El Padre Samaan era profundo conocedor de temas espi­rituales y teológicos, versado en los secretos del pecado venial y mortal, y una autoridad en los misterios






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títuloEl Padre Samaan era profundo conocedor de temas espi­rituales y teológicos, versado en los secretos del pecado venial y mortal, y una autoridad en los misterios
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EL SEPULTURERO



En el terrible silencio de la noche, luego que las estrellas y la Luna desaparecieron tras el inmenso velo de oscuras nubes, caminé, solo y atemorizado, por el Valle de las sombras de la Muerte.

Al llegar la medianoche cuando los espectros comenzaron a salir de sus escondrijos, oí pasos pesados que se aproxima­ban a mí. Volví la cabeza y vi un fantasma gigantesco que me contemplaba.

-¿Qué quieres de mí? -grité asustado.

La sombra clavó en mí sus ojos, incandescentes como antorchas; y respondió enigmáticamente: -No quiero nada y quiero todo.

-Déjame en paz y prosigue tu camino -exclamé.

-Mi camino es tu camino -respondió sonriendo-. Ando mientras andas y me detengo cuando te detienes.

-Vine aquí en busca de soledad, no la perturbes -dije.

-Yo soy la soledad. ¿Por qué me temes? -me contestó.

-No te temo -respondí.

-¿Por qué, entonces, tiemblas como avecilla con frío? -dijo.

-El viento agita mis ropas. No tengo miedo -respondí.

Soltó una carcajada estruendosa como un vendaval.

-Tu miedo es doble -dijo-, pues me temes y temes tener miedo. Y tratas de esconder tu miedo tras un velo más frágil que una telaraña. Me diviertes y me irritas al mismo tiempo.

Dicho esto, se sentó en una piedra. Me senté yo también, de mal grado, y contemplé sus trazos altivos. Después de unos instantes, que parecieron mil años, me miró con ironía y me preguntó:

-¿Cuál es tu nombre?

-Mi nombre es Abdala, que quiere decir Siervo de Dios.

-¡Cuántos se dicen siervos de Dios! -exclamó, riendo­Y sólo sirven de pesares para Dios. ¿Por qué no te llamas "señor de diablos" y agregas un mal a las desgracias de los demonios?

-Mi nombre es Abdala. Me gusta y me fue dado por mi padre cuando nací. No lo cambiaré por ningún otro.

-La infelicidad de los hijos está en lo que reciben de sus padres -dijo-. Quien no renuncia al legado de sus padres y abuelos, será esclavo de los muertos hasta que se vuelva a su vez un muerto.

Incliné la cabeza y medité. Y me pareció haber tenido sueños en que oí palabras similares.

-¿Cuál es tu profesión? -volvió a interrogarme.

-Soy poeta y escritor -respondí-. Tengo opiniones sobre la vida y las comunico a los hombres.

- ¡Qué profesión obsoleta y superada! -dijo-. Ni beneficia ni perjudica a los hombres.

-¿Y cómo emplearé mis días y mis noches en beneficiar a los hombres? -pregunté.

-Hazte sepulturero -respondió-, para librar a los vivos de los cadáveres que se amontonan alrededor de sus casas y templos y tribunales.

-No he visto cadáveres abandonados en esos sitios -ob­servé.

-Tú miras con ojos velados por la ilusión -contestó-. Al ver a los hombres agitarse en la tempestad, piensas que viven, cuando en realidad están muertos desde el mismo día en que nacieron. Mas no hubo quien los enterrara y quedaron sobre la tierra exhalando pudrición.

El miedo comenzaba a abandonarme.

-¿Y cómo distinguiré los vivos de los muertos si todos se agitan en la tempestad? -pregunté.

-El muerto se agita en la tempestad, mas el vivo camina con ella y sólo se detiene cuando ella se detiene -respondió. Se reclinó sobre su brazo y vi sus músculos poderosos, retorcidos como las raíces de un roble. Después me preguntó:

-¿Eres casado?

-Sí, respondí, y mi mujer es muy hermosa y yo estoy muy enamorado de ella.

-¡Cuántos crímenes y maldades has cometido...! -obje­tó-. El casamiento es la sumisión del hombre a la fuerza del hábito. Si quieres ser libre, divórciate y vive sin lazos.

-Es que tengo tres hijos -respondí-, y el más pequeño apenas si pronuncia una palabra. ¿Qué haré con ellos?

-Enséñales a cavar tumbas y déjalos en paz consigo mismos -respondió.

-No soporto vivir solo -dije entonces-. Estoy habituado a gozar de la vida con mi mujer y con mis hijos. Si los aban­donara la felicidad me abandonaría.

-El hombre que vive con su mujer y sus hijos –dijo- ­habita una negra infelicidad pintada de blanco. Si crees indis­pensable casarte, cásate con un hada.

-Las hadas no existen -respondí, sorprendido-. ¿Por qué me engañas?

-¡Cómo eres de tonto! -dijo-. Sólo las hadas existen realmente. Y fuera del mundo de las hadas es donde existen las dudas y el equívoco. .

-¿Y las hadas, son hermosas? -pregunté.

-Su belleza no se esfuma y su gracia es eterna -respondió.

-Muéstrame una de ellas para que pueda creerte -le dije.

-Si pudieras ver y tocar a las hadas -respondió-, no te aconsejaría que te casaras con una de ellas.

-¿Y qué utilidad tendría, para un hombre, una esposa que no puede ver ni tocar?

-La utilidad no sería para un hombre sino para todos -respondió-. Pues con tal casamiento desaparecerían, poco a poco las criaturas que se agitan en la tempestad y no andan con ella.

Y después de un momento me preguntó.,

-¿Y cuál es tu religión?

-Creo en Dios y honro a sus profetas -respondí-. Amo a la virtud y anhelo la vida eterna.

-Esas son fórmulas que las generaciones pasadas vienen repitiendo desde siempre -dijo- y la imitación depositó en tus labios. En realidad, tú sólo crees en ti mismo y sólo te honras a ti mismo y sólo anhelas tu propia inmortalidad. Desde el principio, el hombre adora su propio ego poniéndole diversos nombres, de acuerdo a sus inclinaciones y aspiracio­nes, llamándole Baal, Júpiter o Dios.-Y rompió a reír con sorna, diciendo:-Lo más extraño, es que sólo adoran sus egos, aquellos cuyos egos son cadáveres descompuestos.

Medité un minuto sobre estas terribles palabras, más extrañas que la vida, más terribles que la muerte y más profundas que la verdad. Y sentí el deseo incontrolable de descubrir el secreto de este ser extraordinario. Y lo interrogué:

-Si crees en Dios, te conjuro en su nombre. Dime, ¿quién eres tú? ¿Tienes una religión o un Dios?

-Mi nombre es el Dios Loco -me respondió entonces­_. Nací en todo tiempo y en todo lugar. Yo soy rni propio dios. Y no soy sabio, pues la sabiduría es la debilidad de los débi les. Yo soy fuerte y la Tierra se sacude a mi paso y, cuando me detengo, la procesión de las estrellas se detiene conmigo. Me burlo de los hombres... y acompaño a los genios de la noche. De ellos y de las hadas aprendí los secretos de la existencia y la no existencia. Soy un loco.

-Y, ¿qué haces en estos montes escarpados? -pregunté.

-Maldigo al sol por la mañana y a la Humanidad al mediodía. Por la tarde me burlo de la Naturaleza y, al llegar la noche, me arrodillo delante de mí mismo y me adoro. Me alimento de cuerpos humanos y bebo su sangre para saciar mi sed y, con sus últimos suspiros perfumo mi aliento. Como el tiempo y el mar, jamás duermo ni descanso. Y tú, no te engañes, tú eres mi hermano y vives como yo vivo. ¡Vuelve de nuevo a tu tierra y continúa adorándote a ti mismo entre los muertos en vida!

Se levantó, cruzó sus brazos y, mirándome a los ojos, agregó:

-¡Hasta la vista! Ya me voy hacia donde se reúnen colo­sos y gigantes -y se perdió entre las tinieblas.

Yo, tambaleante, me desplomé, como narcotizado. Duda­ba de lo que habían escuchado mis oídos y de lo que habían visto mis ojos. Había sufrido con sus verdades. Me levanté y vagué el resto de la noche perdido en melancólicas medita­ciones.

Al día siguiente me separé de mi mujer y me casé con un hada. Después, entregué, a cada uno de mis hijos, una pala y les dije:

-Partan. Y cada vez que vean un muerto, entiérrenlo. Y busqué una pala para mí mismo y me dije:

-Cava, profundamente, ahora y siempre, cada tumba de cada muerto en vida que encuentres en tu camino.

Y, desde aquel día, he estado sepultando cadáveres, pero son muy numerosos los muertos en vida, y no tengo ayuda y éstoy muy solo...
VIERNES SANTO
Hoy, y en cada Viernes Santo, el hombre despierta de su profundo sueño y se pone de pie ante la sombra de las edades, y, con los ojos llenos de lágrimas mira hacia el Gólgota con­ templando a Jesús el Nazareno clavado en su cruz... Pero cuando el sol se pone y anochece, vuelve a ponerse de rodillas para adorar a sus ídolos cotidianos, levantados en todos los rincones de su vida.

Hoy, las almas de los cristianos 'en alas del recuerdo, vuelan hasta Jerusalén. Allá, se aglomeran en multitudes golpeándose el pecho, para contemplar al Crucificado con su corona de espinas, extendiendo los brazos hacia el infinito y penetrando el velo de la Muerte para alcanzar la profundidad de la Vida...

Pero, cuando el telón de la noche desciende sobre el esce­nario del día, dando por finalizado el breve drama, los cristia­nos vuelven y, en grupos, se pierden entre las sombras del olvido, hundiéndose en la ignorancia y la indolencia.

En este mismo día de cada año, los filósofos dejan sus grutas tenebrosas, los pensadores abandonan sus frías celdas y los poetas se alejan de sus torres de marfil y todos, en el Monte del Calvario, escuchan reverentemente las palabras de aquel hombre, joven aún, diciendo: "Perdónalos Padre, pues no saben lo que hacen."

Mas, apenas las tinieblas del silencio apagan las voces de la luz, los filósofos, los pensadores y los poetas regresan a la estrechez de sus preocupaciones y se sumergen en las páginas de su vana literatura.

Las mujeres que pierden el tiempo con los esplendores de la vida, abandonan el confort de sus mullidos cojines para ver a la mujer, triste y angustiada que se acerca a la cruz y allí se queda como una pequeña plantita desamparada frente a la tempestad devastadora y, cuando se aproximan a ella, escu­chan su profundo lamento, su penoso llanto...

Los jóvenes, que se dejan llevar por la corriente de la vida sin saber adonde van, se detienen hoy, por un instante, para contemplar a Magdalena lavar con sus lágrimas la sangre que mancha los pies del hombre erguido entre el cielo y la tierra. Pero, cuando se cansan del espectáculo, desvían los ojos y retornan a la corriente entre carcajadas, para ser arrastrados nuevamente.

En este mismo día, cada año, la Humanidad se despierta con el despertar de la primavera y se echa a llorar frente al Nazareno sufriente, mas luego, cierra los ojos y retorna a su profundo sueño. Pero la primavera permanecerá despierta, sonriente y festiva hasta que llegue el verano, con sus dora­dos ropajes.

La Humanidad es una plañidera que se deleita en lamen­tarse por los héroes muertos. Si fuera hombre, se regocij4ría por sus grandezas y por sus glorias.

La Humanidad ve a Jesús naciendo y viviendo como un pobre, humillado como un débil, y tiene piedad de El, pues fue crucificado como un criminal... Todo lo que la Humani­dad tiene para ofrecerle son lágrimas y lamentos. Durante siglos la Humanidad viene adorando la debilidad en la persona del Señor. Los hombres no comprenden el verdadero sentido de la fuerza.

Jesús, no vivió una vida de miedo ni murió sufriendo y quejándose. El vivió como un rebelde, fue crucificado como un revolucionario y murió con un heroísmo que atemorizó a sus torturadores.

Jesús, no fue un ave con alas rotas, sino una tempestad que rompe con su fuerza todas las alas torcidas.

Jesús no'vino del más allá para hacer del dolor un símbo­lo de la vida, sino para hacer de la vida el símbolo de la verdad y la libertad.

Jesús, no tuvo miedo de sus perseguidores ni sufrió frente a sus asesinos. El, era libre, valiente y osado. Desafiaba a tira­nos y déspotas y opresores. Y cuando veía pústulas infecta­das, las punzaba. Y acallaba la voz del Mal, destruía la False­dad y ahogaba la Traición.

Jesús no vino desde el círculo de la luz para destruir hogares y construir sobre sus ruinas conventos y monasterios. El, vino a esta tierra para insuflar un espíritu nuevo, que destruye con su poder, las monarquías construidas sobre huesos y calaveras humanas. El vino para demoler los palacios majestuosos construidos sobre las tumbas de los débiles y derrumbar los ídolos asentados sobre los cuerpos de los mise­rables.

El vino para hacer del corazón un templo, del alma un altar y del espíritu un sacerdote.

Esa era la misión de Jesús y esas las enseñanzas por cuya causa fue crucificado. Y si la Humanidad fuera sensata, ella se alzaría hoy, y cantaría, vigorosa, el canto del triunfo y la victoria.

Oh, Jesús crucificado, que contemplas, triste desde el Gólgota, la procesión de los siglos y oyes el clamor de las naciones y comprendes los sueños de la Eternidad. ¡Tú eres, en la cruz, más glorioso y digno que mil reyes en mil tronos de mil imperios!

¡Tú eres, en la agonía de lá muerte, más poderoso que mil generaciones en mil guerras!

Y en tu tristeza, más alegre que la primavera con sus flores...

Y en tus dolores, más sereno que los ángeles del cielo.

Y cautivo, en manos de tus verdugos, eres más libre que la luz del sol y más firme que una montaña.

Y tu corona de espinas, es más esplendorosa y brillante que la corona de Brahma...

Y el clavo que atraviesa tu mano, es más imponente que el cetro de Júpiter.

Y las gotas de sangre que se deslizan en tus pies, más resplandecientes que el collar de Venus.

Perdona la debilidad de los que Te lamentan hoy, pues ellos no saben lamentarse por sí mismos...

Perdónalos, pues no saben que conquistaste a la muerte con la muerte y diste vida a la muerte...

Perdónalos, pues no saben ellos que todo día es tu día...

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