El Padre Samaan era profundo conocedor de temas espi­rituales y teológicos, versado en los secretos del pecado venial y mortal, y una autoridad en los misterios






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títuloEl Padre Samaan era profundo conocedor de temas espi­rituales y teológicos, versado en los secretos del pecado venial y mortal, y una autoridad en los misterios
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LA HECHICERA



¿Hacia dónde me llevas, oh, hechicera?

¿Hasta cuándo te seguiré por este camino escarpado, cubierto de espinas, que serpentea entre las piedras y lleva mis pies á la cumbre y a mi alma conduce al abismo?

Seguiré la orla de tu vestido. Te seguiré como un niño sigue a su madre, olvidado de mis sueños, absorbido por tu belleza, distraído por las sombras que flotan sobre mi cabe­za, atraído por la fuerza misteriosa que se esconde en tu cuerpo.

Detente un instante y déjame contemplar. tu rostro. Mírame un momento; quizá descubra en tus ojos los secre­tós de tu corazón y, en tus facciones, los enigmas de tu alma.

Detente un instante, oh, hada. Estoy cansado de andar y mi alma teme a los peligros del camino. Detente. Ya alcan­zamos la encrucijada donde la vida y la muerte se encueníran.

Y no daré un paso más hasta que mi alma no descubra las intenciones de tu alma y mi corazón discierna los secretos de tu corazón.

Oye, ¡oh, hada hechicera!

Yo era hasta ayer, un pájaro libre que se movía entre los arroyos y flotaba en el espacio y, al atardecer se posaba en los árboles y contemplaba los palacios y los templos de la ciudad y las nubes coloridas que el sol construyó en el crepúsculo y destruyó en el ocaso.

Yo era como el pensamiento, que recorre, solo, las tierras de Oriente y Occidente, alegre con las bellezas y las delicias de la vida y sondeando los secretos y misterios de la exis­tencia.

Yo era como un sueño: caminaba en las tinieblas de la noche y entraba por las ventanas en las alcobas de las vírgenes adormecidas y jugaba con sus sentimientos. Después pasaba por los lechos de los jóvenes yexcitaba sus deseos. Y me sentaba cerca de los viejos y analizaba sus pensamientos. Hoy, habiéndome encontrado, oh, hechicera, y habiendo absorbido el veneno de tus besos, me he transformado en prisionero que carga sus cadenas sin rumbo conocido. Y me transformé en borracho que clama por el vino que robó su voluntad y besa la mano que le dio bofetadas.

Detente un instante, oh, hechicera, ya recuperé mis fuerzas y quebré las cadenas que aprisionaban mis pies y derramé la copa en que bebía el veneno que me deleitaba. ¿Qué quieres que hagamos? ¿Qué camino quieres que cami­nemos?

Reconquisté mi libertad.

¿Me aceptarías como compañero libre, que mira el sol con párpados firmes y toma el fuego con dedos que no temen?

Abrí nuevamente mis alas. ¿Me aceptas, como amigo, que pasa los días entre montañas como el águila y, las noches durmiendo en el desierto como un león?

¿Te satisfarás con el amor de un hombre para quien el amor es un comensal y no un dueño?

¿Aceptarás la pasión de un corazón que desea, mas no se entrega: y que quema, mas no se derrite?

¿Aceptarás un amigo que no esclaviza ni se deja esclavizar? He aquí, entonces, mi mano; tómala en tus hermosas manos. He aquí mi cuerpo, apriétalo con tus brazos suaves. He aquí mi boca, bésala largamente, profundamente, silen­ciosamente.

ENTRE NOCHE Y DÍA



Calla, corazón mío. Pues el espacio no escucha tu voz.

Cállate, pues el éter, cargado de lamentaciones y gemidos, no llevará tu canción y la procesión de tinieblas no se detiene frente a tus sueños.

Cállate, corazón mío. Cállate hasta que llegue el día. Pues quien aguarda el día con paciencia, lo hallará. Y quien ama la luz, será amado por la luz.

Calla, corazón mío, y óyeme.

Vi, en sueños, un ruiseñor cantando sobre el cráter de un volcán vomitando lava.

Y vi un lirio alzarse erecto por encima de la nieve. Y vi un hada danzando entre las tumbas.

Y vi un niño jugando con cráneos y riendo.

Vi todas esas imágenes en sueños y, al despertar miré a mi alrededor. Y vi el volcán en actividad, pero no vi al rui­señor, ni lo oí.

Y vi al cielo derramando nieve sobre los campos y los valles enterrando bajo sus blancas mortajas los cuerpos de los lirios.

Y vi hileras de tumbas con sus lápidas erectas frente al silencio de los siglos; pero, en medio de ellas, nadie danzaba ni rezaba.

Y vi un montículo de cráneos, pero nadie reía allí, tan sólo el viento.

En mi despertar sólo vi tristezas y llantos. ¿Adónde fueron las alegrías del sueño? ¿Y su esplendor y sus imáge­nes? ¿Y cómo puede soportar el alma hasta que el sueño le devuelva la sombra de sus esperanzas y aspiraciones?

Presta atención, corazón mío, a lo que estoy diciendo. Ayer mi alma era un árbol fuerte y sus raíces penetraban profundamente la tierra y sus ramas alcanzaban el cielo.

Y mi alma floreció en primavera y dio sus frutos en vera­no. Y, cuando llegó el otoño, recogí los frutos en bandejas de plata y coloqué las bandejas en los caminos públicos y los transeúntes los tomaban, los comían y seguían su camino.

Al finalizar el otoño, miré mis bandejas y sólo vi en ellas un fruto, que dejaran los transeúntes. Lo tomé, lo comí, y lo encontré amargo como la hiel, ácido como uva verde. Y le dije a mi alma:

"¡Ay de mí! Puse maldición en la boca de las personas y odio en sus estómagos. ¿Qué hiciste, alma mía, con la dulzura que tus raíces sorbieron de lo profundo de la tierra y qué, con el perfume que tus ramas bebieron de la luz del sol?"

Después, arranqué el árbol de mi alma, por más fuerte y añoso que fuera.

Lo arranqué, con sus raíces de la tierra donde había brotado y crecido; lo arranqué de su propio pasado y lo despojé del recuerdo de mil primaveras y de mil otoños.

Después, planté el árbol de mi alma en una nueva tierra. Lo planté en un campo distante, apartado de los caminos del tiempo. Y lo cuidé, diciendo: "Las vigilias nos aproximan a las estrellas." Y lo regué con mi sangre y mis lágrimas diciendo: "En la sangre hay sabor y en las lágrimas dulzura." Y, cuando volvió la primavera, mi alma floreció de nuevo. Y en el verano dio sus frutos.

Y cuando llegó el otoño, recogí los frutos maduros en bandejas de oro y coloqué las bandejas en la encrucijada de las calles. Y muchos transeúntes pasaron, pero ninguno extendió su mano para tomar uno.

Tomé, entonces un fruto y lo comí. Y era dulce como la miel y sabroso como elixir y más suave que el vino de Babilo­nia y más perfumado que aliento de un jazmín. Grité enton­ces:

"Los hombres no quieren la Bendición en sus bocas, ni la Verdad en sus corazones, porque la Bendición es hija de las lágrimas y la Verdad es hija de la sangre.­

Y regresé. Y me senté a la sombra del árbol de mi alma en un campo apartado del camino de los hombres.

Cállate, corazón mío, cállate hasta que llegue el día. Cállate, pues el espacio está repleto del olor de los cadá­veres y no absorberá tu aliento.

Oye, corazón mío, mis palabras.

Ayer, mi pensamiento era un velero que oscilaba de uno a otro lado con las olas y se movía a placer de los vientos, de una a otra playa.

Y el velero de mi pensamiento carecía de todo. Tan sólo poseía siete frascos llenos de tintas de siete colores distintos, como el arco iris.

Un día, harto de viajar por los mares, decidí volver, con el velero de mi pensamiento, a la tierra donde nací.

Y comencé a pintar mi velero con color amarillo como el sol y verde como el corazón de la primavera; azul como el techo del cielo y rojo como el horizonte en llamas y dibujé sobre las velas y el timón formas fantasiosas que atraían la mirada y encantaban la imaginación. Y, al terminar mi traba­jo, mi velero semejaba la visión de un profeta vagando eritre dos infinitos: el mar y el cielo. Entré, entonces, en el puerto de mi tierra y, todo el pueblo salió a mi encuentro con alelu­yas y regocijo y me condujeron a la ciudad, al son de trompe­tas y tambores.

Hicieron todo esto, porque el exterior de mi velero era colorido y atrayente, pero nadie entró en el interior del vele­ro de mi pensamiento.

Y ninguno prebió qué había traído de otros puertos en mi velero.

Y nadie supo que lo había traído vacío, al puerto. Entonces, me dije a mí mismo: "A todos engañé. Y con siete fraseos de colores, ilusioné sus ojos y su imaginación. Un año después me embarqué, nuevamente, en mi velero. Visité las islas de Oriente y allí recogí mirra, sándalo y ámbar.

Y fui a las islas de Occidente donde recogí polvo de oro; marfil, esmeraldas y todas las demás piedras preciosas.

Y fui a las islas del Norte y en ellas cargué sedas y borda­dos.

Y a las islas del Sur, de donde traje las espadas y los escudos más perfectos y toda variedad de armas.

Llené el velero de mi pensamiento con todas las cosas valiosas y llamativas de la tierra. Y retorné al puerto de mi patria, pensando: "Ahora mi pueblo me glorificará con razón y me recibirá con regocijo merecido."

Mas, cuando llegué al puerto, nadie salió a mi encuentro. Y recorrí las calles de la ciudad sin que nadie me prestara atención.

Y hablé en las plazas públicas enumerando los tesoros que había traído. Pero la gente me miraba con desprecio o se burlaba de mí, y seguía su camino.

Volví al puerto, triste y perplejo y, cuando vi mi barco, me di cuenta de algo que no había percibido antes y excla­mé entonces: "Las olas del mar borraron la pintura del casco de mi velero. El parece ahora un esqueleto. El calor del sol y los vientos y la espuma del mar, borraron los dibujos colo­ridos de sus velas y ellas parecen, ahora, harapos de color ceniza."

Había reunido los tesoros del mundo y, con ellos en mi barco, volví a mi pueblo; pero él renegó de mí, pues sus ojos sólo vieron las apariencias.

En aquel momento, dejé el velero de mi pensamiento y fui a la ciudad de los muertos y me senté en medio de las tumbas pintadas de blanco, a meditar sobre sus secretos.

Cállate, corazón mío, hasta que llegue el día.

Cállate, pues la tempestad se ríe de tus profundidades y las grutas del valle no repetirán el eco de las vibraciones de tus cuerdas.

Cállate, corazón mío, hasta que llegue el día. Quien espe­ra por el día con paciencia, será abrazado con cariño por la aurora.

He aquí que el día llega, habla, corazón mío, si es que puedes.

He aquí la procesión del día, corazón mío. ¿Habrá dejado el silencio de la noche alguna canción en tus profundidades, para acoger al día?

Las bandadas de palomas y ruiseñores, esbozan, volando de un lugar a otro, los cantos del valle. ¿Habrán dejado los temores de la noche, bastante fuerza en tus alas como para que puedas volar?

Los pastores llevan sus rebaños a los verdes campos. ¿Habrán los fantasmas de la noche, dejado bastante energía en tus piernas como para continuar tu camino?

Muchachos y muchachas caminan despacio rumbo a los viñedos. ¿Por qué no te levantas y caminas con ellos? Levántate, corazón mío. Levántate y camina con el día, pues la noche ya se fue y con ella los temores.

Levántate, corazón mío, y eleva en tu voz una canción. Quien no participa de las canciones del día se incluye entre los hijos de la noche.

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