.

Rashad asintió sonriente.

El verano estaba próximo y lucía un sol espléndido. Los días eran largos y la temperatura agradable.

Mustafá no conseguirá amargarnos el día” _pensó Muntassir.

Los dos amigos alcanzaron a los mellizos. Muntassir adelantó a sus hermanos y se detuvo frente a ellos, lanzando una mirada autoritaria a Mustafá. Éste comprendió que había llegado el momento de comportarse. La paciencia de su hermano mayor había llegado al límite.

El pequeño grupo recorrió varias leguas a través del bosque que Muntassir conocía a la perfección.

_ Debemos mantenernos unidos _advirtió con firmeza_. Es muy fácil perderse en la espesura y acabar dando vueltas en círculo.

Al poco tiempo llegaron a un claro del bosque en el que había ido construyendo, a lo largo de los años, un pequeño refugio para resguardarse de la lluvia y las tormentas que más de una vez le habían sorprendido cuando salía de caza.

Rashad y los mellizos desconocían esta pequeña morada secreta. Los tres se quedaron maravillados contemplando la guarida privada de Muntassir. En su interior había numerosos cojines y un colchón con una almohada. Al fondo de la casita se hallaba una pequeña alacena con víveres no perecederos, algunas piezas de vajilla y un candil.

Mustafá y Rashad, dejando al margen sus desavenencias, salieron impacientes de la casa y corrieron, ansiosos, hasta un árbol en el que instalaron una diana. Mientras tanto, en la cabaña, Fadel se acomodó con parsimonia sobre un cojín situado al lado de la ventana. De su zurrón sacó papel y pluma. Muntassir le miró sorprendido.

_ ¡¿Qué haces?!

_ No quiero decepcionarte, Muntassir, pero quisiera que me dejases quedarme escribiendo. Estoy terminando mi libro de poemas…

_ ¡¿Tu libro de poemas?! No sabía que estuvieses escribiendo un libro de poemas…

_ Es un secreto… Escribo por las noches cuando todos estáis dormidos. Por favor, no se lo digas a nadie, y mucho menos a Mustafá. Se burlaría de mí.

_ No se lo diré, no te preocupes. ¿Y de que hablan tus poemas?, ¿de batallas y guerreros victoriosos?

Fadel respondió tímidamente.

_ Son poemas de amor… No te rías, por favor.

_ No, no me río. ¿Me dejas leerlos? _preguntó Muntassir con tanta curiosidad como interés.

Fadel le entregó a regañadientes el libro. Su rostro se tornó colorado y el sudor le recorría la frente hasta metérsele en los ojos. El muchacho se sentía ridículo e incómodo. Muntassir leyó varias hojas sin articular palabra. Al cabo de un rato, hizo un gesto de aprobación y se las devolvió. Fadel respiró aliviado, pensando equivocadamente que su hermano no haría ningún comentario.

_ Sabes que yo no entiendo de poesía. Me aburre. Va muy bien para el insomnio _rió.

_ ¿Ves? Te estás burlando _protestó Fadel.

_ No, no, no. Déjame continuar. Estos poemas son hermosos. Podría pasarme la noche leyéndolos y no dormirme. Tienes un don, hermanito.

_ Entonces… ¿Puedo quedarme escribiendo aquí?

_ Sí. No estaremos lejos.

Fadel agradeció el gesto a su hermano. Muntassir salió del refugio en busca de Mustafá y su vecino.

Estos dos son más peligrosos” _caviló_. “Los arcos y las flechas pueden hacer más daño que el papel y la pluma.”

Angustiado por las desavenencias entre su hermano pequeño y Rashad, aceleró el paso. Había perdido demasiado tiempo de vista a los dos muchachos, sin embargo, cuando les alcanzó respiró aliviado. Los dos reían a carcajadas al comprobar que ninguno de ellos era capaz de dar en el blanco.

_ ¡Eh, Muntassir! ¿Cómo se usa este trasto? _preguntó Rashad desternillándose.

_ Con paciencia y mucha práctica.

2

Al cabo de unas horas, el pequeño grupo regresó hambriento a la cabaña. Muntassir asó las cuatro perdices que acababa de cazar y las devoraron con avidez. Después se tumbaron sobre los almohadones para descansar un rato, antes de emprender el camino de regreso a casa.

De repente percibieron un fuerte olor a quemado. Rashad, que estaba cerca de la puerta, salió a comprobar que el fuego que habían encendido para cocinar no se hubiese reavivado. La lumbre estaba apagada, pero cuando miró a lo lejos advirtió una gran humareda. El joven entró atemorizado a la cabaña.

_ ¡Muntassir! _gritó, al borde de la histeria_. ¡Hay mucho humo a lo lejos! Creo que es tu casa…

Muntassir salió rápidamente del refugio, seguido por sus hermanos mellizos. Rashad estaba en lo cierto. Si el humo no provenía de su vivienda, estaba demasiado cerca.

_ ¡Rápido! ¡Montad en los caballos! _les apremió Muntassir, amedrentado, mientras subía a la grupa de su corcel a Fadel para aligerar la carga al viejo caballo de sus hermanos.

Los cuatro jóvenes emprendieron con rapidez el camino de regreso.

A medida que se acercaban al hogar de la familia Alí, Muntassir presentía la tragedia. Ya a cierta distancia de la casa, podían ver con claridad las inmensas llamas que abrasaban sin piedad los enormes setos del jardín que se levantaban a modo de muralla rodeando la morada.

Muntassir detuvo su caballo y ordenó a Fadel que desmontase y permaneciera a distancia junto a Mustafá y Rashad.

_ ¿Rashad? _farfulló Mustafá con una mueca de desprecio_. Ese cobarde nos abandonó sin despedirse a mitad de camino. En este momento estará cenando tranquilamente en su casa.

_ Queremos ir contigo, Muntassir. Tengo miedo _lloriqueó Fadel.

Muntassir asintió abatido.

3

El panorama era desolador. Los arbustos y el ramaje del jardín habían ardido por completo. El calor del verano, ayudado por el viento seco que soplaba incesante, había reducido a cenizas el vergel que con tanto esmero habían cuidado sus padres. No obstante, la casa no parecía haber sufrido ningún desperfecto, pero el silencio sepulcral que reinaba en la vivienda no era un buen presagio y Muntassir era consciente de ello.

Los tres hermanos se introdujeron temerosos en el interior de la casa, aparentemente vacía.

Quizás hayan podido huir” _reflexionó Muntassir, esperanzado, mientras se dirigía a su habitación.

La puerta de su dormitorio estaba atrancada.

_ ¡Raissa! ¡Raissa! _gritó con desesperación al tiempo que derribaba la puerta.

Rápidamente, se acercó a su esposa, que se hallaba sentada en un rincón de la estancia con el bebé en sus brazos. La mujer le miraba con los ojos muy abiertos y él se sintió aliviado durante breves instantes. Sin embargo, enseguida se dio cuenta de la amarga realidad. Raissa probablemente había huido a su habitación para proteger a su hijo y a sí misma del incendio, donde ambos debieron morir por asfixia. Pero incomprensiblemente ella había echado el cerrojo. No tenía sentido.

Muntassir cerró los ojos de su esposa y la depositó junto a su hijo sobre el colchón. Con lágrimas en los ojos se despidió de ellos con un beso. En aquel momento, Mustafá irrumpió en el dormitorio.

_ ¡Están todos muertos! _aulló, preso de la histeria_. Sus palabras apenas eran inteligibles. El muchacho lloraba enfurecido mientras no cesaba de propinar golpes a Muntassir, que no acertaba a entender su comportamiento. El joven mellizo recibió un fuerte bofetón que le hizo caer al suelo.

_ ¡Cálmate, Mustafá!

El muchacho se levantó con rapidez y le cogió de la mano, mientras tiraba de él con urgencia, conduciéndolo hasta los calcinados setos del jardín. Muntassir se estremeció ante el espeluznante panorama. Allí era donde se hallaban los habitantes de la casa. Irreconocibles y carbonizados, algunos de los cadáveres aún conservaban en su mano el pozal con el que habían intentado apagar el fuego.

Los dos hermanos trataban de identificar sin éxito a sus padres cuando oyeron la llamada desesperada de Fadel, que se encontraba junto a una noria situada próxima a la vivienda, y que había sobrevivido a las llamas. Ambos acudieron con presteza a su encuentro.

Su madre yacía junto al pozo con graves quemaduras por todo el cuerpo, pero estaba viva. Increíblemente, su rostro no reflejaba sufrimiento, sino desasosiego.

Muntassir se arrodilló ante ella sin atreverse a tocarla por miedo a causarle dolor.

_ Dame la mano y acércate más, Muntassir _susurró la mujer.

Mustafá y Fadel se acurrucaron al lado de su madre. Ella miró a sus hijos pequeños, forzando una sonrisa. Después volvió la cabeza hacia su primogénito.

_ No temas tocarme, hijo. Las heridas han dejado de dolerme. Voy a morir…

_ No, madre... Te llevaré al dormitorio y buscaré a un médico.

_ ¡No! No te vayas y escucha… No tengo mucho tiempo, hijo mío. Debéis iros a la fortaleza de mi hermano Faruk en Granada. Él os dará cobijo y cuidará de vosotros…

_ ¡¿Qué dices, madre?! Iré inmediatamente al pueblo y buscaré ayuda. Te curarás y poco a poco saldremos adelante. Confía en mí.

_ No te vayas, escúchame _repitió la mujer con gran esfuerzo_. Sé que me estoy muriendo... No me interrumpas…

Muntassir asintió apenado. Los mellizos la abrazaban como si con ese gesto pudieran infligirle la vida.

_ Muntassir, el incendio ha sido provocado por un grupo de caballeros cristianos, capitaneados por don Juan de la Cabeza. Se presentaron en nuestra casa poco después de que os marchaseis al bosque. Tu padre y yo pensábamos que vendrían a comprar caballos como tantas otras veces, y les recibimos con cortesía. Don Juan y sus soldados entraron en la casa y cogieron todo lo que teníamos de valor. Después se dirigieron a los establos y se llevaron todos los caballos. Antes de partir prendieron fuego al jardín. Los sirvientes, tu padre y yo intentamos sofocar las llamas, pero prendieron rápidamente y no pudimos hacer nada… Estoy muy cansada… _gimió débilmente.

_ No hables, madre. Descansa. Estás muy fatigada.

Muntassir hablaba en tono apacible y tranquilizador, tratando de disimular la ira que sentía en esos momentos hacia los caballeros cristianos. Como si hubiera leído los pensamientos de su hijo, la mujer prosiguió su discurso.

_ No quiero venganza, hijos míos, pero debéis marcharos. Aquí no viviréis seguros nunca… El odio que sienten nuestros vecinos cristianos hacia nosotros cada vez es mayor. Vuestro tío Faruk os recibirá feliz en su casa. Él posee una gran fortaleza amurallada en la comarca de Al Burallah. Allí estaréis a salvo… Cuida de Fadel y Mustafá. Tu esposa y tu hijo están vivos, Muntassir. Ella logró esconderse en vuestra habitación…

Mustafá y Fadel miraron con preocupación y tristeza a su hermano, quien con una mirada les dio a entender que debían callar. Su madre no conocía el trágico final de Raissa y su hijo.

Mejor así” _ razonó Muntassir en silencio, pues a ella sólo le quedaba un soplo de vida.

_Así lo haremos, madre. Partiremos todos hacia Al Burallah cuando te encuentres con fuerzas para emprender el camino.

Mustafá sostenía la cabeza de su madre y Fadel acariciaba su rostro con esperanza, confiando en las palabras de su hermano mayor. ¿Cómo iba a mentir Muntassir?

Mustafá era consciente de la realidad, y su decisión era firme. Con el apoyo de sus hermanos o sin él vengaría la muerte de su familia.

4

Rashad llegó al pueblo sin aliento. El muchacho había cabalgado velozmente sin respiro, pues era consciente de que el incendio de la familia Alí sólo podría ser sofocado con la colaboración de todos los habitantes del poblado. Recorrió casa por casa pidiendo ayuda. Sin embargo, nadie le abrió la puerta. Era demasiado extraño. No era posible que las casas estuvieran completamente vacías.

Quizás estén ayudando a apagar el fuego” _ pensó, esperanzado_. “Pero no es posible que no haya niños en sus moradas, alguna mujer, los sirvientes… ¿Qué está pasando? ¿Y mi familia? ¿Habrán acudido en su ayuda?”

Rashad no se había detenido en su casa. Había asumido que su padre habría partido junto a sus criados a auxiliar a su buen amigo, Alí Saleh.

Abandonó el pueblo, decepcionado. La mayoría de sus habitantes eran familias cristianas que siempre habían convivido en paz con las familias árabes que habitaban en la pequeña villa. Ni siquiera los poderosos nobles cristianos, cuyas tierras estaban próximas a las de sus convecinos árabes, habían mostrado hostilidad hacia ellos o hacia la familia de Muntassir. Todos compraban sus caballos a Alí Saleh, y el ganado, a su propio padre. Éstos, a su vez, frecuentaban el pueblo para abastecerse de bienes y víveres. Sus relaciones eran cordiales. No entendía qué estaba sucediendo.

Se dirigió a su casa, convencido de que sólo hallaría en ella a su madre, sus dos hermanos pequeños y alguna sirvienta, pero se equivocaba. Sus padres le esperaban en la puerta, nerviosos y apenados. Ella se aproximó a su hijo con alivio y le abrazó.

_Gracias, Alá, por devolverme a mi hijo sano y salvo _susurró ella, casi inaudiblemente.

Rashad miró con desconcierto a su progenitor.

_Has regresado pronto, padre. No ha sucedido nada grave, ¿verdad? _preguntó el muchacho con ansiedad.

_Hijo mío… Tal vez no lo comprendas ahora… No hemos podido acudir en su ayuda…

_ ¿Cómo? _replicó, enfadado_. ¿Estás enfermo, quizás? ¿Están muertos nuestros caballos? Esa es la única excusa que podría entender.

_Sabes que no, hijo. Puedes pensar que soy un cobarde, pero los soldados cristianos nos advirtieron que correríamos la misma suerte si se nos ocurría ir a auxiliarles.

_Pero… Tú no eres un cobarde. ¡Debemos ayudarles!

_Sí, Rashad. Debemos ayudarles… _musitó Nasser ben Ahmed con tristeza_, pero la única ayuda que podemos ofrecerles ya es ayudar a enterrar a sus muertos.

_No te reconozco, padre.

Montando a lomos de su yegua, Rashad desapareció al galope por el arenoso camino. Nasser entró en la casa y llamó a sus criados. Aunque su propósito había sido marchar al amanecer hacia la casa de su amigo, él y sus sirvientes adelantarían el viaje, siguiendo el valeroso ejemplo de su hijo.

5

Rashad y su padre se encaminaron hacia el lugar donde se hallaban Muntassir y sus hermanos. La madre de los muchachos acababa de fallecer. Ellos permanecían inmóviles a su lado.

Mustafá se levantó iracundo, impidiéndoles avanzar.

_Llegáis un poco tarde_ exclamó furioso_. Don Juan de la Cabeza ha hecho su trabajo.

_Lo siento de corazón _replicó Nasser ben Ahmed, abatido.

Muntassir se incorporó y aceptó sus condolencias. Mustafá increpó con rabia a su hermano.

_ ¡¿No lo entiendes, Muntassir?! Ellos lo sabían… Sabían lo que iba a pasar y miraron hacia otro lado… O, tal vez lo planearon todo junto a sus amigos cristianos. El “venerable” Nasser ben Ahmed se aseguró de que Rashad nos acompañase a cazar para conseguir sus propósitos sin levantar sospechas…

Nasser abrió la boca para protestar, pero calló de inmediato. Se sentía avergonzado por no haber ayudado a sus amigos, pero había temido por su familia. Él era un hombre sencillo, no un héroe.

_ ¿Estás ciego, Muntassir? _prosiguió Mustafá_. Si tú eres el hermano al que yo admiraba, reniego de ti y de todos vosotros.

De un brinco, Mustafá montó el blanco corcel de Muntassir y se alejó a toda velocidad, adentrándose en la espesura del oscuro bosque.

_ ¿Vas a dejarle marchar? _preguntó Fadel, inquieto.

_Probablemente se refugiará en la cabaña. Mañana nos reuniremos con él.

Muntassir no pensaba que Nasser ben Ahmed hubiese urdido un plan junto a Don Juan y sus soldados cristianos. La amistad entre su padre y Nasser había sido sincera. Sin embargo, se sentía reacio a perdonar la actitud del amigo de su padre, al que reprochaba en silencio su cobardía.

Quizás no tuviese otra opción” _ reflexionó con amargura _ “¿Qué habría hecho yo si hubiese visto amenazada la vida de mis padres, de mi mujer y de mi hijo? Quizás hubiese actuado de la misma manera. No puedo saberlo… “

Los hombres enterraron los cadáveres en silencio. Entretanto, Rashad permaneció junto a Fadel en su habitación. Poco a poco, el aire volvía a ser respirable en el interior de la casa.

Muntassir dio sepultura a su madre junto a Raissa y su hijo. Se lamentó de no haber sido capaz de reconocer a su padre entre las víctimas de la tropelía cristiana.

_La vivienda no ha sufrido muchos daños, Muntassir _dijo Nasser ben Ahmed_. El jardín volverá a crecer… y con el tiempo cicatrizarán las heridas. Contad con mi ayuda para lo que necesitéis. Os daré la mitad de mi ganado, y tú y tus hermanos podréis salir adelante.

_Te lo agradezco, pero no será necesario. He tomado una decisión. Mañana, mi hermano y yo nos reuniremos con Mustafá y partiremos hacia la fortaleza de mi tío Faruk. Fadel es débil y si nos quedamos aquí nunca se sobrepondrá a la tragedia. Es mejor que pongamos tierra por medio… Además, nunca perdonaré a quien destrozó nuestras vidas... Don Juan de la Cabeza pagará por lo que ha hecho. No dudes que no descansaré hasta convertirme en un gran guerrero, y volveré con un poderoso ejército para pagar a Don Juan con la misma moneda. Haré que en su lápida rece “Don Juan sin su Cabeza” _rio Muntassir con triste sarcasmo_. Puedes transmitirle mi mensaje al “innoble” Don Juan _agregó Muntassir, incapaz de reprimir el odio y la rabia que se había apoderado de su ser. ¡Adiós, Nasser! Vuelve a tu casa.

_Te lo ruego Muntassir. Acepta mi hospitalidad esta noche. No lo hagas ni por ti ni por mí. Tu hermano necesita descansar.

Muntassir asintió con pesar.

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