El Padre Samaan era profundo conocedor de temas espi­rituales y teológicos, versado en los secretos del pecado venial y mortal, y una autoridad en los misterios






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EL POETA DE BAALBECK




  1. En la ciudad de Baalbeck, Año 112 a.C.


El Emir estaba sentado en su trono de oro, rodeado de lámparas brillantes y turíferos ricamente trabajados. El incienso perfumaba todo el palacio. A la derecha del Emir se

sentaban los altos dignatarios civiles, a la izquierda, los sacer­dotes, y, de pie, inmóviles, estaban los guardias y los esclavos, semejando estatuas de bronce.

Después que los cantores entonaron sus himnos, un ancia­no Visir se prosternó frente al soberano y, con voz trémula a causa de la edad dijo:

-Oh, grande y generoso Príncipe, ayer llegó a nuestra ciudad un sabio proveniente de la india. Predica doctrinas extrañas de las que amas oímos hablar, como la de la trans­migración de las amas. Dice, él, que las almas encarnan, generación tras generación, en cuerpos diferentes hasta alcanzar la perfección y elevarse hasta el nivel de los dioses. Y pide ser presentado ante ti, para exponer sus ideas.

El Emir meneó la cabeza y sonriendo dijo:

-De la india nos llegan muchas cosas extrañas y maravi­llosas. Invita a ese sabio para que podamos oír sus palabras de sabiduría.

Apenas pronunciadas estas palabras, un hombre de cierta edad, moreno, imponente, de grandes ojos y facciones serenas, entró en el recinto con paso digno y se detuvo frente al Emir.

Después de inclinarse y pedir permiso para hablar, levantó la cabeza y comenzó a exponer su doctrina. Sostuvo que las almas pasan de un cuerpo a otro evolucionando por la expe­riencia obtenida en cada existencia, impulsadas por la búsque­da de un esplendor que las estimula y las hace crecer en amor.

Luego, se demoró explicando la forma en que las almas encarnan en uno y otro cuerpo y cómo expían en cada vida, los errores y crímenes cometidos en la anterior, como si cose­charan en un país lo que sembraron en otro.

Observando que la conferencia se prolongaba más de lo esperado y que el rostro del Emir mostraba señales de cansan­cio, el viejo Visir sugirió al sabio hindú que dejase su exposi­ción para continuarla en otra oportunidad.

Entonces, el visitante abandonó su discurso y tomó asien­to entre los dignatarios civiles, cerrando ligeramente los ojos, como cansado de contemplar los abismos de la vida.

Después de un profundo silencio, semejante al éxtasis de un profeta, el Emir, miró a derecha e izquierda como buscan­do a alguien, y luego preguntó:

-¿Dónde se enclientra nuestro poeta? Hace muchos días que no lo vemos. ¿Qué le ha ocurrido que no concurre a nuestras reuniones?

-Yo lo vi hace una semana sentado en el pórtico del templo de Ishtar -respondió un sacerdote-, mirando con ojos tristes hacia el infinito, más allá del crepúsculo, como si contemplase uno de sus poemas flotando sobre las nubes.

Y un gran dignatario agregó:

-Y yo lo vi ayer parado a la sombra de los álamos y los cipreses. Lo saludé, mas no me prestó atención y permaneció como sumergido en el mar profundo de sus pensamientos y meditaciones.

Y el Gran Eunuco completó:

-Y yo lo vi, hoy, en el jardín del palacio, con el rostro pálido y abatido, suspirando profundamente y con los ojos llenos de lágrimas.

-Buscad inmediatamente a quien tanto nos preocupa con su ausencia -ordenó entonces el Emir.

Obedeciendo la orden, guardias y esclavos, salieron del recinto en busca del poeta. Mientras tanto, el Emir y sus dig­natarios,'que permanecían reunidos aguardando su retorno, parecían sentir, en sus espíritus, la presencia invisible del poeta.

Poco después regresó el Gran Eunuco quien cayó total­mente extendido a los pies del Emir cual pájaro herido por la flecha de un cazador. El Emir, al verlo, exclamó:

-¿Qué ha ocurrido? ¿Qué tienes que decir?

El Gran Eunuco levantó entonces, la cabeza y, con voz triste y temblorosa dijo:

-Hemos encontrado al poeta, muerto, en el jardín del palacio.

Oyendo esto, el Emir se levantó apesadumbrado y avan­zó, apresurado, en dirección al jardín. Todos los dignatarios lo seguían.

Al final del parque, bajo los almendros, la luz amarillenta de las antorchas mostraba a los ojos de los presentes, un cuerpo inanimado, extendido sobre la gramilla como una rosa marchita.

-Mirad como está, abrazado a su lira -dijo un cortesa­no-. ¡Parecen dos amantes que juraron morir juntos!

-Aún tiene los ojos abiertos -agregó otro- como los tuvo en vida, clavados en el corazón del espacio, contemplan­do los invisibles movimientos de un dios desconocido en medio de los lejanos planetas.

Finalmente,,el Sumo Sacerdote se dirigió al Emir:

-Lo sepultaremos mañana con las honras de un gran poeta, a la sombra del templo de Ishtar. Convocaremos a todo el pueblo para la procesión fúnebre; los jóvenes cantarán sus poemas y las vírgenes derramarán flores sobre su tumba.

Él Emir, sin quitar los ojos del rostro del poeta, ya pálido por el frío de la muerte, moviendo la cabeza con pesar dijo:

-Nosotros, menospreciamos esta alma pura mientras vivía e inundaba el universo con los frutos de su inspiración y esparcía en el aire la fragancia magnífica de su espíritu. Si no le rendimos homenaje ahora, seremos escarnecidos y ridiculizados por los dioses y por las ninfas de valles y pra­deras.

"Lo enterraremos en este mismo sitio donde exhaló su último suspiro, con la lira amada entre sus brazos. Y, si alguno entre vosotros quiere rendirle homenaje, que al regresar a su casa, cuente a sus hijos, que el Emir fue la causa de la muerte del poeta, pues no le prestó debida asis­tencia, dejándolo morir solo y abandonado.-Después, miran­do alrededor de sí, preguntó:-¿Dónde está el sabio llegado de la India?

Y el sabio se adelantó, diciendo:

-¡Heme aquí, oh, Gran Príncipe!

-Dime, oh, sabio -preguntó el Emir-, ¿acaso los dioses me harán volver a este mundo como Príncipe y traerán también al poeta muerto, como poeta? ¿Mi espíritu, reencar nará en el cuerpo del hijo de un gran rey y, el alma del poeta será conducida hacia el cuerpo de otro genio? ¿La ley sagra­da, lo retornará para que, frente a la eternidad, componga nuevamente sus versos honrando a la vida? ¿Retornará, él, para que yo pueda cubrirlo de honores y rendirle los tributos que él merece y alegrar su corazón y su vida?

Y el sabio respondió:

-Todo lo que las almas anhelan, las almas lo alcanzarán, pues la ley que nos devuelve el esplendor de la primavera después del invierno, también te devolverá Príncipe glorioso y lo devolverá gran poeta.

Se animó, entonces, el rostro del Emir y su alma se vivifi­có. Y se encaminó hacia el palacio, recordando y meditando las palabras del sabio hindú: "Todo lo que las almas anhelan, las almas lo alcanzarán."


  1. En la ciudad de El Caíro, Año 1912 d.C.


Se alzó la luna llena derramando sus reflejos de plata sobre la ciudad. El Príncipe contemplaba, desde el balcón de su palacio, el límpido cielo. Meditaba acerca de los siglos que habían pasado sobre aquellas márgenes del Nilo, interpre­taba los hechos de reyes y conquistadores o imaginaba la procesión de pueblos desde las pirámides hasta el palacio de Abedine.

Como el círculo de sus pensamientos se había ampliado tanto ue ya tocaba el círculo de sus propios sueños, miró hacia el compañero que tenía a su lado y le dijo:

-Mi alma tiene sed, recítame un poema.

Y el compañero comenzó a declamar los versos de un poema pre-islámico. Pero, antes que avanzara mucho en el recitado, el Príncipe lo interrumpió:

-Declama algo más reciente, más moderno...

Su compañero comenzó, entonces, a declamar los versos de un poeta Hadramout. Pero, nuevamente lo interrumpió el Príncipe:

-Deseo algo más reciente, mucho más reciente.

El recitante levantó la cabeza y puso su mano en ella, como tratando de ayudarse a recordar poemas de autores contemporáneos. Repentinamente, su rostro se iluminó, y sus ojos se tornaron más vivos y se puso a entonar unos versos románticos, con un ritmo doliente lleno de encanto. El Príncipe, como si manos invisibles lo hubieran elevado hacia el cielo preguntó:

-¿De quién son esos versos?

-Del poeta de Baalbeck -dijo el poeta.

-Del poeta de Baalbeck -repitió el Príncipe; y el nombre vibró en sus oídos y llegó a su alma, despertando en ella a los fantasmas de antiguos recuerdos, dibujando frente a los ojos de su corazón, en la niebla del tiempo, el cuadro de un joven muerto, abrazado a su lira y rodeado de altos dignatarios de una corte.

Y como los sueños que son disipados por la luz del despertar, así huyó de los ojos del Príncipe la visión que contemplaba. Se puso de pie junto con el recitador y, mientras caminaban, repetía para sí las palabras de Mahoma: "Estabas muerto y El te resucitó. Y El te retornará a la muerte nueva­mente y nuevamente a la vida. Sólo entonces retornarás a El." Se volvió hacia su compañero y le dijo:

-Tenemos suerte de tener al poeta de Baalbeck en nuestro país. Y es nuestro mayor deber darle nuestro home­naje y prestarle nuestra ayuda.

Y luego de unos instantes, presididos por el respeto y el silencio, el Príncipe agregó:

-El poeta es un ave de extraño comportamiento. Des­tiende desde su cielo para cantar entre nosotros y, si no lo honramos, él extenderá sus alas y alzará vuelo hacia su patria.

Y, cuando terminó la noche y el firmamento se quitó su vestido adornado con estrellas para ponerse otro, tejido con los rayos de luz de la aurora, el alma del Príncipe flotaba embelesada por los misterios de la vida.
EL CONFLICTO
Raquel despertó a medianoche, abrió sus ojos y los fijó en el techo de su cuarto por unos instantes. Oía una voz más suave que los murmullos de la vida y más lúgubre que la invitación del Abismo, más tierna que el susurro de un par de alas... Ella vibró esperanzada, con alegría y tristeza, con amor a la vida y con deseos de morir. Raquel cerró sus ojos, suspiró profundamente y dijo con voz entrecortada:

-La madrugada alcanzó los confines del valle, debemos ir en dirección al sol para encontrarlo.

El sacerdote se aproximó a su lecho y tomó su mano; la halló fría como la nieve. Y, cuando aturdido, buscó su cora­zón, lo encontró inmóvil y silencioso. El sacerdote inclinó la cabeza desesperado. Sus labios temblaron, como querien­do pronunciar una palabra divina que sería repetida por las sombras de la noche en aquellos valles solitarios y agrestes.

Después de cruzarle los brazos sobre el pecho, el Padre miró hacia un hombre sentado en el rincón más oscuro del cuarto y, con voz bondadosa y tierna le dijo:

-Su amada ha penetrado en el gran círculo de luz. Ven, hermano mío, arrodillémonos y oremos.

El pobre esposo levantó la cabeza, sus ojos se abrieron como contemplando lo invisible y su semblante se transfor­mó como si hubiera hallado comprensión en el fantasma de un Dios desconocido. Reunió sus últimas fuerzas, se dirigió, reverente, hacia el lecho de su esposa y se arrodilló al lado del sacerdote, que oraba y lloraba haciéndose la señal de la cruz.

Pasado un tiempo, el sacerdote colocó la mano sobre el hombro del marido herido por el dolor y le dijo, suavemen­te: "Ve, hermano mío, a recostarte en el cuarto contiguo, pues necesitas descansar.

Y el esposo se levantó, obediente, y se encaminó al otro cuarto, extendió su cuerpo cansado en una cama estrecha y, en pocos minutos, navegaba en el mar del sueño como una criatura que busca refugio en los brazos de la madre amorosa.

El sacerdote permaneció de pie, como una estatua, en medio del cuarto. Un extraño conflicto se había apoderado de su alma. Miraba con ojos llenos de lágrimas, ora hacia el cuerpo helado de la mujer, ora, a través de la cortina entre­abierta, hacia el esposo, entregado a la seducción del sueño. Una hora más larga que la eternidad había transcurrido, y el sacerdote continuaba de pie, entre las dos almas separadas. Una, soñaba como los campos sueñan con la primavera después de la tragedia del invierno, la otra, descansaba eter­namente. Entonces, se acercó al lecho de la muerta y se arrodilló, como en adoración frente a un altar. Tomó su mano fría, la llevó hasta sus labios temblorosos y miró lar­gamente el rostro cubierto por la palidez de la muerte. Y, con voz tranquila como la noche, profunda como el mar y trémula como las esperanzas de los hombres, dijo:

-Raquel, Raquel, hermana de mi alma, ¡óyeme! ¡Ahora, por fin, puedo hablar! La Muerte abrió mis labios y puedo revelarte mi secreto. El dolor desató mi lengua y puedo, ahora, contarte mi sufrimiento. ¡Oye el grito de mi alma, oh, puro espíritu, que aleteas entre la tierra y el infinito! Oye al oven que, cuando volvías de los campos, se escondía entre Is árboles por miedo a la belleza de tu rostro. Oye al sacer­dote dedicado a Dios, él te llama ahora, sin recelo, pues ya partiste hacia la Ciudad del Señor.

Y, habiendo abierto, así, su corazón, el sacerdote se incli­nó y le dió tres largos besos sobre la frente, los ojos y el cuello, desbordante de amor y dolor, expresando su secreto amor y toda la angustia de muchos años. Después, buscó un oscuro rincón y se desplomó en el suelo, en tremenda agonía, como las hojas que en otoño se desprenden de los árboles; como si el frío rostro de la muerta hubiera despertado, dentro suyo, el arrepentimiento. Enseguida se compuso. Se arrodilló y murmuró suavemente, con el rostro escondido entre las manos:

-¡Dios, perdona mi pecado, perdona mi flaqueza, oh, Señor! Yo no podía ocultar, por más tiempo, aquello que ya sabías. Por siete años guardé, escondidos en mi corazón los más íntimos secretos, hasta que el velo de la Muerte los reve­ló. Ayúdame, oh, Dios, a apagar ese recuerdo y perdona mi debilidad.

Sin mirar el cadáver, él continuó llorando y lamentándo­se, hasta que llegó la aurora y lanzó su rosado velo sobre esas escenas terrestres, revelando el conflicto entre la Religión y el Amor, entre la Vida y la Muerte.
EL POETA
Soy ajeno a este mundo, y hay en mi exilio una severa soledad y una dolorosa tristeza.

Estoy solo, pero en mi soledad contemplo un país desco­nocido y encantador, y esta visión llena mis sueños de espec­tros de una tierra grande y lejana que mis ojos nunca han visto.

Soy un extraño entre mi gente y no tengo amigos. Cuando veo una persona me digo a mí mismo, "¿Quién es él, y de qué manera lo conozco, y por qué está aquí,. y qué ley me -ha unido a él?"

Soy un extraño a mí mismo, y cuando oigo hablar en mi propia lengua, mis oídos se asombran de mi voz; veo a mi ser interior sonriendo, llorando, desafiando y temiendo; y mi existencia se 'pregunta sobre mi sustancia mientras mi alma interroga a mi corazón; pero yo permanezco ajeno, sumergido en un silencio tremendo.

Mis pensamientos son extraños a mi cuerpo, y al colocar­me delante del espejo, veo algo en mi rostro que mi alma no ve, y encuentro en mis ojos lo que mi ser interior no encuentra.

Cuando camino con los ojos vacíos por las calles de la clamorosa ciudad, los niños me siguen, gritando: "Aquí hay un ciego. Démosle un bastón para que encuentre su camino." Cuando huyo de ellos, me encuentro con un grupo de donce­llas que aferran los bordes de mis ropas diciendo: "Es sordo como una tapia; llenemos sus oídos con la música del amor.­Y cuando me escapo de ellas, una multitud de viejos me seña­la con dedos temblorosos diciendo: "Es un demente que enloqueció en el mundo de los genios y los espíritus."

Soy un extraño en este mundo; recorrí el Universo de punta a punta, pero no pude encontrar un lugar donde apo­sentar mi cabeza; ni conocí a ningún humano con el que pudiera confrontarme, ni a un individuo que pudiera escuchar mis pensamientos.

Cuando abro mis insomnes ojos al amanecer, me encuen­tro aprisionado en una oscura cueva de cuyo techo cuelgan insectos y por cuyo suelo se arrastran las víboras.

Cuando salgo a encontrar la luz, la sombra de mi cuerpo me sigue, pero la sombra de mi espíritu me precede y me guía hacia un lugar desconocido buscando cosas más allá de mi entendimiento, y asiendo objetos que no tienen sentido para mí. Cuando la marea se nivela, regreso y me acuesto sobre mi lecho, hecho de suaves plumas, y rodeado de espinas, y con­templo y siento los molestos y alegres deseos, y percibo con mis sentidos dolorosas y gozosas esperanzas.

A medianoche los fantasmas de los siglos pasados y los espíritus de la olvidada civilización entran por las grietas de la cueva a visitarme. Los contemplo y ellos me miran fijamen­te; les hablo y me contestan sonrientes. Luego trato de asirlos, pero se escurren entre mis dedos y desaparecen como la bruma que flota sobre el hago.

Soy un extraño en este mundo, y no hay nadie en el Uni­verso que entienda mi lenguaje.

Fantasmas de recuerdos fantásticos cobran forma súbita­mente en mi mente, y mis ojos producen raras imágenes y tristes pesadillas. Camino por las desiertas praderas, observan­do los arroyos correr rápidamente, hacia arriba y arriba, desde las profundidades del valle hasta la cima de la monta­ña; observo a los árboles desnudos florecer y dar frutos; y derramar sus hojas en un instante, y luego veo las ramas caer y convertirse en manchadas serpientes. Veo a los pájaros revo­loteando en lo alto, cantando y lamentándose; luego se detie­nen y abren sus alas y se vuelven desnudas doncellas de larga cabellera, que me miran detrás de ojos pintarrajeados y lánguidos, y me sonríen con melosos labios sensuales, y alar­gan sus perfumadas manos hacia mí. Luego ascienden y desaparecen de mi vista como fantasmas, dejando tras de sí el resonante eco de su sarcástica y burlona risa.

Soy un extraño en este mundo... Soy un poeta que com­pone lo que la vida escribe en prosa, y que escribe en prosa lo que la vida compone.

Por esta razón soy un extraño, y permaneceré un extraño hasta que las blancas y amistosas alas de la Muerte me lleven a mi hogar en mi hermoso país. Allí, donde reinan la luz y la paz y el entendimiento, esperaré a los otros extraños que serán rescatados por la amistosa trampa del tiempo de este mundo estrecho y oscuro.

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